El arte de la noche

¿Por qué veo venir a lo lejos a mi amigo de la infancia, Gerardo Bermúdez, cargando a su padre en la espalda mientras los dos cantan el famoso bolero “Sin Ti”?

Algo más: ¿por qué camino al encuentro de Gerardo y su padre, con mi hijo de la mano y la horrible certidumbre de que mi madre me ha abandonado para siempre si, en primer lugar no tengo hijos y, en segundo, mi madre nunca me abandonó?

La respuesta es simple y profunda a un tiempo: veo todo esto porque transito por un sueño de mis treinta y cinco años en una madrugada de lluvia y olvido.

Hace tres o cuatro horas que duermo y todo indica que el arte de la noche, como quiso Borges, ha invadido al arte de la vida. Por esa modesta razón me acerqué a Gerardo y le pregunté, como si él llevara en la espalda una mochila y no a su propio padre, lo siguiente:

-¿No es un poco incómodo llevar así al padre? -le señalé, en efecto, a su padre que cantaba “Sin ti” como si quisiera ganar un premio a la mejor interpretación de un bolero clásico.

-Para mí este es un sueño recurrente -me dijo Gerardo-. Hay gente que sueña con sus perros, o viejos amigos de la infancia; yo, en cambio, sueño con mi padre cada vez que puedo, es una forma poco común pero útil de recuperarlo, un modo de sanar una pérdida, por decir así.

-Que tú sueñes con tu padre no es extraño -le dije-, pero que yo te sueñe a ti con tu padre es menos común. Sobre todo si pensamos que hace ocho años no nos vemos -le dije.

Me separaba de Bermúdez casi una década de asuntos que enfriaron nuestra amistad hasta volverla el adorno de un recuerdo en la memoria.

-Ah, ya entiendo -me dijo, como si hablara de una confusión que le ocurriera cotidianamente-. Voy a tratar de explicarme: en realidad, en este momento sueñas tu propio sueño: caminas con tu hijo por el Parque España de la colonia Condesa, de la ciudad de México y te llama la atención llevar de la mano un hijo que aún no tienes pero que, como sabemos, tendrás muy pronto. Además tienes miedo de que tu madre te abandone, un viejo temor que te acompaña desde los tres o cuatro años de edad, los años que ahora tiene tu hijo en el sueño.

-Yo, por mi lado -siguió Bermúdez-, sueño que llevo a mi padre en la espalda y cantamos “Sin Ti”, un himno, una canción que de alguna extraña forma nos une. Lo importante es esto: no se trata de un solo sueño, sino de dos escenas soñadas por distintas personas. En esta hora duermo en otra casa, en otra cama, con otra mujer. Se trata de un típico caso de intersección de sueños dispares. Soñamos con cosas distintas, pero nos encontramos en un solo sueño. A mi me ocurre muy seguido y a veces es incómodo. La otra noche me intersecté con un hombre que tenía un sueño edípico. ¿Cómo decirte?: cohabitaba con su madre. Cuando me vio llegar con mi padre en la espalda se puso frenético, nos insultó, nos dijo cosas increíblemente agresivas. En otra ocasión me intersecté con una mujer que se caía de un precipicio; le salvé la vida, aun con mi padre en la espalda, y terminó diciéndonos que no teníamos derecho a meternos en el fondo de sus miedos más profundos. En fin, la intersección de los sueños es algo que le ocurre a mucha gente. Cuando el sueño es absurdo, hay serias posibilidades de que se trate de una intersección; es decir, de un sueño ajeno que sueña otra persona en ese momento en algún lugar del mundo. El asunto no tiene mayores enigmas, es muy simple, pero la interpretación de los sueños, la teoría de las profecías y cosas por el estilo lo echan a perder.

-Sin la teoría esto sería más sencillo -prosiguió Bermúdez-. Amaneceríamos y, en lugar de preguntarnos lo que quiso decir mi sueño con Ernesto Iturbide, que caminaba por el parque con su hijo de la mano; en lugar de que, en unas horas, te despiertes y te preguntes sobre el significado de tu sueño con Gerardo Bermúdez llevando a su padre en la espalda; en lugar de que, si es el caso, ya que hace años no te veo, vayas corriendo al diván del analista y le cuentes que me soñaste y él por una suma altísima de dinero te diga: “Lo que pasa es que existe una proyección del padre puesta en Gerardo Bermúdez, que en realidad es usted cargando a su padre y el miedo de perder a la madre”. En lugar de toda esa cháchara, simplemente diríamos: “Hombre, qué gusto me dio saludar anoche a Bermúdez y a su papá y qué bien cantan “Sin Ti”. Y yo, por mi parte diría: “hombre, qué gusto me dio saludar anoche a Ernesto Iturbide a quien no veo desde hace diez años, qué simpático está su hijo, es idéntico a él”. Si dijéramos esto nos evitaríamos enigmas y dolores, misterios y deseos.

Gerardo Bermúdez hablaba con rapidez y naturalidad de la intersección de los sueños. Los años posteriores a nuestro último encuentro siempre lo recordé así, con saco y jeans y un aire de superioridad frente a los asuntos de la vida que le infundía a los demás una rara confianza. Como suele ocurrir en los sueños, un viento de irrealidad invadía la escena. Le pregunté:

-¿Y experimentas muy seguido estas intersecciones?

-No es un experimento Ernesto, en el sentido en que no se experimenta con las cosas de la vida; la vida no es un experimento, ¿o sí?

-Para mí sí, un experimento del que nunca se obtienen los resultados deseados.

En el último experimento que vivimos juntos yo perdí una mujer y él la ganó, para perderla más tarde en alguno de los rincones de su madurez de escritor más o menos reconocido antes de cumplir los cuarenta años.

Me devolvió esta verdad envenenada:

-Te equivocas, un experimento siempre se puede repetir; en cambio, la vida es irrepetible, aunque se fundamente en el ensayo y el error.

En ese momento pasó junto a nosotros un hombre elegante seguido por varios guardaespaldas que sospecharon de nosotros en cuanto nos vieron. Me dijo Bermúdez:

-La intersección tiene sus defectos. Intersectarse con un político es una monserga. Siempre tienen el mismo sueño. ¿Adivina? En efecto -me dijo, como si yo hubiera dicho algo-, se sueñan presidentes. Emiten decretos, dan órdenes, nunca descansan, van de gira, despiden al pueblo desde oníricas escalerillas de avión, saludan muchedumbres. ¿Y qué ocurre? Ocurre que el sueño propio se vuelve intolerable. Una de las veces que me intersecté con políticos tuve una agria discusión; más bien tuvimos, me refiero a mi padre, el político soñador y a mí mismo. Le dije con toda claridad que yo no creía en las ilusiones de la libertad política ni, tampoco, que la democracia conllevaba necesariamente unidad, coherencia, felicidad, buen gobierno, justicia, paz. Le dije que la calidad de su gobierno -de su gobierno de sueños- era más bien baja. Le dije además que no soñara, que ser presidente no era eso que ocurría en esa ilusión porque como todo mundo sabe, Calderón se equivocó: la vida no es sueño.

-¿Y qué hizo el político? -le pregunté.

-Lo que hace todo político cuando tiene que contestar: me dijo que mi crítica era destructiva y se fue dando certificados de tierra a oníricos campesinos pobres. Iba apresuradísimo a inaugurar una colonia que llevaría su nombre. Esta clase de intersecciones son muy tristes porque demuestran que los sueños son deseos incumplidos, promesas que la vida nunca cumplirá. Unos días después de la intersección de la que te cuento, leí en los periódicos que el político renunció a su cargo. No se volvió a saber de él. ¿Te conté mi intersección con el Papa Wojtyla? Sensacional. No sueña con imágenes religiosas y Cristos de rodillas sangrantes, como cualquiera podría suponer: sueña maravillas de poder e intolerancia.

Quería oírlo hablar, recuperar la voz del pasado, cuando ignorábamos que la amistad es un don tan frágil como los sueños. Acaso por esta razón interrumpí con un nombre, un sueño que ambos compartimos años atrás:

-¿Qué sabes de Eugenia?

-La perdí -me dijo, como si hubiera perdido un libro o una moneda.

-Pero antes la ganaste -respondí rápido.

-Sólo para perderla un tiempo después, como pasa con los sueños cuando se despierta de ellos.

Recordé mientras dormía la figura clara de Eugenia, las ilusiones que compartimos y la forma simple en que un día me dijo que quería a otro que fue, por un azar -como dijo ella-, mi amigo Gerardo Bermúdez. Los perdí a los dos al doblar el cabo de esperanza de nuestros veintisiete años y borré para siempre el repertorio de nuestra obra: las noches, los sueños, la bisutería de un futuro incumplido y borroso.

No quisiera importunarte -me dijo Gerardo-, pero ahí enfrente hay una mujer muy hermosa que camina contigo por una habitación que desconozco. ¿Se puede saber quién es?

-Alguien que dijo que no quería saber de mí ni en sueños. Por cierto, qué mal me veo. Me vi, en efecto, caminar en un sueño ajeno.

-Nunca podremos mirarnos como nos ven los otros. No te preocupes, la intersección de los sueños no acepta espejos. En este momento ella sueña contigo; si te acercas, el otro desaparece y quedas tú en la escena.

-Todavía, de vez en cuando, apareces en mis sueños -me dijo Norma. -Es algo incontrolable pero a la vez natural, fueron tres años de mi vida. Nadie puede borrar tres años así nada más.

No le hablé de la intersección de los sueños. Esta omisión me hizo sentir frente a ella como un embaucador, un actor al que sólo le importa lograr sus personajes, a cualquier precio.

-Cada vez son sueños más extraños y más reales -me dijo-. ¿Por qué te sueño otra vez en este cuarto en donde nos quisimos, en un lugar al que nunca volveremos juntos? De ti me quedan astillas en los sueños. No sé por qué viene Gerardo Bermúdez, un hombre a quien no conozco salvo porque, me dijiste, ¿te robó una mujer? No entiendo por qué lleva a su padre en la espalda, es una chusquería que sólo se permite en los sueños. Por si fuera poco vienes además con un hijo que no tenías, ¿lo tuviste ya?, y tienes miedo de que tu madre te abandone. Esto es como de locos.

Una vez más recuperé la locura de tener a Norma, el absurdo pero cierto litigio de prometerle el futuro, la noche, los sueños. Oyéndola recordé esa forma de sentencia con que arreglaba sus dudas y sus sentimientos:

-Todo es por algo. Mi analista dice que he puesto en Bermúdez una proyección de mi propio padre, a quien en forma figurada llevo en la espalda. La aparición de un hijo tuyo en el sueño es la última forma de perderte. Otra más, entre las muchas formas en que te perdí. El miedo de que tu madre te abandone tiene también un significado: ese miedo no es otra cosa que el temor que tuviste conmigo, la forma en que te negaste a la seguridad, al amor, en fin, a la protección que no supiste recibir de mí. Todavía te sueño, pero poco a poco desaparecerás de mi vida y de mis noches. ¿Está claro?

-Clarísimo -le respondí.

Si omití la intersección de los sueños, en cambio le dije una verdad redonda:

-Quise soñar contigo muchas veces y no pude. Me ocurre que estoy dormido y pienso que tengo un ilimitado poder y digo voy a traer a Norma a mi sueño. Pero mis sueños no saben crearte. Aparecen mujeres que no son tú ni de lejos. Estás temblando, ¿estás enferma?

-No. Estoy excitada.

Todavía no hay un criterio seguro para distinguir el sueño de la realidad. Por esto y porque nos quisimos logramos ahí el amor loco de otros tiempos, como si se tratara de una escena real y no de un capricho de la memoria, o mejor, de una intersección intemporal. A la hora de los cigarros me dijo:

-¿Sabías que me casé?

-No, te felicito.

-Un hombre mayor que tú, más maduro, con menos miedo. Pero todavía te sueño, ¿qué te parece?

-Bien. ¿Y si te ve esa marca en el cuello, qué le vas a decir?

-Que me la hizo el hombre de mis sueños, a quien hacía mucho tiempo no veía y que no pude resistir las ganas de verlo desnudo, otra vez, en mi cama y esas cosas que se dicen en las mañanas los esposos. ¿Te extrañó que no volviera a llamarte?

-No me extrañó, se acabó y cuando se acaba, se acaba, como dicen los locutores deportivos, incluyendo las llamadas y otras persistencias.

-Pero volviste -me dijo Norma ofreciendo un perfil que tiempo atrás me alivió de cualquier infortunio.

-Sólo en sueños.

-Como sea, volviste. ¿Qué fue lo último que te dije? Prueba

tu memoria.

-Me dijiste: “Desaparece de mi vida, no quiero verte ni en sueños”, eso fue lo más agradable, lo demás preferí olvidarlo.

-Te lo tomaste muy en serio. No volví a saber de ti, como si te hubieras ido del país. -Ven, dame un beso -me dijo moviendo las cobijas arrugadas que improvisaron olas de tela y color.

-¿De qué hablamos esa noche? -le pregunté antes de darle un beso breve, perfectamente posible para dos gentes que se quisieron.

-De todo -me dijo. -Pero sobre todo de la novela que empezaste muchas veces con gran entusiasmo y que abandonaste con el mismo desaliento varias veces. Al final la terminaste. 

-¿La leíste?

-Por supuesto -me dijo.

-Escribí de ti, hablé de nosotros lo mejor que pude -le dije muy cerca de la oreja, como si fuera un secreto guardado mucho tiempo.

-Fuiste muy fino, pero poco veraz. Como sea hay un par de asuntos que resolviste bien, en los cuales lograste una fidelidad a nuestro tiempo que me conmovió, pero también me dio rabia.

-Todo el tiempo te tuve en la cabeza, una idea fija, por llamar así al hecho simple de extrañarte.

-Lo hiciste bien y, al final, la terminaste, algo que no te sentías capaz de hacer. Ganaste. Yo en cambio perdí. También hablamos de algo que te obsesionaba entonces: Gerardo Bermúdez y la mujer que te quitó. ¿Te sigue obsesionando?

-Menos que antes.

-Por cierto -me dijo Norma-, leí el libro de tu amigo. Ahí hay un cuento en el que, estoy segura, aparece esa mujer. Creo que ni siquiera le cambió el nombre, ¿Eugenia? Se trata de una historia en donde toda la trama ocurre en distintos sueños, un poco rara. Por cierto, creo saber por qué sueño con él: porque de eso hablamos la noche en que nos despedimos. Se quedó grabado; cuando despierte lo voy a anotar para decírselo al analista. Los sueños nos dicen muchas cosas. ¿Me quisiste?

-Mucho más de lo que pude. ¿Y tú?

-Demasiado. ¿Me puedes decir, entonces cómo llegamos a todo esto?

-No tengo la menor idea.

Esa fue otra verdad esencial en ese sueño: no tenía la menor idea.

Se acercó Bermúdez y me preguntó:

-Le explicaste la intersección.

-No pude. Creo que es mejor así, ¿no crees?

-Todo se vale.

La despedida ocurrió en silencio y me dejó un recuerdo que no parecía del todo real. En cambio, le agradecí a Bermúdez la realidad y la sorpresa que fue para mí la intersección de los sueños. Gracias a esto conocí a gente interesante, arreglé cosas pendientes que de otro modo nunca habría podido ordenar en mi cabeza bajo el rubro de “asunto concluido”.

Guerra fría y democracia

CUADERNO NEXOS

Cuba: ¿Rectificar o ratificar?

Aislada por un bloqueo asfixiante que ya dura casi treinta años; abandonada a su suerte por sus antiguos aliados soviéticos (que tampoco las tienen todas consigo); a punto del colapso económico; sin petróleo ni alimentos suficientes, criticada por propios y extraños, Cuba se dispone a dar la batalla definitiva por su sobrevivencia sin renunciar al modelo socialista construido en la isla con el apoyo y el impulso soviético durante los últimos veinte años.

Ante una situación internacional que le es por completo desfavorable, la Revolución cubana quiere ser, así lo parece, el último símbolo del futuro que las realidades del mundo hunda en el pasado. Esa es al menos la primera impresión que dejan las conclusiones conocidas hasta ahora del último Congreso del Partido Comunista de Cuba, inaugurado en el límite de una situación límite que a todas luces ya resulta impostergable.

Los observadores menos pesimistas no podían esperar de este Congreso un viraje completo, pero sí una reacción cubana – cuando menos una “señal” indicativa- ante el desastre total y definitivo del socialismo mundial, sobre todo después del golpe en la Unión Soviética cuyo rápido fracaso dejó a Fidel con las palabras en la punta de la lengua.

No ocurrió nada parecido, aunque en verdad sabemos poco de lo que pasó tras bambalinas. Sorprendió a los corresponsales el tono deliberadamente cauteloso y hermético del Congreso, tan contrastante con los grandes espectáculos que hicieron de Fidel un maestro insuperable en el arte de aprovechar la más mínima rendija publicitaria. Pero a juzgar por los escasos resultados dados a conocer por una profusa pero insuficiente cobertura periodística, la anunciada “rectificación” se produjo en el marco de lo que constituyó una verdadera ratificación formal de los paradigmas ideológicos y políticos del llamado socialismo real, incluyendo, por supuesto, la adhesión al “marxismo-leninismo” que es la ideología oficial; la afirmación del partido comunista como partido único y un matizado pero definitivo no a la competencia electoral que rechaza una vez más cualquier aproximación cubana al pluralismo político en que se basa la democracia representativa.

Los cambios anunciados durante el Congreso, incluyendo el corolario de una “electrizante” pero a todas luces anacrónica discusión sobre el ingreso al partido de los creyentes, no añadieron nada especialmente nuevo a las posiciones consabidas del partido comunista cubano. Hubo, es cierto, rectificaciones de importancia en cuanto a la elección directa de los diputados y en otras materias -la asociación con capitales extranjeros- donde se hicieron novedosas precisiones.

Pero a pesar de las numerosas críticas al “modelo”, en general el Congreso respondió negativamente a esas inquietudes o dejó en un impasse algunas de las cuestiones centrales que se discuten abiertamente en todos los foros del mundo donde se menciona la situación cubana y sus perspectivas. En primer término queda pendiente la posición ante las reformas ya que bajo cualquier hipótesis (en el caso de que el actual sistema sea una hipótesis) Cuba tendrá que iniciar acelerados cambios para reintegrarse con plenos derechos a la economía internacional bajo las condiciones más adversas imaginables. En este punto, el Congreso no añadió nada nuevo a las posiciones ideológicas más “ortodoxas”. Al contrario, Cuba volvió a la misma postura de rechazo que expresó hace años ante las reformas aplicadas en otros países socialistas tendientes a liberalizar la economía planificada y el estatismo extremo que caracteriza al modelo. Esa posición confirma las criticas que los cubanos hicieron más adelante a los ensayos económicos que dieron origen a la perestroika soviética y cuyos riesgos disgregadores fueron mencionados por Fidel que, en los propios términos del Congreso, resultó fortalecido. No hay pues nada nuevo en ello. Pero eso es justamente lo que sorprende, dado que las condiciones actuales han cambiado por completo y son tan distintas que apenas si queda elección ante la posibilidad de un colapso total de las actividades. Aún si dejamos por un momento fuera del análisis las condiciones de guerra fría exigidas por los Estados Unidos para normalizar la situación impuesta por el bloqueo, es obvio que incluso así, en el caso de que no siguieran las presiones, la cancelación de la ayuda soviética, con la consiguiente caída del comercio exterior cubano, de todos modos pone en un punto de quiebra a la economía desarrollada bajo el modelo socialista, que tal y como existe hoy carece por completo de viabilidad y no podrá sostenerse funcionando por mucho tiempo. No obstante -y tal vez por motivos políticos e ideológicos- el Congreso rechazó abiertamente cualquier iniciativa tendiente a restablecer “el mercado”, mediante la puesta en práctica de algunas medidas de extremada emergencia como sería legalizar el llamado mercado paralelo, cuya reanimación mejoraría el dramático desabastecimiento de productos básicos que hoy adelgaza el racionamiento, sin impedir el inevitable encarecimiento del auténtico mercado negro y el trueque desigual.

A ese rechazo del mercado en materia económica corresponde la posición mecanicista que identifica democracia y capitalismo, adoptada para abordar algunos asuntos políticos cruciales y espinosos impostergables que no desaparecerán de la escena hasta que consigan una respuesta adecuada. Es el caso del tema de la sucesión, un viejo problema planteado a la Revolución cubana desde sus comienzos en 1959. No se trata, por supuesto, de discutir el obvio y permanente liderazgo de Fidel Castro ni su capacidad para interpretar mucho mejor que otros dirigentes cubanos los ritmos y las necesidades de la gente, sino de un problema de primer orden para un Estado que nació y creó sus instituciones primordiales preservando el poder unipersonal de su primer dirigente, pero que tarde o temprano tendría que afrontar la cuestión del relevo. ¿Podrá mantenerse en Cuba un Estado unipersonal gracias al centralismo del partido y las fuerzas armadas? Esto es un problema del que se habló con claridad al inicio de la Revolución pero no volvió a plantearse -mucho menos a resolverse- antes de que la crisis del socialismo hiciera estallar los supuestos que daban coherencia al centralismo del partido y a la misma idea del dirigente único. Todo esto resurge y se enlaza al paquete mayor de la crisis cubana, más que la sucesión personal de Fidel -que no resuelve el partido único- se trata de la democratización de la sociedad y el Estado revolucionario. En este sentido las expectativas de la prensa internacional eran hasta cierto punto ingenuas. Fidel no haría nada en el Congreso que diera la falsa impresión de que voluntariamente aceptaba responder desde su casa pero en un incómodo banquillo de los acusados. Pero ninguna consideración táctica o ideológica, a menos que se admita la dirección vitalicia de Fidel, evitará que un asunto de esa dimensión se replantee de nuevo en la sociedad cubana sin necesidad del Congreso.

Es obvio, sin embargo, que las posturas del PCC están lejos de ser simples caprichos ideológicos para consumo interno. Al revés: la lógica del Congreso, incluyendo las reflexiones sobre el partido único y su centralidad, corresponden a una visión estratégica que tiene como fundamento principal asegurar la capacidad defensiva cubana bajo el supuesto de que la situación internacional evolucionará cada vez más -y no menos- hacia una confrontación directa con los Estados Unidos, ante la cual sería irresponsable no prepararse. El Departamento de Estado de los Estados Unidos expresó su decepción por los resultados del Congreso, pero es obvio que mientras subsista el bloqueo, Cuba no tiene por qué dar crédito a ninguna oferta proveniente de los Estados Unidos.

Parece claro que cada país -y Cuba no es distinto a los demás- encuentra sus propios caminos para resolver los asuntos que se consideran como cruciales, aquellos que por su propia naturaleza son históricos y no se deciden de un plumazo. Es el caso de la democracia, cuyos ritmos y formas nadie puede imponer ni calcar. Importa abrir un horizonte, un proyecto que permita pensar en ese futuro como un proyecto realizable. La pregunta, en definitiva, es si Cuba podrá darse el lujo de esperar sin dar paso en esa dirección y por cuánto tiempo. Tienen que replantearse muchas posturas internas para adoptar otras medidas que le permitan abrir nuevos espacios internacionales, superar la crítica situación económica y abrir cauces a un imprescindible proceso de modernización política que requiere algo más que una rectificación dentro del modelo conocido. Es evidente que la reactivación de la diplomacia fidelista está encaminada, justamente, a volver a Iberoamérica para tejer desde allí una nueva trama política que le permita negociar en mejores condiciones no sólo con su gran interlocutor que son los Estados Unidos sino también, y en primer término, con la sociedad cubana que también aspira a cambiar.

Cualquiera que conozca un poco la Revolución cubana sabe que el socialismo en Cuba no es por completo homologable al modelo que se impuso en otros países de Europa central. Cuba surge en Latinoamérica bajo el impulso de una problemática y unos valores distintos al del simple burocratismo marxista-leninista. La Revolución reivindica otra cultura, una sociedad diferente y otra ética en las relaciones internacionales que vale la pena destacar si aún es factible reconstruir los orígenes y el proyecto. Una palabra más: Fidel peleará hasta el final y pagaría gustoso cualquier precio para defender a la Revolución. Pero no cederá en nada que -aún sin serlo- parezca una rendición. Ojalá y los norteamericanos admitan que la guerra fría del siglo XX termine en el Caribe.

Adolfo Sánchez Rebolledo. Periodista. Es coordinador de nexos TV.

Iglesia y Estado laico

CUADERNO NEXOS

¿La ofensiva final?

Después del “baldazo” de agua fría que constituyó para muchos miembros de la jerarquía católica el anuncio de que no se pretendían establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante la reciente visita del presidente Salinas al Vaticano, las expectativas de una modificación legal de las relaciones Estado-lglesia en México parecían haberse alejado, incluso para el resto del sexenio. Sin embargo, de manera previsible, apenas recuperada de la sorpresa, una parte de la jerarquía católica, auxiliada por algunos sectores de la opinión pública mexicana, vuelve a la carga, en lo que se podría catalogar como “la ofensiva final” para la recuperación de su reconocimiento jurídico. Por lo menos así parecerían entenderse las ocho columnas dedicadas el 14 de octubre por el periódico El Universal a dicho tema y las posteriores declaraciones del Cardenal Corripio, acerca de la necesidad de que se modifique el artículo 130 y el resto de los artículos anticlericales de la Constitución.

Es evidente que a la jerarquía católica no le interesa el estatuto del resto de las confesiones, sino su propio fortalecimiento en tanto que Iglesia y en tanto que cuerpo rector de los destinos de la misma. Lo anterior no significa que el episcopado mexicano carezca de razones doctrinales que motiven sus acciones y que en gran medida expliquen su obstinación respecto al tema.

En efecto, si la Iglesia católica mexicana ha podido, pese a todas las limitaciones jurídicas que se le han impuesto, desarrollar sus actividades sociales con una relativa libertad, si la legislación anticlerical es en la mayoría de los casos letra muerta, cabria entonces preguntarse el porqué de la insistencia de la jerarquía católica, particularmente en el reconocimiento jurídico. ¿Qué diferencias reales podrían existir con este cambio legal para la vida interna de la Iglesia?

La posición de la jerarquía católica encuentra su fundamento, tanto en razones de índole doctrinal como en motivos de orden práctico, relacionados con su particular concepción de la estructura eclesiástica. Las razones doctrinales se pueden encontrar en la Declaración Dignitatis humanae, documento emanado del Concilio Vaticano II, el cual resume la posición de la Iglesia católica respecto al derecho de la persona y de las comunidades a la libertad social y civil en materia religiosa.

En cuanto a las razones de índole práctica, la jerarquía sabe perfectamente que, si bien hasta ahora ha sido un interlocutor privilegiado del gobierno, tanto en términos del conjunto de las Iglesias como del conjunto de los católicos, dicho papel puede variar según las circunstancias del momento. Es claro también que su posición se vería reforzada por el hecho de asumir, de manera oficial, el papel de representante legítimo de los intereses de los católicos, por lo menos en materias de índole moral. Sin embargo, en la medida en que dichas materias tienden a permear otros temas de carácter social y político y que aparecen regularmente en los grandes debates nacionales, la representatividad de esta jerarquía se presenta como un asunto extremadamente ambiguo. Por otro lado, si hasta ahora muy poco se ha cuestionado la representatividad del episcopado en relación al conjunto de los feligreses, nada nos dice que esta no podrá ser contestada en un futuro, tanto por los mismos miembros de la Iglesia católica, como por el resto de las confesiones existentes en el país, las cuales, si no aspiran a un trato igualmente estrecho con el gobierno, por lo menos desconfían de cualquier relación que tenga carácter de privilegiada.

Así, podemos concluir razonadamente que el problema clave del reconocimiento jurídico de las agrupaciones religiosas no reside en la reintegración de los derechos religiosos de una entidad abstracta denominada Iglesia, sino en la representatividad supuesta de un grupo de miembros de esta Iglesia que pretende actuar en nombre de la misma o del conjunto de los creyentes.

Veamos un caso hipotético concreto: un partido o el mismo gobierno lanza una iniciativa en el Congreso para legislar sobre el aborto. Los diputados estarán interesados en conocer el conjunto de las opiniones sobre el tema. Se pensará evidentemente en la Iglesia católica. Para que alguien exponga su opinión y se invitará al Arzobispo Primado de México o al Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, quien hablará en nombre de los católicos. Difícilmente el Congreso pensará en invitar a los miembros de otras confesiones religiosas, pues su gran número y su excesiva fragmentación harían difícil cualquier intento por escuchar a una muestra representativa del conjunto de las confesiones. Se podría pensar que esta situación provocaría el reagrupamiento de las confesiones evangélicas en una especie de Consejo Mexicano de Iglesias Protestantes. Sin embargo, aún esta asociación carecería de representatividad política o doctrinal, salvo para cuestiones muy generales. Además, una organización de este tipo dejaría fuera al creciente número de nuevos movimientos religiosos o agrupaciones paracristianas denominadas peyorativamente sectas, como la Sociedad de la Atalaya y la Biblia (testigos de Jehová) o la Iglesia de Jesucristo de los Santos del Ultimo Día (mormones).

El problema de la representatividad se plantea de manera igualmente problemática dentro de la misma Iglesia católica. La concepción teológica conciliar de “Pueblo de Dios”, que de alguna manera sustituye a la noción de la Iglesia como “Cuerpo Místico de Cristo”, permite a muchos miembros y grupos católicos el defender su derecho a participar de manera activa en los destinos de su Iglesia. Por lo tanto, crecientemente cuestionan el modelo de Iglesia y los postulados doctrinales sobre los cuales hasta épocas muy recientes la jerarquía pretendía tener absoluto control.

De esa manera, si regresamos a nuestro ejemplo concreto de la iniciativa para legislar sobre el aborto, en el mejor de los casos el Congreso tendría que escuchar las opiniones, no solamente del conjunto de las confesiones existentes en el país, sino también la de todos los grupos católicos y no católicos que divergen de los puntos de vista de sus respectivas jerarquías. Además, en un tema de esta naturaleza, los miembros de las Cámaras tendrían que considerar a todos aquellos sectores secularizados de la sociedad que no se sienten identificados con ninguna confesión religiosa y que sin embargo algo tendrían que decir respecto a un tema con implicaciones éticas.

Desde esa perspectiva, la solución que hasta ahora el Estado mexicano dio al problema de la representatividad eclesial no parece tan descabellada ni premoderna, sino todo lo contrario: el Estado mexicano no trata (es decir, no las reconoce jurídicamente) con corporaciones eclesiales, sino con individuos religiosos, los cuales deben tener todos los derechos y libertades modernas que muchas veces les niegan las mismas iglesias. En todo caso, el garantizar de la mejor manera posible el respeto a dichas libertades antagónicas sería la función de un verdadero Estado Laico.

Roberto Blancarte. Investigador y coordinador académico de El Colegio Mexiquense.

Totalidad de la Reforma Política

CUADERNO NEXOS

El PAN: Agenda para la LV Legislatura

La plataforma política del Partido Acción Nacional señala, bajo el enunciado de “agenda legislativa”, una serie de propuestas divididas en cinco capítulos precedidos por una introducción que desarrolla las ideas fundamentales que sustentan dichas propuestas, y que se titula “Democracia para la Justicia en la Libertad”.

El primero de los capítulos, que se refiere al “Primado de lo Político”, enfatiza la tesis del partido sobre la urgencia de los cambios en materia política sin condicionamiento o subordinación a los económicos y, más aún, señalando que ambas reformas son indispensables y necesariamente vinculadas, sostiene la primacía de lo político. Abarca propuestas concretas para una reforma política que haga posible la transición democrática, a cuya búsqueda pacífica y ordenada no hemos renunciado, a pesar de que los hechos electorales representan para nosotros la restauración de un sistema autocrático. Los hechos postelectorales, con todo lo que de ellos se ha dicho, nos animan a pensar que por encima del aparato político hay la intención de reestablecer el camino de la transición. Ya lo veremos.

La agenda en este ámbito se orienta entonces hacia la consecución de una Reforma Política, terminal y definitiva. Esto implica la elaboración de un proyecto de Ley Orgánica del Registro Nacional de Ciudadanos, que logre finalmente un instrumento electoral confiable y fuera de dudas, y cuya propuesta ha sido ya establecida por la propia Constitución. Es sin duda un logro de la Reforma Electoral que no ha sido traducido en ley ni trasladado a la vida práctica, de manera que su establecimiento es urgente.

Se propone la Reforma del marco legal “en aquellos aspectos de la ley que han sido materia de una amplia discusión interna, como la cláusula de gobernabilidad y la integración de los órganos electorales”. Además se buscará reformar el carácter jurisdiccional del proceso, suprimiendo la figura del Colegio Electoral y reforzando la labor del Tribunal Electoral -cuya actuación por cierto ha sido tristemente pusilánime- mediante la ampliación del espectro de pruebas admisibles y su valoración, modificación de causas de nulidad de casilla y de elección, y mediante la supresión de las limitaciones que efectivamente tiene. Lo anterior debe ir junto a una agenda política propiamente dicha, que establezca compromisos concretos y verificables con el gobierno y otras fuerzas, para lograr pasos claros y definidos que tienen que ver con el establecimiento real del Registro de Electores, la remoción de funcionarios priístas de la estructura electoral, la credencial electoral de plena identificación, etcétera.

Reforma del Congreso. El Poder Legislativo debe reformar su estructura para ejercer cabalmente sus funciones. Hay algunos rubros en los que debe reasumir su categoría de poder controlador en materia financiera, entre otros los relativos a la deuda pública. En este aspecto hay que recordar lo que claramente establece la Constitución: el Congreso no sólo debe establecer bases para la contratación de empréstitos, que en términos llanos es el establecimiento imperativo de la política de endeudamiento del Estado, no el mero señalamiento de montos, sino además aprobar de manera especifica los empréstitos contraídos, facultades de capital importancia para el equilibrio de poderes y la salud financiera del país, que la ley y la práctica han hecho nugatorias.

En ese orden de ideas, deben modificarse las leyes que le impiden ejercer las facultades que posee en materia de regulación del comercio exterior, que indebidamente han abdicado en favor del Ejecutivo y que le permitirían intervenir, por ejemplo, en el establecimiento de bases mínimas para la celebración de acuerdos comerciales, incluso el de libre comercio. Por otra parte, en materia presupuestal se enfatiza la necesidad de una mayor y más responsable intervención para determinar las prioridades de presupuesto nacional y los criterios de política económica, y que a la fecha son elaborados y considerados íntegramente por el Ejecutivo, limitándose la Cámara de Diputados a aprobar sobre las rodillas. Finalmente, es necesario reformar la ley de planeación a fin de que el Plan Nacional de Desarrollo y sus respectivos programas y seguimiento sean aprobados, y no meramente “opinados” por el Congreso como ocurre hasta ahora. 

En materia de justicia y derechos humanos, proponemos que la Comisión de Derechos Humanos actúe sin las restricciones de competencia que actualmente tiene y se vuelva autónoma (el Poder legislativo sólo debe intervenir en la integración y rendición de informes), y se transforme con ello en una auténtica Procuraduría de Derechos Humanos. Proponemos también la expedición de un Código Penal tipo para toda la República, la reforma y simplificación de los procesos penales, un Código de Ejecución de Sanciones y Tratamiento de Inimputables que modifique el sistema penitenciario. Otro proyecto legislativo es la expedición de una Ley de Policía y Seguridad Pública que considere entre otros los aspectos laborales y la desaparición de cuerpos de vigilancia anticonstitucionales. Asimismo, proponemos la enseñanza obligatoria de los derechos humanos.

En materia de política internacional, de la cual se ocupa el segundo capítulo, buscamos revalorar la función orientadora del Senado, el reforzamiento de las organizaciones internacionales, y una política activa de integración iberoamericana. En un subcapítulo se hace referencia al Descubrimiento de América. “Esta conmemoración debe perseguir un fin fundamental: estrechar y fomentar las relaciones que naturalmente tenemos con España, pero siempre referidas a la integración latinoamericana, como pueblos herederos de esta cultura occidental”.

Como materia de un amplio tercer capítulo proponemos una serie de reformas sustanciales que resumiría así:

Reforma Económica. Consideramos que la intervención que el Congreso deba tener en presupuesto, política fiscal, deuda, planes de desarrollo, coordinación fiscal a los estados, etcétera, debe estar regida por una política económica eminentemente distributiva. Sostenemos que la fuente de crecimiento económico se encuentra fundamentalmente en la iniciativa de la sociedad y no del Estado y que el esfuerzo de éste debe orientarse a corregir los graves desequilibrios y desigualdades de la sociedad mexicana.

Proponemos que PRONASOL se transforme y que, sin merma de su eficacia, se trasladen sus recursos a los estados y municipios. Se busca una política fiscal encaminada a lograr una mejor distribución del ingreso por estados y regiones, que revierta la tendencia centralizadora y desnaturalizadora del sistema federal. El gasto en educación y salud debe tender a ajustarse a los porcentajes del Producto Interno Bruto que señala la UNESCO y la Organización Mundial de la Salud como necesarios para países en desarrollo.

Reforma Comercial. Se requiere reformar la legislación comercial a fin de suprimir los burocratismos, promover la verdadera competencia y establecer una legislación antimonopólica eficaz. Consideramos necesario reformar el régimen de inversión extranjera, no para legislar de acuerdo a los intereses de ésta, sino para proteger y dejar bien claros los intereses nacionales. La certidumbre en las reglas de inversión, fijada por la ley y no por el capricho de una Secretaría de Estado, beneficia tanto al inversionista como al país receptor y sobre todo propicia la inversión verdadera y a largo plazo. Los principios a seguir establecer prioridades a la inversión generadora de empleos -la que aporte tecnología de punta-, privilegiar la inversión física respecto de la mera adquisición de activos y controlar severamente lo relativo al medio ambiente.

Reforma Fiscal. Buscamos que se simplifique la miscelánea y se haga comprensible, que tienda a reducir la carga impositiva al consumo equiparándola a las de niveles internacionales. Se requiere un régimen fiscal que estimule también la inversión y también la producción, para lo cual habrá que revisar impuestos como el que se aplica a los activos.

Reforma Agrícola. Para mejorar las condiciones de vida del campesino, dar seguridad en la tenencia de la tierra que genere inversión y productividad en el campo, promover las formas de asociación productiva entre ejidatarios, comuneros, pequeños propietarios e inversionistas y desterrar la manipulación política en el área rural.

Más que aparecer o desaparecer al ejido o a cualquier forma de producción, se requiere que exista seguridad en la tenencia y con ello se atraiga la inversión. Paralelamente, deberá propiciarse el desarrollo de las comunidades agrarias y generar fuentes de trabajo en el área de comercio y servicios que absorban mano de obra del sector primario.

Reforma Laboral. Para que no se siga deteriorando el salario del trabajador con la inflación y se vincule la remuneración del trabajo a la productividad. En este rubro, propondremos una nueva forma de retribuir el trabajo, mediante un salario integrado por diversos conceptos variables: una parte mínima sujeta a la variación de una canasta básica que se determine para tal efecto, a fin de aislar el salario de los efectos inflacionarios. Otra parte determinada por la productividad del trabajo realizado, y finalmente otro rubro que tome en cuenta las circunstancias de la empresa misma, su volumen de capital, utilidades, razones financieras, etcétera, a fin de que el trabajador participe en forma justa de la riqueza que genera. Queremos establecer las bases que nos permitan en el futuro iniciar formas que logren el acceso del trabajador a la copropiedad y a la cogestión de la empresa y a la vez se fomente la responsabilidad en el trabajo. Se requiere que la reforma laboral garantice la vida democrática y honesta en los sindicatos y los libere de la manipulación política. Finalmente, es primordial aumentar de inmediato las percepciones de los jubilados y pensionados.

El cuarto capítulo establece una serie de propuestas de carácter social. Unicamente anotaré la que para el PAN ha sido, desde hace tiempo, la más importante: la reforma educativa. Para lograr el acceso de todos los mexicanos a la educación y capacitación, mejorar las condiciones de la enseñanza elevando el nivel de vida de los maestros y garantizar el derecho de los padres a educar libremente a sus hijos. Es fundamental que el Estado no sólo tolere sino que inclusive fomente un verdadero pluralismo educativo, donde todos los grupos culturales o ideológicos del país tengan la posibilidad de participar en la educación conforme sus convicciones.

Finalmente, en el quinto capítulo se hace referencia a la problemática peculiar del área metropolitana, enfatizando la necesidad de modificar la ley y la de constituir, con el propósito amplio de restituir los derechos políticos plenos de los ciudadanos del Distrito Federal y establecer mecanismos administrativos eficaces de coordinación. Se trata de que esta legislatura enfrente con éxito grandes transformaciones que marcarán muy probablemente la vida del país de manera definitiva.

Felipe Calderón Hinojosa es diputado por el PAN para la LV legislatura.

cabos atados

CABOS ATADOS CUADERNO NEXOS

Desde el número anterior hemos incluido en el Cuaderno de nexos la sección cabos atados. Nos faltó esta aclaración: se trata de ofrecer al lector una síntesis informativa de la vida pública de México. Es una sección que ofrece hechos y tiene su “corte de caja” entre los días quince de cada mes. En las páginas del centro el lector encontrará los cuadros de coyuntura, una especie de mapa del mes que, sucintamente, opera del siguiente modo: de un cuadro central, que registra los sucesos clave del mes, se van desprendiendo asuntos que van a dar a otros cuadros mediante flechas indicadoras, de modo que el lector pueda seguir las derivaciones y conexiones del mismo suceso. Eventualmente incluiremos una cronología de los hechos importantes -políticos, sociales, económicos- del mes y también algunos hechos insólitos en la vida política mexicana durante el mismo periodo.

En los últimos días de agosto, una crisis en el mercado de dinero impulsó las tasas de interés en el mercado secundario hasta 3 veces por encima del nivel del mercado primario. Banxico intervino para evitar que las alzas se desbocaran y crearan aún más incertidumbre que a su vez impulsaría las tasas. El día 11 de septiembre, el Instituto Central decidió eliminar el coeficiente de liquidez (CDL). La medida implicaba, además, una reestructuración indirecta de la deuda interna.

. 16 de septiembre. En Madrid, el subsecretario Guillermo Ortiz dijo que se hace obligado elevar el 30% actual de inversión extranjera en los bancos. John Kack (Union National Bank de Laredo): con el TLC, los bancos de EU podrán establecerse en la frontera y competir libremente.

. 17 de septiembre. La Comisión Nacional de Valores (CNV) liberó las comisiones de las casas de bolsa (avanza la desregularización). La SHCP inició el cobro de impuestos atrasados a los bancos. Circulan versiones de que algunos servicios se gravarán con IVA.

. 18 de septiembre. Expertos: con la decisión de Banxico de eliminar el CDL saldrán de circulación 70 bdp (el 26, Banxico restaría 14 bdp de tal monto), con lo que se reducirá el monto de circulación en el mercado de dinero, lo que, a su vez, impactará la estructura de oferta/demanda. Aseguradores piden tiempo.

. 22 de septiembre. Ghigliazza (Comité de Desincorporación Bancaria): posible que a fines del 92 se autorice la instalación de bancos extranjeros en México. Las casas de bolsa impugnan la decisión de liberar las comisiones.

. 1 de octubre. VII Reunión Nacional de la Banca en Acapulco. 94% de los recursos del Fondo de Contingencia, para cancelar deuda por 20 bdp: Aspe. Consenso respecto a la decisión: es positiva, permitirá mayor margen de maniobra financiera al gobierno, se podrán destinar mayores recursos a programas sociales y de infraestructura, no se usan recursos coyunturales -venta de empresa- en gasto.

. 2 de octubre. En la Reunión de Acapulco, la Asociación de Banqueros de EU pide plena apertura financiera.

. 3 de octubre. Aspe a representantes de bancos extranjeros: la apertura, en tiempos y espacios propicios; el establecimiento de sucursales de bancos extranjeros en México no es asunto resuelto; se buscará otorgarles mayores facilidades para que realicen operaciones más amplias en sus oficinas de representación.

Bernardo Avalos. Fundador y director de Información Sistemática A. C.

Propuestas partidarias y renovación política

CUADERNO NEXOS

La nueva Cámara

Superados los momentos más álgidos de los conflictos postelectorales, planteadas y discutidas las más diversas hipótesis sobre el verdadero significado de los comicios de agosto, acaso sea conveniente volver ahora a lo que en realidad estuvo en juego formal y básicamente en dichas elecciones: la renovación total de la Cámara de Diputados y de la mitad de la Cámara de Senadores. Sin duda la naturaleza semiautoritaria del sistema político mexicano, ligada a la precariedad política y organizativa de los partidos nacionales, explica que buena parte de la atención pública se centre en la limpieza o desaseo, en la equidad o inequidad de los propios procesos electorales. Pero tal concentración en las cuestiones referentes a la credibilidad o no de las cifras corre el riesgo de hacernos olvidar que la agenda de la transición mexicana a la democracia no se agota, ni puede hacerlo, en el problema del sufragio efectivo. Y que los comicios, por importantes que sean, son sólo un procedimiento para elegir representantes y gobernantes.

En este sentido, los sorprendentes resultados electorales de 1988 parecieron abrir grandes oportunidades para reivindicar la autoridad y autonomía políticas del Poder Legislativo, como instancia efectivamente representativa del nuevo pluralismo del país. Más allá de las inútiles y desgastantes disputas sobre la legitimidad del titular del Ejecutivo, la configuración de la LIV Legislatura suponía posibilidades enormes para devolver a la Cámara de Diputados un papel y una función centrales, indispensables si, como se ha dicho, el acotamiento del presidencialismo es un ingrediente esencial para un tránsito efectivo a la democracia. El hecho de que la mayoría priísta fuera incapaz de aprobar por sí sola reformas constitucionales, parecía obligar a un verdadero ejercicio parlamentario -de debate, negociación y concertación- que no sólo implicaba la posibilidad de limitar la discrecionalidad del presidencialismo sino también la de enriquecer la vida política de la nación.

Lo cierto, sin embargo, es que el nuevo pluralismo de la Cámara de Diputados estuvo lejos de cumplir tales expectativas. Por el contrario, la opinión pública pudo observar -cuando tuvo paciencia para hacerlo- un supuesto Poder Legislativo que sólo in extremis y después de opacas y desgastantes negociaciones, era capaz de sacar adelante las reformas a las leyes electorales; unas fracciones parlamentarias dedicadas más al desprestigio recíproco que a las tareas propiamente legislativas; y unos diputados impotentes no sólo para legislar sino para reglamentar el propio funcionamiento interno de la Cámara. Cuando hoy se habla tanto de la restauración de un presidencialismo prácticamente ilimitado, habría que reconocer que buena parte de este fenómeno es responsabilidad de un funcionamiento fundamentalmente negativo, cuando no escandaloso y lamentable, del Poder Legislativo. No parece, en efecto, que la política de las interpelaciones y de las tomas del presidium, pueda dignificar y prestigiar las instancias parlamentarias.

La nueva Legislatura debiera aprovechar las lecciones de su antecesora. En particular las fracciones del PAN y del PRD tendrían que reconocer que la sola política contestataria poco puede servir para dar sustancia y fortaleza al Poder Legislativo y a sus propios proyectos partidarios. Que es necesario, además, asumir las señales de la ciudadanía emergente, así como elaborar y proponer programas legislativos que vayan más allá de las cuestiones puramente electorales y de las denuncias huecas y retóricas. Es indiscutible que los poderes del Ejecutivo deben ser acotados y controlados por una Cámara de Diputados políticamente productiva, capaz de representar y expresar realmente la pluralidad social existente. Pero ello requiere superar una concepción meramente negativa de dicho control, que considera que la función única de la oposición es oponerse.

En este horizonte destaca la propuesta panista para un nuevo consenso nacional. Más allá de las estridencias acostumbradas, el documento de Acción Nacional(1) parece expresar una concepción equilibrada y seria de lo que tendría que ser una política nacional concertada para abordar tanto las tareas relacionadas con la necesidad de dar mayor transparencia y equidad a las luchas electorales, como las referentes a los temas más relevantes de política económica y social en la coyuntura actual. De especial importancia resulta que un partido que en términos generales se ubica en posiciones de centro-derecha, reconozca la urgencia de los problemas laborales, agrarios, educativos y sociales que afectan a nuestro país, así como la necesidad de nuevas políticas redistributivas. Más que conveniente sería que el PRI como el PRD dieran una respuesta detallada y puntual a dicho documento.

El “heredero del 6 de julio”, sin embargo, parece hasta ahora incapaz de superar los mitos y reflejos que lo llevaron a desperdiciar la mayor parte de las oportunidades políticas generadas por el alud electoral de 1988. Incapaz de reconocer en los últimos comicios otra cosa que “el mayor fraude de la historia “-lo que ya se asemeja demasiado al grito “ahí viene el lobo”-, la nueva fracción perredista insiste en descalificar y desacreditar sus propios espacios de participación, apostando a una crisis de legitimidad que ponga fin al “régimen de partido de Estado”. Resulta casi increíble que el pretendido referente partidario de centro-izquierda agote su agenda legislativa en la necesidad de una nueva ley electoral y en la condena global e intransigente de la política gubernamental, abandonando a las demás fuerzas políticas el campo de cuestiones que debiera ser central para su proyecto político.

Pero la responsabilidad fundamental de la calidad de la LIV Legislatura recae sobre la mayoritaria fracción del partido oficial. Si se mantiene en la tesitura de ser un mero instrumento de las políticas del Ejecutivo y un puro valladar frente a las iniciativas de la oposición, en la expectativa de conservar sus privilegios legales e ilegales; si, además, interpreta los resultados electorales como un cheque en blanco que le permite regresar impunemente a las peores tradiciones de partido casi único, entonces -con independencia de los éxitos espectaculares de la Presidencia- la Cámara seguirá siendo el escenario de una degradación política y ética que sólo puede obstaculizar la modernización efectiva de nuestro régimen político. Continuar con un regateo mezquino para la elaboración de las leyes, insistir en mayoritear sin argumentos, significará mantener el predominio de oscuros intereses creados por encima de las posibilidades de una renovación realmente democrática de la política nacional.

1. “Propuesta para un Consenso Nacional del Comité Ejecutivo del Partido Acción Nacional”, en La Jornada, octubre 15, 1991.

Luis Salazar C. Profesor del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa

Imposibilidad de las soluciones universales

CUADERNO NEXOS

El campo: Tierra y tenencia

El debate sobre la tenencia de la tierra, que ha estado presente desde que se inició la actual administración, cobró mayor intensidad durante el mes de octubre, ante la inminencia del próximo periodo legislativo durante el cual seguramente se presentarán propuestas que de alguna forma afectarán la estructura agraria.

El incidente que alimentó el debate fue la propuesta del Secretario General de la Confederación Nacional Campesina. El senador Silerio propuso -por lo visto sin consultarlo ni siquiera con la cúpula de la organización que dirige- que la tierra ejidal sea propiedad (y no sólo posesión) de los ejidatarios. Es decir, que quede abolida la restricción jurídica que hace que la propiedad de la tierra ejidal sea inalienable, intransferible, inembargable e imprescriptible.

De hecho, el cuestionamiento a la propiedad social de la tierra, al ejido como institución, ha estado presente desde que éste se creó. Los argumentos han variado, según los aires de los tiempos: desde señalar que se trata de un robo hasta que es estructuralmente ineficiente.

A partir de las medidas para estabilizar y restructurar la economía mexicana que se inician en 1982, muchos observadores (y también tomadores de decisiones) supusieron que la abolición de todas las restricciones a la propiedad privada de la tierra sería una pieza indispensable en esa restructuración. En esa visión, se asimila ejido a propiedad estatal, lo que es erróneo por todos los conceptos, y se sustenta en las enormes atribuciones de distintas instituciones estatales en cada momento de la vida productiva y social del campo, en la forma de operar de estas instituciones y en la manipulación política de la demanda agraria.

Así, el Programa Nacional de Modernización del Campo plantea como una de sus estrategias el “eliminar todas las restricciones a la libre circulación de los factores”. Asimismo, en una importante reunión preparatoria de la Catorceava Asamblea Ordinaria del Partido Revolucionario Institucional el año pasado, se propuso eliminar la figura ejidal. De vez en vez, organismos financieros internacionales hacen propuestas similares, sin insistir demasiado en ellas.

Estas aproximaciones parecen anunciar una embestida definitiva contra la propiedad social agraria.

En ello se inscribe el incidente del segundo tercio de octubre protagonizado por el senador Silerio. Pero eso dio lugar a que organizaciones campesinas, agrupaciones empresariales, funcionarios e intelectuales, manifestaran o reiteraran sus proposiciones. Por cierto que las organizaciones campesinas, sobre todo en el Congreso Agrario Permanente y durante los últimos años, no dejan de insistir en sus propuestas para la modernización del ejido.

Es una polémica polarizada, no exenta de cargas ideológicas y de posiciones extremas. Si para algunos la propiedad privada de la tierra es una panacea que traerá como consecuencia que fluya capital en abundancia a la agricultura, para otros acarreará automáticamente la reconstrucción de los latifundios. En ambos polos se desestima el testimonio que da el actual minifundismo en el país, que caracteriza la mayor parte de los predios privados. Estos nunca han logrado ni atraer inversiones, ni concentrar la propiedad rústica ni siquiera para superar su excesiva parcelización.

Con todo y que el debate se ha polarizado, de los argumentos surgen por lo menos dos puntos de acuerdo: a) la excesiva ingerencia de diversas instituciones estatales es una camisa de fuerza que impide el despliegue de la potencialidad productiva en el campo, y b) es urgente flexibilizar las regulaciones para fomentar la libre asociación entre productores.

Es muy probable que el avance en ese sentido tenga un impacto favorable sobre la producción. No obstante, cualesquiera que sean las decisiones, no pueden perder de vista dos características de origen. Por una parte, la actividad agrícola en general tiene una menor rentabilidad, lo cual, por cierto, explica el alto nivel de subsidio en los agricultores de los países ricos. En el caso de México esa situación de menor rentabilidad agrícola se agrava por la pobreza de una buena parte de nuestra superficie agrícola. Lo más probable, de acuerdo con los referentes internacionales, es que más que la tenencia sea eso lo que detenga el flujo de inversión privada al campo. Por otra parte, la agricultura mexicana es muy heterogénea en cantidad y calidad de recursos, tecnología, organización y formas de vinculación con el mercado. Por ello no puede haber soluciones universales. Las respuestas a los cambios serán muy disímbolas.

La institución ejidal, con todos sus problemas, restricciones y desviaciones, ha sido el núcleo social básico en el campo, aun para la enorme población rural que no tiene derechos agrarios. Este es un recordatorio obligado, porque no puede pensarse que la abolición de la propiedad social rural sea lo mismo que privatizar empresas paraestatales. La inestabilidad social que se generaría ¿compensaría el supuesto incremento en la producción?

Rosa Elena Montes de Oca. Economista. Ha publicado diversos ensayos sobre la problemática rural.

San Luis postelectoral

CUADERNO NEXOS

¿Modernidad o heterodoxia?

La solución al conflicto postelectoral en San Luis Potosí en una línea muy semejante a la que semanas antes se dio en Guanajuato, aunque anticipada por diversos observadores, no dejó de causar sorpresa y revuelo en los medios políticos y periodísticos. La renuncia de Fausto Zapata a la gubernatura ha hecho correr ríos de tinta; los analistas han ofrecido ya variadas interpretaciones sobre este nuevo caso de heterodoxia política, no obligadamente modernizante, pero en lo inmediato útil y eficaz. Y sin embargo, es preciso volver al tema para revisar su significado general y sus posibles proyecciones políticas.

Las causas que concurrieron a la configuración del conflicto y a su creciente y peligrosa exacerbación son múltiples, pero pueden enunciarse tres principales:

a) Irregularidades en el proceso electoral. A juzgar por diversos indicios, los operadores tradicionales del sistema y del PRI no resistieron la tentación de hacer de las suyas para garantizar una victoria que sentían más obligada que nunca ante una oposición desafiante que en esta ocasión se presentaba unida en torno a la carismática figura de Salvador Nava. Cualquiera que haya sido la dimensión de estas irregularidades y su impacto en el resultado final de las votaciones, se sabia que, dada la presencia histórica del navismo en la entidad y el delicado contexto actual, cualquier indicio de fraude se traduciría en un problema político de consecuencias imprevisibles. Quienes no repararon en los medios para asegurar la victoria desestimaron este riesgo. Flaco favor le hicieron a su causa.

b) Errores de Fausto Zapata. El efímero gobernador potosino no pudo nunca desprenderse del todo del doble lastre que le significó tener un pasado político controvertido y ser identificado como un candidato designado desde el centro, sin arraigo en la entidad y ajeno a los intereses de su población. Lejos de construir puentes con la ciudadanía, la manera como condujo su campaña contribuyó de algún modo a polarizar el escenario político. Pero fue una vez que tomó posesión cuando cometió los errores más costosos: no supo sacar partido de la ausencia de una impugnación legal a los resultados electorales por parte del navismo; queriendo acaso fortalecerse, subrayó su dependencia respecto del Ejecutivo Federal y así evidenció su vulnerabilidad; impaciente ante la tosudez de las mujeres navistas que le bloqueaban el acceso a sus oficinas entró por la fuerza al Palacio de Gobierno, lo que a punto estuvo de desatar la violencia (de hecho hubo varios lesionados). En suma, lejos de desactivar el conflicto, contribuyó a enconarlo al grado de que su permanencia en el cargo se convirtió en el obstáculo principal a toda posibilidad de arreglo. De este modo selló su suerte. Evidentemente Zapata hizo una mala lectura de las declaraciones del procurador Morales Lechuga y del propio presidente Salinas: el apoyo sólo era posible si se mitigaba el conflicto y si éste se mantenía dentro de las fronteras de la entidad. Al ocurrir lo contrario, dicho apoyo se volvió insostenible.

c) Titubeos y radicalización del navismo. Ya se ha hecho notar la zigzagueante estrategia del navismo luego del 18 de agosto. Tras una aparente conformidad inicial con los resultados de los comicios locales, el movimiento dio un viraje, montado sobre la expectativa de reeditar en San Luis la salida ofrecida para Guanajuato. La propia naturaleza de la expectativa y acaso la convicción de que la misma no podría concretarse más que apelando al poder presidencial, condujo al navismo a abandonar los cauces previstos por la ley electoral para impugnar los resultados comiciales y a incursionar en la vía de la presión y la resistencia civil, cuyo objeto era impedir gobernar al mandatario estatal. En ello tuvo que ver la postura personal de Nava, la autonomía de éste respecto de sus apoyos partidarios, el creciente peso de los sectores duros en la coalición que lo postuló conforme se delineaba un escenario de confrontación.

El entrecruzamiento de estos y otros elementos, sobre los que volveremos más adelante, enrareció el ambiente político a grado tal que volvió imperiosa una solución radical del Ejecutivo. En lo inmediato, y vista la evolución del conflicto, las consecuencias del desplazamiento de Zapata Loredo son positivas. Por principio, se produjo una notable distensión tras la designación de Gonzalo Martínez Corbalá como gobernador interino. Tanto Nava como el presidente municipal de la capital de la entidad, el panista Guillermo Pizzuto, reconocieron en él al legitimo mandatario estatal. Con ello queda conjurado, al menos de momento, el peligro de la violencia y la ingobernabilidad.

Por otro lado, se ha evitado que prospere la propuesta de Nava, quien había exhortado a la oposición a no participar en las elecciones municipales de diciembre próximo como medida adicional de presión para obligar a una rectificación. Táctica controvertible esta última, tanto como la decisión navista de no recurrir al Tribunal Estatal Electoral para ventilar ahí sus inconformidades, esa posibilidad abstencionista ha perdido razón de ser y en definitiva quedará fuera de la agenda si los actores involucrados llegan a un acuerdo en torno a procedimientos legales que garanticen transparencia y confiabilidad a próximos comicios.

Los saldos positivos, que no pueden desestimarse, no se han conseguido sin costos políticos. Algunos habrán de ser pagados por el PRI; otros afectan al sistema político en su conjunto. Estos son los que me parecen fundamentales:

1. Deslegitimación de los procesos electorales. Nunca se subrayará suficientemente el pernicioso impacto que sobre las percepciones ciudadanas respecto al valor de su voto, de su participación y de la competencia electoral tienen arreglos políticos que soslayan los cauces legales e institucionales previstos para solucionar diferendos. Los comicios aparecen a los ojos de la ciudadanía como artificios sin valor alguno ante las exigencias de la realpolitik. Bien, como se ha dicho, que las negociaciones desactiven el conflicto, pero es legítimo preguntarse hasta qué punto resulta plausible que lo hagan a costa del desgaste de las reglas del juego político.

Y en este punto gobierno y oposición comparten responsabilidades. No se puede pretender resolver todo desde el centro como tampoco es aceptable que se predique la resistencia civil, la abstención política o la mera presión cuando no se han agotado los cauces legales ni se ha demostrado su incompetencia. El resultado del pragmatismo puro y de la desaprensión por el cumplimiento de la legalidad no puede ser otro que la descalificación de las elecciones como vía de relevo pacifico del poder, de los partidos como portadores de valores y proyectos que aspiran al apoyo mayoritario (aunque siempre contingente) y de la política como espacio de compromisos acotados por la legalidad, así como la recreación de rituales y comportamientos que chocan con la aspiración de modernidad política.

2. Señales equívocas en tomo a los conflictos post electorales. Un mensaje implícito, aunque indeseado, en las soluciones ofrecidas en Guanajuato y San Luis Potosí es que la vía de la presión y, en el extremo, la apuesta a la ingobernabilidad pueden rendir frutos. Nada resultaría más oneroso para la estabilidad política y para la tentativa de darnos reglas democráticas para la convivencia política que tratar de convertir estos casos peculiares en algo así como un patrón de resolución de conflictos políticos.

3. Afirmación del Ejecutivo como eje de las soluciones políticas. No es preciso abundar mucho en esto, acaso sólo precisar algunas cosas: a) que a este resultado, por lo menos en el caso de San Luis, ha contribuido no poco el propio navismo que, casi desde el primer momento, apeló al Presidente. Se dirá que ello no fue sino un ejercicio de realismo puesto que en la práctica el Ejecutivo concentra numerosas atribuciones constitucionales y metaconstitucionales. Eso es cierto y, sin embargo, no deja de ser paradójico que un movimiento como el navismo, concreción de una histórica lucha regional anticaciquil y anticentralista, apele al poder central para solucionar un problema local; b) que la proyección de la imagen de un Ejecutivo todopoderoso tiende a afianzar rasgos providencialistas y autoritarios de nuestra cultura política y a concentrar efectivamente el poder, c) que esta omnipresencia tiene como contrapartida el exponer directamente al Presidente a todo tipo de presiones, legítimas e ilegítimas, y a someterlo a un permanente desgaste.

Por otro lado, el priísmo tendrá que afrontar sus propios costos. Destacan claramente dos: 1) insubordinación del priísmo local. La remoción de Zapata -que eso fue- provocó el malestar de aquellos militantes que estiman sacrificados sus intereses por decisiones del centro. No será fácil convencer a quienes reclamaron airadamente lo que consideraron la renuncia a una victoria legítima de que no volverán a ser objeto de trato semejante; buscarán ser resarcidos y si en ese afán dan pie al revanchismo se reiniciará el círculo vicioso de la polarización política. Ahora bien, la recomposición priísta se ve difícil en el corto plazo porque aun quedando en la gubernatura uno de los suyos, la solución escogida los ha debilitado y dividido justo cuando están en puerta las elecciones municipales. La contienda por las nominaciones, que de por sí suele ser áspera, se verá atizada por este hecho. Quizá tratando de evitar un desgaste mayor, el gobernador interino ha mencionado que, dada la brevedad de los plazos, posiblemente se opte por la designación de candidatos de unidad y no por la consulta a la base. Habrá que ver si no resulta peor el remedio que la enfermedad.

2. Cambios en la correlación interna de fuerzas dentro del aparato político y en el interior del PRI. Como ya lo ha señalado Jorge Fernández en Uno más uno, luego del 18 de agosto Luis Donaldo Colosio emergió como el gran triunfador de los comicios: había llevado al PRI a una victoria que superaba en mucho los pronósticos, oscurecidos por el fantasma del 88. Las sucesivas rectificaciones en Guanajuato, San Luis y, en menor grado en Sonora -precisamente en los lugares más disputados-, y la directa asunción del problema por parte del Presidente parecen favorecer al lider nacional priísta.

Esto último me permite referirme al hecho de que no pocas interpretaciones en torno al caso de San Luis resultan insuficientes. En efecto, mientras que algunos analistas ven en la salida de Zapata un triunfo del navismo en toda la linea y una derrota del Presidente, otros consideran lo ocurrido como una victoria de Salinas que, al arbitrar inteligentemente conflictos que no pudieron solucionarse en sus ámbitos de origen, salió fortalecido. Tales interpretaciones tienen el problema de ver al conflicto como la pura lucha entre dos solos actores políticos, más o menos homogéneos, que mantienen estrategias racionales y coherentes. Nada más lejos de la realidad.

Del lado del aparato gubernamental habría que mencionar un elemento más qué está gravitando en los acontecimientos de Guanajuato y San Luis, si bien resulta en extremo difícil evaluar su peso específico. Me refiero a las pugnas interburocráticas, en las cuales si atendemos a las razones ofrecidas por el periodista Jorge Fernández (“Todos los hombres del Presidente”, Uno más uno, 10 de octubre, pp. 1 y 10), asomaría prematuramente la lucha por la sucesión del 94. Según Fernández, y la tesis es muy sugerente, en el marco de aquella pugna se estaría gestando una alianza entre los reformadores económicos y el PRI tradicional (el que enturbió los comicios), cuya lógica radicaría en la necesidad de mantener a la reforma económica como punta de lanza, lo que exigiría un sistema de control político a la vieja usanza, con su mezcla de flexibilidad y mano dura.

Estos forcejeos en el interior de la clase gobernante nos explicarían, entonces, ciertos titubeos, retrasos y aparentes contradicciones que de otra manera resultan incomprensibles o aparecen como el producto de una oscura maquinación.

Del lado del navismo también son evidentes la heterogeneidad y los forcejeos internos en esta peculiar alianza que suma al PAN, al PDM y al PRD con el navismo propiamente dicho. Hay en el Frente Cívico Potosino una tensión no del todo resuelta. Está por verse qué pasará con ella. El desplazamiento de Zapata fortalece a los sectores intransigentes del Frente en cuanto la estrategia por la que propugnaron resultó aparentemente exitosa (habría que considerar hasta qué punto la solución dependió de la pura fuerza opositora, como lo creen estos grupos o, como lo señalamos, dependió de la conjunción de aquélla y del interés presidencial por recuperar el control pleno de la situación en el marco de las pugnas interburocráticas aludidas. En contrapartida, la necesidad de construir, en la nueva circunstancia abierta el 10 de octubre, consensos con miras a crear condiciones de credibilidad y transparencia en las siguientes elecciones y de gobernabilidad abre un espacio para un nuevo protagonismo de los partidos del Frente -un tanto relegados por la centralidad de Nava- y, dentro de ellos, de los segmentos interesados en recrear y dar permanencia a un esfuerzo de concertación no sólo a nivel local sino nacional.

Es muy pronto para decir qué fuerzas prevalecerán en uno y otro campo, pero eso será crucial para el futuro de nuestro proceso de transición democrática. Quizás un anticipo de lo que le depara a este proceso lo veamos en la evolución del caso San Luis. De momento los actores afrontan tareas inmediatas, entre las que figuran la concertación política (en marcha a raíz del encuentro entre Martínez Corbalá y Nava), concertación que sin embargo sólo prosperará si el gobierno interino hace ajustes a la ley electoral para garantizar la limpieza. Los partidos todos, asimismo, tienen el compromiso de participar en las próximas elecciones municipales, remontando la corriente que deslegitima el voto y propicia el recelo frente a la legalidad. Y eso sólo podrán hacerlo consistentemente a partir de proyectos políticos claros, de ofertas capaces de convocar a la ciudadanía a partir de sus propios problemas y aspiraciones. En San Luis, como se ve, es realmente mucho lo que se juega.

José Luis Gutiérrez Espíndola. Jefe de Redacción del suplemento Política de El Nacional.

¿De nuevo el país del nunca jamás?

CUADERNO NEXOS

San Luis y los perdedores

En términos de política de fuerza, o de movilización social y de la opinión pública si se quiere, el doctor Salvador Nava fue el ganador absoluto en el litigio potosino. También ganó el astuto político de San Luis en lo que podría llamarse la política presidencial: hacia el Presidente, todo el tiempo de su campaña; con el Presidente, al hacerlo árbitro único del conflicto, recipendario conspicuo del alegato navista en materia legal y procesal; contra el Presidente, al marchar hacia México con fecha anunciada de arribo el primero de noviembre, cuando habría una magna concentración para recibirlo.

¿Quién perdió? Zapata, por supuesto, que no pudo convencer a los potosinos activos y de pro, los que influyen y los que mandan, de que era portador en efecto de nuevos modos de gobierno y un real talante y compromiso civilista. Nadie pareció conmoverse por su discurso pacificador, con oferta renovadora, ni siquiera por los incidentes públicos donde quien pudo haber sido víctima física era precisamente él. Y así se quedó solo y nadie podía, tal vez tampoco quería, jugar con esa soledad a la política del poder.

En términos de política democrática, esa que supone normas claras y conocidas por todos, reglas duraderas y convenios de fondo entre las partes, nadie ganó. Todavía estamos incluso a la espera del alegato navista que descansa en algún anaquel de Gobernación.

Hay la tentación de decir que “perdimos todos”, pero eso suena y sale del corazón de las tinieblas y nada tiene que ver con la democracia. Pensar que fue San Luis el que perdió, frente a poderes de aquí y de allá es, por lo menos, soslayar el contexto de incredulidad o abierto desaseo en el que se dieron las campañas, las elecciones y los resultados. Si no se asume esto último, junto con sus impactos sobre el ánimo público potosino y nacional, entonces la ecuación es harto simple: no fueron San Luis o Zapata los perdedores, sino todos los demás, lo que es decir demasiado en medio de tanta fiesta. Después de todo, elecciones habrá y pronto, con arcas vacías o semillenas.

Los resultados para el avance democrático están, en efecto, por verse, pero desbordan ya, sin posibilidad fácil de retorno a la pax potosina, el ámbito local en el que tan bien se mueve el navismo. “Democracia o muerte” fue el título de un artículo de Luis Rubio en La Jornada del sábado 12 de octubre. No se trata de un eco de castrismo postmoderno (aunque del cabeceador nadie puede hacerse cargo), pero sí de sugerir, de plantear, que el clásico “hasta aquí” de la política presidencial mexicana, ha sido ya del todo superado y que adelante sólo queda la democratización rápida y extensa del sistema, y desde arriba, concluye Rubio, supongo que en el afán de que sea expedita, creíble, firme.

San Luis, en verdad, pone al sistema todo frente a la urgencia de la reforma. Por paradójico que pueda sonar, hoy se cuenta en favor de ello con unos activos cuya desvalorización parecía estar en el centro de la estrategia democrática de muchos contingentes y aspiraciones opositores. La fuerza de la presidencia, asentada en hechos y derechos provenientes del electorado, sólo podrá mantenerse si no se la somete a un perpetuo toma y daca puntual y, tal vez este es el término, paraconstitucional que no puede sino producir espejismos de fuerza y realidades de progresivo desgaste. Hay pues, como probabilidad a la vista, la necesidad de que “desde arriba” se acelere el paso.

De otra parte, las acciones y decisiones en el Bajío y el altiplano han dado paso a la conformación (confirmación, sería quizá más acertado) de una suerte de convergencia implícita pero de fondo entre vastos intereses políticos y económicos, nacionales y regionales, en el cual sustentar un consenso de gobernabilidad y disputa política abierta y democrática. Nava y el panismo guanajuatense encabezado por el gobernador Medina, tal vez extendible hasta Baja California y desde luego centrado en el centro mismo del liderazgo nacional del PAN; las cúpulas de la empresa y, ahora, importantes grupos de propietarios y sectores medios y altos de Guanajuato, San Luis, Sonora y Nuevo León, etcétera, ilustran vértices y ejes de un acuerdo que puede ser y hacerse para durar.

Fincado en unas ambiciones de largo aliento sobre la economía, articulado por entendimientos cada vez más precisos y delicados en torno a la propiedad y su usufructo, cada vez más compenetrado de una misma visión del lugar de México en el mundo, al menos en lo que a economía toca, este es el tipo de consenso que dura y domina, que puede integrar los más variados contingentes y encauzar los más enconados conflictos, pero también dejar fuera, excluir y hasta rechazar a los que simplemente se oponen y ven en cada round el final de la pelea.

Este es, por lo demás, un entorno que hace compatibles las presidencias fuertes con los sistemas de poder e intercambio político abiertos. Este es el umbral en el que estamos o hacia el que empezamos con celeridad a movernos. Los oficiantes del business as usual, el priísmo enfeudado y creyente ingenuo en que con dinero bien usado las aguas vuelven pronto a su cauce, junto con los que, desde la banqueta de enfrente, festinan (y festejan) las “primeras derrotas” de Salinas pueden toparse, de nuevo, con el país del nunca jamás.

Rolando Cordera. Economista. Director del programa nexos TV.

Cantinflas ’80

No quepa duda que en la dualidad, casi dicotomía, que contiene la condición hombre-artista, la gente parece quedarse siempre con el artista y relega al ente humano que todo artista conlleva a un plano secundario referido a su vida pública, casi siempre inquietante en cuanto más escandalosa y comentada parezca ser por esa gente transformada en bestia fiera, como dijera Ruiz de Alarcón. Al parecer, el público se queda siempre con el artista y al ser humano, exaltado o masacrado, lo deja como platillo a los postres si hay lugar. Las obras, buenas o malas, idealizan a su autor y, paradójicamente, éstas habrán de sobrevivir a la personalísima vida real -privada o indiscreta- de los hacedores de arte.

Esto nos sugiere la versión de que un artista plasma en su obra valores humanos correspondientes al espacio del deber ser, más aún que aquellos otros que nos hablan del ser en reflexión dual. La lectura del arte se inicia como una actividad profundamente humana; se es artista para que aprendamos a ser mejores, no para ser peores de lo que aprendimos a ser en el pasado. En esto consiste la condición ética del trabajo artístico, así sea decididamente popular y artesanal o de sofisticada elaboración y de calidad trascendente. Es obvio que toda forma artística presenta cualidades diferenciales lo mismo en su elaboración que en la capacidad comunicadora que contiene para ser estimada. La noción de público letrado es la que nos permite un disfrute cabal del arte, que nos muestra a la gente disfrutando del arte porque entiende lo que ve y lo que escucha; gente que establece categorías de apreciación más allá del me gusta o del no me gusta, del “es bueno porque a mí me gusta” y “es malo porque a mí no me gusta”. Es por esto que la lectura y la relectura del arte exigen observadores enterados del contenido de la función artística, de la relación entrañable entre el creador, su obra y el público. Saber para qué sirven las formas artísticas.

Estas reflexiones vienen a cuento por el octogésimo cumpleaños del artista Cantinflas: ochenta años de edad y más de medio siglo de intrépida vida en el teatro, como actor de indiscutible y reconocida popularidad; la cual, en varios medios, supo hacer coincidir los criterios amorfos del público iletrado con aquellos otros de los formalistas de la más elaborada y ambidextra élite. Cómico desde los treinta, Cantinflas liderea una pléyade de actores de teatro cómico mexica, tlatelolca y cholulteca, que manejaron con éxito el recurso verbal de la comunicación masiva desde el escenario: Don Catarino, Chupamirto, el Cuatezón Beristáin, el gran Roberto Soto, Manuel Medel, Palillo, Harapos, y los descendientes y subsidiarios: Resortes, Borolas, Clavillazo, Donato el tecolote zurrón… Todos éstos dentro de una expresión que podría adecuarse a la lumpen callejera, al fracasado y arquetipo de la frustración, al habitante de los más bajos y olvidados fondos; el que sólo podía ser aceptado en tanto su mensaje provocara la carcajada pública del pelado y del catrín, del vago y del roto desgraciado, y en tanto la crítica social o política que el sketch contuviera no fuera más allá del efecto hilarante, catártico y estabilizador que no alterara el sistema de gobierno, habida cuenta de que jamás ha surgido revolución alguna desde el escenario. La acción que nos ahoga, por la boca se desfoga sentenció el abuelo Francisco de Quevedo. Recordemos aquí las severas acciones de los líderes actores, cuando se opusieron maniqueamente a que Luis Buñuel filmara Los olvidados, ya que presentaría a “un México irreal, desgarrado y en harapos”. Esta misma razón impidió que Zavattini realizara Italia mía en su tierra natal.

La conclusión queda a la mano: se podía hablar de la pobreza y aun de la miseria pública, siempre y cuando esas realidades provocaran en nosotros la risa, el relajamiento a las tensiones personales y sociales que acarrean las carencias, el empobrecimiento o el mal gobierno. No a la toma de conciencia frente al caído en desgracia, sino proposición mediatizadora de que la única forma de solidarizarnos con el infortunio ajeno es riéndonos; manera también de compartir desde la butaca -actitud de colaboracionista clandestino- la desdicha de la mayoría vuelta gracejada clownesca. En esta línea de acción la cosa política ofrece mil y una posibilidades de convivencia y conjunción. Quiero decir, que el teatro de esta especie trastrueca las finalidades humanistas del genuino teatro, para presentarse ante el público como teatro de la convivencia, de fácil aceptación y de abierto manipuleo, ya que la vieja sentencia horaciana afirma que la risa castiga las malas costumbres, se pervierte al punto de “celebrar con risa las malas costumbres”. Esto es claro de observar en los ocurrentes sketches políticos a la mexicana alegría, los cuales participan del rito generalizado de provocar -desviándola- la atención en torno de problemas vigentes en una comunidad, mediante una retórica basada en el equívoco y en la difusa generalización. La osadía del artista cómico de tocar símbolos intocables de México se convierte en espiral inflacionaria de un sistema político inseguro de sí propio y temeroso de enfrentar la verdadera problemática que vive. Quizás el cómico -como el buen boxeador o el buen torero- llegue a resolver con creces su personalísimo problema, y de exponente lumpen de un estrato en desgracia emerja triunfador y arribe a los niveles del poder y sus glorias. Así ha sido en múltiples ocasiones. Y esto puede ser válido, contante y sonante. Pero ¿qué pasa con el recurso teatro como orientador hacia mejores niveles de vida de la colectividad?

Cantinflas fue de la carpa al mundo. Así inicia su meteórica carrera en la Carpa Ofelia que visitaba las barriadas del Distrito Federal con éxito; de ahí va a la versión mexica del Follies Bergere parisien, en la Plaza Garibaldi, 1940. La cuerda floja y cordial entre el actor y su público – particularmente aquel reunido en las localidades altas- vibra y se tensiona en la alegría de los diálogos cruzados, en la sabrosura sensualísima del albur que nace donde termina: “Hello, Franklin? ¿Cómo estás, Delano?” El incisivo colmillo de la crítica política se hinca en la carnosidad de la manzana. Según su propia declaración, un solo chiste lo proyecta enorme: Cantinflas, escrutador electorero, responde las preguntas: “En esta urna, ¿por quién se vota? / -Por Avila./ -¿Y en esta otra?/ -Por Camacho”.

A cada cambio sexenal, un renovado aire impulsaba su fama al tiempo que la imagen y su carisma fortalecían el juego pirotécnico de las palabras habladas, las que sueltan al aire su sonido para ser escuchadas y retenidas. Mentira que lo que entra por un oído sale por el otro. El barómetro electoral se medía en la columna de ocurrencias de cada uno de los cómicos que se ocupaban de las elecciones disfrutando de una peculiar libertad de expresión que no llegó más allá de la sugerencia equívoca y mercurial. La gente, en las plazas, cantaba entretenida: Almazán, Almazán, Almazán/ eres el hombre del día/ por eso es que la patria confía/ en que tú seas su candidato popular/ Desde Sonora a Yucatán/ todos votan por Almazán…

Recuerdo con mucho agrado una escena fabulosa en el foro del Follies (1945), cuya escenografía consistió en una vecindad característica de ese y de muchos barrios de la ciudad -el país entero se complacía certero bebiendo una sola marca de cerveza y íVeinte millones de mexicanos no podían estar equivocados!-; era el tiempo de posadas y las dos chicas más potables de esa casa -Chelo Villarreal y Amparo Arozamena, como potrancas bien dotadas de remos y dulces y agresivos pitones- disponían la celebración a la que habría de concurrir el vecindario entero: el reparto de velas, la disposición procesional de la concurrencia, al frente los peregrinos conducidos por la Chelo y la Amparito, la piñata pendiente de un mecate con la incógnita del lodo, la ceniza o el estiércol, … por allá el beaterío medivista mordiendo sus rumores; las vicetiples como esperpénticos niños malcriados, …cuando de repente aparecen el Cantinflas y el Mantequilla Soto irrespetuosos y a medios chiles. Desconcierto, aunque el orden se impone: los recién llegados, colocados hasta atrás, llevarán la letanía :

M.: Artículo tercero…

C.: Se fue al basurero.

M.: La leche y el pan…

C.: Ya no bajarán.

M.: Suspiros de carnes…

C.: Me agarran el hambre.

M.: Mister Stetinius…

C.: Me bajó el platinium.

M.: El Gran Molotov…

C.: Te entierro en el dos.

M.: Don Marte R. Gómez…

C.: Y el impuesto pones.

M.: Ezequiel Padilla…

C.: Nos dio la puntilla.

M.: Miguel Alemán…

C.: Que para allá van…

Del Follies, Cantinflas va a la pantalla de cine y de aquí a la universidad: Cantinflas, guía de turistas, Cantinflas, amigable componedor, Cantinflas, travesti, Cantinflas, gendarme,…profesor,…diputado,…mosquetero (Richelieu fue el propio Angel Garasa); Cantinflas, Romeo, Cantinflas, diplomático, Cantinflas, promotor del voto en su país y en el ajeno; Cantinflas, torero,…médico,…fotógrafo, Cantinflas, macho mexicano gritándole a Miguel de Molina maricón; Cantinflas, equilibrista,…líder incorrupto; Cantinflas Paspartout… Los cerebros promotores: Miguel M. Delgado, Carlos León, Salvador Novo y la Columbia Pictures.

Y también Cantinflas empresario: una revista insólita llega de París para poner en circulación la música francesa del medio-siglo: Mona Gildes canta La vie en rose, en el Esperanza Iris, y México entero lo repite obsesivo; cuatro pianos blancos quedan suspendidos en el aire del escenario. Esta revista musical que ahora añoramos se llamó entonces Bonjour Mexique. Unos pocos años después, habría de repetir la experiencia en el ruidoso estreno del Teatro Insurgentes, propiedad del ex Director del Banco Ejidal. Para la ocasión, Alfredo Robledo, empedernido secretario general de los autores de teatro, le escribe a Cantinflas un sketch revisteril titulado Yo, Colón, el cual se iniciaba con la entrada del célebre actor al escenario representando a un periodiquero que voceaba-entusiasta: “íYa llegaron los alemanes a París!” íYa llegaron los alemanes a París!” La revista concluía con el prodigioso desnudo total de una francesita sentada en una copa de champaña o de sidra hoejotzinga.

Comenzaba el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines y figuraba el grupo de intelectuales Hyperion como hegemónico en la cultura nacional: Leopoldo Zea, Jorge Portilla, Emilio Uranga, Luis Villoro, el propio Arreola y algunos más, amparados por la protección generosa de Alfonso Reyes. Este grupo participa en política electoral mediante el voto razonado, explicando por quién habrían de votar y las razones para hacerlo por el candidato oficial. Los hyperiones, recuerdo, organizaron un coctel en honor de Cantinflas. quizá para incorporarlo a su grupo -ellos buscaban afanosamente a “México y lo mexicano”-y con ello el actor adquiriera calidad intelectiva. Cantinflas fue entonces, y quizá durante esa noche única, un intelectual emergente del lumpen proletario.

12 de agosto de 1911/1991. Ocho décadas ocho, como ochenta miuras ochenta. Quienes nos atrevemos a estar en el mexican ra-ta-plán, sabemos lo que significa pulsar la cuerda tensa del contrabajo bien temperado. La encarnizada rivalidad con el triunfador, el canibalismo y la antropofagia, el libre y soberano ninguneo, el chiras pelas y… mejor ahí le paro… Advertimos la entrega de un hombre dedicado al teatro que ha sabido conservar la cabeza en tan frecuentes y espectaculares brumarios. Personalmente disfruté mucho sus primeros films; más aún sus apariciones en los foros y añoro fuertemente su presencia en el teatro de hoy; la presencia de algún sucesor que lo supere. Creo que el cómico singular y genial que fue me reveló las cualidades del gran teatro cómico y sus graves riesgos.

Oh dear, dear

El periódico El Nacional (8 de octubre, 1991) publicó esta noticia: 

La cantante española Marta Sánchez exige 200 millones de pesetas (cerca de dos millones de dólares) de indemnización ya que asegura haber sido forzada para posar desnuda en conocida revista para caballeros que circula en España.

“Fui obligada y era la única salida posible”, manifestó la vocalista del grupo Olé-Olé. Según un reportaje publicado en Semana, la artista demandó a la revista Interviú por incumplimiento de contrato así como al periódico Claro, ya desaparecido, que ofreció en portada un desnudo suyo sin permiso y publicó la nota del modista que la difamó. 

Como habría dicho Ruben Darío:

Hacia la fuente de noche y olvido, Martita Sánchez, acompañamé.

No me la imagino

Este cable fue publicado por uno más uno el 7 de octubre de 1991:

Muchos británicos piensan en Madonna cuando están haciendo el amor con sus esposas o amantes que, a su vez, prefieren al actor Patrick Swayze en sus fantasías sexuales, según una encuesta divulgada hoy.

Por debajo de Madonna aparecieron, en la misma encuesta, Kim Basinger y Raquel Welch.

Menos citadas pero todavía con un lugar en la lista sexual de los británicos, aparecen la modelo Linda Lusardi, la actriz Jamie Lee Curtis, hija del actor Tony Curtis, Sophia Loren, todavía y, en décimo lugar, la Princesa Diana, esposa del heredero de la Corona británica, el Príncipe Carlos.

Sophia Loren, todavía, en efecto, pero ¿Diana? ¿Seguros que Diana? ¿Diana Diana, la de Lady Di y eso?

Amigos, III

Llego a mis hermanos: Manuel, el mejor médico del planeta Tierra, él lo sabe todo, su diagnóstico da siempre pie con bola, no falla, lo atosigamos en su bondad inacabable mi hermana y yo, hasta sacarlo de sus casillas: “!soy pediatra, no gerontólogo!” responde. Es mi seguridad, mi tranquila salud, el apoyo serio con la pasividad de un abuelo, como lo fue el nuestro, médico de los de antes, o mis tíos Enriques, uno Romero Ceballos, doctorazo de pueblo que, desesperado de sus hermanas, murmuraba: “ítómate una aspirina, ponte mercurocromo, pégate un curita y no me des lata!”, y el otro, Mendoza Albarrán, que se fue al norte y se perdió. Teresa: inteligente, valerosa, de cortante sentido del humor, buena, sola por furia y destino, nos queremos y nos peleamos desde que nació. Es una flor en su búcaro que se deshace sin pedir ayuda, la veo rodeada de pétalos y dolor; desterrada de su idolatrada Suprema Corte de Justicia, la imparte en sí misma con la honradez característica de mi sangre. Xavier es el ángel de la casa, con alas que se atropellan en las puertas giratorias; la señal propia en él es coraje para subsistir dignamente a pesar de una semiceguera que lo hace, no obstante, superarse. Huérfano desde los cinco años, es nuestro hijo y el más sabio por silencio, dotado de una rara indiferencia y eso, la orfandad, desamparado y armado de tercas paciencias.

Mis hermanos y yo hemos conseguido una amistad de cuarteto de Guanajuato, porque somos infatigables en las diferencias y necedades nacionales, de nacencia, de origen. Nos gustamos en la risa e incesantes nos celamos. Por supuesto que soy la entercada en que me quieran y estén orgullosos de mí. Manuel y yo fuimos juntos al colegio, y nos acercamos lo suficiente para que en las puertas del Cristóbal Colón y del Francés nos dijéramos un hasta luego cumplido sin falta. Xavier y yo nos complementamos en el trabajo respetándonos en los caracteres alejados como las Antípodas. Lo quiero con hondura, me inclino ante su inocente pureza e implacable altivez. Con Teresa la cosa cambia, porque pareciéndonos mucho repetimos la rivalidad de hermanas frente a la madre, claro que mi mamá la quiso más a ella… y vuelta a empezar.

Luchitey es la otra hermana-prima-amiga que me acompaña, inteligente. Lucía Esther Leroux es ejemplar en su lucha nutricional y su entrega política que hace ver contra viento y marea con voz que sube a los metales, y un humor en sordina, el cual, no obstante, usa talentosa para amainar la furia izquierdista que su noble corazón le arrebata.

Un día me casé llena de testigos lujosos en Atlixco. Me entregó Héctor Azar, padre providente. Dimos tres vueltas paternas al jardín en un auto negro de bodas verdaderas, y en el Palacio Municipal de Atlixco dijimos el sí el interfecto y yo. El juez estaba atónito al llamar a los testigos, no salía del asombro: ¿Gabriel García Márquez, el de Cien años de soledad ¿Octavio Paz, el poeta? ¿Flores de la Peña, el secretario de Pesca? ¿Cesarman, el cardiólogo, el psicoanalista?… la lista de cineastas, escritores, etc., produjeron una especie de conmoción cerebral y dijo un fervorín, llamémosle así, todo desarticulado, al pie del mural de Juárez, mi felicidad era extrema, en primer lugar había adelgazado, y creí, ilusa, que bajaba al puerto último y seguro; me equivoqué otra vez, no hay remedio.

Ya voy en las últimas, boqueo, íqué felicidad! De esto a mi novela otra, la que se llamará Trenza de seda y describe ideales todavía no lo suficiente maltrechos, mi empeño en ser, con la misma terquedad guanajuatense, de la política. Voy a San Miguel de Allende y me siento a platicar las horas enteras con Enrique Fernández Martínez, mi único amigo de provincia, el que rompió la pesarosa soledad de aquel lugar, jardín cerrado para mí, que fui juzgada extranjera habiendo nacido a tres cuartos de hora del jardín principal de mi ciudad adoptada para la muerte; allí no soy de allí, son los gringos, sí, de Minnesota, de Amarillo, de donde usted quiera y mande, no yo. Muy difícil para mí, descasada, con mal inglés, digno de Katy Jurado, sin capital, ni marido, nada más la pertenencia al estado desde mis tatarabuelos y choznos, sólo, y una desdicha que enseño a veces sin querer. Con Enrique más que todo la conversa es monólogo, porque si bien sabe oír, es tan arrebatador lo que dice, pronostica, juzga, decreta, que lo de uno importa un bledo. Me río mucho con él y su inteligencia de acero, profeta, me gusta su compañía, su buen gusto y generosidad, convivo con sus hijos, paseamos en motocicleta, sorbemos helados, y todos los días encuentra para mí casas empinadas y terrenos inaccesibles que me convence de comprar, y al ir a cerrar trato él desaparece en Grecia, en Nueva York o se va a dar la vuelta al mundo tres meses en trasatlántico… así no se puede. Enrique sería el mejor gobernador que mi tierra merece, es una pena para mí desde luego, que no esté en la pelea. Es soledoso como yo, viaja, goza la joven autoridad en la palabra y en las ciudades que recorre como un viajero antiguo con lupa en la mano y ojo avisor.

No quiero despedirme sin darle la vuelta al canasto de las frutas queretanas que es la amistad con Edmundo González Llaca, su historia, lo conminé a contarme una y otra vez, en aquellos viajes semanales en mi auto rumbo a su tierra, donde lo dejaba en una casa encalada que brillaba materialmente al sol como si fuera a quemarse, y yo seguía mis pisos sanmiguelenses, ícómo hablábamos!, ícómo la oía, oigo!, una inteligencia la suya muy interesante, de provinciano educado en Francia, culto e inasible, se va de la mano como agua, es una imposibilidad, mas también entrañable, plagado de bondades y manías, como la política en él dominante. Es seguro, honrado y tenaz, adoro materialmente su humor chispeante, no hay a su lado hora tediosa, y miren que las pasamos hasta el amanecer en el Palacio de San Lázaro, antes de la hoguera que le estaba decretada. Quiere Edmundo ser todo, como yo, y a veces bordamos en regresar a las curules y él se niega y yo insisto, y de allí al reino de la imaginación no hay más que un paso. Cuéntame de tu abuelo… cuenta; cuéntame de tus tíos los rancheros, cuenta y me cuenta de su mamá que yo conocí, sapientísima y aún dejando ver la belleza fuera de serie que era en su juventud; cuéntame de cómo naciste y te ibas a morir y sonaron las campanas de la iglesia y dijo tu abuelo el gobernador que vivirías, que esa era la señal esperada… y cuenta. Fuimos a entregar el bosque de “Los Alcanfores” que ganó siendo diputado González Llaca, a Ferrocarriles de México, y en lo cual ayudé con un granito de azúcar. Edmundo ni nos saludó, estaba radiante, menos, por supuesto, que su hermana Patricia, la muchacha que a mí me encanta de tan bonita. Lo extraño, nos buscamos como náufragos, cargamos difuntos parecidos, oquedades, enfraternados, vamos.. El querría que bordara más de nuestras diputaciones y nuestros futuros, exigiría más tomos que En busca del tiempo perdido, pero esto no es, ya lo dije cien veces, nada más que un ramo de rosas que ofrezco antes de deshojarse.

Por eso no quería, según transcurren los días (mañana es 31 de diciembre), aparecen en mis “caxoncitos” seres que no planeaba sacar a colación, lo he dicho al cansancio, la promesa se rompió ante adversidad disciplinaria de una tarea inconclusa y que debí cerrar, y lo hice, por salud mental y respeto a mí misma. Juan Antonio Araujo es mi otro afecto esencial. Hicimos juntos la campaña guanajuatense riéndonos a borbotones (entonces Toño estaba muy alegre y su humor era contagioso y finísimo, delgadito como un hilo de oro). Un día al pasar por los terrenos de su rancho cerca de Silao, vimos desde el camión del candidato a gobernador muchos caballos corriendo; sus estampas erguidas y brillosas eran el paisaje mismo, bellos y fuertes allí iban al trote rápido como jugando carreras con el autobús. ¿Son machos o hembras?… Toño dijo que diez nada más eran hembras, ¿cómo las distingues?… ípor las pestañas!… Allí supe que íbamos a estar emparejados juntos, curul a curul, amigos hasta hoy, Es un hombre entero y elegante, ahora un tanto meditabundo y creo que le pesa su hermano muerto del corazón en sus brazos, y a su vez las dos operaciones a corazón abierto que le han hecho a él. Sabe de política guanajuatense como pocos, tiene clase, y las heridas en su pecho le han dado mayor amorosidad. Los guanajuatenses no tenemos propiamente fama de codos, de avaros, sin embargo por ahí anda la cosa, y los ejemplos sobran, empezando por mi abuelo paterno, pero Toño es la excepción y presuntuosamente me uno a él en la misma. No nos dude la prenda ni la talega para abrirla, quizás es nuestra falla, pero a ambos se nos borra la deuda. Pentimento.

Se me ocurre que no puedo hablar de Toño Araujo sin regresar a la Cámara de Diputados en la evocación de las implacables desveladas que aguantábamos como un solo hombre (y mujer), él a mi derecha y en la curul contigua, a mi izquierda, Alberto Mercado, otro amigo de una simpatía arrolladora y con el cual no es posible estar sin reír… sus imitaciones de los oradores maletas, los farragosos, los torpes, los incisivos derechistas que suplen el dedo admonitorio por manecitas donde el índice y el pulgar juegan matar pulgas enseñándonos lo mínimo de la discusión. Luego encendía una pajuela de incienso y concentrábase en el íOmmmmmmm! yoga, para terminar la noche e iniciar el alba leyéndome su poesía amorosa. A veces nos visitaba Almita Salas, diputada por Jalisco, a la cual, estoy segura, sacamos de su seriedad campesina para jugar con nosotros a la risa de la vida. Lleverino, Lacozepeda, Graco Ramírez Abreu, Arenas, Orcí, los míos ajenos…

Esas fueron las noches… la preciosa vida verdaderamente vivida… El pasado entre las manos antes de morirnos.

El sermón de la memoria

Yo entraba al teatro Silvia Pinal a ver la obra Cats. Había comprado un boleto de primera fila y una vez que la acomodadora me instaló en mi butaca me puse a hojear el programa de mano. Echaba también miradas a la escenografía y escuchaba las conversaciones de los espectadores a la espera de que comenzara la función.

Alguien me llamó desde la parte de arriba del teatro. Me levanté de la butaca para localizar la voz y en un palco lateral vi a una mujer de unos sesenta años muy parecida a Margaret Thatcher.

-¿Sabe quien soy?- me preguntó a gritos.

-Sí- le grité, extrañado por el hecho de que no me diera vergüenza gritar saludos en público-. Por las fotos. Y la última vez, hace nueve años, la vi por televisión en la entrega de los Tonis. Nunca me esperé verla ahí. Como un fantasma televisivo. Sigue usted igual.

-Suba usted. Mi esposo no tarda en llegar.

-¿Qué son Los Tony’s -me preguntó la mujer de la segunda fila que venía con su hija y llevaba rato dudando de que la cantante María del Sol hiciera un papel digno como Grizabella, La Gata del Glamour; la señora había visto la obra en Nueva York y estaba segura de que en México el papel debió ser para la cantante Rocío Banquells-. ¿Los Tony’s es una cadena de pizzerías?

-Los Tonis son como los Oscares del teatro -le dije mientras tomaba mi chamarra, enrollaba mi programa de mano y me disponía a importunar a las piernas que separaban mi butaca del corredor.

-¿Y ella quién es, oiga? ¿Es conocida, verdad? -me preguntó la hija de la señora.

-Es Valerie Eliot -dije, con el pequeño orgullo público de que alguien conocido me invitara a su palco a departir, a excepcionarme.

-¿Y ésa, quién es? -preguntó la señora, como quien no está dispuesto a admitir distinciones si no están sancionadas por la fama radiofónica y televisiva.

-Es la viuda de T.S. Eliot.

-¿Y ése, quién es?

-Es el autor de esta obra.

-Joven, está usted loco. El autor de esta obra se llama Andrew Lloyd Weber -me dijo un señor de la tercera fila.

-La música es de Lloyd Weber -dije-. Las letras salieron de un libro de T. S. Eliot sobre gatos. Incluso “Memory”, el hit de la obra, es un collage de versos de Eliot sacados de poemas como “Rhapsody on a Windy Night” y algunos de los “Preludes”. El recitativo está sacado de Four Quartets. Aunque aquí oiremos la versión al español. Y ahí sí yo no sé. Pero es de Eliot. Seguro. Ahí está en el programa de mano.

-Mentiroso -dijo la señora-. En el programa no dice nada.

Actuando mi molestia, me puse la chamarra bajo la axila y desenrollé el programa de mano para buscar la refutación. Con molestia mayor vi que en el programa no se mencionaba a Eliot.

-Es un error -dije-. Cambiaron los programas. La otra vez que vine sí estaba. No importa. Créanme que es de Eliot. ¿Me permite salir? -le dije al espectador cuyas piernas me obstruían el paso. Miré hacia el palco y Valerie Eliot me hacía señas. Recordé también que en la otra ocasión no había palcos en el teatro Silvia Pinal. Los había extrañado porque eran parte fundamental de mi vida, o sea que eran parte fundamental del cine Estadio que dejó su sitio y su estructura al nuevo teatro.

-Está loco -dijo otro señor-. ¿Cómo va a ser la viuda esa señora si dijo que su marido llegaría allá arriba?

-No sé -respondí-. Déjeme pasar por favor -le dije a otra persona y casi a empujones de piernas logré abrirme paso.

Antes de llegar al corredor pasé bajo el palco de Velerie Eliot haciéndole con los dedos la seña de que en un momento estaría con ella. En el pasillo, buscando la escalera de acceso al palco, volví a encontrarme al Charlie. Digo volví porque días antes alguien me había llamado mientras yo caminaba por el Parque México de la colonia Condesa.

-¿No te acuerdas? -me gritó. El venía con un desatado niño de tres años de edad que a su vez venía con un chicharrón más grande que él.

-¿Quién eres? -le dije mientras nos acercábamos.

-Yaaaa. Pues Carlos.

-Charlie, carajo. ¿Qué pasó?

-¿A poco ya vives otra vez por aquí?

En efecto yo acababa de regresar a la colonia Condesa después de haber vivido años en la colonia Escandón. Al decir por aquí El Charlie se refería a los años de la palomilla del Parque México. El Charlie era el hijo de la portera de un edificio de la avenida México que rodea al parque. Mientras El Charlie trataba de controlar a su hijo nos hicimos un resumen de nuestras vidas y pasamos a preguntarnos a quiénes habíamos visto de los antiguos. A nadie, desde hacía años. En una de esas, como en un sobrentendido, me dijo que lo malo había sido lo de Pedro.

-¿Qué le pasó a Pedro? -pregunté.

-¿No sabes? No manches. ¿No sabes? Si era tu hermano.

-No, no sé nada.

-SSS. Se mató.

-¿Cómo que se mató? ¿En que?

-Se mató, cabrón. Se suicidó.

-¿Por qué? No mames.

-Se suicidó hace dos años. Bien pinche. Se pegó un balazo en la boca.

-¿Pero qué pasó?

-Se mató, cabrón. Así nomás.

-¿Y tú cómo supiste?

-Yo pensé que tú sabías. A mí me dijo mi mamá. ¿Te acuerdas de mi mamá? Todavía es la portera de aquí -dijo señalando al viejo edificio-. A mi mamá le dijo la señora Nieves, que aún veía a la familia de Pedro.

En la plática El Charlie había soltado a su hijo que estaba ya a varios metros de distancia. Charlie se apresuró a ir por él y apresuramos también una despedida con la típica cosa de a ver cuándo nos veíamos.

Ahora volvía a encontrarme al Charlie en el pasillo del teatro. El Charlie me dijo:

-íStetson! ¿Ya te acordaste? ¿Qué haces aquí por el cine Estadio?

-Ya no es el Estadio -le dije-. Es el teatro Silvia Pinal. ¿Por qué me dices Stetson?

-Para que te acuerdes, cabrón.

-¿Pero cómo sabes lo de Stetson? -me refería a mi incredulidad de que El Charlie supiera de la obra de Eliot y al hecho de que en la Tierra Baldía la voz cantante se dirige a un Stetson para preguntarle si el cadáver que plantó en su jardín el año pasado florecerá este año.

-Ya ves -dijo El Charlie-. Yo tengo mi culturita, güey. Además qué chiste, si aquí todo el rollo está muy eliotiano, ¿no? Digo, Cats y todo. ¿Vas a entrar?

Le dije que sí, ocultándole el hecho de que subiría al palco a ver a Valerie Eliot, sintiéndome culpable porque de algún modo sabía que El Charlie no tenía dinero para pagar la entrada; sabiendo, aunque estuviéramos dentro, que en ese instante estábamos afuera. Me despedí de él y volví a decirle que a ver cuándo etcétera.

A la puerta del palco estaba de guardián el jardinero Fidel, que cuando niños nos ponchaba balones y pelotas con el pincho de recoger basura -y con las fauces de su perro mastín El Canelo- por jugar futbol en los prados del Parque México. Me dijo que no podía entrar, que estaba reservado. Le dije que por favor avisara a la señora de adentro, lo cual Fidel -yo supe que me había reconocido como el infante que fui pese a los rasgos adultos- hizo de mala gana. Un momento después salió Valerie Eliot y me dijo afablemente que pasara. Fidel me vio entrar con ojos entre irónicos y ariscos. Detuvo a su perro Canelo.

Ya sentado, por hacer plática le dije a Valerie Eliot que hacía años, cuando aquello era el cine Estadio, no había puertas para entrar a los palcos, palcos que en realidad eran segundos pisos laterales: uno retiraba la cortina y estaba adentro. Tampoco había escaleras sino largas rampas.

-Qué interesante -me dijo-. ¿O sea que esto no era un teatro? 

-No. Era un cine. Más que un cine, era la mitad de mi vida -dije sin querer, y sin querer mi lacrimal entró en funciones. Valerie Eliot omitió mi turbación para no apenarme y dijo que su esposo no tardaría. En ese momento T. S. Eliot entró al palco. Estaba a finales de sus cincuentas, como yo recordaba haberlo visto en una foto de mediados de los cuarentas tomada en la editorial Faber & Faber. Antes que otra cosa, me preguntó:

-¿Cómo le dicen?

-Güicho -le dije.

-Güicho -me dijo-, yo soy Tom -y soltó una carcajada que yo había oído en un texano, papá de un amigo. Eliot me sacudió la mano varias veces y me invitó a sentarme. El se sentó junto a Valerie Eliot y comentó que era un sitio muy curioso. 

-Es que era un cine -dijo Valerie Eliot.

-¿Ah sí? Pues que lo hagan cine otra vez -dijo Eliot y soltó otra carcajada.

Como desatado, Eliot miró hacia la puerta del palco y preguntó para qué era ese hoyito que estaba en ella.

-Es para ver quién entra -le dije, extrañado yo también de que hubiera ese pequeño lente de aumento que sólo se usa en las viviendas-. Usted se asoma ahí y ve quién es la persona que quiere entrar.

-¿De veras? -dijo Eliot divertido y poniéndose de pie-. A ver, párese y salga -me dijo-. Usted toca, yo lo veo por ahí, y si considero que usted es aceptable, lo dejo entrar.

Salí, Eliot cerró la puerta, esperé un momento y toqué. Eliot me abrió y me dijo sonriendo y aprobando con un levantamiento de cejas que sí servía el invento.

-Ahora voy yo -me dijo, y salió. Esperó un momento, tocó. Cuando me asomé por la mirilla vi el ojo gigantesco de T. S. Eliot pegado a la puerta. Al entrar soltó su consabida carcajada texana.

Eliot dijo entonces que iría por palomitas. No tuve tiempo de decirle que en el teatro no vendían palomitas. Oí en cambio que al salir le decía al jardinero Fidel, refiriéndose al Canelo en una autocita de la Tierra Baldía: “íAleja al perro de ahí, que es enemigo de los hombres!” y se carcajeaba de nuevo mientras se perdía por el pasillo.     

-No me ha ido mal con Cats -dijo Valerie Eliot con la vista extraviada en el escenario-. Soy la heredera de los derechos de autor de mi marido. El señor Lloyd Weber, muy gentilmente, me ofreció un tres por ciento de las ganancias que Cats recaudara. Y sólo por asistencia a teatros, en todo el mundo -aunque más que nada en Broadway y Londres- Cats ha recaudado unos quinientos millones de dólares, sin contar grabaciones y derechos musicales. ¿Usted ya la conoce, no? ¿La vio en Broadway?

-No, no. Yo nunca he salido de México. Sólo compré el disco hace siglos.

-¿Siglos? La obra tiene diez años.

-Exactamente. Compré el disco cuando Cats todavía no llegaba ni a Broadway. Creo que fue el primer ejemplar de Cats que llegó a México y yo di con él de casualidad. Creo que fue en agosto de 1981. Incluso escribí algo en un suplemento cultural.

-¿No me diga? Tom -le dijo a Eliot que entraba con unos chocolates Pon pons (porque no había palomitas, pensé)-: Güicho escribió algo sobre Cats hace tiempo.

-No, pero no era nada -dije yo avergonzado por la indiscreción de Valerie Eliot.

-¿Me puede dar una copia? -dijo Eliot.

-Mire -le dije-, ni siquiera la tengo. No sé dónde quedó ese sumplemento. No me viene a la memoria si lo tiré o qué hice. En el fondo, nunca he conservado nada bien.

-Bueno, no importa -dijo Eliot, atajando mi confesión no pedida-. ¿No quieren Pon pons? -nos preguntó divertidamente. Luego insistió, con un Pon pons girando en la boca-: ¿Y qué decía su artículo?

-Mire, de verdad que no vale la pena -dije-. Y de lo que me acuerdo, tal vez hay cosas que le incomodarían.

-Dígamelo. A mí ya muy pocas cosas me incomodarían, después de toda una vida de incomodidades a la Prufrock -dijo Eliot y se carcajeó de nuevo.

-En alguna parte decía por ejemplo que tras el personaje de Grizabella en Cats…

-A Grizabella no la incluí en el Old Possum’s… -me interrumpió Eliot.

-Sí, por eso -dije-. Escribí que frente a ese personaje inacabado, o no incluido -y que luego fue posible rescatar gracias a que su viuda le dio los apuntes de usted a Andrew Lloyd Weber y al dramaturgo Trevor Nunn-, digo que al escuchar del disco lo atravesaba una especie de escalofrío al recordar a su primera mujer, Vivien Haigh-Wood.

-Eso ya pasó -dijo Eliot fríamente-. Pero usted se equivoca de cualquier modo. Grizabella no era más que una gatita cocota que acaba en los arrabales. Demasiado triste y truculento para los niños. Mi libro sobre los gatos estaba dirigido a los niños.

-Grizabella es, sobre todo -dije- una mujer cincuentona y desechada.

-En la obra queda redimida -dijo Valerie Eliot, desviando la vista del escenario y un poco molesta por la conversación.

En Cats sí -dije yo.

-Me refiero a la obra completa de Tom -dijo Valerie Eliot, secamente. Luego retomó la suavidad para preguntarme después de un suspiro-: ¿Qué más decía su nota?

-Bueno, hice una pequeña profecía que luego resultó cierta: que “Memory” iba a ser un hit y que seguramente el lacrimal de T. S. Eliot, de haber vivido para verlo, habría entrado en funciones. -En ese momento supe que el lacrimal de Eliot entraba en funciones; lo que no supe es si en ese momento las funciones de su lacrimal se estaban confundiendo con las del mío. El caso es que Eliot y yo nos pasamos por los ojos el dorso de la mano derecha-. Después de todo -continué- él insistió en que lo mejor para la poesía era que llegara a la mayor cantidad de público. Y después de todo -le dije directamente a Valerie Eliot- la misma obra de su esposo tiene mucho de music-hall. La Tierra Baldía parece en ocasiones un teatro de revista: entran y salen voces, canciones, números escénicos, personajes. ¿Recuerda usted, incluso, el ensayo de su esposo sobre Marie Lloyd, la actriz de music-hall?

-Recuerdo -dijo Eliot con una voz ahora cavernosa y con la vista perdida en el escenario, como si este “Recuerdo” fuera una autocita: el “I remember” que aparece varias ocasiones en la Tierra Baldía.

Por cambiar de tema, le pregunté a Valerie Eliot, como si Eliot no estuviera ahí (no estaba):

-¿Cuándo sale el segundo tomo de las cartas de su esposo?

-Ah, estoy en eso -dijo ella-. Yo creo que a principios de 1993.

-En el primer tomo algunas cartas estaban expurgadas y otras se excluyeron, ¿no?

-No sé de qué me habla -dijo Valerie Eliot-. Yo hice mi trabajo como debía hacerse -y añadió, cortante-: Hay papeles que por estipulación propia del Poeta -por primera vez no dijo Tom- sólo verán la luz a la vuelta del año 2010.

-Discúlpeme -dije yo.

-Acepto la disculpa -dijo Valerie Eliot.

-Debió ser Rocío Banquells -dijo a su hija la señora que al principio estaba en la segunda fila: inexplicablemente ambas se habían instalado en el palco, atrás de nosotros-. María del Sol no le mete fuerza, no le echa ganas. En Nueva York yo me puse chinita cuando cantaron “Memory”. Y aquí, nada.

-Mire, señora -le dije volviendo la cabeza-. No sé qué tan bien lo vaya a hacer María del Sol en el momento en que de veras le toca. Yo no vi la obra en Nueva York ni en ningún lado pero, como solemos decir en Chetumal, mon cher, c’est la même chose. Por el disco que me sé de memoria desde hace años le digo que ésto que ella acaba de cantar -(me extrañó, y no, que estuviéramos en el intermedio del espectáculo cuando apenas esperábamos que empezara)- es apenas un atisbo, un “apunte musical” de “Memory” para terminar el primer acto. La interpretación fuerte de “Memory”, cuando se supone que usted debe “ponerse chinita”, viene cerca del final de la obra. Entonces espérese o acuérdese, si es que de veras estuvo en Nueva York.

-¿Y usted qué se mete? -me dijo la señora. Luego le dijo a Eliot, sacándolo de su vacío memorioso-: Este es el idiota que dice que usted hizo esta obra. -Como Eliot volvió a abstraerse, la mujer nos dijo alternamente a Valerie Eliot, a mí y a su hija, como una cacatúa que picotea-: Si en el programa lo dice bien clarito: el autor es Andrew Lloyd Weber, el mismo de Evita y José El Soñador y J.C. Superestrella. Y de El Monstruo de la Laguna Verde.

-No es El Monstruo de la Laguna Verde sino El Fantasma de la Opera -dije correctivo y rencoroso.

-Pues eso -dijo la señora.

-Pues eso -la remedé-. Y pues ya estamos fuera de moda -la remedé aún más rencorosamente-. Lo último de Andrew Lloyd Weber, y que usted no vería hoy ni aunque fuera a Nueva York porque no encontraría un solo boleto, se llama Aspects of Love, una obra basada (recuérdelo para cuando la traigan a México, cosa que ocurrirá dentro de unos quince años) en una novela de David Garnett. Y le anticipo el hit, recuérdelo: se llama “El amor lo cambia todo”. Por cierto, Adolfo Bioy Casares tiene un ensayo espléndido sobre esa novela. De éso sí le puedo dar una fotocopia -dije, sin darme cuenta de la inconexión.

-¿Cuáles fotocopias, idiota, imbécil? ¿Por qué me habla así? -dijo la señora-. Estúpido. Animal. Además, no se haga, ya sabe lo que tiene que hacer.

-¿Qué, mamá? -dijo la hija.

-El ya sabe lo que tiene que hacer.

Este recordatorio me hundió en mi asiento.

-¿Tiene algo que hacer usted? -me preguntó Valerie Eliot ambiguamente.

-La señora tiene razón. Viene mi momento difícil -dije, y me levanté rumbo al pasillo. Afuera del palco el jardinero Fidel detuvo otra vez a su perro mientras él mismo descolgaba mi chamarra de un perchero que no estaba en el principio, me ayudaba a meter los brazos en ella, me ajustaba unas solapas que la chamarra no tenía y sonreía burlonamente, como el valet de Prufrock.

Busqué la puerta de acceso al foro. Antes de casi empujarme hacia el escenario, el gerente del teatro me dio un gato de peluche como diciendo: “Ni modo. Es parte del negocio”.

Los actores estaban sobre el escenario, con los brazos cruzados al frente o con las manos en la espalda, con sus disfraces respectivos y como quien espera el discurso de las cien representaciones después de que se develó la placa.

Avancé hacia el micrófono. Mientras esperaba a que el público dejara de silbar y murmurar, levanté la cabeza y respiré hondo. El público seguía murmurando. Yo mismo como un actor que debe reflejar paciencia, bajé la vista para estudiar al gato de peluche que tenía en la mano derecha. Luego miré al techo y luego al círculo de actores atrás de mí. Cuando se hizo el silencio dirigí por fin la vista al público y dije ante el micrófono:

“Señoras y señores:

“Un distinguido espectador que nos acompaña esta noche lo escribió hace años en un poema titulado The Waste Land, la Tierra Baldía. El citaba a Buda para decir que somos pasto del fuego. Burning burning burning burning. Es así porque hace unos momentos en el pasillo me encontré nuevamente al Charlie quien, sin mencionarme el asunto, con su sola aparición me impactó otra vez con la noticia del suicidio de un querido amigo, Pedro Ventura, que se pegó un balazo en la boca. El Charlie no puede estar aquí para referirles esto mejor que yo, porque ni siquiera tenía dinero para pagar su boleto de entrada y ahora me siento mal de no haber hecho algo más, de no habérselo pagado, de no haberlo invitado a mi casa ahí mismo…

-Pinche tacaño -gritó alguien del público y yo tuve que mirar otra vez al gato de peluche mientras esperaba a que se disolviera la ola de risotadas.

“Pedro Ventura”, continué en cuanto pude, “era mi hermano desde la infancia. Lo perdí al perder los dos la adolescencia. Una tarde, a los dieciocho años de nuestras edades, salió de mi casa con un ejemplar de Las flores del mal y no volví a verlo. Y de pronto por medio de El Charlie me entero de que se mató. Y sólo queda el lamento como una forma de la vanidad: tal vez si yo hubiera estado ahí las cosas habrían sido de otro modo. ¿Por qué no lo busqué yo en algún momento?…”

-Es lo típico -gritó alguien del público.

-Todos se sienten culpables después -dijo alguien más, mientras yo capeaba la interrupción volteando al círculo de actores que desdoblaban los brazos o descargaban el peso del cuerpo sobre la otra pierna hasta que el público dejó de murmurar.

“Es lo típico”, retomé. “Y más que eso: lo previsible, lo argumental de la tragedia. La muerte trágica es un mal guión hecho por un argumentista inepto: lleno de baches y sin ahorrarse ninguna obviedad, ni siquiera la del amigo culposo que no buscó a tiempo al otro y ahora lo sabe muerto.

“La memoria es nuestra única escuela. ¿Qué aprendemos ahí? Que el tiempo es el fuego en el que ardemos. Por eso, ya que hablamos de fuego y memoria, es curioso lo que voy a contarles”, dije, y levanté de nuevo la cabeza en una pausa escénica que era en realidad falta de aire. “Pedro Ventura yo”, continué, “íbamos mucho al cine. Este mismo teatro, antes cine Estadio, era nuestro feudo, era como una extensión natural de la colonia Condesa aunque estuviera en la colonia Roma. Pero el incidente no ocurrió aquí sino en el cine México de la avenida Cuauhtémoc.

“Tendríamos unos once años. Fuimos a ver La noche de los generales, una película con Paul Newman y con la actriz italiana Silva Koscina, que me encantaba. La función ya había empezado y Pedro y yo subíamos al segundo piso del cine con nuestro cartón de palomitas y un vaso de cera con Pepsicola.”La memoria es nuestra única escuela. ¿Qué aprendemos ahí?

“En eso un cable chisporroteó como si por él corriera pólvora y hubo una explosión. La oscuridad del cine se encendió de chispas y llamas. Hubo gritos de pánico y todos salimos corriendo -nosotros con ventaja porque apenas llegábamos-, atropellándonos y esquivándonos a todo lo largo de los pasillos y las escaleras. Recuerdo a un señor infartado contra un barandal de las escaleras, tratando de seguir adelante, con el brazo izquierdo hecho una tabla y agarrándose el pecho con la mano derecha. Recuerdo a una señora que jalaba a su hijo de la mano y lo hacía volar y dar de tumbos por los escalones. Recuerdo zapatos regados en el camino, bolsas de mujer, suéteres, una pulsera.

“Llegamos corriendo hasta la calle y nos detuvimos frente a la fachada del cine, resollando, muertos del susto, entre una pequeña congregación que aumentaba con los curiosos y los rezagados que salían huyendo del cine México. En eso sentí húmedos los zapatos y los calcetines, y pensé que me había orinado. Pero no: me vi el pantalón y estaba seco. Al levantar la cabeza vi entonces que en la mano izquierda aún tenía el vaso de cera del refresco, prácticamente vacío, y en la mano derecha tenía el cartón de palomitas, casi vacío de no ser por las muruñas y las pelotitas de maíz que siempre quedan al final. Pero tenía las mismas cosas pero en las manos contrarias. Nos vimos como en un espejo y nos reímos del absurdo.

“Después supimos que habían apagado el fuego con un extinguidor antes de que llegaran los bomberos y las ambulancias. De regreso en el camión Roma-Mérida que nos llevaría a la colonia Condesa, Pedro Ventura y yo pensamos por separado que los condeseros no nos iban a creer o que nos considerarían cobardes o imbéciles por los objetos que conservamos sin darnos cuenta.

“Pero desde entonces, aunque entonces yo no lo formulara así, para mí la prueba de que alguien ha estado en el infierno es que al salir tiene en las manos un cartón de palomitas y un vaso de cera de Pepsicola.

“El hecho de que estos objetos estén en el pasado y sean tan difíciles de conseguir, indica que el de Pedro Ventura era un infierno irrecobrable.

“Ahora, si me permiten y para no entorpecer más la función, debo ir al Parque México a un servicio funerario y apartar de ahí al perro Canelo del jardinero Fidel, no sea que con las uñas vaya a desenterrar el infierno del que no salió Pedro Ventura”.

El patrimonio cultural y la ley

Irene Herner. Investigadora de la UNAM. Su último libro es Diego Rivera. Paraíso perdido en el Rockefeller Center (Edicupes, México,1986).

Coleccionistas y dealers Fue una contradicción entre la ley mexicana y la realidad. El “Códice Aubin” -Tonalámatl de Tlaxcala-, salió por primera vez de la Nueva España, entre las maravillas que Lorenzo Boturini llevaba consigo. Boturini iba desterrado de regreso a Europa y tenía aún la esperanza de llevarle personalmente ese maravilloso Códice al Rey Felipe V, pero el barco en que viajaba fue tomado por unos ingleses que le quitaron sus tesoros de las manos. El Tonalámatl estuvo encerrado durante años dentro de libreros de cedro y así fue trasladado a diferentes bibliotecas. En cada cambio de ubicación disminuía de tamaño, hasta que por azares del destino retornó al continente americano.

En 1836 Frederick Waldeck compró el Tonalámatl y se lo vendió a Aubin. Eugene Goupil lo adquirió de Aubin y a su muerte el Códice de Tlaxcala pasó a formar parte de la Biblioteca Nacional de París, de donde lo sacó clandestinamente en 1982 el abogado mexicano José Luis Castañeda del Valle porque, según le escribe al presidente Salinas, considera que “con fundamento en el artículo octavo de la Constitución General de la República, el Códice mexicano, indebidamente denominado Tonalámatl de Aubin, debe ser ratificado como monumento arqueológico, conforme a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos en vigor…” Pide que se llame Tonalámatl de México. Se dice convencido de que esto “no significa más que hacernos justicia los mexicanos respecto a algo que nos pertenece de acuerdo a nuestra legislación”.

La contradicción entre la ley y la realidad sucede desde el principio de esta historia. La pregunta ha sido siempre la misma: ¿a quién le pertenece este documento de la antigüedad tlaxcalteca? Y al respecto, ¿por qué museos del extranjero que cuentan con obras mexicanas no quieren prestarlas para su exhibición en México?

Después de muchas discusiones y enojos entre funcionarios de la cultura mexicana y francesa, se llegó a un acuerdo diplomático respecto al caso del Tonalámatl: permanecerá en México durante tres años renovables de común acuerdo.

Si se repatriaran los muchos objetos de arte desarraigados de sus lugares de producción o de colección primera, poco quedaría en los grandes museos de Europa y los Estados Unidos. Pero las leyes no son retroactivas.

¿Cuáles son los principios que se aplican para poseer el legado cultural de la nación? ¿Dónde, cuándo y cómo se reubica, estudia, atiende y revalora el pasado nacional?

Un ejemplo, el “Penacho de Moctezuma” -dice Eréndira Salgado, directiva del Jurídico del INAH-, salió legalmente como donación de un emperador en ejercicio a otro. Sin embargo, si pensamos por ejemplo en la banda presidencial, ésta no es donable. “¿Acaso era donable el Penacho?”, se pregunta la abogada. “La opción por la que el gobierno mexicano solicita su devolución es la de una petición de buena voluntad, apelando a las relaciones positivas entre este país y el gobierno de Austria”.

Otro ejemplo es la obra de Frida Kahlo, uno de los siete pintores que por decreto México reconoce como Monumento Artístico de la Nación: ¿a quiénes pertenece y cuál es su ubicación? Por ley, dice Norma Rojas, directora del Jurídico del INBA, una obra declarada Monumento Artístico de la Nación “es una modalidad de la propiedad. Es una restricción de la propiedad. Son obras que no se pueden vender fuera del país, no se pueden sacar del país, ni restaurar sin intervención del INBA”. “No pueden salir a la venta, pero sí pueden viajar con permiso del INBA a exposiciones”, especifica Juan Urquiaga, directivo del Patrimonio Artístico del INBA.

Nombrar monumentos artísticos de la nación a las obras de algunos pintores, ¿beneficia a los propios pintores? Los 7 pintores modernos mexicanos cuyas obras están en este caso realizaron buena parte de su producción artística en el extranjero. Sin embargo, el mayor premio oficial para un pintor, de acuerdo a nuestra estructura jurídica, es convenirse en monumento. Por decreto, las pinturas de Frida Kahlo entran en esta categoría para los mexicanos y deben visitarse en México. Sus pinturas logran altos precios en el mercado del arte. Hasta la cantante Madonna quiere ser Frida. 

“Hace 6, 8 años salían los Fridas en veinte mil dólares y de repente la descubren. El caso de Frida es muy especial”, dice Mariana Pérez Amor de La Galería de Arte Mexicano. “Su imagen es a tal grado impresionante que desde las subastadoras hasta las feministas, todas la explotan. Incluso nos la revaloran desde fuera”. (El millón y medio de dólares en Christie’s N.Y. lo pagó un coleccionista regiomontano para traer la Frida ante el Espejo de regreso a México). “Lo que el agua me ha dado se vendía muy barata en México”, cuenta Pérez Amor. “Nadie la compraba hasta que se vendió en Sotheby’s. Frida ya es una marca. En los ‘freeways’ de San Antonio se exhibe su efigie en un cartelón que dice `México Exótico’. Quieren hacer todo de Frida: venden su imagen en suéteres, botones y playeras, como si fuera Tortuga Ninja. Todo mundo sabe quién es Frida Kahlo. En efecto, hay que tratar de que los cuadros de Frida Kahlo estén en México, pero si todos estuvieran aquí, su difusión estaría determinada por la política del país en cada momento”.

La muerte reciente de Rufino Tamayo trajo la pregunta de si su obra debe o no ser decretada Monumento Artístico de la Nación de acuerdo a los preceptos de la legislación vigente. ¿Hasta qué punto beneficia y conviene limitar la propiedad y la circulación de la obra de un artista mexicano y a la vez universal como Tamayo? Quizá la muerte del maestro Tamayo sirva para descubrir otros modos oficiales de homenajear, reconocer y proteger las obras de sus artistas sobresalientes, más acordes con la realidad nacional y con la universalidad del arte.

“El mercado internacional del arte es pasajero y se derrumbará”, sentencia el museógrafo Miguel Angel Fernández. “La cultura no puede estar determinada por el costo que se impone a los demás valores. No hay que perder la perspectiva. Hay mucha injusticia, el mundo del mercado del arte neoyorkino es descarado y dañino a la cultura”. Pérez Amor se defiende: “Los que nos dedicamos al mercado del arte recibimos un trato horrible. La gente cree que nada más especulamos, que somos comerciantes y explotadores y que no hacemos nada por el arte en México. Creo que están bastante equivocados. Si en los años treinta Inés Amor no hubiese comenzado a llevar exposiciones de artistas mexicanos a Estados Unidos, si no hubiera sacado a sus artistas para que los conocieran en otros países, el arte mexicano estaría bastante olvidado”.

“Creemos que las obras de arte deben tenerlas quien las admire y pueda protegerlas. Todo el arte del mundo es un legado a la humanidad”, opinan Armando Colina y Víctor Acuña de Galería Arvil. “Las piezas claves del patrimonio cultural deben mantenerse en sus países de origen. Que no se lleven a la Coatlicue, pero hay miles de esculturitas de mujeres de Chupícuaro, por ejemplo. ¿Por qué no intercambiar algunas de ellas por algunas piezas de Egipto o de la India? Si todas las obras del arte de México se quedaran aquí, no habría forma de mostrarlas ni de difundirlas”.

De acuerdo a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos vigente desde 1972, se “tiene la visión de los coleccionistas como traficantes. La ley no les da un sitio, no tienen lugar”, dice Jorge Alberto Manrique, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. “La ley es indefinida: por un lado habla de comercio ilícito -en el caso de los objetos precolombinos y coloniales- y por el otro habla de traslado de dominio”.

Sobre las obras de los pintores declarados Monumento Artístico de la Nación, y también respecto a la obra colonial, Juan Urquiaga, directivo del Patrimonio Artístico del INBA, ratifica que “el coleccionista es el único dueño de la obra, la puede vender. Lo único que no puede es exportarla o restaurarla sin permiso del INBA”.

Para Josué Sáenz, con cuya colección de arte prehispánico se estableció el nuevo Museo Amparo de Puebla, un coleccionista es “o un enfermo mental que quiere tener para sí las piezas y para nadie más, o un individuo que a través de lo que gasta busca prestigio social, status y publicidad. En los países donde se deducen impuestos por donativos a los museos, es un buscador de beneficios fiscales. Estas motivaciones pueden confluir o ir por separado. Pero el coleccionista es, ante todo, un enamorado del arte que hará todo lo posible por conservarlo y protegerlo. La mayoría de los coleccionistas desean compartir su goce con otra gente”.

“El coleccionista es un benefactor”, dice Manrique, “porque se preocupa por juntar y recoger objetos que quizá se habrían perdido o salido del país. Museos como el Franz Mayer, el Tamayo, el Amparo, los de Diego Rivera, de Rafael Coronel, etcétera son instancias de esto. La ley supone que el coleccionismo propicia el tráfico y el saqueo, lo cual también es cierto. Ese es el problema. La obra de arte es objeto de comercio. El productor de arte tiene derecho a vivir muy bien, no sólo a sobrevivir de sus obras”. Para que esto sea posible, insiste Manrique, “se requiere el sistema de comercialización que son las galerías de arte, los corredores, las casas subastadoras. Si no hubiera dealers, por ejemplo, Tamayo no hubiera sido quien fue”. (Su dealer era la Marlborough Gallery de Londres y Nueva York).

“La promoción del arte que llevan a cabo las galerías engloba intereses económicos y comerciales, pero los rebasa”, asegura Armando Colina de Arvil. “Las galerías son organismos gratuitos de exhibición, difusión e información al público. Invertimos y pagamos gastos, damos a conocer a los artistas. nos arriesgamos por nuestra cuenta. Somos museos sin costo con nuestra experiencia. Además producimos divisas”.

El patrimonio a cargo El INAH es la institución responsable de todos los llamados Monumentos Históricos, es decir, de todo lo que se ha producido desde antes de Hernán Cortés hasta lo hecho en 1899. Lo producido a partir de 1900 se denomina Monumento Artístico de la Nación, no Histórico, y su custodio es el INBA. Para decirlo claramente: aunque sea artístico lo hecho antes del siglo veinte, en México es considerado histórico por decreto; y aunque no sea artístico, sino histórico, el objeto realizado después de 1900 es artístico porque así lo establece la ley publicada el 6 de mayo de 1972, vigente a la fecha. “Es una división un poco elemental de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos”, apunta Juan Urquiaga del INBA. “La Ley contempla más la protección de lo precolombino que la de lo novohispano”, plantea Jaime Ortiz Lajous, titular de la coordinación del Patrimonio Cultural de CONACULTA. Y apunta sobre las dependencias que tienen relación con el patrimonio: “Inicialmente se crea en los años veinte el Departamento de Bienes Nacionales que dependía de la Secretaría de Hacienda. En la época de Cárdenas se creó por decreto el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el presidente Miguel Alemán creó en 1946, también por decreto, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA)”. El objeto era salvaguardar los valores antropológicos, históricos y artísticos del país. “En el ámbito federal”, continúa Ortiz Lajous, “el Departamento de Bienes Nacionales resultó insuficiente para controlar todos los bienes y a principios de los cuarenta se creó una nueva secretaría de Estado, la Secretaría del Patrimonio Nacional, que tenía bajo su jurisdicción desde el petróleo hasta el arte. Esta secretaría cambió de nombre: Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas y ahora Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología. La SEDUE se hace cargo de los monumentos federales dentro de la Dirección General de Bienes Inmuebles y la Dirección General de Monumentos. El fundamento jurídico de la legislación sobre el patrimonio cultural se encuentra en la Ley General de Bienes Nacionales”.

Respecto de la Ley Federal vigente, cuenta Josué Sáenz que se elaboró durante el gobierno de Díaz Ordaz pero no se promulgó a pesar de que la aprobó el Congreso y la firmó el Presidente. Lo que pasó fue que al Secretario de Hacienda, Ortiz Mena, le pareció demasiado proteccionista. Dieron marcha atrás y formaron una Comisión presidida por José López Portillo para realizar otro proyecto de ley. Sin embargo, al llegar a la presidencia Luis Echeverría, aprobó la ley de Díaz Ordaz y ante las protestas de diversos grupos en 1972, aprobó un nuevo proyecto de legislación que en realidad se mantuvo bastante cercano al de 1970, excepto que cancelaba la protección con carácter de monumento a las colecciones numismáticas, a las obras de pintores extranjeros que se encontraran en México y a algunos otros objetos. “Fue desde entonces”, dice Josué Sáenz, “que salieron del país las grandes colecciones, entre ellas la de Natasha Gelman”.

Además de la Ley Federal, existen siete decretos presidenciales, con valor de ley, que consideran Monumento Histórico de la Nación a las obras de los pintores fallecidos: José María Velasco a partir de 1943, Gerardo Murillo Coronado (Dr. Atl) a partir de 1964, José Clemente Orozco y Diego Rivera a partir de 1959, y Monumento Artístico de la Nación a la obra de David Alfaro Siqueiros a partir de 1980, la de Frida Kahlo Calderón a partir de 1984 y la de Saturnino Herrán a partir de 1987.

Se les considera Monumentos Históricos y no Artísticos aunque están bajo la custodia del INBA porque “cuando se decidió proteger la pintura en los años cincuenta, la ley no contemplaba lo artístico como bien sujeto de protección. Sólo fue así hasta 1970”, explica Eréndira Salgado del INAH.

“El último invento de institución para proteger el patrimonio cultural de la nación”, dice Jaime Ortiz Lajous, “es la Comisión de Protección del Patrimonio Cultural de México, dentro de las tareas del CONACULTA. Surgió de la preocupación de cómo hacer para poder intervenir ante las instancias oficiales ya establecidas en pro de la salvación del patrimonio cultural. Víctor Flores Olea seleccionó 32 personas destacadas en la defensa de la cultura para conformarlo. Entre ellos Pedro Ramírez Vázquez, Chávez Morado, Silvio Zavala, Efraín Castro, Beatriz de la Fuente. Se trata de crear una Comisión que tenga autoridad moral y pueda intervenir sin las cortapisas de la burocracia del INAH, del INBA y de SEDUE. Que pueda intervenir directamente con los directivos de estas instituciones solicitando y llamando la atención sobre problemas concretos respecto al patrimonio cultural. Se busca la participación de la sociedad en la defensa del patrimonio cultural de la nación, propiciando la creación de comisiones locales a nivel nacional, desde pequeños poblados, municipios y estados. Hacemos recomendaciones a nivel nacional. Escribimos a gobernantes, hablamos con la gente, proponemos patronatos”. No manejan presupuesto ni tienen poder de actuar directamente.

El 3 de julio pasado La Jornada informó: “El PRI retira su iniciativa sobre la ley de monumentos”. Hasta ese momento, nadie sabía nada de ninguna iniciativa de reformar la Ley Federal sobre Monumentos Históricos. Los antropólogos y funcionarios del INAH protestaron porque, según Eréndira Salgado, “se trataba de un documento realizado por un diputado veracruzano, y firmado por 17 diputados del PRI”. Las reformas propuestas “quitaban la competencia federal respecto de la conservación y la restauración de los monumentos históricos. Quedaba fuera la normatividad del INAH al respecto. El INAH es el único que debe emitir la normatividad técnica, no realizar las obras”, asegura la funcionaria. “El INAH dice en cada caso lo que sí y lo que no se autoriza en la legislación, y la comisión hace más flexible la aplicación de las normas del INAH”.

Eréndira Salgado está de acuerdo en que hay cosas que la ley actual no contempla. Por ejemplo, “se debe pensar en las contradicciones respecto a la competencia y responsabilidad de las diversas instituciones encargadas de la conservación del patrimonio nacional. Hay fricciones entre instituciones nacionales, federales, estatales y municipales”. Hay problemas de coordinación. Cada vez que un particular, poseedor de un bien que es monumento nacional quiere restaurarlo, ampliarlo o poner ahí un restaurant o una tienda, sus gestiones entran a los laberintos burocráticos de varias instituciones. Unas autorizan lo mismo que otras prohiben.

De acuerdo a la ley “Se supone”, dice Eréndira Salgado, “que de acuerdo a la ley la gente no debe tener cosas arqueológicas en sus casas; pero a veces se las dejan en custodia porque la gente tiene un sentido de pertenencia con ellas. Son cosas de sus antepasados. Es el caso de Ixtacamaxtitlán, Puebla, en que la gente del pueblo empezó a comprar obras para que no sacaran las cosas de ahí. Le pidieron su museo al INAH que está trabajando dentro de un extemplo sin techo. El pueblo ofreció mano de obra, vigas y el permiso del sacerdote”.

Los coleccionistas de obras precolombinas y coloniales fueron considerados traficantes al día siguiente de poner en práctica la ley de 1972. Si ahora quieren registrar sus obras corren el peligro de que se las confisquen. “Todo México es un cementerio arqueológico”, asegura Josué Sáenz. “Hay más de cuarenta mil zonas precolombinas”. Eréndira Salgado dice que “hay aproximadamente cinco millones de zonas arqueológicas, que van desde tumbas sencillas hasta zonas ceremoniales. Exploradas, sólo hay 135, las monumentales”.

“Mi esposa Jacqueline y yo”, apunta Josué Sáenz, “fuimos comprando piezas en el transcurso de cuarenta años. Empezamos en 1944 hasta formar una colección importante de arte prehispánico en nuestra casa, siempre abierta al público. Cuando se estableció la ley de 1972 registramos toda la colección y dejamos de comprar en vista de que todo lo arqueológico era propiedad de la nación, excepto lo registrado. Dejamos de comprar porque no había previsiones en la ley para el registro de piezas adquiridas o encontradas después de esa fecha. La ley acabó con el coleccionismo lícito, pero no se resolvió el problema de la conservación del patrimonio arqueológico de la nación”. El problema de la conservación (difusión, posesión y saqueo”, continúa Sáenz, “se puede enfrentar desde cuatro aspectos básicos. Lo primero es proteger y conservar lo ya descubierto. El segundo aspecto es acelerar la exploración de lo no descubierto. Los montículos no explorados son una tentación. En el primer caso se trata de un problema policiaco y financiero. Si sólo pensamos en la vigilancia de zonas para proteger el patrimonio arqueológico, se necesita a todo el ejército mexicano. El segundo es un problema financiero, la necesidad de recursos económicos. El tercer aspecto se refiere a cómo resolver el problema de los hallazgos accidentales. Es inevitable encontrar de esa manera gran cantidad de piezas arqueológicas. Cuando las encuentran, unos las consideran suyas o de sus ancestros; otros las ven como solución económica para obtener una regadera o un tractor, como intercambio para sus necesidades”.

Le preguntamos a Sáenz cuáles son las alternativas para alguien que encuentra o tiene un objeto precolombino: “Llevarlo a una autoridad para que lo entregue a la nación”, contesta Sáenz. “Eso es lo que estipula la ley. Pero le puede suceder o que lo acusen de saqueador o que la persona a quien se lo entrega lo venda o se quede con él. Entonces, mejor conserva la pieza o se la vende a un extranjero que se la paga de contado, la mete en su maleta y la saca del país, sin dejar huella. Por eso hay que crear una demanda interna por parte del gobierno o de particulares para que las piezas de hallazgo accidentales se queden en el país. Un mercado abierto nacional con posibilidad de registro es una alternativa, quizá no la mejor. La otra posibilidad es un sistema de compras por parte del gobierno. Que quien se encuentre una pieza se la pueda vender al Estado, de acuerdo con las estimaciones del valor del mercado. El gobierno no necesita comprar todo lo que se encuentra, sólo tener la opción de compra, el derecho del tanto, como se hace en Inglaterra. El hallador de piezas, después de registrarlas y en el caso de que el gobierno no las quiera, podrá pagar un impuesto de legitimación. Con ese dinero el gobierno puede reunir fondos para comprar las piezas que sí le interesan”.

“En Egipto, Grecia, e Irán sucede como aquí: todas las obras son propiedad de la nación y a quien se le encuentre en posesión de una pieza lo castigan. La consecuencia de esto es que los museos y las galerías del mundo están llenos de obras egipcias, griegas, iraníes, salidas de esos países de forma clandestina. En Italia, donde se aplica el sistema de opción para el gobierno, se han conservado más las piezas dentro del país”.

“Otra posibilidad”, continúa Sáenz, “es que el gobierno, al comprar las piezas que le sean presentadas, venda o intercambie algunas de ellas, las de segunda o tercera categoría, por supuesto no las más importantes. Intercambiarlas, por ejemplo, por obras de museos extranjeros. Ese es el cuarto aspecto del problema. Impedir o dificultar que salgan del país las cosas importantes”. Y conocer su paradero.

Préstamos e intercambios También se puede pensar en préstamos o renta de piezas del arte mexicano a diversos museos a largo plazo, como otra forma de atraer divisas para dedicarlas, como una de las formas del autofinanciamiento de la cultura, a la protección de las obras que se encuentran en el país.

Para luchar contra los saqueos existen tratados internacionales que México ha suscrito. Hay acuerdos firmados entre México y la UNESCO, entre México y Estados Unidos y entre México y algunos países de Centroamérica. Para eso también está el tratado de París de 1970.

“Los grandes saqueos”, afirma el arqueólogo Julio César Olivé, que participó en la elaboración de la ley vigente, “corresponden a las expansiones imperialistas, a la incapacidad de defensa de los propios pueblos y a la falta de organismos nacionales e internacionales de protección a los patrimonios culturales. La conciencia contemporánea ha cambiado a través de la UNESCO y de los servicios nacionales. Hay una conciencia nacional e internacional de la necesidad de conservar y mantener en los propios países el patrimonio cultural y combatir el tráfico clandestino de los bienes. Definitivamente no nos interesa que se consideren bienes de comercio las obras arqueológicas. Si estas ventas quedaran prohibidas en todo el mundo, la única manera en que se podrían difundir sería a través de intercambios culturales con museos e instituciones científicas. El interés por las piezas del pasado prehispánico no va ligado al mercado, a su valor económico, sino a su valor cultural. La ley actual es eficiente. No debe tratar de abrogarse. Necesitamos mejorar los sistemas de aplicación de la ley y dar recursos suficientes a las instituciones que tienen esa responsabilidad como el INAH.

Para enviar una exposición de obras precolombinas al extranjero se tienen que pagar seguros; éstos valoran las piezas de acuerdo a los precios del mercado internacional del arte. En este mercado, como todos sabemos, tienen mucho éxito las ventas de arte precolombino, aunque el Código de Comercio del país declara fuera de comercio todos los bienes arqueológicos. Sólo en el mes de mayo pasado Sotheby’s de Nueva York realizó una venta amplísima de obras antiguas de todo el territorio abajo del Río Grande.

“Con frecuencia nos avisan de subastas en París y en otras parles y no podemos hacer nada”, apunta Eréndira Salgado. “No creo que a nadie le quiten sus piezas arqueológicas si las trae al INAH. Esta institución no es una instancia confiscatoria ni persecutoria, a menos que haya daños a la propiedad de la nación. Además, las bodegas que tenemos también tienen una capacidad determinada y cuesta mucho tener las piezas ahí. Si a cada mexicano se le diera un monumento y en verdad lo valorara, ni siquiera se necesitaría seguridad. Ahora: debería haber más material en poder de particulares pero los arqueólogos nos cuelgan si reformamos la ley. Tal vez se requeriría un acuerdo para abrir un periodo extraordinario de registro de piezas del patrimonio cultural. Algo para evitar que los coleccionistas se sientan tratados como delincuentes. Pero -eso sí- sólo para aquellos que no hayan omitido el registro en ese entonces (antes de 1972), porque de otra forma estaríamos regularizando a gentes que cometen ilícitos”.

En ese caso, ¿las obras precolombinas deberán entregarse o registrarse? “La ley no prevee que se queden con ellas particulares, aunque gracias a muchos coleccionistas las piezas se quedaron en el país”, concluye Eréndira Salgado. Todas las piezas precolombinas importantes han salido del país antes de 1972.

Respecto a los tratados internacionales, “Francia e Inglaterra se han negado a firmarlos”, dice Josué Sáenz. “Por otra parte hay un problema de orden ético: ¿dónde le hace más beneficio Nefertiti a Egipto? ¿En Egipto, mal cuidada y expuesta a guerras, o en Berlín?

Esa es la “falacia que levantan los coleccionistas: los propios pueblos no pueden conservar su patrimonio; está mejor en los museos extranjeros”, afirma Julio César Olivé.

“La legislación mexicana es muy estricta respecto a la protección de nuestro patrimonio cultural”, afirma Beatriz de la Fuente del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. “Yo parto del principio de que es nuestro patrimonio cultural, pero también de la humanidad. Así están declarados los sitios arqueológicos en la UNESCO”. La ley ya debe tener modificaciones. Vivimos un mundo plural, universal, abierto. Resultan ya un tanto obsoletas las restricciones en que se forman estancos o propiedades particulares. “El INAH o el INBA manejan los bienes culturales bajo su custodia un poco en el sentido de propiedad particular. Hay la convicción de que es suyo y ellos son los encargados, como un apostolado, de salvaguardarlos contra viento y marea”.

“La ley actual tiene el enorme defecto de ser irreal”, asegura Josué Sáenz. “El objetivo es bueno. Ha tenido éxito respecto a las piezas grandes e importantes. Ha logrado conservarlas y arraigarlas. Pero ha fallado en la conservación de las piezas chicas; y existe un mercado clandestino muy extendido. Entre los años cuarenta y los setenta se formaron en México colecciones muy importantes, y todas forman ya parte de museos. La ley es irreal porque declara Propiedad de la Nación a todos los bienes arqueológicos. En la práctica, esto no resuelve las cosas. No hay un sistema de control efectivo. El gobierno también es propietario, pero no tiene los medios para manejar las trescientas mil o más iglesias del país, ni para llevar registro y control de lo que hay dentro de ellas. Debería haber un banco de datos sobre todos los tesoros artísticos de la nación. Si se quieren acrecentar los museos, el gobierno no debe atarse a sí mismo de manos con posiciones demagógicas del tipo: “ícómo vamos a comprar algo que ya es nuestro por ley!”.

Los excesos proteccionistas Alejandro Gertz Manero, que participó en 1972 con el entonces procurador Pedro Ojeda Paullada en el proyecto de equilibrar la Ley Federal vigente de los excesos proteccionistas que instauró Echeverría en 1970, afirma que “esta ley y su reglamento de 1975 entran en el campo de la utopía. El problema toral del asunto es que los dueños del patrimonio son la burocracia arrogante y altiva que hemos creado para ello. El nacionalismo trasnochado no resuelve este problema, tampoco la ley. Es evidente que no se han podido mantener bien ni siquiera las zonas y los monumentos arqueológicos que están descuidados y dañados. El saqueo continúa. Se trata de un problema de fondo. Mientras los mexicanos no sintamos nuestro ese patrimonio, no habrá nada que impida su destrucción. Es un problema de moral social. Quizá lo conveniente sería que el gobierno limitara la vigilancia y protección a las obras y a los sitios más sobresalientes y a los que pueda atender. Que lo poco que el Estado pueda cuidar lo haga con muestras de excelencia y respeto como en el caso del Museo del Virreinato en Tepozotlán “.

Cuando las comunidades o los pueblos valoran sus bellezas, encuentran formas de protegerlas. El año pasado a la hora en que quisieron trasladar la pila bautismal del pueblo de Tecali para su exhibición en la exposición del Metropolitan, el pueblo se negó rotundamente a que esta pieza abandonara su sitio, y ahí se quedó.

Miriam Molina, directora de Artes Plásticas y del Museo de Bellas Artes, al referirse a las obras plásticas comenta que “se está buscando un mecanismo legal para invitar a que la gente registre sus obras sin tanta desconfianza y temor. Simplemente para tener un banco de información. Cuando queremos armar exposiciones retrospectivas es muy difícil sin los registros de obras. Tenemos que rastrear, ir preguntando, con muchos trabajos”.

“Se puede declarar por decreto tesoros artísticos nacionales a determinadas obras de arte y ordenar que salgan del mercado internacional, pero no se puede controlar el mercado internacional”, dice Martha Fernández del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. “Por eso la ley actual no resuelve el problema y tiene que haber una modificación, pensando que vamos a ser un país abierto”. Manrique opina al respecto: “Tendría que haber una reforma a la ley. Pero me preocupan las reformas, es peligroso modificar la ley. De todas formas, los sistemas de control o son internacionales o no funcionan”.

“Las revoluciones siempre han sido peligrosas, pero han tenido que darse”, dice Sergio Saldívar, responsable de la protección de los monumentos federales de SEDUE. “Modificar leyes en paz es mucho más sano. No modificarlas puede dar lugar a una inoperancia y a tensiones negativas”. Lo malo es que “los legisladores en México no consultan con los técnicos para hacer leyes sobre cuestiones técnicas y acaban enredando las cosas”. Sería importante descentralizar las instancias de protección patrimonial y profesionalizar cuadros. “La restauración -por ejemplo- es una especialidad de la ciencia de la construcción. Es pefectamente trasmisible como conocimiento”.

“La ley del 72 debe ampliarse”, opina Jaime Ortiz Lajous, Coordinador del Patrimonio Artístico del CONACULTA. “Del 72 para acá, el país es otro”.

La Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos plantea que aquellos que “posean” monumentos del patrimonio artístico o histórico de la nación deberán conservarlos y restaurarlos de acuerdo con la institución competente. El artículo décimo inscribe la obligación del “propietario” del monumento (es decir, de aquel que es, pero que a la vez no es el dueño, porque es propiedad federal) de restaurarlo, conservarlo y atenderlo. Y, en caso contrario, de que no lleve a cabo por propia iniciativa estas obligaciones: “El instituto competente procederá a efectuar las obras de conservación y restauración de un bien inmueble declarado monumento histórico o artístico. La Tesorería de la Federación hará efectivo el importe de las obras”.

Esto no se ha podido llevar a cabo jamás. “¿Cómo se hace eso en la práctica?”, pregunta Manrique. “¿Cómo se meten a embargar o restaurar un inmueble?”. Tiene que haber una forma legal para hacerlo, un juicio, o algo que no está establecido ni en la ley ni en el reglamento de la ley. Por lo demás, “ante la corrupción ningún sistema funciona”.

La verdad en una caja de Petri

Miroslav Holub es un poeta y biólogo checoslovaco. Acaba de aparecer en español un libro con sus Poemas en Ediciones Cátedra. Este artículo se publicó en Harper’s, mayo de 1991.

Durante una celebración no muy pequeña de algunos éxitos en la investigación, uno de los investigadores ocupado en el cultivo de tejidos in vitro exclamó: “In vitro veritas”. La frase comenzó a perseguirme. ¿Qué tanta verdad puede uno encontrar “en un vidrio”? Tras dos mil millones de existencia unicelular, la vida trazó el camino de la especialización celular, de la división del trabajo y las funciones entre las células, y de la fusión celular en organismos mayores y más autorregulados. ¿Qué puede revelarse al arrojar células y fusiones celulares en un recipiente lleno de algún ingenioso, aunque algo deficiente, protomar?

Las células normales, no malignas, se rehúsan a crecer en los cultivos durante determinado periodo de tiempo. Pero en su tiempo asignado in vitro pueden revelar parte de la verdad sobre si mismas. En un cultivo bien hecho, las células diseñadas para ingerir seguirán ingiriendo por un tiempo, las células cardiovasculares pulsarán rítmicamente durante un tiempo, las células divisibles se dividirán un poco más, y las células nerviosas ampliarán las delicadas y refinadas proyecciones a través de las cuales se transportan los impulsos. Células diseñadas para sintetizar anticuerpos pueden elaborarse para ese fin, en especial después de fusionarse con células de tumor. Cuando esto sucede, líneas de células casi inmortales surgen de una sola célula, creando así uno de los instrumentos más productivos de la biología moderna: anticuerpos monoclonales absolutamente puros. Estas células, en cultivos grandes y refinados pueden producir interferón o facilitar la producción de virus para vacunas.

Las células de los cultivos de tejidos nos dicen muchas cosas ciertas sobre sí mismas. Pero saben tanto de la música del organismo como lo que sabe un montón de azafrán sobre la “Canción de primavera” de Mendelssohn. Separadas de las células de los tejidos conjuntivos, que proporcionan redes intrincadas voluntariamente, las células in vitro sufren quizá no sólo de falta de alimento, sino de falta de información. Intentarían lograr contactos naturales, buscarse entre sí, producir señales y combinarse con tejidos primitivos. Pero carecerán de su principal significado, el que indujo los orígenes de cuerpos multicelulares. Estarán peor que una hormiga sin su hormiguero o una persona aislada en un cuarto oscuro, a prueba de ruidos.

Observar cultivos de tejido en el microscopio es muy satisfactorio porque es uno de los pocos medios de introspección directa en los modos de vida celular. Pero al mismo tiempo es triste y perturbador: serás testigo de la extinción de las unidades vitales. Oxígeno insuficiente, una fracción de demasiada acidez, un error en uno solo de los aminoácidos, y no queda nada sino un cementerio vasto y silencioso, un campo de batalla casi vacío después de una batalla en la que perdieron todos los bandos.

Y en este testimonio sólo hay una verdad general, una verdad básica con dos caras que puede observarse en el vidrio, a través del microscopio.

Todo persona que se dedica a cultivar tejidos sabe que las primeras horas posteriores a la implantación de las células en el medio son las peores. Los factores más primitivos, como la naturaleza misma del agua o del suero embrionario puede ser el fin del cultivo. Incluso empleando la mejor agua y el suero menos tóxico, las primeras horas son una gran hecatombe entre las células, una vasta selección entre los individuos que resistirán y los que no (la mayoría). En el cultivo de tejidos, las células se seleccionan mediante un proceso que sólo difícilmente puede predecirse y controlarse. La vida de los colectivos celulares en el cultivo es siempre subtotal, nunca total. La inmortalidad relativa que logramos en nuestras células involucra sólo una pequeña selección de células, de cualquier clase. Las células normales crecen sólo durante un tiempo limitado, establecido por el número programado de divisiones celulares posibles. Sólo las células de tumor muestran un crecimiento general -con un cuidado apropiado, un crecimiento ilimitado- como homenaje vivo al donador muerto. (Las células más sorprendentes de este tipo son las de Henrietta Laks, que crecen in vitro desde 1951). Pero, finalmente, aun los cultivos de los individuos seleccionados, los más aptos -obedientes a la ley de la vida básica-, perecen. Ese es un aspecto de la verdad antes mencionada.

El otro asunto es que aun en lo que puede designarse como un cultivo muerto siempre se puede encontrar alguna pequeña cosa celular aislada capaz de vida y autoconservación. Después de los más terribles intentos de congelar y descongelar siempre existe, todavía latente en algún sitio, una pequeña porción de vida celular. Una célula en mil, una célula en un millón, en diez millones, pero ahí está esperando algún tipo de salvación. Mientras que la vida en un cultivo celular está muy lejos de ser completa, la muerte en un momento dado nunca es cien por ciento total.

Una excepción memorable a esta regla fue la experiencia de una investigadora en un laboratorio que visité hace algunos años. Ella cultivaba linfocitos una y otra vez, que en el lapso de un día estaban todos muertos.

La investigadora nunca le contó a nadie de su extraño y mortífero talento, y pronto se retiró de la vida práctica. Nadie logró nunca repetir esta experiencia. Después de cualquier clase de error siempre persiste un fragmento que no vale la pena conservar pero que ilustra el otro aspecto de la verdad: la muerte colectiva es casi siempre subtotal, no total. Siempre hay un individuo fuera de control -quizá se oculta, quizás es olvidadizo, quizás es especialmente capaz o especialmente incapaz.

Cuando desechamos los desperdicios del cultivo de tejido, debemos asegurarnos de que siempre haya allí algo muy pequeño pidiendo ayuda. Ya no es la voz del cultivo de tejidos, sino más bien el suspiro de la última, inútil -pero sin embargo esperanzadora- esperanza. Y ya no sólo la ciencia, sino aun la poesía. Ya no lo referente a la justicia, sino algo más allá de ello, una excepción estadísticamente insignificante y despreciable.

El murmullo incongruente de la última célula viva: si te falta tiempo no lo desperdicies; ve al microscopio y mira el movimiento celular huérfano en el plato. Escucha. No escucharás nada esencial para el oído de la biología, pero después de un tiempo reconocerás un sonido cósmico; que pese a toda la tristeza de la única célula traicionada y condenada, hay en su sola existencia algo de optimismo para las células en general. Siempre hay alguien que transgrede la muerte. Y aun cuando tomara el Agua Muerta (que, según la leyenda checoslovaca, une los pedazos de cadáveres desmembrados) y el Agua Viva (que da nueva vida a los príncipes y princesas restaurados) para hacer un cultivo de tejido de la célula abandonada, o un ratón con el cultivo de tejido, en el hecho de la última célula surge la esencia -una esencia que contribuyó al principio de la vida celular hace miles de millones de años.

La excepción estadísticamente insignificante en las situaciones más experimentales, carece de importancia para la ciencia. Pero es importante para el hombre. Es que in vitro veritas, aunque por lo común nadie lo escuche, porque, por lo común. no hay tiempo para escuchar.

Traducción: Delia Juárez G.

Gorostiza: Un texto desconocido

En 1935, Eduardo Hay publica la primera de sus tres ediciones de autor con su versión de Rubaiyát de Omar Khayyam. En ese momento el general Hay es secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Cárdenas y figura menor pero importante de la revolución. Nace en 1877 en la ciudad de México, es ingeniero civil y militar, jefe del estado mayor de Francisco I. Madero y Antonio I. Villarreal. Pierde un ojo en la batalla de Casas Grandes, Chihuahua. Es diputado en la XXVI Legislatura. Tras el cuartelazo de Huerta es sucesivamente militar constitucionalista, convencionista en Aguascalientes, anticarrancista y subsecretario de Fomento del Gobierno de don Venustiano. Luego, embajador en Italia, Japón y Guatemala y cónsul general en París. Muere en 1941 en la capital.

El general Hay pertenece al grupo de quienes, fervientes creyentes en cualquiera de los proyectos de la Revolución Mexicana, buscan acreditar el impulso civilizatorio del movimiento, y rescatarse así mismos de las persuasiones de la violencia (Así, el intelectual preponderante del carrancismo, Luis Cabrera traduce el “Cantar de los cantares”, el huertista Ricardo Gómez Robelo, según refiere Alfonso Reyes, lee a Browning en los campamentos, y a Martín Luis Guzmán lo sorprende allá al “centauro” José Isabel Robles (“la encarnación, un tanto mitológica, de las virtudes marciales primitivas y ecuestres”) enfrascado en las Vidas Paralelas. Hay se obsesiona con Omar Khayyam:

A la edad de veinte años, siendo estudiante, conocí la exquisita versión inglesa que hizo el irlandés Fitzgerald de las maravillosas cuartetas (Rubaiyát) de Omar Khayyam. Su lectura me cautivó. De entonces a la fecha (ya han pasado varios lustros), he leído las Rubaiyát centenares de veces. Siempre tuve a la mano, aun en mis muchos viajes, alguna pequeña edición de bolsillo, y siempre encontré nuevas bellezas en su lectura. Paulatinamente, sin darme cuenta de ello, Omar Khayyam se transformó en mi compañero espiritual, pues consoló muchas de mis tristezas e intensificó muchas de mis alegrías.

Para honrar a su devoción literaria el general Hay patrocina tres ediciones privadas de sus versiones. Las tres son de formato distinto y desde el punto de vista de las ilustraciones, la mejor es la segunda (de Ediciones Cultura, quinientos ejemplares), con dos dibujos para tricomías de Roberto Montenegro y diez dibujos a pluma de Ernesto García Cabral, que corresponden bellamente a las nociones en boga de orientalismo. José Gorostiza hace el prólogo de la segunda edición y dos años más tarde lo amplía. A la distancia, y no obstante sus precauciones y cautelas, quizá sea generosa en exceso la opinión de Gorostiza sobre el trabajo literario de Hay, de quien ofrezco una muestra:

Si quieres malgastar esa chispa de existencia y te precisa Buscar del gran secreto la clave, te conviene darte prisa

Mas si hay entre verdad y mentira sólo el grueso de un cabello

¿Me puedes informar si la vida es de la luz simple destello?

En su texto, Gorostiza reitera, con delicadeza, lo que le parece central en Hay: su modestia, la certeza de hallarse ante alguien que ama la literatura, y está muy al tanto de sus limitaciones (Afirma Hay: “Bien sé -lo digo sinceramente y sin falsa modestia- que mis versos son criticables por su forma, metro y por sus muchos otros defectos, y que su único mérito, si lo tienen, es la fidelidad, podría yo decir la lealtad, con que he traducido las Rubaiyát”). De esa fidelidad, de esa entrega, habla Gorostiza y esas “virtudes centrales” le parecen aún más indispensables en los años en

que escribe Muerte sin fin.

El General e Ingeniero don Eduardo Hay ha traducido al castellano las célebres Rubaiyát de Omar Khayyam, basándose en la versión inglesa de Edward Fitzgerald, a quien deben las literaturas occidentales el gusto, cada vez más extendido, por la obra del gran poeta oriental.

No conozco traducción alguna de Omar, en verso, firmada por un profesional de las letras. Hasta podría decir que el escritor de lengua española no ha emprendido nunca, sistemáticamente, la traducción de los grandes monumentos literarios de otras lenguas. La traducción, considerada como una profesión literaria, no existe entre nosotros: ha sido y continúa siendo una contribución generosa de escritores que abandonan momentáneamente su producción original, o bien de investigadores, catedráticos, estudiantes de idiomas, que han concebido, en el fecundo comercio de la curiosidad humana, una devoción particular por obras o autores de una literatura ajena.

Entre los primeros, la traducción no cesa de pertenecer, aunque indirectamente, a la producción original. “El Cortesano” se convierte, gracias al espléndido trabajo de Boscán, en una obra clásica de las letras castellanas. Para nosotros ya es un libro de Boscán, mejor que de Castiglione. No sin justificación se incurre involuntariamente en errores tan certeros como identificar a Cervantes y Don Quijote o como atribuir la “Ortodoxia” de Chesterton a Alfonso Reyes. Lo perfecto, en este género de traducción, se realiza cuando el traductor despoja al autor de su obra y se apodera de ella, y esto fue, ni más ni menos, lo que hizo Fitzgerald con las Rubaiyát.

Pero la traducción fiel, a la que alguien llamó atinadamente “traducción espejo”, tiene a su vez una función insustituible. Trasplanta la obra original junto con la luz, la temperatura y la humedad propias de su clima. También podríamos llamarle “traducción estufa”, porque en medio de cualquier literatura -la inglesa, por ejemplo- hace las veces de un invernadero en donde el investigador asiduo y el visitante ocasional pueden conocer las rosas de Omar o los lotos de Kalidasa, ya no como el producto de condiciones que se le ocultan, sino entre ellas, como una condición más del espíritu oriental. Por eso el amante de las letras que no puede emprender el viaje a un idioma remoto o inaccesible, prefiere estas traducciones que le ofrecen un contenido -por decirlo así- en estado de naturaleza. Hace falta en todos los idiomas, pero especialmente en castellano, una historia natural de la literatura que sólo la “traducción espejo”, ejercida profesionalmente, podrá ir integrando poco a poco en nuestros anaqueles.

En ellos, la traducción de Eduardo Hay merece un lugar junto a las magníficas estancias de Fitzgerald, porque las ha captado en el espejo de la palabra castellana con tan amorosa solicitud, que admira pensar hasta qué punto puede el hombre prendarse de una obra del espíritu.

Eduardo Hay no es un escritor ni ha querido serlo nunca -no obstante que una inclinación manifiesta hacia el arte y la literatura le ha tenido en contacto con ellos desde la mocedad- porque ya en 1910, cuando se necesitó de todos los sacrificios para redimirnos de treinta años de dictadura, él había resuelto consagrarse por entero al bien de la patria; y ahora, cinco lustros después, su vida tiene ya esa profunda cohesión que hace “una vida” de la existencia del hombre.

Así, cuando en momentos de descanso se da a traducir las Rubaiyát de un “viejo amigo” de ayer, sólo pretende comunicar a sus amigos de hoy la admiración que le une con el orgulloso escepticismo y la magnífica rebeldía de Omar Khayyam, para establecer entre todos ellos, muertos o vivos, una hermandad, una comunión, un crucero espiritual.

No obstante, como Eduardo Hay consiguió más de lo que modestamente perseguía, su traducción rebasará sin duda la pequeña órbita de la intimidad para figurar -satélite de Fitzgerald- en el sistema solar de las Rubaiyát; es necesario, por lo mismo, informar a la crítica sobre ciertas particularidades de la traducción, no para que deje de examinarlas con severidad, sino para que pueda hacerlo con un profundo conocimiento de causa.

Teniendo en cuenta que el castellano es mucho menos compacto que el inglés, Eduardo Hay no quiso servirse de metros tradicionales, como el endecasílabo o el alejandrino, que le habrían obligado a sacrificar u oscurecer el pensamiento de Omar, ante la necesidad de someterlo a una medida demasiado corta; por lo contrario, cuando el metro elegido daba excepcionalmente un margen de cierta consideración, procuró interpretar el original en tal forma que el texto ganara en claridad lo que podía perder en literalidad.

El metro elegido consta de dieciocho sílabas con cinco acentos forzosos -2, 6, 9, 13 y 17- que, gracias a la acentuación de las sílabas sexta y decimoséptima, puede considerarse como la suma de un heptasílabo y un endecasílabo, pero que en realidad es una entidad métrica autónoma, por falta de pausa o cesura que marque, independizándolo, el periodo de siete sílabas. La frecuencia de la acentuación debió imponer al traductor restricciones de tal naturaleza que no es el menor de sus merecimientos el haberlas superado sin ostensible dificultad.

Ahora bien, un metro artificial, como el construido por Eduardo Hay, carece necesariamente de individualidad fonética. En teoría es un verso porque está sujeto a una cantidad silábica y a una ley rítmica, pero no lo es aún para el oído, porque sólo una tradición prolongada puede, a través de los años, fijar inconfundiblemente la cadencia de un verso. La circunstancia de que éste corra o deje de correr con suerte no resta legitimidad al intento. Hasta los tradicionalistas más ardientes lo encontrarán justificado, si recuerdan que, antes de llegar al octasílabo, las corrientes de la poesía épica española hubieron de chocar en una ensordecedora confusión de ritmos, y que el castellano asimiló el endecasílabo a costa de tantas asperezas y tan rudas dislocaciones como ofrece en las obras de los primeros italianizantes.

Por otra parte, el metro de Eduardo Hay no necesita presentar muchas excusas a la retórica, porque fue construido con tanta escrupulosidad que, en cuanto avance un poco en esta traducción, el lector podrá oír con claridad la cadencia, gracias a las numerosas Rubaiyát en que la articulación de las sílabas no ofrece dificultad alguna, lo cual es tanto como decir que podrá imponerla en todos los casos con sólo disolver diptongos o cometer sinéresis cuando el oído, cuyo automatismo es casi infalible, se lo mande.

Por lo que hace a la calidad intrínseca de la traducción, Eduardo Hay puso todo su empeño en interpretar con exactitud el original. Inútilmente buscaremos en ella los refinamientos que caracterizan a un “gran estilo”; no, el lenguaje de Eduardo Hay, ni deslumbrante ni opaco, se mantiene en una discreta penumbra, más atento a Reproducir la poesía de Omar que a Encarecer las dotes poéticas de su traductor. He ahí, precisamente, su mérito. Si Eduardo Hay ha hecho una excelente traducción de las Rubaiyát -la mejor, en verso, que yo conozco- se debe en gran parte a que pudo eliminar cuanto un espíritu orgulloso hubiese puesto en ella de narcisismo.

Escritas hace cinco años para la E primera edición de este libro, veo reproducir ahora, por tercera vez, las sencillas palabras con que me cupo la fortuna de presentar las Rubaiyát de Omar Khayyam, traducidas por Eduardo Hay, a la consideración de un público tan reducido como selecto.

La presente edición me tienta a volver sobre los juicios que emití entonces, no porque desee modificarlos en ningún sentido, sino porque es conveniente rejuvenecer de vez en cuando nuestras apreciaciones para infundirles la energía que pudo restarles el tiempo.

Nada envejece tan pronto como la palabra impresa, pero especialmente en las notas bibliográficas. En un comentario escrito hace cinco años, el lector actual no encontrará ya todas las condiciones que le daban su significación precisa. Los prejuicios creados en torno de la obra por acción de la crítica; su éxito o fracaso; las reacciones puramente personales que haya podido suscitar, de emulación, menosprecios, devoción, etc., se convierten en otros tantos factores que inducen al lector actual a escoger entre nuestras ideas, involuntariamente, sólo aquellas que hacen juego con sus propias ideas preconcebidas.

Es necesario tener presente, por lo mismo, que esta edición no aparece en iguales circunstancias psicológicas que las dos anteriores. El singular beneplácito con que la crítica y el público acogieran la traducción de Eduardo Hay -justamente, por cierto- magnifica ahora, hasta la desproporción, aquella encantadora timidez y auténtica modestia con que el traductor consagró su trabajo, como quien confía un secreto, a la intimidad de unos cuantos amigos.

Hoy día la traducción de Hay recorre nuestro mundo literario con la confianza que da la familiaridad. Habrá quienes la censuren y quienes la aplaudan, pero ya es para todos una “vieja conocida”. En estas condiciones -sobre todo para los prosélitos, pues no hay que olvidar que la poesía de Omar Khayyám tiene un culto-la original modestia del traductor puede parecer excesiva y mi juicio original poco entusiasta. Ni en lo uno ni en lo otro hay nada, sin embargo, que no sea una falsa impresión.

Cuando releo esta traducción, me ocurre pensar todavía que su cualidad suprema está justamente en la modestia con que Eduardo Hay se acercó a las estrofas de Omar Khayyám, para vertirlas, palabra a palabra -como dice Aurea Procel- “sin derramar una gota”. Mas no se trata aquí de modestia en su sentido de puro recato. Habría que pensar en cuántas virtudes más la determinan y sustentan, pues claramente se ve en esta traducción el amor de Hay por el original; la conciencia de sus limitaciones de estilo y de técnica y consiguientemente su tema de marchitar la inusitada perfección de Fitzgerald; amor y temor que, unidos a una total ausencia de vanidad, se funden en el tono de la emoción religiosa. La buena fortuna de la traducción de Hay se halla tan íntimamente ligada con este espíritu, que puede decirse -sin hipérbole- que se la debe enteramente. En efecto, las demás buenas cualidades en que abunda, parecen emanar todas de aquélla principal.

Por lo que toca a mi prólogo, sólo deseo asentar que me enorgullece el haber destacado desde el principio los aciertos de esta traducción; aciertos que escritores de tanto prestigio como José Juan Tablada, Francisco Castillo Nájera, Pedro de Alba y Samuel Ruiz Cabañas, así como unánimemente la crítica periodística, han precisado después con su mayor saber y autoridad.

La fidelidad de la traducción y su valor exegético -en el sentido de que “hace más transparentes los conceptos elípticos o muy oscuros que no son raros en Fitzgerald”, según palabras de Castillo Nájera -son puntos en que la crítica toda ha coincidido sin discrepancia.

En la cuestión métrica, que más se prestaba a confusiones por el carácter de arbitrio personal que dio Hay a su periodo de 18 silabas, no hubo, por otra parte, diferencias fundamentales de opinión. Castillo Nájera, cuya autoridad en esta materia es indiscutible, estima que una constante rítmica de siete sílabas “nos da la clave de la cadencia del poema y nos permite retraer a formas más habituales el aparente verso de dieciocho”; en tanto que yo, en el prólogo de la primera edición, consideré ese verso como la suma de un heptasílabo y un endecasílabo, agregando que “en realidad es una entidad autónoma”. La cuestión no merece ser debatida. Castillo Nájera tiene razón y no yo, que no llevé mi análisis hasta la descomposición del periodo de 11 sílabas en los de 7 y 4 que lo integran.

Mas lo anterior -insisto- no implica una diferencia fundamental de opiniones, ni mucho menos afecta a la corrección del metro elegido por Eduardo Hay, que nadie encontró injustificado, pues no sólo se apega estrictamente a los cánones de la versificación silábica, sino que se impone -también por preferencias personales- una frecuencia rítmica cuyas grandes dificultades no incitan ciertamente a la imitación.

Quiero añadir, por último, para acabar este apéndice a mi prólogo, que Eduardo Hay ha introducido en la presente edición considerables modificaciones y mejoras. No obstante el merecido triunfo de su traducción, que él no buscó, su modestia ejemplar sigue dando frutos. Lo da en las certeras correcciones que ha hecho a su texto primitivo; en la afortunada agrupación de las cuartetas según afinidades de tema y de emoción; en la inclusión de otras cuartetas, procedentes del francés de Franz Toussaint y que no figuran en la selección de Fitzgerald; por fin, en toda esta constancia y este empeño -prueba de que Hay no considera su traducción de las Rubaiyát como un esfuerzo agotado- que vuelve más ostensibles sus aciertos, inclusive el de mantener su estilo en el plano de esa deliciosa frescura improfesional en donde cristalizan sus mejores hallazgos.

¿Habrá que citar a Gide? “II me semble que les qualités que nous nous plaisons a appeler classiques sont surtout des qualités morales, et volontiers je considére le classicisme comme un harmonieux faisceau de vertus, dont la premiére est la modestie”.  

Hay amores

Enrique Sema

Amores de segunda mano.

Universidad Veracruzana,

Xalapa, 1991,

163 pp.

Es una fortuna encontrarse con el primer libro de cuentos de Enrique Serna. De entre sus virtudes, la narrativa mexicana de nuestros días podría conformarse con sólo una: su punzante y atractiva manera de aventurarse por los ambientes sentimentales más sórdidos, más delirantes, con una escritura impecable. Esa escritura es capaz de hacernos creer que hay pasiones que llevan al ridículo y que el ridículo es la única cruz contra el vampiro de la monotonía y la redundancia.

Bajo una andanada repetitiva de buenos sentimientos, de certificados de buena conducta sexual, declaraciones de amor al prójimo, consagraciones nostálgicas de vidas y costumbres mojigatas, Serna descubre con lupa los síntomas de un nuevo orden amoroso que va más allá del escándalo y el análisis psicológico. Por eso sus historias repiten un mismo destino tragicómico: sus personajes se entregan con tanta vehemencia a su papel de outsiders de la pasión que ni siquiera reconocen el momento en que sus actos sublimes se vuelven caricaturas del amor. ¿O es que eso es el amor: la impronta material de un arquetipo que han creado el cine y las telenovelas y nuestra pobre educación sentimental, la sombra en la caverna de los sentimientos?

Podemos atribuirle a Enrique Serna uno de los mejores atributos de la narrativa que apenas está llegando: sin restarle méritos a la realidad consigue exacerbarla hasta el grado en que resulta extraña. La diversidad de tonos, el recurso de la parodia como eje de la crítica a una cultura que tiende a civilizar lo que hay de anómalo en el amor, la presencia tras bambalinas de un alguien que parece el narrador o el mismo Serna, el cinismo atribulario y malediscente, la ausencia de atributos físicos en los personajes y un refinado empleo del melodrama le proporcionan a estos cuentos una atmósfera de extrañeza en la que el cuerpo es la primera víctima y el peor actor de sus emociones.

Es evidente que Enrique Serna no sólo se interesa sino que está en deuda con el mundo de la marginalidad social y sexual. Sus personajes vienen de ahí y se debaten entre el horror ante su probada autenticidad y el deseo de parecerse a todos los demás. Son exhibicionistas pero quisieran los privilegios del voyeur; son damas de la caridad pero quisieran exterminar a todos los niños mugrosos de la ciudad de México; son piezas de arte viviente pero detestan su “deplorable condición ornamental”; son una familia que se reúne dos veces a la semana para prometerse una despedida ahora sí definitiva; son mecanógrafas que sueñan con su principe azul y que van de pueblo en pueblo escribiendo cartas que les dictan y que no dicen lo que deben de decir; son hombres de letras que escriben relatos que no son suyos; son travestis que ensayan frente al espejo un gesto que no les pertenece. Así se mantienen infieles a una identidad infiel. A Enrique Serna le fascina estos raros y atroces individuos que se arrojan sin cortapisas al momento extremo en que la vida se afirma cuando literalmente se derrumba.

Como toda figura que arrastra su decadencia orgullosa y discretamente, el amor que compite con los modelos del cine o la televisión quiere parecerse a ellos para asumir de prestado su verdadera vocación, la del melodrama. Amores de segunda mano constata que la educación sentimental de nuestros tiempos se obtiene en la escuela nocturna. Quizá lo bueno del melodrama es que se trata del remedio más eficaz contra los vuelos del espíritu y que reivindica la digna ridiculez de muchas historias de amor. En manos de Enrique Serna este género adquiere una fuerza inusual. A cada instante contemplamos la derrota de eso que llamamos “buenas costumbres”, como si estuviéramos ante un desafío permanente. De ahí la desazón y la amargura de estas historias. En el fondo, sus protagonistas se mueren por seguir el dictado de los amores convencionales pero están condenados a vagar por los basureros del sentimiento. Les gustaría acomodarse en la rutina y empeñar su talento en sitios mejores que el cabaret o el cubículo de investigación.

Los cuentos de Enrique Serna transitan por un desfiladero desde cuyas alturas se contempla el abismo del cuerpo. Y eso que casi no hay sexo. El asunto sólo está presente para reforzar el escarnio. Como si el goce congelara los cuerpos y los amenazara con la frigidez absoluta. Por lo demás, Amores de segunda mano cuenta con un aliento de prolongada inconformidad: ¿en dónde está el falansterio en el que aguarda la armonía pasional? No está en ninguna parte, diría Enrique Serna, nos está vedado regresar al amable paraíso del amor. Ese es uno de los escándalos de la literatura: mostrar inequívocamente la debilidad de toda certeza. Si creíamos que del amor brotan nuestros más sublimes empeños, bastan las historias de Serna para convencernos de que también de ahí brotan nuestros más ridículos asombros.

Devueltos al imperio

José María Pérez Gay

El imperio perdido

Cal y arena

México, 1991

356 pp.

1 En una taxonomía que ahora es célebre, Isaiah Berlin definió dos tipos básicos de pensamiento, de actitud intelectual y, en síntesis, de creación. A partir de un fragmento del poeta griego Arquíloco -“Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”-, Berlin diferenció dos clases primarias de seres humanos y junto con ellas a sus productos. La primera, los erizos: aquellos que – escribe Berlin- “relacionan todo con una única visión central, un sistema más o menos congruente y consistente, en función del cual comprenden, piensan y sienten -un único principio universal, organizador, que por sí solo da significado a todo lo que son y dicen”. La segunda, los zorros, quienes “persiguen muchos fines, a menudo inconexos y hasta contradictorios […] viven vidas, realizan acciones y sostienen ideas centrífugas antes que centrípetas, su pensamiento […] ocupa muchos planos a la vez, aprehende la esencia misma de una vasta variedad de experiencias y objetos por lo que éstos tienen de propio, sin pretender, consciente ni inconscientemente, integrarlos -o no integrarlos- en una única visión interna, inmutable, globalizadora, a veces contradictoria, incompleta y hasta fanática”. Desde luego hay que hacer una advertencia: como en la vida, donde no se encuentran talantes puros, en la caracterología de Berlin tampoco existen zorras absolutamente zorras o erizos del todo erizos. Pero la clasificación describe y apunta dos formas del aliento vital, dos modos de estar en el mundo y dos temperamentos para habitarlo.

2 El imperio perdido de José María Pérez Gay corresponde a la multiplicidad de las zorros y poco -para su fortuna, muy poco- tiene que ver con el empeño unidimensional, obcecado, de los erizos: no obedece a un sistema cerrado, no pone en práctica un único modelo de aproximación crítica a sus temas, tampoco ha sido escrito desde una visión inalterable.

En lugar de ello, la fatalidad organizada que es El imperio perdido -galería de destinos y voluntades, estampas superpuestas y a la vez intercambiables, redes abiertas como el horizonte -e igual cerradas en un punto- ha sido construida con el mismo mecanismo al que recurren la memoria y el sueño, que no es otra cosa más que la cara nocturna del recuerdo. El tiempo es lineal cuando ocurre pero no cuando se registra: la memoria -arqueólogo del tiempo- reacomoda hilos que en su momento parecieron solitarios, aislados, y los entrelaza hasta fabricar paisajes -o si se quiere: versiones- que sólo pueden ser escudriñados como se sueñan los sueños: en muchos planos a la vez, entre una vasta variedad de experiencias y objetos.

El imperio perdido proviene de esa convocatoria múltiple: hace próximo lo aparentemente lejano y demuestra que todo, aun aquello que ha transcurrido, sigue estando en medio de todo. Eso, el presente del pasado en el presente del presente, es la historia de la modernidad. Las zorras lo saben y los erizos lo olvidan.

3 ¿Por qué Austria? ¿Por qué hoy, en nuestro fin de siglo, la historia de un imperio que se derrumbó hace décadas? ¿Por qué la extraña grafía y la extravagante fonética de nombres, libros y lugares enmohecidos por la distancia? Estas preguntas pueden ser respondidas con la certeza que recorre la arquitectura íntima de El imperio perdido: “Al interpretar la realidad literariamente -escribe José María Pérez Gay-, sin la ayuda de sistemas o teorías, el campo de la metamorfosis se vuelve ilimitado, sus posibilidades son ya infinitas”. Y el campo de las metamorfosis es un conocimiento impaciente: tal cosa -recuerda Pérez Gay- es la literatura. Desde ese gozne arbitrario, que depende sólo de la imaginación, se abren las puertas de una nómina deslumbrante: un imperio cuyas pulsiones hoy siguen pendientes; una ciudad que como caja de Pandora cifró el pensamiento, la estética y la política de todo un siglo; cuatro destinos y un testigo que vivieron para escribir en carne propia la luminosa descomposición de toda una época.

4 “Una estructura irracional sustenta al oficio de escritor; se forma antes de los siete años”. Esta frase de Hermann Broch, escrita seis meses antes de morir, nunca es descifrada por él mismo a lo largo de toda su obra. Broch es el único de los autores revisados por el El imperio perdido que aún a los 63 años sigue indagando por sus nudos esenciales, por su biografía, al acudir al psicoanálisis para tratar, específicamente, la problemática relación que tuvo con su padre. Esta indiferencia aparente y este anclaje en los años infantiles son un sustrato estético que determina la obra de Broch y la distingue de la de Roth, por ejemplo, un mitómano incorregible que se inventa diez, veinte pasados personales.

Hay una sentencia emblemática y definitoria de Broch que El imperio perdido recupera para situar ese inusual temperamento ético que lo caracteriza: “La bondad es la forma más alta de la inteligencia”. Visto así, Broch es la antítesis del ánimo crítico de Karl Kraus, no porque no penetre profundamente en la observación de la sociedad de su tiempo sino porque su aproximación nunca es hecha enfáticamente desde lo inmediato, como sí es la de Kraus, y porque en Broch hay una voluntad permanente de comprensión, de caridad al prójimo. Sin embargo, en el ensayo que Pérez Gay dedica a este autor entristecido se afirma que la de Broch es una política de la incertidumbre: jamás salvará al mundo, pero sin ella el mundo nunca valdrá la pena de ser salvado. Otro destino inhóspito, trágico, que vive el mundo aunque lo sabe inhabitable. Una sabiduría escéptica que proviene de las fuentes morales del catolicismo y que no se habría dado sin la conversión religiosa de Broch. También una mera respuesta ante el espíritu de la época, una suerte de nihilismo vienés, de pura insolvencia ontológica.

En la crónica de mansedumbres delineada por Pérez Gay los años finales de Broch corresponden puntualmente a un guión de abandonos, exilios y soledades. Igual que los otros tres autores, Broch muere solo y miserable. Pero a diferencia de los otros tres, que sólo se amparan en su oficio de escritores, Broch litiga contra la literatura y la rechaza. Queda así a la intemperie de sí mismo, atribulado por un bien que ya no considera necesario. José María Pérez Gay demuestra que esta opción negativa no es del todo un silencio moral: Broch encuentra el límite del lenguaje para describir el mundo, la utilidad relativa de la palabra ante un caso inabarcable. Silencio por una exigencia desmesurada, lienzo vacío que algunos místicos postulan para representar aquello que escapa a cualquier representación. O también, operación literaria de la frase hermética: “El que habla no sabe, el que sabe no habla”.

5 El alma es exacta o puede serlo. Quizá por ello el capítulo de El imperio perdido dedicado a Robert Musil se llama así: “La exactitud del alma”. Esta nomenclatura es una cifra: en ella está toda la búsqueda de una perfección formal y expresiva con la que Musil pretendió hacer de lo que se vive una continua, omniabarcante escritura. En el ensayo sobre Musil, Pérez Gay recuerda que una constante de esa obra es el asomarse a una ventana y a través de ella mirar los transcursos del día o de la noche, del mundo todo. Para una mirada como esa, que siempre reposa en un punto de observación ligeramente distanciado, la perfección es indispensable, o cuando menos el imperativo hacia ella, la contundente devoción por la exactitud del alma que narra el paso del tiempo.

“Me voy hundiendo en el destierro cultural, imperan otra vez las maldiciones arcaicas: el que no trabaja no come. El tiempo de los dioses está cerca”. Estas amargas líneas de los diarios de Musil resumen el anonimato cultural que padeció durante toda su vida. Musil -dijo Broch- pasó su vida despidiéndose. Murió en el exilio, pobre y desconocido, pero vislumbrando, aunque fuera de un modo precario, un cierto futuro para su obra. El imperio perdido rescata -y al hacerlo resuelve- la historia de un atroz olvido. La ignorancia de una obra que se adelantó a su época con el retrato más elaborado de los estertores y la degradación de Austria-Hungría, y con ella la condena, incómodamente póstuma, de un escritor que no pudo reproducir su literatura entre los demás.

6 A pesar de que Joseph Roth no es un intelectual de vertientes tan diversas como Broch, Musil y Kraus, su vinculación orgánica con el imperio va más allá que la de cualquiera de ellos. José María Pérez Gay afirma que La marcha de Radetzky, novela de Roth, es el gran canto de amor por una época y una dinastía perdidas. Su decidida filiación monárquica, ingenua y elemental pero inequívoca, lo sitúan en una zona de relación directa que los otros ni aceptan ni exploran: su intelectualismo lo defiende y preserva de un comercio epidérmico, sentimental. Entre las historias fantásticas que El imperio perdido consigna ésta es singular: el destino final de un emperador longevo queda en las manos y en la pluma de un humilde judío, vienés por adopción, que encadena palabras para vivir y narrar y no, como sus pares, para encontrar sentidos vitales y trascendentales.

Cuenta Pérez Gay que Roth es el gran mitómano, el dueño de orígenes falsos, imaginados, pero también aquel a quien Friedl, la esposa, increpa en sus crisis sicóticas por no haber conocido a su padre. Uno de sus personajes practica la insólita pregunta de la identidad: ¿cuántos eres?, indaga, ¿eres uno o eres muchos? El imperio perdido demuestra que Roth es tantos como su impulso para salir de sí mismo lo permite, y que el escritor -el narrador, sobre todo- es un fabricante de suertes arbitrarias. Paradoja: narrar es mentir para crear verdades.

“Nadie puede ayudarnos a liquidar nuestra culpa. De nada sirve que uno sea escritor crítico. Públicamente uno es un escritor, pero un pobre diablo en la vida privada. Sólo el tiempo, no el talento, puede darnos la distancia necesaria”. Estas desesperanzas de Roth escritas en 1933 cuando levanta un inventario de lo que hasta entonces ha sido su vida, gravitan alrededor de un término capital en los destinos que El imperio perdido ilustra: la culpa. La culpa y, después, el castigo que trae consigo. Es cierto que Roth se acusa del sombrío, manicomial fin de su mujer. Pero el sentimiento de una deuda personal rebasa su vida amorosa para situarse en el centro de su interioridad. Así, Viena, Austria-Hungría se convierten -y con ellas sus hijos- en el universo de una culpa fatal e ineluctable. En la certeza avasalladora, en la atmósfera casi física de agravio y castigo permitirá que se construyan doctrinas a su alrededor y se levanten grandes cuerpos literarios.

7 La joven Viena reunió una cantidad nunca antes vista de creatividad y genio. El papel de Karl Kraus en ello no es igual al de todos los demás protagonistas. “Ahorcadlos con sus propias citas” fue su consigna, y se convirtió en la temible, inflexible conciencia crítica de su época. Nada dejó pasar por alto: arquitectura, psicoanálisis, periodismo, literatura, sexualidad, pintura, política, música, marxismo. Kraus es entonces el contrapunto a esa expansión de la conciencia que abrigó Austria-Hungría, su severísimo juez, su incorruptible analista. ¿Dónde se origina, cómo se integró esa valiente fuerza moral? El ensayo que Pérez Gay le dedica se transforma, al resolver tales enigmas, en una arqueología de fuentes primarias cuyo principio está depositado en un horizonte de tradiciones, de éticas individuales que se sobreponen a la erosión moral del momento histórico.

El imperio perdido es una pasarela de adversidades: cada una de ellas encarna la irremediable historia del ser en el mundo. Pero la de Kraus es una biografía cuya respiración resulta, si se puede, más sobresaltada que la de Musil, Roth y Broch. Dado que Kraus es la conciencia pública manifiesta y su perspectiva corresponde casi exactamente con los sucesos colectivos de su época, su mundanidad es una especie de profecía autoencarnada: la lucidez de un deterioro que acabará arrastrándolo. ¿Puede diferenciarse la suerte de Kraus de la de Musil, Roth y Broch, aceptando que Kraus recoge en sí mismo y en su obra toda la luz y toda la sombra del imperio austro-húngaro, de la quiebra de la modernidad? La respuesta de Pérez Gay sería negativa. Al hundirse un imperio se hunden también sus súbditos: la tragedia -ese vapor horizontal e indiferenciado- es el amargo pan que a todos se reparte.

8 A pesar de todo lo anterior -y quizá por ello mismo- El imperio perdido es un libro diurno, solar, de mediodía. Es cierto que todos sus desenlaces son tristes y que la tristeza es siempre crepuscular. Es cierto también que entre sus páginas se encuentran la condensación de una época malograda, el sumario de amores, momentos, cuerpos y pasiones que viajaron a la nada, la bitácora de utopías diabólicas y los cantos doloridos de una nueva, contemporánea y sangrienta diáspora. Pero este libro es luminoso porque recuerda. Y todo ejercicio de la memoria -lo diría Canetti, el testigo que cierra las cuartillas de Pérez Gay- es una victoria de la vida contra la muerte, que siempre acaba resumiéndose en olvido.

Por su multiplicidad y metamorfosis genéricas -ensayo, crítica literaria, narración- y por su prosa -una paciente, envolvente forma de contar-, El imperio perdido es una lección literaria: quien transite por él aprenderá de un amor -el de las palabras- que sólo está en el intento. Cuentan las crónicas antiguas que alguna vez Fan Chiang preguntó qué es el amor. El maestro respondió: “otorgar mayor valor al esfuerzo que a la recompensa, eso se llama amor”. Tal definición conocieron los autores que este libro reseña, su vida fue la puesta en escena de ese intento ciego en el que cuenta más la posteridad que lo inmediato.

José María Pérez Gay ha llamado a Elías Canetti el albacea literario e intelectual de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus y Joseph Roth. Creo que eso no es del todo exacto -o que lo es parcialmente. Entre nosotros, en nuestra lengua, el albacea es el autor de El imperio perdido: gracias a él una tradición literaria se reconstruye y varios fantasmas reviven esta noche. Así, contando historias que de otro modo se perderían, es como los vivos hablamos con los muertos.

La capacidad inaugural del libro de José María Pérez Gay en las costumbres críticas, biográficas y narrativas de la literatura hispanoamericana no es cotidiana. Fundir géneros y hacer nuevas mezclas modifica y enriquece la relación de intercambio entre los lectores y las cosas. Me atrevo a pensar que El imperio perdido responde a un nuevo momento del aliento intelectual mexicano: es un producto -o una parte- de esa fragmentaria aún, incipiente todavía sociedad abierta que requiere otras atmósferas y otras voluntades, paisajes dilatados y ubicuos, conocimiento y aceptación de otras tradiciones.

“No podemos encender el fuego, ni decir las oraciones, ni llegar al rincón del bosque; pero podemos contar la historia”. Porque El imperio perdido la cuenta podremos encender el fuego, decir las oraciones y llegar a cualquier rincón de la memoria. Este es su valor, y no es poco.

Los silencios de la trama

Manuel Vázquez Montalbán

Galíndez

Seix Barral

Barcelona, 1990

355 pp.

Después de Alejo Carpentier (El recurso del método), Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca) y Augusto Roa Bastos (Yo, el Supremo), se antojaba muy difícil escribir otra novela sobre la figura del dictador hispanoamericano.

El catalán Manuel Vázquez Montalbán -conocido autor de numerosas novelas de detectives, que tienen como centro al investigador-gourmet Pepe Carvalho- publicó en abril de 1990 su novela Galíndez, sobre el caso del vasco Jesús Galíndez o Jesús de Galíndez, desaparecido en Nueva York en 1956, supuestamente por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, el “Benefactor”, que gobernó la República Dominicana durante treinta años. (Sobre el mismo dictador vale recordar la novela satírica del chileno Enrique Lafourcade, La fiesta del rey Acab, sin contar que algunas de las anécdotas de El otoño… de García Márquez provienen de este modelo).

Vázquez Montalbán acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura en España y recibió el Premio Hammet-90, precisamente por esta novela.

No es ésta la primera vez que un ibérico se interesa en las dictaduras latinoamericanas. El antecedente obvio es, desde luego, Ramón del Valle-Inclán, quien publicó en 1924 su “novela de tierra caliente” Tirano Banderas.

En Galíndez, Vázquez Montalbán utiliza el recurso de una investigadora estadunidense interesada académicamente, en principio, en elucidar el caso de la desaparición de Galíndez. Muriel Colbert, ex-mormona de Salt Lake City, viaja por su propio país, luego por España y el País Vasco, hasta llegar a la República Dominicana en busca de información. El presunto punto de partida académico de Muriel y su recorrido geográfico le dan pauta a Vázquez Montalbán para tocar, sin banalidades, puntos de gran relevancia y vigencia como el compromiso ético de los intelectuales, en este caso en Estados Unidos; la participación y el papel del investigador en las pesquisas académicas; el estado actual de la sociedad española contemporánea, en la que intentan convivir distintos nacionalismos arraigados; las secuelas inevitables de deterioro y desmoralización en un país como la República Dominicana, después de treinta años de férrea dictadura (“Las dictaduras son panteístas, el dictador consigue depositar un pedacito de sí mismo en todos los demás”); la relación subterránea de los Estados Unidos con países como la República Dominicana en tiempos de Trujillo y después, así como con facciones, grupos o partidos en pugna de diversas tendencias y nacionalidades; y el estado actual de la izquierda en España y en Latinoamérica.

En esta novela poliédrica, Vázquez Montalbán transita de la segunda a la tercera persona. La segunda persona es en realidad una primera persona disfrazada que encarna en monólogos, lo que permite al autor profundizar en los personajes centrales de su narración: la investigadora Muriel, el agente estadunidense Robert Robards, el pintoresco don Angelito Voltaire O’Shea Zarraluqui, hasta llegar a una exitosa y verosímil recreación de las últimas horas posibles en la vida de Galíndez.

Vázquez Montalbán es inmisericorde con sus personajes. Ilumina sin piedad muchos de los recovecos y las oscuridades de Muriel y Galíndez, que contribuyen a redondearlos, otorgándoles hábilmente una complejidad convincente.

Para Vázquez Montalbán la realidad es más bien gris, en tonos oscuros. Desde la perspectiva del desencanto y del suspenso más policiaco que académico, y admitiendo desde el inicio que no existe una verdad única para nada, reconstruye un mosaico verosímil del caso Galíndez. El escritor mismo sigue los consejos que el Dr. Radcliffe, el académico estadunidense, le da a su alumna y ex-amante: no hay una realidad única. Al intentar reconstruirla sólo se puede aspirar a una aproximación a la Rashomon de Kurosawa (o a la Cuarteto de Alejandría de Durrel). Vázquez Montalbán logra entretejer las vidas particulares de sus personajes con la trama más amplia de la desaparición del vasco, manteniendo la tensión narrativa.

La novela progresa en contrapunto. Por un lado sigue a Galíndez en una versión posible de lo que fueron sus últimas horas y, por otro, al resto de los personajes en el camino de su destino.

Como en muchas otras novelas sobre el tema, uno de los ejes importantes es la figura del dictador. Trujillo sólo aparece en una escena, cuando se enfrenta a un Galíndez secuestrado y torturado. Aquí es clara la denuncia a la dictadura. Pese a que en realidad el desenlace del secuestro de Jesús Galíndez se da por hecho, Vázquez Montalbán crea toda clase de expectativas para llegar a ese punto.

En un remedo de juicio, el “Benefactor” y un militar revisan las afirmaciones de Galíndez en su libro La era de Trujillo. El vasco se defiende afirmando que no todo es negativo, y con el argumento de que su libro es fruto de un trabajo científico, como un eco de las supuestas pretensiones académicas de Muriel. Lo que más molesta a Trujillo son las difamaciones a su familia, en particular a su hijo “Ramfis”.

El tratamiento del dictador es relativamente convencional, pero pertinente dentro del contexto del resto de la novela. Su influencia y control, como en muchas otras novelas, es total. De hecho, de alguna manera se extiende más allá de la muerte del propio Trujillo, treinta años después, y alcanza a la académica estadunidense, embarcada en varias búsquedas simultáneas, en ámbitos de muy distinta índole.

En su intento de conocer y entender a Jesús Galíndez, Muriel Colbert utiliza su investigación académica como punto de partida para un rastreo de su identidad, en la eterna búsqueda del sentido de la vida. Desde el papel de una supuesta investigadora científica, Muriel llega a convertirse en actriz de una trama, de inicio propia, donde termina por desempeñar un papel predeterminado, a cuyas líneas ella ha contribuido, no obstante, en una única representación.

La desaparición original de Galíndez obedeció a la voluntad de imponer un silencio mortal a la crítica. Las otras muertes -la del piloto que lo trasladó de Nueva York a la Dominicana, la del doctor que certificó la muerte “accidental” del piloto- cumplieron el mismo propósito. La imposición de este silencio, la voluntad de borrar las huellas, que proviene de una cadena de decisiones de alto nivel, tomadas “fuera” de la novela, es el sello de estas muertes. Pese a que en el caso específico de Galíndez la orden de su muerte procedió directamente del “Benefactor”, en la novela no distinguimos a la cabeza o a las cabezas responsables de la imposición del silencio, y eso agrega un aterrador tinte metafísico que apunta a una suerte de sangriento deus ex machina, capaz de decidir a su capricho sobre las vidas de los personajes. Sin embargo, nunca hay la sensación de que éstos sean títeres; fatalismo, tal vez, a la griega, en la medida en que los personajes se enganchan en la tragedia por el impulso de sus propias debilidades. Así, el destino de Muriel quizás era previsible, pero eso no le resta fuerza a la novela, cuyo logro fundamental reside en esta dinámica entre las características de los personajes y una trama que termina por rebasarlos. Pero la sangre no deja de correr. El segundo desenlace queda abierto y fuera de la novela, y constituye un eslabón más de la violencia sin término.

Dos versiones de la Revolución mexicana

· John Mason Hart

El México revolucionario.

Gestación y proceso de la

Revolución Mexicana

Alianza Editorial

México, 1990

. Ian Jacobs

La Revolución mexicana en

Guerrero. Una Revuelta de

Rancheros

Era

México, 1990.

Cuando teorías, paradigmas y sistemas políticos se encuentran en entredicho en el final del siglo XX, resulta increíble que la Revolución mexicana mantenga un aliento renovado como para provocar todavía el interés de investigadores nacionales y extranjeros en la búsqueda de hechos desconocidos y de interpretaciones novedosas. A principios de los sesenta, cuando oficialmente se celebró su cincuentenario, se pensó que lo sabíamos todo; pero al final de esa década nuevas investigaciones con enfoques diferentes mostraron escenarios y procesos poco conocidos o de plano olvidados.

El boom que se produjo a partir de las obras ya clásicas de John Womack, Luis González y Arnaldo Córdova, continúa dando frutos y ampliando la panorámica de la historia de la primera Revolución de la época contemporánea. La nueva historiografía pudo diversificar las interpretaciones pasando por los trabajos de Friedrich Katz para llegar a Francois Xavier Guerra y Alan Knight; y abundar en los casos regionales para enriquecer las historias generales, en particular con las investigaciones de Romana Falcón, Heather Fowler Salamini, Thomas Benjamin, Antonio García de León y muchos más.

Estas dos vertientes, la de la historia regional y la de la historia general, se encuentran entreveradas en las tres revoluciones que con gran intuición descubre Carlos Fuentes en el imaginativo prólogo al libro de John Mason Hart, El México revolucionario. Gestación y proceso de la Revolución mexicana. Tanto la revolución agraria como la proletaria y radical fueron desplazadas por la centralizadora y modernizante.

Resulta sintomática la atracción que aún ejerce la Revolución mexicana en los numerosos títulos aparecidos el año pasado, entre ellos también el de Ian Jacobs, La Revolución mexicana en Guerrero. Una revuelta de rancheros, aunque fue publicado por University of Texas Press desde 1982. Aunque con retraso, el público interesado tiene acceso finalmente, después de casi una década, a un trabajo que resultaba inaplazable dados los conocimientos escasos sobre la región y, por lo tanto, del movimiento que estudia. Había, no obstante, los avances de los estudios de Paco Ignacio Taibo II y de Renato Ravelo Lecuona.

Tanto el libro de Hart como el de Jacobs resultan de la disyuntiva de la nueva historiografía que opta por la historia general o por la historia regional. Sin ser completamente antagónicos, los enfoques son diferentes. El primero busca hacer una interpretación general apoyándose en el dato específico que abarca todos los elementos y niveles de la sociedad. El segundo entiende que la profundización de esos mismos elementos y niveles en el marco de una región pueden incidir igualmente en el devenir de una sociedad, limitándose igualmente a un determinado momento histórico. Cualquiera que sea el punto de partida puede hacer aportaciones significativas para entender y revalorar la historia de nuestro país.

El interés de Hart es el de mostrar la continuidad de la lucha social en México desde los lejanos tiempos de la Colonia para explicar la caída del ancien régime y finalmente el estallido revolucionario. El autor no sólo se detiene para contar el abanico de problemas del país durante el siglo XIX, sino que en el apartado sobre “El campesinado” recupera algunos de los trasos de la época colonial. Al respecto, Fuentes afirma: “Nada parece estar totaltalmente cancelado por el futuro en la experiencia mexicana: formas de vida y reclamos legales que datan de la época de los aztecas o de los siglos coloniales son aún relevantes en nuestros tiempos”. No obstante, en los otros apartados sobre los sujetos sociales, “Artesanos y obreros urbanos”, “La pequeña burguesía y las élites provincianas”, el autor no tiene que ir tan atrás y se limita a ubicarlos en la lógica de la crisis del siglo XIX que desemboca en el Porfiriato y en la avalancha social que lo hace caer.

Si la Ley Lerdo, traducida en las leyes de manos muertas, permitiera entender el descontento que llevaría a los campesinos a sumarse a las fuerzas revolucionarias, resulta más osado decir que “… El descontento del artesanado y obrerismo urbano, arraigado en las luchas laborales de la época colonial y la independiente, desempeñó un papel capital en la preparación y proceso de la Revolución mexicana. En cambio, los desacuerdos políticos de las élites se inician propiamente con las rivalidades de los liberales que más adelante permitirán explicar el desacato a la autoridad de Díaz. Si bien es cierto, como ya lo explicó Katz, la Revolución fue ante todo producto del desacuerdo de los grupos políticos con escasa o nula participación política ante las decisiones de un reducido y cerrado grupo gobernante que orientaba unilateralmente el destino del país, desde una posición centralista para gobernar con efectividad un territorio disperso y desagregado por la ausencia de comunicaciones. Así, la creciente disparidad entre la ciudad de México y el resto del país, fue el motivo de la rebelión de la Noria en 1872-1873 que alentaría la rebelión de Tuxtepec en 1876.

Cuando Hart entra a explicar el Porfiriato está en un terreno más seguro, reforzado por su enorme conocimiento del tema. “La durabilidad del sistema de Díaz, con base en alianzas políticas y con las élites provincianas subordinadas y los elementos moderados del movimiento obrero, corrió pareja con el vigor del desarrollo económico, en su mayoría financiado desde el exterior. La supervivencia del régimen se cimentó en la continuada alianza de las élites provincianas, aunque requirió que la economía nacional no dejara de prosperar”.

Por su parte, Ian Jacobs, partiendo del supuesto de la centralización política durante el Porfiriato, descubre uno de los tres componentes del estallido de la Revolución mexicana en Guerrero; el segundo fue la fragmentación del proceso, lo cual le permite afirmar que no fue una sola sino muchas revoluciones. El tercero “fue el papel de los sectores medios, y en particular de un grupo tristemente desdeñado de la historiografía mexicana: el ranchero o pequeño propietario”.

Díaz tuvo que enfrentarse al poderoso cacicazgo de los Alvarez en la Costa Grande cimentado en la larga historia de la familia y de su influencia en Guerrero. Díaz, al igual que Juárez, recurrió a todos los dispositivos de la intervención federal para dar juego a las facciones beligerantes como las de Arce, Neri y Jiménez para debilitar a Alvarez. Sin embargo, cuando terminó el longevo cacicazgo de más de sesenta años de los Alvarez, la oposición a Díaz se desplazó hacia las clases medias a quienes había dado tantas alas.

Las fuertes tendencias centralizadoras del caudillaje de Díaz provocaron una serie de agravios entre los diferentes sectores guerrerenses desplazados por políticos fuereños. Fueron, sin embargo, los rancheros, nuevo producto del cambio social en el campo mexicano, quienes enarbolaron la bandera antiporfirista volviéndose contra el régimen que les dio vida. La revolución estalló en Guerrero como producto de “la resistencia local a la centralización progresiva y al surgimiento de un estado nacional que trataba de pisotear la autonomía del estado”.

Los rancheros en Guerrero, a diferencia de otros estados, no hubieran alcanzado tan rápido crecimiento sin la desamortización que les trajo la prosperidad que se reforzó durante el Porfiriato. Aunque no cesaron los conflictos por terrenos comunales, los ranchos pudieron convivir con las haciendas. Los hermanos Figueroa que iniciaron la revolución en Guerrero procedían de una sociedad ranchera, heredera, además, de una tradición liberal, incluso no creyeron que el problema agrario fuera “causa seria” de la Revolución. Para Francisco Figueroa “los principales objetivos de la revolución eran establecer una efectiva democracia y la autonomía municipal, suprimir el cargo de prefecto político, abolir ciertos impuestos que se consideraban injustos y reducir el nivel general de los impuestos. En particular era importante que la gente de Guerrero recuperara su debido lugar en el gobierno de su estado”.

Coincidentes con el programa de Madero, los revolucionarios guerrerenses se levantaron contra el autoritarismo y la imposición del centro y por el sufragio efectivo. Coincidentes con los postulados del maderismo, consideraron la defensa de la democracia y de la autonomía municipal: “Guerrero para los guerrerenses, ha dicho con orgullo la revolución”, clamaba Francisco Figueroa el 15 de noviembre de 1911. Fue ese prioritario interés en la política y no en la solución del problema agrario lo que hizo inevitable la ruptura entre los revolucionarios guerrerenses y el zapatismo.

La tensión entre Figueroa y Zapata fue utilizada por los grupos más poderosos del estado de Morelos que veían en la llegada a la gubernatura de Ambrosio el medio de neutralizar a las fuerzas agraristas del zapatismo. No obstante, Zapata y sus aliados locales en Guerrero lograron notables éxitos en 1914 cuando la estrella de los Figueroa y de los rancheros de herencia liberal se apagaba. Si bien el zapatismo logró el control en ese estado, “la fragmentación y el faccionalismo” del movimiento revolucionario motivaron su pérdida.

Hart reconoce, por su parte, que los intereses de los revolucionarios no coincidían y esto en cierta forma se explica por la concepción capitalista y provinciana de Madero, resumida en el choque de intereses de clase entre lo que su padre consideró “nuestros 18 partidarios millonarios” y los mineros norteños, rancheros, campesinos y agraristas.

Así, aunque existen coincidencias entre los dos autores, las diferencias son importantes de considerar.

Para Hart la Revolución mexicana es producto de la continuidad de la lucha social en el país desde los lejanos tiempos de la Colonia, teniendo en la problemática agraria uno de sus pivotes. La concibe, además, como una movilización de masas coincidentes con los intereses de las élites provincianas revolucionarias.

Para Jacobs la Revolución obedeció al descontento político y al clamor por la democracia de sectores como los rancheros, fortalecidos en el Porfiriato, y no precisamente a la acción de los grupos más desposeídos o los más explotados. Tanto Guerrero, como Chihuahua o Tabasco, para citar otros ejemplos, muestran las evidencias de revolucionarios que no siempre coincidieron con la Revolución agraria de Zapata.

La participación extranjera tiene un papel decisivo en Hart. El grueso de las inversiones estadunidenses y la venta de armas inclinaron la balanza hacia alguno de los bandos en pugna. La cantidad de archivos consultados, y los datos no mienten, le ayudan a demostrar sus hipótesis, pero esto no sólo sucedió en la Revolución mexicana. ¿Acaso otras revoluciones no tuvieron también la presencia indiscutible de los países más poderosos definiendo los bloques y campos de influencia? Su carácter universal, por otra parte, no se encuentra solamente en las coincidencias con las revoluciones de Irán, China y Rusia -que él mismo ejemplifica- sino en aquellos postulados orientados a cambiar el orden establecido que se agotó durante el siglo XIX.

La presencia extranjera para Katz adquiere una mayor interrelación con el complejo juego de intereses “nacionales”. Hart exagera al considerar que la mexicana fue la primera revolución antimperialista porque había un descontento generalizado respecto a la intervención de Estados Unidos tanto en la economía como en la política. Para él las revueltas orozquista, huertista, villista y finalmente la de Adolfo de la Huerta fueron definidas por lo “crucial” de la participación de Estados Unidos.

En el caso de Jacobs, la Revolución mexicana tuvo un carácter definitivamente endógeno y aunque no ignora la participación de los capitales extranjeros y en particular el estadunidense en la región de Guerrero y Morelos, considera que no tuvieron un peso tan definitivo en las razones del descontento y se une con equilibrio a las condicionantes internas definidas principalmente por el juego de intereses nacionales y locales. La explicación se encuentra en las raíces mismas del proceso de desarrollo interno y por los cambios producidos en el país y en la región de Guerrero en los últimos años del siglo XIX.

Tanto para Hart como para Jacobs los cambios políticos hacia el gobierno constituido después de 1917, contaron con la presencia indiscutible del reformismo del general Alvaro Obregón que logró limar las asperezas surgidas al calor de la batalla, haciendo lo que Carranza estaba imposibilitado a hacer. Sin embargo, al referirse a Calles, Hart califica en lugar de analizar, debido probablemente a su pasado como estudioso del movimiento obrero; retoma las tesis de la escuela soviética de historia para considerar que “el estilo de gobierno de Calles parecía derivado de su experiencia como jefe de la policía de una ciudad fronteriza con una ‘zona de tolerancia'”. Un análisis más objetivo y no por ello menos crítico, le permitirían considerar algunas de las realizaciones del gobierno callista que abrieron brecha al nacionalismo cardenista.

El libro de Jacobs se ubica en la corriente de la historiografía regional para dar un paso más en el conocimiento de la especificidad de la Revolución en Guerrero, añadiendo un mosaico más al gran mural de la historia de la Revolución mexicana. El de Hart es un libro indispensable para la consulta por su inagotable información procedente de numerosos archivos y para reconocer, una vez más, la importante dependencia de México hacia Estados Unidos aunque su propuesta general se mantiene en medio de las tensiones entre la vieja y la nueva historiografía.

Regreso a la era clásica

Juan Molinar Horcasitas

El tiempo de la legitimidad.

Elecciones, autoritarismo

y democracia en México

Cal y arena

México, 1991

268 pp.

“El tiempo de la legitimidad” al que se refiere el título de la obra de Juan Molinar, es el tiempo prometido a los mexicanos por sus élites gobernantes desde el inicio mismo de la historia de México como nación independiente, pero es el tiempo que aún no ha llegado. En esta obra se encuentra minuciosamente descrito y analizado el largo y tortuoso camino electoral que el México del siglo XX ha seguido para retrasar o acelerar -depende de la perspectiva y posición que cada actor tome- su cita con la democracia.

En las democracias políticas reales, la literatura sobre el sistema de partidos y el sistema electoral es abundante. Por ejemplo, el resultado del análisis electoral en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Inglaterra, bien puede llenar en cada caso una biblioteca de buen tamaño. En México, en contraste, cuando más llenaría un estante de dimensiones modestas.

En vista del hecho anterior, no hay duda que el trabajo de Juan Molinar busca llenar un espacio que por largo tiempo ha estado vacío: el espacio que corresponde al tema electoral. La marginación de lo electoral se encuentra tanto en la producción de los científicos sociales mexicanos como en la de los mexicanólogos extranjeros. Por muchos años ambos, estudiosos nacionales y extranjeros, decidieron que la explicación del fenómeno político mexicano se podía encontrar por vías más directas y ricas que la historia y el análisis de los procesos electorales; después de todo, es bien sabido que las cifras electorales en México siempre han sido manipuladas, nunca han reflejado la realidad de las preferencias ciudadanas, y que las elecciones no deciden nada sustantivo, simplemente ratifican decisiones previamente tomadas en otros ámbitos. Las decisiones políticas sustantivas -quién obtiene qué cosa, cómo y cuándo- y las urnas son, en México, realidades que no coinciden.

El análisis de Juan Molinar parte del supuesto de que en México vivimos en un sistema de elecciones no competitivas. Y elecciones sin competencia son, por definición, elecciones sin sustancia. Pese a ello, el autor se convenció, y se propone convencer a los lectores, de que la ausencia de competencia no significa ausencia de importancia de las elecciones como indicadores de la realidad del poder en México. Así pues, leer El tiempo de la legitimidad no es otra cosa que recorrer de la mano de Molinar una vía poco transitada -por ser poco atractiva- para llegar al corazón del sistema político mexicano, al meollo del autoritarismo mexicano.

A mi juicio, Molinar tiene un rotundo éxito en su propósito. Usando el análisis electoral, las tres primeras partes de la obra constituyen una periodización- y por tanto una explicación- de la historia política mexicana desde el fin del periodo de la guerra civil revolucionaria hasta la actualidad. Una explicación original, sustantiva, que no sustituye sino complementa a las ya existentes.

El tiempo de la legitimidad caracteriza al sistema político que corre de la victoria revolucionaria al ascenso al poder del general Cárdenas, como un sistema multipartidista donde las regiones y sus subsistemas políticos tenían una gran capacidad de acción independiente y podían negociar con el centro de una forma que hoy sería imposible. Luego, entre 1933 y 1938 México vive la formación del partido único y que incorpora al grueso de las fuerzas sociales relevantes. Entre 1938 y el inicio del gobierno de Miguel Alemán, Molinar no ve otra cosa que una etapa de transición que termina en 1946, cuando la legislación electoral de ese año abre el camino a lo que es, desde el punto de vista del sistema de partidos, el inicio del México contemporáneo.

Y aquí están las tres etapas que realmente concentran de manera magistral el esfuerzo e imaginación de historiador político de Juan Molinar. La primera, la etapa formativa, abarca de 1946 a 1963, la siguiente es la clásica, que va de 1963 a 1976, y después la posclásica, que llega hasta 1985. ¿Y de 1985 para acá? Ahí está el gran desafío que este libro hace a su autor, pues la última parte de la obra se titula “Hacia la crisis final”, es decir, hacia la desaparición del sistema de partido hegemónico. Sin embargo, lo ocurrido el 18 de agosto de 1991 hace necesario replantear la visión (y darle un nombre más claro a la etapa que va de 1986 a la fecha), pues todo indica que se inició un proceso inesperado por llevar al sistema electoral mexicano -y a su sistema político en general- al “clasicismo”. Así pues, las circunstancias le han dado un carácter muy peculiar a este libro: apenas acaba de ver la luz y ya está pidiendo, demandando, la segunda edición, corregida y aumentada.

En la parte final de la obra, fechada en mayo de 1991 en La Jolla, California, donde cursa el doctorado en ciencia política, Juan Molinar se refiere a la posibilidad de que en las elecciones federales que estaban por venir, la oposición, en particular la que hasta ese momento había colaborado con el gobierno salinista, el PAN, no sancionara la limpieza de la elección al no lograr lo que esperaba -una o dos gubernaturas, varios senadores y una presencia en la Cámara de Diputados, “suficiente para seguirle otorgando veto sobre reformas constitucionales”.

El PAN ya puso en duda la legitimidad de los resultados de las elecciones de 1991; la aplastante victoria del PRI hizo retroceder a la oposición a tiempos que se creían superados, entre otros, por el propio Molinar. Obviamente, la oposición de centro-izquierda hizo lo mismo. Y con esto México sigue viviendo, prolongando, la época de las elecciones sin credibilidad.

En la última parte del libro, Molinar sostiene, con base en lo ocurrido hasta antes de las elecciones federales de 1991, que el sistema de partido hegemónico había entrado en su “crisis final, definitiva”. Por tanto, propone que la tarea futura de los diferentes actores políticos mexicanos sería, ni más ni menos, la articulación de la alternativa que debería reemplazar a ese sistema de partido hegemónico que ya no corresponde a las nuevas circunstancias pluralistas de México y el mundo. Así pues, lleno de optimismo, el autor nos proponía y se proponía trabajar en un tema que teórica y prácticamente sería difícil, pero lleno de vitalidad: la transición a la democracia.

Desafortunadamente para Molinar y para muchos otros mexicanos que comparten sus valores políticos -los democráticos-, ese no va a ser el caso. En el futuro inmediato las energías del autor van a requerirse para explicar el cómo, el porqué y las consecuencias, la peculiar evolución del sistema electoral y de partidos de México que, siguiendo los términos del libro, se ha movido del periodo del posclasicismo hacia atrás: hacia la etapa clásica.

Pero antes de seguir adelante, deseo detenerme en la naturaleza de las etapas recorridas por el sistema de partidos mexicanos de 1946 a la fecha, y que constituyen el corazón de la obra. Se trata de capítulos bien pensados, llenos de datos y, sobre todo, de interpretaciones basadas en una lectura concienzuda de las obras relevantes, mexicanas e internacionales.

La etapa formativa (1946-1963) es notable por su flexibilidad en torno al número de partidos que entran en la contienda, y la pérdida de terreno, paulatina pero constante, del partido oficial. El periodo concluye cuando el régimen decide centralizar el proceso electoral a fin de cerrar avenidas a la oposición partidista.

La etapa clásica (1963 a 1976) lleva a una vida política electoral -y también la otra- muy controlada y centralizada, pero ese control que impidió cualquier sorpresa en las urnas tuvo un costo: la deformación de la representación, la exclusión de actores políticos importantes y la natural falta de credibilidad de elecciones rigurosamente controladas.

El periodo posclásico (1976-1985) es el de las reformas que tratan de volver a abrir espacios a la lucha partidista, de dar posibilidades a las minorías políticas hasta entonces excluidas, pero sin permitir que el PRI perdiera su carácter de partido hegemónico (“lo que resiste, apoya”). Para los comicios de 1982 ya había 9 partidos en el juego electoral. Pero la resistencia de esos apoyos terminó por ir más lejos de lo esperado. El caso de Chihuahua en 1983 (cuando ganó la oposición) y 1986 (cuando el PRI venció sin convencer) mostró los límites del reformismo. Y aquí una nota al margen, el análisis del caso Chihuahua llevó a Juan Molinar a realizar un estudio ejemplar, que desenmascaró el fraude usando los propios datos oficiales. Pero volviendo al tema, ya para 1985 el gobierno encontró que en 15 de las 20 ciudades más importantes el abstencionismo era muy elevado (superior al 55%) o la votación para el PRI muy poca (por debajo del 50%). En el mediano plazo el PRI, y el sistema en su conjunto, entrarían a un callejón sin salida. A un aceleramiento de la ilegitimidad.

En la página 160 Juan Molinar incluye una gráfica muy ilustrativa: es la proyección de las tendencias en cada una de las tres etapas descritas, y las tendencias de la última que se inició en 1976. Aquí se muestra que de haber seguido las cosas como estaban en 1985, en 1988 el PRI habría obtenido poco menos del 60% de los votos y en 1991 apenas el 50%. Los resultados, al menos los oficiales, nos dicen que las cosas no fueron así; en 1988 la baja fue mayor, pero en 1991 hay una recuperación que las tendencias no pueden explicar. Los resultados anunciados en 1991 corresponden a la proyección de eso que el autor llama la etapa clásica. Hemos vuelto a encontrarnos con el pasado, con la edad de oro del sistema político mexicano por lo que a elecciones se refiere. Desafortunadamente esa época clásica, según el autor, fue también la época de ineficiencia creciente de las elecciones para sostener la credibilidad del régimen.

El tiempo de la legitimidad es un texto en el que con envidiable soltura se combinan elementos cuantitativos con cualitativos, el texto con las gráficas. Lo mismo se abordan temas legales que sociológicos, económicos que políticos. Se ven pasar por estas páginas al gobierno, a los partidos, a sus candidatos y a las elecciones, pero también están los esquemas macropolíticos, las formaciones de bloques según unos ejes táctico-estratégicos e ideológicos: un trabajo a la altura de la mejor ciencia política.

Al llegar a la última parte, a la que el autor denominó “La caída del sistema”, se afirma que la victoria electoral del PRI en 1988 significó no sólo un triunfo forzado, sino también “la quiebra del sistema de partido hegemónico… Se salvó la parte principal del sistema (el PRI) pero se agotó el sistema en su conjunto”. Ante este diagnóstico el autor asegura, confiado, que la competitividad real que se manifestó en el 88 “sentó las bases para una transición democratizadora, pero el proceso que produjo esos resultados fue tan conflictivo y complejo que mermó los márgenes de acción de todos los actores y dificultó la construcción política de esa transición”. Pues bien, Molinar resultó el profeta que no pretendió ser, las dificultades de esa transición posible fueron tantas… que finalmente no se dio. Y seguimos en la búsqueda del tiempo de la legitimidad.

nexos con los libros

Lo demás es literatura

Augusto Monterroso

en Ediciones ERA

México, 1959-1987.

Parece fácil. En primer lugar porque se sabe breve, proverbialmente breve; en segundo, porque se supone humorística, esto es divertida, ligera, graciosa; finalmente porque, si bien culta y abigarrada de referencias literarias y aun de locuciones latinas, no se considera erudita ni petulante, antes bien: sencilla, modesta, accesible, capaz de infiltrarse con legitimidad en los libros de texto de primaria y clandestinamente en los cuadernos de composición donde los alumnos deberían escribir sus propios textos y no plagiar, por ejemplo, la fábula de “La mosca que soñaba que era un águila”.

Parece fácil leer la obra completa de Augusto Monterroso. Parecería fácil, por tanto, escribir algo sobre ella ahora que la Editorial ERA ha renovado, con el doble gusto de Vicente Rojo -el buen gusto y el entusiasmo- la edición de los siete volúmenes que, sin tomar en cuenta préstamos y duplicaciones, constituyen hasta ahora (porque ya habrá otros cuentos) las obras completas de Monterroso, a saber:

· Obras completas (y otros cuentos), 1959.

· La oveja negra y demás fábulas, 1969.

· Movimiento perpetuo, 1972.

· Lo demás es silencio, 1978.

· Viaje al centro de la fábula, 1981.

· La palabra mágica, 1983.

· La letra e, 1987.

Por más que en su transcurso se vaya adquiriendo la confianza que va del augusto Augusto al cariñoso Tito, no es fácil la lectura de la obra completa de Monterroso. La brevedad, que no es tal en el conjunto de la obra aunque breves sean los textos que lo forman, más bien es densidad y constricción que impiden el deslizamiento de una página a otra -ya no digamos de un libro a otro- porque obligan a la relectura, a la meditación, al reposo. El humor, eficaz contraparte de tal densidad, con frecuencia provoca el enrarecimiento de los textos que, así alterados, cobran imprevisibles significaciones. Las referencias literarias, introducidas con la naturalidad doméstica de quien tiene desperdigadas las más diversas ediciones de El Quijote por todos los aposentos de la casa para poder leerlo permanentemente, configuran, a fuerza de entrecruzamientos y reiteraciones obsesivas, una trama intertextual asaz compleja donde se funden y confunden las voces de los innumerables escritores que componen el universo literario de Monterroso.

Así las cosas, recorrer su obra es una tarea ardua justamente por aquello que en principio la haría tan llevadera: la brevedad, el humor, la sencillez de la referencialidad literaria. Pero si es difícil la lectura, con mucho mayor razón la escritura a su propósito. Difícil y acaso inútil, cuando no contraproducente.

Si la brevedad es la expresión más evidente de una poética que busca la quintaesencia de lo que ha de escribirse y para alcanzarla se esfuerza en podar, en limpiar, en corregir infatigablemente, ¿para qué desglosar con palabras necias y gratuitas el texto de referencia, feliz en su economía y en su concisión? Más absurdo aun que analizar lo que desde su génesis quiso ser sintético es tratar de definir el humor de Monterroso sin caer en la explicación que lo elimina o en la solemnidad propia de toda exégesis que el humor, precisamente, trata de combatir. Por último, escribir sobre un escritor cuya referencia predominante es la escritura sólo añade un eslabón más a la cadena de la escritura de la escritura de la escritura…, lo que en vez de aclarar las cosas puede oscurecerlas.

No obstante semejantes adversidades, en este momento en el que me aproximo peligrosamente a la mitad de estos comentarios, después de lo cual, como dice Monterroso, uno corre el riesgo inevitable de decir tonterías, diré algo, ciertamente, muy breve; algo sobre la brevedad que desglose el aforismo paradójico al que quisiera limitar mis comentarios: la obra de Augusto Monterroso no es breve. Algo diré del humor, para corresponder al guiño cómplice de Tito. Y algo, por fin, de esta obsesión metaliteraria de Monterroso que lo impulsa a escribir no sólo que escribe sino más inusitadamente, más dolorosamente, a escribir que no escribe. 

Ciertamente, como breve han presentado la obra de Monterroso quienes han transferido su gusto por la lectura al oficio de la escritura de ese gusto: “A los críticos, siempre distraídos -dice el autor del cuento más breve del mundo- les es más cómodo leerme a la carrera y dar la idea de que siempre escribo cosas de una línea como ‘El dinosaurio'”.(1) Si no todos los textos de Monterroso se caracterizan por la brevedad, la inmensa mayoría de ellos goza de esa saludable condición que recomendaba y aplaudía Gracián, aun cuando, en su caso, se trata más de una dimensión cualitativa que cuantitativa porque para Monterroso la brevedad es la formalización necesaria de una poética que se cifra en la economía verbal y que anhela la perfección: “Yo no escribo – dice-, yo sólo corrijo”.(2) Vista así, como destilación de una abundante materia prima, la brevedad es un logro del estilo, si bien supone una limitación dolorosa: “amo y odio la brevedad” confiesa Monterroso en alguna entrevista de las recogidas en Viaje al centro de la fábula. El amor se debe al gusto por la sustantividad, por la precisión, por la contundencia de que disfruta su prosa; el odio a la imposibilidad o al miedo de escribir textos extensos. “Si pudiera -añade- escribiría cosas muy largas”.(3) Es como si tuviera condición de poeta y fuera sometido al ejercicio de la prosa por lo que la poesía tiene de síntesis verbal, a diferencia de la prosa que acaso debería correr sin más miramientos que el propio ritmo de la inteligencia que la anima. Así, pedirle a Monterroso que escriba textos largos sería como pedirle a un poeta que escribiera un folletón o, para utilizar un símil de Gabriel Zaid, a un miniaturista que pintara un mural. Sin embargo, Monterroso no es, de ninguna manera, un poeta que escribe prosa, sino un escritor que se esfuerza en limpiar, en quitar excesos y adornos, en buscar la palabra justa y aun en neutralizar el texto, esto es sustraerse él mismo del discurso, con la misma disposición con que un poeta se esfuerza en hacer que cada verso brille y logre permanecer con fidelidad textual en el alma y en la memoria de quien lo lee.

(1) Augusto Monterroso, Viaje al centro de la fábula, Ediciones ERA, México, 1989, p. 96.

(2) Augusto Monterroso, La letra e, Ediciones ERA, México, 1987, p. 29.

(3) Augusto Monterroso, Viaje al centro de la fábula, p. 95.

Otra de las características que suelen atribuirse, indiscriminadamente, a la obra de Monterroso es el humor: “no puedo negar -dice el propio autor de La oveja negra y demás fábulas- que en muchos de mis cuentos hay humor, pero observo que con frecuencia eso ha contaminado el resto a los ojos de los lectores”.(4)

(4) Ibidem. p. 90.

No toda la obra de Monterroso tiene el sentido del humor con que se le ha tipificado de manera harto reductora; por lo menos no el sentido del humor que se asocia con lo chistoso o se define por la risa que provoca, pues a menudo se endereza a criticar, con ingenio y agudeza, pero también con amargura y desesperanza, los despropósitos del ser humano, que se empeña hasta el ridículo en vanos afanes. Para Monterroso, el humor no reside tanto en el sujeto de la escritura sino en su objeto: la realidad misma: “el humor es el realismo llevado a sus últimas consecuencias” -dice, y añade-: “si la realidad monda y lironda […]; si el espectáculo humano, puesto así, tal como es, a algunos les produce risa, eso es otra cosa, y a veces pasa tiempo darse cuenta de que es más bien como para llorar”.(5) Monterroso tiene una particular visión para advertir la ridiculez humana y una finísima inteligencia para describirla. Dispone, además, de un generoso acervo de recursos literarios, manejados con maestría gracianesca; la hipérbole, que le permite exacerbar hasta el ridículo los lugares comunes; la paradoja, mediante la cual invierte y por tanto subvierte los valores tradicionalmente establecidos; la ironía, que le confiere al humor una viscosidad amarga y crítica, y la parodia, recurso por excelencia de Monterroso, que le da a su obra la dimensión metaliteraria que lo caracteriza, al montar su discurso sobre otro discurso al que escarnece, recrea, critica o rinde pleitesía.

(5) Ibidem. p. 96.

Independientemente del género -o los géneros, con frecuencia híbridos- en que se expresa, Monterroso hace referencia constante y explícita a la literatura; sobre todo a los libros y a su lectura, porque es más lector que escritor, según él mismo dice, y porque su escritura se nutre sustancialmente de su lectura: “Todos los escritores son ladrones, unos más finos que otros. Naturalmente, los que no lo son, son los escritores pobres”.(6) Esto no significa que viva los libros sino que su vida misma se convierte en texto, en discurso, como decía Borges de sí mismo en una página memorable de El hacedor: “yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”.(7) Por su parte, Monterroso confiesa: “Existen los que dicen no haber vivido sino la vida de los libros. Yo no: he vivido, odiado y amado, gozado y sufrido por mí mismo; y he sido y mi vida ha sido eso; pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que siempre lo he hecho como si todo -incluso en las ocasiones de mayor sufrimiento y en el momento mismo de ocurrir- fuera el material de un cuento, de una frase o de una línea”.(8) Pero también se refiere obsesivamente a los trabajos del escritor y al resultado de tales trabajos. De ahí, acaso, su devoción por Cervantes y por Borges que a menudo hablan en su escritura de la escritura y que tienen como mundo de referencia, más que al real, al mundo discursivo de los libros. A pesar de los arduos y fastidiosos trabajos de la escritura, Monterroso trata de desmitificar la idea de que escribir es cosa seria: ni una tragedia, ni una necesidad imperiosa, ni la obediencia ciega a una vocación sino un divertimiento. “Escribir es una manía, una afición como cualquier otra, o una manera de llamar la atención o de satisfacer la vanidad como hay tantas. Si la cosa funciona y más o menos te gusta y le gusta a la gente, bien; si no, ¿a quién le importa? Creo que uno debe hacer este trabajo con cierto temor y con todo el perfeccionismo que su naturaleza le exija, pero con humildad y al margen de lo que hace para ganarse la vida”.(9) Me parece que hay que tomar tal opinión del trabajo literario más como un desiderátum de Monterroso que como una consideración objetiva. Si reduce la tarea literaria a un mero hobby es porque al desmitificar la importancia de la literatura, que suele magnificarse entre nosotros, le devuelve a la escritura la vocación de juego y de libertad que nunca debió perder.

(6) Ibidem. p. 86.

(7) Jorge Luis Borges, El hacedor, Emecé Editores, Buenos Aires, 1960. p. 50.

(8) Augusto Monterroso, La letra e, pp. 128-129.

(9) Augusto Monterroso. Viaje al centro de la fábula, p.

45.

De esta manera Monterroso intenta despojarse del miedo a escribir porque si la escritura es baladí, ¿a qué tantos desvelos?: “Es penoso -dice- ver sufrir a alguien en el empeño de hacer algo que de no ser hecho a nadie le importaría”.(10) Pero el miedo a escribir es menos atroz que el miedo a no escribir, el miedo al silencio, que es la frontera ignota que rodea y circunscribe la obra de Augusto Monterroso. Lo demás es silencio.

(10) Ibidem. p. 85.

nexos con la opinión pública

San Luis: Los motivos de la renuncia

Con objeto de conocer la opinión de la población sobre la renuncia de Fausto Zapata como gobernador de San Luis Potosí, Opinión Profesional, S.A. de C.V. realizó del 11 al 13 de octubre una encuesta en el Distrito Federal y otra en el estado de San Luis Potosí. En el Distrito Federal se levantaron 1,000 cuestionarios y en San Luis Potosí 2,000. La selección de los lugares en donde se aplicó el cuestionario fue al azar, identificando las áreas representativas de los distintos niveles de ingreso, y garantizando la distribución por edad y sexo según los datos demográficos del censo. Las muestras son representativas de la población de cada entidad. El cuestionario se aplicó en viviendas, corrigiendo las cuotas de edad y sexo en las calles.

La renuncia de Fausto Zapata como gobernador de San Luis Potosí generó opiniones encontradas entre los potosinos. La mayor parte de los encuestados se manifestó en desacuerdo con la renuncia, pero cree que de no haber ocurrido, habría habido violencia en el estado.

Fausto Zapata renunció como gobernador de SLP. ¿Está usted de acuerdo o en desacuerdo con su renuncia?

¿Cree usted que si Fausto Zapata no hubiera renunciado habría estallado la violencia en el estado?

¿Cree usted que con la renuncia de Fausto Zapata se tranquilizará la situación del estado?

En opinión de los potosinos, Fausto Zapata dimitió para evitar que hubiera violencia en San Luis y no porque existiera fraude en las elecciones pasadas. La mayoría considera que Zapata ganó las elecciones. Esto explica el desacuerdo con la renuncia, pero la aceptación de ella como una decisión conveniente para el estado. Es notable la diferencia de opinión al respecto entre la población del Distrito Federal y los potosinos. En la ciudad de México se cree que Zapata renunció porque las elecciones fueron fraudulentas. De hecho, en el DF se cree que Nava ganó las elecciones mientras que en San Luis se piensa lo contrario.

Dos gobernadores han renunciado por presiones de la oposición, ¿por qué cree usted que renunciaron: porque hubo fraude o por acabar con las protestas y evitar violencia?

Independientemente de los resultados oficiales, ¿quién cree usted que realmente ganó las elecciones?

¿Cree que la marcha de protesta que realizaba Salvador Nava a la capital es una acción adecuada o inadecuada?

¿Cree usted que este tipo de acciones es la mejor manera de plantear las inconformidades por los resultados electorales?

Esta opinión en San Luis coincide con un amplio rechazo a las actividades que Salvador Nava realizó para expresar sus inconformidades. Los potosinos consideran que la marcha a la ciudad de México fue una medida inadecuada y que no es la mejor manera de plantear las inconformidades. Probablemente este rechazo obedezca a la intranquilidad que la amenaza de violencia generó en el estado. En este caso también es notable la diferencia de opinión en el DF y en San Luis.

Tanto en la ciudad de México como en San Luis se cree que la renuncia de Zapata no fue una decisión propia sino que obedeció a instrucciones del Presidente. Entre aquellos que creen que se trató de una orden presidencial, la mayoría la considera una decisión correcta. Esta opinión está más extendida entre los defeños, quienes en general manifestaron mayor acuerdo con la renuncia que los potosinos.

¿Cree usted que la renuncia de Fausto Zapata fue una decisión tomada por él mismo o fue una orden del presidente Salinas?

¿Cree usted que la intervención del Presidente fue una decisión correcta o incorrecta?

Barcos a la deriva

Recuerdo una infancia feliz. Y cuando no puedo escribir la culpo de mi falta de temas. También la culpo cuando me encuentro incapaz de asumir la vida social como si en ella se me fueran las entrañas, cuando después de oír nueve veces la misma conversación sobre las elecciones empiezo a morirme de sueño o a soñar que estoy en cualquier otra parte, en uno de los veinte mil sitios a salvo de los análisis políticos y su murmullo incansable y reiterado.

En el mundo que ahora vivo mi familia de entonces hubiera sido calificada de banal. Lo que yo creo es que sus intereses estaban puestos en los disturbios y aromas de la vida privada. El mundo de la política era tan inaccesible y desquiciado, tan caprichoso e intocable, tan temido, que la gente se limitaba a ignorarlo.

Vivíamos regidos por ensueños que volvían importantes las cosas más triviales. Del mismo modo en que otros convierten en ensueños los resultados de unas elecciones, las cifras de los censos, las ocho columnas de los periódicos.

Se hablaba durante semanas de la fiesta para el día de la madre y durante semanas los niños aprendíamos bailes, canciones, poemas y caravanas en un sinnúmero de ensayos a los que regía una disciplina sólo comparable a la que usa Michael Douglas en la selección de los actores para su Chorus Line.

Más de veinte días se emplearon en hablar de los agujeros que le hizo Jaime al techo de la sala, del rasguño como de gato colérico que Daniel le dejó a Marta en la mejilla derecha, de la cicatriz que Verónica seguía teniendo en la pierna izquierda, del modo más eficaz para quitar los berrinches a Carlos, de la tarde de Navidad en que Sergio incendió el árbol con todo y esferas, de Diana la perra que estaba enterrada al fondo del jardín, de la cosecha de jitomates y gladiolas que el abuelo tenía en Matamoros, de cuál panadería hacía los mejores cocoles de anís, del último viaje que emprendió el tío Roberto, de para quién sería el escritorio de cortina del bisabuelo, de las paperas que le dieron a Lalo, de las pesadillas de Daniel, los quince años de Maicha y el chile con huevo y epazote que había guisado la abuelita. 

Durante años las conversaciones familiares han vuelto sobre los mismos temas con el mismo fervor, la misma desazón, iguales entusiasmos, idénticas discordias, innumerables y ardientes carcajadas, fieles congojas, nuevas complicidades.

Así como hace muchos años que los analistas políticos hacen el recuento de sus esperanzas, lamentan viejos vicios y perciben cambios insospechados.

Cada loco con su tema, cada quien su pasión y sus consuelos, cada cabeza como un barco a la deriva.

Algunos sacian su ánimo de batalla acompañando a Gorbachov por las revistas y los editoriales que siguen incansables su incansable litigio contra lo impredecible. Otros enloquecen porque una señora dijo que en su trabajo le habían dado diez credenciales de elector para que se las ofreciera a quienes considerara pertinente.

Un señor anda buscando pants de algodón por fuera y por dentro con la misma avidez de quienes buscan unas elecciones perfectas, unos niños quieren comprarse la cama elástica más grande del mundo, un intelectual dice que es mejor estar en Rusia donde sí pasan cosas aunque sean desagradables que estar en México donde no pasa nada, una mujer lo escucha exhausta mientras hace el recuento de todas las cosas que le han pasado sólo a su corazón y a su cabeza desde las seis de la mañana, un escritor famoso y fascinante esgrime la tesis que encuentra en los mexicanos la capacidad destructora más consistente del planeta, un niño se ata a la cintura la madeja de palma con la que irá tejiendo un sombrero por el que le pagarán a su familia doscientos pesos, también su madre teje un sombrero mientras hace sus faenas del día y lo mismo su padre mientras siembra y su hermano el menor y los demás. Todas las noches, implacable y vehemente, Amparo Montes canta en una cueva. En las mañanas abren las taquerías, danza la multitud camino al Metro, llega el cartero y silba el velador, se besan los amantes y, en cualquier parte, para no destruirse, los hombres y mujeres gozan el fervoroso circo de la reproducción.

Mientras, sobre la mesa, una mamá forra los libros de sus hijos con la misma aplicada minuciosidad con que vio a su madre forrar los de ella, y tiene de repente la sensación física del tiempo, ese enemigo que dicen que existe.

Disfruto a una amiga que se cura los miedos escalando montañas y a otra que se los cura padeciéndolos.

Conozco una mujer que se sueña oyendo locuras mientras anda por el malecón, otra que oye locuras a cualquier hora y acalla sus deseos con agua de jamaica y música sacra. La mezcla de las dos repite a Sabines bajo la regadera

eres como un milagro de todas horas,

como un dolor sin sitio

y a Luis Alcaraz en mitad de una junta

… prefiero la muerte

a la gloria inútil de vivir sin ti.

Si ella viera a su padre volver del otro mundo una mañana, le diría que cinco años después de su muerte aparecieron en México las uvas dulces de las que él tanto hablaba, pero quizá tendrá que morirse sin decírselo.

Si ella fuera embarcación le gustaría ser velero. Deslizarse empujada por los azares del viento, no tener prisa ni rumbo, no hacía ruido. Pero le tocó ser mujer y anda por la vida corriendo tras el destino de otros, fingiendo que se dirige a lugares precisos, haciendo un ruido de sartenes y tacones apresurados, subida en un taxi que maneja un árabe perdido en Harlem, bajándose de un avión que olvidó sus maletas, abrazando a sus hijos como si pudiera hacer los invulnerables, como si eso les asegurara el recuerdo de una infancia feliz.

Le tocó ser mujer, pero ella sabe que siempre será un barco a la deriva.

¿Cómo sería su pareja si fuera barco? ¿Cada cuándo se cruzará un velero con su amante? ¿Serán monógamos los veleros? ¿Tendrán los barcos ideas políticas? ¿Deseos? ¿Curiosidad? ¿Temor? ¿Indisciplina?

Si somos como barcos ¿quiénes son nuestros náufragos? ¿Que tesoros tiramos por la borda? ¿Por dónde nos entra el agua? ¿Qué milagro nos mantiene a flote? ¿A dónde vamos cuando el mar finge estar en calma y parece que el rumbo es nuestro, cuando tuvimos una infancia feliz y no tenemos hambre ni sosiego?

¿En qué mares, se perderán nuestras cabezas este octubre sonriente y amarillo, implacable y lunático?

Amor y exilio

Le enseñé a mi hermano el primer capítulo de mi novela y su reacción fue favorable. Abe Cahan, editor de Forward, también lo había leído y publicó una nota amistosa sobre él. Me darían cincuenta dólares a la semana durante el tiempo de mis entregas -una suma fantástica para alguien como yo.

Los autores que rentaban cuartos a Nesha me envidiaban, pero yo sabía que algo no funcionaba con este trabajo. Anoté en mi cuaderno las tres características que toda obra de narrativa debe tener para ser buena.

1. Un argumento preciso y lleno de suspenso.

2. El autor debe sentir una apasionada urgencia de escribirlo.

3. Y debe estar convencido, o al menos tener la ilusión, de que él es el único que puede tratar ese tema.

Faltaban en mi novela los tres requisitos; para empezar, mi urgencia de escribir.

Como regla casi todo lo que había escrito venía fácilmente. Con frecuencia mi pluma se rezagaba, era más lenta que yo para poner en el papel lo que tenía que decir. Pero ahora cada frase me presentaba dificultades. En general mi estilo era claro y conciso, pero ahora la pluma parecía -como si por voluntad propia- redactar frases largas y complicadas. Siempre tuve aversión por las digresiones y los flashbacks, pero ahora constantemente caía en ellos, sorprendido de lo que estaba haciendo. Una extraña fuerza dentro de mi, un dybbuck (demonio o genio del mal) literario, saboteaba mis esfuerzos. Traté de dominar a mi íntimo enemigo, pero él me burlaba con sus trucos. En cuanto me sentaba a escribir se apoderaba de mí una extraña somnolencia, incluso cometía errores de ortografía. Había comenzado la novela en una máquina de escribir yiddish que me regaló mi hermano. Aun así, eran tantas las equivocaciones que nadie hubiera sido capaz de entender nada en medio de aquel desorden. Volví entonces a mi pluma fuente, que de pronto empezó a gotear dejando unas manchas espantosas. Había un elemento suicida en este autosabotaje, pero ¿cuál era su origen? ¿Deseaba a Lena? ¿A Stefa? ¿Extrañaba el Club de Escritores? De alguna forma mi estancia en América me degradaba, me había hecho retroceder a las pruebas de principiante en la escritura, en el amor, en la lucha por mi independencia. Sentí en carne propia lo que debía ser para alguien nacer viejo y con los años hacerse joven en vez de adulto, viendo cómo disminuye paulatinamente su posición, experiencia, valor personal, la sabiduría que se adquiere con la madurez.

Forward no había comenzado a publicar mi novela, no obstante haber yo enviado, con mi hermano, un cierto número de páginas y de haber recibido un adelanto. Salió mi fotografía en la sección de rotograbado. Casi todos en Seagate eran lectores de Forward y me reconocían en la calle, me saludaban y felicitaban. Empleaban todos el mismo cliché: que yo había llegado a América “con el pie derecho”, mientras otros escritores tuvieron que esperar años para que sus nombres y fotografías se publicaran en el diario. Algunos, entre quienes me envidiaban, añadían que se lo debía todo a mi hermano. Sin su intervención, Forward no me habría abierto sus puertas. Yo sabía bien qué tan cierto era eso.

Me consideraba un éxito, pero en muy poco tiempo, después de la aparición del segundo o tercer capitulo, vendría mi caída. Ya no era posible retrasar la entrega de mi novela porque habían anunciado la fecha de su publicación; ya estaban impresas varias columnas y yo había corregido las galeras. Algunas obras de higiene mental que leí, aseguraban que no hay error o pecado que no pueda enmendarse, afirmación que en mi caso estaba muy lejos de ser verdad.

Durante las primeras semanas en Norteamérica acostumbraba caminar por las calles de Seagate; ahora, cuando quería dar un paseo, tomaba la calle lateral hasta la Avenida Neptuno y caminaba rumbo a la Avenida Mermaid. Evitaba el muelle, ya que por ahí andaban los escritores yiddish. Podía caminar tan lejos como hasta Brighton Beach o incluso Sheepshead Bay. Aquí nadie me conocía. Tenía dinero y comía con la menor frecuencia posible en la casa de mi hermano y su familia, porque no me dejaban pagar. Algunas veces dedicaba largas horas a estas caminatas y, al regresar por la noche, me escabullía hasta mi habitación para no encontrarme con Joshua. En mi mesa se desparramaban pilas de papeles tan altas, que me era imposible dar con la paginación, se había complicado tanto como mi escritura.

Mi cuñada tocaba a la puerta y preguntaba:

– ¿A dónde sales todos los días en un momento dado? ¿Dónde comes? Preparo tus alimentos, se enfrían y tengo que retirarlos. Nos estás causando mucho pesar.

Genia, no puedo ser una carga para ti y Joshua por siempre. Estoy ganando dinero y quiero ser independiente.

– ¿Qué te pasa? ¿Qué clase de carga crees que eres? Si preparo algo, siempre hay suficiente para ti también. La comida de esas cafeterías a donde vas es basura. De veras, no estás actuando correctamente. Incluso Yosele pregunta ¿dónde está el tío Isaac? ¿Regresó a Polonia? Nunca viene a vernos.

Le prometía a Genia comer con ellos todos los días, pero regresaba a las cafeterías. Tenía miedo de que mi hermano preguntara por los progresos en mi novela No quería decepcionarlo, ni tampoco decirle la verdad. Me iba a pedir que le mostrara lo que llevaba escrito, y yo sabía que sería un gran golpe para él. No sentí sino una urgencia: esconderme de todos.

Un día que estaba sentado en la cafetería de la Avenida Surf, llegó Nesha. Mi primer impulso fue abandonar el almuerzo y escapar, pero ya me había visto y se acercaba a mi mesa. Traía un vestido verde y un sombrero de paja, de alas anchas. Me levanté y la saludé. Vi en su rostro la expresión de alegría que causa un encuentro inesperado con alguien querido. Dijo:

– Me detuve frente a la cafetería pensando si entrar a tomar un café. Estoy tomando mucho café. Bueno, nunca esperé encontrarte. ¿Prefieres comer aquí que en casa de tu hermano? 

Caminaba y me dio hambre. Siéntate. Te traeré café. ¿Quieres tomar algo más?

– No gracias, nada. ¿Puedo fumar?

– Seguro, no sabía que fumabas.

– Lo había dejado pero volví a hacerlo. Voy por mi café.

– No, yo voy.

Fui a la barra y pagué por dos tazas de café negro y dos rebanadas de pastel. Los ojos de Nesha se llenaron de contento: “Un verdadero caballero”. Nesha probó el pastel y dijo:

– Si dejo de fumar voy a engordar de inmediato. Empecé a fumar, incluso a beber, después de lo que le ocurrió a Boris. Pero tal era la situación que debí pensar en el pago de la renta y en cómo conseguir mi pan y el de mi hijo. Fue así como me involucré en el enredo de administrar una casa. Todos los escritores están ahí y a menudo preguntan por ti: “¿Por qué no viene?, ¿dónde se esconde?”. Probablemente dedicas todo tu tiempo a la novela, ojalá que se publique muy pronto. A todos los periódicos les faltan cosas de buena calidad.

– No estoy seguro de que te guste mi novela -dije.

– Eres muy modesto. Todo lo que he leido tuyo es interesante. 

– Gracias, pero no hay garantías. Buenos escritores han escrito páginas malas.

– Estoy segura de que será buena. Te ves algo pálido. ¿Trabajas mucho? Y no estás bronceado, nunca se te ve por la playa.

– El sol -dije- le hace daño a mi piel.

Generalmente los pelirrojos tienen la piel muy blanca. Se queman rápido. Pero si no te expones demasiado, un poco de sol es saludable. En serio que me recuerdas a Boris. Nunca pude convencerlo de ir a la playa en verano. Decía preferir las montañas, pero cuando fuimos una vez a Adirondacks, permaneció adentro, sentado y dibujando todo el tiempo. Trató de lograr lo inalcanzable en su arte, esa fue su desgracia. Tu hermano va a nadar, aunque sin entusiasmo. Entra en el agua y se queda ahí parado, meditando.

– Nosotros no nadamos.

– Tampoco los otros, sólo chapalean y hacen ruido. Hablan de literatura, mencionan esta o aquella crítica. Lo que ellos escriben rara vez es sabroso. ¿Has tenido noticias de tus amigos de Varsovia?

– Sí, me llegaron dos cartas a la redacción de Forward.

– ¿Y cómo está la situación en Varsovia? -me preguntó.

– Peor cada día

Ya todo era cosa del pasado -el examen del cónsul estadunidense en Toronto (similar al que hiciera ante el de Varsovia)-, las felicitaciones de Zosia, sus deseos y besos. Como siempre, cada vez que algo bueno me ocurría, le pregunté a mi yo íntimo, mi ego, superego, id, o como se llame, si al fin era feliz. Pero él guardó un prudente silencio. Al parecer yo tenía una inmensa capacidad para el sufrimiento, ningún logro me satisfacía. ¿De qué había que alegrarse? El escéptico en mí -nihilista y rebelde- hizo suyas las palabras del Eclesiastés: “A la risa dije: Enloqueces, y al placer: ¿De qué sirve eso?”. Yo era un escritor yiddish sin éxito, alejado de todo y de todos. No podía vivir con Dios ni sin El. No creía en el matrimonio, pero tampoco soportaba la soledad.

Habíamos tomado una combinación de almuerzo y cena en un pequeño restaurante muy ruidoso, y luego caminamos de regreso hasta el Hotel King Edward. Por alguna razón, Zosia se detenía ante los aparadores de las tiendas. Le pregunté qué buscaba pero ella no me respondió con claridad. Debían dolerle los pies porque se demoraba en las tiendas de zapatos para damas. Le ofrecí esperar a que comprara un par de zapatos nuevos, y me aseguró que tenía unos en su equipaje. Además estaban cerrando las tiendas.

Era de noche cuando llegamos al hotel. Con toda la excitación que me produjo haber conseguido la visa, casi olvido que Zosia y yo estábamos ahí para liberarla de la desgracia de haber permanecido virgen, a una edad a la que otras mujeres tenían marido o amantes, o ambos. Yo estaba ansioso por cumplir con mi muda promesa, en su beneficio y en interés de mi propia vanidad masculina, pero ya desde el principio del viaje fui consciente de que algo como un dybbuck antisexual se había apoderado de mí. Un espíritu malicioso me decía que acuerdos como éste no sólo eran moralmente erróneos, sino también fisiológicamente precarios. El sexo, como el arte, no se hacen por decreto -al menos no en mi caso-. El poco deseo que me inspiraba Zosia la tarde en que planeamos nuestro viaje, se desvaneció casi de inmediato, y yo empecé a sentir algo parecido a la hostilidad frente a esa solterona que se me había pegado como parásito. íQué ignominia -pensé- tener que depender de un poco de sangre y algunos nervios para que se produzca la erección! A diferencia de otros miembros del cuerpo, el pene es autónomo para funcionar, o no, de acuerdo con sus propias inclinaciones éticas y estéticas. Los cabalistas llaman a este órgano “el signo del sagrado convenio”. Responde al nombre de Yesod, el mismo de una de las diez esferas de la emanación divina. Lo que en realidad sentía era una suerte de erección negativa, si puede decirse así. Mi pene trataba de encogerse, de escabullirse ocultándose para sabotearme en castigo por mi atrevimiento al tomar una decisión así, sin su permiso, por intentar beneficiarme a sus expensas. Mi juez interno determinó que nada le debía a Zosia. Debía permanecer completamente pasivo y no tomar iniciativa alguna. Voy a imaginar -me dije- que fui arrestado en Windsor por la tarde y que ahora estoy en una prisión canadiense.

Los dos estábamos muy fatigados por la larga caminata y decidimos tomar un descanso. Zosia fue a su habitación para acostarse una media hora, yo traté de hacer lo mismo en la mía pero ni siquiera pude dormitar, mucho menos dormir. Cerré los ojos y ellos también se habían vuelto autónomos, se abrían por voluntad propia. Si existe eso que llaman Nirvana, quiero intentarlo ahora mismo, decidí. Zosia debió leer mi mente. Sonó el teléfono y era ella, tartamudeando:

– ¿Qué pasa con nuestro plan?

– ¿Cuál plan?

– dije con una voz sofocada.

– Se supone que vamos a celebrar.

– Ven y celebraremos.

– Bien, me voy a vestir -y colgó.

¿Para qué tenía que vestirse?, murmuré en mis adentros. ¿O quiere decir desvestirse? Esperé lo que me pareció un rato muy largo y ella no llegaba. ¿Qué estará haciendo? ¿Se prepara como una novia? Estaba impaciente por su arribo -no para cumplir con aquella obligación autoimpuesta, sino para salir de ese asunto de una vez por todas-. No podía acostarme ni sentarme y empecé a caminar de un lado para otro en la habitación. Me paré frente a la ventana y miré hacia la calle siete pisos abajo. íQué oscura la ciudad! Todas las tiendas cerradas. Un hombre solo, al parecer ebrio, pasó por la acera. Se tambaleaba y gesticulaba. Envidié su vagabundeo. Nadie esperaba nada de aquel hombre, era libre de pasar la noche como quisiera. Escuché que tocaban y corrí a abrir la puerta. Al otro lado estaba Zosia en traje de noche (¿o era un negligé?) y zapatillas plateadas. Por primera vez se había puesto algo de maquillaje, discretamente aplicado, su nariz estaba polveada y sus mejillas coloreadas con lo que parecía rouge. Incluso su peinado era distinto. “Rendida incondicionalmente”, esta frase tan escuchada a fines de la Segunda Guerra Mundial, vino a mi mente. Ella sonrió medio atemorizada con esa ingenuidad que en ocasiones expresan incluso las mujeres más malhumoradas. Entienden tan poco a los hombres como ellos a las mujeres, pensé. Estaba armada con este recurso que a nadie ha conquistado todavía. La oí decir:

– Hoy debe ser un día de fiesta para nosotros.

– íQue hermosa estás! Entra

– Un día como éste ocurre una vez en toda la vida.

Ya no era la misma Zosia que admiraba a Baudelaire por ser el único poeta y pensador que podía decirle al mundo toda la triste verdad, que podía hablar de la miseria, sino una solterona decidida a perder su virginidad a cualquier precio. Me senté sobre la cama y le acerqué una silla. De una u otra manera tenía que darle confianza en mí y mis proezas masculinas, y le dije:

– No creo que tú hayas pasado por tanto enredo cuando conseguiste tu visa.

– ¿Qué? Me la dieron aun antes de que estuviera segura de que quería ir a América. Ya te lo conté, había alguien que me amaba y a quien yo pensé que podía amar. De hecho, América fue un proyecto de mi padre, no mío. ¿Qué esperaba yo encontrar en los Estados Unidos además de una extrema soledad? Pero tú eres un escritor, tienes ahí un hermano, un periódico que te publica, un medio. Crecerás.

– No, Zosia, estoy completamente solo.

– No quiero oír eso. Espera, te tengo una sorpresa.

– ¿Qué clase de sorpresa? -le dije.

– Hoy en la mañana compré una botella de champaña especialmente para la ocasión. La camarera me vio entrar con ella y trajo un recipiente con hielo. Ya se derritió, pero el agua aún está fría.

Traducción de Patricia Morales

El respondón de Dios

Isaac Bashevis Singer, un hombre generoso: qué mejor manera de considerar a este escritor que transfiguró los temas más simples en gran literatura. Bashevis Singer convirtió al yiddish en una lengua universal, le dio aire al cuento y fue un disciplinado estudioso de La Torá. Entre el mundo judío de Europa del Este y el de Nueva York, entre el deseo de concebir el gran libro y todos los libros posibles, su destino nos toca porque por encima de todo sólo quiso ser escritor. Para rendirle una especie de tributo, publicamos estos tres textos. El primero es un obituario escrito por uno de sus amigos; el otro es un fragmento de las memorias de Bashevis Singer: Love and Exile. El relato “La Línea perdida” es parte de su último libro de cuentos: The Death of Methuselah and Other Stories. 

Israel Shenker

Su mente rebosaba de eternas preguntas y respuestas francas. Tanto en la conversación como en lo escrito era directo e intenso, no un alma de dudoso perfume dada al pensamiento insulso y a la expresión fría. Lo que transmitía era la carga de la experiencia que los juicios moldean, que la imaginación transforma, que la reflexión densifica, que el humor aligera. En parte profeta, en parte huraño, escritor de genio, irónico, pesimista y cínico, no parecía jactarse de su superioridad sino que se presentaba como alguien inofensivo y vulnerable. Si en el Upper West End de Nueva York hubiera habido un concurso para el hombre más pálido y descolorido, Isaac Bashevis Singer habría sido el candidato favorito. Parecía un trabajador de una fábrica de matzo, como si siempre hubiese vivido en interiores, una criatura delgada y frágil que huía de los rayos del sol y aun del aire fresco, el tipo de gente que murmuraría sus oraciones cotidianas.

Desde su juventud en Varsovia hasta su muerte en Florida en julio, a la edad de 87 años, Singer tuvo una extraña relación con Dios: de hombre a Hombre, personal y franca, a veces inexorable. “La creencia de que el hombre puede hacer lo que quiere sin Dios, me es tan lejana como el Polo Norte, dijo, mientras esperábamos con demasiada paciencia que nos sirvieran en una nevería judía Era nuestro primer encuentro en 1968 cuando lo estaba entrevistando para el New York Times, y yo trataba de apartar de mi mente la siguiente idea: “Algún día llegará mi blintz.”

Israel Shenker. Periodista norteamericano, fue reportero para The New York Times. Este obituario apareció en The New York Times Review of Books, agosto de 1991.

“No creo que la religión tenga que estar conectada con el dogma o la revelación”, continuó Singer. “Puesto que es un Dios silencioso, habla a través de los hechos, de los acontecimientos, y tenemos que aprender este idioma. La creencia en Dios es tan necesaria como el sexo. No importa cómo lo llames -naturaleza o poder superior-. La fuerza poderosa que te cuida, y la estrella más lejana, todo eso es Dios.

“El Todopoderoso se la pasa prometiendo cosas, y no cumple lo prometido”, dijo. “íQué no nos ha prometido a los judíos! Le tomó 2,000 años hacernos llegar a Israel. Quizá los políticos también cumplan sus promesas después de 2,000 años. Hay algo claro: nuestra naturaleza será exactamente la misma. Un hombre estacionará su auto en la luna y vivirá en Madison Avenue, pero siempre tendrá los mismos apetitos y las mismas tsuris (perturbaciones)”.

Singer sugiere que si Dios hubiera sido un poco menos omnipotente, el Todo poderoso habría hecho el intento de explicar a las víctimas el porqué de su sufrimiento, y no lo hubiera dejado todo a la conjetura. ¿Por qué Dios tuvo que pro ceder siempre en forma tan misteriosa? ¿Qué pudo ser más estrafalario que tener a un autor dotado como Singer, tan fácil de apreciar, y hacer que escribiera en yiddish, un idioma que tan pocos podían entender? Singer contó la historia del dueño de una librería yiddish que tenía doble chapa en su puerta. “No temo que la gente me robe,” explicó el librero. “Temo que algún autor irrumpa y deje aquí más de sus libros”.

Sin embargo yo estaba frente a uno de esos ladrones en potencia condenado a la oscuridad de las páginas de The Dailly Forward, el periódico yiddish de la ciudad de Nueva York, donde sus cuentos aparecían desde principios de 1935, y que luego ganó el Premio Nobel de Literatura 1978, demostrando que el yiddish podía retribuir con algo más que lágrimas y risas. Al Forward lo llevó los 81 años de su existencia para anunciar la buena noticia de Estocolmo con un encabezado que entusiasmó incluso a aquellos corazones judíos anestesiados por las desilusiones: “ISAAC BASHEVIS SINGER INICIA SU DISCURSO DEL NOBEL EN YIDDISH”.

El Forward dijo a sus lectores que el acontecimiento marcaba la primera vez en la historia que la Academia Sueca oía el yiddish. Este es un idioma de origen remoto y en constante evolución. Su vocabulario y sus metáforas cambian según el país, y su significado depende en gran medida de la entonación del que habla El yiddish se parece al sueco sólo por arriba. El sueco es un idioma vernáculo restringido a zonas de Escandinavia, pero el yiddish puede ser mal comprendido en todo el mundo.

Con el paso del tiempo Singer dejó de entregar en persona su yiddish a las oficinas del periódico, y sus cuentos y las entregas de sus novelas llegaban por correo o incluso por medio de mensajero. Por fin había conseguido una máquina de escribir, de ahí que leerlo fuera aún más placentero para sus editores. En el principio fue el verbo, reconoció Singer después de habernos tratado cierto tiempo, pero al final fue pura basura. “Una editorial grande tiene 10 ó 12 editores, y cada editor está ansioso de encontrar una niñita que escriba acerca de su tía que se acostaba con los soldados, para que pueda aclamar ahí el trabajo de un genio. Las editoriales los venden en pasta dura y en rústica, pero en realidad deberían venderlos como forros para pastas de otros libros.

“Hoy, cuando se publica un libro”, se quejó, “aparecen de repente 10 falsos testigos para atestiguar que es lo mejor que ha aparecido. Si yo fuera Moisés hoy, le agregaría otro al mandamiento de no jurarás en falso: `No alabarás la mala escritura de tu prójimo’. Aunque hubieran algunos buenos escritores, se perderían en este lodazal de falsas alabanzas. En vez de decir que lo bueno es bueno y que lo malo es malo, los críticos dicen que lo malo es bueno.

“Si nuestros supermercados nos dieran pan rancio o queso podrido o leche cuajada, habría un escándalo”, dijo Singer. “Pero nuestros supermercados literarios han perdido toda responsabilidad y nosotros no decimos nada. Me dicen que existen muchos periódicos que no aceptan anuncios mentirosos. 

Si yo quiero anunciar que el sandwich que vendo dará vida eterna, no publican este anuncio. Cuando los libros malos son ultra-alabados, alguien debería vetar esos anuncios”.

Por fin llegaron los blintzes que trajo una mesera arisca. Dijo Singer “Estoy seguro de que aunque llegara el Mesías, ella seguiría enojada. Y diría `Apúrate. Estoy esperando la Resurrección’. Y lo de la Resurrección va a ser un problema. Si le pareces obsoleto a tu hijo de 14 años, ¿qué menos obsoleto le parecerás a tu padre Abraham?”

Singer escribió en 1962 un cuento llamado El hijo que narraba el encuentro con su hijo a quien no había visto en 20 años. Ese hijo, Israel Zamir, cuyo sobrenombre hebraico significa “ave canora”, publicó tiempo después su versión del encuentro en un periódico de Tel Aviv. Singer le dijo que tenía algunas buenas frases, pero que mientras en inglés los clichés habrían sonado jóvenes y en hebreo sagrados, de todas maneras eran clichés.

Casi de milagro, Singer conservó su propio estilo y su propios pendientes sobre el desgaste de su exilio voluntario en los Estados Unidos. Dijo que necesitaba tres condiciones para escribir un cuento; un tema verdadero, una narración con principio, medio y fin; el deseo de escribirlo y la ilusión de que sólo él podría hacerlo, no Bellow o Mailer. “Afortunadamente, tengo que obligarme a no escribir”, dijo el autor de 30 libros e innumerables cuentos. “Me levanto cada mañana con el deseo de sentarme a trabajar. Toda mi vida, a mi imaginación la ha sobreestimulado la vida misma.

“Dios me ha dado tantas fantasías que mi problema no es cómo obtenerlas sino cómo deshacerme de ellas”, me dijo una vez hablando por teléfono a larga distancia. También se quejó de los peligros de la corta distancia. A veces su esposa, Alma, interrumpía, porque también, como él decía, “las esposas de los escritores son proclives a poner un plato de sopa de pollo sobre los manuscritos”.

Singer huyó de la sopa de pollo -y de los pollos- y se convirtió en un vegetariano devoto. Desde la infancia había visto que la fuerza decide el derecho, y que el hombre es más fuerte que los pollos: el hombre se come a los pollos, y no viceversa. Eso le molestaba, porque no había pruebas de que los hombres fueran más importantes que los pollos. Cuando daba conferencias sobre la vida y la literatura a menudo se hacían comidas en su honor, y los anfitriones servían comida vegetariana. “Por lo que, de alguna manera muy pequeña, les hago un favor a los pollos”, dijo Singer. “Si algún día obtengo un monumento, será el que me hagan los pollos.

Traducción de Issbelle Marmasse y David Olguín

Frontera Sur: La ruta de los ilegales, II

EL REPORTAJE DE NEXOS

En nexos 165 apareció la primera de las dos partes que forman este reportaje. En aquella entrega, Sergio Mastretta cubrió una extensión importante de esa zona tan bulliciosa y efervescente -pero en penumbra- que es el tráfico de ilegales centroamericanos a México, y de ahí a Estados Unidos. Ahora y desde el lado de allá, traza el mapa de la violencia en Guatemala mientras delimita los territorios de influencia de la guerrilla, del narcotráfico y de los polleros.

DROGAS, SELVA Y GUERRILLA

La región fronteriza se complica. A la acción guerrillera y contrainsurgente se suman los problemas del narcotráfico y de la depredación de la selva del Petén.

El primer asunto abarca toda Centroamérica: tan sólo por Costa Rica pasan cuatro toneladas de cocaína al mes, según Luis Fishman, ministro de Gobernación de ese país. En Guatemala se decomisaron en el mes de marzo 5,900 kilos de cocaína en dos operativos. Este incremento del tráfico es producto de las variaciones en el mercado internacional de drogas, motivadas por la reducción de consumidores ocasionales en Estados Unidos (de 23 a 14.5 millones), a consecuencia de una mayor vigilancia en las fronteras (Estados Unidos decomisó 65 toneladas de cocaína), y a los golpes dados al narcotráfico por la intercepción de aviones cargados de cocaína en territorio mexicano.

Los narcotraficantes abrieron entonces nuevas rutas de tránsito en Centroamérica. El Departamento de Estado informó al Congreso que el gobierno guatemalteco y la DEA destruyeron el 97% de los cultivos identificados de amapola, pero se curó en salud al afirmar que en las áreas bajo control guerrillero la erradicación de la droga es imposible.

Así que en los suelos volcánicos de la región fronteriza con México, se llegan a obtener cuatro cosechas de amapola al año. La producción aumentó de tal forma que por cada hectárea se obtienen quince kilos de opio, tres veces más que hace una década.

La droga y la guerrilla han traído la modernidad a Guatemala, con la actividad de los satélites Landsat, de la NASA. Por eso el ejército guatemalteco y la Guardia de hacienda pudieron detener el 23 de marzo pasado a 61 mexicanos y un guatemalteco dedicados a la tala ilegal de la selva del Petén, declarada reserva de la biósfera por la ONU. El 11 de abril detuvieron a doce mexicanos más, para incautar en ambos operativos 700 árboles talados, 4,300 trozas de cedro y caoba, nueve camiones, 17 motosierras, un tractor y un arsenal de hachas, machetes y armamento. Los mexicanos detenidos contaban con permisos oficiales del gobierno guatemalteco. Un ejemplar cortado de cedro o caoba tiene un precio de siete mil dólares en el mercado internacional.

Todo forma parte del intento guatemalteco por incorporar a la región de la selva a la actividad productiva, en una dinámica que ha llevado a que en dos décadas la población en el Petén haya trepado de 15 mil a 250 mil habitantes y a que el 40% de los bosques tropicales haya sido destruido.

SAN PEDRO

A las siete de la mañana en San Pedro el sol ha desplazado a la niebla nocturna y la población es un mercado que se descarga de las canastillas de los camiones y las costaleras indígenas. La mirada de un profano no distingue de la florida variedad de los bordados la procedencia de las mujeres en el marchanteo. Pueblo aparte de San Marcos, entre los dos forman una ciudad de dos aguas en un valle cercado por pinos y encinos.

De uno de esos camiones Francisco Xavier Gómez, jornalero nacido en la región fronteriza del volcán Tacaná, acaba de descargar cuatro canastos con hortalizas. Trabajador desde niño en fincas cafetaleras de por allá, intentó llegar a Estados Unidos en abril de 1991, pero fue detenido por agentes de Servicios Migratorios en la estación del tren en Guadalajara, tras veinte días de viaje por territorio mexicano. Francisco tiene 18 años y tiene muy en cuenta los riesgos de la edad: en cualquier momento puede ser reclutado por el ejército para combatir a la guerrilla que se mueve en este departamento.

– Uno está jodido -dice-. Si llega el ejército al pueblo nos acusa de colaborar con la guerrilla. Y si aparece esta gente se enoja por lo mismo, que le avisamos al gobierno cuáles son sus movimientos. Pero más tememos al ejército. Yo tenía un amigo, se fue a Estados Unidos, pero cayó rechazado por Migración de México. Estuvo algunas semanas fuera, entonces lo acusó el ejército de estar con la guerrilla Luego apareció muerto en un camino. De eso tengo miedo, estoy rechazado por México, no he ido por allá, ahora pueden decir que soy colaborador de la guerrilla.

Como la niebla, la muerte violenta es algo natural en Guatemala. Las cifras internacionales dejan a esta guerra civil de 30 años en el primer lugar de muertos (150 mil) y desaparecidos (40 mil). Para quien no tiene la costumbre, el terror se mira como a la parálisis que aqueja a un mendigo de la ciudad: es una fotografía, un paisaje que no nos contiene. 

Leo en el camión a Quetzaltenango una entrevista que Marc Cooper, el periodista de la revista Voice, le hizo al general Efraín Ríos Montt en 1990, cuando buscaba el reconocimiento de su candidatura para la presidencia de la República. Ríos Montt, “cristiano renacido”, cabeza del golpe de Estado en 1982, se mira como un cruzado “de la justicia, la armonía, la ley y el respeto a los derechos humanos”. Cooper le cuestiona que su ley es la de la mano dura, la guerra brutal y la política de la guerra arrasada que costó la vida a miles de indígenas.

Ríos Montt piensa como el policía de Hacienda del pueblo fronterizo:

– Lo que hicimos -le dijo a Cooper-, lo hicimos por la ley. Todo fue legal, no recuerdo en cuántas Leyes nos basamos. Y nosotros ganamos la batalla, porque eso fue, una batalla, no un día de campo. Nunca ordene el asesinato de nadie. Nosotros condujimos una guerra, mucha gente murió, de ambas partes. Eso fue todo lo que pasó. Pero nosotros nunca asesinamos a nadie, y eso lo saben ellos. Los comunistas saben que esa es la verdad.

– ¿Así que usted está orgulloso de lo que hizo?- le preguntó Cooper.

– En los 17 meses que estuve en el poder -siguió el general golpista-, yo cambié a la milicia: de un ejército de ocupación lo convertí en un ejército de integración. Esa fue mi obra maestra: rifles y frijoles.

Algo de eso platica Francisco Xavier Gómez, el mojado fracasado. En su casa, como muchas familias de la montaña guatemalteca, el retrato de Efraín Ríos Montt fue colgado junto a emblemas evangelistas como mecanismo de protección contra el ejército. Muchos campesinos se pasaron al bando de los cristianos conversos, al tiempo que miles de hombres fueron forzados a formar parte de las Patrullas de Protección Civil -más de 600 mil campesinos fueron organizados por el ejército para trabajar 24 horas a la semana en los pueblos indígenas-, y miles más fueron concentrados en lo que el ejército bautizó como “villas modelo”. Todo para asegurarse de que los indígenas no volverían a realizar ninguna medida de colaboración con la guerrilla.

La ruta a Quetzaltenango remonta hacia el centro del altiplano. Pienso en las cuentas alegres de Ríos Montt. Llevo en la libreta la denuncia de organizaciones civiles guatemaltecas: tan sólo en los cuatro primeros meses de este año 200 guatemaltecos han sido asesinados o han desaparecido en lo que a todas luces habla del renacimiento de los escuadrones de la muerte. Es un hecho, contra lo que manifiesta Ríos Montt, que el ejército guatemalteco no ha ganado la guerra. Los militares nunca han dado cifras, por eso extrañó a medio mundo en la capital que hace quince días el general Arturo de la Cruz, apodado “el Canche”, quien fuera jefe del Estado Mayor del presidente Laugerud en los años setenta, manejara la cifra de 10 mil bajas de soldados entre muertos y desaparecidos en los últimos diez años.

¿Por qué entonces el auge político de un militar como Efraín Ríos Montt -el hombre de la “aldea arrasada”, que según organismos nacionales e internacionales de derechos humanos dejó un saldo de 30 mil muertos-, al grado de que el hombre común piensa que es él quien gobierna detrás del actual presidente Serrano?

Me lo explicará después un periodista de un diario capitalino que guardo en el anonimato.

– Mucha gente en Guatemala piensa que el principal problema en el país es la falta de seguridad, y cree que con Ríos Montt la hubo. Pero el argumento es falso: Ríos Montt creó los Tribunales de Fuero Especial, regido por militares y sin acceso del público. Hubo muchos fusilamientos, y le crearon la aureola de enérgico. El mismo, acorralado por periodistas italianos que le cuestionaban el genocidio provocado por la política de aldeas atrasadas, aceptó que era cierto, pero que fue necesario. Además está el hecho de que pertenece a las sectas fundamentalistas, los “cristianos renovados”, que han impactado muchísimo entre sectores de poder en Guatemala, militares, abogados, empresarios, que se creen todos portadores de una misión que cumplir para salvar a Guatemala. Por eso muchos campesinos se convirtieron para salvarse de las fuerzas de seguridad. Un último punto: la corrupción a todos los niveles, algo que molesta al guatemalteco común y que con el presidente Vinicio Cerezo se produjo con desfachatez y descaro. Sólo Ríos Montt ofreció en su campaña acabar con ella: no robo, no miento, no abuso, decía su slogan.

Mujer quiché con sus hijos en el río Suchiate. Huyó de Nebaj en 1983. “Muchos murieron por anemia. Cominos monte. Sembramos pero cortaron los patrulleros y los soldados 200 cuerdas de milpa, y ya estaban saliendo mazorcas. ¿Que íbamos a comer? ¿Si los niños mueren quién tiene la culpa? Mejor nos vamos.

Así que el general genocida en 1982 se levantó en 1990 como el más serio aspirante a la presidencia. No lo logró porque la Constitución de 1985 impide participar en las elecciones a cualquiera que haya participado en un golpe de Estado. Su fama de duro y la certeza de que sólo con él Guatemala saldría del caos y la anarquía, fueron sus cartas de presentación para el proceso electoral.

Es imposible agarrar a un país en una vuelta de camión. Las imágenes pasan fugaces por la ventanilla, como la de Francisco Xavier descargando mercancías en San Pedro.

– Se busca la vida -me dijo el muchacho deportado por la policía migratoria mexicana-. En Guatemala, hoy, no se encuentra.

LA VIOLENCIA

La revista Inforpress centroamericana reproduce un informe del Departamento de Estado norteamericano: en 1990 hubo seis mil asesinatos en Guatemala: la mayoría de ellos ocurrieron en las zonas de conflicto. “Los militares -dice el informe-, frecuentemente no logran distinguir entre guerrilleros y población civil”. Apunta también que muchos de los expedientes judiciales sugieren que los asesinos tenían acceso a la información proveniente de las prisiones, la corte de justicia y la policía Relata también que el ejército recluta soldados a la fuerza, captura a las personas en la calle o las saca de sus hogares sin orden judicial. Son los indígenas quienes más sufren el reclutamiento forzoso.

GUERRA Y NEGOCIACIÓN

Encuentro a Mario Payeras en algún momento de este recorrido. Nacido en 1940 en Chimaltenango, Mario es uno de los escritores guatemaltecos fundamentales en este fin de siglo y ha sido uno de los principales dirigentes de la guerrilla desde principios de los años setenta, cuando la guerra tomó forma en las selvas de Ixcán. Días de la selva (1979), El trueno en la ciudad, El mundo como flor y como viento, Latitud de la flor y el granizo (1987) y Los fusiles de octubre concentran por igual su calidad de combatiente y su ser literario con la pureza que sólo puede brotar de la sobrevivencia en la selva y en la guerra.

Mario, que vive en la clandestinidad, es uno de los dirigentes de la organización Octubre Revolucionario, fundada en 1984 tras la ruptura de un importante núcleo de militantes con el ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), convencidos sus promotores de que la alternativa militar para la revolución en Guatemala ha provocado una violencia genocida por parte del ejército sobre los civiles -sobre todo los pueblos indígenas- y sus organizaciones políticas. Desde entonces han buscado a través de la organización de obreros y campesinos alternativas políticas para la transformación de la sociedad guatemalteca.

Mientras platicamos tengo en la cabeza la imagen de Víctor Egeovani González Vázquez, muerto por los soldados el 8 de enero de 1991, recién regresado de México, deportado tras su intento de llegar al otro lado del río Bravo. Acusado de colaborar con la guerrilla, fue secuestrado ahí mismo en su pueblo de Tecaná, a la medianoche, para aparecer con un balazo de 9 milímetros en la nuca a la orilla de un río, varios días después.

Colaborador o no, Víctor Egeovani murió como miles de hombres presos de la violencia del ejército en su afán por desmantelar la guerrilla. Los militares creyeron haberla exterminado entre 1982 y 1985, cuando arrasaron el territorio indígena, sobre todo en Huehuetenango y Alta Verapaz. Datos de h Suprema Corte de Justicia de Guatemala establecían en 1985 que más de 400 comunidades fueron destruidas, cerca del 20 96 de la población se desplazó forzadamente, entre 36 mil y 72 mil adultos fueron asesinados y más de 120 mil niños quedaron huérfanos. Sin embargo, según las propias fuentes gubernamentales, en los últimos años ha habido combates de envergadura que apenas se veían en los años sesenta.

No es difícil comprenderlo: hay que ver tan sólo la estructura de la tenencia de la tierra para contemplar la base social de la guerrilla Según un estudio realizado por la Agencia Internacional para el Desarrollo, con sede en Washington, a principios de los ochenta los latifundios concentraban el 65% de la tierra cultivable con tan sólo el 2.5% de las fincas. De otra forma, 482 grandes finqueros tienen más tierra que medio millón de minifundistas. Y más: otro medio millón de campesinos guatemaltecos carecen de tierra. Y si se suman sus familias, tenemos más de 2.5 millones de personas sometidas a la penuria del trabajo jornalero.

Uno de ellos era Víctor Egeovani, asesinado por el ejército que combate la rebelión indígena más importante en la historia moderna guatemalteca.

Por eso la pregunta a Payeras es obligada: ¿qué perspectiva tiene la lucha armada y la negociación entre gobierno- ejército y guerrilla, la preocupación fundamental de los guatemaltecos?

– Hasta hoy ha operado una ecuación política -me dice Payeras- a mayor fuerza de la guerrilla, más poder del ejército en el Estado. Sin embargo, en el último año se han precipitado tres factores que subvierten esta realidad: por una parte, el ejercito se ha desgastado políticamente, ya no por ejercer el gobierno, sino porque sus excesos represivos han impactado a la opinión pública y han gastado un consenso nacional adverso a sus ejecutorias. Según la prensa, durante el gobierno de Cerezo los asesinatos por razones políticas fueron 2,933 y los secuestros 777. La gota que colmó el vaso fue la matanza de Santiago Atitlán, en diciembre pasado. Pero también la cuenta regresiva ha comenzado para la lucha guerrillera, debido ante todo a avances en el clima de distensión regional.

– El tercer elemento lo da el hecho de que con el presidente Serrano la clase dominante ha recuperado el control del gobierno, del que fue excluida en 1963 tras el cuartelazo del coronel Peralta Azurdia. El nuevo gobierno es de gente nueva en muchos sentidos, que expresan fuerzas políticas jóvenes. Debido a la debilidad de su partido y a su precaria legitimidad, Serrano ha conformado un gobierno de amplia participación, donde los empresarios y el ejército mantienen las riendas.

-¿Qué control tiene entonces el presidente sobre este proceso?- le pregunto.

– El presidente Serrano sólo tiene una posibilidad real de ejercer el poder: negociar la paz con la URNG, lo cual sólo será posible si se reconoce plenamente la legitimidad y la fuerza político-militar de la coalición guerrillera y se accede a sus demandas fundamentales. Sin el armisticio el país seguirá siendo ingobernable.

– ¿Quiere decir que la guerrilla todavía mantiene en jaque a las fuerzas del ejército?

– La guerrilla esté lejos de ser derrotada y en realidad nunca lo ha estado como fuerza militar rural. Pero la paz sólo se podría alcanzar si ambas fuerzas actúan con sabiduría. La URNG no debería intentar hacer la revolución desde la mesa de negociaciones, y el ejército tampoco debe pretender conseguir en las pláticas, que no pudo en el campo de batalla Y el presidente Serrano cometería un error a fondo si subestima la fuerza política de la URNG, su arraigo en la población de los frentes de guerra y la simpatía internacional que goza. La guerrilla es representante de sectores fundamentales de la nación, principalmente de amplias masas del campesinado pobre e indígena que por primera vez en este siglo protagonizan una rebelión contra el sistema social que los explota y desprecia.

Estas son las cuentas que la agencia noticiosa Enfoprensa hace de la guerra en el primer trimestre del año: 527 acciones político-militares equivalentes a 246 acciones de propaganda armada, 156 hostigamientos, 38 ataques a puestos fijos, 25 emboscadas, 24 sabotajes, 16 combates y 22 ataques contra unidades de la Fuerza Aérea. Se reportaron 431 bajas del ejército.

Las acciones guerrilleras aumentaron en abril. La URNG festejó el Primero de Mayo con operaciones en los departamentos de El Quiché, San Marcos, Alta Verapaz y Petén. Por la contraofensiva del ejército, según la agencia, cinco mil familias de la región nororiental se vieron obligadas a abandonar sus comunidades.

POLLEROS

Juan Carlos Limones es un hombre próspero en Chimaltenango. Un auto con placas de California aguarda en el garage, y en la sala espaciosa su mujer, tendida en un diván, habla por el celular mientras la parabólica trae una película de mojados mexicanos que estelariza Julio Alemán. Juan Carlos tiene por oficio pasar centroamericanos a Estados Unidos. “Ah, ustedes quieren ir a casa del coyote, nos había dicho el taxista, y sin titubeos nos dejó frente a una casa nueva estilo californiano. Ahora espero a que en el patio mi amigo Pedro logre un acuerdo con el hombre de bigotito y tejanita para una entrevista.

Julio Alemán, mientras tanto, es un sufrido lavaplatos en Los Angeles. “Andale, mojado -le dice un chicano-, no te hagas pato y friégale”. Y más tarde me entero que en su pueblo mataron a la mujer y le secuestraron al hijo por razones incomprensibles en la trama. Ahora llora en un poste como perro herido, y alguien canta “fui por el mundo triste y desolado”. Luego viene un comercial: la ITT le dice a los mexicanos que por 25 centavos de dólar pueden hablar a Tijuana y por 90 a Guadalajara, y todo entre paneos de helicóptero) sobre el Golden Gate con corte directo a un niño futbolero tal vez en la plaza de San Juan de los Lagos, con el remate de la voz femenina: “me fascina vivir aquí, pero a veces extraño tanto a los míos”, y de nuevo la bondad de los precios de la ITT.

-Vamos- me dice Pedro. Y su seriedad rompe el encantamiento televisivo. El hombre no se despide de mi, me da la espalda cuando paso a su lado.

– Me negó todo -explica Pedro-. Dice que es su hermano el que anda en eso, que él no se mete en problemas.

Media hora más tarde Juan Carlos y otros cuatro hombres, tocan el portón de la casa de Pedro. No lo saludan contentos. 

-¿Qué vaina traes metida?- le dicen. Preguntan por mí, qué carajo quiero, en dónde estoy, ¿no sabe Pedro que la policía guatemalteca los está apretando?

– Mira lo que haces, Pedro, eres nuestro amigo, pero no te metas en mierdas porque aquí te lleva la chingada.

-Son duros estos jodidos- me dice Pedro después. Yo tengo las cuentas de Servicios Migratorios y su impotencia: en 1990 presentó ante el Ministerio Público Federal más de 2,400 querellas en contra de polleros -contra sólo 200 del sexenio anterior-, de los cuales se consignaron a 1,500. Amparos interpuestos antes de que llegue la querella dejan libre a la mayoría; fianzas mínimas sueltan a otra buena parte.

Pienso en el caso de Tapachula el año anterior: de 227 averiguaciones 117 fueron por violaciones a la Ley General de Población, en su artículo 118, relativo a tráfico pollero, pero sólo once personas están en la prisión. Dos casos muy sonados en esa ciudad, los de Romain Samayoa y René Mazariegos, de los más reconocidos capos de la frontera sur, detenidos en abril y liberados inmediatamente por la vía del amparo.

CIUDAD DE GUATEMALA

1. Octava Avenida, dos de la tarde en el centro de la capital. Cinco jóvenes miden el paso de un hombre con unos lentes oscuros Raybam clavados al cinto. El mayor, que no tendrá quince años, se impulsa en sus tenis sobre la cintura del atracado, que ha visto el movimiento y sujeta la mano del atracador.

Cacheos e interrogatorios, tarea cotidiana de los agentes de migración, Tonalá, Chiapas

– íVenga acá, cerote hijoeputa! -exclama el señor ya con los lentes en la mano derecha.

Pero ya un segundo jovencito arremete de una patada contra su estómago. El hombre se tuerce, espera un nuevo golpe que se estrellará en la cabeza.

El griterío enciende la calle, paraliza todo comercio. Los muchachos, de una pandilla cualquiera, Maras, como les dice la gente, nuestros Panchitos defeños, se escurren hacia la esquina.

Mario, mi amigo estudiante de medicina en la Universidad Autónoma de Puebla, también tenía quince años en 1982, cuando era estudiante de segundo de secundaria y participaba en el clandestino Frente Estudiantil Revolucionario Robin García, un grupo que venía del levantamiento popular de octubre de 1978 en contra del incremento a las tarifas de transporte urbano. En las calles quedaron muertos entonces más de 50 jóvenes por disparos policiacos. En 1982 el Frente ya estaba caracterizado como una “organización subversiva” que, de la demanda de una mejor educación -rehabilitación de aulas, escritorios, pizarrones y gises-, pasó al apoyo a las luchas obreras, primero, y a la participación directa en la lucha armada -pintas guerrilleras, barricadas en bocacalles y bombas incendiarias contra comercios gringos-, en la insurrección de 1981, cuando la guerra. como un trueno del trópico, llegó a la ciudad.

Pienso en él tras la escena del atraco frustrado.

– Fue la tarde del 29 de mayo de 1982 -me ha contado-, regresábamos de la escuela, los de la Policía Nacional me detuvieron con dos patojos en el bus. Nos llevaron al puesto. Ahí fue la primera golpiza, golpes y culatazos en el estómago. Después nos llevaron al Departamento de Investigaciones. Vinieron los interrogatorios: nombre, edad, origen, trabajo, organización política. Después, la gente de más rango que dice “sabemos quienes son”, no hay rodeos para nosotros, por las buenas o por las malas. Vino la capucha, una bolsa de plástico que te envuelve la cabeza, con los pies y manos amarradas por la espalda, y casi te mata de asfixia. Y preguntas, nombres, que si conoces a fulanito, que si cuál será la próxima acción, luego te relajan a patadas en el estómago, así, diez, quince veces. Pasa el domingo, el lunes, el martes en la mañana, interrogatorios. Llegó gente del ejército. Fotografías, más interrogatorios. En la tarde, un gringo, rubio, alto, tal vez un israelí, que dirige el interrogatorio a la guerrilla: ¿conoces a fulano?, alguien que había estado en el movimiento estudiantil un año antes. Decía no, pero él sabía que sí, estaba muy informado. Luego volvía el policía mirá pisado, cerote, sabemos que mientes, si no hablás te vamos a quemar.

– Y ahí mismo, la tortura a un ladrón, lo ahogan en un lavamanos, dónde escondiste el dinero, culero, decí… En Guatemala te torturan por cualquier cosa. Luego siguió el viaje a la cárcel clandestina, a los ojos vendados, a los cuerpos desnudos, tirados bocabajo, sin hablar, pateados cada que se le ocurre al carcelero, interrogados cada día para lo mismo; dónde están los reductos de los subversivos.

Camino por la Octava avenida. No sé qué tan lejos están estos años del terror en Guatemala. Mario los sufrió dos semanas a sus quince años, con los ojos vendados, con picana eléctrica y capucha. Ahora lo veo de cuando en cuando, en la disciplina impuesta para sobrevivir a la Universidad Autónoma de Puebla, agradeciéndole su posibilidad de estudio al país que cruzó con su familia hace diez años para llegar al norte a ser declarado “niño de la guerra”, refugiado político guatemalteco.

Me gana la soledad en la Octava avenida. A la vuelta de la esquina, otros Maras se entretienen en la cascarita.

2. Guatemala es el paraíso de la maquila para capitales de Corea, Taiwán, Hong Kong, Singapur y Estados Unidos. Entre 1987 y 1990 se generaron 45 mil empleos; las exportaciones textiles fueron por 165 millones de dólares en ese último año. El propio Ministerio de Trabajo revela el rostro oculto en un “Informe sobre la situación en la industria de la maquilan: buena parte de los empleados no está inscrita en el régimen de seguridad social; existe trabajo forzado, tanto de adultos como de menores de edad, “se llega al colmo de encerrar bajo llave a los trabajadores”; las jornadas de trabajo se subordinan a las metas de producción de las empresas y no a las normas laborales establecidas; existen ambientes de trabajo poco ventilados, periodos de trabajo extremadamente largos, condiciones deficientes de seguridad e higiene, carencia de guarderías infantiles y comedores para los trabajadores; se emplea a menores de 14 años.

El 70% o de los empleados son mujeres solteras. El salario diario en las maquiladoras es de 1.60 dólares o 240 quetzales al mes, equivalentes a 144 mil pesos mexicanos. Al año una obrera trabajó alrededor de 3,480 horas, 1,312 más que las trabajadas por un japonés y 1,531 más que un norteamericano

3. – Mire -me dice un taxista, el único servicio caro para la moneda mexicana en este país-, con los militares estábamos mejor. El dólar a lo más llegó a 2.50 quetzales, no que ahora todo ha subido y no hay seguridad. Critican mucho al general Ríos Montt, pero ese hombre fusiló a quien la debía, gente subversiva y maleantes. Ahora vea usted lo que le pasó a mi primo, se fue al norte, la hizo de pollero en Tijuana, ya se había hecho al modo mexicano. Por allá vino hace dos meses, no llegó a la esquina de su casa cuando lo picaron, lo dejaron muerto para que así lo viera su madre. Ese clavo tenemos ahora, mi hermano se fue con él, dicen que se hizo al modo mexicano y que pasa gente al otro lado en un carro. Va para un año que no se sabe de él. Ese es el temor que tenemos, que esté muerto.

4. De los anuncios clasificados del diario Prensa libre, capítulo “Excursiones”:

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5. Rolando Pérez, guatemalteco de 24 años, cuenta la vuelta entera, su viaje a Los Angeles con su familia hace tres años. 

– Mi mamá se encargó del viaje. Con un amigo conectó a los coyotes y él mismo consiguió los documentos falsos, unos pasaportes provisionales, unas hojas amarillas con las fotos. Nos fuimos con un grupo de veinte, incluyendo unos salvadoreños muy simpáticos que hacían el ambiente. Conseguimos visa hasta el distrito Federal, por eso pasamos sin problemas por Tapachula. Tomamos un Cristóbal Colón. Por alguna razón nos bajamos en Puebla. Ahí agarramos otro camión al DF, donde nos tuvieron dos días encerrados en un hotel de esos pobres. Los polleros nos pedían dinero para la comida. Decían no salgan, no hagan ruido, y hablen como mexicanos. Y sus recomendaciones: que si nos preguntan de qué color es la bandera no digamos rojo, sino colorado. Y que molcajete es pa moler el chile y que digamos chamarra, no chupa.

– Después, ahí en la estación de buses se arrimó un hombre alto, delgado, de bigote y saco negro. Dijo el coyote: “ya nos detectaron, vamos a tener que dar mordida, y la mordida uno la paga. Se arrimó el hombre: “a ver, papeles, papeles”. El coyote se le acercó, ya mi mamá le había dado dinero.

– De Guadalajara tomamos avión. Ahí nos pusimos ropa presentable, para pasar como gente que agarra altura. Nos llevaron a una ciudad cercana a Tijuana, en taxis desde el aeropuerto. En la noche hubo una reunión para explicarnos cómo íbamos a pasar. El primer grupo saldría a las cuatro de la mañana. La señal, un golpe en la puerta. Nos reúnen con el coyote, decía para todo bato. bato, un norteño de pantalón verde olivo, como de 23 años. Dijo: quiero cuatro ágiles que tengan. Me señaló a mi, a mi hermana y a otro muchacho. Nos fuimos en un taxi que nos dejó en un puente. Y rápido, dijo el norteño, cuando diga corran, corren a la velocidad que yo agarre. Y si me paro, se paran, y si arranco, arrancan. Y a lo dicho, saltamos mallas y corrimos, pasamos un barranco. Cosa de diez minutos estábamos del otro lado, en San Diego. Esperamos dos horas, porque había migra. Avanzamos un rato y otras cinco horas detenidos. Había una plantación de sandías y un hombre en un tractor, un chicano. Nos llevó a una granja, ya eran como las tres de la tarde. Entonces llegó un carro con un gringo, no dijo nada, sólo manejó. En la casa a la que llegamos había otro hombre en el jardín, hacía como que trabajaba. Dijo, cuando yo les diga pasen, háganlo, caminen normal. Nos llevaron a un cuarto, nos dieron de comer y pasamos la tarde viendo tele. Todo ese tiempo estuvieron llegando otros grupos, y ya antes de nosotros estaban otros guatemaltecos.

Celda de la cárcel municipal de Arriaga, Chis. Grupo de ilegales detenidos el 24 de mayo de 1991.

– A mi hermana la detuvo la migra. Dijo que era mexicana, como le habían dicho que hiciera. El coyote se dejó agarrar con ella. A los diez minutos de que la soltaron volvieron a cruzar la línea.

– Al otro día nos trepan en una pick up con camper. Dicen, “si para, no hablen, no tosan, no se muevan”. Cuando sentimos, ya estábamos en Los Angeles. Nos llevaron a un departamento. Ahí le hablaron a mi hermano mayor, que ya estaba en L.A. desde antes trabajando. Nos dejaron en un McDonalds. El coyote pidió 300 dólares más por cabeza. No quería mi hermano, no se dejó. Pero al otro día que llegó mi hermana le dicen: “o das el dinero o se la entregamos a la migra”. Ellos saben manipular los sentimientos, en Guatemala hacen un trato, pero en L.A. piden más. Allá pidieron 700, más los 300, mil dolares. Ibamos siete, fijese cuánto deja- mos.

6.- Al gobierno mexicano le consta algo -me dice uno de los representantes del gobierno guatemalteco en el Grupo Binacional formado para abatir la corrupción en los cuerpos policiacos de los dos países y desmantelar las mafias polleras que operan en la frontera-: la total violación de los derechos humanos de los indocumentados centroamericanos en México: golpizas, violaciones, cárcel. Si sabemos que esto va cambiando, que México ha hecho grandes esfuerzos, pero el punto de partida de cualquier negociación es ése. Y dos situaciones: una, Guatemala no cuenta con una ley que penalice el tráfico, y quienes la promovemos cortemos riesgos graves que atentan contra la propia vida. Otra, los deportados por México se quedan en nuestro país y ocasionan mucha violencia No hay de otra, los dos países tienen que entender que este es un problema regional.

LA EMBAJADA

Es una noche de fin de semana en el bar La Embajada, un congal de lujo en Coatepeque, la ciudad cafetalera a media hora de la frontera. Está repleto de mexicanos que han perdido antros de este tipo, cuando en marzo Salubridad cerró 18 burdeles en Puerto Madero. Las mujeres en oferta se exhiben una tras otra en el estrado, bailan una pieza y se desnudan a la siguiente, en una ola irrefrenable de encueratrices en tandas de a diez con descansos para recordar la marca de alcohol que bebe el público. Ivonne, Mireya, Wendy, Herlinda, mulatas hondureñas, mestizas salvadoreñas, negras panameñas arrebatan, suspiros en la marejada de sus muslos, provocan erupciones de sus senos volcánicos. Dos criollos de Tapachula confirman que esto no tiene comparaciones: 150 mil pesos por una chaparra mexicana contra los 100 quetzales (60 mil pesos) en La Embajada, que incluyen la variedad, la botella extranjera y la muchacha en la cama Y ya tienen a Mireya en la mesa que les sonríe y extiende un poco más sus ojos rasgados.

– Como en Tijuana -me dice mi acompañante, administrador de una finca de la región-. Allá las putas también son centroamericanas

Las muchachas pasan una tras otra en una secuencia de carnes que los tragos enredan con preocupaciones profanas en un burdel: en este instante alguien cruza el Suchiate con sus esperanzas en el morral y otro más se esconde en los matorrales rumbo a San Diego. En medio, México, el país al que los oligarcas guatemaltecos todavía valoran como el del apoyo a Cuba, el del populismo anarquizante y anticlerical, retaguardia de subversivos, santuario del Estado intervencionista.

Hago cuentas con el finquero: no hay cifras precisas, pero se estima en un millón los guatemaltecos que en los ochenta emigraron a México y Estados Unidos. En 1990 los braceros remitieron 430 millones de dólares a sus familias. Ahora el gobierno mexicano quiere detener su paso y aprieta h tuerca de sus servicios migratorios en Chiapas. Pero aquí no se ha resuelto nada la guerra arrasa sus pueblos indígenas, la agricultura de exportación -y el trabajo para 400 mil jornaleros- queda al vaivén de los precios internacionales y lo que aparenta ser un crecimiento económico, la ciudad de Guatemala y sus fábricas, es tan sólo concentración de miseria y desempleo.

Algo entiende el finquero, que sabe que cada año 70 mil jornaleros guatemaltecos pasan más de diez meses en el Soconusco, Trabajando en los cafetales:

– Te la volteo a vos -dice-. ¿Qué carajo le pasaría a tu país si los gringos arrojaran a los ilegales mexicanos? Coño, que les viene una revolución.

Regreso a México y su altiplano con esa y muchas más interrogantes. Nadie se atreve a dar cifras del movimiento económico que representan los ilegales. Por Tijuana cruzan 120 mil al mes, ¿pero cuántos de ellos pagaron trescientos dólares al pollero? En 1990 se detuvieron y deportaron 126 mil gentes en México, ¿pero cuántos lograron pasar? 397 chinos no lograron llegar a Estados Unidos, y habían pagado por lo menos 10 mil dólares a su pollero, pero no se sabe cuántos están ya con sus familias en San Francisco o Nueva York. ¿Cuánto gastaron los 119,497 guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -el 94.3 % de los expulsados- por llegar al otro lado? Los testimonios llevan a decir que entre quinientos y mil dólares por cabeza. Y si se quita a los centroamericanos nos quedan alrededor de seis mil deportados entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, dominicanos y peruanos, junto con indocumentados de otras 60 nacionalidades, y todos ellos por lo menos pagaron cinco mil dólares, sin contar gastos de viaje. Lo que sea, pero son fuertes los intereses que afecta la decisión mexicana de detener el tráfico en la frontera sur, en las rutas de Chiapas-Oaxaca México, Chiapas-Oaxaca-Veracruz-México y Quintana Roo-Tabasco-Veracruz-México. Los hoteleros como Rubén Guízar, propietario de Diario del Sur en Tapachula, no dejan de atacar a Servicios Migratorios por la corrupción de sus agentes. Los funcionarios de Gobernación no agachan la cabeza y afirman que las quejas son resultado de un trabajo que ha trastocado a fondo la red de tráfico con seres humanos.

Leyendas en la cárcel municipal de Arriaga, Chis. “México, perros corruptos”, una definición que consigna el malestar generado por el maltrato a los indocumentados.

Fotos: Sergio Mastretta.

Hasta ahí es un problema policiaco, complicado por las ofertas para la corrupción -dejar pasar un tráiler con cincuenta pollos le puede dejar a un agente 20 millones de pesos- y la fortaleza de la red internacional de traficantes, con más de diez años de experiencia y controlada por bandas de polleros establecidas en Tijuana: todo con un aparato penal que poco puede hacer contra amparos y fianzas otorgadas con displicencia por los jueces.

Va mucho más allá el problema político. No se ve en el panorama que la guerra y la crisis económica centroamericana dejen de expulsar minifundistas, jornaleros del campo y desempleados. En los ochenta, a costa de su extorsión, lograron pasar por México para establecerse del otro lado. Hoy se les cierra el camino en una dinámica en la que sólo un número equivalente al 10 % de los detenidos logra pasar, en un cálculo tal vez aventurado de la Secretaría de Gobernación. ¿Cuánto tiempo durará este movimiento de expulsiones y reingresos, en un juego en el que a la larga no se sabe quién es el gato y quién el ratón?

INDEFINIDOS

Ciudad de México, estación migratoria en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Un agente grita. “íA ver, esos indefinidos!”

Son dos hombres y un muchacho. Migración no les cree sus historias y ellos las repiten a quien los mire. Son los indefinidos, no tienen nombre más que para ellos mismos, no tienen apellidos en ningún documento, ni siquiera falsificado. Son ilegales y son nadie.

Braulio Medina García, de 35 años, nació en Tepic. No carga papeles, no trae maleta Como buen paria viaja a la deriva. “Soy mexicano -dice-, y la Constitución del 17 no obliga a cargar documentos”. Y de ahí no lo sacará Gobernación.

Jesús Uzcamea García, de 44 años y nativo de Guaymas, tiene una versión particular “Salí hace cuatro días de la cárcel de Santa Marta Acatitla, diez años estuve reo. Me detuvieron en Estados Unidos por portar arma robada pasé cinco años en la penitenciaría de Florence, Arizona, luego me trasladaron a México. Salí de la cárcel y no había dinero, me fui para Apizaco a trabajar en una obra, allá me agarraron. De plano no le creen y casi juran que es salvadoreño.

Ronie John Luna de 19 años, hijo de salvadoreño y chicana, de plano saca su infancia en Texas y revela qué tan profunda es la migración centromericana y cuánto sorprende a los agentes: “I was born in Antecusa -me dice-, now I move to California, I’ve been living there for seven years. I went to Guatemala in december first, to our vacation… íCarajo, soy americano!”.

Son tres de los indocumentados, una muestra ínfima de los más de 150 mil que se detendrán en 1991. En las horas que permanezcan detenidos se atendrán a las tortas que reparten los agentes.

Después seguirán, sin reclamos, su camino.   

La guerra de Galio

Tuve la fortuna de leer la última novela de Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio, al mismo tiempo que revisaba el libro de Franco Ferrucci, The Poetics of Disguise. La novela de Aguilar Camín lleva varios meses a la cabeza de los libros de mayor venta en México. Muchos lectores y comentaristas atribuyen a este gran éxito a la aparición en sus páginas, como personajes centrales y secundarios, de un buen número de figuras de la vida pública en México.

Los personajes son fácilmente identificables. La situación también lo es: las guerrillas de los años 70; la pugna entre el poder y la prensa hace 15 años. El segundo tema lo habría tratado ya, como reportaje verista, uno de nuestros más destacados y versátiles escritores, Vicente Leñero. ¿Era necesaria, entonces, esta novela de Aguilar Camín?, se preguntan algunos críticos. ¿Posee otro interés que no sea el muy morboso de identificar a los personajes?

Mis respuestas, en ambos casos, son afirmativas. La novela en clave entraña sus propios riesgos y Aguilar Camín los ha corrido, aunque un epígrafe del autor advierta que “Todos los personajes de esta novela, incluyendo a los reales, son imaginación. Lo mismo pudieron decir Aldous Huxley, que en Contrapunto hizo desfilar a la fauna literaria y política de la Inglaterra de la primera posguerra; o Simone de Beauvoir, que en Los mandarines hizo otro tanto por los cenáculos parisinos de la segunda posguerra. Pero Aguilar Camín no ha hecho una profesión del misterio, como Roger Peyrefitte en sus novelas.

Más bien, se acerca a un modelo ilustre, el de La Bruyére, cuyos Caracteres, en el siglo VII, causaron sensación, más que por la extraordinaria calidad de la escritura y de las ideas, por la sucesión de claves sobre personajes de la época Las correspondencias entre los personajes literarios y los modelos de la vida real fueron anotadas en los márgenes de los ejemplares para vender los mejor. Al cabo, se publicó una clave para leer Los caracteres. De esta manera, el lector podía leer a La Bruyére con un librito de compaña explicándole quién era quién. Quizás Héctor Aguilar Camín termine por hacer lo mismo. Aunque su espíritu lúdico podría llevarle a atribuir a sus personajes identidades distintas de las que les otorga la vox populi.

Pero si dentro de 50 ó 100 años se sigue leyendo La guerra de Galio (y yo apuesto, otra vez, por la afirmativa) ya no será por curiosidad acerca de si en ella aparecen Fulano o Mengano, sino por los valores que hacen de esta una novela necesaria. Pues si el autor, con pleno derecho, disfraza a sus modelos para hacerlos “imaginarios, el verdadero disfraz de la obra esta en ella misma, en su interior, en su razón de ser y en su verdad más íntima.

Aquí es donde mi lectura de Ferrucci resultó oportuna y coincidente. El profesor de Rutgers alega que toda obra literaria tiene su autobiografía. Ferrucci nos obliga a entender que existe una autobiografía de la obra, distinta de la autobiografía del autor y, por supuesto, de la biografía de los personajes.

Una novela, por ejemplo, crea su propia biografía en el momento en que se separa de sus modelos, en a realidad o en la literatura, y crea su propia realidad y su propia literatura (al cabo la misma cosa). Cervantes, digamos, derrota el modelo de las novelas de caballería Dostoievski derrota el modelo de las novelas por entrega Pero al mismo tiempo, el autor disfraza el modelo que le sirve para crear una nueva obra con estrategias simbólicas. Siempre es más fácil juzgar lo que un novelista deja atrás, que adivinar el horizonte que abre. Y raro es el novelista que, como Laurence Sterne, hace evidente, en las palabras de Schlovsky, el entramado y la técnica de su obra.

Este ensayo de Carlos Fuentes se publica en exclusiva para nexos.

Más cercano a Dostoievski que a Sterne, Aguilar Camín participa, sin embargo, del universo gestual, gestante, de nuestro padre Homero. En La Odisea, advierte Ferrucci, podemos observar cómo se hace la obra, cómo se gesta, cómo se hace la autobiografía del poema. Pero esa verdad se basa en un engaño. La Odisea es la historia de un hombre que debe disfrazarse para obtener lo que quiere: el regreso a Itaca. Ante el gigante Polifemo el héroe, para escapar disfrazado, declara que es Nadie. Pero sólo Nadie puede llegar a ser Alguien. Disfrazado, Ulises viaja capturado, al mismo tiempo, por un pasado colectivo, arquetípico, que lo identifica demasiado. Este es el pasado que compartió con Héctor y Aquiles. Pero ellos no regresaron.

El regreso de Ulises es una violación del pasado porque la tragedia es violada. Esta vez, el regreso a la ciudad tiene un final feliz. Ulises no es Agamenón. Y Ulises regresa sólo porque se disfraza Nadie se vuelve Alguien.

Mediante esta estrategia, Homero nos permite ver la obra en el momento de hacerse. Mediante el disfraz, la mentira el poeta nos brinda acceso a la autobiografía del poema.

Cito la autobiografía de La Odisea analizada por Franco Ferrucci como una recomendación para la lectura de La guerra de Galio. Atribuyo a Héctor Aguilar Camín, uno de los más inteligentes escritores mexicanos de la generación -20 años menos- que sigue a la mía, talento de sobra para presentar una biografía aparente de su novela, que engolosine y distraiga a muchos críticos y lectores, permitiendo a la obra que se construya disfrazada.

Pero detrás del disfraz del roman-a-clef, hay una verdad y la de esta novela es que es un canto sobre los desperdicios, un poema desde los sótanos de la existencia de eso que Adorno llamó humanidad dañada Igual que Adorno, Aguilar mira de frente el daño humano, pero se niega y nos niega cualquier impulso romántico al retorno prístino, a la restauración de la unidad perdida. No soportaríamos un mundo justo, nos dicen Adorno y Aguilar.

En cambio, podemos ir hacia adelante con la conciencia crítica de que, si hemos de crear valores, los encontraremos en la ausencia de unidad, en la diversidad, en eso que Bajtin celebraba como la fuerza centrifuga y sus manifestaciones novelísticas: “La diversidad y conflicto de lenguajes, la novela como arena de lucha y encuentro de civilizaciones, tiempos, ideas y no sólo de personajes”.

El tiempo y el lugar de ese encuentro en La guerra de Galio es la historia y es México. Entre la picaresca y el melodrama, entre Lizardi y Revueltas, entre Payno y Azuela, entre Guzmán y Del Paso, la literatura mexicana ha dado obras que trascienden e incluso corroen los modelos de unidad que han constituido los disfraces de la legitimación en nuestro país. La virtud de La guerra de Galio es que deslinda y distingue con una claridad deslumbrante, aunque en una atmósfera turbia, las pasiones y posiciones reales del disfraz político. En este rincón, el tomismo medieval. En éste, la ilustración dieciochesca El réferi se llama la modernidad. Pero debajo del ring esperan, inquietos, gruñentes, los salvajes, los bárbaros, los caníbales…

País tomista en un sentido, México siempre le ha dado a la unidad y a la autoridad central que lo representa el poder necesario para obtener el bien común, que es el objetivo supremo de la política escolástica. La guerra de Galio no sólo demuestra esto, sino que lo encarna dramáticamente en el combate de dos élites: el gobierno y la prensa, la República y La república. Entre ambos, se establece “un correo interno de la élite del país”, en el que las palabras son la realidad. Periodismo de declaraciones, más que de hechos, corresponsivo con una política de declaraciones también y de hechos que no coinciden con las palabras. No es de extrañar que los personajes, sobre todo Galio, se envenenen hablando; las palabras son su vicio, su compulsión, su única prueba de, y similitud con el poder.

Pero si las palabras de la élite intelectual se agotan en sí mismas, las del poder pueden convertirse en actos, a pesar de que, o precisamente porque, contradicen a las palabras. Todo el debate gira en torno a esa pregunta: ¿Qué clase de actos políticos darán cuenta de nuestras palabras? ¿Continuaremos los mexicanos, como lo vio claramente el historiador inglés David Brading, imponiendo un proyecto liberal, ilustrado, comprometido (en el sentido de compromiso entre muchas partes) a “un país construido en la tradición inversa”, que es sacralizante, conservadora, intolerante, hija al cabo de Moctezuma y Felipe II? ¿O abandonaremos el compromiso liberal, hecho por partes iguales de concesiones, autoengaños y aufklarung, para descender a “ese horror que ustedes no sospechan”: un caos criminal, subterráneo, nuevamente sacrificial, comparable casi al primer grito y a la primera cuchillada?

La guerra de Galio es la historia de un duelo entre las dos élites de México: la oficial y la crítica. Por supuesto, el país no se agota allí. El “misterio liberal” al que alude Brading nunca ha querido darle su oportunidad a la sociedad posible, alternativa. Se teme al “México bronco”, al “tigre desatado”.

La sociedad alternativa se hizo presente en dos de las facciones de la revolución mexicana: las de Pancho Villa y Emiliano Zapata. El aura de Zapata es la de haber logrado hacer realidad, por un breve tiempo, la sociedad alternativa, local, basada en la cultura del autogobierno.

En La guerra de Galio, los jóvenes guerrilleros de clase media abandonan sus hogares, sus estudios, sus ciudades, para darle otra oportunidad a la revolución perdida. La pregunta crítica es la siguiente: ¿Qué impediría que, si llegaran al poder, las guerrillas impusieran su ideología como una nueva élite movida por la razón histórica y el bien común?

Todos estos peligros se han hecho palpables en la América del Sur. El polpotismo delirante de Sendero Luminoso en Perú es otra cara de la barbarie de las dictaduras torturantes de Videla y Pinochet. Entre la escolástica de la derecha y de la izquierda, el poder moderno en México se ha presentado como una opción liberal imperfecta, perfectible, y en todo caso viable, cuya ilustración depende de dos cosas: admitir la crítica, pero no soltar el poder. Federico de Prusia y Catalina la Grande se hubiesen sentido a gusto en México a partir de 1920; Voltaire y Diderot también. Tom Paine, jamás. 

¿En qué medida ha logrado el poder en México no sólo apropiarse de, sino identificarse con las claves profundas de las clases pensantes del país? Wilhelm Reich atribuye al nacional-socialismo el éxito de haber comprendido y secuestrado la cultura de Alemania, mientras los comunistas y los socialistas hablaban de infraestructuras económicas y le abandonaban la “superestructura” cultural a Hitler.

La novela de Aguilar Camín se debate, se agita y se sufre al nivel de esa “superestructura” que, como lo está revelando todos los días la historia actual, es la verdadera “”infraestructura” de la sociedad. Si Marx puso de cabeza a Hegel, ahora Nietzsche ha puesto de cabeza a Marx. Pero los personajes de Aguilar Camín, producto de la interpretación dominante a partir de Hegel, aún no lo saben. Quisieran el poder para cambiar la “infraestructura” económica. No saben usar el poder de la cultura. Ni siquiera saben que ya lo tienen porque actúan, o pueden actuar, en la “superestructura” cultural.

De allí la confusión, la amargura, la derrota de los Galio y de los Sala, los Santoyo y sobre todo el protagonista, ese “desperdicio llamado Vigil”, el historiador convertido en periodista. La verdad es que todos los mexicanos hemos vivido por lo menos una parte de esta Guerra de Galio. Todos conocemos a los hombres brillantes que dejaron el talento en la charla de café, la borrachera, la política fraguada entre el burdel y la cantina, la comelitona y la antesala del señor ministro. Todos conocemos a las mujeres que perdieron el amor porque el amor fue el desperdicio máximo de todas estas generaciones desperdiciadas.

Todos sonreímos y nos encogemos de hombros al reconocemos en esta cultura del cubalibre y del bolero. Aguilar Camín ha vivido y escrito todo esto por nosotros. De allí la admiración y la gratitud de muchos lectores. Estas biografías laceradas son, o pudieron ser, las nuestras; su baño amiótico es el desgaste, el asco. Más que la novela de Sartre, ésta de Aguilar merece el título de La náusea.

No oculto, pues, la desazón y las rasgaduras que produce la lectura de este libro. Pero criticar al autor porque aquí no hay amor es negar la razón de ser de este libro: aquí no puede haber amor, porque el amor es la primera víctima del mundo de Galio.

Pero si no puede haber amor, ¿puede haber democracia?

Nadie, ni en México ni en ninguna parte del mundo, quiere perder esa doble esperanza, la democracia y el amor, la felicidad política y la felicidad amorosa. Intentamos el amor, aunque fracasemos. Intentamos la democracia, aunque una y otra vez el esquema autoritario -ilustrado a veces, otras represivo- se imponga al cabo. Y sin embargo, sin prejuzgar la buena fe de nadie, puede decirse que casi no existe un intelectual mexicano (me incluyo en ello) que en un momento de su vida no se haya acercado al poder, confiado de que podía colaborar para cambiar las cosas, impedir lo peor, salvar lo salvable.

Galio es el ejemplo más atroz del posible cinismo de este empeño. Vigil mismo, el ejemplo mejor de una entrega esperanzada a la vida pública. Ambos fracasan. Ignoran que en México (ésta es la lógica del poder) todo ocurre una sola vez y para siempre, aunque se repita (casi ritualmente) en mil ocasiones. Basto una reforma agraria, aunque fracasase, para que no hubiera dos. Bastó una matanza de Tlatelolco para no repetir el error. Bastó un fracaso electoral en 1988 para que eso no ocurra nunca más. Basta, en otras palabras, una revolución mexicana para que no haya, nunca, otra.

Tal es el desafío del poder. ¿Lo recogerá una sociedad civil en gestación, a ratos enérgica, a ratos exhausta? ¿Triunfará al cabo una democracia mexicana más amplia y representativa, capaz de la, hasta ahora, imposible alternancia en el poder? ¿Triunfará el compromiso liberal? ¿O triunfarán la pistolerización, la impunidad, el sótano?

Asomado al abismo del horror, lo que Rómulo Gallegos llamó “la violencia impune”, Héctor Aguilar Camín encuentra en su propia crítica un motivo de aliento. La autobiografía de la novela se convierte en la autobiografía del tema de la novela -México, su política, su sociedad- cuando el autor nos habla de “la trágica generosidad de la vida mexicana, su enorme capacidad de dispendio humano y de resistencia… no sé qué fatalidad estoica, maestra de la vida dura e injusta, impasible como el tiempo, severa y caprichosa como él, matrona de la adversidad y de la lucha incesante, costosísima, por la plenitud de la vida”.

Aguilar Camín, como Odiseo, ha viajado capturado por un pasado colectivo, arquetípico. Pero al escribirlo, ha violado sus códigos, ha traicionado a su mundo, lo ha abierto a su propia verdad, ha revelado sus secretos: sólo podemos ser algo a partir de la nada aquí descrita; sólo podemos ser algo mejor a partir de este horror que aquí les muestro; la medida de nuestra salvación está en la energía de nuestra degradación.

No sé si ésta es, al cabo, la respuesta de una cultura cristiana, pero no de un cristianismo beato sino de ese cristianismo trágico, de opciones difíciles, que entre nosotros prefiguró José Lezama Lima. ¿Es La guerra de Galio, secretamente, un gran oratorio religioso, una misa degradada en la que ofician Santo Tomás, Voltaire y Al Capone?

El mundo actual nos exige ver de frente cuanto hemos sido sin engaños. Pero para poder conocer la verdad, no hay camino más seguro que una mentira llamada novela. Quizás el secreto de esta gran novela de Héctor Aguilar Camín es el de una cultura trágica como parte indispensable de la modernidad. No me atrevo a jurarlo. El escritor, por serlo, se ha guardado muy bien de revelarnos la autobiografía de su obra. No está la clave de ella en la clave de los personajes, sino en esa parte de mentira que siempre es la verdad de una novela.

El IFE sin lágrimas

UN CUESTIONARIO

La vida electoral en México ahora sí se ha vuelto materia de reflexión y debate. Sobre todo después de que el pasado 18 de agosto se registró una sorprendente afluencia de votantes. Entre la oferta partidaria y las expectativas ciudadanas, ¿qué desempeño tuvo el Instituto Federal Electoral durante los días que siguieron a las elecciones? nexos elaboró y le envió 5 preguntas al Presidente del IFE, Emilio Chuayffet para que él mismo determinara ese desempeño. El cuestionario no quiere ser un buscapiés sino un buscacifras. ¿cuántas casillas fueron computadas a tiempo y a que velocidad salieron a la luz los resultados preliminares? 

Se le ha reclamado al Instituto Federal Electoral la tardanza en dar resultados preliminares, como estuviera, la misma noche del 18 de agosto, día de la elección. ¿Hubo esta información? ¿Que ocurrió exactamente?

El Instituto Federal Electoral proporcionó la información con la mayor celeridad posible, dentro de los márgenes que le permitió la generación de datos de acuerdo al procedimiento marcado por la ley.

El IFE entregó a los partidos políticos, y a los medios de comunicación, 7 reportes -a partir de las primeras horas del día 19 de agosto- conteniendo los resultados que se iban recabando.

El primero de los reportes -dado a conocer a las 3:00 horas del lunes 19-, contenía los resultados correspondientes a la elección de diputados en 2519 casillas, y a la de senadores en 2683. Estas eran las casillas que habían sido reportadas al Instituto a esa hora y, consecuentemente, que se encontraban registradas en su sistema de cómputo.

El último reporte se dio a conocer el miércoles 21 de agosto, a las 8:00 horas, cuando se iniciaba el cómputo oficial de la votación en los Consejos Distritales. En este reporte se contenían los datos correspondientes a la elección de diputados en 63,308 casillas, que representan el 71.7% del total, y a la elección de senadores en 62,646 casillas que representan el 70.9% del total.

La información preliminar fluyó continuamente y así fue dada a conocer.

Usted ha dicho que el Código Federal Electoral imposibilita la opción de ofrecer tendencias electorales el mismo día de la votación mediante muestreos, sondeos de opinión, etcétera, como en otros países. ¿Podría remitirnos sucintamente a la parte del Código donde esta determinación queda asentada? ¿No será deseable contar con sondeos debidamente normados?

El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, en su artículo 243, establece el procedimiento a seguir para dar a conocer la información preliminar de los resultados.

Este procedimiento comprende los siguientes pasos: escrutinio y cómputo en las casillas; integración de los expedientes y los paquetes electorales con toda la documentación utilizada durante la jornada electoral; traslado de dicha documentación a los Consejos Distritales; recepción de los expedientes y los paquetes en los Consejos Distritales; levantamiento de actas circunstanciadas en dichos Consejos, sobre la recepción de los paquetes electorales; lectura en voz alta ante el Consejo Distrital de los resultados de la votación que aparecieron en las actas de escrutinio y cómputo procedentes de las casillas; suma de esos resultados en los Consejos Distritales; y transmisión de esa información a las oficinas centrales del IFE.

¿Han sentido ustedes en el IFE un desfase, por decirlo así, entre la complejidad técnica que requiere el cómputo de los votos y la ley electoral? ¿Las computadoras podrían ir más rápido que los pasos que marca la ley?

Quisiera contestar juntas, la última parte de la pregunta anterior y la que se formula en tercer lugar.

Todo proceso de información entraña una serie de exigencias técnicas para que fluya eficazmente. Nuestra ley vincula el sistema de información a un proceso formal de escrutinio y remisión de expedientes de casilla al Consejo Distrital, que ciertamente retardan el envío de la información. Podrían explorarse -y esta afirmación la hago a título estrictamente personal- diversas técnicas que se aplican en otros países, y que recogidas por el Código, pudieran servir para dar mayor celeridad a la difusión de los resultados preliminares. Evidentemente, tendrá que cuidarse que dicha difusión garantizara plenamente a todos los partidos y a los ciudadanos, la veracidad e imparcialidad de las cifras.

¿Qué evaluación haría usted del desempeño del IFE? ¿Hubo algunas incomprensiones o trabas partidistas que incidieran en el trato del Instituto?

A mi juicio, el Instituto Federal Electoral cumplió cabalmente con el mandato de la ley. Ofreció la información al tiempo que la fue recibiendo. Los partidos políticos actuaron en ejercicio de sus derechos, escrupulosamente.

Por último, hacia las elecciones de 1994, aparte de que esto corresponda a los partidos y a los ciudadanos, ¿considera usted que habría que hacer cambios a la ley para agilizar el cómputo y la información de los resultados electorales? ¿Podría enumerar tres cosas que, a su juicio y a partir de la experiencia reciente, no deben cambiar en la ley por ser comprobadamente eficaces? ¿Podría enumerar otras tres que, por el contrario, en caso de seguir vigente, podrían entorpecer el proceso electoral te 1994?

El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales se aplicó por vez primera en las pasadas elecciones de agosto. Como toda obra humana, es perfectible, y la experiencia será en este sentido, la directriz que debemos entender los ciudadanos, los partidos y las autoridades electorales para plantear eventualmente las reformas que se consideren pertinentes.

Ciertamente, vale la pena revisar el capítulo relativo a la información de los resultados preliminares.

Por otra parte, entre las innovaciones fundamentales de la ley que considero probaron ser agentes de una mayor calidad del proceso electoral, se encuentran:

1. La presencia de consejeros magistrados y consejeros ciudadanos como representantes de la ciudadanía en los órganos electorales nacionales, estatales y distritales.

2. La forma de designar a los funcionarios de casilla, mediante la insaculación y capacitación previos.

3. La desconcentración de decisiones como el registro de candidatos, o la expedición de las constancias de mayoría que dan mayor agilidad al proceso electoral. En relación a las disposiciones que deben ser reformadas con vistas al proceso electoral de 1994, me excuso de dar una respuesta concreta con el propósito deliberado de que el Instituto Federal Electoral sea receptor de los juicios que ciudadanos y partidos políticos, que son los auténticos protagonistas del proceso electoral, así como el Tribunal Federal Electoral y los Colegios Electorales, puedan vertir al respecto.

Mitología y realidad del fraude electoral

El 18 de agosto de 1991, al conocerse los primeros resultados del proceso electoral, la reacción de partidos y medios de información fue de sorpresa; no era para menos, el PRI obtenga un apabullante triunfo en la casi totalidad de los distritos electorales del país; en 31 entidades de la República, salvo el caso de Baja California, se enfilaba hacia la conquista de las senadurías en juego, mientras que en las seis entidades en donde junto a la elección federal se realizaron elecciones para renovar el Poder Ejecutivo estatal, obtenía ventaja considerable frente a su más cercano contendiente.

Otras sorpresas depararan los resultados: una Inusitada e Inesperada participación ciudadana, que desbordaba con mucho las previsiones más optimistas al respecto y una relativa tranquilidad en la jornada electoral, aun en las zonas más conflictivas. 

Sin embargo, desde las horas posteriores al cierre de las casillas, una sombra de duda e incredulidad empezó a rodear el resultado de la elección. Jorge Alcocer V. y Rodrigo Morales M. intentan ubicar en este artículo las principales fuentes de impugnación y las evidencias disponibles para separar a la mitología de la realidad en el fraude electoral.

EL PADRÓN ELECTORAL

En los marcos de las negociaciones acerca de la reforma electoral, los partidos opositores plantearon como exigencia la elaboración de un nuevo padrón electoral;(1) entre febrero y mayo de 1990 una subcomisión de la CFE se abocó, en unión de las autoridades del RFE y de especialistas del INEGI, a la discusión sobre la viabilidad de las distintas opciones existentes para la depuración, actualización o formulación de un nuevo padrón electoral. Las resistencias para aceptar un padrón que partiera de cero provinieron de varios sitios. El PRI, tradicionalmente reservado cuando actúa en subcomisiones, optó por adherirse a la posición de las autoridades del RFE que negaban tajantemente la viabilidad de intentar un nuevo padrón que estuviera listo para la elección federal de 1991. La negativa llegó a tal extremo que el director General del Registro aseguró que de tomarse la decisión de hacer un nuevo padrón, él presentaría su renuncia al cargo. En mayo de 1990 el director del RFE presentó su renuncia al cargo que venía desempeñando desde diciembre de 1988 y en su lugar fue designado el ingeniero Roberto Wong Urrea.

Jorge Alcocer V. y Rodrigo Morales M. Integrantes del Centro de Estudios para un Proyecto Nacional, S.C.

En diciembre de 1990 concluyó la fase de planeación del proceso, la cual fue presentada a los partidos políticos. Se trataría de un ejercicio basado en visitas domiciliarias para obtener el registro de cada ciudadano en el Catálogo General, el llenado, con firma y huella digital, de la solicitud de inscripción en el padrón electoral, y la expedición y recepción, en el propio domicilio, de la nueva credencial para votar, requiriéndose de cada ciudadano la entrega de la copia de inscripción en el padrón, y la firma y huella tanto en la credencial como en un recibo. Todos los documentos fuente que demostrarían la legalidad de todo el procedimiento serían conservados por el Registro.

La discusión estuvo centrada en las garantías técnicas y políticas de legalidad, imparcialidad y transparencia en todo el procedimiento. Quizás el acuerdo más trascendente se refirió a la forma de elaborar la clave del elector, que de hecho fue asimilada a una clave de identidad ciudadana, vinculada a los datos personales de cada ciudadano, a su lugar de residencia y a un mecanismo de seguridad que garantizaría, en un altísimo nivel de confiabilidad, la no duplicidad de los inscritos.

Por vez primera los asesores técnicos de los partidos políticos tuvieron acceso permanente a toda la información sobre el procedimiento, participaron en la discusión y toma de decisiones en muchas de las áreas esenciales, incluyendo la selección de los proveedores del equipo de cómputo. Sin embargo, hubo áreas sensibles del proceso en las cuales, desde un principio, quedó claro que las nuevas autoridades del Registro no aceptaban la injerencia de los comisionados y asesores de los partidos opositores; particular importancia tuvo la selección del personal responsable del levantamiento de campo a todos los niveles, en la cual los partidos no pudieron tener injerencia.

Iniciado el trabajo de campo surgieron los primeros problemas. Por un lado, el resultado del primer esfuerzo de empadronamiento superó con mucho las previsiones. Al iniciar la cuarta semana de visitas domiciliarias, las autoridades reportaban más de 12 millones de ciudadanos que habían requisado el formulario de inscripción en el padrón. El sistema había sido desempeñado sobre la base de un principio elemental, pero esencial para el cumplimiento de los tiempos, “primeras entradas, primeras salidas”, lo cual quería decir que los primeros ciudadanos empadronados, estarían recibiendo su credencial para votar en un tiempo mínimo respecto del día en que se empadronaron. Sin embargo, cuando el sistema ya tenía registrados varios millones de empadronados, no contaba con los equipos y material necesario para expedir las credenciales. Este fue el primer cuello de botella que se volvió decisivo pues afectó la totalidad del proceso.

Por otro lado, al conocerse los primeros datos globales, por entidad y distrito acerca del avance en el empadronamiento, tanto el PAN como el PRD señalaron que había evidencia empírica de sobreempadronamiento en las zonas de más alta votación por el PRI en 1988, presentándose el fenómeno inverso en las zonas de alta votación por el PAN o el FDN en aquel año. Sin embargo, distintos ejercicios realizados, tanto por los partidos como por analistas, no confirmaron esa afirmación. Lo más significativo fue que ninguno de los partidos denunciantes se retiró del ejercicio. A partir de ese momento, el cuestionamiento acerca de la imparcialidad se volvió el tema número uno en la campaña electoral. No es exagerado afirmar que en los meses de febrero a agosto de 1991, más que debatir en tomo a sus plataformas electorales o propuestas programáticas, los partidos se dedicaron a pronunciarse en torno a la credibilidad o no del nuevo padrón. El debate arreció al momento de entrar al reparto de credenciales.

Una planeación fallida y un sobredimensionamiento de los inevitables errores en el marco de una campaña electoral caracterizada por las denuncias anticipadas de fraude electoral, junto a señalamientos justificados acerca de conductas ilegales o poco transparentes en el operativo de campo, contribuyeron a marcar todo el ejercicio con una gran sombra de duda.

El problema mayor se presentó con la entrega de credenciales para votar. Al retraso originado en el desfase de la planeación respecto de los tiempos reales vino a sumarse lo que parece haber sido la decisión deliberada de frenar y/o dosificar la entrega de credenciales en ciertas zonas y distritos del país. El problema llegó cuando al concluir el plazo de entrega se descubrió un rezago de más del 35 por ciento respecto del total. La situación anterior obligó a un esfuerzo extraordinario en un periodo muy limitado, con el objetivo de llegar a un porcentaje de cobertura superior al 90 por ciento del total. El costo del ajuste en tiempo fue el atentar contra los controles y mecanismos de seguridad diseñados para impedir la expedición de credenciales duplicadas o para garantizar la entrega personal al ciudadano interesado. A lo anterior vino a sumarse un pésimo diseño en el funcionamiento de los módulos, que finalmente originaron un verdadero desorden en el control de entrega de credenciales.

Hasta donde el estado actual de los estudios realizados permite visualizar, tendríamos que convenir en que la fase de levantamiento del catálogo de ciudadanos y del padrón da por resultado un nivel alto de confiabilidad, se respetan las medidas de control y seguridad en los sistemas y se produce un resultado que en general puede considerarse como aceptable. Ello no quiere decir que en esa fase no haya habido problemas, casos como el de la preferencia detectada en varias zonas de empadronamiento temprano de ciudadanos identificados con el partido oficial, revelan que el PRI manejó sus contactos e influencias en el IFE y en el RFE, para obtener un trato preferente hacia sus posibles o asegurados electores.

El problema fuerte se presentó en la expedición y entrega de credenciales para votar en donde las evidencias disponibles apuntan hacia una selectividad intencionada que provoca un alejamiento de las metas preestablecidas, lo que a su vez obliga a un esfuerzo extraordinario que hace inoperantes los controles y medidas de seguridad en el acceso al sistema.

De acuerdo a los datos finales proporcionados por el RFE, el catálogo de ciudadanos llegó a un registro de 42 millones de ciudadanos; el padrón alcanzó 39.2 millones, de los cuales fue posible entregarles su credencial para votar a 36 millones, habiéndose destruido poco más de 3 millones de credenciales.

A las denuncias opositoras acerca de presuntas irregularidades en el manejo de las credenciales vino a sumarse el hecho de que el día de la elección un número de ciudadanos, aún indeterminado, pero significativo, que habían recibido su credencial para votar no aparecieron en los listados definitivos y no pudieron ejercer su derecho al voto, aun cuando algunos de ellos lograron hacerlo en las casillas especiales instaladas para los ciudadanos en tránsito.

La causa más probable de esa anómala situación es precisamente el desorden y la falta de control que caracterizaron la entrega de credenciales en los últimos días del ejercicio, así como la incineración o destrucción precipitada de las credenciales sobrantes. Versiones altamente confiables señalan que hubo estados, como el caso de Michoacán, en dónde fueron incinerados no solamente credenciales no entregadas, sino también los formatos en limpio (cerca de 240 mil micas), listados del padrón, recibos de entrega de credenciales y otros documentos fuente.

A nuestro juicio, el problema del padrón no podrá ser plenamente aclarado en tanto no se termine el trabajo de la subcomisión especial creada por el Consejo General del IFE para tal efecto. Dicha comisión ha acordado realizar un conjunto de pruebas de confiabilidad, entre las que destacan el muestreo de 300 mil casos que daría un altísimo nivel de confiabilidad para determinar el margen de error o distorsión que registra el listado y la entrega de credenciales. A esas pruebas será necesario sumar las realizadas en forma directa por los partidos políticos, así como las auditorías que empresas privadas, como Nielsen Co., IBM, Mackinsey y Asociados y otras han realizado.

Hasta hoy, las evidencias disponibles apuntan hacia la existencia de varios problemas que influyeron en el resultado final, reduciendo la confiabilidad del nuevo padrón y de la entrega de credenciales. El más importante habría sido la supervivencia de una estructura dominada por funcionarios vinculados a los intereses del partido oficial que tomaron decisiones, con anuencia o sin ella de las más altas autoridades del IFE, para favorecer al PRI, atentando y haciendo nulatorios los mecanismos de control establecidos.

EL FUNCIONAMIENTO DEL IFE

El resultado práctico más significativo de la legislación electoral aprobada de común acuerdo por el PRI y el PAN fue la creación del Instituto Federal Electoral, como organismo autónomo permanente, encargado de la preparación, desarrollo y vigilancia de todas las fases del proceso electoral.(2) El PAN depositó en la creación de ese Instituto la esperanza de que por fin habría en México un cuerpo de funcionarios imparciales, profesionales, capaces de conducir el proceso electoral alejados de partidarismos e intereses ilegítimos o ilegales.

El resultado de la primera experiencia del IFE es desconsolador. El PRD asegura que toda la estructura del IFE fue puesta al servicio del PRI, mientras que el PAN afirma que sólo se salva la actuación de los consejeros de más alto nivel, esto es, quienes se integran al Consejo General del Instituto. Los juicios anteriores están influidos, como es obvio, por la experiencia directa de cada partido, pero de esas afirmaciones cabe extraer una primera y preliminar conclusión: la forma de designación de los funcionarios del IFE, tanto en los niveles superiores como en los intermedios y de base, contribuyó a recrear los vínculos tradicionales entre la estructura del partido oficial y la estructura electoral, de forma tal que esta última terminó por ser subordinada y adaptada a las necesidades del priísmo.

Recordemos que prácticamente la totalidad de los consejeros magistrados y de los funcionarios ejecutivos del IFE tenían claros antecedentes de militancia priísta o procedencia indudable de las altas esferas del poder público. Ello, que en otras circunstancias podría ser discutido, en el caso de México se convierte en fuente de problemas e incertidumbre por la innegable y renovada vinculación entre el aparato estatal y el aparato priísta. Cierto que sería injusto, en este nivel y grado de avance de la investigación, el pasar un juicio sumario a todos los funcionarios del IFE, pero existen suficientes evidencias de que el PRI logró mantener un altísimo nivel de influencia en la actuación de los funcionarios en los 300 consejos distritales y en los 32 consejos locales.

Al menos en dos casos esa influencia se revela como determinante: uno es el trámite para la designación de los funcionarios de casilla en el cual las listas de ciudadanos insaculados, así como el notorio ausentismo o rechazo de miles de ellos, permitió al PRI, con base en encuestas directas, como en el caso del DF, o de simple cruzamiento con el padrón priísta, como sucedió en varias entidades de la República, influir, cuando no determinar, esos nombramientos, esto es, designar a través de los vocales ejecutivos de organización electoral, a los ciudadanos que ocuparían los cargos de mesa directiva de cada casilla.

Otro caso es el de los llamados “coordinadores de zona” que actuaron el día de la elección por un acuerdo unilateral de la Dirección General del IFE que nunca fue conocido y mucho menos sancionado por el Consejo General. Como se recordara, una de las exigencias opositoras en la nueva legislación electoral fue suprimir la figura de los “auxiliares” que actuaban el día de la jornada electoral y a los cuales reiteradamente se acusó de “delincuentes”. La oposición obtuvo la eliminación de esa figura, pero la dirección del IFE la restableció a través de los “coordinadores” que estuvieron fuera del control de los consejos distritales, pues sólo respondían a las instrucciones del presidente de cada consejo distrital. Diversos testimonios recogidos el día de la elección apuntan hacia una evidente coordinación entre estos empleados, como los llamó el director del IFE, y los promotores del voto priísta.

Un balance preliminar de la actuación del IFE nos lleva a establecer que el problema de fondo esta en la propia legislación que al crear una burocracia permanente no cuidó de establecer los criterios y mecanismos para su reclutamiento, capacitación y control. El Estatuto del Personal Profesional del IFE esta por ser discutido y expedido, por lo que en la elección de agosto se operó con criterios ad hoc y con un altísimo grado de discrecionalidad por parte de la Dirección General del Instituto, la que, todo indica, terminó por apoyarse en la vieja burocracia que durante años ha transitado del PRI al aparato oficial electoral y a la inversa.

INGENIERÍA ELECTORAL O FRAUDE MAQUINADO

Pocos temas han despertado mayor controversia en estos días que la legalidad y legitimidad de la estrategia priísta para la conquista del voto en zonas urbanas. De acuerdo al plan nacional electoral del PRI, presentado en mayo de 1989, la estrategia contempla la creación de una red de promotores del voto que parte del coordinador estatal -antes delegado-, pasa a un responsable por cada uno de los distritos, de los que dependen en forma directa los coordinadores de sección y los promotores del voto por casilla, manzana y acera.

La estrategia fue diseñada a partir del análisis de resultados en cada una de las casillas electorales del país para los años 1979, 1982, 1985 y 1988, estableciendo el nivel máximo de votación por partido en cada casilla y como resultado de lo anterior el numero mínimo de votos necesarios para que el PRI confirmara su triunfo, o recuperara la mayoría en cada una de ellas. El ejercicio se realizó, al menos, para las 115 ciudades más importantes del país que incluyen la totalidad de los distritos netamente urbanos.

La estrategia se complementó y reforzó con un sistema de encuestas nacionales a nivel de distrito mediante las cuales se estableció el programa de oferta política y clientelar de cada candidato, el tipo de propaganda a realizar y los puntos débiles, y fuentes, de los candidatos opositores. La información estadística fue transformada en un vasto operativo de promoción y control del voto que tuvo como respaldo primordial el compromiso previo de millones de ciudadanos de votar en favor del PRI, compromiso garantizado mediante la acción de los promotores del voto que el día de la elección pasaban casa por casa “invitando” al ciudadano a cumplir con el compromiso previamente establecido, llevándolos a votar, facilitándoles el medio de transporte y reportando a los coordinadores de sección el avance en la meta establecida.

Ha sido posible determinar que para el caso del DF el PRI contó con información oportuna acerca del grado de afluencia ciudadana a las casillas que pudo comparar con el grado de avance en sus propias metas, construido a partir de sus promotores del voto. La pinza fue cerrada con la encuesta de Gallup-Televisa (“exit poll”) que determinaba, a nivel de distrito, el resultado más probable de la elección.

El ejercicio, pálidamente descrito, supone una capacidad de recursos y de movilización sólo realizable a partir de contar con todo el apoyo del aparato gubernamental. Por desgracia, la discusión de fondo acerca de la Legitimidad y contenido ético de estas practicas se ha desviado por el abuso en los juicios. A fin de cuentas, como señaló Juan Molinar Horcasitas, “lo que importa no son los tamales, sino quien los paga”.

EL ENIGMA DE LOS NÚMEROS

Pocos asuntos tuvieron tanta, y tan mala repercusión sobre la credibilidad de los resultados de la elección presidencial de 1988 como la ya famosa “caída del sistema” y el posterior, y hasta hoy no resuelto, ocultamiento de los resultados de más de 30 mil casillas. No es ocioso recordar que buscando dar satisfacción al justificado reclamo de opositores y no opositores a este respecto, en su discurso de toma de posesión como presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari dijo:

…Tácticas preelectorales de algunos opositores y deficiencias en el mecanismo oficial de información no explicadas a tiempo por autoridad competente, contribuyeron a dejar dudas en algunos grupos sobre el resultado de la elección.

Lo cierto es que las deficiencias nunca fueron subsanadas, y pese a que el Código Federal Electoral (1986) señalaba expresamente la facultad de la CFE para “dar a conocer los resultados de la elección por secciones” (art. 170, fracción XXIX), esos resultados nunca fueron dados a conocer.

Con ese antecedente, el nuevo Código, por exigencia opositora, dispuso la creación de un sistema de información de resultados preliminares que la noche misma de la elección deberían ser transmitidos desde los consejos distritales a la dirección del IFE en la ciudad de México, para que ésta los comunicará al Consejo General, a los partidos políticos y a los medios de información. Al igual que en 1988, las autoridades aseguraron a los medios de información que al filo de la 1 am del 19 de agosto estarían en posibilidad de entregar primeros resultados para tal efecto se dispuso la creación de un sistema especial de recepción y procesamiento de los resultados, al cual los partidos políticos tendrían acceso a través de las pantallas conectadas al procesador central.

La historia es conocida: a las 3 am del lunes 19 de agosto el director del IFE debió informar al Consejo General que debido a problemas técnicos y de recepción de la información, sólo era posible dar cuenta del resultado de 2,500 de las más de 88 mil casillas instaladas en todo el país, y ello en voz alta, pues no se contaba con copias para los partidos y las pantallas electrónicas no funcionaban. Las razones que obligaron a esa conducta seguirán siendo un enigma. Las autoridades aseguran que se trató de problemas técnicos y de retraso originado en el barroco procedimiento que debe seguirse en los consejos distritales. Testimonios como el aportado por uno de los autores del presente artículo dan cuenta de algo más que de problemas técnicos.(3)

Más allá de lo ocurrido en las horas siguientes al cierre de casillas, lo cierto es que para el martes 20 a las 20 horas, 48 horas después del cierre de casillas y con la totalidad de los consejos distritales en receso, el sistema de información preliminar del IFE apenas pudo entregar 18 mil casillas, agrupadas siempre por distritos electorales, y para el miércoles 21, día en que se realizaron los cómputos en los 300 distritos electorales, el IFE, en su sexto y último reporte, entregó datos correspondientes a poco más de 61 mil casillas, menos del 70 por ciento del total. Jamás se ha dado una explicación satisfactoria de cuál fue la razón por la que nunca se pudo completar la información.(4)

Es evidente que de haber existido algún problema técnico, éste se habría subsanado en las primeras horas del lunes 19, sabemos también que el sistema siguió funcionando hasta después del miércoles 21, pues por esta misma vía se recibieron los informes de los cómputos definitivos. Existe un hecho que puede contribuir a dar luz acerca de lo ocurrido: en una decisión contraria a las normas de operación y seguridad del sistema de información preliminar, la dirección del IFE acordó que los técnicos responsables de la transmisión de los datos desde los consejos distritales hacia el SIRE (Sistema de Información de Resultados Electorales) quedaran, el día de la elección y los días subsiguientes, bajo el mando de los presidentes de los Consejos Distritales, los cuales les ordenarían cuándo podían transmitir la información a la ciudad de México. En el diseño original del sistema, esos técnicos estaban bajo el mando de los coordinadores del SIRE ubicados en la ciudad de México.

Hoy sabemos, por el testimonio de observadores y representantes de partidos políticos, que en muchos distritos los presidentes de los Consejos decidieron detener el envío de información. Pero lo peor, por sus efectos en la credibilidad ciudadana, fue que el IFE, pese a contar con ellos, se ha negado hasta hoy a publicar los resultados casilla por casilla, los que además es posible que nunca se conozcan pues el COFIPE, como su antecesor, dispone la publicación de resultados sólo a nivel de sección electoral.

Ayuna de información, la opinión pública quedó a merced de las versiones de cada partido y el debate se volvió asunto de iniciados o de creyentes. Así, el PAN sostuvo que en Guanajuato el candidato a gobernador del PRI tenía más de cien mil votos por arriba del candidato a senador de su mismo partido, o que en 500 casillas el resultado era todo para el PRI, cero para la oposición (casillas zapato); versiones similares se difundieron con respecto de la elección local a gobernador en San Luis Potosí,(5) pero nadie mostró las actas, nadie aceptó su cotejo, las autoridades electorales, federales y estatales, expidieron las constancias de mayoría, los tribunales locales desecharon los recursos interpuestos por los opositores y los colegios electorales locales confirmaron el triunfo de los seis candidatos priístas a igual número de gubernaturas. Sólo que en Guanajuato el PRI, el Presidente de la República, o el gobernador electo, decidió que éste no se presentara a tomar posesión y dio paso al segundo gobernador, interino, del PAN. Con ello se dio cauce a la beligerancia panista y se mantuvo la alianza estratégica entre el salinismo y el PAN, pero se dio al traste a cualquier pretensión de credibilidad ciudadana en los resultados.

VENCER SIN CONVENCER, LOS RESULTADOS DEL PRI

En el cuadro que presentamos al final de nuestro artículo mostramos los resultados a nivel de distrito en 1988 y 1991 para diputados de mayoría relativa del PRI.(6) La desagregación por distritos nos entrega una primera geografía de la recuperación priísta. Como puede verse, esa recuperación resulta sorprendente por su consistencia y por su extensión territorial. Un primer resultado verificable es que muchas de las hipótesis electorales se vinieron abajo. Antes de los comicios, por ejemplo, se tenía la certeza de que a mayor abstención mayor fraude, o para decirlo sin carga, a mayor abstención, mayor el porcentaje de voto para el PRI y menor para la oposición. Recordemos también que la mayoría de los pronósticos electorales anticipaban una participación en el mejor de los casos similar a la de 1988 en términos relativos; se recordaba el argumento de que las elecciones intermedias nunca habían interesado demasiado a la ciudadanía. Nada de eso sucedió, lo que nos hace reconocer que aún tenemos mucho por aprender acerca del comportamiento electoral. En 1991, en las tradicionalmente “despreciadas” elecciones intermedias, hubo un nada despreciable 66.1 por ciento de participación ciudadana (lo que significa 16 puntos porcentuales por arriba de la participación en las elecciones presidenciales de 1988). Seis entidades registraron, en 1991, una afluencia mayor al, hasta hace poco inimaginable 70 por ciento y sólo siete cumplieron con el pronóstico generalizado de tener menos del 60 por ciento de participación. Esa no fue la única sorpresa: el partido que prácticamente monopolizó las preferencias de estos nuevos electores fue el PRI. No hubo reparto para los demás partidos, que en el mejor de los casos conservaron su volumen de votación o, como en el caso del PAN, lograron incrementos absolutos que no mejoran su posición relativa. Caso aparte es el del PRD que comparado con la votación por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 pierde casi cuatro millones de votos, pero comparado con el PMS, su más cercano antecesor, gana más de un millón.

En tres años el PRI “conquista” casi cuatro millones y medio de votos, lo que supera por medio millón a todos los electores del PAN, su más cercano contendiente. Es decir, sólo con los votos nuevos que cosechó el PRI le hubiera bastado para ganar las pasadas elecciones. Por lo demás, para abonar en contra de la vieja idea de que la abstención era el principal aliado del PRI, en el cuadro podemos ver que precisamente ahí donde el incremento en términos relativos del PRI rebasa el 100 por ciento es donde coincide con una alta participación ciudadana. A nivel nacional, esos cuatro y medio millones de votantes “nuevos” o “recuperados” suponen un incremento de 46.62 por ciento en relación a lo obtenido en 1988, y son más de cuarenta los distritos donde el crecimiento es mayor al 100 por ciento. Sólo en dos entidades (Baja California y Distrito Federal) el porcentaje del PRI del total de la votación no rebasó el umbral del 50 por ciento de los votos. Impresiona lo bien que le salieron los datos al PRI.

En este aparente derrumbe de alguna parte de la mitología electoral, la única fuerza política cuyas predicciones coincidieron con la realidad fue, de nuevo, el PRI. Ya había advertido que su trabajo político, más que abocarse a contender por los votos “duros” de los otros partidos, se centraría en seducir a la abstención. No le creímos demasiado. Para ello, sin embargo, montó un impresionante operativo que ahora arroja sus primeros frutos. Primero un padrón priísta, después un sistema de información electoral con los resultados, por casilla, de las elecciones más recientes; más adelante, con ese mapa en las manos, se designaron responsables desde el más alto nivel hasta el microscópico nivel de manzana y aún acera. Semanalmente se reportaban los avances en el convencimiento priísta. Para amarrar variables o aumentar controles, se puso en práctica otro Sistema de Información de la Opinión Pública que iba monitoreando o fiscalizando el trabajo realizado por el área electoral. Todo ello permitía producir proyecciones y ajustar campañas. Y ponerle cifras a la victoria: las estimaciones de las encuestas del PRI tienen una gran exactitud para prever, en términos relativos, el voto priísta; no así el volumen de votación ni los porcentajes de los partidos de oposición donde hay subestimación de afluencia y de la votación opositora.

Dibujos de Germán Vegas

Siguiendo con las advertencias el PRI había anunciado que concentraría su esfuerzo en las 115 ciudades más importantes del país, y ahora podemos constatar lo dicho. Por las características mismas del operativo, podemos imaginar que el objetivo central lo constituye precisamente el voto urbano, y aquí es donde cae otro mito: “el PRI gana por el voto rural”. En el cuadro podemos constatar de nuevo que lo espectacular de la recuperación priísta, en términos relativos se explica por los distritos urbanos. Sin embargo hay excepciones ya que en términos absolutos, de los veinte distritos que le dieron más votación al PRI, si bien hay una composición mayoritariamente urbana (Estado de México, DF y algunas capitales) también se cuelan en la lista algunas zonas rurales de Chiapas. Otro hecho curioso es que la composición de los veinte distritos de más bajo porcentaje para el PRI es bastante parecida a los veinte primeros: 16 de ellos los acaparan el Estado de México y el DF.

Ahora bien, si la recuperación la medimos a través de los distritos que le dieron al PRI más votos “nuevos”, tenemos en primerísimo lugar al XL del DF con un crecimiento relativo de 268.47 por ciento y un total de 120 mil 421 votos nuevos y en segundo lugar al “distrito de solidaridad”, el XV del Estado de México, Chalco, que le aportó al PRI 110,138 votos de los cuales 83,461 son “nuevos”, lo que supone un crecimiento respecto a 1988 de 312 por ciento. Por otra parte, los distritos donde la composición relativa fue más favorable al PRI (aquellos 21 donde el PRI triunfo por más del 80 por ciento) son preponderantemente reales. Y de nuevo los distritos donde el PRI tuvo 45 por ciento o menos son más bien urbanos.

Otra evidencia que se desprende de las cifras es que en lo que se denominaba zonas de alta competitividad el PRI concentra su mayor recuperación relativa (DF, Guanajuato, Estado de México, Jalisco, Michoacán, Morelos). Más allá de las irregularidades que se vayan descubriendo y documentando, hay que reconocer que al PRI el 88 no le pasó de noche, que a lo largo de tres años se prepara para recuperar los distritos perdidos. El caso de Michoacán es de las muestras más espectaculares que ofrece la reciente elección; ahí en ninguno distrito dejó el PRI de por lo menos duplicar su votación de 1988 y hubo casos extremos como el III que tuvo un incremento de 1,423 por ciento; el resultado es que la entidad aumentó su preferencia priísta en un 253 por ciento. Otra discusión, en la que habrá que profundizar, es si fueron lícitos todos los recursos empleados por el aparato oficial.

Tomando las cifras oficiales, si bien el cuadro nos entrega la expresión de un cambio sustancial en la geografía política del país, la nueva situación no está exenta de capítulos chuscos o apartados de oda lógica. Además, con las cifras distritales de 1991 surgen como fantasmas las evidencias del fraude perpetrado en 1988. Por ejemplo, aquellos distritos que en aquel año registraban índices de participación sospechosamente altos aparecen ahora como aquellos donde el PRI pierde el mayor número de votantes. Para ponerlo en otras palabras, si quitamos Nuevo León (cuya escasa votación quizá se deba explicar por lo reciente de la elección de gobernador) el PRI tiene 38 distritos donde su votación en términos absolutos decrece, destacándose que esos distritos son los que en 1988 fueron firmes bastiones de su votación (se recomienda ver distritos de Chiapas, Durango, Guerrero, Hidalgo o Puebla para documentar cómo conservando el 80 por ciento de la votación se pueden perder electores). El punto aquí es: ¿perdió electores en sus plazas incondicionales o éstas simplemente empiezan a ofrecer datos reales? ¿Por distritos una correlación pertinente sería a menos recuperación relativa mayor fraude en 1988? y en estos contrastes ¿cuáles de los datos hoy ofrecidos no conocerán en tres años un vuelco que de nuevo atente contra toda lógica? ¿Dónde ubicamos el punto de partida para trazar una geografía electoral confiable?

La correlación entre alta participación ciudadana y recuperación del PRI, tiene pues sus excepciones que la confirman. Según la información proporcionada por el IFE hay distritos de gran educación cívica donde la gente no se equivoca al votar y por tanto no hay ni un sólo voto nulo. En fin, el 18 de agosto estuvo salpicado de eventos “inexplicables”, hay gobernadores (de nuevo se recomienda ver Chiapas) que saben “cumplir con hechos…” y no pierden la oportunidad de demostrar su eficiencia, si efectivamente hay un conjunto de cifras que son poco creíbles, un subproducto, acaso imprevisto por los estrategas priístas, es que los contornos del fraude de 1988 se confirman en este mapa de alto contraste. La intención de publicar, junto con estas notas, el cuadro de resultados es precisamente dejar que los lectores hagan sus propias indagaciones y comparaciones, para que cada quien pueda establecer el juicio que le merecen los datos oficiales.

El entramado institucional electoral, si bien conoce avances respecto al pasado inmediato, nos parece que no logró desterrar la suspicacia. El quebrantamiento de los mecanismos de seguridad planteados para el padrón, el cruce de acusaciones y denuncias no desmentidas, aunque hasta hoy no documentadas, el flujo constante de funcionarios del partido oficial al aparato estatal electoral y viceversa, son prácticas que sólo potencian la desconfianza. Se llega al paradójico caso de que el PAN, al anunciar la intención de usar padrones propios en las elecciones locales de Baja California (y posiblemente Guanajuato), emplaza al Registro Federal de Electores a competir en transparencia y confiabilidad, y sin embargo echa atrás uno de los mayores logros de la oposición en la elaboración del padrón que es precisamente la federalización del mismo.

El PRI se recuperó, es un hecho. Pero el escenario y las cifras repiten el viejo formato de vencer sin convencer. La sensación (y constatación en el caso de Guanajuato) de que hay un aparato multifacético y poco homogéneo que por encima de las urnas decide sus contenidos es una constante que no se pudo despejar. Si la apuesta de las elecciones recientes era recuperar votos para el PRI, el 18 de agosto cumplió sobradamente su cometido; si además había la intención de ganar en credibilidad, nos parece que esa sigue siendo una asignatura pendiente. El horizonte que esta situación nos hereda, antes de restablecer confianza entre los actores, ha potenciado desconfianzas e incertidumbres y a lo más ha sido ocasión para actualizar la mitología del fraude. Nos queda mucho por recorrer, si de elecciones limpias y resultados creíbles hablamos, por lo pronto más nos vale intentar entender lo que pasó, y lo que no pasó, ese 18 de agosto.

Elecciones Federales de Diputados de Mayoría Relativa

(1). Esta parte se apoya en la documentación oficial sobre el tema, en el artículo de Orlando Espíritu “El Nuevo Padrón” (nexos 164), en los trabajos de Guadalupe Pacheco y en los juicios de Jesús Zambrano y Roberto Morales recogidos en Memoria, No. 34, CEMOS.

(2). Para un análisis incompleto del tema ver: Alcocer J., “IFE, legalidad y conflicto, en nexos 164.

(3). Grupo de observadores, CEPNA, fotocopia, inédito. Una versión fiel de dicho testimonio en La Jornada, 23 de agosto de 1991, nota del periodista René Delgado.

(4). SIRE, IFE. Reportes de Resultados Preliminares de la elección del 18 de agosto de 1991.

(5). La Jornada, ediciones del 20 al 25 de agosto de 1991.

(6). Todos los resultados de la elección de 1991 proceden de SIRE, IFE. Agradecemos al Lic. Emilio Chuaffet el habernos proporcionado copia de 105 resultados oficiales.

La vía mexicana a la democracia

Una supuesta autarquía política fue durante décadas característica del desarrollo mexicano. El origen revolucionario, el partido oficial pluriclasista, la economía mixta y una exitosa combinación de crecimiento con estabilidad eran los rasgos de un régimen que se vanagloriaba de soluciones dictadas por su propia historia y sus propias circunstancias. La satisfacción de poder ostentarse como, algo especial llegó a su fin con la crisis económica de los ochenta. La deuda, el empobrecimiento y la recesión homogeneizaron al mundo latinoamericano, y pese a la empeñosa insistencia en diferenciarnos de los demás, inevitablemente se impusieron las analogías y las similitudes. El autoritarismo mexicano dejó de ser una excepción, y junto con dictaduras militares y oligarquías quedó integrado en la amplia categoría de regímenes antidemocráticos cuyo descrédito se generalizó.

El periodo estuvo dominado por la idea de que, al igual que en muchos otros países que atravesaban graves dificultades económicas, en México la presión social que generaba la crisis también impondría, si no la sustitución de las instituciones políticas, al menos su transformación. Las elecciones que hasta entonces habían jugado un papel relativamente marginal, fueron vistas como el pivote del cambio. Del desmantelamiento del franquismo en España se extrajo el lenguaje de la transición democrática. El fortalecimiento del Partido Acción Nacional y la organización y expresión de múltiples grupos de interés erosionaron el monolitismo del Partido Revolucionario Institucional. La reforma electoral de 1987 del gobierno de Miguel de la Madrid reconoció que la pluralidad social debía expresarse en pluralismo político, y al hacerlo abandonó el argumento central del partido hegemónico, que pretendía representar a una mayoría revolucionaria aunque diversa. La originalidad mexicana había llegado a su fin.

Para muchos la elección presidencial de julio de 1988 fue el paso decisivo hacia un nuevo régimen. Las comparaciones entre este proceso y el fin de las dictaduras militares de algunos países latinoamericanos -o los acontecimientos de 1989 en Europa del Este- inspiraron numerosas reglas generales. Una nueva normatividad se fue imponiendo, como si el camino del autoritarismo a la democracia fuera natural e ineludible. En los últimos tres años, sin embargo, hemos pasado de la certidumbre del cambio a la constatación de las resistencias y escollos de un proceso que tiende a ser un ajuste y ya no una transformación.

Los resultados de los comicios del 18 de agosto de 1991 nublaron el clima de confianza que en el fondo habían creado las experiencias de otros. No obstante las encuestas y los muchos indicios que apuntaban hacia la recuperación del partido oficial, la mayoría de votos que obtuvo fue por lo menos sorprendente, todavía más porque reveló una continuidad con el pasado, justo en el punto donde se habían concentrado los esfuerzos de cambio. De ahí la frustración y la incredulidad de muchos. Fue como si se nos anunciara que el punto de partida era también el puerto de llegada.

Es muy simple suponer que nada ha cambiado y que lo más parecido al México político de 1991 es el de 1961, cuando el PRI registraba mayorías abrumadoras que no daban cabida a la oposición partidista. Pero las cifras electorales no son la reconstrucción exacta del equilibrio de fuerzas en el país; más bien, proyectan una silueta opaca, que no revela su textura, semejante a las que dibuja una linterna mágica. En cambio, los resultados arrojaron una luz clarísima sobre las intrincadas relaciones que unen al partido oficial con el Estado.

Soledad Loaeza es directora del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

El problema de este juego de luces y sombras es que envía señales equívocas en cuanto a la utilidad del voto y al alcance posible del reformismo político en México. El único punto sobre el que no queda duda alguna es que el problema de la democracia en México va más allá de las cifras y de la denuncia del fraude en las urnas, porque supone, primero, competencia partidista en condiciones de igualdad, luego, porque la limpieza electoral es un aspecto complementario de la acción de organizaciones sociales distintas de los partidos cuya autonomía reduce las posibilidades de manipulación del voto; por último, los resultados también plantearon los problemas de representación política de una sociedad diversa y desigual.

EL AMBIGUO PRI

Un efecto notable de las elecciones presidenciales de julio de 1988 fue la inauguración de una vida política multipartidista incluso antes de que se hubiera desarrollado la democracia plural.(1) El espacio que ocuparon las oposiciones en el debate público y en la diaria reconstrucción de las coordenadas políticas del gobierno les atribuyó una posición relativa de igualdad con el partido oficial que se derrumbó durante la campaña electoral. El apoyo totalmente desproporcionado de recursos públicos que recibió el PRI le aseguró una superioridad logística absoluta que, casi inevitablemente, se tradujo en votos. Este fenómeno obliga a mirar menos a la urna, transparente o no, y concentrarse en el problema esencial de la relación entre el partido hegemónico y el Estado.

La recuperación electoral del PRI en agosto de 1991 es inseparable de la restauración de la Presidencia de la República, y también de la rehabilitación del Estado que se produjo desde finales de 1987, con la firma del Pacto de Solidaridad Económica. Aunque la relación entre las dos primeras piezas de esta troika institucional ha sufrido altibajos muy pronunciados en los últimos años, hoy se ha estabilizado: aparentemente el gobierno ha dejado de ver al PRI como un obstáculo para la modernización y se ha convencido de su utilidad, siempre y cuando el partido asuma el papel limitado que se le atribuye como maquinaria de movilización electoral, que es la función que siempre ha desempañado con más éxito que ninguna otra. De hecho, las victorias recientes del PRI se explican también porque se concentró en lo que siempre ha sabido hacer mejor: orientar la participación, sea para contenerla o para articularla.

El cambio de opinión respecto al lugar del PRI en el proyecto gubernamental en marcha desde hace casi diez años, resuelve un foco de tensión en el seno de las élites políticas, pero también pone de relieve las contradicciones de ese mismo proyecto. La elección presidencial de 1988 generó una situación de urgencia política cuya lógica empujó al candidato del PRI a afirmar que habíamos pasado del “partido casi único” al régimen de partidos. El anuncio pareció ser el acta de defunción del partido oficial, o en último caso de nuevas fricciones con un gobierno que llevaría adelante las reformas de su antecesor, las cuales habían provocado distanciamiento entre ambos. La indiscutible asociación del PRI con el populismo y más en general con el Estado que desde 1982 se busca reformar, identificaban al partido con todo aquello que prometía superar la modernización que se proponía.

Pero el ejercicio del poder presidencial obedece a una lógica que está gobernada menos por el compromiso que por la necesidad de la supervivencia, a la que en adelante habrá de agregarse al impulso de la reproducción. Dentro de ésta al PRI le toca un lugar central, que invade los espacios que las oposiciones creían haber conquistado en 1988, antes que nada porque es un instrumento insustituible de concentración del poder. Por otro lado, el partido puede simular con gran maestría el ejercicio de liderazgo político cuya iniciativa ha estado históricamente en manos del Estado, y más precisamente de las autoridades gubernamentales -el Presidente de la República o en su defecto el Secretario de Gobernación- pero éstas se han servido más del PRI que viceversa. Ni siquiera es evidente que el desprendimiento del partido altere, al menos en el corto plazo, la naturaleza del Estado. Por ahora lo importante es que en 1991 el gobierno está viendo con otros ojos la capacidad de organización social del partido y su papel de mediación, y que bajo esta nueva mirada pretende devolverle la calidad de agente de modernización que exhibía en los años de la posguerra y hasta 1968, cuando el PRI era visto como una solución transitoria a los problemas políticos de una sociedad en vías de desarrollo.

La principal dificultad que enfrenta este intento de recuperación estriba en reconciliar con la así llamada oferta modernizadora una estructura que había sido condenada como residuo del pasado. Más todavía porque los rasgos arcaicos del PRI se concentran en su relación de dependencia con el Estado, y tienen menos qué ver con su estructura o con las funciones de organización y articulación que tradicionalmente ha desempeñado. Es decir, para que el partido mayoritario en México se actualice y sea consistente con el proyecto gubernamental de cambio tiene que ser independiente. La reinstalación del PRI como agente modernizador exige ahora que la opinión acepte otra vez esta imagen, con una variante que ha añadido recientemente el discurso de las autoridades políticas: a diferencia de antes, hoy el partido hegemónico se presenta como una institución definitiva, adecuada a necesidades mexicanas que -como se desprendería del argumento- también se consideran permanentes.

La posibilidad de que esta propuesta se mantenga y sea exitosa se funda en el hecho de que, contrariamente a lo que ocurrió a los Partidos comunistas que al iniciarse el cambio de 1989 se desmoronaron en poco tiempo, en los últimos meses el PRI demostró algo que había aparecido durante la XIV Asamblea que se reunió en 1990: que es un animal vivo, con una gran capacidad de recuperación, que dispone todavía de un importante capital de militancia y de simpatizantes. A partir de ahí puede intentar una restauración, aunque sería muy aventurado esperar que el partido rehaga sin más una hegemonía de largo plazo. Tal vez este es un buen momento para que empiece a hacer “solitos”, con la ventaja indiscutible que supone ser el partido en el gobierno, pero sin la desmesura que acarrea ser partido de Estado.

Suponer que el monolitismo priísta puede reconstruirse en los mismos términos que hace veinte años, es hacer a un lado un hecho incontrovertible: para conquistar la mayoría absoluta en la Cámara en 1991, el PRI puso en juego una gran cantidad de recursos materiales y humanos, y llevó a cabo una movilización electoral sin precedente. A diferencia del pasado, los resultados que obtuvo el partido oficial en esta ocasión no fueron gratuitos. Se comportó como un auténtico partido en campaña, reconociendo al hacerlo, la existencia de una ciudadanía cuyo apoyo explícito en las urnas necesitaba para seguir gobernando. Pensar que el mandato que recibió el 18 de agosto es una adhesión definitiva y de largo plazo de los votantes sería un grave error, en vista de que, como se ha dicho repetidamente, su victoria obedeció en primer lugar a razones circunstanciales: la popularidad del Presidente de la República y la estabilización de la economía, y en cierta forma también de la política.

Es muy probable que los electores que votaron por el PRI en las elecciones de agosto de 1991, hayan expresado así su satisfacción con la actuación del Presidente Salinas de Gortari, al hacerlo quizá también manifestaron aprobación a sus políticas, pero es más dudoso que con su voto hayan querido apoyar un régimen de partido oficial. En los últimos años nos hemos familiarizado tanto con el lenguaje democrático, la necesidad de la competencia partidista o la pluralidad social como un dato real y respetable, que los costos de la vuelta de la intolerancia resultan prohibitivos. La aparición de la incertidumbre en los cálculos electorales del propio PRI es una buena medida de los cambios que nos separan del México de los años sesenta.

LAS URNAS Y EL CAMBIO POLÍTICO

El segundo punto de reflexión que ofrecen las elecciones de agosto de 1991 se refiere al alcance de las urnas como instrumento de cambio político. En la década de los ochenta la limpieza de los comicios fue vista como condición suficiente para transformar el autoritarismo. De la eficacia del voto se esperaba no sólo el relevo de los gobernantes o la alternancia partidista, sino la formación de oposiciones creíbles, el fortalecimiento del poder legislativo, y controles efectivos al poder presidencial. Es cierto que la honestidad de los procesos electorales es un buen comienzo para lograr todos esos objetivos, pero desde luego no basta, sino que es complementaria de otros aspectos de la estructura política cuya modificación puede ser todavía más significativa.

La fuerza insustituible del voto como fuente de legitimidad democrática sólo es comparable a la vulnerabilidad de las restricciones que la pobreza impone sobre la condición ciudadana. Mucho se le ha reprochado al gobierno utilizar el Programa Nacional de Solidaridad en beneficio del PRI; difícilmente se podría reprochar a quienes se han beneficiado de Pronasol haber votado por el partido con el que identificaron ese programa. En Colombia y en la India, países que en numerosas ocasiones han sido citados como un ejemplo de democracia no obstante la pobreza, la venta de votos al mejor postor es una práctica común.

La manipulación del voto es un fenómeno que debe analizarse no sólo como prueba de la perversidad estatal, sino en términos de las limitaciones de una democracia encerrada en las urnas. La insurrección electoral de los años ochenta, que es el antecedente inmediato de los ajustes de ahora, estuvo encabezada por el PAN cuyo tema histórico es el sufragio efectivo. Su influencia aumentó al ritmo que se acrecentaba el desprestigio del socialismo y la devastación de las creencias y los símbolos de la izquierda. Esta corriente de pensamiento, en México tradicionalmente dispersa y débil, en esos años estuvo paralizada por el peso de la crisis de conciencia y de identidad, y ante el horrible vacío que le produjo el descarrilamiento de los países socialistas, adoptó el tema de la limpieza electoral y concentró en él todas sus energías, sobre todo después de 1988. Esta conversión a la democracia representativa significó la renuncia a intentar siquiera desarrollarse en terrenos que le son más afines, por ejemplo, los sindicatos; por otra parte, el aprendizaje de los hábitos parlamentarios y electorales también demandaba mucha de su atención, tanta que sólo de manera entrecortada se relacionaron con organizaciones populares.

No obstante la relación casi automática que se establece entre organizaciones de trabajadores y los partidos de izquierda, la observación a propósito de su ausencia de la perspectiva partidista también puede hacérsele a Acción Nacional que, encajonado en su reacción individualista al corporativismo, ha dejado pasar una y otra vez la oportunidad de trascender los limites de una clientela de clase bastante reducida. Mientras el PAN siga siendo el partido de la pequeña burguesía, el PAN será el partido del veinte. (Del 20% de los votos.)

La única manera de impedir que el voto se convierta en una mercancía es ofrecer a los ciudadanos instancias distintas de las electorales para negociar con el Estado la satisfacción de sus demandas no políticas. Una visión más amplia de lo que supone el cambio en México parece también la vía más segura para evitar que la lógica política someta a la estadística y a la jurídica. Si los partidos pusieran sus miras más allá de las urnas no se concebirían a si mismos en primer lugar como maquinarias electorales; entonces quizá formularían programas de gobierno no sólo para conquistar electores sino para ofrecer un contrapunto a las políticas gubernamentales que fuera una referencia obligada para el propio gobierno.

Una ampliación de la propuesta del cambio político beneficiaría incluso al PRI que por este camino podría distanciarse del gobierno, sobre todo cuando éste adoptara políticas que le son ajenas a sus militantes.

Las Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores jugaron un papel central en la transición española, que muchos presentan como una experiencia ejemplar para México y para otros países latinoamericanos. El derrumbe del Partido Socialista de los Trabajadores Polacos se inició con la conquista de la autonomía sindical que logró Solidaridad. Lo que Garton Ash llama la Revolución que se produjo en Polonia y en Hungría, la mezcla de un elemento de cambio fuerte y esencial “desde arriba”, conducido por una minoría ilustrada de los partidos comunistas aún en el poder, y de un elemento vital de presión popular “desde abajo”, todavía no se ha producido en México.(2) Tal vez porque hasta ahora las oposiciones que aquí se han comprometido con la democracia parecen haber luchado antes que nada por integrarse al primer factor de esta ecuación, tratando entonces de promover el cambio también desde arriba.

Como lo demuestran la mayoría de los países donde el autoritarismo ha sido desmantelado sin desbordamientos, sin que ello afecte el alcance del cambio, las negociaciones y los pactos son posibles aun cuando se inician en el marco de una amplia movilización sindical. Es esperable que el retroceso electoral del Partido de la Revolución Democrática en los comicios de agosto sea una llamada de atención para sus líderes, así como para los nuevos reclutas que recientemente ha adquirido Acción Nacional, en cuanto al pobre atractivo de la intransigencia como bandera de lucha política. Un indicador de la preferencia por las soluciones de conciliación es simplemente la participación electoral que está registrando una consistente tendencia a aumentar. No obstante que numerosos conflictos electorales han provocado en todo el país incidentes violentos, toma de presidencias municipales, bloqueo de carreteras, enfrentamientos entre militantes de organizaciones rivales, el temperamento radical sigue siendo una rara avis en la política mexicana. Esta es una virtud que habría que proteger.

LA RESTAURACIÓN DEL PRI Y LA REPRESENTACIÓN 

En el muy corto plazo los resultados electorales de agosto de 1991 crearon un problema de representación que fue explícitamente reconocido por las autoridades políticas casi al día siguiente de los comicios. Las declaraciones oficiales en el sentido de que las minorías nada tienen que temer, que la negociación y el diálogo seguirán dictando el tono de las relaciones políticas y que todos los grupos sociales estarán representados, incluso la renuncia del gobernador electo de Guanajuato Ramón Aguirre, revelan que aun obteniendo la mayoría el poder tiene la conciencia de que públicamente no puede admitir que va a gobernar solo, aunque pretenda hacerlo.

Los triunfos del PRI sugieren que el Presidente Salinas, a través de Pronasol y de su propio estilo, ha logrado restablecer la alianza entre el Estado y las clases populares, así sea temporalmente. La desventaja de este resultado es que dejó fuera a sectores importantes de la clase media que están en la oposición, que son articulados, saben hacerse oír, y que tienen una considerable capacidad de influencia política. El dilema que enfrenta el gobierno en este momento es cómo integrar a esos grupos finalmente minoritarios, pero cuya autonomía política es un reto a una estabilidad construida sobre la hegemonía del partido oficial.

Esta disposición de las alianzas políticas tiene antecedentes interesantes: los gobiernos del Presidente Calles y del Presidente Cárdenas, respectivamente, excluyeron de la participación política a las clases medias que se oponían al autoritarismo del Estado revolucionario. Pero entonces cran más minoritarias que ahora y sobre todo, en tanto que actores políticos e interlocutores del poder, carecían de la legitimidad que han acumulado desde los años cuarenta. Por otro lado, estos grupos no parecen estar dispuestos a dejarse marginar; de suerte que si el gobierno intentara limitar su participación es muy posible que se produzca algún enfrentamiento de graves consecuencias sobre el proceso de cambio.(3)

Es posible que con el respaldo de esa mayoría el Presidente intentara retomar el monopolio de la reforma “desde arriba”; el problema es que los grupos excluidos pueden optar por organizar la resistencia ahora sí “desde abajo”, entre otras razones porque arriba no tuvieron cabida. Así pues, lo que las últimas elecciones también revelaron fue la insuficiencia de la representación mayoritaria en una sociedad desigual en la que los grupos de privilegio, que son también minoritarios, reclaman el derecho a la representación. En estas condiciones quizás ha llegado el momento de discutir la vieja propuesta panista de la representaron proporcional como fórmula única de integración de los órganos legislativos.

La fuerza electoral del partido oficial no parece contribuir a la seguridad del gobierno en sí mismo. De hecho, las secuelas del 18 de agosto de 1991 parecen ser más dilemas e interrogantes que certezas. Tan angustiados parecían los ganadores como los perdedores. Unos, porque no podían justificar la contradicción entre el arcaísmo de los recursos que habían puesto en marcha para lograr el apoyo a su propuesta de modernización y la propuesta misma. Otros, porque si los grandes números no están con ellos y tampoco les asiste un contexto internacional cada día más tolerante, de nuevo, las soluciones particulares, entonces probablemente estén preguntándose de dónde vendrá ahora el impulso para el cambio. El peligro está en que entre un autoritarismo de excepción y una democracia de excepción las diferencias pueden ser insignificantes.

(1). Timothy Garton Ash describe en estos términos lo que ocurrió en Hungría después de la Conferencia de mayo de 1988 del Partido Socialista Húngaro de los Trabajadores, que permitió la formación de grupos de oposición y la organización de demostraciones públicas, pero hasta enero de 1989 se votaron las garantías a la libertad de reunión y de asociación, y no fue sino hasta meses después que el Parlamento aceptó en principio el multipartidismo. Ver: Timothy Ganon Ash, We the People. The Revolution of 89, Cambridge, Granta Books, 1990.

(2). Ibid., p. 14.

(3). Soledad Loaeza, Clases medias y Política en México. La querella escolar 1959-1963, El Colegio de México, México, 1987.

Inmigrantes ilegales: 1951-1954

Muchos jamás se habían quitado el sombrero. Usaban huaraches o caminaban con los pies acostumbrados a las comisuras de la tierra. Emigraban al norte porque el ejido o la pequeña propiedad ya no dejaban y porque en los años cincuenta los norteamericanos necesitaron y “pagaron bien” a la fuerza de trabajo mexicana. Se iban con la esperanza. Pero sin apego a ninguna ley, a muchos los regresaron: son los deportados.

Los braceros de entonces y de ahora harán de su ilegalidad un oficio. De eso tratan las fotos. Casasola busca entre la masa al individuo humillado, o al que por sus mínimas conquistas será célebre en su pueblo. Busca que los ojos de sus personajes le digan algo, no son hombres que se van sino que regresan: la caja de cartón (con su anuncio de jabón gringo) en vez del morralito; zapatos en lugar de huaraches; en las mujeres el pelo corto sustituye a la trenza; los pantalones bajo el vestido cubren las piernas de las niñas para las faenas del campo. Para Casasola la muchedumbre es ese montón de ojos que reta a la cámara, historia de rostros compungidos, no de derrota. A unos cuantos los separa de la masa, los espía, les roba el rostro. Otros le dan la espalda a su destino. Es la memoria gráfica, constancia visual de la elasticidad de la frontera México/Estados Unidos y de sus repercusiones.

En los años cincuenta hubo un incremento acelerado de migración de fuerza de trabajo mexicana, tanto de legales como de ilegales, debido a la intervención de los norteamericanos en la guerra de Corea; la disminución de los trabajadores agrícolas en ese país; el auge económico e industrial posterior a la Segunda Guerra Mundial; y a la crisis agraria de México. Después del periodo bélico, en el que hubo incontables abusos a nuestra fuerza de trabajo, México propuso al gobierno norteamericano que asumiera su responsabilidad financiera: transporte, subsistencia, cuidado médico de emergencia, gastos de entierro, libertad a los trabajadores para escoger a su empleador, garantías contra despidos injustificados, etc. Dicha propuesta fue rechazada. Y se puso en práctica la Ley número 78 que prohibía el trabajo ilegal en los Estados Unidos. Sin embargo, en enero de 1953 se inicia el reclutamiento unilateral de mano de obra. Así, al mismo tiempo que el Congreso de los Estados Unidos condena en el papel la contratación de ilegales, permite en la práctica su existencia, que modera según sus propias necesidades. De febrero a julio de 1953 fueron deportados cincuenta mil mexicanos. Para muestra el botón que presentamos aquí.

Las fotos que aquí se presentan fueron tomadas por Ismael Casasola en 1953, en Nuevo Laredo. Algunas fotos son inéditas, otras fueron publicadas por la revista Hoy. El material fue facilitado por la fototeca del INAH.

1. Las trabajadoras domésticas mexicanas se incrementaron de 8% en la década 1930-40 a 15% de 1950 a 1954.

2. Entre 1948 y 1959 los salarios agrícolas en los Estados Unidos eran de nueve a dieciséis veces más altos que en nuestro país. En 1910-1914 sólo 7.4% de los extranjeros deportados por los Estados Unidos eran mexicanos; en 1930-1934 las cifras relativas suben a 42.8%; de 1935 a 1939 a 52%; de 1940 a 1944 a 64.6%. De 1950 a 1954 a 72.9 por ciento.

3. La fila de la incertidumbre.

4. Según una encuesta, el 80% de los repatriados en 1953 había pagado “mordida” para ingresar a los Estados Unidos. Un intermediario arrestado en Monterrey admitió que en día y medio de trabajo ganaba 280 dólares. En 1953 “la mordida” para pasar al otro lado variaba de 250 a 300 dólares.

5. Trabajadores ilegales alojados en el cuartel de La Loma. La mayoría eran procedentes de los estados agrícolas.

6. Bracero detenido en Nuevo Laredo. Las razones de la migración: 47% por necesidad de trabajo, 38% por necesidades económicas,. 76% jornaleros con tierra de temporal que se quedaban sin empleo por largo tiempo.

7. Al empezar el siglo, de cada cien mexicanos que emigraban a los Estados Unidos, setenta eran hombres y treinta mujeres; de 1950 a 1954, cincuenta y cinco eran varones y cuarenta mujeres. De 1941 a 1945, la proporción de matrimonios mexicano-norteamericanos fue de 45 %, de 1951 a 1955 pasó al 84%.

8. El destino de las familias que se fueron a los Estados Unidos dependía, por lo general, de la entidad federativa de la que partieron. Los de Monterrey preferían trabajar en los estados del sur; los de Sonora en la costa de California y Arizona; los de Durango y La Laguna -especialistas en la pisca de algodón- en los estados del sureste, al igual que las familias del Bajío, trabajadores de azúcar y vegetales.

Los lancheros cubanos

En lo que va de 1991 más de 30,000 cubanos han obtenido visas para viajar a Estados Unidos; de ellos una tercera parte no regresará. Y a pesar de esta creciente ruta legal para salir del país, no se detiene la oleada de salidas ilegales. Con la esperanza de que su solicitud para viajar sea aceptada, diariamente se forma una larga fila de cubanos frente a la Sección de Intereses Norteamericanos, a lo largo del muro marino de La Habana, el famoso Malecón. otros se desesperan, especialmente los que no tienen amigos ni familiares en el extranjero que puedan pagar los dólares necesarios para su pasaje, requisito clave para el viaje impuesto por el gobierno de Cuba. El último recurso para los que están decididos a abandonar el país es improvisar una balsa y botarla al mar en la oscuridad de la noche esperando llegar a Miami, que desde hace mucho tiempo es el destino principal de los exiliados.

Linda Robinson. Periodista. Corresponsal para Latinoamérica de U. S. News & World Report. Ha colaborado en nexos anteriores.

La cercanía de Miami los anima a correr el riesgo pero hoy va en aumento el número de salidas porque las condiciones económicas de la isla son cada día peores. El gobierno de Cuba ha admitido con franqueza que las penurias del país aumentan las filas de los desesperados y los desesperanzados. Los funcionarios informan a los cubanos que en los próximos tres o cinco años no habrá gran mejoría y que, incluso, las cosas pueden ponerse todavía peor. “Lléveme con usted”, me suplicó una mujer colgándose de mi brazo, en un supermercado del Vedado, un barrio de La Habana. Tenía el rostro y los brazos cubiertos de escoriaciones y ronchas; me dijo que no podía conseguir suficientes medicinas para atender su enfermedad y que a su hijo, en Miami, no le alcanzaba el dinero para pagar su viaje, a pesar que desde hacía mucho tiempo ella había solicitado la visa.

La política norteamericana en materia de inmigración cubana parece esquizofrénica, como si no pudiera decidir si está ofreciendo una válvula de escape a las presiones para que Castro haga cambios, o si trata de ayudar en forma individual a los cubanos que desean salir de Cuba. El gobierno de Estados Unidos está dando menos visas de las que se comprometió a conceder en un tratado de 1987 celebrado entre los dos países. De modo que los cubanos han buscado otras formas de escapar que implican un riesgo personal mucho mayor. En el verano de 1990 unas cuantas docenas de jóvenes pidieron asilo en las embajadas de Checoslovaquia, Suiza, España y otros países, tratando de salir del país. Castro se negó a darles la salida y acusó a Estados Unidos y Checoslovaquia de provocar el incidente para perjudicar la imagen de Cuba en el extranjero. Los cubanos que solicitaron ese asilo están hoy señalados como perturbadores del orden y cuando menos uno de ellos fue arrestado.

Otra razón por la que Estados Unidos no tiene una política de brazos abiertos es el recuerdo, aún vivo, de los efectos desastrosos que en 1980 tuvo para Miami la llegada del barco Mariel que inundó a la ciudad con 125,000 refugiados cubanos. Los miamitas ya prendieron la alarma ante la posibilidad de una situación semejante, aunque los funcionarios del Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) declararon recientemente en Washington que el flujo actual de refugiados cubanos no rebasa su capacidad para absorberlos. Comparados con las que cruzan la frontera México-norteamericana -comentó Gene McNary, comisionado del SIN-, los lancheros cubanos son casi una travesura.

Pero el número de lancheros que se arriesga a cruzar las peligrosas noventa millas del estrecho de Florida, es seis veces mayor al del año pasado. El aumento de cubanos dispuestos a arriesgarse en esta última apuesta para escapar de las precariedades de Cuba, no es un problema importante de inmigración para los Estados Unidos, pero sí es un indicador claro de la desesperación en aumento, especialmente entre la juventud y las clases bajas que antes eran los principales defensores y beneficiarios de la revolución. Este año, entre el primero de enero y el 31 de julio, fueron rescatados 1404 cubanos que lograron sobrevivir a la travesía, mientras que sólo 467 pudieron hacerlo durante todo 1990. Si tal ritmo continúa, en este año serán alrededor de 2,400 los cubanos que lo logren.

Uno de los sitios más adecuados para botar una embarcación es la Playa de Santa Fe, al oeste de La Habana. El 20 de marzo Leonardo Selis, de 34 años, y Ricardo de Jongh, de 29, aprovecharon un apagón en las calles, a las 9 de la noche, para escapar desde esa playa después de meses de planes y preparativos. Selis y De Jongh no son como los lancheros comunes pues tienen más educación y medios económicos que la mayoría, pero su viaje requirió tanta valentía y buena suerte como el de cualquiera de sus compatriotas. Durante los últimos cinco años de su estancia en Cuba, Selis tuvo empleos menores pero también fue productor de televisión para los Ministerios de Educación y Cultura. De Jongh era un cineasta independiente que hacía producciones para el Canal 6 de Cuba sobre asuntos militares y turismo. En 1988 los unió el deseo compartido de abandonar Cuba, pero ambos dicen que empezaron a pensar en su salida después del Mariel, en 1980. Un primo de Selis salió entonces y Selis fue la primera persona a quien su primo llamó al llegar al Centro de Detención de Krome Avenue, en donde se registra a los refugiados que llegan al sur de Florida.

Desde 1988 los dos jóvenes intentaron varios proyectos de botes; construyeron una balsa pero comprendieron que no podrían llevarla a la playa sin ser descubiertos. En diciembre de 1990 rentaron una casa en un punto aislado de la playa de Santa Fe y comerciaron el equipo de fotografía submarina de De longh a cambio de una balsa inflable: la escondieron en un techo falso de uno de los cuartos, esperando las condiciones favorables para el viaje.

La esposa de De Jongh, con la que tenía un bebé de seis meses, no quería que su marido saliera de Cuba, y ninguno de los jóvenes confió a sus padres su decisión temerosos de que trataran de disuadirlos o de que más tarde les obligaran a contar lo que sabían. “Nunca me casé porque sencillamente no me entraba en la cabeza traer hijos a un mundo como ése”, dijo Selis en Miami durante una entrevista en junio pasado. Tanto él como De Jongh insisten en que su motivación para salir de Cuba fue “básicamente política”, no económica, añadiendo que tenían ingresos “superiores al promedio” y que “jamás les faltó dinero o comida”.

El poema más caro del mundo

En un ensayo recogido en The Best American Essays, 1990, la autora Sue Hubbell cuenta que a la muerte de Elvis Presley su agente el famoso Coronel Parker contrató con una compañía vinícola la producción de un vino llamado Always Elvis. En la etiqueta venía un poema del mismo Parker, un poema de cuatro estrofas que le dio regalías por 28,000 dólares, lo cual lo convirtió, “verso a verso, en el poeta mejor pagado del mundo”. Así acaba el poema y, para el caso, el mismo mundo:

We will play your songs from day to day

For you really never went away.

Lo cual nos lleva a preguntarnos si no habrá por ahí algún Khan del agave interesado en poner en el mercado el Tequila Pedro Infante. No nos interesan las regalías sino la creatividad artística. Ya tenemos el final del poema que iría en la etiqueta:

Siempre fuiste un gran cantante.

No te olvido, Pedro Infante.

Al pedirles que explicaran sus razones políticas De Jongh suspiró y dijo: “Es difícil de comprender si uno no lo ha vivido”. Selis añadió: “Si uno no tiene un futuro en un lugar por culpa de un sistema que se dice ser el único sistema que puede ofrecer un futuro a los seres humanos, descubres precisamente que no tienes ningún tipo de futuro y que el presente es un simple sobrevivir… Es una razón más que suficiente para que de todas partes del mundo se emigre… quiero decir, el futuro. ¿Económico? No, eso es poca cosa. Pero todo lo que está pasando, el abuso, el engaño, la amenaza constante para que la gente no pueda hablar ni decir lo que piensa o siente, porque se amenaza por cualquier cosa… El que todos los días se inventen leyes…” “Las mentiras”, interrumpe De Jongh tratando de resumir la letanía de las injusticias y agravios, “…para que prácticamente no puedas moverte”, termina Selis.

Critican la guerra de Angola en la que murieron sus amigos cubanos por una causa que no era la de Cuba, y las muertes ocultas; el “apartheid turístico” que da “lo bueno a los extranjeros en dólares, y lo malo en pesos a los cubano”, y que les impide hablar con los extranjeros que visitan la isla. Como muchos cubanos de su edad, hablan con mucho cinismo sobre la posibilidad de un cambio diciendo que la policía secreta aplasta de inmediato cualquier protesta. “En Cuba no habrá ningún cambio sociopolítico hasta que Fidel muera”, dice Selis.

Los dos lancheros hicieron su viaje en sólo 39 horas, un tiempo notablemente corto, gracias al viento que impulsaba su vela montada en una balsa de hule inflable. Usaron muy pocas de las provisiones que habían almacenado, agua, leche y algunas sardinas. A diferencia de algunos lancheros que salen atolondradamente en chalupas, botes, flotadores de hule espuma, colchones de aire y toda clase de artefactos de fabricación casera, Selis y De Jongh estudiaron las estrellas, las corrientes del océano y esperaron a que los reportes del tiempo mencionaran condiciones propicias. Pero incluso ellos sufrieron lo que los lancheros menos preparados y deshidratados sufren: alucinaciones. “Veía y escuchaba a niños jugando, edificios que salían del agua”, dijo De Jongh. “Las olas enormes nos calaban de frío, y sabíamos que había tiburones por todas partes”.

Los rescató un bote pesquero entre las Islas Dry Tortugas y Cayo Hueso, y los dos reconocieron su buena suerte. Algunos lancheros tienen alucinaciones tan terribles que saltan del bote y se ahogan. otros carecen de velas y van a dar a la costa oriental de Florida. Al norte de Palm Beach la corriente del Golfo empuja hacia el océano Atlántico y muchos deben haber muerto en alta mar. No existen datos confiables sobre el número de los que mueren, pero se calcula que uno de cada diez, o hasta un cincuenta por ciento. Aunque aún deben encontrar un empleo fijo en Miami, Selis y De Jongh piensan que el riesgo que corrieron valió la pena. “(Salir en bote) es el reto más macho en Cuba en estos tiempos”, comenta De Jongh, que lo compara con una carrera de autos. Pero es probable que quienes no lo lograron contarían una historia diferente.

Traducción de Mercedes Quijano

El Quinto Centenario

La proximidad de la fecha de conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América ha tenido la particularidad de avivar, en ciertos medios latinoamericanos, una corriente hostil a la conmemoración del histórico acontecimiento. Hay que distinguir aquí, antes de seguir adelante, los dos significados de “celebración” y de “conmemoración” porque es tal vez en estos dos vocablos -en estos dos vocablos equívocos, como decía el clásico- donde esté arraigado el malentendido que inficiona actualmente, con más virulencia que nunca, el sentido que se pretende dar a la efemérides en la solemnidad de los programas oficiales y que tiene su réplica polémica, sobre todo en los círculos intelectuales de Hispanoamérica y en algunos de España.

No puede sorprender en absoluto que en este tiempo de violencias inauditas, de guerras quirúrgicas y mercenarias a escala mundial, de despiadado aplastamiento de civilizaciones, culturas y sociedades inermes por parte de las potencias super desarrolladas y superarmadas, bajo el signo del nuevo orden mundial instaurado de hecho aunque no de derecho a partir de la guerra del Golfo; no puede sorprender en absoluto -se podría inferir-, que este resurgimiento de las metrópolis de opresión, depredación y expolio haya exacerbado la sensibilidad, el miedo, el sentimiento de rechazo y de humillación que padecen los pueblos colonizados o neocolonizados desde hace varias centurias desde un confín al otro del planeta.

A partir de este 12 de octubre falta un año para que se cumpla el Quinto Centenario da Descubrimiento de América Para prologarlo publicamos este ensayo de Augusto Roa Bastos en exclusiva para México que llama a la unidad de América latina.

La partición histórica de aguas representada por la fecha del Quinto Centenario, marca la división entre la antigua ecúmene de la tierra conocida y habitada y la vasta porción de pueblos desconocidos e ignorados a los que había que conquistar, someter, devastar, esclavizar, en nombre de las sacrosantas normas del occidente cristiano, pero también de sus más definidos intereses de dominación. Las Leyes de Indias, promulgadas bajo el patronato de la Corona, no pudieron, sino en una mínima parte, atenuar y menos aún humanizar el régimen encomendero en el laberinto de la Colonia.

Este acontecimiento histórico -el descubrimiento por los europeos del continente indígena- marca con singular nitidez el enfrentamiento de Europa con los pueblos que iban a llamarse americanos. Los pobladores autóctonos nunca contaron en la economía humana y material del imperio; del mismo modo que los enormes contingentes de gente esclava, arrastrada desde otras regiones no menos inhóspitas y atrasadas, para servir de bestias de carga a los colonizadores europeos y por fin a los criollos y mestizos como herederos y beneficiarios del largo y desordenado imperio colonial.

En este contexto histórico, extraordinariamente complejo, que arranca de la Conquista y la Colonia, no es casual que la significación del Quinto Centenario sea susceptible de diversas interpretaciones y esté saturado de cargas irracionales, a veces irreductibles, que el paso de cinco centurias no ha hecho más que agravar. Con toda evidencia, la destrucción, el crimen, el despojo no pueden ser celebrados, como fastos ejemplares de la humanidad. Pero tampoco la actitud hostil y condenatoria que se ha levantado contra la efeméride a ambos lados del Atlántico se reduce a una discusión crítica y denunciadora sobre lo que fue la hecatombe de la Conquista y la Colonia con los excesos inenarrables que constituyen siempre la marca de los imperios.

No puede decirse, sin embargo, que esta actitud de rechazo de las élites mestizas frente a la ex metrópoli se haya instituido en una costumbre ritual, renovada a cada centenario, y menos aún, que esta actitud áspera y condenatoria de los profesionales de las ideas, constituya una nueva manera de encarar las relaciones entre España y los países de América hispana, en este momento grave del mundo. Lo que, al menos, hubiera sido saludable y oportuno.

En sus aspectos más gruesos, esta erupción conflictiva – síntoma del viejo trauma- ha tomado la forma de una indignada furia antihispánica en algunos círculos de intelectuales de ambas orillas (no solamente hispanoamericanos). Celebración o conmemoración (y el matiz semántico, como se ha visto, no es desdeñable), el significado de la fecha no puede no incluir el tema sacrificial de la aniquilación de las culturas indígenas por la conquista y la colonización que el descubrimiento de Colón inauguró en el Nuevo Mundo.

Podría decirse que se trata de un rebrote de la Leyenda negra, actualizada y potenciada con los excesos de los prolongados imperios coloniales que sustituyeron a España en la poco laudable tarea de sojuzgar en su beneficio regiones enteras del globo. Tarea que no ha cesado en los tiempos actuales sino que por el contrario ha recrudecido de una manera trágica y alarmante en el último medio siglo.

Los paliativos que se han buscado para neutralizar el malentendido no han sido menos desafortunados. Parecería que en todo esto hubiese una suerte de pudor inconfeso, de mala conciencia no asumida por ambas partes, de hesitación en decir las cosas por su nombre. La conquista y la colonización se han dado en llamar ahora “encuentro de culturas” o “encuentro de dos mundos, dos fórmulas aún más equivocas, por complacientes y ambiguas, de dar nombre a aquello que ocurrió a partir del arribo de Colón. Una manera vergonzante de camuflar, también a destiempo -bastante tardíamente, hay que decirlo- el tremendo choque de civilizaciones y culturas, las luchas terribles en las que las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista con sus inevitables ciclos de opresión colonial.

La conquista y la colonización del llamado Mundo Nuevo también están llenas de sombras, de horrores y de crímenes. Y de hecho no son el etnocidio, la esclavitud y la expoliación los que honran esta empresa. La verdad histórica no se puede maquillar tan fácilmente con semiverdades o contraverdades puramente verbales. “Encuentro de dos mundos”, “encuentro de culturas” son apenas subterfugios retóricos de una mala conciencia colectiva o de una todavía peor memoria histórica que ciertos gobiernos excesivamente contemporizadores se empeñan en manipular con el fin de lograr el equilibrio celebratorio o conmemorativo, descargándolo de sus elementos polémicos en lo histórico, en lo político, en lo cultural. Empeño, a decir verdad, bastante desdichado, pues deja intacto el fondo real del problema Conocemos el origen de estas fórmulas de buena voluntad pero de escasa verosimilitud, puestas al servicio de la causa de la conciliación, del olvido, del perdón de la historia. Y podría afirmarse que estas argucias retóricas son en buena medida responsables de la animadversión creciente que la intelectualidad del continente mestizo manifiesta contra la conmemoración del Quinto Centenario como símbolo, en el espacio y en el tiempo, de un redivivo orgullo imperial por parte de la ex metrópoli y, por otra, de los resentimientos y las viejas heridas de los pueblos vencidos. Creo que estamos ante un típico anacronismo de doble filo.

Las tachas de la Colonia -que existieron como en todos los procesos coloniales- no pueden ocultar y anular, sin embargo, un hecho positivo, olvidado o desechado por los críticos a ultranza del imperio español. No debemos olvidar que la colonización española es el único caso, en la historia de los imperios de occidente, que tuvo por contrapartida la insurgencia de un pensamiento condenatorio de la guerra de conquista y el surgimiento de una verdadera conciencia anticolonial, que fundamentó una filosofía moral y jurídica en el pensamiento y en la acción de los hombres más eminentes de la época, y que formó una arraigada tradición en la vida cultural española, entroncada con el pensamiento erasmiano.

Esta pasión moral, convertida en conciencia crítica, es la que enfrentó en un duelo dantesco el pensamiento anticolonialista hispano a la Contrarreforma y a la Inquisición en las dos líneas antagónicas de absolutismo y humanismo, que en España y en América contendieron desde la Conquista a la emancipación, y aún después. Basta con mencionar los ejemplos paradigmáticos de Francisco de Vitoria, de Francisco Suárez, del propio Cervantes, cuya novela fundadora admite, sin duda, una lectura paródica y satírica de los nuevos “caballeros andantes” que andaban asolando América.

El propio Bartolomé de las Casas, a quien se debe en gran parte el surgimiento de la leyenda negra, debería ser incluido en esta nómina, aun cuando la importación de negros del Africa sugerida y solicitada por él para reemplazar a los indios de las encomiendas, parecería minar la actitud ética y cristiana del santo varón que tomó a pecho la salvación de los indígenas, aun a costa de sustituciones sacrificatorias en una suerte de extraño racismo teológico de salvación y redención que los historiadores del pasado colonial no se han ocupado aún de clarificar.

No podemos olvidar, por otra parte, que tras el mestizaje biológico y cultural que sucedió a la conquista, fue de entre los criollos, mancebos de la tierra y mestizos de donde iban a surgir los rebeldes y emancipadores, es cierto; pero también los más encarnizados capitanejos y tiranuelos cuya descendencia sigue padeciendo nuestra América.

En este contexto, no se puede siquiera suponer que la conmemoración del Descubrimiento (no la celebración, es preciso repetirlo) vaya a festejar o solemnizar, por cierto, la parte sacrificial de este drama. Tampoco intentará poner una máscara fastuosa sobre las atrocidades que se cometieron, puesto que su monumentalismo fúnebre hará más evidente aún el sentido de esta desventurada historia.

Sin excluir ni olvidar la parte oscura e inenarrable de aquella hecatombe de los pueblos precolombinos, la destrucción de sus culturas, de sus religiones, de sus mitologías, del asiento de sus ciudades y sus riquezas, el sentido genuino de la conmemoración no puede no estar sino en la proyección hacia el futuro de este acontecimiento que es patrimonio de toda la humanidad. La única manera legítima de conmemorar estos fastos es la de vivir la historia en clave de futuro donde convergen y se entrelazan las líneas positivas de aquellos acontecimientos memorables que nos han dejado su permanente y dolorosa lección, su compromiso de unión y alianza.

En esta época, en la que hemos llegado a un punto límite, el discurso histórico no puede ser, no es ya, únicamente, un saber. Es sobre todo una ética del conocimiento histórico. Esta moral de la conciencia histórica exige, a su vez, un comportamiento justo y solidario a los miembros de una comunidad forjada por una historia que les es también común. Y estas comunidades deben unirse y actuar juntas en lo mejor de sus genuinas potencias o virtualidades para hacer sentir su presencia mediadora y conciliadora en un mundo al parecer condenado a la violencia, generada por los intereses de los centros hegemónicos de poder.

Por todo ello, la conmemoración del Descubrimiento va unida necesariamente a la toma de conciencia crítica de los grandes problemas comunes y de una acción política gradual y consecuente con la progresiva solución de los mismos. El proyecto cultural y económico de integración es una empresa cada vez más necesaria y, al mismo tiempo, cada vez más erizada de dificultades y escollos que parecieran condenarla a un aplazamiento indefinido.

Es evidente que el concepto de la España democrática como compañera de las naciones hispanoamericanas en un plano de igualdad y en un plan de comunidad orgánica de naciones no resulta aún viable. Salvo en empresas de cooperación y ayuda multilaterales o parciales. En su mayor parte, las colectividades latinoamericanas no han accedido aún al asentamiento y estabilidad de sus instituciones democráticas bajo un genuino estado de derecho, agobiadas por el tremendo flagelo de la deuda externa, por la inestabilidad política y el marasmo económico, signos evidentes de su dependencia de los centros mundiales de decisión.

La comprensión del pasado, desde el presente y su proyección al futuro es, así, la única lectura inteligible de la historia para la construcción de un proyecto de plurales dimensiones. Esta lectura comporta una toma de conciencia crítica, no únicamente por las minorías culturales, por los estados y por los gobiernos, sino también y sobre todo por los millones de seres humanos de todas las capas culturales y condiciones sociales de esta vasta porción de la humanidad que forma el mundo iberoamericano.

La conmemoración de la efeméride del Quinto Centenario vería disminuido su sentido si en ella no está asociada intrínsecamente la presencia de los pueblos mestizos hispanoamericanos, de los pueblos indígenas que sobreviven al holocausto de hace cinco centurias, y a los que se debe, tanto por parte de España como por parte de las sociedades nacionales de América Latina, el más completo desagravio y reconocimiento en la defensa de sus derechos, de sus culturas, de su preservación material, de su dignidad humana. 

Tal desagravio y reconocimiento, que sigue siendo una vieja deuda incumplida de restitución social y cultural, no adquirirán su vigencia histórica sino como componentes de una conciencia general y federativa de la unificación e integración de nuestros países de común origen en una comunidad orgánica de naciones libres.

La conmemoración del Quinto Centenario va unida así al esclarecimiento -en su doble acepción de clarificación y de ennoblecimiento- de este concepto miliar de la unidad como comunidad de pueblos de un mismo horizonte cultural; situación cuya penosa evidencia se manifiesta aún en el desconocimiento mutuo de las historias de cada región, de cada país, llenas de los equívocos y ambigüedades que asentó en ellas la colonización y que fueron refrendadas por la historia de los vencidos.

Las historias no son sólo el pasado “documentalizado” por la historiografía con mayor o menor erudición, con mayor o menor grado de buena fe, de verosimilitud, de credibilidad y de honradez. Los hechos históricos no sólo se hallan registrados en los documentos ni sólo dan cuenta de ellos las interpretaciones tejidas en el marco de la hermenéutica. Los hechos fundamentales viven, sobre todo, en la memoria colectiva; son claves genéticas de sus identidades, las que se reflejan a través de sus comportamientos.

Las identidades reales de los pueblos no se definen de manera abstracta ni se revelan más que en los momentos de crisis o de plenitud colectivas, en lucha con los infortunios y las vicisitudes, en busca de su genuina expresión individual y colectiva; en ocasiones, de su propia sobrevivencia.

Por todo ello, la conmemoración del Descubrimiento del Nuevo Mundo por los europeos (que siempre será el segundo descubrimiento) va unida necesariamente a la toma de conciencia crítica de los grandes problemas comunes y de una acción política gradual y consecuente que contribuya a la progresiva solución de los mismos.

El proyecto de unificación e integración de los países iberoamericanos con España y Portugal, es una empresa sujeta aún a grandes escollos y dificultades que parecerían condenarla a un aplazamiento indefinido. No se puede correlacionar ni integrar magnitudes diferentes, o que se hallan en desigual estado de desarrollo. Es evidente, pues, que el concepto de la España democrática como compañera de las naciones hispanoamericanas en el plano de una comunidad orgánica de naciones no resulta aún viable en su plenitud solidaria, salvo en empresas de cooperación y ayuda multilaterales o parciales, y por lo mismo casi siempre transitorias, efímeras o ineficaces. En su mayor parte, las colectividades latinoamericanas no han accedido aún al asentamiento de sus instituciones, agobiadas por el tremendo flagelo de la deuda externa, por la inestabilidad política, por el bloqueo de sus productos, duro precio de su dependencia a los centros mundiales de poder.

La revisión crítica de las relaciones entre España y los países hispanoamericanos no es por tanto un revisionismo histórico-cultural postulado desde el ángulo de ideologías contrapuestas. La plural amalgama de razas, de culturas, de motivaciones e intereses legítimos, la necesidad de relaciones más estrechas y orgánicas, de un conocimiento mutuo más amplio y profundo, depurado de leyendas negras y leyendas blancas, constituye hoy la nebulosa de un mundo en gestación que busca plasmarse en medio de grandes pero no insuperables dificultades.

Lo que importa, desde el ángulo de lo posible, es justamente establecer y organizar una sociedad comunitaria sobre la base de nuestras identidades, afinidades y diferencias, en una conjunción que no anule sino que vitalice -en la interdependencia- la autonomía y la soberanía de cada país. Y esto sólo puede lograrse sobre las correlaciones entre los países latinoamericanos que tienden hacia la democratización y la España democrática. Una España en su unidad con Europa, en su europeísmo geográfico, pero también en su iberoamericanismo esencial. Quiero decir: unidad de España con Europa, de la que forma parte, y unidad de España con Latinoamérica, con la que forma un mundo aparte.

Tampoco podemos transferir a la España democrática el fardo no menos aberrante del neocolonialismo actual cuyo rodillo compresor sabemos cómo funciona y sobre qué ejes. Esta creciente y un poco tardía indignación “hiatórica” contra la España imperial ¿no es tal vez la descarga ambigua de las élites mestizas hispanoamericanas, destinada a otros imperios aún vigentes, más actuales, más eficientes y más implacables, pero también menos susceptibles a la crítica y a la condenación? Si esto fuera así, tal operación oblicua sería una manifestación más de la mala conciencia de las élites mestizas que están tratando de eludir su responsabilidad histórica en la frustración o, por lo menos, en el aplazamiento indefinido de la liberación e integración latinoamericana en su totalidad, en su plenitud solidaria.

En lo que nos concierne como hispanoamericanos no se trata ya solamente de un ajuste de cuentas permanente con la España imperial, ella a su vez desaparecida No sería honrado transferir a la España democrática, únicamente, el fardo aberrante del pasado en su totalidad y menos aún el fardo no menos aberrante el neocolonialismo actual, pero acerca, el cual nuestras intelligentsias se manifiestan con una rara moderación de lenguaje en el mismo momento en que la marea antihispánica, como viejo resabio imperial, remonta con el apoyo de los viejos estereotipos.

He aquí, para América, el verdadero sentido de la conmemoración del Quinto centenario: afirmar y consolidar, en primer lugar, la identidad de los pueblos latinoamericanos en el contexto del Tercer Mundo al cual pertenecen no por destino elegido sino por su situación de dependencia, de atraso, de aislamiento; y en segundo lugar, afirmar y consolidar esta identidad en la unión y alianza con España y Portugal.

La identidad, autonomía y soberanía le los pueblos latinoamericanos, instauradas sobre la base de su efectivo desarrollo, implica necesariamente la participación de los pueblos indígenas y de todas las minorías marginadas en la construcción de un nuevo orden democrático, representativo, pluricultural y pluralista como concreción de la nueva sociedad que está emergiendo en América Latina, y de la cual España es nuestro aliado natural.

Este mundo no realizado aún de la unificación en una comunidad orgánica de naciones, es el que nos queda por descubrir. A la inversa de Colón que no sabía que descubría un Mundo Nuevo, nosotros -españoles, portugueses y latinoamericanos- sí sabemos hoy que este mundo de la integración existe en potencia y que debemos contribuir a realizarlo. No importa el tiempo cronológico que nos lleve hacerlo. Las grandes empresas de paz, de libertad, de solidaridad democrática se fraguan en el tiempo de las generaciones y los pueblos. De cara al milenio que comienza, América Latina enfrenta, en su conjunto, la continuidad interrumpida de su emancipación, la construcción de su segunda independencia en las estructuras orgánicas de una efectiva democracia pluralista que nos permita participar activamente en un plano de igualdad y responsabilidad en el mundo de mañana.

Entre lo utópico y lo posible, éste es un reto de la historia. O lo que es lo mismo, un desafío del porvenir.

El orfebre y el ebanista

Hermann Bellinghausen

La Tierra se ha vuelto cielo que amanece

El sueño pudo ser terrible, pero el despertar sube dulce y quieto.

Algo en toda esa bruma gris azul, apenas rojiza, ignora cuánto enseña y duele un amor sin esperanza

La carretilla de la obra donde van los restos

(huesos, prendas, llaves, una hebilla)

teje en la pendiente una aceleración uniforme

hasta estrellarse al fondo y saltar fragmentados los fragmentos

A esta hora pasean desnudos los ángeles de la lluvia,

hubiera dicho Alberti,

pero a esta hora nadie abre los ojos ni toca con su piel

la carne ardiente que la acompaña y asedia

En un acuario, o una foto, un hipocampo vivo menea la

cola y dirige su ojo estúpido

hacia una luz

que arranca su costra a la noche

y sangra

Nadie mira

La consumación de la hora ocurre sin testigos

-a no ser los nervios de los precordados

que ni se fijan

o que las plantas comprendan cualquier cosa

Sí claro los pájaros-

a los pocos minutos, puntuales, checan tarjeta y gorgean

su rutina cronóspita

en fa sostenido

un rato

La humedad blanca y negra adopta un sucio cobalto

que evoca la tez de un ajusticiado en la silla eléctrica según tengo entendido

Los muros aclaran y algunas ventanas arrojan guiños

de las primeras lámparas

y el agua puesta a hervir por algún motivo

Abrazadas a las cortinas, soñolientas,

las criaturas del alba se entretientan

ballet a fuerza de tanta pierna en pena

Se apetece un té

para quemar los rescoldos del sueño hasta arrasarlos

hoy que el mundo de los sueños se iguala a los seres

diurnos

pegados a las cosas

por los pies, los genitales y las manos

Qué largo ha sido el tiempo

casi siempre

Cuesta trabajo reconocer la cama, la casa,

un cuerpo donde amanecer

(será abrir el pecho como un par de alas

y dejarlo allí

en su angelical flacura señal de paso de un día más

en el despeñadero interminable de un universo

que ni se entera

ni le interesa)

Entonces inician su labor el orfebre y el ebanista

Lo demás es fantasía

El Filtro Sintax

Luis Miguel Aguilar

Amigo articulista, reseñista, líder de opinión: ¿lo persiguen los clichés? ¿No encuentra otro modo de decir las cosas que recurriendo a la frase gastada y a sabiendas de que algo está sonando mal y manido? Si quiere usted hablar de un problema complejo, ¿acaba diciendo siempre: …y eso es sólo la punta del iceberg? No se preocupe más. Simón, El Estilista del Crucero, tiene para usted la salida: un tratamiento residual de clichés, un modo de reciclar los desechos prosísticos.

A continuación le ofrecemos algunos ejemplos de lo que nuestro Filtro Sintax, ideado especialmente por Simón, El Estilista del Crucero, puede hacer con esos pequeños lugarejos que son en su texto como el lunar en la frente o, ya pasado este cliché por el filtro, como un lunar en la leche o como una mosca en la frente Mándenos usted cualquier cliché o frase de cajón de los que no pueda zafarse y se lo devolveremos como recién nacido, con la frescura de un niño que tiene diez siglos de edad. Vea usted algunos de los casos perdidos que ha logrado recuperar el Filtro Sintax.

*

Dejémonos ya de esos bizantinismos, de estar viendo cuántas puntas de alfiler caben en un iceberg.

*

Es la espada de Procusto que pende, fatalmente, sobre el lecho de Damócles.

*

…y, last but not Liszt, …

*

Es como tratar de encontrar una aguja en el pajar del ojo ajeno, que me es humano.

*

Porque el árbol caído, la leña que todos hacen del, no deja ver el bosque.

*

Se trata de un verdadero nudo gordiano como en una cinta de VideoMoebius.

*

…una gran cantidad de confusiones sumidas en el mar.

*

Pero aquí sólo estamos viendo la punta del ángel.

*

Como quien descubre el hilo negro de Ariadna.

*

No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años no es nada.

*

Para usar una verdad de Perogrullo, la verdad de Perogrullo es la verdad de Perogrullo, dígalo, para usar un Agalimatías, Agalimatías o su porquero.

*

… y, como dijo López Velarde, más sabe por viejo, que por los veneros de petróleo, el diablo.

*

Esta es la otra cara de la moneda de Jano.

*

Aquí está el quid, el id, el ídem y el por ello del asunto.

*

Es como buscar un camello por el ojo de una aguja en el pajar.

*

El señor Tal quiere tirar al borracho, que como los niños siempre dice la verdad, con todo y bañera.

*

Están viendo la tempestad y quiero hacer hincapié en que no se hincan.

*

…y, como dicen los franceses, cherchez la fama y échate a dormir.

*

Los parteaguas que nos llegan ya a la Ley de los Taliones.

*

A diferencia de lo que dijo Heráclito, estas personas se bañan dos veces en las aguas frías del cálculo aproximado de las cifras recientes egoístas.

Y ya se sabe que, ahí donde hay un vacío de poder, es querer. 

*

Nadie tendrá Estado de Derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de en estricto apego a la Ley.

*

…y, valga el cuerno de la redundancia,…

*

Y nos vuelve a llover sobre espaldas mojadas.

*

Y todavía no hay quien pueda ponerle el nido de víboras de cascabel al gato.

*

Y cuando despertó en el lecho de Procusto, el dinosaurio político seguía ahí. Menos mal que la espada de Damócles ya pendía, fatalmente, sobre él.

*

Y ya sabemos que, a pescadores revueltos, ganancia de río que agua lleva cuando la bendicen.

*

Claro: ahogado el niño que, dígalo Agalimatías o su porquero, siempre dice la verdad de Perogrullo con todo y bañera, se intenta tapar el pozo con un dedo de sol.

*

Es como dejar con la Iglesia hemos topado en manos de Lutero. Señal de que avanzamos.

*

Iba como en caballo de la inflación galopante de hacienda.

*

Hay que subrayar el lecho de Procusto.

*

A ver quién saca al buey de la coyunda que lame la barranca.

*

Se quieren poner con Sansón a las patadas de ahogado el niño que, muerto el perro, se acabó la rabia del pozo.

*

Este monstruo tiene varias cabezas que piensan más que una.

*

Es como para mandarlo al diván del Sigmund Fraude generalizado.

*

machetazo a caballo de espadas de Damócles, que penden como.

*

Tiene a la sarta de improperios por el mango.

En la noche, todos los gatopardos cambian sólo para que las cosas sigan igual.

El natural

Rafael Pérez Gay

La pregunta es ésta: ¿por qué a los pitchers zurdos de las Grandes Ligas se les llama “naturales”, mientras que en México son simplemente zurdos en la loma de las responsabilidades? Después de años de cavilaciones aventuro una respuesta: se les llama así por las mismas razones por las que mi maestra Eustolia me dio un sopapo en la nuca la desafortunada mañana en que hice bolas y palitos con la mano izquierda en un cuaderno de doble raya.

Así frustró la educación pública a un gran pitcher naturales a un zurdo sin culpas y a un hombre de caligrafía impecable lo cual no es poco decir en tiempos de escasez de atributos simples y grandes pitchers mexicanos. Por fortuna, mi madre me recogió del pozo traumático en que me había tirado mi maestra Eustolia -no sin intensos debates educativos- y me devolvió a la zurdería, pero entonces ya nada fue igual. Hasta la fecha, cuando me toca dar instrucciones a un taxista, le digo:

– En la esquina, a la derecha. Perdón, a la izquierda. No, a la derecha.

Y el taxista me mira con cara de “cómo dejan salir a la calle a este sujeto”. Así gané la desorientación eterna por culpa del beisbol mexicano y la educación pública.

No es fácil encontrar un ensayo documentado sobre la vida del zurdo. Se encuentra uno de todo en los periódicos, hasta artículos de Sergio González Rodríguez sobre “Libertades Públicas y Derechos Privados” y ni una sola linea, ni un artículo, ni una encuesta sobre los zurdos. Esta actitud sospechosa de los medios informativos, me llevó a tirarle encima a un amigo, el peso de esta verdad:

– ¿Te has fijado que nadie escribe de la “vía zurda”, ni un editorial, ni un reportaje, nada de nada? ¿No te parece extraño? Algo pasa.

Este amigo no me respondió, pero no es la primera vez que alguien no responde a una pregunta incómoda de política. Y como pasa en la vida, la respuesta llegó por otros medios y otras formas, ambas inesperadas.

La respuesta estaba impresa en una publicación especializada. Leí que el 10% de la población es zurda, que van a la izquierda cuando quieren ir a la derecha -y al revés-, que tienen problemas con la lectura y que no manejan las tijeras. “Esto implican, pensé, “que soy parte de una minoría, que siempre llegaré a lugares a los que nunca pensé llegar, que leeré cosas que nadie escribió y que, por si fuera poco, nunca podré ser sastre”.

Nadie conoce los límites, ni las revistas especializadas; me convencí de esto cuando leí, con alarma y tristeza que “Dos doctores de las universidades de Columbia y de California, respectivamente, han llegado a la conclusión de que los zurdos viven menos que los derechos. Al investigar los certificados de defunción de 987 mujeres y hombres, averiguaron que el promedio de muerte para las personas derechas fue de 75 años; en cambio, el de los zurdos fue de 66 años. Además los zurdos son más susceptibles de tener accidentes fatales (7.9 contra 1.5)”.

-Esto es demasiado- le dije a Evelia mientras tiré el agua de limón con el codo derecho. Puse mi mano en el charco ácido y le dije:

– ¿Por qué tenemos que morir tan jóvenes?

– ¿Te parece que un hombre de 66 años es joven?

Se trataba de una vieja polémica que ella y yo teníamos sobre juventud, madurez y vejez, no una respuesta al problema de “la vía zurda”, así que insistí en lo esencial:

– Mira esta lista de zurdos famosos -le leí:- Billy The Kid, Paul Klee, Miguel Angel, Charles Chaplín, Albert Einstein, Jack El Destripador, Marilyn Monroe, Nelson Rockefeller, Robert Redford y Napoleón.

La miré con un aire de superioridad que yo mismo me desconocía, pero le dije la verdad, primero porque soy zurdo y después porque la quería:

– Esto que parece una buena noticia, no lo es; al contrario, se trata de una asimetría o, por llamarlo con un tecnicismo, se trata de un puchero mal hecho. Esta constelación sugiere que todos fueron excepciones y que ya no habrá más. Por otro lado, estoy convencido de que Dios es Zurdo. Ahora, si Dios es zurdo, ¿por qué no nos ayuda a no tirar los vasos con los codos, a saber con exactitud a dónde ir, si a la derecha o la izquierda, a usar las tijeras con habilidad? ¿Por qué no nos ayuda El, que es un Zurdo Eterno?

– Te lo diré -me dijo Evelia mientras limpiaba con un trapo el agua de limón que hacía una cascada rumbo a la alfombra-. Dios no puede pensar en cada caso concreto, lo suyo es establecer principios generales.

– Es cierto -le contesté convencido de que me había dicho una gran verdad filosófica-. Tengo esperanza -le dije-, no una esperanza ilimitada, sólo un poco de esperanza, de que en el futuro los zurdos seremos tratados no como una minoría torpe, pasto de burlas y críticas. A pesar de todo somos el 10% de la población, los zurdos también votamos, somos políticamente importantes.

Evelia me interrumpió de golpe, vi sus ojos arrasados por las lágrimas, me dijo:

– Por favor: no vayas a darme los resultados de las últimas cuatro encuestas sobre elecciones. Por lo que más quieras, no vayas a explicarme el “fraude generalizado” ni, te lo ruego, los misterios del “carro completo”. Estoy de acuerdo contigo, pero piensa que la capacidad humana de comprensión es imperfecta.

Le concedí aquel deseo en la penumbra del atardecer, a la hora exacta en que hay que encender las luces y yo tiré la lámpara del buró y provoqué un gran corto circuito.

Después de que cambiamos los fusibles le dije:

– No voy a importunarte, pero te quiero decir que todo esto tiene que ver con lo que Habermas llamó “La Teoría Minoritaria de la Opinión Pública” y con el aforismo del escritor francés Jean Paul Toulet.

– los zurdos nunca mienten.

LA CURVA DE OCTUBRE

“La curva del mes” es una especie de candelero que consigna en una línea las modas, los eventos, los personajes, de distintas zonas de la vida cotidiana en México según calculamos que se irán moviendo en el mes. La curva trata de conjugar la información y la intuición para elegir cada uno de los asuntos. No es una cartelera sino un barómetro de la vida diaria.

Texto: L.M.A / R.P.G.

Ilustración: José Hernández

Adaptado de un modelo de la revista Esquire

¿Quién te olvida?

Italo Calvino

El camino de San Giovanni

Tusquets

Barcelona, 1991

166 pp.

Es difícil no ceder a la tentación de escribir unas memorias -o lo más cercano a ellas- para guardar y conservar la materia porosa y blanda de la experiencia directa. El camino de San Giovanni proviene de esa actitud primordial de la supervivencia. Las memorias brindan referencias tangibles pero nada asegura que lo que digan sea completamente cierto. Quizá son un disfraz del olvido pues sólo quedan los despojos a los que el recuerdo transforma y llena de sentido. Tal vez -como lo sugiere Calvino- son una cura para el remordimiento. Ir en busca del pasado se parece a buscar en un bote de basura los restos que ya dábamos por perdidos.

Calvino escribe desde el reverso y la opacidad del mundo. Pero, ¿que quiere? Quiere darse forma a través de una memoria traicionada que ya no conserva el recuerdo de si misma. Y que escribe: fragmentos de su vida arrastrados por el viento de la escritura que lamenta la perdida de la experiencia original y encuentra la certeza de que lo escrito no puede reproducirla, sino apenas rescatar algunos jirones, pedazos de algo mucho más intenso que el acto de la escritura.

Por eso no podemos pensar en una autobiografía. Estos cinco “ejercicios de la memoria” cubren pequeñas parcelas y no aspiran a la totalidad; quieren recobrar la textura de algunos hechos del pasado ya sin la inocencia de los primeros días. Entre el momento en que la escritura se lanza a recobrarlo,    Calvino interpone   la distancia.

En El camino de San Giovanni hay una maravillosa reflexión sobre el valor de las imágenes que prefiguran la historia de ciertas vidas. El sendero que baja y conduce hasta la ciudad, el espejismo no tan lejano de una cuadrícula donde se escondían las calles, se hinchaba un campanario y se distinguía la línea de los muelles; el cine como metáfora del mundo y de una personalidad concentrada en si misma; los campos de claveles y una cesta colgada del brazo, el deseo de estar en otra parte, todo eso va cobrando forma en estas páginas como signos de un futuro que Calvino descifra cuando recobra el pasado, o cuando al menos recobra una parte de el. 

El mundo de estos recuerdos es ritual en el sentido profundo que le atribuyen los relatos de aventuras: el rito como prueba iniciática y como momento de tránsito a otras realidades: de la infancia a la madurez, del campo a la ciudad, de los sonidos y los colores a la literatura. En el primero de los cinco ejercicios Calvino establece ese itinerario ritual que marco cada una de las estaciones de su sensibilidad literaria pero que lo alejó del camino familiar, el que subía su padre: “cual era el camino que buscaba sino el mismo que mi padre cavaba en la espesura de otra extrañedad, en el supermundo (o infierno) humano, que buscaba de noche en los zaguanes mal iluminados (a veces una sombra de mujer pasaba fugazmente) si no la puerta entreabierta, el otro lado de la pantalla de cine, la pagina que al volvería introduce en un mundo donde todas las palabras y las figuras resultan verdaderas, presentes, experiencias mías, ya no el eco de un eco de un eco”.

De muchos modos, Calvino se lamenta por lo que antes no quiso. Incluso no presume de buena memoria, o mejor dicho, juega con ella y nos permite transitar de los recuerdos nítidos a los espacios en blanco. Porque ese es el camino de San Giovanni: aquel que lleva al recuerdo y luego al olvido y después termina en la escritura. El sentido de “La poubelle agéée”, una suerte de sonata antipastoral, es de lo más cercano a la pasión de Calvino por eso que podríamos llamar “la estética de lo mercurial”: la preceptiva de quien sirve de mediador entre dos mundos, el de arriba y el de abajo, el de los pesos muertos y el de los pesos vivos, el del campo y el de la ciudad. No por nada el acto de tirar la basura se convierte asimismo en un acto ritual. Si al principio era rito de iniciación ahora lo es de purificación. Cuando Calvino menciona su gusto de juventud por transportar la cesta cargada de alimentos o por servir de mensajero, caemos sin darnos cuenta en el retrato que hace de sí mismo, casi como no queriendo, como quien se oculta en los demás: un ángel, intermediario entre los hombres “y el cielo de las ideas en que inmerecidamente planeamos (o creemos planear) y que sólo puede subsistir en la medida en que no seamos vencidos por la basura que produce cada acto del vivir incesantemente”, un negro y pesado ángel “de la limpieza y la levedad”. En el instante en que Calvino se proyecta en la tarea del basurero, entendemos el significado ritual de este libro: es inútil buscar en la memoria lo que le ha sido arrancado por la literatura.

Adiós a las expectativas

Jorge Aguilar Mora

Una muerte: sencilla, justa,

eterna.

México,

Era, 1990.

440 pp.

En una confluencia de géneros, Jorge Aguilar Mora aborda el ensayo, la crítica literaria, de vez en cuando las memorias personales, en ocasiones trozos que podrían ser cuentos o partes de alguna novela pero, sobre todo, historias regionales e individuales de la Revolución Mexicana

En cincuenta y dos capítulos, Aguilar Mora indaga, investiga, reflexiona y reconstruye historias de la Revolución Mexicana, a veces centrado en un personaje como Pancho Villa o Lucio Blanco -a los que sin duda dedica más atención, en particular al primero, que transita por todo el libro-, o como Rafael F. Muñoz, Ramón Puente o Nellie Campobello, o bien en cuestiones como los problemas fronterizos en esa época. Los temas son muchos y los enfoques variados.

El libro de Aguilar Mora rompe deliberadamente una y otra vez con las expectativas del lector. O, como dice José Emilio Pacheco: “No se deja controlar, clasificar, comentar, reseñar” (“De Chimalistac a Tlatelolco”. “Inventario”, Proceso 759, 20 mayo 1991). Al inicio apunta hacia un libro de índole muy personal, de carácter autobiográfico. Sin embargo, esta primera expectativa se trunca. A juzgar por la fuerte presencia del narrador al principio, se esperaría una continuación de esa línea. Por ejemplo, en el capítulo “¿Qué es un mes de agosto si no es eso?”, el autor reflexiona sobre dos de sus maestros -Sergio Fernández y Antonio Alatorre- y algo cuenta sobre cómo vivió el 68, nada volvemos a saber de David, de José, de Celia. En el último capítulo, de manera muy breve, se retoma un tono íntimo que no compensa la expectativa inicial.

Es cierto que a lo largo del libro los comentarios explícitos de carácter personal aparecen de manera intermitente, por ejemplo, en su relación con la investigación histórica, con observaciones del tipo: “Hay que introducirse en todas las reuniones secretas de los porfiristas y huertistas para distinguir la miríada de actitudes y posiciones. Esa pesquisa quedará para otro momento”. O: “Su observación de José Emilio (¿Pacheco?) me dejó la inquietud de revisar las relaciones familiares de la casta porfiriana, de las que yo no sabía nada. Sin embargo, por ahora no he hecho nada de eso, y lo he pospuesto para otro momento…”; y también: “Ese movimiento íla reforma agraria!, se detuvo, por así decirlo, con esa idea de la pequeña propiedad y con la copia de la ley del homestead. Por mi parte, ese confrontamiento lo dejo para otro momento”. Otras veces, decide no continuar investigando el tema y, de manera típica, nos lo informa.

Pero son más importantes los comentarios subjetivos implícitos. Como señala Armando González Torres: “La historia de Aguilar Mora no deja la elocuencia a sus narraciones o a sus personajes, sino que está colmada de apreciaciones subjetivas y sobreentendidos morales” (“Literatura moral, escritura curativa”. Examen; jul. 1991).

Muy temprano en el libro, al comentar la historia de los trece césares de Suetonio, el autor asienta sus intenciones y escribe: “No, mi libro no sería de historia, ni de revelaciones biográficas. Sería simplemente un libro de estilo. Un libro donde el estilo serviría para hacer económica una imagen que ciertos mexicanos tenemos en la imaginación, en nuestra convicción y en la memoria; pero que no tenemos en la escritura”. Las pretensiones ciertamente son altas.

La perspectiva siempre será personal, al decir del propio autor “Durante los años de mi investigación sobre la Revolución, se fue dejando ver, cada día con más evidencia, que los datos históricos que me atraían y que yo perseguía por libros y por archivos eran transfiguraciones de hechos de mi propia vida”. Así, por ejemplo, al escribir sobre Lucio Blanco, Aguilar Mora dice: “Era inevitable, entonces, fijar en él mi atención e indagar, a medida que trataba de entenderlo, si en verdad sus indecisiones históricas eran el rasgo con el cual yo me identificaba”.

Desde la mirada de las historias individuales, Aguilar Mora ofrece lo que para mí es la mejor parte del libro. Narra, con facilidad y talento, algunos de los múltiples fusilamientos y muertes que tuvieron lugar en la Revolución (la cifra que por lo general se da es de un millón de muertos). En estas narraciones breves y penetrantes, y en la medida de lo posible, Aguilar Mora recrea algunos momentos intensos de esa experiencia tan íntima, inescapable, irrepetible e intransmitible que es -será- la propia muerte. Con respeto y habilidad, Aguilar Mora logra otorgar a estas muertes, y de alguna manera, por extensión, a todas aquellas muertes anónimas de ese periodo, el gran valor que tuvieron y tienen en cuanto a ese carácter único: “Los fusilamientos redimen su vida con un gesto, con la singularidad de su gesto, que no por repetitivo deja de ser único e intransferible: en estas descripciones, las víctimas hacen en el último momento un gesto decisivo y con ese gesto escapan de sus verdugos y toman posesión de su vida: la hacen suya, infinitamente suya”. Pero, de manera que ya empieza a ser característica, Aguilar Mora abandona esa rica veta y rompe nuestra segunda expectativa.

La tercera expectativa, que no se cumple cabalmente, es la de los personajes históricos, si bien Pancho Villa es la figura más redonda, la que predomina en el libro. En esta faceta de retratos, la intención básica parecería ser entender y explicar precisamente a Villa. Respecto a él y Lucio Blanco, Aguilar Mora se plantea preguntas pertinentes, hace reflexiones lucidas pero, de nuevo, esta linea no parece ser explotada a plenitud, y procede a escribir sobre otras cuestiones, como los problemas fronterizos entre México y los Estados Unidos, o el Plan de San Diego. La abundancia de temas, figuras y problemas señala la posibilidad de una multiplicación de publicaciones potenciales, tal vez con mayor cohesión y menos ambición.

En este breve recorrido de la ruptura de expectativas en Una muerte sencilla, justa, eterna, siempre aparece, de manera significativa y definitoria, la palabra “personal”. La visión que Jorge Aguilar Mora tiene de la Historia, de la Revolución Mexicana, de las historias, de su propia historia, siempre es personal, para bien y para mal.

Finalmente, una palabra sobre las fuentes. Detrás del libro hay una cantidad abrumadora de libros, periódicos, documentos y archivos consultados. No pocas veces, Aguilar Mora se muestra en desacuerdo con varias de las publicaciones y testimonios sobre el tema de la Revolución Mexicana. Entre ese despliegue bibliográfico, asombra no encontrar tres publicaciones recientes que, al decir de los historiadores, han resultado fundamentales para el replanteamiento del estudio de la Revolución Mexicana. Le Mexique. De l’Ancien Régime a la Révolution de François Xavier Guerra que apareció en francés en 1985 y en español en 1988. Revolutionary México. The Coming and Process of the Mexican Revolution de John M. Hart que apareció en inglés en 1987 y en español en 1990. The Mexican Revolution de Alan Knight que apareció en inglés en 1986. Su ausencia sólo podría explicarse en el caso de que el libro de Aguilar Mora hubiera permanecido cinco años en prensa. En cuanto a la pertinencia y validez, a las posibles aportaciones de la faceta historiográfica propiamente dicha del libro, queda a los expertos su evaluación.

La mirada circular

Margarita de Orellana

La mirada circular, el cine

norteamericano de la Revolución

Mexicana, 1911-1917

Era

México, 1990

Hay una fábula zen en la que un discípulo le pregunta al maestro sobre la concentración y éste responde:

– No veas lo que quieres ver, sólo imagínalo; o velo de reojo o de pasada, como si no lo vieras; o velo a través de su reflejo en el agua u olvídalo y deja que llegue sólo a ti.

La mejor manera de ver las cosas no siempre es verlas directamente. Así, la historiadora Margarita de Orellana nos ofrece en La mirada circular, el cine norteamericano de la Revolución Mexicana 1911-1917, una visión insospechada sobre nuestro movimiento revolucionario que dice (y ve) más que muchos tratados: circular pero también oblicua, de reojo e imaginada, casi de veras como un reflejo en el agua, terriblemente grotesca y temblorosa. Mirada que ve al que nos mira, que lo atrapa en su infinita lejanía, en su altivo desprecio. Y en algo tan sencillo como en el cine que se filmó sobre nuestra Revolución. Por eso la mirada ve además hacia una pantalla en donde todo -toda nuestra gesta revolucionaria -es pura representación, con escenarios de cartón y actores (que en realidad son los personajes reales) disfrazados de sí mismos. Eso eres tú -diría el maestro zen- en la mirada del otro, de aquel que se ha dedicado a mirarte, a observarte y a verte grotesco aun en aquello que creías más heroico.

¿Pero de veras somos eso? ¿Esa es nuestra Revolución, ese es nuestro Pancho Villa, ese es nuestro Apostol de la Democracia, esa es nuestra beautiful señorita? Vernos a través de la mirada del otro es, de veras, no soportarnos. Y, sobre todo, no soportar al otro: el infierno.

En la medida en que te resulta insoportable lo eres, estás ahí, en la representación de tu propio drama grotesco, agregaría seguramente el maestro zen. Qué imagen imperecedera de nuestra Revolución es esa que narra el libro de Margarita de Orellana en la que oficiales villistas ordenan a sus soldados vestirse de federales y los hacen actuar como soldados del gobierno que son atacados por tropas villistas ante las cámaras norteamericanas. Qué mala representación fue a veces nuestra lucha revolucionaria, de mexicanos contra mexicanos ante la brutal mirada del “otro”. Qué fácilmente nos cambiaban de papel (de disfraz), como a Pancho Villa, que de bandido generoso y justiciero pasó a ser un despiadado criminal. Pancho Villa, cuenta el libro, firmó incluso un contrato de exclusividad con la Mutual Film Corporation por veinticinco mil dólares, y se creyó consentido de los gringos hasta que fue satanizado y perseguido por la agresión a Columbus.

Como dice Friedrich Katz en el prólogo: “El libro de Margarita de Orellana se termina en 1917, pero los estereotipos que describe continúan viviendo en las películas hollywoodenses sobre México”. ¿Quién fue Emiliano Zapata?, nos preguntaban en la escuela. La respuesta inevitable: Marlon Brando. Y es que de veras para el mundo fue más Marlon Brando que lo que haya sido en realidad. Desgraciadamente la realidad es más lo que se hace con ella que lo que es realidad. Una verdad prefabricada es más verdadera que una verdad real; la del cine, por ejemplo. Por eso también dice Katz: “Las opiniones de la mayoría de los norteamericanos y de los europeos sobre la Revolución Mexicana no están basadas en trabajos académicos de historia ni en las grandes realizaciones artísticas que esa revolución generó -las pinturas de Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros-, y mucho menos en la gran producción en torno a ella. El conocimiento general de ta Revolución Mexicana, uno de los grandes levantamientos sociales del siglo XX, está basado sobre todo en las películas de Hollywood”. Zapata seguirá siendo Marlon Brando. Nuestra revolución, un escenario de cartón. Pancho Villa, el último Pancho Villa que filmó Hollywood Todo empezó con lo narrado (descubierto) en el libro de Margarita de Orellana. El problema es que también de alguna manera ahí termina: es un círculo cerrado, una mirada circular que se basta a si misma. Por eso también es un espejo para todos los que nos miramos en él.

Intimos enemigos

Kevin Buckley:

Panamá: la verdadera historia

Simon y Schuster

Nueva York, 1991.

Panamá: la verdadera historia es el recuento extraordinario de una historia ampliamente desconocida, terriblemente mal cubierta en la prensa y a menudo increíble: cómo Estados Unidos cortejó, protegió y se desencantó de Manuel Antonio Noriega, llegando a matar a miles de panameños a fin de encerrarlo en una celda de Miami donde apenas sabe que hacer con él. El texto de Buckley, como ocurre cada vez más con los relatos extensos de periodistas, está escrito espléndidamente; está bien investigado y concebido de manera profesional. Amen de sus muchas virtudes, probablemente se le puede criticar que incurre en una de las desventajas que tienden a caracterizar a los relatos periodísticos: cierta falta de distancia analítica y de abstracción. Pero la aventura está tan remachada, la trama es tan bizantina y los actores tan conocidos, que el simple recuento de los hechos parece suficiente para destacar los objetivos principales del autor.

Buckley rastrea la participación de Estados Unidos en la tragedia panameña desde los primeros contactos con Noriega hasta la confusión y la ambigüedad que rodeó al primer aniversario de la invasión en diciembre de 1989. Incluso aquellos que más se beneficiaron con la invasión no consideraron adecuado celebrar el año que moría. La revisión del trabajo de los corresponsales extranjeros abarca desde la brutal manera en que Noriega alcanzó el poder, como parte de las consecuencias de la oscura muerte de su mentor, el General Omar Torrijos, hasta las maneras aún más brutales con las que gobernaba. Buckley describe en detalle cómo Noriega hizo que torturaran y posteriormente decapitaran a Hugo Spadafora, uno de sus primeros allegados y finalmente uno de sus rivales, y cómo los abusos desenfrenados a los derechos humanos, la corrupción y la lucha destructiva movilizaron finalmente al pueblo panameño.

Jorge G. Castañeda es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México y actualmente escribe un libro sobre el futuro de la izquierda Latinoamericana.

Este artículo apareció en el diario The New York Times, el 20 de junio de 1991.

Pero la historia de Buckley se centra correctamente en el papel que Estados Unidos desempeñó en todo el asunto. Constantemente subraya lo que, en el mejor de los casos, el mismo Noriega sólo podía percibir como señales cruzadas. Mientras que el Congreso de Estados Unidos lo había castigado en un principio debido a las violaciones de derechos humanos, el Ejecutivo lo engatusaba para que cooperara en asuntos relacionados con las drogas. Posteriormente, un brazo del Ejecutivo parecía perseguirlo debido a la corrupción y sus vínculos con los cubanos, mientras que otro continuaba premiándolo por su papel en la ejecución de las leyes de narcóticos, y otro todavía buscaba su ayuda para entrenar y armar a los contras nicaragüenses. En palabras del General Fred Woerner, jefe del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos hasta que fue despedido en el verano de 1989: “Estados Unidos apoya la elección fraudulenta de Barletta. Estados Unidos condena la sustitución fraudulenta de Barletta por Delvalle. Estados Unidos reconoce la legitimidad de Delvalle sólo cuando lo sustituye Noriega”. No era de extrañarse, concluye Buckley, que Noriega nunca entendiera lo que Estados Unidos lealmente quería hasta que la invasión contra ese pequeño país estaba de hecho en camino.

Esto es todavía más cierto si uno lee cuidadosamente los pasajes donde Buckley aborda la relación, que por lo general no se menciona, entre los contras, las drogas y la CIA. Buckley afirma que Richard Brenneke, corredor de armas y piloto, sostuvo en el testimonio de su juicio por perjurio – del cual fue absuelto- que Donald Gregg, el Consejero sobre Seguridad Nacional del Vicepresidente George Bush, sabía de una operación aprobada en 1985 mediante la cual agentes israelíes Proporcionarían armas a los contras, pero en el entendido de que el Cártel de Medellín “pondría el dinero y los aviones para comprar y transportar las armas”. No hace falta decir que Noriega estaba al tanto de esto y de muchas otras cosas.

Mucha de la información de Panamá: la verdadera historia ha salido a la luz pública de una manera u otra, pero Buckley la reúne de manera magistral. Muestra lo que sucede cuando Estados Unidos apoya por razones de realpolitik o afinidad ideológica a un líder extranjero desagradable, pero útil -de hecho-, y después tiene que llegar al extremo -como resultado de imperativos políticos nacionales o de presiones internacionales- de deshacerse de un aliado que se ha salido de su control. Buckley está convencido -y uno no puede sino estar de acuerdo con él- de que para el tiempo en que ocurrió la invasión, ésta era verdaderamente la única opción que le quedaba a la administración Bush que se había puesto a sí misma contra la pared, hecho que, por supuesto, no hizo de la invasión algo más sensato, o menos censurable moralmente. Un año después, como lo presenta Buckley, Noriega estaba en una confortable celda de Miami haciendo llamadas telefónicas y desvariando a lo largo del hemisferio, y el pueblo panameño todavía esperaba los millones de dólares que suponía iban a acompañar a las tropas y helicópteros norteamericanos que se abalanzaron sobre ellos unos pocos días antes de Navidad. En cuanto al número de vidas panameñas que de hecho costó el arresto de Noriega y el golpe al narcotráfico, Buckley deja al Departamento de Defensa hablar por sí mismo en una cita terrorífica que cierra el libro, pero no el tema: “El memorándum del Pentágono estipulaba que ‘el pago de los reclamos individuales relacionados con el combate, bajo un programa similar al de la ayuda norteamericana (USAID) que se aplicó en Granada, no entraría dentro de los mejores intereses del Departamento de Defensa de Estados Unidos debido al enorme número potencial de tales reclamos'”.

Traducción de David Olguín

Galio y los dos que soñaron

NEXOS CON LOS LIBROS

Héctor Aguilar Camín

La guerra de Galio

Cal y arena

México, 1991

592 pp.

Desde el principio de la novela, La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín es sobre todo la historia de la propia novela, de su propia escritura. Los materiales acopiados por Oralia Ventura y los recuerdos e indagaciones personales del viejo historiador que acomete la tarea de contar la educación, la vocación y la época de su discípulo Carlos García Vigil, no se nos ofrecen como una realidad compacta, sino como un modelo para armar, como un libro que escribir, un misterio que develar o interpretar.

De ahí que, conforme se relatan los acontecimientos violentos o amorosos, los episodios de periodismo, guerrillas o antesalas del poder, se relate también o sobre todo el esfuerzo de un narrador inteligente y honrado por encontrarles o darles algún sentido, todo ello abiertamente, a nuestra vista.

Este enfoque de la-novela-dentro-de-la-novela, de una novela que trata de la escritura de una novela, es uno de los recursos más agraciados en la historia de la literatura, desde el Quijote, quien goza incluso de la oportunidad de discutir las varias novelas que sobre él se han hecho, y dar todo honor al historiador árabe Cide Hamete Benengeli, hasta las modernas recreaciones de Henry James, André Gide, Miguel de Unamuno, Pirandello, Carlos Fuentes y José Bianco.

El mundo, la sólida realidad pueden en efecto ser fascinantes, pero no lo es menos el espectáculo de una mente que trata de ordenar su caos, situación que incluso puede aportarle algún nervio detectivesco. Como sabemos, lo mejor de las buenas novelas de detectives no está en la realidad de pleitos a tiros y de codificados delitos, sino en la mentalidad deslumbrante del detective. Es un poderoso espectáculo el ver pensar, el seguir el curso accidentado de un pensamiento.

Para cumplir tan resplandeciente papel mental, muchos autores de novelas policiacas han dotado a sus detectives de una especiosa y minuciosa sabiduría de anticuarios, científicos, historiadores; Aguilar Camín ha escogido la ruta más corta: ha tomado directamente a un historiador, y puesto en servicio de la novela toda la experiencia de este investigador en una larga vida de estudio y deciframiento de enigmas históricos. La ardua historiografía al servicio del pasado inmediato y del amigo recientemente difunto.

Ahora bien, el trabajo de interpretar, de reconstruir, de descubrir una visión nueva detrás de un laberinto disperso de varia y confusa documentación, siempre lleva el riesgo de la ficción. Hasta la ciencia tiene el riesgo de la ficción: Plinio, que había sido ciencia muy seria, se nos volvió literatura fantástica, como nos dice Borges. Otro tanto les ocurrió a ciertos historiadores de la antigüedad. Hay teorías historiográficas que son verdaderas novelas. Muchos fracasos de la historia como ciencia son curiosas e involuntarias obras de imaginación. Baste recordar buena parte de las crónicas de Indias, que más bien se resuelven en fabulaciones atrevidísimas. El historiador de Aguilar Camín, al tocar una historia personal, enfrenta deliberadamente esta linde con la ficción.

¿Hasta que punto el detective de veras reconstruye el crimen y acierta con el verdadero delincuente; hasta qué punto el historiador de veras rearma una historia pasada y nos entrega su espíritu, su carne, sus motivos?

Chesterton inventó a su exitoso Padre Brown a partir del truco cristiano de reconocer al justo en el pecador: todos somos pecadores, todos podemos pensarnos como tales, y el padre Brown no encontraba mayor problema en encarnar mentalmente a sus criminales y descubrir así cómo habrían actuado en tal situación. Otros autores no se pretenden tan seguros de la realidad: Salambó -o los cuentos de Flaubert (San Julián, Herodías) situados en los principios del cristianismo- seguramente hablan más de los ensueños románticos de un desorden estético, de una liberación antiburguesa, propios de la Francia de la segunda mitad del siglo XIX, que de sus asuntos específicos. Hay más orgías entresoñadas del tipo de Las flores del mal en Salambó, que una recuperación minuciosa de Cartago, por más que sepamos que Flaubert dedicó años al estudio arqueológico e historiográfico de su asunto.

Tal vez algo de esta afirmación sería también válida para los estudios historiográficos de Michelet, Taine o Renán. El hermosísimo Jesucristo de Ernest Renán habla más de la restauración católica en Francia, un catolicismo romántico a lo Chateaubriand, después de los desórdenes jacobinos y ateos de la Revolución Francesa y de otras revueltas, que de la historia como ciencia positiva.

Otros autores, finalmente, y entre ellos Aguilar Camín, han llegado a un tercer nivel de relación entre el interpretador y lo interpretado: en obras como Los papeles de Aspern de Henry James, Aura de Carlos Fuentes y La pérdida del reino de José Bianco, el narrador que se sumerge en una vida ajena empieza a transformarse un poco en el ajeno -hasta llegar incluso a soñar que ama sus mismos amores, que ha vuelto al pasado del otro, y lo repite-, o bien el ajeno no puede evitar parecerse un tanto al autor que está organizando y recreando su memoria.

El yo siempre está al borde de convertirse en un otro: “No puedo soportar, no puedo entender que tú no seas yo mismo, que los dos seamos dos entidades diferentes; cómo quisiera, sin dejar de ser yo mismo, convertirme en ti”, dice el protagonista de El diablo y el Buen Dios, de Sartre, cuya La Náusea también fue un cartapacio a interpretar.

Escribir historias es convenirse un poco en los otros, ser los otros sin dejar de ser uno mismo. A partir de los mismos documentos probablemente se escribirían muchas novelas diferentísimas. Hay un rito ancestral en esto de reconstruir al otro, de comulgar con él, de volverse un tanto él mismo. Quiero decir que el historiador de La guerra de Galio asume la fatalidad de dar mucho de su sangre, de su personalidad, de sus misterios, al hombre que reconstruye y recrea, que conviene parcialmente en un reflejo de sí mismo. Lo asume con toda deliberación:

“Lavé mi propia culpa, dice el narrador de La guerra de Galio, escribiendo la novela que Vigil había vivido y esbozado. Esa es una forma de explicarlo. Otra es que en los papeles de Vigil encontré la fascinación que antes sólo había encontrado en los archivos… Como al principio de una aventura, al final de ella seguía obsesionándome, rebelándome, la muerte prematura de Vigil, su falta de sentido, su gratuidad insoportable. Tuve la urgencia, la necesidad casi física de volver a aquella muerte, a aquella noche, y emprendí mi propia pesquisa retrospectiva para reconstruirla, negándome a su azar absurdo, empeñado en arrancarle su secreto”.

La guerra de Galio admite, lateralmente, la interpretación de la historia de los dos que soñaron. No sé qué palpitación sartreana creí encontrar en ella. Términos como “libertad, actos, gestos, vacío del mundo, puertas cerradas, mundos gratuitos…” Tal vez no sean siempre referencias voluntarias aunque alguna vez, estratégicamente, aparece alguna cita, sino sedimentación del pensamiento culto mexicano de esos años, y sobre todo, de los años de formación del historiador. 

Un sueño del yo que busca convenirse en un otro, o en unos otros, y que no puede hacerlo mediante meros “gestos”, como se decía hace unas pocas décadas, sino que son necesarios los “actos”. “El infierno son los otros”, se dice en A puerta cerrada, y la única manera de salvarse del infierno es arrojándose a él, como el Orestes de Las moscas, ese robador de las muertes ajenas… Ese laborioso y apasionado enfrentamiento intelectual entre el yo y los otros, que por lo demás ha dirigido buena parte de la narrativa moderna – Borges, Cortázar, Onetti-, lleva a esos dos que sueñan, el muerto que guiña desde sus papeles y sus recuerdos, y el vivo que se asoma a las resquebrajaduras de la muerte y el destino concluido a través de esos rastros, abiertos como llagas, como citas, hasta el acto del encuentro de ambos sueños. Y algo de rito: de vindicación, de salvación, de limpieza de la memoria del muerto, de expiación existencial. Una vez escrita la novela, aunque fuese por un otro, el muerto puede recobrar su tranquilidad silenciosa.

Existe la pésima costumbre en México de desestimar literariamente las novelas con asunto importante. Aunque ahora nos parezca increíble, nada menos que los Contemporáneos -aunque fuera meramente Ortiz de Montellano el que lo expresó públicamente- opinaron que un Martín Luis Guzmán escribía mal sobre temas oportunistamente políticos. Es cierto que la mayoría de las novelas mexicanas con asunto importante han merecido tal desprecio, pero hay algunas buenas, capaces de fundar una tradición artística e intelectual por derecho propio, en la que La guerra de Galio ocupa un lugar destacado, y que se remonta al Alonso Ramírez del siglo XVII, y se vuelve profusa en el XIX y en torno a la conmemoración de la Revolución Mexicana.

Pero los asuntos son lo de menos. En rigor, no hay asuntos privilegiados -por importantísimos que parezcan a la política o a la historia-, y tampoco asuntos excluidos. Lo importante de una novela es su valor literario: su construcción, su lenguaje, su inteligencia. La importancia de la Revolución Mexicana no salvó a su tropel de malos novelistas; hay asuntos aparentemente mínimos o insignificantes que hacen estupendas novelas, como El libro vacío de Josefina Vicens o El Bordo de Sergio Galindo.

En este sentido, estrictamente literario, tengo la certidumbre de que La guerra de Galio es uno de los esfuerzos más serios, en décadas, de la novela mexicana, por estructurar -orquestar, más bien- narraciones complejas, con multitud de personajes, episodios y perspectivas, y además, por aliar a la narración de la realidad y de la acción, los esfuerzos y los movimientos de la inteligencia.

Debe destacarse su laboriosa arquitectura. Es una novela compleja minuciosamente organizada. No un librote de monólogos, delirios y rollos interminables, capaces de irse agregando hasta superar al directorio telefónico, cuya amenidad comparten, como el que estilan a veces incluso novelistas célebres como Fuentes, García Ponce o Del Paso.

Aquí, en cuanto arquitectura, apunto mi principal objeción: creo que la densidad narrativa, la importancia literaria, el peso y la credibilidad de los personajes y episodios referidos al tema periodístico de la novela no guardan proporción con el enorme espacio y el énfasis central que se les concede. No me refiero al asunto de la prensa mexicana, sino a los personajes, los episodios, las conversaciones de La República dentro de la novela de Aguilar Camín; yo los hubiera preferido notoriamente más condensados. Y en cambio, podría haber leído más, mucho más, del protagonista y del historiador, de los guerrilleros, de la ciudad y de la noche. El maquiavélico Galio me pareció un tanto operístico e inofensivo, un guiñol que quiere hacerse el malo con aforismos que no merece, cuya propia brillantez lo derrumban; la nobleza de Octavio Sala me habría resultado del todo inconvincente, una mera ostentación aventurera de un ego feroz, sin las ocasiones en que se esconde en su cueva, en su limbo, perdido en sus dudas y su silencio. Un hombre que duda ya tiene cierto material trágico. Sea como fuere, ni Galio ni Sala me parecieron los mejores trazos de la novela: se ven tiesos en cuanto aparecen Mercedes, Paloma, Oralia, Vigil, los Santoyo.

Hablo de personajes. Para hablar de otras cosas, se escriben otro tipo de textos. Y aquí estamos en una novela. Quien quiera ver el pensamiento político o historiográfico de Aguilar Camín podrá encontarlo muy clarito en La frontera nómada, Saldos de la revolución, y Después del milagro. Pero aun así, no es del todo impune el asunto histórico en la literatura. Los asuntos que le dieron pie a La guerra de Galio, y que no son exclusivamente las efemérides de Excélsior y la represión antiguerrillera, son hechos históricos sobre los que la novela debe permitirse las mayores libertades, a fin de recobrar su esencia, de alzar su almendra de sentido y de verdad encarnados. La ficción histórica tiene sus compromisos y sus rigores, que no son la literalidad ni el atiborramiento de datos y fechas, ni la descripción estadística o fotográfica.

La verdad literaria, novelesca, sobre asuntos históricos tratados en forma de ficción, con lo que tiene que ver es con la verdad interior de la historia, con su médula: aquí, el camino más breve entre dos puntos no es la linea recta, sino los arabescos de la imaginación. El espíritu de Grecia está en La Iliada y en La Odisea, aunque Helena, Telémaco, Ayax y Patroclo jamás hayan existido, ni aun el propio Aquiles con su talón en el pie o en otro lado. El arte, como ya dijo Cocteau, “es una mentira que siempre dice la verdad”. Si no, no es arte.

Pero hay que llegar a esa verdad, a esa almendra: al “espíritu del tiempo”, al temperamento y la pulsión íntima de las cosas. No nos importa si de veras la marquesa salió efectivamente a las cinco, pero es fundamental que el aliento de la novela sea verdadero. Y aquí no hay métodos ni recetas: se hace literatura o no se hace.

Esta verdad interior resulta difícil y definitiva, y a la larga -muchas veces, también a la breve- en ello se construye el juicio del lector las Memorias de Vasconcelos tienen esa verdad, ese espíritu de la época, ese aliento de vida recobrada, por más que puedan abundar en defectos parciales; también varios libros de Azuela, de Guzmán, de Revueltas y de Fuentes.

Esta verdad interior es lo que hace de La región más transparente la crónica intelectual del México de los cincuentas, aceptada en su momento y tres décadas después; y de Casi el paraiso, en cambio, tanto en su momento como ahora, una pequeña simulación oportunista -un gesto turbio que llama a gritos a Juan Orol- de la misma época.

Yo encuentro plenamente en La guerra de Galio esa almendra, esa verdad literaria no-literal, esa historia profundizada, ese sabor familiar de épocas y hechos y hombres que nos fueron contemporáneos. “Sí, es esto”, me dije varias veces durante la lectura: buena parte del aliento de esos años, de esos hechos, de esos actos queda en este poderoso volumen.

De modo que con La guerra de Galio se podrá decir, nuevamente, que entre las muchas cosas que fallan en este país, no se cuenta siempre su literatura Esta novela honra, como un réquiem justo y sentido, los años tremendos a que se aboca; honra incluso sus desastres y sus errores, al enfocarlos con la pasión y la buena fe que, a pesar de todo, hubo también en ellos. Es una época apasionada que ha sido apasionadamente recobrada, y deja abiertas todas las discusiones, reverberantes en este juego del protagonista y su narrador, en esta laberíntica fábula de los dos hombres lejanos que quedaron atrapados en el mismo sueño, el sueño de los otros que es siempre, de algún modo, también el propio. Dos hombres sueñan el mismo sueño allá y acá del cristal de la muerte:

“Salí a mi coche en el garaje del hotel y respiré la noche, dice el narrador, agradecido de su posible revelación, contento de mis años y de los de Vigil, como si la suma de sus milagros bastara para redimir sus desgracias. Luego empaqué mi fantasía retrospectiva, reconocí que no había secreto que desentrañar ni explicación que obtener de la piedra dura de la noche, como no hay futuro que salvar ni presente que pueda mejorarse en la exploración del muro muerto de la historia. Acepté eso: la hermosa y áspera gratuidad del mundo, su belleza brutal, renuente lo mismo al absurdo que al sentido, su libertad caprichosa y fértil, ignorante de nuestros sueños, nuestros amores y nuestros nombres”.

No un registro de hechos, sino un caracol de dispares resonancias nocturnas, como voces de muertos -aunque se trate de los vivos, que andan un poco fúnebres en la noche irregular y excesiva, tan creadora de horrores, fantasmas, paraísos e infiernos equívocos.

La noche interna de muchos jóvenes de los años setenta, borboteante: llena de esa vida de esos “actos”, que los más entrañables -y son muchos- personajes de La guerra de Galio supieron crear para dotarse no de un mero sentido, sino de existencias plenas y urgentes, incapaces de esperar, incapaces de conformarse con menos, incapaces de vivir menos. 

¿Qué hacemos sin el diablo?

GORBACHOV Y BALZAC

La ida y el regreso de Mijail Gorbachov hicieron de cada revista europea un best seller agotado, difícilmente encontrable. Los títulos más o menos repiten los paradigmáticos de Le Point y Le Nouvel Observateur, respectivamente: “Después del fracaso del golpe, una nueva Rusia” y “Un mundo sin comunismo”. En Le Point, Claude Imbert se refiere a los hechos que comenzaron el 18 de agosto con una cita de Balzac: “La libertad nueva engendra la anarquía; la anarquía conduce al despotismo y, finalmente, el despotismo a la libertad”. El editorialista aprovecha la ocasión para hacer un reproche al gobierno de François Mitterrand: haber perdido el tranvía del pueblo y la libertad rusas, “creer sólo en lo que existe y desconfiar de lo que viene… (porque) el poder ya sólo ama las revoluciones en el celofán de Goude, en los museos de Lang y en la homilía de los Nobel”.

En treinta páginas Le Point cubre con detalle los sucesos de la URSS. Su corresponsal en Alemania concluye que los teutones, “gorbimaniacos sinceros, tienen un segundo héroe: Yeltsin” y, desde Polonia, su enviado comenta que para los compatriotas de Walesa las cosas no son tan obvias porque el nuevo héroe es al mismo tiempo “la democracia y el nacionalismo ruso”. Por su parte, el siempre perspicaz Jean-François Revel acota que el golpe y su naufragio, así como las virulentas reacciones populares frente al putsch revelaron que “la impopularidad de Gorbachov provenía no de un rechazo, sino de un deseo de democracia y de reformas más amplias que las realizadas durante la era de la perestroika”. Por eso, concluye, “el retorno a la vía democrática no puede ser el regreso puro y simple de Gorbachov al poder”.

LEGALIDAD Y DEMOCRACIA

Desde otra perspectiva, Jean Daniel analiza los mismos acontecimientos en Le Nouvel Observateur. No omite, como sus colegas y competidores, la crítica a la diplomacia francesa y al propio François Mitterrand. Su juicio es duro y lo extiende a los gobiernos inglés y alemán: su tibieza inicial sería atribuible al deseo no explicitado de que la URSS contara con una autoridad fuerte capaz de conducir los cambios en orden. Preocuparse demasiado por el porvenir – señala- lleva a enfadosos errores sobre el presente. En todos los casos, los gobiernos occidentales a los que se refiere Daniel habrían menospreciado un par de adquisiciones definitivas, históricas del pueblo soviético: la voluntad de legalidad y la convicción democrática.

El escritor va más alla. Señala los peligros de la existencia sin contrapesos de una sola superpotencia: los Estados Unidos. Propone inmediatamente una solución europea la moralización del capitalismo en el Viejo Continente y la elaboración de un sistema particular de desarrollo para un mundo llamado tercero y “que nos rodea”, porque “un mundo sin comunismo es un mundo liberado del mal, pero es asimismo un mundo sin mala conciencia… un mundo sin equilibrio”. Se requiere de un “polo de poder y de ejemplaridad diferente al norteamericano… Nunca Europa fue tan indispensable al planeta”; esto, concluye Jean Daniel, no sería más que “un piadoso deseo si las dificultades no nos estuvieran demostrando su necesidad”.

SOS LENIN

Entre tanto, el desasosiego de los comunistas extra muros parece no tener límite. Cada uno de ellos podría decir lo que escribió en su testamento, antes de suicidarse, el mariscal golpista Akromeyev: Todo lo que siempre creí, todo por lo que luché ha desaparecido. Las estatuas y los retratos de Lenin caen plaza tras plaza. Como lo muestran las fotografías, en el mismísimo recinto del Congreso de la URSS la efigie ultraconocida no ocupa ya el sitio central.

Las reacciones comienzan. Epoca, semanario italiano, consigna la primera: el editor comunista Roberto Napoleone, enterado de que el bronce de diez metros de alto que presidía el parque central de Nowa Hutta, Polonia, no sólo había sido derribado sino que yacía en un campo de la periferia urbana, ha escrito ya dos cartas al presidente polaco en las que se autopropone comprador de la efigie del conductor de la revolución de octubre. “Naturalmente -indica la misiva- la pagaría en divisas fuertes”.

Napoleone ha multiplicado sus esfuerzos. Se dirigió ya a la Sección Cultural de la UNESCO y a la Comisión Internacional de Derechos de Autor en Ginebra, e incluso ha fundado el Comité Internacional para la Salvaguardia de los monumentos a Lenin. Además, consciente de los costos, lanzó una suscripción pública a la que ya se adhirieron el historiador del arte Giulio Carlo Argan, el economista Augusto Graziani y otras personalidades entre las que vale la pena mencionar al escritor soviético Evgheni Maximov.

“Si nos venden la estatua -asegura Napoleone- lanzaremos un concurso entre los municipios italianos y el que ofrezca para aquella el parque más bello, tendrá gratis el monumento”. Habrá qué ver si Napoleón puede (y debe) salvar a Lenin.

En tanto, redactado en cirílico, Miki-Maus aparece en la Unión Soviética. La Plaza Roja recibe un gigantesco globo cautivo con la efigie del ratón más gringo de la historia, parte del set disneyniano para filmar una cinta de título más que significativo: From time to time. Epoca lo informa con inequívocas y bellas fotografías.

EN BUSCA DEL ÉXTASIS

Tanto Le Nouvel Observateur como Panorama se ocupan del conjunto de productos que médicos, laboratorios, charlatanes y yerberos ofrecen para mejorar el rendimiento amatorio de exangües clientes. Los filtros de amor de la literatura que se creía preterida tomaron las portadas de ambas revistas y un buen porcentaje de sus páginas. Le Point, por su parte, aborda un tema tangencial: el de la cirugía estética. Epoca no se queda atrás y ofrece un reportaje sobre “biorritmos” que incluye las sugerencias de las mejores horas para la creatividad, las labores manuales, la pereza, el amor, la digestión, la gimnasia, las reuniones e incluso los errores. Un biólogo, profesor de neurofisiología de la Universidad de Burdeos, emerge entre tanta información destinada a vacacionistas veraniegos y ricos, con una conclusión: “los mejores afrodisiacos son naturales: vista, oído y tacto”.

BODY STORY

Sin embargo, si usted quiere saber algo más al respecto, Le Point brinda -citando a Paris-Match- la historia corporal de 41 años de la actriz Cher. Entre 1969 y 1988, la diva consagrada recientemente por Hollywood como la mejor actriz del año, ha recibido los “retoques” siguientes: una operación para desaparecer el acné del rostro y otra para mejorarle la nariz; tres “correcciones” de pecho; una intervención en el mentón, otra en los pómulos y una más de la dentadura; otra para retirarle las costillas flotantes y adelgazarle la silueta; dos restiradas” abdominales; una “rectificación” glútea y otra de cadera. Contad si son: catorce y está hecha, que diría Lope de Vega.

POLVOS DE AQUELLOS JUEGOS

Los Panamericanos de La Habana y la Cumbre de Guadalajara pusieron en el candelero europeo a Fidel Castro. Le Point y Panorama le dedican sendos reportajes. El semanario italiano especula sobre la suerte de Cuba después de la cumbre soviético-norteamericana. El texto es de Pino Buongiorno. Informa que Cuba está importando bicicletas de China, dada la escasez de petroderivados y que incluso el tiraje de Granma ha bajado de 720 mil a 400 mil ejemplares por falta de papel. El último vinculo con Moscú -afirma Buongiorno- es el complejo de espionaje electrónico de Lourdes, a 150 kilómetros de Florida y cercano de la capital isleña. Ahí, 2,800 soldados rusos de primera linea custodian las instalaciones. “Resiste el daiquirí” -añade el periodista-, tanto en La Bodeguita de Hemingway como en Floridita, el añoso bar recientemente reabierto después de varios años de restauración. “La Iglesia Católica prepara una hipótesis de sucesión suave; contacta con gran sigilo a dirigentes del régimen y a jefes de la oposición… Gorbachov aprueba el método”, asegura el periodista.

Le Point es más duro con Fidel. “La Habana vive sus juegos, pero no todos los juegos están permitidos -escribe Jean-François Fogel- y los cubanos hacen juegos de palabras en voz baja: “Panamericanos, no; panamericano, si”. El reportero francés coincide con el italiano en que las grandes maniobras de fin de reino han comenzado, tanto en Madrid como en Miami. Encuentros oficiales y oficiosos se multiplican. Pero, debajo de toda esta espuma premonitoria, una realidad sólida se formaron “brigadas de respuesta rápida antes de los Juegos para impedir que, durante la fiesta deportiva, salieran a las calles algunas gentes a gritar slogans contra la revolución y el socialismo”. La partida sigue.

LA GUERRA CONTRA EL SIDA

El Dr. Jonas Salk-creador de las vacunas contra la poliomielitis y la influenza ha anunciado que a fines de este año se inyectará una vacuna que podría ser el remedio definitivo contra el virus del SIDA. A sus 76 años, el investigador californiano despierta con su gesto -según Romano Giachetti, de Epoca- reacciones contradictorias. Por una parte, admiración; por otra, acusaciones de protagonismo. Junto con él correrán el riesgo de infección mortal una docena de voluntarios, casi todos religiosos, entre los cuales se encuentra el cardenal John O’Connor, arzobispo de Nueva York. La misma revista consigna que, durante una peregrinación al santuario mariano de Lourdes Francia, a donde fue encabezando a 1,500 seropositivos y 160 enfermos de Sida, el sacerdote italiano Pierino Gelmini confirmó que ya se había hecho inyectar una vacuna anti-Sida. El clérigo católico, de 70 años de edad, fundó y dirige las “Comunidades Encuentro”: 132 centros de apoyo y tratamiento para drogadictos y enfermos de la llamada “peste del siglo XX”.  

El fraude y los votantes

NEXOS CON LA OPINIÓN PÚBLICA

Los resultados de la contienda electoral del pasado 18 de agosto han suscitado diversas reacciones entre los partidos políticos y los medios de comunicación. A fin de conocer la opinión sobre el desarrollo de las pasadas elecciones y de los resultados de éstas, Opinión Profesional entrevistó, entre el 31 de agosto y el 2 de septiembre, a cinco mil personas en todo el país, distribuidas en treinta y seis localidades correspondientes a veinticinco estados de la República y la Zona. Metropolitana de la ciudad de México.

La selección de las localidades fue al azar, identificando las áreas representativas de los distintos niveles de ingreso, garantizando, además, la distribución por edad y sexo según los datos demográficos del censo, actualizadas por CONAPO. Se establecieron, asimismo, tres estratos según el tamaño de la población en cada localidad: rural, menos de 2,500 habitantes, urbano bajo de 2,500 a 20,000 y urbano alto mayores de 20,000.

La muestra es representativa de la población nacional y también de ocho regiones establecidas para determinar la existencia de diferencias o similitudes en la opinión de la población encuestada.

LIMPIEZA DEL PROCESO ELECTORAL

Cerca de dos tercios de los entrevistados opina que las elecciones federales del pasado 18 de agosto fueron limpias.

Interrogados sobre las condiciones que les permitirían considerar limpias las elecciones, los encuestados responsabilizan a los partidos políticos. Que los partidos tengan representantes en las casillas constituye el principal requisito que haría que quienes no creen en la limpieza de las elecciones o no saben si son limpias, cambien de opinión. 

¿Cómo describiría usted las elecciones del pasado 18 de agosto?

¿Que tendría que ocurrir para que aceptara usted que las elecciones son limpias?

30.6% que respondieron: que las elecciones no son limpias, no sabe y no contestaron.

¿Fueron veraces los resultados?

Sólo el 20% no cree en la veracidad de los resultados oficiales y lo atribuye genéricamente “al fraude”, a que “las cifras no son confiables”, a que “se aumentó la votación” y a que “el gobierno cambia los resultados”.

Los resultados oficiales le dan más del 60% de los votos al PRI, ¿usted cree que estos resultados son verdaderos?

No, ¿porqué?

¿Y las irregularidades?

Sólo 14.5% de los entrevistados dijo haber visto algún tipo de irregularidad el día de las elecciones. El acarreo de gente, ciudadanos con credencial de elector que no aparecieron en el padrón y personas que votaron sin credencial de elector fueron las irregularidades más vistas entre esta población.

¿Vio usted algún tipo de irregularidades el día de las elecciones?

¿cual?

Por otro lado, sólo 17% de los entrevistados dijo saber en que consisten las irregularidades que el PAN y el PRD atribuyen al PRI y al gobierno.

¿Sabe usted concretamente cuales son las irregularidades que según el PAN y el PRD cometieron el PRI y el gobierno en las elecciones federales?

Si, ¿Cual?

SATISFACCIÓN CON LOS RESULTADOS

En proporciones muy similares a las de los resultados electorales, la población encuestada está satisfecha con la victoria del PRI.

¿Le hubiera gustado que el PRI perdiera las elecciones del pasado 18 de agosto?

El PRI ganó una amplia mayoría en la Cámara de Diputados. ¿Le hubiera gustado que la oposición ganara más puestos que los que sacó o está satisfecho con que el PRI ganara esa mayoría?(*)

* Se considera a quienes afirmaron que no les hubiera gustado que el PRI perdiera; no se sabe y no contestaron.

La lección de Debray

En un Inventario escrito en la depresiva estela de la guerra del Golfo, José Emilio Pacheco lamentaba que ningún intelectual francés se hubiera opuesto a la política belicista y “atlántica” del gobierno de François Mitterrand. Al ser informado que por lo menos uno -a saber, Régis Debray- se manifestó en contra de la claudicación francesa, Pacheco reconoció su error. Pero aclaró que seguía desconociendo el texto crítico de Debray, ya que años antes había jurado dejar de leer a quien contribuyó con sus textos a la muerte de miles de jóvenes latinoamericanos.

Espero que José Emilio recapacite, y lea las páginas que siguen, porque hallará en ellas la misma frescura y el tono contestatario que han caracterizado el análisis y la prosa de Régis Debray desde aquellos inducidos lejanos escritos de la década de los sesenta. Sobre todo, encontrará en ellas a uno de los últimos ejemplares de una especie europea en vías de extinción: el intelectual de izquierda. Por más de un cuarto de siglo, Debray ha permanecido del mismo lado, en el mismo mundo, con las mismas lealtades, odios y amores. En nuestra época, en nuestros países, no es la más común de las virtudes.

Debray fue en efecto uno de los muy escasos intelectuales franceses que rechazaron el alineamiento de su país con la cruzada moral de George Bush. Criticó con vigor y tristeza resignada el abandono de más de treinta años de política independiente de Francia en el mundo árabe. Lo hizo como lo tenemos que hacer todos quienes aún nos situamos contra la corriente. Como lo hace también en el texto de la conferencia que publica nexos, asumiendo una postura solitaria en Europa, y que parece serlo cada vez más también en México.

Para Debray, el destino y la historia de Francia -¿convendría la confusión con México?- radica no en sus alianzas actuales, sino en aliarse “con el débil contra el fuerte. Cuando hace lo contrario, traiciona tanto a su historia como a sus intereses y su porvenir”. Pero su antiamericanismo, con el cual Debray quisiera acabar, no está reñido con la vida y la razón: “En lo personal, no veo inconsecuencia alguna en querer apasionadamente a Faulkner, Scorsese, Coppola, Sara Vaughan, Sam Francis o Paul Jenkins, y rechazar, para Francia, el estatuto de Puerto Rico”.

Reconoce Debray la contradicción “ateniense” de Estados Unidos: ser quizás el país más democrático del mundo, y al mismo tiempo el más dominador. Ha sabido, con los años, entender y escoger lo que aquel país le ha aportado realmente al mundo, y el daño que también le ha hecho. Pensar hoy a Estados Unidos como es y como incide en el mundo, es una tarea que los intelectuales franceses emprenden finalmente, con varios lustros de retraso.

No es menor el nuestro, y para empezar a colmarlo, quisiera proponer, siguiendo a Debray, una simple sugerencia. Quienes tanto admiran hoy en México a Estados Unidos, podrían tal vez distraer su veneración por el papel del dinero (“The color of money”), y considerar la posibilidad de fascinarse también con la gran herencia de la potencia perdida: su organización política, que con sus innumerables defectos, ha tenido a lo largo de los años una vocación participativa, descentralizadora y popular casi como ninguna otra. Es cierto que Calvin Coolidge decía que “The business of America is Business”, pero pese a haber sido el ídolo de Ronald Reagan, no pasó de ser un mediocre presidente. Hay algo más que admirar en Estados Unidos que un mercado, un modelo de consumo y una opulencia casi siempre mal llevada. Es la lección de Régis Debray, como lo fue años antes la de Jean-Paul Sartre, y de todos los hombres de buena voluntad que fueron de izquierda y han sabido seguirlo siendo.

El antiamericanismo

Este texto de Régis Debray fue leído en una conferencia dada en la Universidad de Nueva York el 27 de abril de 1991; nexos lo publica con autorización del autor.

En Francia, la doctrina antiestadunidense se ha convertido en algo demasiado peligroso. En mi país, la menor sospecha de “unamerican activities” le valen a un individuo, no, o todavía no, la persecución penal, pero sí el ser anotado en una especie de lista negra moral que lo coloca a uno entre el histérico y el obsesivo, el Museo Grévin y el lazareto. El macarthismo, que ustedes vencieron, actúa en nuestro país a distancia, en su versión suavizada. La corriente antiestadunidense está definida como “una peste blanca envuelta en tela tricolor”, a medio camino entre el racismo y el antisemitismo. ¿Quién desea que lo lleven de nuevo, cito a mi amigo Jacques Julliard, hacia “esa triste caravana de reaccionarios comunistas, de revanchistas, de escritores fracasados o de falsos gaullistas de izquierda que ha encontrado en el estadunidense al chivo expiatorio ideal de los tiempos modernos?”. Aquellos que piensan como yo que la estadunización amenaza tanto la libertad de ustedes como la de nosotros (puesto que la primera víctima de la estadunización, a pesar de todo, son los Estados Unidos de América), sólo pueden “chillar frenéticamente” —aquí cito al brillante Michel Crozier. El ridículo mata en el acto a los “caballeros del quiquiriquí”. Sinónimos de “antiestadunidense”: anticuado, xenófobo, instigador, conflictivo, marxista, fascista, envidioso, abarrotero, autoritario. “Proestadunidense” quiere decir: creativo, moderno, abierto, universal, liberado.

El territorismo del estereotipo es infantil pero eficaz. Trata clínicamente al contradictor enterrándolo en una tara de carácter, una aficción mal cuidada; lo contrario, en una palabra, del razonamiento objetivo o del discernimiento intelectual.

No subestimo las ventajas prácticas, en el combate de las ideas y de las fuerzas, del prefijo anti. En la polémica siempre se tiene interés en explicar lo que podría pasar por un sentimiento noble (el amor por el propio país) con un sentimiento bajo, negativo (el odio a otro); como también por reducir el resultado de un análisis histórico, apoyado en los hechos, comunicable a todos, a una patología individual ligada a los accidentes de una biografía, a un estado de ánimo, a unas obsesiones (“De Gaulle humillado por Roosevelt se venga veinte años después”).

Es raro que un “antiestadunidense” confiese serlo. Sartre y De Gaulle siempre desmintieron el haberlo sido, sobre todo cuando estaban de visita en Estados Unidos. Si yo les digo que no soy “antiestadunidense”, ustedes tendrán algunos motivos para no creerme. Por lo tanto, no me crean complaciente o prudente si niego rotundamente el apodo de antiestadunidense. Este calificativo es una tontería. No existe un pueblo elegido como no existe tampoco una nacionalidad maldita. Estadunidenses o franceses, antes que nada somos lo que hacemos. Toda discusión sobre la corriente antiestadunidense tiene, así, trampas y no puede más que volverse en contra del desdichado remiso al que le lloverán cien citas de ancestros grotescos. Es inútil volver a las trivialidades de la posición antiestadunidense de papá, en donde se vierten desde hace cincuenta años las burradas del xenófobo, la fatuidad del provinciano, el despecho del venido a menos y la antimodernidad del filisteo. Este repertorio reaccionario de sandeces es de alta alcurnia, al contrario del antisovietismo, que se remonta al siglo XIX. Todos saben que “juzgar a los Estados Unidos es juzgarse a uno mismo”. A lo largo del tiempo, los Estados Unidos se han convertido en una vasta e interminable metáfora, en donde el nombre de un país llega a encarnar todo lo que no le gusta a la cultura del pasado, desde Baudelaire y los hermanos Goncourt hasta Bernanos, Céline y Georges Duhamel: el materialismo contra el idealismo; “la industria que es más importante que el arte”; “la mezcla, la degeneración social y cultural”, el melting-pot del negro y del judío. En esta tradición, “Estados Unidos” son las palabras claves que se le dan a democracia, racionalidad, cantidad, técnica, masa, estandarización, feminismo, vulgaridad, versus jerarquías naturales, fuerzas de la vida, refinamiento de la mente, distinción individual, sana dominación del macho. Esta posición estadunidense es vieja como la derecha pero no olvidemos que el Fig-Mag es un himno semanal a las barras y las estrellas y que Le Pen ha proclamado cientos de veces que Reagan era su modelo. El liberalismo, americanolatra, compensa ampliamente el chovinismo, americanófobo. En la extrema izquierda, la guerra fría nos valió un florilegio bastante hilarante; desde el análisis ideoquímico de la Coca-Cola hecho por Roger Vailland hasta la constatación astronómica de Pierre Daik: “siempre del oeste es de donde se alza la noche para asaltar al mundo”, pasando por el grito de alarma de un veterinario llamado Sartre: “los Estados Unidos tienen rabia”. De derecha o de izquierda, el antiamericanismo de principio, es en el fondo un esencialismo que fija en un arquetipo sin historia ni geografía, compacto y sin contradicciones internas, el principio de todo lo que no entiende o lo que uno no tiene el valor de enfrentar. Este chivo expiatorio, en donde se fusionan Las Vegas y Harvard, J. R. y Ciudadano Kane, el Ku-Klux-Klan y Kennedy, lleva en sí todos los pecados del mundo moderno, las miserias del Sur y perversiones mercantiles del Norte. Se relaciona con el pensamiento mágico.

Tranquilícense. No cultivo los rituales de la hechicería. En mi opinión, no basta que una operación en el Tercer Mundo sea estadunidense para que ipso facto se vuelva criticable (como, para los del Tratado del Atlántico, esté justificada ipso facto). Cuando se considera que la existencia precede a la esencia y que no se cree ni en el gran Satanás ni en Dios, se juzga con los hechos, golpe por golpe.

La acritud de la decadencia nacional sería en nuestro país la segunda mala fuente de americanofobia. Cuando una potencia de primer orden en 1918 se vuelve una potencia de tercera setenta años más tarde, se expone a los reflejos del hidalgo español después del Siglo de Oro. El que toma el lugar de uno nunca nos resulta amable. A veces tengo añoranza de la Europa de los antiguos reductos pero no estoy dispuesto a entonar la loa del merendero en contra del autoservicio.

Queda una tercera fuente de fobia a la que confieso haber cedido algunas veces: la desaparición del fuero clerical, la pérdida de estatus. Una sociedad en la que los egg-heads no cuentan mucho repugna al intelectual tradicional que goza en la suya de cierta preeminencia. Lo que se ha convenido en llamar, por metáfora (tomando una vez más una palabra por otra), “la estadunización de Francia”, es decir, en lenguaje de los medios, la sustitución de la grafósfera por la videósfera, debido a la revolución electrónica, ha destronado al erudito y al poeta en beneficio del presentador de televisión y del creador de eventos. Desde luego, Péguy ya hablaba de “la feria en la plaza” y Julien Gracq, en 1950, escribía “la literatura del estómago”. Los Estados Unidos todavía estaban lejos del corazón y de los ojos. Y efectivamente fueron unos franceses quienes privatizaron TF1 y saquearon el PAF, prueba de que la estadunización no es un fenómeno made in America, aunque en público lleve los colores norteamericanos. Es un hecho que en Francia uno no encuentra prácticamente ningún antiestadunidense en el mundo de los negocios ni en los medios de comunicación. Nueva York es la Meca del gran periodista y del empresario. En Francia estas dos categorías sociales se han adueñado del poder tanto social como intelectual —Libération y l’ Expansion constituyen los dos pilares de referencia del nuevo orden moral instaurado por una izquierda que le acomoda mucho al sector privado y por todas partes deja que el sector público se venga abajo. Una izquierda que, después de no admitir más reforma que la espectacular, ya no hace reformas sino que todo lo convierte en espectáculo. Todavía encontrarán ustedes antiestadunidenses en los clérigos a la antigua, sublevados contra nuestros nuevos amos; los grandes publicistas, los hombres de negocios y los gurús de los medios. Ya sea que este despecho corporativo remita a una derrota del pensamiento (como lo afirma Finkielkraut) o a un deslizamiento de terreno técnico (como yo lo creo) o a ambos, no podría servir para pensar las cosas. Y menos aún funciona de sexto sentido, que es el sentido de la orientación.

Entonces, me dirán, si yo no me reconozco en ninguna de estas tres categorías, ¿qué clase de “antiestadunidense” comparece ante ustedes?

Yo no iría a manifestarme en defensa de la Fiesta de Fulano al grito de “Mickey go home”. Pero, por muy reformista que sea yo ahora, sigo siendo, por instinto y más que nunca, antiimperialista, para retomar un término ajado. Lo cual puede traducirse, en Africa y en tanto que sea necesario, por antifrancés; en Europa occidental, eventualmente, por antialemán (no es más que una eventualidad); en Europa del Este y en otros países, por antiruso y, un poco por todas partes, a tal señor tal honor, por antiestadunidense, si se admite esa palabra. Mido lo que tuvo de benéfico y a veces de decisivo la ayuda estadunidense para Europa y para el mundo. Combato la hegemonía actualmente ejercida por el poder estadunidense en las conciencias y en los pueblos, ni más ni menos.

Esto no tiene nada que ver con las personas. Como regla general, los individuos estadunidenses me parecen más bien atractivos, más abiertos, más sanos y menos mezquinos que los individuos franceses. Esto no tiene nada que ver con la sociedad estadunidense. Si yo tuviera que exiliarme algún día, sólo dudaría entre Italia y los Estados Unidos, que sin duda es hoy para el Antiguo Mundo lo que la Italia del Renacimiento fue para la Europa medieval del norte. Sus bibliotecas, sus museos, sus universidades no tienen equivalente en nuestro país, como tampoco lo tiene el New York Review of Books. La metrópolis siempre es lo que un Imperio hace mejor y en 1991 es más fácil criticar la política extranjera estadunidense en Nueva York que en París (al igual que en 1951 un argelino podía criticar el colonialismo francés en París, pero no en Argel). Aquí se respira un aire de libertad que no tiene igual y yo quisiera que el Parlamento de Francia practicara, tanto como se hace aquí, el debate contradictorio y que tuviera los mismos medios de acción que el Senado de los Estados Unidos. No les haré un enésimo elogio de la democracia en los Estados Unidos, basta con Tocqueville aunque muchos de sus escritos reflejen una consternadora posición antiestadunidense (con tal de que Alain Minc, Globe y Poperen no vayan a ser demasiado exigentes). Esto sólo tiene que ver con el Estado norteamericano y con las relaciones entre los Estados.

De “diez errores políticos”, decía Bergson, “hay nueve que consisten simplemente en creer que todavía es cierto lo que ya dejó de serlo. Pero el décimo error, que podrá ser el más grave, será el de no creer que todavía es cierto lo que sin embargo lo sigue siendo”. Creer que la mundialización del ideal democrático suprime las relaciones de fuerza entre las naciones y el viejo tren del mundo, constituye, a mi parecer, el décimo error de los socialistas new-look. No porque las tesis de Lenin acerca del imperialismo, estadio supremo del capitalismo sean obsoletas, las parejas inmemoriales como dependencia/independencia, alianza/vasallaje, dominación/ subordinación han dejado de tener sentido. Quitemos a la palabra cualquier resonancia moral y culpabilizante pero constatemos que existe un imperialismo estadunidense, por las mismas razones por las que existió un imperialismo romano, árabe-musulmán, austríaco, español, otomano, francés, alemán, chino, británico, soviético, y me quedo corto. La originalidad estadunidense, hoy en día, es el tamaño crítico debido a la ausencia de contrapeso exterior. Con la evaporación de su rival soviético, hay que remontarse al Imperio romano para encontrar un precedente en un mundo tan estratégicamente unipolar. Los historiadores discuten sobre si estamos en tiempos de Augusto, de Trajano o de Dioclesiano: ascenso en el poder, llanura o nuevamente descenso. A propósito del Golfo, se puede sostener la tesis “Samurai” —el mercenario sin dinero que desempeña la sucia tarea de los nuevos ricos— y la tesis “padrino” —el mafioso que ejerce el tradicional chantaje de la protección para explotar a todo el vecindario. Estas tesis no se excluyen. La guerra del Golfo fue, creo yo, una operación rentable, aun en términos financieros: hacer que sus clientes y aliados asumieran los gastos del mantenimiento del orden imperial me parece más bien una prueba de salud (el dinero de los emiratos permitió a La metrópolis esquivar los posibles vetos de los japoneses y de los alemanes), pero yo me inclinaría fácilmente por la tesis de la decadencia global. Los Estados Unidos vuelven a ser lo que eran antes de la guerra: uno de los tres o cuatro grandes centros industriales y financieros del planeta. Sin embargo, no es ni en Bonn ni en Tokio ni en Bruselas, sino sólo en Washington en donde coinciden los tres arcos del poder político-militar, económico-financiero y tecno-cultural. Esta intersección basta para preocuparme. Reino o República, Francia se edificó en contra de la idea de Imperio y sus encarnaciones sucesivas. Si Francia, desde el siglo XI, se hubiera colocado siempre del lado del ganador, sería una provincia inglesa, alemana o española. Sólo debió su existencia al hecho de aliarse con el débil en contra del fuerte del momento. Cuando hizo lo contrario, traicionó tanto su historia como sus intereses y su porvenir.

Claro está que el Imperio estadunidense no es responsable de todas las desgracias del mundo. Tiene una base económica, pero su política exterior no necesariamente se deriva de sus estructuras capitalistas, como lo creían los teóricos marxistas de principios de siglo. Por supuesto, se puede ser un gran país industrial y extraer materias primas del Tercer Mundo sin tener allí guarniciones ni llevar a cabo expediciones por todos los confines del planeta. La prosperidad de los Estados Unidos no está edificada sobre la miseria del sur —no más de lo que las dictaduras del Tercer Mundo tienen su fuente o su base en el poderío estadunidense. Como decía Malraux, “los Estados Unidos son la primera potencia que se volvió imperialista sin haberlo deseado”. Pero, ¿no es este el caso de todos los grandes Imperios de la historia? Napoleón pensaba que un gran hombre provenía del encuentro de un gran carácter y de una gran casualidad. Un gran Imperio también proviene del encuentro de un gran pueblo y de un vacío de poder fuera de sus fronteras. El astro estadunidense no desea hacer daño a nadie. Sigue su curso y pone en órbita sin pensar que hace mal. Incluso está allí para promover el Bien urbi et orbi y salvar a la humanidad entera (a veces a uno le gustaría que fuera más perverso y atormentado, que no estuviera tan lleno de buenas intenciones). La supremacía no es una voluntad, buena o mala. Es un engranaje. El imperium depende de una mecánica de las fuerzas, no de una psicología de las intenciones. Nuestra colonización suave no es del orden de la conspiración, es una inundación. Estamos atrapados en la ola, la corriente, la marca. Un fenómeno físico: al más débil le corresponde hacerlo pasar de la etapa mecánica a la etapa dialéctica. ¿Cómo? Con una serie calculada, más o menos astuta o provocadora, de operaciones de resistencia intelectual o moral en primer sitio.

En la izquierda, con los Estados Unidos, caminamos a destiempo. Furiosamente anti después de 1945 —no hablo de las genuflexiones SFIO ante Washington, que son innatas— cuando los Estados Unidos, gobernados por los demócratas, eran más bien de izquierda. Cuando llega Reagan, he aquí que Francia es pro. El Silicon Valley se convierte en nuestro mito movilizador en el momento en que este modelo industrial fracasa en California. Nuestros socialistas adoptan para el partido demócrata los ojos de Jimena cuando este partido entra en descomposición en los Estados Unidos. La izquierda de este país necesita una Europa independiente que se resista al Imperio pues sabe por experiencia que los gastos de la hegemonía imperial representan otro tanto ganado a la protección social y a la integración racial; el Imperio y la República, en los Estados Unidos, están en función inversa. Pero al ideal europeo de la izquierda progresista estadunidense se le ha adelantado la estadunización de la izquierda europea que incorpora con entusiasmo las Cruzadas exteriores de la Casa Blanca. La brecha parece agrandarse entre el sueño de los EU, el nuestro y la realidad social de este país tercermundizado, con sus marginados, su mortalidad infantil elevada, sus desempleados en el abandono, su retraso educativo aberrante, su contaminación desastrosa, sus ciudades deterioradas y que une, a la tasa de participación política más baja de los países industrializados, la tasa más elevada de prácticas religiosas. Pero los Estados Unidos reales no cuentan en los debates de los que son objeto afuera, entre aquellos que los quieren y aquellos que los odian más de lo debido. Nuestros proestadunidenses del terruño lo son en primera instancia porque los antiestadunidenses franceses los horripilan y no porque los Estados Unidos en sí los entusiasmen. Por el contrario, puedo asegurarles que no rechazo a los Estados Unidos sino la idolatría que han creado en mis paisanos. A veces me da la impresión de que me gusta más su cultura, su creatividad, su civilización, de lo que les gusta a los defensores absolutos que tienen los Estados Unidos. Jean-Paul Sartre, famoso antiestadunidense, nos hizo amar el jazz, Dos Passos y Nueva York, mientras que a Raymond Aron, proestadunidense oficial, le importaba poco la cultura de este país y sólo le interesaba la Alianza del Atlántico. El antiyanqui Baudelaire nos dio a conocer a Edgar Allan Poe. Entonces, ¿acaso es antiestadunidense incitar a los europeos a que se retiren de la OTAN, por ejemplo, y a que hagan su propia organización de seguridad? ¿Es disgustarlos a ustedes el abogar por la distinción entre los buenos sentimientos y las buenas estrategias, entre lo privado y lo público, entre moralismo y política? No les tengo rencor a los Estados Unidos, sino a ese mimetismo de provinciano que absorbe con los ojos cerrados lo peor que viene de aquí en vez de filtrar, a la manera de los japoneses por así decirlo, tal o cual aportación útil y asimilable. Me parece gracioso que nuestra sociedad intelectual, en donde se casa un ego individual superdesarrollado con un ego coletivo subdesarrollado, después de haber incorporado el “gran nacionalismo ruso” con el nombre de estalinismo (1930-1950), luego el “gran nacionalismo han” con el nombre de maoísmo (1960-1970), llegue hoy en día a hacer suyo el ultra nacionalismo estadunidense con el bello nombre de cosmopolitismo (1980-1990), como si el país de ustedes fuera el mundo entero. No veo por qué mis amigos, que se ríen burlonamente ante la idea de que se pueda enseñar la Marsellesa a los niños de la escuela comunal de Marsella, muran, conmovidos, a los pequeños estudiantes de Los Angeles cantar “God Bless América” con la mano sobre el corazón. ¿Por qué lo que es atrasado, etnocéntrico, patriotero, sectario en Francia, deja de serlo del otro lado del Atlántico? No veo por qué después de abandonar el maniqueísmo de los pobres que era el comunismo, habría que adoptar el maniqueísmo de los ricos que es el liberalismo, en vez de romper con cualquier maniqueísmo. Entiendo que los Estados Unidos estén demasiado infatuados consigo mismos, no que nosotros lo estemos hasta ese punto y que para que uno crea ser tan dinámico como un californiano haya que describir al francés promedio con los rasgos del pequeño burgués cerrado, conservador y racista, xenófobo, alcohólico, barrigón y que eructa. Hay que preguntarse si el odio de uno mismo y el masoquismo que se descubrieron en nuestros impulsos tercermundistas de ayer no se encuentran de nuevo en nuestros caprichos atlantistas de hoy en día. Por ejemplo, me pregunto cómo se puede querer edificar una confederación europea y no sublevarse en contra de una Europa cableada y alimentada en sonido e imagen de tal suerte que Nueva York y Houston se convierten en los vecinos más cercanos del parisino promedio, incluso del intelectual, mientras que se pierden en la bruma Hamburgo, Madrid o Praga, sin hablar siquiera del Mediterráneo que, por ser lejano, para nosotros se vuelve poco a poco extraño, y por lo tanto hostil.

Queda lo que se ha llamado el imperialismo cultural de su país y que tanto los molesta a ustedes. Estas palabras en pugna yacen en un quid pro quo. Cuando se habla de “soap-opera”, ustedes piensan de inmediato en “marca de jabón” y nosotros, en “ópera”. Por supuesto, ustedes tienen razón. En estos asuntos delicados y burdos a la vez, ni la cultura ni el imperialismo están en juego. Tan sólo unos mecanismos mercantiles de costo y de amortización. Dan estas cifras brutas: 57% de las obras audiovisuales difundidas en la Comunidad europea son estadunidenses, contra 9% francesas, 8% británicas, 5% alemanes y 2% italianas. Somos el primer mercado importador mundial y el mejor cliente de los Estados Unidos. Disculpen la pesadez de los números, pero ustedes me han enseñado a no conformarme tan sólo con la retórica. Los Estados Unidos se adjudican hoy en día el 75% del mercado internacional de los programas de televisión; Francia, el 2%. En esta balanza comercial, los Estados Unidos registran un excedente de 570% cuando la tasa de cobertura de las importaciones por las exportaciones no es mayor de 22.5% para Francia, 25% para Europa y 33% para Japón. Saco estas estadísticas del reporte que el señor Alain Moreau entregó al ministro de los asuntos europeos en abril de 1991. Claro que detrás de esto no hay ningún proyecto, ejecutado a sabiendas, de “despersonalización nacional”, como dicen en nuestro país algunos brujos bien intencionados. Sólo hay ventajas comparativas de tamaño y de costo. Luchamos juntos contra este hundimiento cuando Francia, con Jack Lang a la cabeza, otorga a los mejores artistas de este país la posibilidad de trabajar allá, trátese de Orson Wells, de Bob Wilson o del teatro de la Mamma. La oposición no es entre Francia y los Estados Unidos, sino entre la cultura y la subcultura y es una causa común a todos los hombres. Lo triste es que el francés, ministro o no, que quiera adoptar cierto número de medidas inevitablemente restrictivas, cuotas de difusión o reglamentación diversas, para volver a equilibrar la balanza, de inmediato será llamado “albanés” por los secretarios de este país.

Hay muchas maneras de definir la “filosofía” estadunidense”, polígono ideal de múltiples lados: el consumismo sin tregua ni fin, el “todomercancismo” y la creencia en la neutralidad de la técnica, la desaparición del ciudadano bajo el consumidor, la insensibilidad ante lo trágico, la confusión de lo público y de lo privado, el culto del éxito y del dinero, el imperativo de reducción de la vida humana a un conjunto de actividades provechosas, etc. El americanismo equivaldría a los Estados Unidos en un estado de pesimismo, una vez sustraído todo lo que tienen de positivo.

En el número especial de Temps moderns de 1946, consagrado a los Estados Unidos, Sartre invitaba al lector a distinguir con claridad el sistema como cosa y a los hombres que lo sufren o lo enfrentan. Definía el sistema como un “monstruoso complejo de mitos, de valores, de recetas, de slogans, de números y de ritos”. Medio siglo después, creo que ya nadie en Francia podría llamarlo “monstruoso” pues este complejo se ha convertido en la norma misma, en nuestra naturaleza. A la corriente estadunidense a la que me opongo y que no representa a los Estados Unidos más de lo que el totalitarismo representaba a Rusia, yo la definiría como el simplismo propio de nuestra época —de donde proviene su fuerza. También se lo puede bautizar como el kitsch que es la estética y la política de los medios masivos de comunicación. “Los medios como agentes de la unificación de la historia planetaria amplifican y canalizan los procesos de reducción”, constata Milan Kundera. “Distribuyen en el mundo entero las mismas simplifaciones y clichés susceptibles de ser aceptados por el número más grande, por todos, por la humanidad entera… Esta mentalidad común de los medios masivos de comunicación, disimulada detrás de su diversidad política, es el espíritu de nuestro tiempo”. Kundera designa con la palabra kitsch “la actitud de aquel que quiere gustar a toda costa y al número más grande. Para gustar, hay que confirmar lo que todo el mundo quiere oir, ponerse al servicio de las ideas recibidas”. Nada es más gratificante que la reducción del juicio al sentimiento, de la acción internacional a la acción humanitaria, de la perspectiva histórica a lo instantáneo de lo “directo”. Cuando se es a la vez una escuela y una fábrica de buenos sentimientos y de bellas imágenes, el riesgo reside en reducir la experiencia a la sentimentalidad, la verdad objetiva a la buena conciencia y la política mundial a un duelo entre el Mal y el Bien, “ellos” y “nosotros”. El hombre de los medios masivos de comunicación (el que éstos tienen por objetivo) no es el hombre racional ni el hombre histórico afligido por la memoria; es el hombre sensible y sentimental. El soñador despierto a quien fascinan las películas del oeste. ¿Podemos llamarlo “el homo americanus”? Sí, con la condición de saber que este singular e inoportuno espécimen duerme en cada uno de nosotros. No, si quisiéramos confundirlo con el american citizen. En mi opinión es evidente que hace falta un frente común entre las dos riberas del Atlántico para oponer al simplismo de los medios el espíritu de ambigüedad, de complejidad, de incertidumbre, lo que Kundera llama “el espíritu de la novela”. El reino de las bellas imágenes pone la imaginación en peligro, tanto la de los poetas como la de los hombres de Estado. En lo personal, no me parece que sea inconsecuente amar con pasión a Faulkner, Scorsese, Coppola, Sarah Vaughan, Sam Francis o Paul Jenkins y rechazar para Francia el estatuto de Puerto Rico, “Estado libre asociado”.

¿Qué nos dice a propósito de esto el kitsch dominante?

Como compartimos la misma cultura y los mismos valores, deberíamos obedecer en todo momento y lugar al mismo sistema de mando llamado, para que se oiga bonito, Occidente, en donde el liderazgo estadunidense se llama “solidaridad occidental”. Se añade que, como los Estados Unidos son una democracia, quien quiera que recuse la hegemonía estadunidense traiciona la causa democrática. El simplismo confunde todos los registros en una falsa unidad. Los inquisidores de este país olvidan, a mi parecer, dos cosas esenciales.

1) “El hombre atlántico” tiene dos modelos de democracia, igualmente universales en sus objetivos pero que corresponden cada uno a una historia, una geografía, una religión, protestante o católica, y sin duda a una definición diferente del hombre: ser de razón o ser de necesidad. In God we trust, dice el demócrata estadunidense y el 94% de los estadunidenses declaran creer en Dios). Nosotros creemos en las Luces, contesta el demócrata francés, al que llamo republicano. Aquí, la iglesia evangélica sirve como centro moral y allá, la escuela laica. La democracia anglosajona, rompecabezas de comunidades y de confesiones autoadministradas, es un regalo de Dios al individuo; la democracia francesa, resultado de una historia puramente humana, es un regalo de la razón para el ciudadano. Históricamente, en la democracia anglosajona la sociedad domina al Estado: primacía del contrato y del jurista. En la democracia francesa existe la primacía de la ley y del funcionario (1 jurista —abogado, notario, consejo jurídico— por 500 habitantes en los Estados Unidos; 1 por 2000 en Francia). Allá, Estado unitario centralizado; aquí, Estado federal descentralizado. One nation under God; República una e indivisible. Laicisismo constitucional en un caso, Estado sin Dios, libre de toda influencia religiosa; primera enmienda en el otro, religión libre de toda influencia del Estado. Cada sistema tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Sólo quiero señalar aquí sus diferencias de hecho, sin hacer ningún juicio de valor.

2) Es un hecho lamentable, pero persistente, que los Estados no obedecen en su acción exterior los principios de derecho que los animan en su vida interior. El simplismo kitsch confunde sociedades civiles y relaciones internacionales. Las democracias que, en el orden social, sirven a la justicia y a la ley, primero se sirven a sí mismas en el orden exterior. Al francés que se indigna ante la idea de que un Ministro de la Justicia pueda despojar a un juez de instrucción de un expediente sensible, le parece encomiable que un Ministro de la Defensa o los servicios secretos hagan explotar un barco de pacifistas extranjeros en un puerto neozelandés. Un santo varón, en su casa, puede comportarse como un militar salvaje en su patio trasero. A diferencia de esto, Nixon, Tricky Dicky, tal vez no era un individuo a quien uno subiría en el auto si lo viera “pidiendo aventón”, pero supo ablandar a China con un discernimiento que el brillante Carter tal vez no hubiera tenido. Me parece que aquellos que ponen incienso a la transparente democracia estadunidense, olvidándose de un activismo exterior bastante opaco, son tan ingenuos o peligroso como aquellos que vituperan la arrogancia estadunidense para no tomar en cuenta a una democracia política inigualada. Estos dos aspectos no son opuestos, ya que no son del mismo orden. La lógica de dominación no tiene religión, régimen ni bandera titulares. Tucídides ya nos dio a conocer que la ciudad más favorable a las libertades de las personas, Atenas, representaba una amenaza constante para la soberanía de las otras ciudades griegas.

En la jungla de los Estados, los monstruos fríos alegan unos principios pero siguen sus intereses. La democracia francesa responde a los mismos principios que la democracia estadunidense, ya que ha surgido de la misma civilización. Pero no tiene ni las mismas restricciones ni la misma geografía ni las mismas vulnerabilidades. Por lo tanto no puede tener la misma estrategia internacional, salvo cuando esta civilización está globalmente confrontada con un asunto de vida o muerte (este no era el caso en el Golfo). Mi posición antiestadunidense en política exterior empieza y acaba con este dechado de buen juicio, el cual dejó de ser, en mi país llamado cartesiano, “la cosa del mundo mejor repartida”.

Por muy moderada y aun prudente que sea, nuestra causa es más o menos desesperada. Albert Memmi explicó hace años por qué, en su Portrait de colonisé: “Se declaró al colonizado que su música eran maullidos de gato; su pintura, jarabe de azúcar. El repite que su música es vulgar y su pintura, empalagosa”. ¿Acaso el tunecino de 1956 anunciaba ya al francés de 1991 —justo castigo, dirán ustedes, para el colono—, el de vestir a su vez el albornoz? La colonización sin dureza suscita en sus beneficiarios un sentimiento de evidencia que raya en la dicha. Berdiaev decía “que un imperio es siempre la obra de las masas, del hombre promedio”. En este sentido, el Imperio estadunidense se construye tanto o más en París, Madrid o Roma como en Washington; nosotros somos corresponsables. Como el espíritu de Imperio es más feroz en la colonia que en cualquier otra parte, creo incluso que estamos mucho más estadunizados que ustedes. Hervé Brunni, un gran reportero de Antenne 2 enviado al Golfo durante la guerra, relataba “que una jerarquía implícita se había decidido en París, para decir quién tenía más credibilidad. Primero se creía en la CNN, luego en la AFP y en último lugar en el reportero. Y sin embargo él estaba metido en el centro de la acción. Por más que anunciábamos que un Scud pasaba por el cielo, París no nos creía en tanto que CNN no lo confirmara”. Un día, el director de un gran periódico salió de un coloquio como el de ustedes y contó a sus maravillados lectores cómo la física de los Estados Unidos había dado a luz un concepto-milagro, “los atractores extraños”. Poco después, tuvo la tristeza de enterarse de que era el invento de un francés y no volvió jamás a mencionar el asunto. Los inculpados o testigos se dirigen al presidente de una Corte en Francia con un “Vuestro Honor” que ya no provoca risa, como el “sólo hablaré en presencia de mi abogado” del miembro de una banda juvenil que es arrestado y vigilado precisamente para impedirle hablar con un abogado. Admiremos el hecho de que los franceses justiciables estén ya mucho más familiarizados con el Código de procedimiento estadunidense que con el suyo. Eso se llama “alienación”: tomarse uno mismo por otro y al otro por uno mismo. Salvo que aquí no es una perturbación mental, sino una señal de éxito. La puesta en órbita cultural tiene unas recaídas políticas y estratégicas evidentes. Una hegemonía llega a su culminación cuando el pobre diablo de los suburbios, identificándose plenamente con el hombre notable del centro de la ciudad, proclama a todo pulmón los méritos del Rotary. Asimismo, no hay un índice más seguro de dependencia que la negativa escandalizada de llamarlo por su nombre. Quien quiera que se permita hacer la menor alteración con los eufemismos de la lengua inglesa queda castigado ocho días por los árbitros de lo in y de lo out. Con su columna doble “en mala forma/en buena forma” o bien “de subida/de bajada”, nuestros medios de comunicación distribuyen cada semana puntos buenos y malos, a favor o en contra. Cuando lo tachan a uno de estar out en dos o tres ocasiones, les prometo que uno ya no reincide, aunque sólo sea para poder hacer frente a la mirada de su adjunto de prensa, esposa, amigos o transeúntes. Exito garantizado. Como el pequeño choque eléctrico repetido en la rata de laboratorio.

No ignoro que los márgenes del no alineamiento se reducen cuando ya hay sólo una superpotencia, y no dos. Las capacidades de intervención del Estado, el único en condiciones de atenuar los automatismos del mercado y los arrebatos de la opinión, también se reducen cuando el Estado ve que disminuyen sus capacidades y su prestigio por el hecho de la integración europea, de su propia subordinación a la opinión o de la moda de “menos Estado” En Francia, si bien los medios de comunicación se liberaron del Estado, el personal del Estado vive en la obsesión de la “imagen”, en la obsesión permanente de la “comunicación”. La sociedad gubernamental depende cada vez más de la sociedad de los medios, la cual sólo depende de sí misma; el poder de los medios no tiene, que digamos, un contrapoder exterior (aun si empieza a mostrar cierta capacidad de autorregulación). Ahora bien, el partido periodista, pues es un partido, notablemente homogéneo, también puede definirse como el hueso duro del partido “estadunidista”. Así, estamos dominados, en el sentido cibernético de la palabra (dominar un sistema es regularlo sin tener que experimentar a la vez su reacción), no por un poder exterior cualquiera, sino desde adentro, por “la opinión”. Los mensajes se doblegan ante las exigencias de la máquina difusora de las simplificaciones; la complejidad se vuelve cada vez más costosa, incluso inabordable, en términos de audiencia. El grupo central de “ejecutivos, profesiones liberales y responsables económicos”, que es la clase de referencia de los líderes de la opinión, aquella de donde salen y a la que se dirigen prioritariamente, se vuelve para los gobernantes el eje directivo de las conductas y de las palabras. Las llaves del poder están en los Estados Unidos y los Estados Unidos están en medio del salón, alumbrador por los neones japoneses.

Sin embargo, no es el momento de doblegarse. Cuando las personalidades nacionales o culturales agachan la cabeza, tienen una manera de volver a alzarla que puede hacer mucho daño. Nuestro americanolatra desatado estimula el peligro número uno del momento. Quiero hablar del foso que se cava a escala planetaria, por una parte entre una élite trasnacional, cosmopolita (es decir, de contornos estadunidenses), nómada, materialista, cableada, sostenida por la nueva economía mundializada y los mitos trasnacionales que le corresponden, una élite sin memoria para la cual la historia, la nación, los libros y los credos ya no tienen valor ni autoridad; y, por otra parte, las masas autóctonas que, como defensa reactiva, se hunden en el populismo, se aferran a su comunidad, étnica o religiosa, y a sus mitos de pertenencia. Huida hacia adelante por un lado, huida hacia atrás por el otro. Este círculo vicioso entre las dos respuestas contrarias a la crisis de la modernidad pone frente a frente en los Cinco Continentes lo que Edgar Morin designa como neofundamentalismo y neomodernismo, el campesino desarraigado y el yuppie exitoso. En Francia, el internacionalismo chic de los estratos ascendentes, que piensan en “franglés”; y ante ellos, la embestida de los nacionalistas o el malhumorado P.C. En el mundo árabe-musulmán, el enfrentamiento es más explosivo. Como en la India, donde las “élites” son 200 millones de personas y las masas nativas, 600. Piensen ustedes en el ascenso del chovinismo hindú y del fundamentalismo musulmán en ese país, frente a las clases urbanas dirigentes, todas ellas con servicio de cable de la CNN para seguir la guerra del Golfo, y que tienen la cabeza en Nueva York y a sus hijos en el M.I.T. En mi pequeño esquema de las tres eras mediológicas, “logósfera”, “grafósfera” y “videósfera” (era del dogma religioso, era de los conocimientos impresos y era de la información audiovisual), yo diría que por encima de todo se debe evitar el duelo catastrófico de la videósfera estadunidense, única en cualquier lugar, con las diferentes logósferas autoritarias y arcaizantes que se despiertan aquí y allá en contrapunto o en defensa de identidades colectivas ya sin estructura alguna.

Por esto deberíamos romper con el círculo infernal y fastidioso en donde el proamericanismo y el antiamericanismo se dan la mano y al tiempo se agreden en una ronda de maldiciones mutuas. ¿De qué manera? En el intento de darles otra vez actualidad y fuerza a esos valores y a esas prácticas cuyo conjunto caracteriza lo que llamo la grafósfera: la lectura de los libros, el respeto al domingo, a los elefantes y al acento circunflejo, la idea de ciudadanía y de nación republicana, electiva y no étnica; el laicicismo y la escuela como lugar, no pluricomunitario, sino transcomunitario, de iniciación a lo universal y a la libertad individual; la idea de ley, que es algo más que la costumbre, y la idea de pueblo, que es algo más que la población. Espero que un día sea posible decir cuál es la fe de uno en este modelo de civilización sin verse de inmediato etiquetado como “antiestadunidense” y retrógrada. Tengo la debilidad de creer que la idea francesa del ciudadano y de la nación es un modelo local en su origen pero susceptible de interesar a la humanidad de mañana.

Para terminar mi confesión con una nota político-diplomática, admitiré ante ustedes que De Gaulle y su ejemplo me curaron hace poco de la posición antiestadunidense reactiva, mezquina, atrabiliaria. Puedo atestiguar lo bien fundado de la tesis de Michael M. Harrison, el autor de The Reluctant Ally, según la cual la corriente antiestadunidense francesa del siglo XX se desarrolló como contrapunto a un clima de dependencia y de subordinación respecto de los Estados Unidos. Nunca fue tan fuerte como en los años cincuentas, cuando Francia se colocó bajo un protectorado militar y económico. “La solución gaullista”, dice, “fue una buena medicina. Puede llamársele de otro modo, claro está, no seamos fetichistas. Una Francia que moderniza sus industrias y sus infraestructuras; que asume al fin la responsabilidad de su defensa, con armas nucleares, y de su diplomacia, con una estrategia a largo plazo; que de nuevo se respeta a sí misma y se sacude el espectro de la decadencia, ya no tiene necesidad de un chivo expiatorio, y tampoco de un hermano mayor o de un honor demagógico. Al dejar su condición de protegida, ya no tiene motivos para lloriquear o recriminar, según el eterno complejo del señor Perrichon. Puede dar fuerza de nuevo a la idea clásica de una alianza entre dos Estados soberanos, Alianza Atlántica u otra. Como decía de Gaulle: “Un Estado puede ayudar a otro, no identificarse con él’”. Un Estado independiente no tiene amigos ni enemigos de por vida. Tiene intereses nacionales que trascienden las etiquetas establecidas y las fraseologías del momento, y para esto echa mano de las alianzas exteriores, por definición revocables y desprovistas de valores absolutos, puesto que son relativas a su propia supervivencia y a las circunstancias. Una Francia, una Europa soberana no tiene que ser ni pro ni antiestadunidense. Ninguna de esas actitudes podía definirla, por dos razones: primera, no se hace buena política con buenos sentimientos; tampoco con los malos. Segunda, todo depende de las condiciones de lugar y de momento, pues la única meta es seguir siendo dueño de su destino. “Queremos aliados pero no queremos amos”, decía de Gaulle en su lenguaje. “Además, todo el mundo necesita de los otros”. La independencia no es desde luego el aislamiento ni el nacionalismo cerrado. Lo mismo que la libertad de un individuo, la independencia de una colectividad siempre es relativa, sobre todo en estos tiempos de globalización económica e interdependencia, pero la reducción de las dependencias al nivel más bajo posible es un valor absoluto. No hay soberanía popular que valga en un país avasallado o subyugado.

Me parece una relación adulta, desapasionada, sin complejos, “fundada en la evaluación realista de los intereses de cada uno”, para retomar las palabras de Harrison, es el mejor antídoto contra el resentimiento; también contra el deslumbramiento de los noventa y la ceguera de los cincuenta. Las pasiones negativas son las del débil y del humillado. Se podría añadir a la lista de los efectos perversos, o más bien inversos, de toda conducta política, el hecho de que un supuesto antiestadunidense como de Gaulle haya contribuido a reducir drásticamente la corriente antiestadunidense en la sociedad francesa. Otra de las tantas paradojas de la estrategia, del tipo si vis bellum para velludo, consiste en que el egoísmo sagrado del monstruo frío finalmente aprieta los lazos de solidaridad franco-estadunidenses, y que la tutela disfrazada de buenos sentimientos y de valores compartidos, distiende, en lo profundo y a un plazo más o menos largo, esos mismos lazos.

En lo que a mí respecta, no les ocultaré ciertas suspicacias ciertos resabios de reflejos atávicos. Una Francia temerosa ante la idea de desagradar al amo del mundo y de la opinión, dispuesta a dejar que su gran aliado se adjudique una responsabilidad suprema y universal; dispuesta ella misma a reintegrarse a la OTAN a escondidas, bajo el pretexto de que se trata de Europa, sería de temerse que esa Francia no conservara algunos de sus prejuicios y sus rencores de antaño. Si a todo esto se añade la impresión de que el tan alabado nuevo orden mundial es una copia de los intereses y costumbres de los Estados Unidos, con o sin la coartada de la ONU, un elemental sentimiento de justicia vendría a sustituir los resentimientos más banales para hacer del antiamericanismo, de nuevo, una fuerza en ascenso. Dios no lo quiera. Si puedo decirlo. Es una costumbre concluir, a propósito de Dios y de los hombres, que lo peor no siempre es lo seguro. Si lo fuera, no tendríamos en efecto más alternativa que refugiarnos en los brazos de Buda.

 

Régis Debray

Traducción de Katia Rheault

Literal

La línea perdida

Al atardecer, la amplia sala del Club de Escritores Yiddish de Varsovia estaba casi vacía. En la mesa de una esquina dos desempleados correctores de galeras jugaban ajedrez. Parecían jugar y dormitar al mismo tiempo. Mina, la gata, había olvidado que era una gata literaria alabada en los periódicos y se salió al patio a cazar un ratón o tal vez un pájaro. Yo estaba sentado en una mesa con el miembro más importante del club: Joshua Gottlieb, el principal columnista de El Hoy. Era el presidente del sindicato de periodistas, doctor en filosofía y exdiscípulo de eminencias como Hermann Cohen, el profesor Bauch, el profesor Messer Leon y Kuno Fischer. El doctor Gottlieb era alto, de hombros anchos, con un fuerte cuello rojo y barriga El sol que se iba lanzaba un brillo púrpura sobre su enorme cabeza calva. Fumaba un largo puro y sacaba el humo por la nariz. No habría invitado a su mesa a un principiante como yo, pero a esa hora no había nadie más a la mano y a él le gustaba hablar y contar historias.

Nuestra conversación derivó a lo sobrenatural y el doctor Gottlieb dijo:

—Ustedes los jóvenes se apresuran a explicarlo todo según sus teorías. Para ustedes la teoría es antes que los hechos. Si los hechos no encajan en las teorías, la culpa es de los hechos. Pero un hombre de mi edad sabe que los sucesos tienen una lógica propia Sobre todo, son el producto de la causalidad. Los místicos que hay entre ustedes se llaman a ofensa si las cosas ocurren del modo que nosotros llamamos natural. Pero para mí el milagro mayor y el más maravilloso es lo que Spinoza llamó el orden de las cosas. Cuando pierdo mis lentes y los encuentro luego en un cajón que según yo no había abierto en dos años, sé que debí ponerlos ahí yo mismo y que no los escondieron ni los demonios ni los duendes de ustedes. Sé también que por más conjuros que hubiera dicho para neutralizarlos, los lentes se habían quedado en el cajón para siempre. Como usted sabe, yo soy un gran admirador de Kant, pero para mí la causalidad es más que una categoría de la razón pura. Es la mismísima esencia de la creación. Incluso puede usted llamar la cosa en sí.

—¿Quién hizo la causalidad? —pregunté, nomás por decir algo. 

—Nadie, y ahí está su belleza. Déjeme contarle. Hace dos años me ocurrió algo que todo el sello de lo que ustedes llaman un milagro. Estaba totalmente convencido de que no tenía ninguna explicación posible. Racionalista como soy, me dije: Si esto ocurrió de veras y no fue un sueño, tendré que replantear todo lo que he aprendido desde el primer grado en el Gymnasium hasta las universidades de Bonn y Berna. Pero luego oí la explicación y era tan convincente y tan sencilla como sólo puede ser la verdad. De hecho pensé escribir un cuento al respecto. Sin embargo, no quiero competir con nuestros literatos. Me imagino que usted sabe que mi opinión sobre el género narrativo no es muy alta. Puede sonarle como un sacrilegio, pero yo encuentro más falacias humanas, más psicología, incluso más diversión en la prensa diaria que en todas las revistas literarias que hacen ustedes. ¿Le molesta mi puro?

—Para nada

—Usted sabe de cierto, no necesito decírselo, que nuestros tipistas en El Hoy y en la prensa yiddish cometen más errores que todos los tipistas en el mundo entero. Aunque ellos mismos se consideran fervientes yiddishistas, no tienen el menor respeto por su lengua. Me paso noches sin dormir por culpa de estos bárbaros. No recuerdo quién dijo que el 99 por ciento de los escritores no morían de cáncer o tuberculosis sino de erratas. Cada semana leo hasta tres pruebas de mi columna de los viernes, pero cuando los tipistas corrigen un error de inmediato cometen otro, y a veces dos, tres o cuatro.

“Hace unos dos años escribí un artículo sobre Kant, una especie de jubilieum. Cuando se trata de términos filosóficos, nuestros tipistas se enredan especialmente. Además, el formador de planas sigue la tradición de perder por lo menos una línea de mi columna cada vez, y con frecuencia la encuentro en otro artículo, a veces incluso en las noticias. Ese día yo había citado una frase que era un blanco perfecto para las erratas: la trascendental unidad de la apercepción. Sabía que nuestros tipistas la harían picadillo, pero tenía que usarla. Leí las pruebas tres veces como siempre, y de milagro las palabras salieron correctamente todas las veces. Pero, por no dejar, murmuré una pequeña oración para el futuro. Esa noche me fui a dormir tan esperanzado como se lo puede permitir un escritor en yiddish.

“Todas las mañanas me traen los periódicos como a eso de las ocho, y el viernes es siempre mi día critico de la semana. Al principio todo parecía ir sobre ruedas y esperé contra esperanza que esta vez saldría exento. Pero no: estaba perdida la línea con las palabras la trascendental unidad de la apercepción. El artículo ya no tenía sentido.

“Por supuesto que me enfurecí y maldije a todos los tipistas yiddish con los peores juramentos. Después de una hora de proferir agravios y anti-yiddishismo al máximo, comencé a buscar la línea en otros artículos y en las secciones de noticias de nuestro ejemplar del viernes. Pero esta vez al parecer se había perdido por completo. De algún modo me sentí defraudado. Más que nada me irritó que los lectores, incluso mis amigos en el club me felicitaban y al parecer no habían reparado en que faltaba una linea. Me juré un millón de veces no leer El Hoy los viernes, pero ya sabe usted que hay un ingrediente de masoquismo en todos nosotros. Me vengué de los tipistas, los editores, los correctores de galeras imaginándome que les disparaba, los golpeaba y los hacía memorizar todas mis columnas desde el año de 1910.

“Al cabo de un rato decidí que había sufrido lo suficiente y comencé a leer El Momento, nuestro periódico rival, para ver qué había escrito su columnista, el señor Helfman, ese viernes. Por supuesto, yo sabía de antemano que su colaboración sólo podía ser mala. En los veinte años que duraba ya nuestra competencia, nunca había leído nada bueno de este cagatintas. Yo no sé lo que usted piense de él, pero para mí es abominable.

“Ese viernes su bebistrajo parecía peor que nunca, así que abandoné la lectura a la mitad y empecé a leer las noticias. Caí en un artículo titulado ‘El hombre, una bestia’, la historia de un conserje que llegó de la cantina a su casa por la noche y violó a su hija. Y de pronto ocurrió la cosa más imposible, increíble, descabellada. ¡la línea perdida estaba ahí, ante mis ojos! Supe que debía ser una alucinación. Sin embargo, las alucinaciones no duran más de medio segundo. Aquí las palabras persistían ante mí en tipo negro: la trascendental unidad de la apercepción… Cerré los ojos, seguro de que cuando los abriera de nuevo el espejismo se había desvanecido, pero cuando lo hice ahí estaba: lo impensable, lo ridículo, lo absurdo.

“Admito que a pesar de mi incredulidad en lo que ustedes llaman lo sobrenatural, jugué muy seguido con la idea de que un día ocurriera un fenómeno que me obligara a perder la fe en la lógica y en la realidad. Pero que una linea con tipos metálicos volara del cuarto de formación de El Hoy en el número 8 de la calle Klodna al cuarto de formación de El Momento en el número 38 de la calle Nelevski, era deveras algo que no me esperaba. Mi hijo entró al cuarto y mi aspecto debió ser el de alguien que había visto un fantasma, porque me dijo: ‘Papá, ¿qué te pasa?’. No sé por qué, pero le dije:

“‘Baja por favor y cómprame un ejemplar de El Momento’. Pero si ya estás leyendo El Momento, contestó mi hijo. Le dije que necesitaba ver otro ejemplar. El muchacho me miró como diciéndome, ‘Este viejo ya se chifló’, pero fue al puesto y compró otro ejemplar.

“Mi línea estaba ahí en la misma página y en el mismo artículo: ‘Llegó a su casa de la cantina y vio a su hija en la cama y la trascendental unidad de la apercepción…’. Estaba tan aturdido y angustiado que empecé a reírme. Para no dejar ninguna duda, le pedí a mi hijo que leyera todo el artículo en voz alta. Me dirigió de nuevo esa mirada que daba a entender ‘Mi padre ya no está muy bien de la cabeza’, pero lo leyó muy despacio. Cuando llegó a la línea traspuesta, sonrió y me preguntó: ‘¿Por esto querías que te comprara otro ejemplar?’. No le contesté. Sabía que nunca dos personas han compartido una alucinación.

—Hay casos de alucinaciones colectivas —dije.

—De cualquier modo —dijo él— ese viernes y ese sábado no pude dormir y casi no comí. Decidí que el domingo por la mañana iría a hablar con el jefe de nuestro departamento de impresión, mi viejo amigo el señor Gavza. Si hay algún hombre al que no se le puede engañar con ningún abracadabra ni patas de cabra, es a él. Quería ver la expresión de su cara cuando viera lo que yo. Rumbo a El Hoy decidí que sería oportuno recuperar el original de mi columna, en caso de que no lo hubieran tirado. Pregunté si aún tenían el original de mi artículo y, oh sorpresa, lo encontraron y en él estaban las palabras como yo las recordaba. Estaba ansioso por encontrar la solución a este enigma, pero no quería que la solución estuviera en algún disparate, en un malentendido risible, o en un lapso de memoria. Con mi manuscrito en una mano y El Momento en la otra, fui a ver al señor Gavza. Le enseñé mi manuscrito y le dije: ‘Lea este párrafo, por favor’. Antes de que terminara mi frase él dijo: ‘Ya sé, ya sé, se perdió una línea en su columna sobre Kant. Me imagino que quiere publicar una aclaración. Créame: nadie las lee’. ‘No, no quiero que se publique ninguna aclaración’, le dije. ‘¿Entonces qué más lo trae por aquí esta mañana de domingo?’, preguntó Gavza.

“Le enseñé El Momento del viernes con el artículo noticioso y le dije: ‘Ahora lea esto’. Gavza se encogió de hombros, empezó a leer y nunca he visto una expresión como la que Gavza tuvo en su cara serena. Abrió la boca hacia el artículo noticioso, luego hacia mi manuscrito, hacia mí, hacia el periódico, hacia mi de nuevo, y dijo: ‘¿Estoy viendo visiones? ¡Esta es su línea perdida!’

“‘Sí, mi amigo’, le dije. ‘Mi línea perdida saltó de El Hoy a El Momento a doce calles de distancia, encima de todos los edificios, de todos los techos, y fue a instalarse justo en su cuarto de impresión, y justo en este artículo. ¿Es posible que sea obra de algunos demonios? Si usted puede explicar esto…’

“‘De veras que no puedo creerlo’, dijo Gavza ‘Debe haber un truco, fue una especie de broma barata. A lo mejor alguien la pegó ahí con goma. Déjeme verlo otra vez’.

“‘Nada de trucos y nada de goma’, dije. ‘Esta línea se cayó de mi artículo y apareció en El Momento el viernes pasado. En mi bolsillo tengo otro ejemplar de El Momento’.

“‘Dios mío, cómo pudo pasar esto?’, preguntó Gavza. Una y otra vez cotejó mi manuscrito con la línea en El Momento. Luego oí que decía: ‘Si esto ocurre, cualquier cosa puede ocurrir. Tal vez los demonios en verdad se robaron su línea de El Hoy y la llevaron a El Momento’.

“Nos quedamos mirando un rato largo con la sensación dolorosa de dos adultos que se dan cuenta de que su mundo se ha vuelto un caos, abandonado por la lógica y con la así llamada realidad en completa bancarrota. En eso Gavza soltó una carcajada. ‘No, no fueron los demonios, ni siquiera los ángeles. Creo que ya sé que pasó’, dijo.

“‘Dígamelo rápido antes de que yo explote’, dije.

“Y esta fue la explicación. ‘El Fondo Nacional Judío publica con frecuencia una inserción publicitaria tanto en El Hoy como en El Momento. A veces hacen cambios para ajustar la inserción a los lectores de los periódicos respectivos. Por eso no hacen un molde sino que llevan en coche toda la página metálica de un periódico a otro para los ajustes. Por error, debieron poner mi linea en la página metálica de la inserción. Se la llevaron a El Momento y ahí alguien se dio cuenta del error, sacó la Línea de la página de inserción y la línea fue a dar de inmediato al artículo noticioso. Las posibilidades de que ocurra una cosa así no son limitadas como uno podría creer, tomando en cuenta a nuestros tipistas y correctores de pruebas’, dijo Gavza. ‘Son los peores chocarreros. No hay que echarles la culpa a los pobres demonios. Ningún demonio es tan lamentable y descuidado como nuestros impresores y los demonios de los impresores’.

“Nos reímos bastante y para brindar por la histórica solución fuimos a tomar café y pastel. Hablamos sobre los viejos tiempos y los absurdos sin fin publicados en la prensa yiddish, Dios la bendiga. Especialmente extrañas eran las fes de erratas al final de los libros yiddish. Cosas como: Página 69; donde dice: ‘Fue a ver a su mamá a Bialostok’, debe decir: ‘Tenía una barba larga y gris’. O: Página 87; donde dice: ‘Tenía un saludable apetito’, debe decir: ‘Fue a ver a su antigua esposa en Vilna’. En la página 379 dice: ‘Tomaron el tren a Lublin’, debe decir: ‘El pollo no era kosher’. Cómo es que un tipista puede cometer errores de este tipo será siempre un enigma para mí. En otro artículo decía que las bacterias ‘son tan pequeñas que sólo pueden verse con la ayuda de un telescopio’”.

El doctor Gottlieb hizo una pausa y trató de revivir su puro en extinción, chupándolo con violencia Luego dijo:

—Mi joven amigo, le cuento todo esto sólo para probarle que uno no debía apresurarse a concluir que la Madre Naturaleza ha desistido en sus leyes eternas. Hasta donde sé, los duendes y los espíritus aún no toman el mando, y aún son válidas las leyes de la naturaleza, nos gusten o no. Y cuando tengo que enviarle un mensaje a mi vieja esposa, o a mi no tan joven novia, aún uso el teléfono, no la telepatía.

 

Isaac Bashevis Singer

Traducción de Luis Miguel Aguilar (a partir de una traducción al inglés del propio autor).

literal-linea

Máximas y decires de algunas mujeres con los ojos grandes

                              *

Los que se enamoran y los que emprenden nunca quedan bien.

Tía Georgina

                              *

Yo no quiero la gloria ni la paz, a mi sólo me toca la magia. Tía Leonor

                              *

Todo menos desgobernar la máquina de las pasiones, con esa es mejor no meterse.

Tía Verónica

                              *

A veces de tanto pensar me duelen las uñas.

Tía Magdalena

                              *

¿Cómo voy a saber a que restorán ir? Si no sé qué hacer con mi destino, menos voy a saber qué quiero cenar.

Tía Elena

                              *

No hay mejor cura que un rato de conversación.

Tía Elisa

                              *

Todo amor es eterno mientras dura.

Tía Clemenci

                              *

Armonía, qué concepto imposible.

Tía Pati

                              *

Me llaman inconstante, qué más quisiera yo: ser inconstante como la luz. Diversa como las tardes de placer y las de pena. Mutable como los deseos, incierta como los brazos, alterna y fugaz como la vida. Y no soy inconstante, qué más quisiera yo.

Del cuaderno de la tía Natalia

                              *

La costumbre es enemiga de la inteligencia: Tía Verónica.

Y la inteligencia es enemiga de todo lo demás: Su hermana.

                              *

El amor para toda la vida se inventó cuando el promedio de vida eran treinta años. Ahora que es de setenta, ¿qué se hace con los otros cuarenta?

Tía Isabel

                              *

Si yo encontrara un alma como la mía, con toda certidumbre me aburriría.

Cantaba la tía Toñita

                              *

¿Estás muy triste? Cansa el cuerpo, mija, cansa el cuerpo y

te alivias.

Tía Mónica

                              *

No hay que analizar, comadre, ho hay que analizar. Cuando ve uno venir el problema: rebanada de pay de manzana, bola de helado de vainilla y al olvido.

Tía Sara

                              *

Quizá del aplomo inescrutable con que creía saberlo todo a los quince años, se derive mi actual vocación por lo incierto.

Tía Amanda

                              *

La curva del desencanto hay que recorrerla entera.

Tía Daniela

                              *

El matrimonio empieza donde se acaban las pasiones. Justo ahí donde deben acabarse los noviazgos extraconyugales.

Tía Meli

                              *

Entre los que no entienden hay dos grupos: los que simplemente no entienden, y los que no entienden que no entienden. Hay que cuidarse de estos últimos.

Tía Lola

                              *

Por un lado no dejas de sorprenderte y por otro ya te lo sabes casi todo.

Tía Conchis

                              *

Para los valets no hay grandes hombres. Para mi cocinera. siempre seré una inútil.

Tía Rosa

                              *

Algunas creen que para tener un hombre hay que seguirlo a pie y sin protestar. Su Dios las bendiga.

Tía Elo

                              *

Dicen que recordar es mentir. ¿Será por mentirosa que recuerdo tanto?

Tía Cristina

                              *

En México hay dos congregaciones: la de las hijas de María y la de las hijas de la Chingada. Con ninguna de las dos me siento a comer.

Tía Marisol

                              *

¿En paz? ¿Con qué derecho algo en mi cuerpo ha de consumirse en paz?

Tía Liliana

                              *

Tara tira tan tan… las caricias soñadas son las mejores.

Canta la tía Eugenia

                              *

Uno se enamora antes de los defectos que de las cualidades.

Pero eso es lógico.

Tía Nicol

                              *

¿Qué hago conmigo a media noche? ¿A dónde me escondo de mí?

Tía Mariana

                              *

Era tibia la vida y el viento no corría por aquel territorio de mentiras y miedo. Sucedió entonces que una mujer tembló. Por su cuerpo de piedra bajaron los conejos y su mueca de siglos se deshizo en la noche.

Cada cual en cada uno se fue después al cielo, y nadie los ha visto regresar a morirse.

Eran distintos ellos, tan distintos de todo que parecían iguales.

Del cuaderno de tía Fátima

El TLC: ¿Objetivo o instrumento?

El artículo de Cuauhtémoc Cárdenas que apareció en nexos 162 (“TLC: Una propuesta alternativa”, junio de 1991) ha llamado la atención de Luis Rubio, que aquí debate algunos de sus argumentos y a la vez señala las semejanzas y las diferencias que tienen en relación a la propuesta gubernamental.

Todos los mexicanos podríamos coincidir en que deseamos un país con mejores y más equitativos niveles de ingresos, un amplio desarrollo social, una planta productiva competitiva y exitosa, un sistema político participativo y todo ello dentro de un equilibrio ecológico. No importa la posición que guarde cualquier mexicano en la geometría política o ideológica, los objetivos más generales y abstractos no son difíciles de precisar. Las verdaderas diferencias yacen menos en los objetivos que en los medios destinados a alcanzarlos. Es ahí donde se inmiscuyen valores, principios ideo lógicos, concepciones económicas e intereses concretos. Si el qué es menos difícil de precisar, el Como es muchas veces sujeto de interminables disputas.

En la praxis política, el terreno de los gobiernos y los partidos políticos, lo relevante es el debate sobre los Comos. Es difícil imaginar a un gobernante o a un lider político abogando por objetivos que la población disputaría de entrada. Todos los políticos -por ello son políticos- plantean objetivos que gozan de un alto grado de consenso para de ahí articular sus estrategias y decisiones. Trascendiendo el umbral de los objetivos, las disputas se tornan complejas y sanguinarias porque en los medios para alcanzar los objetivos es donde se determinan las prioridades así como a los afectados y a los beneficiados.

El Tratado de Libre Comercio es uno de esos medios que el gobierno de Carlos Salinas ha diseñado para avanzar sus objetivos de desarrollo. La administración ha planteado el TLC como el vehículo para garantizar el acceso de los productos mexicanos al mercado norteamericano, salvando las medidas proteccionistas que en los últimos años han florecido en ese país. Pero la exportación tampoco es el objetivo último. Se trata más bien de forzar a la planta productiva a elevar la productividad para ser competitiva y así poder elevar los salarios y con ello los ingresos de los mexicanos. Más aún, con la apertura de la economía se elimina el sesgo que por cincuenta años favoreció la concentración del ingreso e impidió que se elevaran los ingresos de la población en forma equitativa. De ahí que el proceso de apertura signifique nada más y nada menos que una transformación radical de la estructura económica del país en aras -de acuerdo al objetivo gubernamental-de alcanzar los objetivos consensuales de desarrollo.

¿Existen alternativas al TLC? Desde luego, y muchas: el problema es que todas son peores. El gobierno ciertamente podría haber optado por otras estrategias, entre las que se encuentran las dos que siguen: primero, perseverar en la sustitución de importaciones, como han hecho, al menos hasta ahora, algunos países del sur del hemisferio; el problema es que ese modelo de desarrollo requiere interminables flujos de ingresos, bien como resultado de exportaciones o por endeudamiento. La experiencia mexicana de los ochenta demuestra que ese camino ya lo intentamos; resultó un fracaso no sólo porque no se logró la recuperación económica sino porque los ingresos reales cayeron en forma sistemática y porque la distribución del ingreso empeoró cada vez más. Una segunda opción estratégica sería la de proseguir por el camino de la apertura como hasta ahora pero sin TLC, Más bien se buscaría una negociación multilateral en la que, en el tiempo, se abrieran los mercados de todo el hemisferio, favoreciendo el desarrollo continental. Esta segunda estrategia es, en gran parte, la que propone Cuauhtémoc Cárdenas en el artículo que apareció en nexos 163 julio, 1991) “TLC: Una propuesta alternativa”.

El argumento central del lider del PRD es que el gobierno de Carlos Salinas tiene demasiada prisa y que, en el camino, acabará ignorando objetivos fundamentales, como la ecología, los ingresos de los mexicanos -en especial los de los trabajadores de las maquiladoras, la distribución del ingreso, la orientación del desarrollo, la formación de empresarios competitivos y la lucha contra la pobreza. El punto es indisputable: es evidente que si estos factores son desatendidos, el TLC y toda la política de apertura habrán sido un fracaso. La interrogante, sin embargo, es si las suposiciones de las que parte el ingeniero Cárdenas son realistas y, si no, cuáles serian razonables.

El Diagnóstico de Cárdenas no parece del todo diferente al que ha realizado el gobierno: las maquiladoras no se han vinculado al aparato productivo a pesar de sus muchos años de existencia; antes de la apertura, muy pocos empresarios mexicanos podían caracterizarse de progresistas, vigorosos y modernos; la pobreza y la miseria son males endémicos que deben ser erradicados; necesitamos una política agrícola radicalmente nueva que vaya mucho más allá de la liberalización comercial, y así sucesivamente. En todos y cada uno de estos diagnósticos, las coincidencias son notables. Las diferencias están no en el Diagnóstico general, sino en las propuestas de política.

La propuesta del ingeniero Cárdenas es la de negociar un TLC continental en forma lenta, que permita disminuir las diferencias entre los países y que incluya, además del comercio, normas en materia de inversión y monopolios, un compromiso social, ha ecología, la propiedad intelectual, el financiamiento compensatorio, los mecanismos para el arreglo de controversias y movilidad laboral. De estos nueve factores, a pesar de que él lo niegue, seis serán componentes naturales del TLC que el gobierno está negociando en la actualidad. Previsiblemente quedarán fuera del TLC el concepto de financiamiento compensatorio (transferencias externas para financiar el ajuste interno), el de movilidad laboral (libre tránsito de mexicanos hacia EU y Canadá) y el de compromiso social (igualación de condiciones e ingresos de los trabajadores mexicanos con los de EU y Canadá). Sobre el primero de éstos, el argumento de Cuauhtémoc Cárdenas es indisputable, excepto que el costo del ajuste lo tendríamos que pagar con o sin TLC: el retraso en la infraestructura, en la tecnología, en la educación y en todo lo demás requerirá inversiones masivas para mejorar los niveles de vida, con o sin TLC. El único caso en el mundo en que se han dado este tipo de transferencias es Europa, donde España, Grecia y Portugal ingresaron a lo que algún Día podría ser un nuevo país, ahí donde se pretende una unión política y no meramente la eliminación de barreras comerciales. No creo que haya muchos mexicanos que quisieran ir tan lejos con EU como lo hicieron los españoles con Europa, pero lo que sí es seguro es que ningún TLC con el sur traería consigo un financiamiento compensatorio. En cuanto al segundo tema, el de la movilidad laboral, es predecible que tendrá que negociarse un esquema dentro de las líneas que se plantean en el articulo, pero en forma separada del TLC, para no hacer más compleja su aprobación. Sobre el tercer tema, el del compromiso social, se trata de una propuesta razonable, pero que no es realista en la economía: la economía mexicana es objetivamente mucho menos productiva que la canadiense y ésta es menos productiva que la norteamericana si tuviera que reducirse la apertura a su mínima expresión, el propósito de toda la política económica sería elevar la productividad para así tender a igualar los niveles de ingresos. Eso, como dice el propio Cárdenas, no se puede lograr por decreto.

Las verdaderas diferencias en los otros seis factores no están en los temas que serian sujetos del TLC, sino en lo que el gobierno considera que son medios o instrumentos y el ingeniero Cárdenas concibe como objetivos. La propiedad intelectual, la regulación de la inversión y los monopolios y la resolución de disputas son todos medios para alcanzar una mayor productividad. Es obvio que los monopolios -públicos y privados-, por ejemplo, causan distorsiones en la economía, por lo que deben evitarse o, en su defecto, regularse. La pregunta es si deben ser regulados por la burocracia o por la competencia internacional, dentro de un marco de reglas claras y transparentes. De la misma manera, ¿es razonable pensar que una empresa va a desarrollar tecnología si no se respeta su autoría o propiedad intelectual? Cada vez hay más empresas mexicanas que ostentan patentes norteamericanas, ya que el régimen que existía hasta hace algunas semanas no protegía al autor y propietario de las mismas.

La primera parte del artículo del ingeniero Cárdenas, de orden más conceptual y filosófico, es prácticamente indistinguible de los objetivos que ha planteado el gobierno. Las diferencias se acentúan en la segunda mitad, donde entra a lo particular. Me parece que la reforma económica sigue una lógica de apertura como el vehículo para transformar al país y no como el objetivo mismo. No se trata de determinismos económicos, sino de una política congruente de desarrollo económico. Por ello, en el fondo, la impresión que uno se lleva del argumento de “TLC: Una propuesta alternativa” es que lo que se objeta no es la apertura ni el TLC per se, sino el que se negocie exclusivamente con Estados Unidos y no con todo el hemisferio. La razón de negociar con Estados Unidos es obvia varias as de las economías del sur son muy parecidas a la nuestra, por lo que tendríamos competencia en todos y cada uno de los sectores de la industria, competiríamos con empresas saturadas de subsidios, algunos evidentes y otros imposibles de detectar, y, finalmente, las empresas mexicanas tendrían que operar en un entorno económico muy inestable donde las transacciones comerciales se tornarían impredecibles y riesgosas. Peor aún, más de la cuarta parte de las exportaciones de Brasil, por ejemplo, son resultado del trueque: ¿en verdad queremos ir para atrás en el proceso de hacer de México un país moderno en todo el sentido de la palabra? En todo caso, también se negocian acuerdos de libre comercio con varios países del sur del hemisferio.

Con Estados Unidos es mucho más probable que las empresas mexicanas puedan desarrollar nichos de mercado que sean atractivos y rentables, como ya ha ocurrido en los últimos cinco años. Desde el inicio de la apertura, sorprende el número de empresas que no sólo han podido sobrevivir, sino que han desarrollado un mercado de exportación; y no sólo las maquiladoras, sino también muchas empresas medianas, por no hablar de las grandes. Competir en el sur no nos haría competitivos en otras partes del mundo: en el mejor de los casos seríamos tan competitivos como el más competitivo de la región, lo que es muy poco en relación a Europa o Asía. Bajando al nivel de la realidad tangible, la más exitosa de las empresas sudamericanas pagará menores sueldos y salarios que una empresa mexicana que logre penetrar con éxito el mercado norteamericano.

Ser competitivos y exitosos en Estados Unidos implicará competitividad global, lo que permitirá desarrollar mercados que hoy son impensables. Por mucho que le busquemos, la realidad es que w hay otra manera de elevar la productividad y con ella los niveles de ingresos de la población. Así se explica la siguiente anécdota: hace unos meses un argentino decía que ellos envidían a México porque su potencia del norte (i.e., Brasil) les impide negociar directamente con Estados Unidos o con nosotros. En esta instancia, o bien los argentinos son muy tontos, o nosotros tenemos una aversión visceral a aprovechar nuestra vecindad para resolver nuestros problemas ancestrales de pobreza y desarrollo. Cárdenas tiene razón al decir que lo que se requiere es un verdadero desarrollo y no una ampliación del concepto de maquila. La evidencia de los últimos cuatro años es no sólo encomiable sino promisoria el número de empresas medianas que no sólo sobrevive, sino que crece, exporta y paga cada vez mejor a sus empleados es impresionante bajo cualquier parámetro.

Si lo que buscamos es el desarrollo, tenemos que negociar y competir con los desarrollados, para desarrollarnos: todos los países que han sido exitosos en las últimas décadas se han acercado a los países desarrollados porque ahí es donde está la riqueza y los mercados. Japón, Corea del Sur, Singapur y hasta China se han acercado a los mercados de Europa y Estados Unidos, de la misma forma en que Turquía se ha acercado a Alemania. Yo creo que es obvio por qué ninguno de estos país se ha acercado a India o a Brasil: por la misma razón que los braceros mexicanos van a Estados Unidos y los braceros turcos van a Europa. Ahí es donde están las oportunidades y ahí está la posibilidad de salir ganando. Mientras más tardemos en apreciar esta simple realidad, más tardaremos en vencer los retos de nuestro desarrollo y condenaremos a más mexicanos a padecer la pobreza, la pésima distribución del ingreso y la marginación. Por encima de todo, la velocidad si es relevante porque el desarrollo es urgente e impostergable. La prisa tiene razón de ser.

En el terreno político más amplio, la postura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas respecto al TLC sugiere que las distancias entre el gobierno y el PRD son mucho menores de lo que la retórica de ambas partes en ocasiones deja entrever. Esto sugeriría que hay terreno para buscar consensos sobre otros temas igualmente importantes para el futuro del país. Ojalá esta posición augure un futuro más civilizado para el diálogo político en México.

Los sismos en el Valle de México

Cinna Lomnitz. Investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.

Hace seis años los habitantes del Valle de México vivieron uno de los sismos más fuertes de su historia. Además de las ruinas, qué nos queda que pueda salvar la memoria. El diagnóstico de Cinna Lomnitz es tan trepidante como aquel sismo: los mexicanos no aprendimos nada de él. O mejor dicho: desde Siempre hemos olvidado que vivirnos sobre un lago cuyo reloj puede Pararse otra vez a las 7:19.

Las primeras observaciones explícitas sobre sismos que se encuentran en la literatura mexicana figuran en las Relaciones de Chalco-Amecameca referidas al año de 1475, medio siglo después de la fundación de Tenochtitlan. Es posible identificar fechas de sismos anteriores a 1475 en códices pictográficos, donde figura el glifo Ollin (movimiento) junto a la fecha indígena, cuya cronología puede correlacionarse perfectamente con el calendario europeo.

Durante la Colonia, y hasta el establecimiento del Servicio sismológico Nacional en 1910, pueden encontrarse más de mil menciones de sismos, en su mayoría sentidos en la Ciudad de México. Son datos extremadamente interesantes para el sismólogo, ya que en base a ellos pueden establecerse las características que distinguen los sismos del Valle de México, peculiaridades que los hacen únicos en el mundo. En este artículo intentaremos examinar cuáles son estas peculiaridades, qué causas tienen y de qué manera pueden ayudarnos a resolver la pregunta siempre candente acerca de la mejor manera de protegernos de sus efectos.

El 4 de abril de 1768 se registró en la Ciudad de México un sismo catastrófico. El fenómeno fue observado y descrito independientemente por dos científicos, José Antonio de Alzate (1737-1799) y Joaquín Velázquez de León (1732-1786), cuyas versiones concuerdan en lo esencial. Sin embargo, su afirmación de que la duración de ese sismo “pasó de siete minutos” (Alzate) ha sido considerada con escepticismo por los sismólogos. En otras partes del mundo, un temblor que dura veinte segundos ya es un sismo “largo”.

Así, se supuso que se trataba de una exageración acaso muy colonial y muy hispánica, y lo mismo se decía sobre todas las descripciones históricas de los temblores del Valle de México. Hasta que ocurrió el sismo del 19 de septiembre de 1985, cuyo registro en la estación acelerométrica de Central de Abastos marcó una duración de cinco minutos. Jamás un registro tan largo había sido registrado en un instrumento de movimientos fuertes, ni en México ni en lugar alguno. Desde ese momento, se hizo necesario otorgar credibilidad a las descripciones de los sismos coloniales. Veamos, por ejemplo, la del sismo de 1768, debida a la excelente pluma de Joaquín Velázquez de León:

El terremoto mayor y más fuerte que en todo este siglo ha experimentado esta ciudad sucedió en el año de 1768, día 4 de abril segundo de la Pascua a las 6 y 47 minutos de la mañana Comenzó como es regular por un movimiento vibratorio de abajo para arriba que duró muy poco tiempo aunque fuertísimo; después tardaron los edificios en recobrar su equilibrio muy cerca de seis minutos, durando todo este tiempo las oscilaciones del sureste al noroeste, como el del año de 54. La ocasión que tuve de observar puntualmente la duración de este terremoto fue el tener en corriente un reloj de péndulo y ajustada con él mi muestra de bolsa (o sea, el reloj de bolsillo), que andaba muy regular. Al empezar el temblor paró el péndulo, como sucede Siempre o las más veces; pero como la muestra prosiguió andando, observé en ella, luego que cesó el movimiento de la tierra, el minuto que indicaba, y cotejado con el punto en que quedó el otro reloj, hallé en la diferencia de los dos la precisa duración del terremoto.

Estamos en presencia de uno de los poquísimos ejemplos de deducción científica independiente en la historia de la Colonia. Este tipo de ingenio aplicado a la consecución de una verdad objetiva es raro hasta en nuestros días. De aquí resulta la incomprensión del pensamiento de Velázquez de León, como puede verse en la siguiente “interpretación” que recientemente se le ha hecho:

Describe detalladamente la duración a través del uso del reloj de péndulo; lo que hace pensar lo raro que era el uso del reloj pues no era de mano sino de péndulo y, aparentemente, aunque el temblor terminara el péndulo tardaba en detener su movimiento.

La incomprensión del experimento es total, aunque esta versión de 1988 fue dicha desde lo alto de la cátedra de un congreso científico. Lo que hizo lealmente Velázquez de León fue esto:

1. Tenía dos relojes, uno de mano y otro de péndulo, y los tenía sincronizados y cotejados uno con el otro.

2. Al iniciarse el sismo observó Como se detenía el reloj de péndulo, lo que era normal puesto que el movimiento del suelo interfiere con la oscilación del péndulo.

3. El reloj de mano, por ser de resorte, siguió caminando.

4. Al finalizar el sismo, el científico notó la hora en el reloj de mano. Posteriormente restó la hora que marcaba el reloj de péndulo (detenido) de la hora que había marcado el reloj de mano para obtener así la duración del sismo.

¿Sencillo? Todas las observaciones científicas poseen esta sencillez engañosa. Es posible que el experimento de Velázquez de León no se compare en ingenio con el que había realizado, doscientos años antes, Galileo desde lo alto de la Torre de Pisa; pero en fin, es una evidencia de la modernidad que, tímidamente y de puntillas, asomaba entonces a la vida intelectual de Nueva España Volviendo a nuestros temblores, resulta que la acertada observación científica de Velázquez de León-criollo, director del Tribunal de Minería, espíritu independiente y de criterio amplio y original, tanto o más que Alzate-nos da una clave de las terribles destrucciones sufridas por nuestra ciudad seis y más veces desde su fundación.

Un solo hombre se había atrevido a discutir con el águila acerca de la idoneidad del sitio de Tenochtitlan. Era un personaje singular. El ingeniero Enrico Martínez se llamaba originalmente Heinz Martin. Era oriundo de Alemania y Carlos V lo había enviado a las Indias a diseñar el canal de desagüe del Valle de México. La obra escrita por este hombre incomprendido y apasionado por México, publicada en 1606, nos advierte que la ciudad está mal localizada y que debe ser desplazada en dirección a las lomas, reservando la planicie lacustre para jardines, vergeles, plantíos de flores, santuarios de aves acuáticas, en fin, para lo que hoy se llamaría una reserva ecológica. La poderosa visión de Enrico Martínez, trágicamente adelantada a su época, nos hace falta ahora para guiar nuestra percepción del futuro de la ciudad.

La larga duración de los sismos que afectan el Valle de México es sin duda un efecto local. Se percibe solamente en el llano, o sea en los terrenos antiguamente cubiertos por la gran laguna del Valle de México. En las lomas, a pocas cuadras de distancia, se siente el sismo de muy distinta manera. En el sismo de 1985 se cayeron 371 edificios modernos, todos de más de siete pisos de altura, y todos en la zona lacustre de la ciudad.

Comparación del sismo de 1985 registrado (a) en las lomas y (b) en el hecho del lago

Dice Alzate, en una nota sobre el sismo de 1768 relegada al pie de página (ya que Alzate parecía dar más importancia a sus vanidosas especulaciones filosóficas que a una honesta observación de primera mano) que, “en lo general, parece han sido más maltratados los edificios modernos, que los antiguos; no es difícil exponer el motivo; pero lo reservo para otra ocasión, en que tendrá su lugar acomodado”. No hubo tal ocasión; y el cura Alzate perdió la oportunidad de hacer una contribución original al estudio de los temblores, que pudo haber evitado la catástrofe de 1985.

Han pasado otros doscientos años desde la época de Velázquez de León y de Alzate; y seguimos en la misma ignorancia respecto a las peculiaridades de los temblores en el Valle de México. ¿Por qué duran más los sismos en el centro que en las lomas? ¿Por qué se caen los edificios modernos, mientras que las tres veces centenarias torres de los templos siguen en pie?

El misterio se ahonda a medida que se conoce más sobre sismología y sobre ingeniería sísmica. Nuestro país es, sin duda alguna, líder en ambas disciplinas; pero este liderazgo se manifiesta en que sabemos más sobre los temblores de California o de Japón que sobre los que periódicamente arruinan nuestra propia ciudad.

Casi cuatrocientos edificios orgullosamente diseñados y construidos por nuestros mejores ingenieros se derrumbaron en 1985, sepultando entre sus ruinas a más de diez mil hombres, mujeres y niños. A quienes se alucinaban por la guerra del Golfo Pérsico, conviene recordar que en términos de sufrimiento humano ésta representaba un incidente baladí frente a la catástrofe sísmica, tan espantosa como perfectamente evitable, que sufrimos en carne propia hace apenas seis años.

El derrumbe de los edificios del centro de la ciudad no ofrece mayores problemas de interpretación. si se cayeron, no fue por fallas constructivas, puesto que edificios idénticos situados en las lomas, o fuera del lecho del antiguo lago, no se cayeron. No fue tampoco por falta de tecnología, ya que sólo se cayeron edificios modernos, diseñados y construidos de acuerdo con la última o penúltima moda de Estados Unidos.

¿Fue entonces por la existencia de condiciones especiales, que no se presentan en otras regiones del mundo? El Dr. Suh, vocero de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos, después de informar al Congreso en Washington acerca de las dimensiones de la catástrofe mexicana que acababa de ocurrir, se manifestó alarmado acerca de la “total semejanza” entre los métodos constructivos y de diseño en ambos países y admitió que la destrucción de los edificios en la Ciudad de México era inaceptable y revelaba un posible knowledge gap (o sea un hueco o una brecha en el conocimiento).

De conformidad con esta opinión, la Fundación Nacional de Ciencias apartó un presupuesto especial de cuatro millones de dólares con el objeto de investigar la causa y los efectos de nuestro sismo. Con el lema “íAprender del terremoto de México!” se publicaron folletos en inglés y en español. Los cuatro millones de dólares desaparecieron en un santiamén, adjudicados a los mismos ingenieros americanos cuyos diseños siguen dando la pauta de las normas de construcción en nuestro país.

¿Es posible que tantos hombres de ciencia, tantos ingenieros distinguidos, no hubiesen reparado en la singularidad del fenómeno sísmico que afecta nuestra ciudad? Me puse a revisar las notas de mis múltiples experiencias con sismos destructores en California, en Perú, en Chile, en Ecuador, en Brasil. Y tuve que rendirme ante la evidencia. De todas las zonas sísmicas del mundo, México es la única que tiene una ciudad construida en una laguna Me puse a revisar registros de sismos en suelos lagunares y encontré el ejemplo de la figura, que corresponde a la aldea japonesa de Ogata sobre una laguna cerca de la ciudad de Niigata. Las mismas ondas largas, lentas y armónicas; la misma larga duración que en México.

El subsuelo de la Laguna de México es un lodo de color oscuro, con un alto contenido de materia orgánica restos de plantas acuáticas y de caracoles, carbonatos provenientes de microorganismos y bacterias vivas hasta profundidades de varios metros. Esta “capa blanda”, como la llaman los ingenieros, tiene apenas unos 20-30 metros de profundidad. Abajo comienza la “capa dura”: tepetates, lavas y cenizas volcánicas hasta llegar al nivel del mar. Es el “basamento” de piedra caliza, que nos dice que la región (hace cien millones de años) estaba cubierta por el mismo mar somero que formó también las calizas del estado de Morelos.

Dicen algunos geólogos que el Valle de México antes desaguaba hacia el sur, precisamente en la región situada entre Cuernavaca y Tepoztlán, y que una crisis volcánica levantó una barrera, la actual Sierra del Chichinautzin o del Ajusco, cerrando el Valle y obligando a las aguas a estancarse formando el lago actual. Las pruebas son escasas: poco trabajo geológico se ha hecho en esta región. Lo cierto es que la “capa blanda” que forma la superficie del Valle de México es producto de la laguna: contiene hasta 90% en volumen de agua. Parece sólida soporta miles de edificios, pero es, técnicamente hablando, agua.

Algunos ingenieros mexicanos, tales como el genial Leonardo Zeevaert, tuvieron la intuición y la osadía de construir edificios que en cierto modo flotaban en el lodo. La Torre Latinoamericana fue construida en una excavación profundísima cuidando de bombear el agua desde la zanja abierta hacia los suelos circundantes para evitar resecarlos y así destruir el equilibrio. Los profundos cimientos ayudaron a levantar la gran torre gracias al Principio de Arquímedes. Este edificio, y otros provistos de sótanos profundos, resistieron los grandes sismos de 1957 y de 1985. En cambio, las construcciones altas y de escasa profundidad se dañaron o se cayeron.

El Proyecto Tlatelolco, orgullo de México en su época, fue diseñado y construido por los mejores ingenieros sísmicos del país. Tiene 57 edificios de cuatro y cinco pisos, ninguno de los cuales sufrió daños de consideración. En cambio, todos los edificios más altos quedaron dañados y uno de ellos, el Edificio Nuevo León, de 15 pisos de alto, se volteó con una pérdida de medio millar de vidas. Los edificios de Tlatelolco eran de utilidad social y no requerían estacionamiento, motivo por el cual tenían apenas tres metros de sótano.

Se me objetará: ¿y los edificios coloniales? Ningún edificio colonial se cayó; sin embargo, todos están en terreno lacustre y ninguno posee estacionamiento subterráneo. Pero nos olvidamos de la acción del tiempo, que hizo que estos edificios se hundieran en el lodo hasta alcanzar una posición de equilibrio natural con el suelo que, mal que bien, acabó por sostenerlos. Recordemos la observación de Alzate: “parece han sido más maltratados los edificios modernos, que los antiguos; no es difícil exponer el motivo…” El motivo es precisamente que los edificios modernos no tuvieron tiempo de hundirse en el fango.

A mayor altura del edificio, más profundo ha sido el hundimiento. La Iglesia de la Santísima es un buen ejemplo, porque fue excavada recientemente para descubrir sus cimientos. En el año de 1975 esta Iglesia fue reconstruida por el arquitecto Lorenzo Rodríguez, maestro mayor de la ciudad de México, de la Catedral, del Real Palacio, y autor del Sagrario. Rodríguez se dio cuenta del hundimiento y diseñó, en medio de su magnífica fachada barroca, un portal muy alto y muy flaco, diciendo: “Ya se habrá de hundir y quedará con las proporciones debidas”. En efecto, cuando ocurrió el terremoto de 1985 el edificio se había hundido más de seis metros en el fango y las proporciones del portal no llamaban la atención. La iglesia no sufrió daños de consideración en el sismo.

Al recomendar a los arquitectos y constructores que busquen profundizar los cimientos en proporción a la altura del edificio, no hacemos más que seguir la recomendación de nuestros vecinos del norte: aprender del sismo. No es culpa nuestra si ellos no han seguido su propia recomendación. Los daños graves sufridos por estructuras de concreto armado en suelos blandos de la Bahía de San Francisco, en el pequeño sismo de 1989, demuestran a las claras que la lección les aprovecharía tanto como a nosotros.

¿Qué nos enseña el sismo? 1) Que hay que permitir que los edificios se hundan en el fango hasta encontrar su posición de equilibrio. Mejor aún, hay que construir edificios equilibrados. 2) Hay que tomar en cuenta las ondas que genera la laguna.

Con ello, quiero decir que el tipo de ondas que dañan o destruyen los edificios en la Ciudad de México no es exactamente el mismo que esperaban los ingenieros. La duración de cinco minutos o más así lo comprueba Estas “ondas de lodo” son diferentes a las ondas sísmicas que observamos en las lomas o en las zonas rocosas y arenosas de nuestra costa. Técnicamente hablando, son ondas superficiales prógradas de corta longitud. En una palabra, son olas.

Nuestro hipotético ingeniero, al escuchar la palabra “olas”, se erizará y explotará en vituperios. íComo! No estamos en el mar y aquí no hay olas. En efecto, no estamos en el mar. Estamos en un lago. Yo también soy ingeniero, orgulloso de serlo, y prometo no decir nada que no pueda cabalmente demostrar. Los grandes sismos producen en los lagos un oleaje característico de varios minutos de duración. Se trata de olas de unos 20 metros de largo, con olitas superpuestas que dan al oleaje un aspecto encrespado. Las olas suelen tener desde varios centímetros hasta un metro de alto, y se propagan lentamente (o sea, con velocidades del orden de 30 km/hora) en dirección opuesta al epicentro). En las orillas del lago se reflejan, crecen en amplitud y a veces llegan a formar una rompiente.

Lo típico de estas olas es que son ondas superficiales, es decir, afectan solamente la superficie. El fondo del lago está en calma absoluta. El movimiento de las partículas de agua es prógrado, lo que quiere decir que la superficie se inclina al paso de la ola, en la misma dirección que ésta. De aquí proviene la sensación de pérdida de equilibrio que uno experimenta al intentar ponerse de pie en una barca que se mueve en el oleaje. Hay una combinación de dos efectos: el movimiento lateral de la barca y su rotación simultánea en el mismo sentido.

¿A qué viene todo esto? simplemente a explicar el porqué se caen los edificios altos y de escasa profundidad de cimentación. Las ondas sísmicas ordinarias que se observan en tierra firme son retrógadas: la superficie se inclina en contra de la dirección de la onda. Ayuda al equilibrio del edificio. Por lo tanto, los ingenieros solemos desestimar estas ondas, Llamadas ondas de Rayleigh, como si no existiesen. De esta manera, logramos calcular un edificio más firme y nos ahorramos problemas. Pero una ola no es una onda de Rayleigh. En vez de ayudar al equilibrio de la estructura, la desbalancea aún más.

¿Qué tan importante es este efecto? No lo sabemos. No tenemos los instrumentos para distinguir entre una ola y una onda de Rayleigh. Me da pena decirlo: los ingenieros somos tan confiados en nuestros cálculos y procedimientos, que ni si quiera hemos construido equipos capaces de registrar la inclinación del suelo a la par que se registra su movimiento de traslación.

Digo: los ingenieros, no los ingenieros mexicanos. La situación es la misma aquí, en Estados Unidos y en todas partes. No estarnos midiendo la rotación del suelo en los temblores. Esto significa que tampoco podemos conocer la longitud de onda del fenómeno. Suponemos que se trata de una onda muy larga, de varios kilómetros de longitud, y que por lo tanto no nos afectará Pero ¿qué tal si son ondas de 20 metros de largo, como las que se ven en los lagos?

Veinte metros es el ancho típico de los edificios que se cayeron en el sismo de 1985. Veinte metros es, poco más o menos, el claro de las columnas en el viaducto de Nimitz, que se cayó en el reciente sismo de San Francisco matando a sesenta automovilistas. Veinte metros, en suma, es una longitud de onda muy poco agradable para el ingeniero.

La longitud de onda critica para cualquier estructura es el largo o el ancho de la propia estructura. Así, en el caso del Valle de México, se combinan cuatro factores de destrucción que afectan a los edificios de más de siete pisos de altura: la resonancia por la altura del edificio, que lo hace vibrar al compás de las ondas sísmicas; la resonancia por el ancho del edificio, que lo hace moverse en sintonía con la longitud de onda; la rotación del suelo, que actúa sobre los pisos altos del edificio y se encuentra sincronizada con el movimiento lateral; y la amplificación debida al suelo blando.

Al tratarse de ondas de corta longitud (unos 20 metros), la profundidad que afectan es también muy somera Ya a unos cinco metros bajo la superficie no se siente nada. Los conductos de agua y de alcantarillado se ven afectados solamente cuando su profundidad es menor de cinco metros; y las líneas del Metro permanecen indemnes. Por lo mismo, los edificios cimentados a más de cinco metros de profundidad demuestran una estabilidad mucho mayor y se mueven menos durante el sismo.

Creemos entender el porqué se caen los edificios en el Valle de México. Nos falta saber por qué pueden existir olas en tierra a sólida La respuesta es acaso más sencilla de lo que nos imaginamos: no estamos en tierra sólida. El Valle de México fue un lago y, desde el punto de vista del sismo, lo sigue siendo. El temblor no se da cuenta que el lago se ha secado y que ahora hay edificios en vez de acates y gente en vez de patos silvestres. Para el sismo, el fango sigue siendo lo que es: prácticamente agua.

Frontera Sur: La ruta de los ilegales, I

Esta es la primera de dos partes de un reportaje que traza la otra franja divisoria de México: la frontera sur. Si arriba las identidades se aferran, allá abajo se mezclan y confunden en un amasijo multicolor que contrasta con una realidad social en sepia. La frontera sur es más que un límite: estación de paso, punto de encuentro, la mitad del camino hacia Estados Unidos. De Sergio Mastretta, hemos publicado otro de sus reportajes (“Tierra caliente: La cuenca cardenista”: nexos 154, octubre de 1990).

Las linternas se prenden y apagan como luciérnagas de la aventura migratoria.

Tecún Umán, Guatemala, nueve de la noche en la ribera oriente del Suchiate, la línca que repite la suerte de los mexicanos en la frontera norte.

La sombra del río arrastra troncones que amenazan cargas y vidas de los camareros, los transportistas acuáticos que por mil pesos o un quetzal cruzan todo el día sobre tablones amarrados a llantas de tractor la guerra y la miseria centroamericana hacia la ilusión del norte, que pasa por México.

En la noche, desde el puente, se ven los guanacos, el nombre que en estas tierras dan a los nacionales de El Salvador. Son ilegales además de salvadoreños, cruzan el río en el inicio del viacrucis de cuatro mil kilómetros hacia California. Pasan por su cuenta, no ocupan los acuáticos tamemes; mejor plantan sus pies en el lecho lodoso del Suchiate, hasta que el agua, como la vida, les llega al cuello.

No saben de la suerte de Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño también, de 27 años de edad. Cruzó por Tecún Umán dos días antes y se dirigió a Tapachula con otros tres compañeros. Comieron fruta en el camino y salvaron la garita de migración El Manguito por brechas vecinales. Decidieron tomar el tren carguero adelante de la estación; antes de subir al convoy en movimiento se bañaron en uno de los ríos que cortan la ciudad. Escucharon el pitido a tiempo para vestirse y recoger maletines. Lo abordaron a la luz del día Ernesto no lo logró. Su cuerpo fue despedazado por una góndola vacía. Sus compañeros de viaje lo vieron resbalar, tal vez solo escucharon un gemido.

Su cadáver fue enterrado en la fosa común de la ciudad.

En el río, los salvadoreños bracean y se acoplan al movimiento de la corriente. Las luciérnagas encienden la ribera, las linternas alumbran la oscuridad mexicana, y los ilegales están en camino.

SI TE AGARRAN, INTÉNTALO DE NUEVO

La atracción del dólar baja por generaciones hacia el sur, para hallar en la década y en el territorio de la guerra centroamericana a decenas de miles de sobrevivientes con la mira de llegar al norte en el sueño blanco del que no tiene nada que perder. “Si te agarran, inténtalo de nuevo”, escribió una mano anónima en la cárcel de Arriaga, “y si te agarran inténtalo de nuevo, y si te agarran inténtalo de nuevo…”

Lo sabe el gobierno mexicano, decidido a cerrar el paso a los indocumentados que ingresan por la frontera sur. Entre 1983 y 1988 el régimen delamadridista deportó a 75 mil extranjeros, tan sólo 6 mil al año en Chiapas, en una época en que se dejaba pasar a los ilegales -en palabras de Edmundo Salas, Jefe de Inspección de Servicios Migratorios de la Secretaria de Gobernación- “a través del filtro de la extorsión orgánica montado por las corporaciones policiacas de todo tipo (Migración, judiciales estatales y federales, cuerpos municipales, ejército), bandas internacionales de traficantes de indocumentados, y prestadores de servicios turísticos, hoteleros y restauranteros”.

En el primer año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari se deportaron 90 mil ilegales. En 1990 la cifra subió a 126 mil. En los cuatro primeros meses de 1991 tan sólo en Chiapas se detuvieron a 25 mil indocumentados, principalmente guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -Nicaragua bajó drásticamente el flujo de sus emigrantes con el fin de la guerra, en abril de 1990-. Se gastan 400 millones de pesos al mes en transporte de los deportados a la frontera.

Los funcionarios de Gobernación explican este aumento radical en las deportaciones simplemente porque ahora existe la voluntad política de impedir el paso de extranjeros hacia Estados Unidos por territorio mexicano. Es ya un problema de seguridad nacional que se enfrenta con la restructuración del sistema de control, que supuso la reducción de garitas migratorias de cien a diez en el sur del país, junto con el propósito de asegurar que los mandos medios de Servicios Migratorios queden fuera del proceso de extorsión orgánica, además de establecer mejores ingresos -es decir, 800 mil pesos más prestaciones a los agentes de Migración y sanciones severas -despido y cárcel- a funcionarios a los que se les comprobaran vínculos con las redes de extorsión y tráfico de ilegales: en 1989 más de 50 agentes de Migración fueron cesados en la delegación regional de Chiapas.

El cambio de política se funda por igual en presiones y conveniencias. Estados Unidos deporta cada vez más centroamericanos, y deja va que en las negociaciones para el libre comercio en ningún momento se hablará de braceros y fuerza de trabajo. Guatemala protesta formalmente por el maltrato a sus nacionales en su paso por México y se alarma por el caos que los deportados producen en su frontera Las ciudades de la frontera norte se nutren de decenas de miles de deportados -95 mil en el mes de mayo-, por igual extranjeros y mexicanos, en explosivas ollas de marginación y violencia. Tapachula y los municipios del Soconusco reproducen a su escala lo que sucede del otro lado de la línea en la frontera norte, con la contratación para las fincas de mano de obra guatemalteca barata y sumisa y con la generación de redes de explotación del lucrativo negocio de tráfico de indocumentados.

Como sea, hay un cambio: lo sufren los extranjeros detenidos por miles a todo lo largo de la ruta entre los ríos fronterizos; lo soportan los agentes de Gobernación, todos los días tentados por los dólares de las redes polleras; lo condenan y niegan los empresarios hoteleros y restauranteros, muchos años beneficiados por el movimiento de extranjeros, cuando afirman que los agentes de Migración siguen extorsionando ilegales; lo percibe a medias el ciudadano común en la frontera, que observa en ráfagas a los detenidos en las garitas migratorias y en las cárceles municipales.

Aquí se reseñan chispazos de la inercia migratoria en la frontera sur de las condiciones particulares que la propician -la guerra y la miseria en el caso de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua-, de la magnitud del movimiento económico que representa el tráfico de ilegales -por lo menos 150 millones de dólares regados por el territorio de tránsito- y la violencia hamponil y policiaca que generan a su paso al norte y en su residencia en las ciudades mexicanas -con la existencia de bandas bien organizadas que operan en Estados Unidos, México y Centroamérica-; del hecho ineludible de que son centenares de miles los centroamericanos que han tomado como propio el territorio mexicano -en Guatemala, por ejemplo, calculan en un millón el número de nacionales que se han asentado en nuestro país en los últimos treinta años, contra 250 mil que supone el gobierno mexicano-, que lo asimilan y confunden, que vuelven más fina aún la línea fronteriza del Suchiate.

LA TIJUANITA GUATEMALTECA

1. Tecún Umán es la Tijuanita guatemalteca, tierra de nadie, dominio de polleros, lenones, matronas, atracadores y elementos de la Guardia de Hacienda, el cuerpo policiaco al que teme el común de los chapines. Es un caserío húmedo de madera que en el día vive en torno de los autobuses con sus pasajeros que llegan de la capital y de noche en los congales con sus muchachas de a 20 quetzales. A todas horas el movimiento pollero: muchachos en taxis-triciclos revolotean como moscas en la pollería, abruman a los viajeros con tipos de cambio dólar-peso-quetzal, marchantean sin escrúpulos sus servicios a Ciudad Hidalgo -el poblado al otro lado del río-, a Tapachula, al Distrito Federal, a Los Angeles.

-Ese canche -me dice uno-, ¿vas al otro lado? Cien mil pesos hasta Tapachula, 200 dólares a Tijuana. Va asegurao, si lo retachan, vamos de nuevo. Y enciérrese en un hotel -añade-, que no lo vean en la calle después de las siete de la noche.

2. En la caseta de Migración, en la zona del puente, se detiene un autobús; directo de Acayucan, trae una remesa de 40 deportados, la mayor parte salvadoreños. Hoy es un día cualquiera de mayo, un día tranquilo: a las dos de la tarde sólo han llegado dos camiones, y regularmente son cinco o seis. El agente mexicano baja lista en mano y se mete en la oficina de sus colegas guatemaltecos. Tras él bajan los ilegales con sudor de tres semanas. Si les va bien, no les cobrarán una multa de 20 quetzales, único beneficio inmediato que México obtiene tiene de las deportaciones masivas. La mayor parte conoce el lugar. De aquí partieron, de aquí lo volverán a intentar.

Como José de Jesús Rosales, desempleado, con 22 años y cero pesos en el bolsillo. Sale de El Salvador con 600 colones (75 dólares). Pasa por Tecún el viernes 10 de mayo por la noche. Cruza el río a nado junto con otro salvadoreño ya residente en Estados Unidos, ayudados por un cipote (chavo) mexicano de 14 años. Toma un pesero minibús a Tapachula. Los agentes en la caseta de El Manguito no le piden papeles. Utiliza el sistema más socorrido por los pollos que viajan libres: trepa a un carguero con otros 60 ilegales y sube y baja de los trenes, libra las casetas migratorias de El Hueyate, Arriaga, en Chiapas, y La Ventosa, en Oaxaca. En el istmo cambia de clase ferrocarrilera y se acomoda en el tren pollero que por módicas 24 horas y regalados 11 mil pesos une a Tapachula con el puerto de Veracruz. A la altura de Matías Romero lo asaltan a mano armada. Rescata cinco mil pesos y sigue el viaje. si llega a Veracruz trabajará un tiempo, lo necesario para agarrar camino. Pero lo detienen en Tierra Blanca. No se defiende, no intenta pasar por mexicano. Tampoco tiene los 50 mil pesos que le pide el agente para dejarlo ir.

Sentado en una banqueta en Tecún Umán, recién deportado, rumia el hambre y la indecisión de pedir un “raite” a El Salvador.

3. En Tecún, algunas imágenes de la soledad femenina extraviada en México.

Elizabeth Montero, madre de tres hijos, soltera, trajo sus 27 años a México por Talismán. Salió de San Salvador el 12 de mayo con 400 dólares y medio millón de pesos en la bolsa. Sentada en un rincón en los separos de Migración en Tapachula escucha a otra muchacha detenida contar que a Elizabeth la estafaron en Guatemala con una visa falsa No le pidieron papeles en todo Chiapas, corría con suerte. En La Ventosa la bajó un agente que revisó el documento. “Por dios -dice Elizabeth-, ya iba llegando”.

Tecún Umán, Guatemala. Camareros en un día cualquiera de mayo en el río Suchiate. Al fondo, el lado mexicano.

Carmen García, peruana de 29 años, soltera, madre de dos niñas y secretaria de profesión, el 26 de abril lleva ya una semana detenida en los separos que Servicios Migratorios tiene en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Quería vivir un tiempo en el Distrito Federal, trabajar y prepararse para el viaje a Estados Unidos. Detenida en La Ventosa junto con Rocío González, maestra de escuela en Lima, espera a que sus familiares reúnan el costo del pasaje de regreso. Salieron de su país a principios de abril con cuatro mil dólares que les dejaron liquidaciones en chambas y venta de garage. Viajaron a Panamá por avión. De ahí vinieron por tierra. Cruzaron el río por Talismán. Ahí contrataron un auto particular que las llevaría a Juchitán por 700 dólares. El hombre las abandonó antes de la caseta de Arriaga. Rodearon la ciudad y tomaron el autobús en el que las detendrían en La Ventosa.

Julieta Rodano, maestra de escuela salvadoreña de 23 años, madre soltera, espera el jueves 6 de junio con otros 109 indocumentados su traslado al CERESO de la ciudad de Puebla Los detuvieron la noche anterior dos policías de caminos a la altura del kilómetro 213 de la autopista a Orizaba. Iban en el interior de una caja thermokin de un tráiler bananero, bajo una tarima que soportaba varias toneladas de plátano del Soconusco. Llevaban 24 horas encerrados, en viaje directo desde Ciudad Hidalgo, frontera con Tecún Umán. Cuando los agentes abrieron las puertas de la caja, el hedor espeso de la furia y la asfixia ilegal se les vino encima. Los policías desenfundaron sus armas para contenerlos. Julieta, al fondo de la caja, comprendió que había perdido los 1,200 dólares que los polleros cobraron por el viaje.

Alba Moreno, salvadoreña de 24 años, fue detenida a mediados de abril en Apizaco, junto con su compañero Luis Ovidio, ex-soldado del ejército de su país. Venían en el tren de Veracruz. Bajaron antes de llegar a la estación, pero se toparon con un grupo de judiciales federales en operativo que al verlos los amagaron con unas escuadras relucientes. Alba iba por primera vez a Los Angeles, de la mano de Luis Ovidio, un bracero reciente que huye de ta guerra en su país. “A su hermano lo mató la guerrilla, era soldado como Luis, salia de franco del cuartel y ya no llegó a casa. Apareció muerto en una zanja con un tiro en la cabeza y una bandera de los subversivos enredada en el cuerpo. Luis tiene miedo. Se fue, ya conoció, regresó por mi. Es nuestra suerte salir rechazados”.

4. A la orilla del Suchiate dos mujeres lavan ropa y bañan a sus hijos. Son del Quiché, huyeron de la guerra hace tres años. Ellas no saben que ACNUR les reconocería su situación de “refugiados dispersos”. Ahora trabajan con sus maridos en las fincas de la región. Los niños juegan y le devuelven at río su rostro natural.

A unos metros atraca un camarero mexicano-hoy trabaja México, mañana Guatemala, una y una, en el mejor & los tratados bilaterales posibles. Julián López, camarero desde hace tres años, es un hombre de Huixtla que sobrevivió a un ataque a machetazos en un pleito de bolos. Perdió el movimiento de la mano pero no el jalón de sus piernas y brazos. Ahora transporta al comercio hormiga. Desembarca una mujer con tres cajas de jabones y pastas Colgate y otros artículos mexicanos. Embarca una señora mexicana con la canasta repleta de legumbres. Las dos se explican: Guatemala es baratísimo para los del otro lado del río: un trajecito de mezclilla para niño cuesta aquí 30 quetzales, 18 mil pesos; en Ciudad Hidalgo no se consigue por menos de 30 mil. Y los betabeles, la media docena cuesta seis mil pesos en México contra 900 en Tecún. La ventaja mexicana está en su industria: jabones, pastas y galletas pasan por toneladas, hormiguita tras hormiguita.

5. En el bar Loros una matrona y dos muchachas, salvadoreñas las tres, preparan sus cuerpos para la noche. Las llama el policía de Hacienda con él que yo tomo unas cervezas.

– ¿Te gusta esta piernuda? -me dice el hombre nacido en el oriente de Guatemala, y aprieta el muslo de una chinita-, te hará feliz por 20 quetzales. íDoce mil pesos, te das cuenta!

Y luego entra en confianza. En Guatemala hay una guerra, dice, los subversivos quieren el comunismo y los militares están para impedirlo. En esa guerra él ha matado a muchos. En 1981 trabajó en la capital, persiguió y torturó a los estudiantes. Jodidos, dice, apoyaron a la guerrilla, eran ellos o nosotros.

La chinita lo trae al presente. Antier apenas entró un operativo del ejército y la policía en Tecún. Dos días con sus noches para detener a más de 500 extranjeros. Las mujeres del Loros se salvaron por el apoyo del policía y 50 quetzales para un sargento.

“Maldita soledad -canta el policía con Cornelio Reyna en la sinfonola-, cuándo se irá, cuándo se irá mi mala suerte”.

6. En el hotel Vanessa detuvieron en el operativo de ayer a 180 ilegales. Poco importa. Cuento ocho muchachos en shorts sobre la banqueta. En algún momento llegará el pollero por ellos.

LA RUTA DE LA POBREZA

Arriaga, Chiapas, es el tercer puesto de control que Servicios Migratorios ha dispuesto desde la frontera. A 250 kilómetros de Tapachula un equipo de 18 agentes se turna entre la garita y las brigadas volantes en la línea del ferrocarril, la carretera y los caminos de extravío. A la medianoche del 23 de mayo, a un lado del camino entre Tonalá y Escuintla, la volanta espera el paso de los camiones de segunda. Poco a poco llenan el minibús con guatemaltecos y salvadoreños, los indocumentados más asiduos al tránsito hormiga, ilegales sin pollero, muchos de ellos deportados apenas la semana anterior. Es una jornada cualquiera para los agentes. Para unos inicia el turno; para otros empezó doce horas antes. Esperan pacientes, apenas atentos a los escapes de trailers y tortons rezagados en su viaje nocturno hacia el centro del país.

Hay quince gentes en el minibús, tres de ellos niños. Algunos tienen ya dos horas detenidos. Una muchacha canta el himno guatemalteco para convencer al agente que es de Tecún Umán y va a trabajar de sirvienta a Tonalá. Un flaco, chinito, es de Puerto Barrios, estudiante de leyes. “La propia necesidad obliga al hombre -dice-. En Guatemala los huesos están cortados”.

Su compañero, risueño, al que los agentes han detenido hasta ocho veces, es albañil en Los Angeles. Dice que gana nueve dólares la hora, ya con rebaja.

– En Guatemala, 20 quetzales diarios -dice-. Sólo que seas cabrón.

– ¿Por qué no agarraste pollero? -le pregunto.

– El pollero te mete la pija.

Otro detenido, losé Arias, albañil de 18 años, hijo de campesinos, fue deportado desde San Antonio Texas en avión hace tres semanas. Ahora lo intenta de nuevo. “Pasé por Tecún Umán, solo, con un mapa. Caminé mucho, rodeé la garita El Manguito. Subí al tren en Huixtla, no me detuvo Migración, hay que tener fibra, caminé detrás de ellos. Luego camioneta, así a Juchitán, a Oaxaca, 8 México. Total: 800 quetzales (480 mil pesos) hasta la frontera. Al cruzar pedí dólares a mi hermano en San Francisco. No conocía. si supiera, no compro boleto hasta San Francisco. si supiera que había casetas, no estaría aquí”.

Al sur de la carretera, la tormenta ilumina el Pacifico. En la cabina, nadie habla, queda el murmullo de los sueños centroamericanos interceptados por los agentes de Migración. En la penumbra, alguien aplaude, lento primero, hasta alcanzar el ritmo de una cumbia. Los ilegales ven caer la luna.

A la una de la mañana abren la reja en la cárcel municipal de Arriaga. Tres policías despatarrados sobre las hamacas ni se inmutan. Pasan lista a los detenidos. Separan a mujeres y niños, a las que alojan bajo un tejabán. Los hombres se pierden uno por uno en la oscuridad del calabozo. El hedor es el común a cualquier cárcel del estilo en el país: ahora en el espacio de seis metros cuadrados se apachurran veinte ilegales.

– Periodista -gritan desde la penumbra-, mire cómo nos tienen, aquí le meten la pija a uno.

Se asoma un muchacho:

– Señor, me golpearon ahí en la vía, fue uno de Migración – muestra a la luz amarilla del patio carcelero un magullón en la cadera.

– No te hagas, te raspaste le dice el agente de Migración.

– No les crea, amigo -añade desde la hamaca el sargento municipal-. Son salvadoreños. Si los dejara, hasta la hamaca me quitaban.

En la celda vecina un mexicano asoma las narices. Es un pollero detenido apenas, de la banda de los “Caribe coolers”, como la bautizaron los de Migración: metían a dos ilegales en la cajuela de una Caribe, les cobraban un millón a cada uno por pasarlos por la estación de Arriaga.

– Me pusieron el dedo- garraspea. Su rostro es un bigote perfilado a la luz amarilla del patio. Mañana, lo más seguro, su abogado interpondrá un amparo que lo dejará libre por la tarde.

Un poco después se impone el silencio en la cárcel. Los policías duermen en sus hamacas. De las celdas salen ronquidos iluminados por las brasas de los cigarrillos.

A las cinco de la mañana los agentes de Migración están despiertos. Barrio Guatemalita, en las afueras de Arriaga: casas de cartón dispersas en un páramo de huizaches. Han descubierto en una casa a un grupo de doce ilegales. Los traen hacia el camino, con el pollero identificado y agarrado del cinturón por el agente. Todavía está oscuro, se camina adivinando el sendero. En una bajada de la vereda, se suelta el pollero, forcejea con el agente, lo golpea en el pecho, echa a correr por el monte. Los disparos al aire no lo detienen. Los ilegales no se inmutan, la suerte del pollero no les imparta.

De nueve a diez de la mañana Migración recorre “caminos de extravío” -brechas que recortan los ranchos ganaderos de la zona- a lo largo de la vía férrea. No se miran pollos por ningún lado. Regresan a Arriaga por la estación de ferrocarril. Las vías corren paralelas a una serie de casas que dan a un carguero en espera de la orden de salida en el patio. Se bajan cuatro agentes en un extremo y dos más llevan la camioneta al otro. Son ocho góndolas vacías a las que han trepado veinte ilegales. La presencia de los agentes acarrea una cadena de chiflidos desde las casas. Los ilegales se descuelgan de las góndolas y se dispersan como hormigas bajo pie de infante. Los agentes corren tras ellos en medio de las mentadas de un público habituado a la escena y que toma partido por los extranjeros.

Algunos logran escapar. Los detenidos muestran el rostro común de la resignación.

Sigue el operativo. A las 11:10 dos salvadoreños son sorprendidos a las puertas del panteón. No oponen resistencia. Los cachean. Cantan el himno para probar su nacionalidad. “Saludemos a la patria…”, arrancan muy solemnes…

– Qué bueno -dice uno, que confiesa haber sido detenido otras siete veces-. Una vacación, ya no aguantaba los pies.

Y cuenta que tiene más de un mes en el camino. Trabajó en el mango en Mapastepec, ahorró para hablar por teléfono a su hermano en Los Angeles. El lunes pasado tenía que llegarle un cheque de 500 dólares por Western Unión a nombre de su patrón, el ranchero Salomón Vázquez. Nunca llegó, le dijeron. Los agentes le prometen investigar la suerte de su dinero.

A las 12:30 seguimos en la ruta de la pobreza. Carretera Tonalá-Pijijiapán. Dos hombres descansan a la orilla del camino, recostados en un árbol. Reconocen a la camioneta cuando se detiene. Uno no hace nada, tiene fiebre y un cansancio tan pesado como el dolor de cabeza que lo mata. El otro brinca con el resorte del miedo, brinca la cerca de alambre perseguido por cuatro agentes. Claro que no anda en burro y a los cinco minutos los policías regresan derrotados. Retengo de la acción el rostro negroide del fugado, los dientes blanquísimos, apretados con todo el peso de su angustia.

Media hora después, en la estación La Polka, a veinte minutos de la carretera y a cinco del mar, un aguacero aguarda al tren pollero. Un piquete de soldados cruza el pueblo en un camión de redilas. Le llaman la guardia rural y los campesinos los miran con un temor que no reconoce fronteras en Centroamérica. Pasan indiferentes al aguacero. En un tendajón el radio ameniza la espera. “Como duende yo sigo tus pasos…”, canta alguno, y los agentes sonríen. El tren trajo Sólo siete pollos. Agentes y ferrocarrileros se miran despectivos. Según unos, el precio por viajar en la máquina es de cien mil pesos por llevar al ilegal más allá de Arriaga. El viaje en góndola, según el pollo, de 20 mil a 50 mil. El ilegal avispado sabe que el ferrocarrilero lo dejará morir por salvar a los de la máquina. Detiene el carguero ante el acoso de los agentes de Migración, cuando se van sobre góndolas y furgones el maquinista desengancha la máquina y desaparece.

– Están amafiados -afirma el delegado de Migración en Arriaga, Xavier del Moral, un doctor de profesión que disfruta su oficio de policía-. Difícilmente podemos hacer algo con ellos, tienen radio, se avisan entre sí. Nosotros no tenemos el equipo necesario, no tenemos radio, no disponemos de prismáticos, el armamento cada quien lo obtiene como puede. Y es un trabajo riesgoso, es una plaga de criminales la que persigue a los pollos. Es un cuento de nunca acabar, los detenemos, los deportamos, pero lo vuelven a intentar, y aprenden a evadirnos, y tal vez muchos pasen, aunque aquí nosotros no tengamos descanso.

MUERTOS Y ESTADÍSTICAS

El Grupo Beta es un cuerpo formado por policías de distintas corporaciones que despliega sus operativos a lo largo de las dos fronteras mexicanas. Casi se diría que trabajan clandestinos, como estos días en Tapachula, a lo largo de la línea férrea hacia Arriaga, vestidos a la manera de los pollos centroamericanos, con la 45 escondida a la espalda, a la espera de ser asaltados por cualquiera de las bandas que diezman a los mojados. Se saben distintos: varios de ellos tienen estudios superiores y su comandante sacó una maestría. Llevan una semana convertidos en carnada, y tienen éxito el domingo, cuando detienen a Ubiel Flores Nicolás en el momento de atracar a un trío de guatemaltecos en el río Cahoacán.

No es común encontrar un policía cruzado.

– Esto ya es un problema de seguridad nacional -me dirá el comandante-, y a nosotros nos toca enfrentarlo. Esta gente que va al norte viene de países bélicos, muchos guerrilleros. Y los mexicanos, a lo suyo: atracan al que se deja. Nosotros nos las vemos con asesinos, y los propios Estados Unidos han reconocido que nuestro grupo se caracteriza por el respeto de los derechos humanos. Tenemos nueve meses de trabajar en las fronteras, hemos detenido a 600 personas sin disparar una bala, sin hacer ruido. Hemos permanecido en el anonimato, a veces quisiéramos el reconocimiento público, salir en el periódico. Nosotros somos un cuerpo especial, trabajamos para la defensa del sistema, ni por asomo pienses que mis ideas puedan ser de izquierda. Soy de derecha derecha, pero formo parte de una nueva generación de policías honestos y decididos, no como esos pinches oaxacos de la policía del Distrito Federal, con ellos si soy racista.

Puedo verlo a las dos de la madrugada en la línea del tren adelante del Huixtla. Caminan los seis hombres en la negrura del aguacero tropical. Imaginan en cualquier momento las sombras afiladas por los machetes de los atracadores de pollos.

Carreteras panamericana. Minibús de Servicios Migratorios y “pollos” detenidos a la medianoche del 23 de mayo de 1991. México deportó en 1990 a 126,440 ilegales. El 30% fue expulsado en dos o más ocasiones; 58,845 (46.5%) guatemaltecos; 45,498 (36%) salvadoreños; 3,039 (2.4%) nicas; 2,500 más repartidos entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, peruanos y dominicanos. Más otros 1740 correspondientes a 65 nacionalidades más.

Regresan al amanecer sin nada. Lo intentarán la noche siguiente, hasta que caiga uno.

Los ilegales en la prensa de Tapachula durante el mes de abril de 1991:

Día 4: Asaltante de pollos en la vega del río Cahoacán detenido por la policía.

Día 5: Encuentran cadáver putrefacto de desconocido con rasgos orientales en el municipio de Suchiate.

Día 5: El PRI niega estar afiliando jornaleros guatemaltecos e ilegales que trabajan en fincas cafetaleras.

Día 5: Cheyla Chavama, nicaragüense, denuncia la desaparición de su hermano desde el día 10 de febrero, cuando ambos se internaron a México en grupos distintos a la altura de Tuxtla Chico.

Día 7: El periódico Diario del Sur denuncia que agentes de Servicios Migratorios cobran dos millones de pesos por soltar a polleros. El diario es propiedad de Rubén Guízar, un hotelero al que funcionarios de Gobernación vinculan con el tráfico de ilegales.

Día 8: Más de 17 mil guatemaltecos fueron documentados entre enero y marzo como braceros para las fincas mexicanas.

Día 9: Seis mil extranjeros fueron deportados en el mes de marzo. Once personas fueron consignadas.

Día 11: Treinta salvadoreños indocumentados abandonados por el pollero cerca de la estación de ferrocarril de Tapachula fueron detenidos por judiciales del estado.

Día 12: Grupos vinculados con la Iglesia denuncian la explotación de menores guatemaltecos que trabajan en Tapachula.

Día 13: Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño de 27 años, muere destrozado por el tren que intentaba abordar. Fue inhumado en la fosa común.

Día 13: Denuncia contra camareros del Suchiate, se les vincula con las bandas de asaltantes de indocumentados que dominan la ribera del río.

Día 15: Cae preso el pollero Romain Samayoa, conocido como uno de los principales capos del tráfico de ilegales. Dos polleros detenidos en la garita de La Ventosa “cantaron” luego de nutrida balacera con agentes de Migración. (Con un amparo del juez de distrito, Samayoa saldrá en libertad).

Día 16: La Defensa Rural detiene a un grupo de abigeos con 183 reses de procedencia guatemalteca.

Día 18: Salvadoreños asaltados a machetazos cerca del poblado Alvaro Obregón.

Día 19: Cuarenta y cuatro ilegales salvadoreños son detenidos en la garita de El Hueyate. Iban escondidos en dos camiones de redilas. Se negaron denunciar a los polleros.

Día 21: La Judicial Federal detiene en la casa de huéspedes San Jerónimo al cantante Felipe León junto con 27 ilegales. León afirma que es inocente.

Día 25: Servicios Migratorios intercepta en El Hueyate un torton platanero con 42 ilegales. El chofer cobraría cinco millones de pesos por transportarlos hasta Chalco, México.

En Tapachula me imagino en el territorio natural de la flojera. Me lo impone el ritmo de las secretarias en las oficinas públicas, frescas, rotundas en sus caderas y maternales en su “vamos a tener que esperar un poco al doctor”. ¿A quién le importa mi impaciencia? Estoy aquí, en la burocracia de la salud, infestado de calor, con medio reportaje en la libreta, rodeado de muchachas escotadas y culonas, carnosas y tropicales, morenas y huacaleras.

Pienso en todos los muertos encerrados en las estadísticas. O en la podredumbre de la fosa común, o en el sudor de los cadáveres en las planchas del anfiteatro. Todo es más rápido en esta latitud de la muerte.

SAN MARCOS, GUATEMALA

En tres horas he dejado el trópico mexicano para subir a la montana guatemalteca. A las diez de la noche San Marcos es una franja de niebla disuelta en los borbotones del alumbrado público que, a falta de sonidos en la ciudad muerta, rebota contra las tejas del caserío, contorsiona la iglesia en la plaza principal, remueve d letargo nocturno.

He remontado desde la costa la región mame, con sus 800 mil indígenas que tienen en el mam el idioma natural, el segundo grupo étnico en este país de 9 millones de habitantes, después del quiché y antes de los kakchiqueles y kekchíes.- Mi cabeza rezumba de rostros y lenguas aprisionadas en la camioneta, como aquí le llaman al autobús que hizo la última corrida del día entre Malacatán, a media hora de la frontera mexicana de Talismán, y la capital del departamento de San Marcos, el tercero en importancia por número de habitantes en Guatemala. En un atisbo de luz, a la hora en que el cobrador se las ingenia para recorrer el pasillo en el que nos apretujamos 80 guatemaltecos y un mexicano, me sorprendo hermanado con la raza camionera del mundo y extraigo ruidos, risas, olores, borracheras, bolsas de mandado, costaleras, moños, aretes, ronquidos y rostros, sobre todo palmos de bigotes, pelos lacios, lunares, mazorcas fulgurantes, bocas que bostezan, en algún apretón similar en el primer viaje de la ruta Azumiatla-Puebla, a la hora en que los albañiles indígenas se lanzan a construir la ciudad.

Jornaleros que regresan de la costa y comerciantes que suben y bajan con legumbres del altiplano y jabones y pastas de dientes mexicanas, me envuelven en ese estrépito lujurioso que sólo provoca la soledad amarillenta de una cabina con viajeros hacia la noche. Se duerme, se ronca, se mastica, se suda en medio del rumor húmedo y la carcajada la que alumbra de cuando en cuando la negrura del camino.

– Esta es zona de conflicto -me informa un profesor que soporta de pie como yo la ruta entera, con la certeza de la cadera de una mujer mame encajada en el abdomen-. No verá ejército por aquí, no subirán soldados a revisar documentos como allá en la costa. Aquí golpean sobre seguro donde ya saben que hay guerrilla.

Porque aquí la guerrilla es un asunto natural, como la niebla.

En la cuesta hacia San Marcos atravesamos la principal zona productora de café, cultivo que se lleva el 42 por ciento de las exportaciones guatemaltecas. Fincas innumerables que revelan la inexistencia de una reforma agraria: en 1950, el 2.2 por ciento de los propietarios poseía el 70 por ciento de la tierra cultivable. En 1954, un golpe de Estado promovido por Estados Unidos a favor de la bananera United Fruit termina el incipiente reparto de tierra realizado por el presidente Jacobo Arbenz a partir de 1952. La situación hoy en San Marcos y en el resto de Guatemala es similar a la de 1950, y peor: entre minifundistas y campesinos sin tierra se alcanza alrededor del 70 por ciento de la población que vive de las labores agrícolas, centenares de miles de jornaleros acasillados a las fincas con salarios equivalentes a cinco o seis mil pesos mexicanos. Jornaleros que mejor viajan a las fincas del Soconusco en Chiapas, donde los finqueros alcanzan a pagar los ocho mil pesos. Tan sólo entre enero y abril de este año 23 mil guatemaltecos han cruzado la frontera bajo contratos.

– La guerrilla está fuerte aunque el ejército lo niegue -me ha dicho un jornalero en Tecún Umán-, quema la finca de aquel que pague abajo de lo mandado por el propio gobierno.

Más tarde, aquí en San Marcos, en la cocina de una casa ganada por la cruzada evangelista -que prácticamente ha desmantelado la fuerza católica en los pueblos serranos-, un muchacho narrará su propia tragedia. Pedro, nieto de alemanes, vio morir a su padre en un ataque de la guerrilla a la finca cafetalera a su cargo, en 1981. Meses antes su hermano había aparecido muerto en un cantón de San Marcos, asesinado por el ejercito, identificado como colaborador de las fuerzas guerrilleras de ORPA.

Mi amigo es una prueba del desquiciamiento social que sufre Guatemala:

– Mira -dirá en una recámara que una vez a la semana se convierte en pequeña capilla para los cristianos conversos del barrio, adornada con el fresco de la cascada de “agua vivan-, Guatemala lo que necesita es la fuerza, la disciplina de Efraín Ríos Montt. El impuso el orden en 1982, entonces podías caminar por la calle sin temor a la muerte. El mató a quien tenía que matar, al que la debía. Si hubieran dejado que fuera candidato a la presidencia el año pasado, hubiera ganado con el 90 por ciento de los votos.

El padre muerto por la guerrilla. El hermano muerto por los soldados. Mi amigo se agarra de la figura furibunda del “nuevamente nacido para la luz de la vida”, el coronel cristiano Ríos Montt que dirigió la política de tierra arrasada a partir de 1982, el -que militarizó a la fuerza con las patrullas civiles a más de 500 comunidades mames y quichés, ixiles y kekchíes -que originó el inmenso desplazamiento indígena en el altiplano, con decenas de miles de refugiados en México y en su propio país-, el hombre cuyo gobierno mereció que la propia iglesia católica guatemalteca denunciara el genocidio cometido por d ejército contra los pueblos indígenas.

En la vida real cada quien marca sus héroes y sus demonios. No entiendo gran cosa. Pero mi amigo es un joven alegre que me lleva a la medianoche a recorrer las calles desiertas de San Marcos.

La niebla trae fantasmas y ruidos de la guerra. Pedro silba ausente.

La agenda del Tratado

por Alejandro Montoya

Esta entrevista apareció en la revista Economía informa. núm. 196. Julio de 1991 

¿Cuál es tu apreciación sobre la agenda de negociaciones del Tratado de libre Comercio, ahora que se han iniciado formalmente?

Me parece que lo que se abre no es ya la posibilidad, sino la necesidad imperiosa de una apertura adicional, la apertura de México respecto de si mismo. Lo que se abre es un conocimiento que tiene que ser urgente, una especie de curso intensivo sobre nuestras capacidades reales para competir en el exterior y con el exterior, es decir, para exportar y asimilar la influencia extranjera, y para compartir con ella mercados y desarrollos tecnológicos.

Desafortunadamente en eso estamos todavía con asignaturas pendientes muy abultadas; parece cierto que los sectores económicos hicieron su investigación, su autoevaluación, pero no la conocemos, y hay dudas de que haya habido un comportamiento homogéneo en esta materia. Incluso, algunos importantes capitanes de empresa han dicho que en un alto porcentaje no se pasó del nivel monográfico, y que no hay un aliento y una visión estratégica de largo plazo. Sin ésta, difícilmente se puede decir que vamos a aprovechar las oportunidades hipotéticas que un mayor mercado, y sobre todo un mercado más seguro como es lo que en principio ofrece un tratado de libre comercio, nos está abriendo.

Si no hay una visión de largo plazo en la empresa, en los organismos dirigentes de la misma y en el gobierno, entonces vamos a llegar a cabo una negociación demasiado puntual, quizá demasiado inmediatista, que así como puede traernos ganancias que haya que celebrar, traiga también ocultas -no en el sentido de que haya quien las oculte, sino que no las veamos- perspectivas ominosas.

En ese sentido, ¿qué sería lo deseable? ¿Conocer esos diagnósticos de los empresarios?

Lo deseable sería que esos diagnósticos se procesen, que los sectores económicos, el gobierno y los órganos representativos- particularmente el Congreso de la Unión- se aboquen a organizar la negociación con esta perspectiva, con una perspectiva de largo plazo, lo que supone, me parece, una deliberación muy amplia, pero también muy rigurosa; porque hasta ahora lo que ha habido son demandas de información y de amplitud, pero la verdad es que esas demandas generalmente van acompañadas de muy poco rigor y se pide información de una manera muy ingenua, que es difícilmente creíble porque quienes la piden son políticos, economistas, opositores, que se supone deben hacer su tarea. El país debe hacer su tarea. Debemos suponer que la ha hecho en parte, porque está hecho ese estudio, porque hay grupos de investigación que han hecho ciertas proyecciones y estimaciones globales y sectoriales, pero la verdad es que se trata todavía de un conocimiento que no se comparte que no se ha asumido como un conocimiento nacional que fuera el punto de partida de una tarea unificada, como es la que creo se requiere y que se puede propiciar a partir de la idea de libre comercio.

Bien, pero ha sido responsabilidad de este organismo creado ad hoc, la COECE, y de la oficina de negociación del Tratado el concentrar la capacidad analítica de los sectores económicos. ¿Qué esperar de eso? ¿Es suficiente?

Se supone que para eso se formaron diversas instancias: hay una comisión intersecretarial, hay una jefatura de negociaciones, hay un comité asesor del gobierno y existe la COECE. No soy experto y no puedo decir si es suficiente, pero partamos de la hipótesis de que lo es. Tenemos que saber si ese conocimiento que ha producido es o no suficiente. Claro, hay que conocerlo y pasar a otro plano de deliberación y discusión que ya no siga siendo eso de que no estamos informados, o de que no sabemos qué nos va a pasar -como si fuéramos niños-; sí sabemos, cualquier gente medianamente estudiosa sabe en principio lo que puede pasar en una aventura de esta naturaleza.

Lo que tenemos que precisar es cuales son nuestras capacidades actuales y de ahí derivar conclusiones en materia de programas específicos, fomento especifico, planes de emergencia, etcétera. El caso más claro es el de la agricultura. Sobre ella se tejen mil y un mitos y fantasmas; se dice que la agricultura quedará devastada si se abre, pero nadie sustenta eso realmente con rigor, y más bien las cifras indican que estamos en una perspectiva más bien de pérdidas y ganancias relativamente distribuidas, que puede haber una complementación.

El gran problema, me parece, es el de la pobreza de los productores rurales, y más bien el de la pobreza de los habitantes del medio rural, pues muchos de ellos no son productores. Creo que tendríamos que abordar la cuestión de esa manera: ir separando con claridad dónde estamos hablando de capacidades productivas, de potencialidades productivas, de capacidad de competencia, y dónde estamos hablando de un problema social de grandes magnitudes. Y no confundir una cosa con la otra, porque entonces la discusión se va a entorpecer mucho; va a reaparecer una legión de redentores del campesinado genéricos y no específicos que, creo, es lo que se requiere.

Si los campesinos son ante todo productores de granos básicos, maíz principalmente, es preocupante, sin embargo, la opinión incluso de analistas norteamericanos de que México no tiene ventaja competitiva al respecto; la tiene en cuanto a una red extensa de comercialización que ha estado más bien en manos institucionales, con Conasupo, etc., difícilmente sustituible. Pero si es un sector delicado, ¿qué esperar de la negociación al respecto?

Espero que, sobre todo en cuanto a maíz, por sus complejidades más sociales que productivas, México planteará un tratamiento especial que implique periodos largos de ajuste de la producción de maíz. Me parece que esto es claro y ojalá que sea así. Esto nos plantea un problema adicional: que sí tenemos que entrar a pensar seriamente el ajuste de la producción de maíz, una política específica y decisiones claras de largo plazo. No confundir a los productores deficitarios de maíz con aquellos que producen sólo para autoconsumo (a los que ni les va ni les viene el libre comercio, porque el maicero de Iowa no va a llegar Ahí, ni le interesa; ellos no serían dañados, entonces no hagamos demagogia con ellos. Ahí el problema es otro, es el que tiene que ver con su nivel de vida). No confundir a estos con los productores superavitarios de maíz, los que venden en el mercado, y que en cierta parte se verían afectados por una apertura drástica.

Siguiendo la referencia a los sectores, parece que lo crucial en la negociación nene que ver con aquello que implicará restructuraciones productivas, tecnológicas; esto es, la negociación en cuanto a reglas de origen, tratamiento nacional, barreras no arancelarias, etcétera; con ella se está definiendo el perfil futuro del aparato productivo del país. ¿Qué opinas al respecto?

Para la negociación eso implica tener una idea clara de qué tipo de perfil industrial se busca, a partir, sin embargo, de un contexto de enormes dificultades que es precisamente el del libre comercio. Tenemos ahí un desafío: vincular y tratar de hacer coherente la noción de política industrial como algo que es necesario para desarrollar productos, sectores e incluso regiones, con la perspectiva de un comercio internacional cada vez más abierto e integrado a las corrientes mundiales. No tengo la solución, lo que sí me parece claro es que hay que poner los pies en la tierra en algunas cuestiones básicas: desde luego, ciencia y tecnología; averiguar cuál es realmente nuestra capacidad de asimilación e innovación tecnológica y, a partir de ahí, quizá definir unos cuantos sectores o tipos de actividad; debemos hacer explícito que los queremos tener y que, consecuentemente, los vamos a impulsar y apoyar.

Esto supone, entre otras cosas, ver con toda claridad que el problema de las reglas de origen no puede ser definido en forma genérica, sino que tiene que ser definido prácticamente, negociando caso por caso y en función de las expectativas que nosotros y cada país tenga.

¿No resulta insuficiente lo que se ha hecho y dejado de hacer en materia de política industrial; aquello en lo que ha insistido José Casar, en términos de que lo realizado en la materia es más la derivación de lo que se hace en comercio exterior, que a partir de un activismo en materia de financiamiento, fomento, etcétera?

Estamos viviendo dos “crudas” que se engarzan: la “cruda” del activismo desbordado y la del dogmatismo antiactivista tan concentrado que se dio en el gobierno anterior. Volver a pensar, y sobre todo pensar en nuevas maneras de intervención directa gubernamental no ha sido fácil; por más que uno diga que se puede innovar en materia institucional, ahí se quedan las propuestas. Cuando uno ve las propuestas de quienes insisten en la intervención directa del Estado lo que encuentra Siempre es una intervención como la que ya conocemos. Me parece que habría que reeditar y retomar el tema de la banca de desarrollo; por la vía de Nafinsa, por ejemplo, se puede llevar a cabo una política industrial de corte distinto, que no implique proteccionismo y que logre separar proteccionismo de fomento. Darle una nueva connotación a esta idea de fomento, que en nuestro caso Siempre estuvo muy vinculado al proteccionismo -hasta casi hacerlo lo mismo.

Si logramos encontrar nuevas maneras de fomento -lo que tiene implicaciones institucionales múltiples-, me parece que encontraremos una veta interesante para desarrollar una política industrial que no traiga escondida la petición de principio de que “en d momento en que no nos salga protegemos o hacemos que el Estado intervengan; esa era la petición de principio de la anterior política: “bueno, si falla, levantamos la frontera y metemos controles directos a la importación y el Estado apoya”. Eso no es congruente con la nueva situación internacional y particularmente con la estrategia en la que México está embarcado.

La idea de fomento tiene que pensarse de otra manera, creo que en general el crédito y el sistema financiero. Nafinsa (que vaya que soporta, porque ha soportado vendavales impresionantes) podría convertirse en punto de apoyo para una nueva noción de política industrial, por llamarle de alguna manera, aunque quisiera ser cauteloso al respecto, pues todavía tenemos que hacer muchas precisiones en la materia.

El exceso quizá se ha dado más en ¿esa política industrial que se convertía, se fundía en una política comercial proteccionista; pero ha sido insuficiente en materia de fomento, por ejemplo, en bienes de capital.

Se ha sido totalmente insuficiente en cuanto a fomento, pero precisamente porque se confundió con el proteccionismo y con el paternalismo estatal. Ahora tiene que pensarse el fomento de otra manera, dadas las condiciones de apertura; planes como aquel de Nafinsa ONUDI tendrían que ser revisados sustancialmente, pues partían de un supuesto proteccionista.

Pero me parece que, por ejemplo, aprovechar la capacidad de compra del Estado y ponerla en litigio con los otros Estados para fines de desarrollo de cierto tipo de industrias de bienes de capital, no debe desecharse; si eso se desecha estaríamos regalándolo, pues incluso Estados Unidos tiene previsiones en esta materia y hay incluso leyes estatales en ese país que promueven y estimulan la compra de productos texanos, californianos, de Luisiana, etcétera. Hay que estudiar bien esos mecanismos y por lo menos no quedarnos atrás de ellos. Me parece que hay mucho campo que explorar en materia de política industrial, repito, si perfilamos más claramente la noción de fomento.

Lo que sí está muy claro es que no hay fomento que opere, que tenga sentido, si no hay una base de fuerza de trabajo educada, capacitada, de todos los niveles que en nuestro tiempo implica sobre todo una enorme flexibilidad y capacidad de adaptación, de trabajo colectivo, esa es una cuestión; y lo otro es la infraestructura, particularmente en comunicaciones. Sin eso el fomento pierde sentido.

¿Que implicaciones tiene esto que refieres a propósito de la capacitación laboral, en cuanto a las maquiladoras y al sindicalismo con que hoy contamos? Se discute el grado de capacitación mínimo que resulta del trabajo en las maquiladoras.

Habría que ver maquiladora por maquiladora; como lo prueba el hecho de que muchos trabajadores van a la maquila y dan el salto para luego trabajar en empresas parecidas, o incluso de nivel tecnológico más sofisticado, si hay una capacitación. Es exagerado -de nuevo por un tratamiento demasiado genérico de la maquilla- referir los no efectos en materia de capacitación, pero creo que se puede avanzar mucho y eso si dependerá de políticas específicas, de negociaciones concretas en esta materia. Y no sólo con la maquiladora sino con toda la inversión extranjera; creo que es fundamental plantearse como propósito que la inversión extranjera capacite gente, les permita entender, ser capaces de producir, de innovar los procesos en los cuales están involucrados.

Con respecto a los sindicatos, poco puedo decirte. Son un cascarón lamentable, no se han planteado en serio el nuevo entorno económico -con algunas excepciones: Hernández Juárez, los pilotos aviadores, qué sé yo, quizás algunas vertientes del Frente Auténtico del Trabajo-, pero han pensado en nuevas maneras de organizar el trabajo productivo.

La flexibilidad supone que no puede haber estas enormes cargas explícitas en los contratos de trabajo que impiden reorganizaciones mas o menos rápidas del proceso productivo y del trabajo dentro de él. Me parece que eso es ya insoslayable e ineluctable; si no se asume así la flexibilidad entonces no hay flexibilidad que valga. Allí hay una agenda prácticamente no caminada para el movimiento obrero; lo que sería, sin embargo, el colmo del pesimismo es que el primer punto en la agenda del llamado movimiento obrero organizado es organizarse, como lo dijo recientemente Francisco Hernández Juárez: no sabe ese movimiento cuánta gente está organizada, ni cuántos sindicatos son realmente sindicatos que funcionan. Por ahí debemos empezar.

La lógica corporativa ha sido en buena medida una ilusión, lo que ha habido es una lógica gremialista de múltiples y pequeños sindicatos, organizados en torno a cacicazgos y junto a ellos unos cuantos grandes sindicatos vinculados a empresas estatales y se acabó. No hay, o no operan como tales, sindicatos nacionales de industria. Ahí hay un serio problema de representación social, de representatividad y de capacidad de elaboración.

Y eso si es lamentable, no sólo para los trabajadores sino para el país, porque eso es una bomba de tiempo, así como esto puede seguir gracias a las virtudes del mercado porque creo que eso es lo que ha operado más que la capacidad de Fidel Velázquez para domesticar a sus huestes; lo que ha operado son unas huestes desorganizadas que negocian con sus patrones, y de las circunstancias depende lo que pierdan o ganen. Y eso es un mundo premoderno, el mundo del trabajo mexicano. Eso puede dar lugar, en efecto, a una fácil administración salarial como la que hemos tenido hasta la fecha, consistente con los planes de estabilización y, desde luego, con las ganancias del capital. Pero también podemos tener un escenario de sindicalización salvaje, de guerra sindical empresa por empresa, tipo inglés, que impida que el movimiento obrero organizado funcione como una fuerza modernizadora y democratizadora de la sociedad.

Me parece que estamos ante esas dos perspectivas; eso parece tierra de nadie. Y eso va a tener que abordarse pronto, porque el debate en torno al Artículo 123 constitucional y en torno a la Ley Federal del Trabajo es un debate que debate se quedó escondido en un rincón, pero el hecho es que hay propuestas, presiones, exigencias del lado patronal que permiten pensar que pronto estará en el centro de la polémica.

¿Y el pacto para la productividad?

Una cosa tan importante como el pacto para la productividad queda deslavado, sumido en la ignorancia y el anonimato, cuando uno esperaría que eso fuera uno de los grandes nudos que organizaran la discusión social y política de México, precisamente en este momento.

¿Pero no será que lo que perviva de una lógica corporativa sea un obstáculo? Según tu parecer, ha sido más el mercado que el control sobre los sindicatos lo que ha influido en los salarios, ¿por qué esta afirmación?

Porque los sindicatos son muy débiles; porque a final de cuentas tienen a una porción relativamente pequeña de la población trabajadora organizada. Porque de lo que se trata es de tener bien regimentados los grandes sindicatos, y hasta fecha muy reciente a los grandes sindicatos públicos; entre otras cosas, por razones de determinación general del salario y, sobre todo, de finanzas públicas. Pero lo que hay es un universo del traba que está presente, ahí están los trabajadores con sus problemas y eso, aunque sea de una manera muy glaciar, está siendo un factor muy importante en la vida social de México.

Sin embargo, viene operando ya un proceso de diferenciación salarial.

Sí, está claro que el salario medio está creciendo en los últimos años; el salario manufacturero, en particular, está creciendo aún más y el salario mínimo es más bien ya una referencia.

Recientemente la ST y PS ha afirmado que el 22% de la PEA percibe el salario mínimo.

Quizás en los servicios más que en la industria, pero eso es algo que no conozco, es parte de ese desconocimiento del que hablamos antes. Nosotros decimos, quién sabe cuántos millones de mexicanos ganan igual o menos que el salario mínimo, bueno, perciben ingresos iguales o menores, pero no ganan el mínimo. Yo creo que el régimen del salario mínimo está totalmente distorsionado, desmadejado.

Hacia adelante parece que seguirá operando la diferenciación; la negociación del Tratado de Libre Comercio implica una diferenciación, una puntualidad desagregada de cada aspecto. que obligadamente va a diferenciar; los resultados serán, en consecuencia, diferenciales.

Claro. En todo caso, a lo que eso nos lleva es a otro tema también poco explorado, supuestamente porque lo conocíamos todos: la política social. Si no es posible, si es absurdo oponerse a una diferenciación en el terreno propiamente económico y productivo, entonces hay que diseñar una política social que iguale por la base, que realmente abra una época de igualdad de oportunidades, asegurando mínimos definidos socialmente. En eso estamos en pañales, entre otras cosas porque ahí se demuestra el insuficiente papel corporativo de los sindicatos, su increíble vocación gremialista, enfeudadora y, desde luego, un gobierno sujeto durante décadas a criterios de corto plazo.

No hay un planteamiento sindical importante en materia de universalización de la seguridad social, más bien lo que ha habido Siempre es la tentación de cada quien a hacer su seguridad social o, en el colmo de la desnaturalización, convertir a Infonavit en una especie de foro de intercambio de protección y de ganancias, donde se han dado contratos a compañías extrañamente asociadas con dirigencias sindicales, repartos realmente injustificados.

Para terminar, ¿qué esperar de las instituciones académicas frente a las negociaciones del Tratado de Libre Comercio?

Diría que no de frente a esas negociaciones, sino de frente a la transición del país, de aprendizaje del modelo de desarrollo. Las instituciones académicas deberían tener un papel esclarecedor y perfilador de perspectivas de más largo plazo. Pero, para ello, sobre todo las instituciones de ciencias sociales tienen que desembarazarse de tanta basura ideológica y de un comportamiento que en buena medida ha sido demagógico, aferrándose al pasado con el pretexto de que hay que conocer la historia para no equivocarse dos veces. En efecto, un país que no tiene memoria está condenado a equivocarse una y otra vez, pero un país que se aferra al pasado está condenado a someterse a inercias terribles en materia intelectual, política y económica.

Creo que las instituciones académicas no están colaborando a un esclarecimiento intelectual, sino a que las inercias se acendren, se aferren a los reflejos políticos e intelectuales del país; eso es muy lamentable sobre todo en materia de ciencias sociales.

¿En concreto, qué podría esperarse de ellas? ¿Qué del gobierno?

Que den un salto, que asuman el rigor que debe tener la ciencia social a pesar de sus dificultades. La academia pública sigue muy de cara al pasado; asumiendo la crisis de las ciencias sociales pero, al mismo tiempo, planteando la vigencia inconmovible de nociones como la de “revolución”, aceptando que el socialismo real se desmoronó, pero al mismo tiempo diciendo que el socialismo vive. Eso es retórica sin contenido. No se está aceptando el cambio del mundo, que es lo que nos enseñó Marx: que el mundo cambia, y que el punto de partida es el cambio del mundo, si no, no se entiende nada.

Respecto al gobierno, en la medida que la crítica sea tan pedestre, los gobernantes, que son todos gente que presume de sus timbres académicos, se afirman en su idea de que son los únicos que saben; está mal que se afirmen en esa idea, pero también hay que aceptar que ta critica pedestre contribuye a confirmarlos en esa idea. Estamos en una especie de círculo vicioso, que debemos romper, que podemos romper con una crítica más rigurosa y ambiciosa que la que hasta ahora se ha hecho: produciendo conocimiento.

Anfetaminas y un amor perdido

Méndez se aproximó a los labios la taza de café con un escozor de piedras vivas en la punta de los dedos y se quemó la lengua al constatar la temperatura real del brebaje. Café como atole; así le gustaba, cargado.

– Soy un muerto que necesita resucitar un poco -le dijo hace meses a la última mujer antes de acabar por completo insoportable. Ella, que de todo sabia un poco pero de él bastante, le echó un vistazo incrédulo antes de propinarle tal recordatorio:

– Cuando te conocí decías exactamente lo contrario, “soy un vivo que necesita morir tantito”, y que fumabas y tomabas café para desvivirte.

Méndez no le hizo caso a causa de su sordera, no propiamente física sino de índole moral, o si se quiere, metafísica. No escuchaba con atención a nadie, nunca, a menos que estuviera aburrido, cosa que le sucedía muy de cuando en cuando. Pero bueno, si nos ponemos a enumerar sus defectos no acabamos nunca, y la intención de este crucero es terminar lo antes posible.

– Anfetaminas en ayunas -le recomendó Ortega una vez indigna de mención cuando desayunaban en las inmediaciones del Partido Revolucionario Institucional, allá por Insurgentes Norte, en un Vips que conoció mejores grillas, y no de Méndez, sino del propio ortega en sus tiempos de diputado mayo- ritario, hace no tanto, pero ya ves que a Méndez los sexenios le resultan misterios demasiado graves como para descifrarlos antes del término natural consagrado por la Carta Magna.

– ¿Lo aprendiste de Echeverría? -preguntó a Ortega con ganas de molestar.

– Don Luis nunca usó esas cosas; eran rumores de la reacción para quemarlo.

– Se quemaba solo -porfió Méndez.

Ortega lo perdonó en silencio con ojos de falso sabio, ah como recordaba Méndez ahora esa mirada teatral de Ortega, el buen Ortega, congelado desde entonces hasta el 91, cuando los colosianos se acordaron de él y te ofrecieron una suplencia segurita en el D.F. Para variar, Méndez no te hizo caso.

– Si entraras al Partido tu vida sería distinta -dijo también Ortega en esa época-, conocerías la política por dentro y estarías en condiciones de volverte alguien.

Al fin pudo sorber un buen trago de café, reconfortado Méndez, ay Orteguita, tan lejos de hacerla y tan cerca del lambisconeo ahora como entonces si no es que más, con todo y anfetaminas, cocaína, cafiaspirinas Coca Cola y trago. A Méndez no le gustó nunca la política para si mismo, le bastaba el espectáculo de sus amigos, ambiciosos y según ellos cultos, como el propio Ortega, o Críspulo Gallegos, hoy secretario particular de un gobernador y aspirante a, en las áridas praderas de América del Norte, como diría Chava Flores, en pleno territorio bárbaro de carne asada y tortillas de harían (Vasconcelos dixit).

Su última mujer, que como Méndez se mantiene antipriísta pero que como Méndez había cambiado al paso de los años hasta volverse, ambos, mutuamente imposibles, le dijo cuando ella era una potranca irresistible:

– Fumas y cafeteas porque no has superado la etapa oral, extraño la chichi de tu madre.

– Chance, Caballita, pero al menos estoy a salvo de la etapa anal de Ortega y Gallegos. Además, no extraño chichi alguna mientras te tenga cerca.

El café solitario de esta mañana le trajo, ocio mediante, diversos recuerdos asistemáticos e innecesarios. Encendió el primer cigarro y el radio en el 97.7 del cuadrante, y contrajo una verborragia noticiosa que él, sordo voluntario, desoyó de cabo a rabo dotándola a lo más de cierta condición de ruido humano, demasiado humano.

– Qué malo era el café de Vips -confirmó mentalmente Méndez mientras pensaba en Ortega, en Gallegos, en el PRI, en las anfetaminas que nunca probó y en la muy joven Caballita. Pensó en los billetes de rasca-huele ayer comprados y no rascados porque alguien lo interrumpió cuando se disponía.

-Ráscale a tu muerte -remedó como si estuviera acompañado y se figuro las coronarias del panzón Ortega como un crucigrama taponado a medias e imaginó las neuronas de Gallegos, cada día menos conectadas entre si y en línea directa con los caprichos incoloros de su gobernador y jefe. Reconoció que no entendía nada del mundo, la política, el amor cotidiano ni las anfetaminas. Con trabajos entendía el escozor de su lengua escaldada. Tal vez cuando bebiera su atolito de café hasta las heces terminaría por ingresar al reino de los vivos y entendería algo. Restregó contra el cenicero su cigarro, echó un cometa de humo y admiró sus evoluciones en el aire, los ojos quietos y la mente en blanco, ojalá borrando el tiempo. Aunque no quería, ora si ya estaba despierto o casi.

El nuevo espacio económico europeo

Gerardo Bracho. Economista, cursó el doctorado en historia en Oxford. Carlos Tello Macías, miembro del consejo editorial de nexos, actualmente embajador de México en la URSS. Este texto fue leído en Bonn, Alemania, d 19 de abril de 1991 con motivo de la reunión de embajadores mexicanos acreditados en Europa.

Los revolucionarios sucesos de 1989 en Europa del Este precipitaron el fin de la posguerra y abrieron las puertas a una nueva época. Es difícil predecir los rasgos que la caracterizarán: estos años y aun los próximos meses serán decisivos. De los muchos saldos que dejaron esos sucesos, uno cobra creciente actualidad: la forma y los obstáculos que enfrentan las economías de los antiguos países socialistas para reinsertarse en el mercado mundial y, en especial, en el espacio económico europeo. Estos países, sin excepción, han manifestado su voluntad de transitar hacia economías que crecientemente se normen por las reglas del mercado y de lograr una reinserción en la economía mundial sobre nuevas bases. Ambos propósitos enfrentan multitud de problemas. Como se ha hecho evidente en los últimos meses, no hay recetas sin dolor. Una crisis económica, más o menos severa, es inevitable. Dichos problemas varían naturalmente de un país a país. En lo que se refiere al objetivo de transformar sus economías internas, éstos pueden dividirse en dos grupos: uno formado por Polonia, Checoslovaquia y Hungría y, el otro, por la URSS, Bulgaria y Rumania (dejando de lado a Albania y a Yugoslavia que no se cobijaban bajo el paraguas soviético). Al primer grupo lo unifica su voluntad de romper radicalmente con su pasado comunista y de transitar, lo más rápidamente posible, al establecimiento de un sistema democrático y de una plena economía de mercado. En estos países la derrota de sus partidos comunistas a manos de partidos libelales y de derecha fue contundente. Aquí, la reforma política puede considerarse prácticamente acabada, aunque el proceso de transformación económica, a pesar del apoyo que se ha recibido de Occidente, no ha dejado de ser traumático y está lejos de haber concluido. Si este proceso no arroja resultados favorables, visibles y tangibles para la población, puede incluso repercutir negativamente en el terreno político.

El segundo grupo busca, en contraste, una transición más gradual y un rompimiento menos radical con el pasado. En estos países, miembros de los antiguos grupos dirigentes siguen en el poder. En Rumania y Bulgaria, éstos sobrevivieron la prueba de las elecciones. Aunque la dirigencia de la URSS no ha sido expuesta al voto universal, es probable que el PCUS también lograra resultados favorables. La estrategia gradualista, respaldada por una población más conservadora, refleja en parte los intereses de los grupos dominantes en mantener sus privilegios, pero en parte también sinceros deseos de construir un “socialismo renovado”. Con todo, la desestabilización económica desatada por el proceso de reformas en estos países no ha sido menos traumática.

No se pretende analizar estos dos procesos de transición al mercado, ni los resultados que han obtenido hasta ahora. Sólo se mencionan con el propósito de subrayar que han estado asociados a distintas estrategias de inserción en la economía mundial y, en especial, en la de Europa Occidental. Consecuentes con su mayor confianza en la capacidad regeneradora del mercado, Polonia, Hungría y, en mena medida, Checoslovaquia han optado por la rápida construcción de economías abiertas: con monedas convertibles, amplias facilidades al capital externo y bajas tarifas arancelarias. En contraste, los países del segundo grupo avanzan con cautela en ese terreno y mantienen, en lo esencial, las economías cerradas de su pasado comunista.

Es importante tener presente, sin embargo, que estos pares de estrategias (transición rápida al mercado/economía abierta versus transición a ritmos moderados/economía semicerrada) no están necesariamente interconectados. Independientemente de la vía de transformación interna que se siga, la rearticulación de estas economías en el mercado mundial y en el espacio europeo occidental está plagada de problemas. La experiencia reciente sugiere que los países de Europa del Este deberán seguir una política de cautela con relación al sector externo, y mostrar mayor escepticismo sobre la capacidad y voluntad de Occidente en su contribución a la solución de los problemas.

En primer lugar, la reinserción de estos países topa con una aguda competencia en un mercado mundial que está en pleno proceso de restructuración. Decenas de naciones en vías de desarrollo abandonan las prácticas intervencionistas y proteccionistas que cobijaron su crecimiento industrial de las últimas décadas y, abriendo sus economías, buscan un reacomodo y una mayor participación en el mercado mundial. También los países ex socialistas luchan por atraer capitales y ganar mercados. No hay nada que asegure que todos lo lograrán. En esta lucha también habrá perdedores.

En segundo lugar, estos últimos países están particularmente mal preparados para tales tareas. Si en la secuela de las revoluciones de 1989 se aseguraba que las reinserciones exitosas en el mercado mundial de América Latina, y del Tercer Mundo en general, se pondrían en entredicho por la súbita aparición de Europa del Este en el escenario actual, al parecer dicho temor ha sido exagerado. Aunque las antiguas economías socialistas cuentan con una fuerza de trabajo que goza de comparativamente altos niveles de educación y de bienestar, las inercias, los vicios y las distorsiones generadas por el sistema en el que se desenvolvieron durante décadas contrarrestan y aun socavan estas ventajas.

Las economías planificadas, si bien resultaron útiles en la tarea de lograr una industrialización acelerada basada en la producción de bienes de capital, se mostraron notoriamente ineficientes en la producción de bienes de consumo de calidad y en la constante renovación y modernización de los procesos de trabajo. En ausencia del impulso provocado por las fuerzas compulsivas del mercado (generadas por otros productores y por los consumidores), las economías socialistas se empantanaron una vez que se agotó la fase de “crecimiento extensivo”. El paso a un “crecimiento intensivo”, basado en la producción de bienes de consumo y en el incremento constante de la productividad del trabajo (y no en la mera adición de capital y fuerza de trabajo), nunca se logró del todo, a pesar de los repetidos intentos que hicieron para lograrlo prácticamente todos los países del bloque socialista. Final mente, se ha comprendido que para ello se requiere de un cambio radical o, por lo menos, de reformas sustanciales. La incapacidad de generar círculos virtuosos basados en el incremento constante de la productividad del trabajo, produjo economías relativamente ineficientes, inflexibles, derrochadoras y con limitada capacidad creativa y, por todo ello, incapaces de competir en un exigente mercado mundial.

A los obstáculos para lograr competitividad internacional generados por la falta de mercado, se aúnan otros productos del modelo económico construido en los países socialistas. Este adquirió sus rasgos esenciales durante la época de Stalin y, posteriormente, se reprodujo con bastante fidelidad en los demás países socialistas. En términos generales consistió en privilegiar la producción de bienes de capital, realizar una masiva transferencia de recursos del campo a la industria y, por la vía de mantener economías prácticamente cerradas, buscar un alto grado de autosuficiencia. Este modelo, si bien logró impulsar la industrialización y proteger a estas economías de los vaivenes del mercado mundial, introdujo un marcado sesgo en contra de su capacidad exportadora. Por un lado, la política de descuidar y aun de descapitalizar al campo afectó drásticamente al tradicional sector exportador de estos países. Por el otro, la política de autosuficiencia que buscaba reducir la dependencia de importaciones, al militar en contra de la especialización basada en ventajas comparadas, afectó de paso su capacidad exportadora.

En suma, por su relativa improductividad como por su modelo de desarrollo “antiagrario” y “autosuficientista”, las economías socialistas contaban con trabas estructurales que las hicieron incompatibles con una plena participación en la economía mundial. Así, no podían subsistir más que como economías semi-cerradas, que mantenían siempre volúmenes marginales de transacciones comerciales con el mundo capitalista. El aislamiento del mercado mundial se convirtió en condición de existencia del sistema socialista y, al privarle de sus frutos, en fuente de su ulterior estancamiento. Este circulo vicioso explica, en buena parte, la creciente brecha en la productividad entre los dos sistemas a los que se magnificó durante la década de los ochenta.

Si el socialismo se convirtió en sinónimo de economía cerrada, resulta natural pensar que su dimisión (la transición a una economía de mercado) traería como secuela necesaria su plena apertura al comercio mundial. El problema es que, como se ha argumentado, no está preparado para ello. Una súbita apertura al mercado produce frutos si la economía tiene capacidad de respuesta: si la fuerza de trabajo, la clase empresarial y la planta industrial pueden adaptarse a las circunstancias, superarse y competir. Este es el efecto que, entre otros, se espera tenga el Tratado de Libre Comercio de América del Norte sobre la economía mexicana.

En el caso de las economías socialistas esa capacidad de respuesta prácticamente no existe. Su súbita apertura equivale a someter a un débil paciente a una dura terapia: se corre el riesgo de perderlo. Algo por el estilo ha ocurrido con la economía de Alemania del Este. Su apertura (ni si quiera total pues ha estado amortiguada por la intervención del Estado) hacia Occidente, producto de la integración y la reforma económica, la ha hecho colapsar en pocos meses. Se culpa del resultado al catastrófico estado en que se encontraba la planta industrial y a la pésima administración de los comunistas. Se compara la situación de la otrora potencia económica del socialismo con la de Bulgaria y Rumania. Pero todas estas objeciones no dan en el clavo. Con toda probabilidad, el principal defecto de la economía de Alemania del Este es el de ser más improductiva que la del Oeste. No es que lo que se produzca allí sea inservible o inútil (habría que preguntarles a millones de gentes que habitan en el Tercer Mundo si no necesitan las mercancías que se han dejado de producir en Alemania del Este, empezando por los tan vitupereados coches Trabant). Lo que sucede es que, en competencia con lo que se produce en la otra Alemania, es invendible. Pero esto siempre se supo.

Al igual que Alemania del Este, el resto de los ex países socialistas tiene por lo pronto muy poco que vender en Occidente. Su reinserción al mercado mundial y al mercado europeo será dolorosa y llevará tiempo. La experiencia alemana y la de otros países sugiere que, es aconsejable manejar con cautela el proceso de apertura económica. Después de todo, dicha política no es incompatible con procesos de restructuración interna tan radicales como se quiera.

Si debido a sus debilidades estructurales las economías de Europa del Este tienen pocas posibilidades de integrarse exitosamente al mercado mundial en el corto plazo, es probable que busquen refugio en sus propios mercados. Estos estuvieron estrechamente vinculados por décadas en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). A raíz de las revoluciones de 1989, del caos económico provocado por los procesos de transición y, en no menor medida, por una confianza ingenua en las fuerzas del mercado, esos vínculos se rompieron durante 1990 en forma estrepitosa. Los catastróficos resultados están a la vista. si bien es imposible una vuelta a los principios que orientaron al CAME, una nueva forma de cooperación entre sus ex países miembros parece imprescindible.

El CAME fue un producto del socialismo y muere con él. Nació de la afinidad política e ideológica y no de la complementariedad económica de sus miembros. Prueba de ello es que antes de la Segunda Guerra Mundial y de la configuración del bloque socialista, las economías del CAME, hoy estrechamente interrelacionadas, mantenían pocas relaciones comerciales entre sí. Estas se encontraban fuertemente integradas en el mercado mundial, sobre todo a la economía de Europa Occidental (aunque no Siempre en condiciones favorables), a la que ahora buscan reintegrarse. Si bien no emanó de las afinidades naturales de las economías de los países que lo integraban, el CAME acabó por generar, con el tiempo, una fuerte complementariedad entre ellas. Creó más interdependencia de lo que muchos de sus miembros quisieran, lo que aunado al difícil panorama que presenta la economía internacional obligará a todos ellos a continuar, de una forma u otra, cooperando en materia económica.

Encontrar nuevas bases de cooperación será tarea prioritaria de la nueva organización que se pretende constituir, y estas bases ya no podrán ser las que animaban al CAME. Estas reflejaban fielmente los mecanismos de funcionamiento interno de las economías planificadas de sus miembros. El intercambio comercial se basaba, con la ayuda del “rublo convertible” como unidad de cuenta, en el trueque. Al igual que en los mercados internos de los países miembros, los precios de los bienes y servicios que se intercambiaban dentro del CAME se fijaban por periodos largos y guardaban poca relación con los precios internacionales. Las empresas exportadoras de los países del CAME gozaban, en forma parecida a aquellas que producían para los mercados internos, de la misma posición monopólica que las insulaba de la competencia internacional y fomentaba el derroche y el estancamiento tecnológico. En consecuencia, y como reflejo fiel de sus economías internas, los costos de muchos de los bienes y servicios intercambiados dentro del CAME eran altos y su calidad baja. En suma, el CAME permitió la reproducción hacia él exterior de los defectos de la economía socialista.

La decisión de la mayoría de sus integrantes de transitar hacia economías de mercado, anunció la bancarrota del CAME. Sería absurdo e inconsecuente pretender liberalizar la economía interna y mantener insulado y bajo el antiguo régimen de privilegio y excepción al (hasta ahora) sector exportador. Así, el cambio hacia una relación comercial basada en pago de divisas fuertes y en precios internacionales (que conlleva la bancarrota del CAME, tal como se conoce) se presentó como uno de los corolarios del rechazo a la economía socialista. El CAME, tal como venía funcionando, estaba condenado desde las revoluciones de 1989. 

El CAME colapsó en escasamente un año, al declinar bruscamente el volumen de intercambio entre sus miembros durante 1990. En parte, eso se debió a la contracción económica que azoló la región, pero también al hecho de que, con las políticas de descentralización en los países del CAME, los exportadores encontraron mejores clientes (la URSS violó flagrantemente sus contratos de suministro de petróleo) y los importadores mejores productos que comprar en otros sitios. La proyección para 1991 es aún más lugubre: hay multitud de reportes de empresas situadas a lo largo del antiguo corredor industrial socialista (desde Alemania del Este hasta Siberia) cuya salud económica dependía, en gran medida, de las exportaciones a los países del CAME y que a la fecha no han recibido pedidos. Ello se debe, en parte, al caos que impera durante el actual proceso de transición (sobre todo en la URSS). También se debe a que, bajo las nuevas bases, dichas empresas no son competitivas. El daño que la restructuración del comercio internacional en esta zona trae a empresas, regiones y aun a países enteros está demostrando ser muy costoso. Hay muestras de que aun los más entusiastas defensores de la rápida transición al mercado, como Polonia, empiezan a replantearse la conveniencia de liberalizar de golpe sus relaciones comerciales con sus antiguos aliados. A su pesar, la cruda realidad económica cuestiona la pertinencia de las recetas aplicadas (con todo y su impecabilidad teórica) y milita en contra de sus aspiraciones políticas, que también han jugado un rol importante en estos sucesos.

En mayor o menor medida, para los países de Europa del Este la clausura del CAME no obedece sólo a su afán de transitar hacia economías de mercado. Es, y quizás en mayor medida, un acto político: de ruptura con su pasado comunista, de distanciamiento de la URSS y de acercamiento a Europa Occidental. Ello se refleja también en su presente afán por reducir su dependencia económica de la URSS (como suministrador de materias primas y mercado de bienes manufacturados) que no obedece sólo a lo poco confiable que se ha vuelto, sumida como está en una profunda crisis económica Los recientes hechos políticos en la URSS han agudizado la tradicional desconfianza que le guardan los países de Europa del Este, incrementando así su deseo de “guardar distancian. Pero, paradójicamente, esta “distancia” manifestada en este caso en el desmantelamiento del CAME, afecta más (en el corto plazo) a los antiguos “satélites” de Europa del Este que a la propia URSS. Su afán por distanciarse políticamente les ha traído serios quebrantos en lo económico. Es el precio que están pagando por su independencia política y su restructuración económica.

El CAME acabó por establecer una bien delimitada división del trabajo, que no siempre reflejó ventajas comparativas. Los países de Europa del Este producían bienes manufacturados de baja calidad que intercambiaban por materias primas soviéticas (sobre todo petróleo y sus derivados) a precios subsidiados. El cambio a pago en divisas y a precios internacionales, aparejado con el desmantelamiento del CAME, afecta doblemente a dichos países. Por un lado, su cuenta a pagar por el petróleo se incrementa notablemente. Por el otro, en muchos casos el mercado soviético pierde a productores más competitivos (por ejemplo, a los países de la cuenca del Pacífico). El resultado es ya una fuerte presión sobre sus balanzas de pagos. El momento para ello es especialmente inoportuno ya que la economía internacional, que no se encuentra en su mejor momento, tiene una limitada capacidad de satisfacer la abultada demanda de recursos financieros. En estas condiciones, el único factor atenuante es la fuerte caída en las importaciones-que naturalmente funciona menos tomando a la región como un todo-, producto de la brutal contracción económica que, estimulada por las políticas de austeridad y restructuración aplicadas, azola a la región. En 1990, gracias a dicha contracción, los saldos en el intercambio de mercancías llegaron a ser positivos en algunos de estos países. Con la clausura del CAME, el precio a pagar por mantener una balanza de pagos saludable durante 1991 será más alto. Es probable que algunas de las frágiles estructuras políticas recientemente establecidas no lo resistan. En este caso, es probable que la “vía rápida” de transición al mercado tenga que ceder el paso a una opción menos eficiente, pero con menos costos sociales.

La URSS, por su parte, parece que no podrá sacarle el debido jugo al cambio de reglas que la dimisión del CAME entraña. Su industria petrolera está en condiciones deplorables y se especula que, durante 1991, sus exportaciones de crudo podrían reducirse hasta en un 50%. Así, el mayor precio que recibirá por su petróleo se verá contrarrestado por el menor volumen de ventas. El cambio saludable en las relaciones comerciales contribuirá poco a aliviar los serios problemas que se avecinan en el sector externo de la URSS. Su deuda externa se abulta, al tiempo que los recursos financieros del exterior prometen ser aún más exiguos que los que recibirán los países de Europa del Este. Debido a la situación económica que prevalece y a las recientes medidas aplicadas en materia política y económica (a contrapelo de las recomendadas por el FMI-Banco Mundial), no se augura mucha inversión extranjera ni flujo de créditos para la URSS en 1991. Aunque debido en gran parte a la clausura del CAME, se proyecta que la URSS mantendrá un superávit comercial con sus antiguos aliados del bloque socialista, pero se espera que éste sea contrarrestado por un déficit en las relaciones comerciales con el resto del mundo. El fin de los subsidios que la URSS otorgaba a sus antiguos clientes, le traerá apenas un respiro cuando lo que necesita es una verdadera bocanada de oxígeno.

En conclusión, aunque todos los países involucrados (a excepción de Cuba y Vietnam, que afrontan otro tipo de problemas) parecen estar por una razón u otra deseosos de deshacerse del CAME, son pocas las ventajas que esto entrañará a corto plazo, y sus desventajas están resultando muy costosas. Es claro que un sistema como el del CAME es incompatible con las economías de mercado que sus antiguos miembros quieren construir. Es también comprensible que, después del trauma, los países de Europa del Este quieran orientar su 6turo hacia la integración económica y política con Occidente. Sin embargo, eso no debería ocultar el hecho de que, mal que bien, 40 años de vinculación económica han dejado su huella y que no sería sensato, ni para la economía ni para la política de la región, abandonar su fortuna al arbitrio del mercado. Es de esperar que en la nueva organización que nacerá de las cenizas del CAME se encuentren fórmulas para que, con el menor sacrificio posible en la aplicación de las políticas de restructuración, se logren conservar aquellos lazos económicos que, con un poco de apoyo político, podrían ser viables en el mediano plazo.

Economías en transformación

 Los días 6 y 7 de abril de 1991, El Consejo Interacción convocó en Londres a un grupo de expertos de alto nivel presidido por Pierre Elliott Trudeau para tocar el tema “Las economías en transformación: Limitaciones y potencial del proceso de transición”. Participaron otros cinco miembros del Consejo: Marra de Lourdes Pintasilgo (Portugal), Lord Callaghan of Cardiff (Reino Unido), Miguel de la Madrid Hurtado (México), Jenoe Fock (Hungría) y Mitja Ribicic (Yugoslavia), y 19 expertos más: Abel G. Aganbegyan (URSS), académico, rector de la academia de Economía Nacional, consejero de ministros de la URSS; Henning Christophersen (Dinamarca), vicepresidente, Comisión de Comunidades Europeas; Vladimir Dlouhy (Checostovaquia), ministro federal de la economía; Janos Fekete (Hungría), vicepresidente, Leumi Credit Bank Ltd., Budapest, anteriormente primer vicepresidente, Banco Nacional de Hungría; Albert Fishlow (E.U.), profesor, decano, depto. de estudios internacionales y de área, Universidad de California, Berkeley; Nathan Gardels (E.U.), redactor del New Perspectives Quarterly y redactor de Global Service, Los Angeles Times; Robert L. Heilbroner (E.U.), profesor emérito del Departamento de Economía, New School for Social Researck, Nueva York; Hazel Henderson (E.U.), consultora independiente sobre modelos alternativos de desarrollo, autora de “The Politics of “The Solar Agé “; Robert Kuttner (E.U.), columnista, autor y redactor de temas económicos, The New Republic; Axel Lebahn (Alema- nia), director, Deutsche Bank A.C.; Emile Van Lennep (Países Bajos), ministro de Estado, previamente secretario general de la OCDE; Robert Mcnamara (E.U.), expresidente, Banco Mundial; Isamu Miyazari (Japón), presidente, Daiwa Institute of Research, Ltd.; Goeran Ohlin (Suecia), secretario general adjunto para la Política de Desarrollo y de Investigación, Naciones Unidas; Jerzy Osiatynskyi (Polonia), profesor, exministro de planificación; Richard Parker (E.U.), economista, anteriormente con el Center for Study of Democratic Institutions; Pu Shan (China), profesor, presidente de la Asociación China de Economía Mundial, anteriormente director del Institutuo de Economía y Políticas Mundiales; Stanley K. Sheinbaum (E.U.), editor, New Perspectives Quarterly; Boaventura Sosa Santos (Portugal), director, facultad de economía, Universidad de Coimbra. 

I

1. La década de los noventas puede caracterizarse como el periodo en el cual, inmediatamente después del final de la Guerra Fría, comenzó a forjarse “un solo mundo” revistiendo las características de la economía del mercado. De una forma u otra, todas las economías se encuentran Siempre en una etapa de transición en pos de un sistema cada vez más flexible y eficaz. No obstante, el desafío planteado por las economías de Europa central y oriental no tiene precedente alguno: la transformación de un sistema predominantemente basado en la planificación centralizada y la propiedad estatal a otro predominantemente basado en los principios del mercado, la propiedad privada y la promoción de la iniciativa y la actividad empresarial. En el pasado histórico, las transformaciones radicales de esta índole no necesitaban décadas, sino siglos, para implantarse; tal como ocurrió en Europa durante los años 30 y 40, o en el Japón durante la restauración Meiji. Hoy día, la transformación debe lograrse con mayor celeridad Un cambio económico de tal envergadura conlleva también, por sobre todas las cosas, una tremenda transformación cultural en la idiosincrasia popular. Para salvar las barreras sicológicas se necesitara un ajuste de mentalidades y valores. Tomará tiempo, acaso una generación, afianzar verdaderamente el cambio.

2. Si bien el Grupo se concentró primordialmente en la situación de Europa central y oriental, no cabe duda de que tomó asimismo en consideración las experiencias de los países de Asía, América Latina y Europa del Sur. Los países de Europa central y oriental si bien no son un grupo homogéneo deben lidiar no sólo con los cambios económicos, sino también con las mutaciones políticas. si bien la economía de mercado es una condición aunque no suficiente para la democracia, ésta generalmente no es una condición para la economía de mercado. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales, la democratización es vital para el éxito de la transformación. A fin de lograr una aceptación de los nuevos valores y de crear la sociedad civil inherente al sistema democrático será menester en última instancia, implantar toda una serie de reformas políticas y economómicas con miras a respetar las libertades individuales y los derechos humanos, y a garantizar elecciones libres y un sistema parlamentario basado en el pluralismo representativo, la participación popular y la responsabilidad política. La desintegración política y económicas que ha acompañado los procesos de reforma en curso en Europa oriental debilita a estos países y a sus economías, exigiendo de sus líderes políticos una considerable dosis de visión y energía así como gran comprensión, cooperación y tolerancia por parte de la población.

3. Con la aceptación de los mecanismos mercantiles, se está forjando “un solo mundo” en el cual todos los países van a beneficiarse de la división del trabajo y de las economías de escala mediante la competencia y la liberalización del comercio y de los pagos. Durante el periodo de transición hacia una economía de mercado, será necesario realizar tres tareas claves, las cuales explicitamos ulteriormente:

· La adopción e implantación de políticas macroeconómicas de estabilización que eliminen los desequilibrios con miras a facilitar el crecimiento económico (ver 19 y 20).

· La introducción y salvaguardia de los derechos de propiedad y el inicio de reformas estructurales, a saber la liberalización de los precios y del comercio (ver 21 y 22).

· Un proceso gradual de privatización y comercialización de las industrias y servicios a fin de reemplazar la práctica seguida hasta el momento de una gestión política de las empresas por parte de los burócratas (ver 23 a 29).

II

4. Ni el sistema capitalista de mercado, ni el sistema socialista de economía centralizada han demostrado ser perfectos, ya en la satisfacción de las necesidades individuales o colectivas, ya en la justa distribución del ingreso. El fracaso del modelo socialista no debiera considerarse como un pretexto para preconizar una solución “dogmática” del capitalismo puro como única alternativa viable. Aun los países con economías de mercado exitosas presentan grandes variaciones. La experiencia de los países occidentales y del Japón demuestra que la planificación per se no es paralizante. En dichos países, se consideró apropiada la reglamentación del mercado por parte del gobierno a fin de garantizar la calidad de los productos, la seguridad del consumidor, la estabilidad institucional, el acceso al mercado y la competitividad.

5. No existe en el mundo ningún sistema puramente capitalista o puramente socialista. En su mayoría, las economías capitalistas, particularmente las de Europa occidental y Japón, se caracterizan por un sistema mixto con un sector privado dinámico y un amplio y sólido sector público (representando en promedio un 40% del PNB). El poder determinar la justa medida de la mezcla más eficaz es el mayor desafío que enfrentan todas las economías. También en China existe una economía bipolar en la cual se reconoce la importancia y la eficacia de la iniciativa privada, la producción, la actividad empresarial y el sistema mercantil, aunque siempre sustentando como condición básica el sistema empresarial y colectivo del Estado. Un elemento irritante en las economías que previamente se regían por el sistema de planificación centralizada, es que el proceso de planificación aún permanece en manos de los antiguos funcionarios del Partido Comunista, quienes no creen en el libre juego de las fuerzas del mercado y tienen mucho que ganar en impedir el éxito de la transformación. Sin dejar de lado el elemento irritante, el grupo consideró un tanto desconcertante de que, si bien en la práctica la línea divisoria entre ambos sistemas es difusa, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) ha establecido como condición primordial para otorgar su asistencia una fuerte adhesión a los principios del libre mercado y a la privatización, así como un respeto estricto al libre juego de las fuerzas del mercado y la adopción de un sistema de tipo parlamentario. Hasta hace varios años, aun algunos países miembros de la OCDE hubieran tenido dificultades en acatar esa condición impuesta para el BERD.

6. El gobierno desempeña un papel esencial en la promoción del desarrollo económico, aun en los sistemas capitalistas. Su función consiste en garantizar una asignación de recursos compatible con los derroteros y valores de la sociedad, a fin de lograr una justa distribución del ingreso (mediante los sistemas impositivo y de previsión social), de proporcionar la infraestructura necesaria, y de mantener la estabilidad económica evitando las fluctuaciones excesivas (inflación o deflación), al tanto que acata el principio de la subsidiaridad; es decir de que las decisiones deben tomarse al nivel más bajo posible en que puedan ser efectivas. Empero, si el papel que desempeña el gobierno en una economía se expande exageradamente, dicha economía funcionará menos eficazmente, tal como han experimentado varios países en desarrollo.

7. Las metas y los procesos del desarrollo deben ser redefinidos más allá de los indicadores sencillos del crecimiento económico y el bienestar basados en el PNB. Convendría introducir nuevas series de indicadores capaces de reflejar objetivos culturales diversos y normativos, a semejanza del Indice de Desarrollo Humano (IDH) elaborado por el programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), o del Indice de Bienestar Económico Sostenible (IBES) elaborado por el Banco Mundial u otros.

8. La secuencia de las intervenciones económicas es un elemento crítoco para el éxito de toda transformación económica y social, así como para evitar un costo demasiado elevado de la dislocación social. Habida cuenta del carácter multidimensional y a largo plazo de toda transformación, ésta debe ser encarada con una óptica multidisciplinaria valiéndose de las metodologías y herramientas de política emanadas de la economía, las ciencias políticas, la ecología, la sociología y la teoría de la decisión y la información. Mas, por sobre todas las cosas, la transformación debe apresurarse lentamente.

9. En una transformación, la disciplina del mercado debe introducirse al nivel de las empresas mediante la competencia aportada por las importaciones, el alejamiento de la gestión a las presiones políticas, y la reglamentación de los créditos y subsidios. El objetivo es lograr que todas las empresas sean administradas de la misma forma en que lo son las empresas privadas en una economía de mercado competitiva. 

10. La privatización involucra un proceso orientado a identificar aquellas áreas en las cuales las actividades económicas deben ser organizadas y poseídas o controladas por el sector privado a fin de incrementar la eficiencia y la productividad. Aclaremos aquí que este proceso puede ocurrir sin involucrar necesariamente una transformación del sistema. Empero la responsabilidad de que el sistema sea plenamente compatible con el mercado recae en aquellos que están imponiendo el cambio.

11. Cuando se está destruyendo el orden social anterior, es probable que se registre una merma en el nivel de vida. Por ende, es menester suavizar este proceso ofreciéndole a la población medidas apropiadas de garantía económica y seguridad de ingreso a fin de mantener la estabilidad social dentro del país, Por ello, deben preservarse los servicios sociales esenciales y adoptarse políticas sociales compensatorias.

12. Se hará indispensable la transferencia de tecnología y de capital del Occidente para facilitar la transformación y su correspondiente proceso de modernización. En este sentido, el sector privado y particularmente las compañías multinacionales tendrán un importante papel que desempeñar.

13. Todas las fuerzas políticas de un país deben comprometerse inequívoca y resueltamente a apoyar los objetivos de la reforma. El equipo económico del gobierno debe evitar enviar sellales contradictorias. El plazo real de la transición se verá afectado por presiones y pugnas políticas así como por la percepción popular respecto a la legitimidad política de los nuevos líderes e instituciones que han venido a reemplazar el antiguo, desacreditado y fundido sistema. Y en vista de que toda transformación involucra un elevado costo político y económico, las sociedades deben estar plenamente informadas respecto de los programas y sus posibles incidencias. La concertación de pactos sociales con gremios y empresarios podría promover la tolerancia y establecer el consenso. si carece de liderazgo político fuerte, de participación popular y de pluralismo, la transformación económica producirá resultados indeseables.

14. La experiencia de los países industrializados con las políticas industriales y estructurales así como el papel desempeñado por el Estado en una economía mixta, tal como ocurre en casi todos los países miembros de la OCDE, puede ser de utilidad para la elaboración de políticas comparables en los países con economías en transformación. Una de las características esenciales de las políticas industriales occidentales era que rara vez los gobiernos impulsaban la creación de una industria, ya que más bien nutrían y fortalecían aquellas industrias que revestían una importancia estratégica de manera indirecta creando la coyuntura apropiada y las condiciones propicias para el funcionamiento de los mercados:

· Como suministrador de bienes públicos, el Gobierno proporcionaba la infraestructura y los servicios educativos para el adiestramiento y la recapacitación, así como otros esquemas laborales conexos.

· El gobierno alentaba el espíritu empresarial, la iniciativa privada y la innovación mediante una diversidad de medidas indirectas tales como facilitar el surgimiento de instituciones e intermediarios financieros sólidos y estables, e implantar un marco jurídico pertinente y políticas fiscales, tributarias y monetarias propicias.

15. Se diseñaban las políticas industriales de conformidad con las peculiaridades culturales y las circunstancias específicas de cada país. Poca utilidad hubieran tenido en la práctica los modelos y las recetas globales. Al contrario, los países en transformación tienen la oportunidad de establecer sus prioridades y fijar sus derroteros a partir de su propia visión intrínseca.

16. Esta experiencia hace hincapié en el hecho de que el capitalismo no significa necesariamente ausencia de planificación. Mas lo que no involucra es la planificación centralizada de toda una economía.

III

17. Toda transformación debe tomar en consideración el contexto político de un país, el nivel educativo de su población, las circunstancias específicas y el estado real de su economía, el número de habitantes así como la infraestructura de instituciones ya existente, particularmente en el ámbito financiero. Por ende, no puede existir un modelo aplicable universalmente. Sin embargo, emanaron del debate ciertos elementos pragmáticos o principios rectores que deben ser reconocidos y tomados en consideración por aquellos responsables de diseñar las políticas del país cuando procuren una transformación de la economía. A la larga se deberá introducir asimismo toda una serie de indicables capaces de medir la cadencia y la magnitud del cambio hacia un nuevo sistema económico.

LA ESTABILIZACIÓN MACROECONÓMICA

18. La adopción de políticas macroeconómicas apropiadas en pos de la estabilización y la promoción del crecimiento económico reviste una primordial importancia, tanto para los países en desarrollo como para los países de Europa central y oriental. A corto plazo (dentro de nueve a doce meses), será menester adoptar una serie de medidas de ser posible con celeridad y consistencia, aunque no al estilo “terapia intensiva” para habilitar el mercado: encaminarse hacia la liberalización de precios a fin de reflejar el valor real de los bienes y servicios; introducir una política cambiaria a fin de reflejar el valor real de la moneda sobre la base de una evaluación del poder adquisitivo (lo que implica encaminarse hacia una cierta convertibilidad de la moneda, tal como lo está haciendo Checoslovaquia con las cuentas corrientes); y adoptar políticas fiscales y monetarias restrictivas (destinadas a logar el equilibrio fiscal y de control del medio circulante). El objetivo primordial de este tipo de estabilización macroeconómica es restablecer la moneda en su papel de vehículo idóneo del funcionamiento óptimo de una economía. En última instancia, la es- tabilización debe estar vinculada a la elaboración de estrategias apropiadas para un crecimiento económico sostenible.

19. El periodo de ejecución de este tipo de programa por lo general convenido con el FMI ha sido fijado, en el mediano plazo, a tres años. La estabilización debe incluir la posibilidad de una reducción en el salario real si el consumo es excesivo. No obstante, si se desea proteger el nivel de vida y reducir a un mínimo el perjuicio social, no ha de permitirse una merma abrupta en los niveles de producción y ocupación. Para ello, deberán mantenerse vigentes varias reglamentaciones, tales como los topes sobre los precios, además de una política salarial prudente (por ejemplo, la indexación del salario mínimo). El problema clave inmediato será cómo proteger el nivel de vida básico.

20. La liberalización de los precios tiene por objeto eliminar una variedad de distorsiones de precios y obstáculos administrativos inherentes a las economías de planificación centralizada: en primer lugar, las distorsiones relativas de precios en virtud de las cuales los precios y salarios se han mantenido artificialmente bajos, como por ejemplo en el sector agrícola y otros sectores industriales; en segundo lugar, las distorsiones de precios emanadas de ciertas políticas que cumplían con objetivos sociales mediante la implantación de fuertes subvenciones, por ejemplo en los sectores de vivienda, alimentación, salud, educación y transporte público.

21. Es menester impulsar con la mayor celeridad posible un desarrollo económico y un crecimiento sostenibles, implantando políticas coherentes e interrelacionadas: elaboración por parte del gobierno de una política industrial (“visión estratégica del futuro”, valiéndose de las experiencias del Japón y de los países de reciente industrialización del sureste asiático y de Europa); creación de un sector público reformado (infraestructura); privatización; apoyo a la pequeña y mediana empresa; y promoción de las exportaciones, sobre todo hacia los países miembros de la OCDE.

PRIVATIZACIÓN Y COMERCIALIZACIÓN

22. La privatización no puede considerarse como un fin e sí, aisladamente del proceso global de transformación. La estrategia de privatización, como uno de los elementos encaminados a lograr una economía de mercado, puede ejecutarse mediante instrumentos diversos: despojo a las empresas y sus bienes; alentando la creación de nuevas empresas privadas; proporcionando la estructura propicia para la existencia del sector privado, incluyendo un sector financiero y un mercado interno de capitales para la asignación de los recursos; un mercado laboral con organizaciones gremiales habilitadas, el marco jurídico apropiado (adjudicación de reivindicaciones, ley antimonopolista y leyes de protección al consumidor y al medio ambiente); y legislación impositiva, incluyendo sus formas de acatamiento. Debe tenerse sumo cuidado para que los anteriores monopolios oblicuos no se conviertan en monopolios privados. Sólo la privatización garantizará el proceso de educación y establecimiento de una nueva clase empresarial. En la práctica, los principales obstáculos que confronta la privatización son la ausencia de un mecanismo eficaz de movilización del ahorro y la falta de intermediarios financieros, la inexistencia del derecho a la propiedad, y la necesidad de resolver los problemas de propiedad mediante restitución o compensación.

23. En varios países, tales como Checoslovaquia y Alemania, el proceso de reprivatización, o sea la restitución de las tierras y bienes previamente confiscados a sus legítimos propietarios, o como en Hungría su compensación, debe distinguirse claramente del proceso genuino de privatización. En Polonia, las reinvindicaciones de restitución alcanzaron 13,000 billones de zlotys, o sea un tercio de los ingresos presupuestarios totales. En Alemania, el ritmo excesivamente lento de resolución de los casos de restitución se ha convertido en un problema central, postergando el tan necesitado flujo de nuevas inversiones.

24. El proceso de privatización que involucra la atomización de los entes públicos, debería iniciarse con pequeños negocios y empresas y con el sector de servicios. En este caso, el sistema de remates podría convertirse en un mecanismo eficaz. En el sector agrícola, la tierra puede ser privatizada o arrendada (a fin de continuar manteniendo la propiedad colectiva, como en China), lo que ha demostrado un incremento de la productividad.

25. En su mayoría, las industrias pesadas y los entes públicos de gran escala permanecerán protegidos por un cierto periodo de tiempo, debido a la falta de fondos, a la aprensión respecto al control extranjero de ciertos sectores claves, y a la ineficacia de producción (nivel elevado de salarios y endeudamiento). Estas compañías necesitarán pasar primero por un periodo de restructuración-incluyendo la desmonopolización- y de comercialización de sus actividades, como precedentes indispensables para su eficaz privatización en el futuro en el caso de considerarse apropiada esta medida en tanto que estas sociedades adquieren mayor confianza en si mismas y eligen democráticamente su futuro sendero hacia el desarrollo. Por ende, hay todo un sector público que continuará existiendo durante aún muchos años. El meollo del asunto será Como regirlo sin interferencias y presiones políticas por parte de agentes del Estado y de conformidad con los principios y requisitos del mercado. La solución podría ser convertirlas en sociedades anónimas pertenecientes al Estado, ya que de esa forma pueden funcionar como una empresa en el mercado privado. Asimismo, como el proceso de comercialización causará necesariamente quiebras y desempleo, estas repercusiones deberán sopesarse al tomarse la decisión de mantener (temporalmente) o de cerrar las industrias ineficaces.

26. La privatización de algunas empresas importantes podría lograrse mediante un sistema de vales (lo que plantea enormes problemas logísticos), o mediante su venta al público (lo que plantea dificultades en la fijación de precios y acarrea la posibilidad de una insuficiencia de ahorros y de liquidez). De un punto de vista estratégico, es preciso prestar suma atención a fin de no vender únicamente las empresas más redituables o las de unos pocos sectores (dejando así a otros enteramente públicos) a menudo a precios relativamente bajos dejándole al gobierno las empresas menos viables, más ineficaces y técnicamente más obsoletas, lo que representaría una onerosa carga fiscal para el presupuesto público. Esta conversión será penosa.

27. Los procesos de privatización y comercialización deberán estar aparejados a una revisión general y a una reorientación global de las redes de seguridad, con miras a reformarlas y adaptarlas conforme a los requisitos de la nueva situación, y no necesariamente emulando los modelos occidentales, los cuales a su vez también en la actualidad se ven afectados por los cambios. Se podrán lograr redes de seguridad adoptando medidas destinadas a garantizar la seguridad de ingresos por ejemplo, garantizando los beneficios del sistema de previsión social y del seguro de paro) aun a niveles inferiores, la ejecución de proyectos de infraestructura a mano de obra intensiva, y la introducción de una política creativa para regir el mercado laboral, incluyendo esquemas para el readiestramiento y la recapacitación destinados a colmar la brecha de calificaciones y a generar oportunidades de empleo suficientes.

28. Convendría fomentar el desarrollo de pequeñas empresas nuevas, particularmente en los países de Europa oriental con un exceso relativo de industrias y una carencia de comercios y servicios. Dichas empresas requieren un bajo nivel de capitalización, absorben la mano de obra y satisfacen una demanda real del consumidor (en esta llamda “sociedad del café”).

NIVELES DE FINANCIACIÓN INTERNOS Y EXTERNOS

29. La destrucción del antiguo sistema económico y la gestión del nuevo exigen una transferencia masiva de capital, tecnología y recursos. Simultáneamente, es necesario producir niveles suficientes de ahorro interno para poder sustentar la privatización y las nuevas inversiones. En el pasado, las economías planificadas acusaban niveles infimos de endeudamiento, tanto público como privado, en comparación a los países occidentales. Debido a que muchos bienes de capital (tierras, viviendas, fábricas) no se comerciaban en ningún mercado, no existía un correspondiente nivel de endeudamiento para reflejar la financiación o la refinanciación. En lugar de ello, las inversiones eran financiadas mediante los presupuestos vigentes.

30. A nivel interno, la movilización del capital y del ahorro con miras a una inversión productiva y a la formación de capital por medio de las instituciones de ahorro, se convierte en un elemento crítico. Se hace necesario crear un sistema de inversionistas institucionales a fin de garantizar un esfuerzo regular de ahorro. Además, debieran establecerse bolsas de valores, lo que requerirá tiempo y paciencia. Dada la falta de procesionales en esta materia, será menester solicitar asistencia y pericia del exterior.

31. Es absolutamente indispensable reducir la deuda pública de balanza de pagos para poder así movilizar y dinamizar el ahorro privado e institucional a fin de garantizar una producción más elevada. Para ello, deberán incrementarse los ingresos gubernamentales y los impuestos, al tanto que se recorta el gasto público. Los gobiernos en quiebra no tendrán grandes posibilidades de atraer la inversión extranjera. La inconmesurable magnitud de esta tarea puede ilustrarse por el hecho de que durante los primeros tres meses de 1991, el déficit presupuestario de la URSS ya sobrepasaba lo proyectado para el año entero. Este tipo de políticas causará forzosamente una hiperinflación.

32. Una forma de generar una corriente de ingresos para el presupuesto gubernamental puede ser la monetarización, previa resolución de los problemas de propiedad, de los numerosos complejos habitacionales que posee el gobierno y que en la actualidad carecen de valor comercial alguno. Esto permitiría el futuro establecimiento de un mercado hipotecario, el cual a su vez se convertiría en una nueva fuente de formación de capital para inversiones.

33. Se necesitará asistencia financiera externa de fuentes públicas, incluyendo los organismos internaciones, y de la banca privada de Occidente para realizar las inversiones públicas y privadas a largo plazo que habilitarán a estos países y a sus respectivos mercados (400 millones de habitantes en Europa oriental) para poder convertirse en actores y socios económicos viables. No obstante, existen dudas acerca de la existencia de suficiente capital remanente en el Occidente como para sustentar estas transformaciones. El hecho de que la tasa de interés real haya alcanzado su nivel más elevado, sugiere que en la actualidad no existe un superávit de ahorros que pueda ser reencaminado a este fin. Alemania y Arabia Saudita ya no le proporcionan sus ahorros a la economía mundial. El nivel básico de recursos que el mundo necesita (para los países en desarrollo, las políticas de reducción de la deuda, las necesidades de los países de Europa oriental y de la Unión Soviética, y para los requerimientos de Estados Unidos) sólo podrá obtenese mediante las políticas fiscales de los países occidentales. Y esto sólo será factible y aceptable si toda la gama de problemas y sus repercusiones es abiertamente discutida y comprendida por el público en general. Ha surgido asimismo una situación un tanto extraordinaria en la cual los acreedores occidentales privados ya no están dispuestos a otorgar créditos sin las plenas garantías de sus respectivos gobiernos.

34. El catastrófico y acelerado incremento de la deuda externa de los países en transformación deberá también ser resuelto urgentemente mediante la implantación de esquemas efectivos de reducción y alivio de la deuda. Los recientes acuerdos de renegociación convenidos con Polonia y Egipto acelerarán sin duda alguna el proceso de reducción de la deuda externa mundial. La forma en que se administre la deuda de los países en transformación determinará su posibilidad de acceso a los mercados para conseguir nuevos recursos.

35. El cese de la Guerra Fría le ha permitido a todos los países reducir sus gastos militares, lo que ha de proporcionar otra fuente de recursos internos y externos a largo plazo. Más aún, a medida que los egresos militares continúen disminuyendo en términos relativos en Estados Unidos y en la URSS, se le debe prestar mayor atención a lograr la conversión de las instalaciones militares de producción. Esto ayudará a satisfacer grandes necesidades del sector civil en cuanto a infraestructura e innovaciones, como por ejemplo en el ámbito de las tecnologías más eficaces en el uso de energía.

COMERCIO INTERNACIONAL

36. La coyuntura comercial de los países de Europa central en transformación es un tanto sombrío debido a dos importantes golpes. El primero fue el colapso absoluto del sistema soviético, lo que hace más urgente la necesidad de transformación de los antiguos países miembros del Consejo para Asistencia Económica Mutua (CAEM) a fin de compensar su pérdida de comercio con la URSS. El cambio hacia el rubro convertible dentro del sistema comercial del CAEM a partir de enero de 1991, constituye otro acontecimiento oneroso. El segundo golpe importante fue la desaparición de la República Democrática Alemana que era el segundo socio comercial más importante para los países miembros del CAEM. La tarea inmediata consiste en restablecer el comercio entre los antiguos miembros del CAEM, en las áreas en que ya existen los vínculos comerciales y las capacidades tecnológicas. La asistencia occidental para financiar el comercio intrarregional a largo plazo será crucial.

37. La liberalización del comercio exterior no puede realizarse en forma unilateral. El libre acceso a los mercados no puede imponérsele a los países sin reciprocidad por parte de los miembros de la OCDE. De no existir una adecuada reciprocidad, la solución será ineficaz y llevará al desmembramiento del GATT en bloques comerciales regionales. La apertura de los mercados occidentales a las exportaciones de los países en transformación revestirá una importancia crítica para el éxito de este proceso. En lo que atañe a Europa oriental, podrían reducirse las cuotas existentes para el acero, los textiles y otros productos, y acaso convendrá diseñar acuerdos comerciales de otra índole con miras a evitar el erigir una “nueva cortina de hierro a la inversa”. Deben asimismo tomarse las medidas necesarias para permitir la adquisición de nuevos bienes y tecnologías.

IV

38. El Consejo Interacción podría recomendar una serie de medidas y acciones concretas para contribuir a los procesos de transformación actualmente en curso.

39. Al introducir los principios del libre mercado, Europa oriental no sólo se une a Europa sino a la totalidad del mundo occidental industrializado. Dentro de este proceso mundial, mucho más significativo que el Plan Marshall implantado luego de la Segunda Guerra Mundial y que tendrá importantes repercusiones a nivel internacional, el Consejo Interacción debiera exhortar a Estados Unidos y Japón a que asuman una mayor carga financiera para ayudar a Europa oriental, como lo hacen ya los otros países europeos dentro del contexto del programa de asistencia de 22,000 millones de dólares acordado por el Grupo de los 24 y coordinado por la Comunidad Euro pea. El Occidente debiera canalizar sus asistencia en base al objetivo económico y no político primordial, que es de usar eficazmente los recursos en beneficio de las poblaciones. El programa actual de asistencia del Grupo ¿re los 24 tiene por objetivo la concesión de préstamos para la balanza de pagos y el apoyo a los procesos de reforma macroeconómica en los países de Europa oriental. Ya no bastarán meramente los acuerdos y compromisos respecto al contenido de la futura asistencia.

40. El Consejo Interacción debiera instar a los gobiernos miembros de la OCDE a que apoyen y financien un programa masivo de inversión en la infraestructura, el cual servirá para trasmitir eficazmente los cambios a nivel tecnológico y laboral, para preparar las economías a la privatización y para fomentar el crecimiento del sector de servicios. En sus operaciones de financiamiento del sector público, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) deibera concentrarse en la transferencia inmediata de infraestructura (tanto tradicional como vinculada a la información) a escala extensa y masiva.

41. El proceso de reforma orientado hacia el mercado actualmente en curso en Europa oriental no es uniforme. En Alemania, la transformación ocurrió prácticamente de la noche a la mañana, lo que no permitió una convergencia en el tiempo de las dos Alemanias, con todas sus consecuencias. En Europa central y oriental, el proceso se desenvuelve bajo un cierto grado de protección y posibilidades de ajuste. La Unión Soviética se encuentra rezagada a medida que su antiguo sistema administrativo está siendo destruido sin ser reemplazado por uno nuevo. Se ha iniciado un proceso sumamente gradual de mercadeo/comercialización más bien que de privatización. El Consejo Interacción debiera fomentar la existencia constante de un diálogo real y continuo entre todos los países que se encaminan hacia la transformación – incluyendo la Unión Soviética- y los países occidentales industrializados, respecto a la forma más adecuada de lograr una economía de mercado. si bien casi todos los países de Europa central y oriental ya son miembros del Consejo de Europa, se les debiera también ofrecer -como se hizo anteriormente con Yugoslavia- la posibilidad de asociarse a la OCDE como un vínculo institucional adicional para promover un diálogo constructivo. A fin de sustentar dicho diálogo, el BERD, el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRF/Banco Mundial) y el Banco Europeo de Inversiones, debieran instalar representaciones regionales de asesoría en las capitales de los países interesados. Dichos arreglos conducirán al surgimiento de una nueva red de cooperación, la cual ayudará a sentar nuevas bases estables de cooperación, entendimiento y confianza para el futuro.

42. El Consejo Interacción debiera apoyar el informe sobre “La Economía de la URSS” preparado por el FUI, el Banco Mundial, la OCDE y el BERD. Y dado que aún no se ha iniciado un diálogo de seguimiento a dicho informe, el Consejo Interacción podría solicitar la celebración de una reunión -o acaso organizarla- (en Moscú) para examinar las formas realistas de implantar las recomendaciones emanadas de dicho informe. La Unión Soviética no puede escapar a la necesidad de elaborar un programa urgente y sólido de estabilización y reforma de su economía. No se trata de decidir entre la adopción de un programa abrupto o gradual, sino más bien de si el gobierno soviético está dispuesto a aceptar la necesidad de una transformación real del sistema económico y de un programa completo para la ejecución de las reformas que podría extenderse por un periodo de varios años. Para ello, será menester un compromiso explícito de procurar establecer una economía de mercado, de invertir en los sectores de mano de obra intensiva-infraestructura y servicios-y de privatizar. Algunos problemas (tales como la hiperinflación) sólo pueden ser resueltos abruptamente, pero otros no (sobre todo aquellos que implican un costo social). En estos casos, el no adoptar un enfoque gradual conducirá al caos y a repercusiones políticas de gran envergadura, lo que no favorecerá a país alguno.

43. El Consejo Interacción debiera reiterar su sugerencia anterior de que después de un periodo de transición, la URSS sea admitida como miembro con plenos poderes en el Banco Mundial, el FMI y el GATT.

44. Dada la grave situación económica que atraviesan en la actualidad los países de Europa oriental y la Unión Soviética, no se pronostican inversiones sustanciales de la empresa privada en dichos países. Por ende, el Consejo Interacción debiera solicitar la ayuda del sector público, incluyendo los programas de asistenica técnica a gran escala de los gobiernos miembros de la OCDE, recalcando que dicha asistencia no debe ser bloqueada en espera de La introducción de las reformas políticas adecuadas. En estas circunstancias, es imprescindible que ambas partes inicien, sin más demora, el diálogo propuesto sobre políticas, que identifiquen las inversiones factibles de realizarse sin necesidad de una reforma completa (como por ejemplo en el sector energético), y que consideren la liberalización de las importaciones (agrícolas).

45. El Consejo debiera exhortar a los países occidentales, a las instituciones financieras internacionales y a la banca privada a que ayuden a los países en transformación a desarrollar un sistema viable de ahorros y formación de capital, a establecer un sistema de intermediarios financieros y a implantar un sistema moderno de previsión social. El Consejo debiera asimismo solicitar del sector privado occidental una transferencia considerable de conocimientos y capacidades para apoyar el proceso de transformación en una variedad de sectores específicos, tales como por ejemplo, el sistema bancario y los mercados de capital.

Amigos, II

María Luisa Mendoza. Escritora. Entre sus libros, De ausencia y Ojos de papel volando. En nexos, 61 (mayo de 1991) apareció la primera parte de esta memoria vívida con la que Maria Luisa Mendoza recupera los rostros ajenos, las palabras y las experiencias que conforman su autorretrato en la colección De cuerpo entero. El texto no llegó a incluirse al final de la edición. 

Por eso le saqué la vuelta, me resistí a poner nombres, porque se me vienen encima cientos a los que me debo, y no se pretende ni mucho menos exhaustivo directorio, sino escoger lo más contable. Aun así, me está permitido llorar a mis muertos (burra-trigo) y solazarme con mis gentes respirantes. Blanca Haro, Manolo Larrosa. Esta pareja par la encontré en mi hambre, como suele sucederme; en la búsqueda sin fin de la ganaduría del pan, me vi forzada a trabajar en la revista Espacios que Guillermo Rossell y Manolo realizaban entera, ayudados por Blanca. Muchacha frágil, femenina y delgada, extraordinariamente original, sui generis, de figura acristalada. Tenía un niño, Alfredito, muy inteligente, la había conocido antes en una reunión de intelectuales que yo frecuentaba en, otra vez mi hambre, de conocimientos (además era diferente de mi grupo primigenio, el de Ernesto de la Peña y Lorenza Martínez Sotomayor). Blanca escribía cuento y poesía; estoy segura de que si hubiese proseguido esa su vocación, hoy su nombre significase lo más alto; lástima, dejó las letras y es de esas penas que lloraremos los suyos incansables. Me enseñó mucho, la minuciosidad de la hermosura, a oír el aire, a oler los girasoles, a tocar las briznas a la orilla del camino, como la vez que fuimos a Malinalco a ver a Geles Cabrera que allí vivía, y el camión nos dejó en la cumbre del cerro y hubimos de bajar a pie, muchachas pues, deteniéndonos para mirar los abejorros, cortar tunas, florecitas lilas. Llegando al convento de Geles tuvimos que bañarnos a jicarazos con agua que sacábamos de un tonel, risas de veinte años, alegres como caballitos del diablo. Sólo recuperamos ese ritmo que sube al cielo, en Acapulco, nadando seis seres privilegiados una noche de luna en el mar. Mi amistad con Blanca ha sido difícil, accidentada y perfecta, de hondura fraternal. Nos hemos enfrentado una a la otra como lo hacen las hermanas, crueles e intransigentes, y hemos reanudado la virtud santa de ser amigas intimas; con ella Manolo significa un hito, me ayuda en la mirada abierta del afecto, construyó la casa donde vivo, su ternura entra por las ventanas en el sol que voy recorriendo cuando la habito días enteros, la conozco hasta en su rincón último, tan de sortilegio encalada, tan amorosa como su autor; me dieron a sus hijos niños, sus comidas sabatinas, su so- lidaridad en la muerte, son mis iguales.

Por eso no quería:… Chanesa Maldonado. No se ha movido durante años de la amistad que sellamos con una condición no dicha: ella era la que mandaba, era yo la que obedecía. En “La una y la otra se van a pasear”, que está en mi libro de cuentos Ojos de papel volando, relato en mucho nuestra unión que ha tenido capítulos felices, pues vivimos la mejor época de la ciudad de México, una etapa sin aristas, nudo de inteligentes miembros del grupo al que íbamos. Eramos todos, los mejores, pensábamos; con Carlos Fuentes a la cabeza, el gran hacedor de horas insólitas; no puedo describir las fiestas inolvidables que Carlos dio y nosotros hicimos reír, y reímos, y bebimos y nos amamos. A Carlos lo conocí en la Facultad de Filosofía y Letras, un muchacho delgado y guapo que nos traía de cabeza porque era el único viajado que conocía ya Europa, hablaba de París, de Santiago de Chile, de Washington. En aquella bola prodigiosa fundaba cofradías; “Los Basfumistas” se reunían en panteones deshabitados, y yo los seguí de lejos; Ibamos a bailar a los lugares más pobres, peligrosos y de moda, con él nos sentíamos sapientes, originales, escogidos por Dios, unos chocantes muchachos jóvenes, talentosos y buenos, que eso éramos, a los que les corroían las ansías de vivir. Fui a ver a Carlos a París cuando acababa de nacer su niña segunda, que dejamos en la cuna para bajar a cenar a un restaurante cuyo siglo era un columpio a la entrada. En otro viaje a Francia, con Blanca y Manolo, Carlos nos llevó a un inocuo y blanco strip-tease, bobo como agua de horchata, y que nada más nos hizo singular la noche porque la encueratriz tomó la cara de Fuentes y la besó en la frente delante de toda la concurrencia… Lo visité en Virginia, donde vivía cerca de Washington, en una hacienda como de novela, como de cuadro de Nueva York, con granero, y la casita entre trigales de oro puro y árboles anaranjados, cafés, morados. Chaneca estuvo con él en su pedazo de vida en Londres, una mala temporada de frío insoportable y que hizo que Chane no se quitara el abrigo de pieles ni para dormir. Fue cuando corrió la leyenda de que Carlos trabajó como mesero unos días, pero no lo creo, y si ocurrió, el objeto no sería otro que literario. Carlos es así, vive la literatura textualmente. Es el hombre más hermoso, después de los sesenta años, que he conocido en mi vida. Siempre guapo, es cierto, pero hoy por hoy no tiene par.

Yo no sé si con Chaneca pensara igual de nuestra vida, por lo pronto mi vida con ella está jaloneada, como los dos burros de la fábula, ella tira a la realidad, yo a la fantasía, ella es consciente de los tiempos, las canas y el futuro en Ozumba donde proyecta una casita viendo a los volcanes para nosotras: engordar comiendo pan, mole, con cien perros y gatos y el régimen Implacable de su persona… Yo pienso todavía en un cuarto en San Miguel de Allende, en volver a París, en un traje de Ted Lapidus, en conservar la juventud a como de lugar, en seguir jugándomela en la política, en el amor, en el periodismo, en la literatura. No quiero el retiro, no lo pienso…

Desde luego Austreberta Maldonado Gallegos me ha enseñado mucho, la limpidez de casa, severidad del arreglo personal, su buen gusto literario, su perfección de hacedora de milagros en la estufa. Vimos París y devoramos los patos laqueados, Madrid y un hotel taurófilo donde fuimos a dar, para mi dolor, yo que odio la fiesta brava, y en donde decía Chaneca llegaban los toreros, y solamente encontramos a los bisnietos de aquellos diestros que ella recordaba… Hasta eso, una tarde vimos a un matador en andas, ni si quiera vestido de luces, arrastrado por dos picadores al vestíbulo del hotel en donde un toro disecado daba la bienvenida. Me ofreció mi estar en la mina de sal de la publicidad, gracias a la cual pude comprar un departamentito en la quilla del barco de la unidad tlatelolca, donde iba a vivir muy pronto el 68, además de mi matrimonio más largo, la escritura de mi primera novela Con él, conmigo, con nosotros tres, y la beca del Centro Mexicano de Escritores. Fui feliz en esa casita, su decorado ya más elaborado, no obstante tan mágico como el de mi cuarto primero en la calle del Río Támesis, o el otro de Reforma, junto a Excélsior, verdadera joya de buen gusto y deleite, de amor, y la planeación de lo que íbamos a ser. Todas las casas las tomaron en posesión Fuentes y Chaneca claro está, pero nadie con tal erupción de volcán como Pedro Coronel, quien nos tocaba a la madrugada la ventanita de Támesis y alcoholizado se instalaba hasta la mañana recitando “Muerte sin fin” y dándonos el privilegio de vivir una raya más de su vida. Iba yo en una camioneta por la Sierra Gorda de Guanajuato en mi campaña para diputada federal de 1984, cuando por radio, abriendo camino en la serranía tibia y fría de los pinares, supe de la muerte de Pedro Coronel. Me eché a llorar, y mi gente me calmaba, dado que en la escuela del próximo pueblecito debería echar mi discurso de rigor. Lo hice, nada más que no hablé del voto, sino del gran Mexicano que fue Pedro Coronel. Dije y dije bajo un alero que sombreaba el sol quemante helado de marzo o abril, a saber. Cuando terminé esa oración por el gigante, cientos de golondrinas volaron del alero hacia el cielo, como si Pedro, con esos mensajes, suavísimos que sólo él, tosco y seco en apariencia, grandemente varonil, pudo dar, como una turquesa en la palma de la mano.

Por eso no quería… ¿Para qué las ausencias, las presencias? Mis amigos. Los que viví. Ricardo Garibay en viaje por América del Sur, la Cruz del Sur en el cielo, Río de Janeiro, Buenos Aires, Froylán López Narváez, que accidentalmente estrelló en pleno aeropuerto de Santiago sus botellas de vino tinto; su crónica de mi primera novela (“está mejor de lo que esperábamos…”); mis amigos de la Cámara de diputados, Rebeca Arenas con su aura de atractivo absoluto, su gracia incandescente veracruzana, su seriedad cuando toma la palabra en público, su casita (amo las casas), de Xalapa, nuestro viaje a Nueva York a hablar en la ONU, legisladoras, seriesísimas y volando a la calle después de las sesiones a vivir días impagables con Luis Orcí, mi otro amigo diputado que nos llevó en auto a la Universidad de Princeton donde estudió, y recorrimos los campos más campos otoñales de una América casi pegada a Canadá… Joel Lleverino, mi hermano de la LIII Legislatura, vaso de agua clara, pino que se dobla con la nieve y no se quiebra, bastón de Apizaco, su gentileza de campesino inteligente y bueno, una fiesta su trato, un honor su amistad leal… Joel es un líder duranguense natural, nato y neto, sabe de surcos, bordos, sequías, y la laguna es su zona por antonomasia, como su triángulo del silencio en Mapimí, el desierto que nos unió como si ambos hubiéramos oído las voces de la arena.

Un primo de Lorenza Martínez Sotomayor le habló por teléfono a las tres de la madrugada para preguntarle el nombre del señor que les Llevaba la leña a la casa de su abuelita… Loly desconcertada indagó para qué lo quería, a lo que el pariente dijo: “porque estoy escribiendo una lista de todas las gentes que he conocido en la vida… Así estoy, o no quiero estar. Vuelvo a insistir, mi palanca era el pensamiento, no el recuento, di con él como el oso que es atrapado en una trampa por la pata. Escribí sesenta cuartillas y rompí veinte, eran nada, basura, tuve que echar mano ya de mis personas amadas, no me quedó otro remedio, absolutamente imposible terminar en tres días, los finales de 1990, un ensayo filosófico sin pies ni cabeza.

El Estado y el mercado

Jesús Reyes Heroles G.G. Economista, director general de GEA (Grupo de Economistas y Asociados). La primera versión este texto fue leída en el coloquio internacional “Transición hacia la democracia en Europa y América Latina”, en Guadalajara, Jal., enero de 1991.

El término reforma del Estado se utiliza para describir un sin número de transformaciones, que en cada país adquieren modalidades distintas y responden a causas diversas. Varias de esas causas son comunes, derivan de las modificaciones de la economía internacional y de los sistemas políticos del mundo, sobre todo en Europa Central y en América Latina. Otras son internas y responden a la dinámica propia de la evolución de cada nación.

México está inmerso en una de esas transformaciones. La necesidad del cambio en lo político se manifestó desde 1968. Sin embargo, hasta mediados de los setenta se avanzó un poco al respecto. Desde entonces se han introducido diversos cambios y mejoras, que a juicio de buena parte de la opinión pública son insuficientes. La transición económica se presentó con claridad mucho después, a mediados del sexenio del Presidente Miguel de la Madrid; a diferencia de la política, parece progresar más.

En México también se dan diversas connotaciones al término reforma del Estado. El problema no es sólo semántico. Lo que en realidad se debate es el contenido mismo de dicha reforma. Aquí se da un significado operativo a ese concepto, en lo que se refiere a sus elementos económicos. Quizá de esa manera se contribuya a precisar lo que involucra e implica.

La reforma en lo político. Parecería que la transición política mexicana habrá de incluir varios elementos, por ejemplo: una recuperación del individuo como núcleo esencial y suficiente de la organización social; lograr que las manifestaciones políticas se expresen a través de los partidos, lo que a su vez será posible sólo al modificar la relación gobierno-PRI; una recuperación del municipio como la base de la estructura política nacional, lo que incluye reintegrar al DF su capacidad democrática plena; una reforma electoral convincente; una renovación de la legislación laboral; y, sobre todo, una cultura de democracia que permee todo el organismo social.

Prueba de que esa transición tuvo éxito sería un abatimiento sustancial de la abstención electoral en d ámbito nacional y, sobre todo, en los comicios municipales.

La reforma en lo económico. A nuestro juicio, en México la reforma del Estado debe incluir, en lo económico, siete elementos centrales:

1) Modernización de la regulación económica.

2) Reducción de la participación directa del Estado en la economía.

3) Apertura de la economía.

4) Reformulación de la estrategia redistributiva.

5) Revisíón de la política industrial.

6) Replanteamiento de la estrategia hacia el sector agropecuario.

7) Formulación de una nueva mecánica de orientación del desarrollo.

Si bien algunos de estos elementos no coincidirán con cada uno, en conjunto abarcan los temas básicos.

Durante los últimos años no se han dado avances uniformes en todos esos aspectos. Se ha actuado en los primeros tres: la desregulación; la disminución de la participación directa del Estado en la economía, y la apertura al exterior, en comercio e inversión. Sin embargo, poco se ha hecho en lo que se refiere a los últimos cuatro elementos, tan importantes o más que los otros.

Los logros en los tres primeros aspectos se conocen. Conviene dedicar más espacio a plantear los propósitos deseables en materia redistributiva, de industrialización, del sector agropecuario y de orientación del desarrollo.

Modernización de la regulación económica. Los cambios mas importantes se han dado en sectores como autotransporte, comunicaciones, banca, otros servicios financieros y la inversión extranjera. Se observan algunos avances en materia de pesca y acuacultura. También se ha realizado una simplificación administrativa amplia en múltiples sectores, en particular el comercial. Quedan tareas importantes en aspectos tan variados corno mercados oligopólicos, sector agropecuario, desarrollo urbano y ecología.

Reducción del Estado en la economía. La experiencia de México en privatizaciones es particularmente significativa. A partir de 1983 se inició la privatización de varios cientos de empresas, que poco antes pasaron al sector público junto con los bancos comerciales nacionalizados. El proceso implicó 91% de los activos no financieros con un valor de 85 mil millones de pesos durante 1983-1988.

Se intensificó la privatización de empresas que desde antes pertenecían al sector público. El número de paraestatales se redujo de 1,155 en 1982 a 285 en 1990. Gradualmente el proceso involucró empresas más importantes, por ejemplo dos aerolíneas y la de teléfonos. Está en proceso la reprivatización de toda la banca comercial, de empresas siderúrgicas y de fertilizantes, entre otras.

Apertura de la economía. Este proceso es también un caso de interés especial: la economía mexicana pasó de estar totalmente cerrada en 1982 a ser una de las más abiertas del mundo.(1) Ahora sólo 13.7% de las importaciones están sujetas a permiso; no existen precios oficiales y la tarifa máxima es de 20%. México es miembro del GATT desde 1986 y negocia activamente acuerdos de libre comercio con varios países, incluyendo los Estados Unidos.

Reformulación de la estrategia redistributiva. La reforma del Estado debe partir de una redefinición de lo que el Estado puede y debe hacer en materia de combate a la pobreza y de redistribución del ingreso. Los cuestionamientos son múltiples, pero hay un consenso: si en algo se justifica la intervención estatal, es precisamente en materia de redistribución. si n embargo, hay un desencanto profundo por la eficacia que ha mostrado el Estado como mecanismo redistribuidor. En buena medida por eso, todo está en revisión. Si se reconoce que el Estado tiene una función que realizar en esa materia, se requiere adoptar una actitud más constructiva. No se exagera si se afirma que el principal reto de la modernización de México es instrumentar una estrategia redistributiva eficaz.(2)

En lo económico dicha estrategia exige acciones en los ámbitos: 1) macroeconómico; 2) de orientación e intervención en la actividad económica; y, 3) en el propiamente redistributivo. La complejidad política de instrumentar una estrategia así es evidente. Múltiples regímenes han caído por su incapacidad para hacerlo.

La estrategia redistributiva enfrenta un problema extraordinario de coordinación y consistencia implica congruencia en la política macroeconómica, para crecer con estabilidad de precios y una balanza de pagos viable. Además, como el crecimiento es condición necesaria pero no suficiente, se requieren acciones adicionales.

La tarea implica establecer una política integral de ingresos (precios, salarios, pensiones, precios de garantía, precios de bienes provistos por el sector público), tocar el sistema tributario, actuar sobre la estructura del gasto público. En todo caso debe tenerse conciencia clara del efecto diferente de las acciones en términos de disminuir la pobreza extrema y de mejorar la distribución del ingreso. En su versión actual, el Pronasol básicamente incide sobre segmentos de la pobreza. 

Lo anterior señala que la estrategia redistributiva es piedra angular en el debate acerca del Estado mexicano moderno.

Revisión de la política industrial. El desmantelamiento de los excesos de regulación y control ha sido un paso decisivo para liberar el potencial de crecimiento de la economía mexicana. Hoy el aparato productivo nacional funciona de manera menos ineficiente. si n embargo, hasta ahí llega la política industrial. Parecería que en algún sentido no se justifica ir más allá en materia de orientación del desarrollo, en particular de la industria. Esa sería una apreciación equivocada. Hay razones económicas objetivas que no sólo explican la necesidad sino que exigen una política industrial. Las más importantes son cuatro:

· Imperfecciones de mercado

· Economías a escala

· Problemas por información inadecuada

· Objetivos en materia de desarrollo regional.

Debe reconocerse que esas características de los mercados y las economías hacen necesaria su intervención en materia de conducción de la industrialización. Surge la pregunta: ¿cuál es la naturaleza de esa nueva política industrial? Se trata de lo que podríamos denominar una política industrial “de base cero”, ya que implica revisarla desde sus fundamentos (objetivos e instrumentos).(3) Dicha política debería considerar el contexto internacional donde México habrá de llevar a cabo la próxima etapa de su industrialización. También debería, como prerrequisito básico, incluir el establecimiento y mantenimiento de señales internas adecuadas para impulsar la industrialización. Por último, debería establecer un marco de incentivos adecuado, que responda a las cuatro razones expuestas con anterioridad.

La modernización de la regulación industrial respondería a las imperfecciones de mercado (monopolios, externalidades, etc.). Un programa de promoción, no subsidio, buscaría impulsar aquellas actividades para las cuales México tenga ventaja comparativa y donde haya economías a escala. Una estrategia de información industrial y un sistema de incentivos regionales (no subsidios) completaría el paquete.

Replanteamiento del sector agropecuario. Quizás este sea el capitulo económico de la reforma del Estado acerca del cual existe un acuerdo menor. En principio se conocen los puntos a tratar, pero no hay consenso acerca de cómo resolverlos. Ese es el caso, entre otros, del régimen de propiedad y organización campesina; la relación entre los precios internos e internacionales de los granos básicos; los esquemas de apoyo y/o subsidio a la población campesina más necesitada; el nivel y estabilidad de los precios de garantía; los incentivos para lograr su recapitalización.

Es imposible concebir una reforma del Estado que no incluya una solución para esos asuntos.

Orientación del desarrollo. El séptimo y último elemento económico de la reforma del Estado también ha sido objeto de poca atención. Se trata de la difusión de la información económica y de la capacidad para analizarla y usarla en términos estratégicos para el desarrollo de México. Lograr calidad, transparencia y disponibilidad de la información es sólo el primer paso. Cuando el gobierno toma cada vez menos decisiones acerca de la orientación de la economía en el mediano plazo (sectorial y regional, entre otros aspectos), los particulares adquieren esa función y responsabilidad. Su papel cambia; ahora deben proporcionar información oportuna, propiciar el intercambio de impresiones y visiones estratégicas, y condensar lineamientos para los múltiples agentes que intervienen en la economía.

En otros países esa función la realizan los departamentos de planeación de las grandes empresas o de organizaciones empresariales, financieras e, incluso, gremiales. Dichas unidades se apoyan en universidades, centros de investigación y empresas consultoras. Como en México ése no es el caso, sería recomendable iniciar un debate al respecto, para que no se dé un desfase entre la “salida” del sector público y la “entrada” del Privado en esa materia.

(1) 100% de las importaciones estaban sujetas a permiso previo; el arancel promedio fue 27%; operaban precios oficiales para un porcentaje sustancial de las importaciones; y el arancel máximo fue 100%.

(2) Para una reflexión de la naturaleza probable de esa estrategia véase Jesús Reyes Heroles G.G.: “Modernización y reforma del Estado. La estrategia redistributiva” nexos 151, julio, 1990 

(3) Para un desarrollo más amplio del concepto véase Jesús Reyes Heroles G.G “Restructuración industrial en México: Hacia una política industrial de base cero”, en J. Wilkie y J. Reyes Heroles, comps Industria y trabajo en México. UAM, marzo de 1991 

¿A quién le importa la poesía?

En un artículo publicado en The Atlantic en mayo de 1991, el poeta y crítico Dana Giogia se pregunta “¿Puede importar la poesía?”, ante el hecho de que nunca ha habido mas poetas en las universidades norteamericanas, ni más publicaciones de poesía, este género, como entre nosotros, ha pasado a ser una subcultura, “ya no es parte de la corriente importante de la vida intelectual y artística”. Giogia invita a los poetas a hacer todo el esfuerzo por no aislarse y atraer a los lectores. Al final hace “seis modestas proposiciones” para que los poetas lleguen a un público mayor. Estas son:

1. Cuando los poetas hagan lecturas en público, deberían destinar una parte de cada programa a leer la obra de otros- de preferencia poemas que admiran, escritos por autores a los que no conozcan personalmente. Las lecturas deberían ser celebraciones de la poesía en general, no una mera comparecencia del autor y su obra.

2. Cuando los funcionarios culturales planeen lecturas en público, deberían evitar el formato previsible, sub-cultural, en el que sólo se lee poesía. Mezclar la poesía con las otras artes, sobre todo la música. Planear veladas en homenaje a escritores muertos o extranjeros. Combinar lecturas breves de crítica con representaciones de poesía. Estas combinaciones atraerían a un público alejado del mundo de la poesía sin arriesgar la calidad.

3. Es necesario que los poetas escriban sobre poesía con mayor frecuencia, con mayor franqueza, y con mayor eficacia. Los poetas deben recapturar la atención de la más amplia comunidad intelectual escribiendo en publicaciones no especializadas. También deben evitar la jerga de la crítica académica contemporánea y escribir en un lenguaje común. Finalmente, los poetas deben ganar otra vez la confianza del lector admitiendo con franqueza lo que no les gusta y promoviendo al tiempo lo que les gusta. La cortesía profesional no tiene si tío en el periodismo literario.

4. Los poetas que compilan antologías -o que hacen simples listas de lectura deberían ser escrupulosamente honestos e incluir sólo los poemas que de veras les gustan. Las antologías son la vía de acceso de la poesía a la cultura general. No debían usarse como pork barrels incentivos ca nadas del mercado de las clases de escritura. Un arte aumenta su público al presentar obras maestras, no mediocridad. Las antologías deberían compilarse para conmover, entretener e instruir a los lectores, no para halagar a los profesores de escritura que incluyen libros en sus cursos. Los poetas antólogos no deben comerciar nunca con la propiedad de la musa a cambio de favores procesionales.

5. Los profesores de poesía, sobre todo en las secundarias y en las licenciaturas, deberían destinar menos tiempo al análisis y más tiempo a la lectura o la representación. Hay que liberar a la poesía de la crítica literaria Los poemas deben memorizarse, recitarse, representarse. Hay que insistir en la alegría redonda del arte. El placer de la representación es lo primero que atrae a los niños a la poesía. La excitación sensorial de decir y oir las palabras del poema. La representación fue también la técnica de enseñanza que durante siglos conservó la vitalidad de la poesía. Quizá también tiene la llave para el futuro de la poesía.

6. Finalmente, los poetas y los funcionarios culturales deberían usar la radio para aumentar el público del arte. La poesía es un medio oral, y por lo mismo, se ajusta idealmente a la radio. Una programación algo imaginativa para las cientos de estaciones de radio estatales y de las universidades podría llevar la poesía a millones de escuchas. Existen algunas programaciones, pero en su mayoría se quedan pegadas al formato previsible, subcultural, de poetas vivos que leen su propia obra. Mezclar la poesía con la música en las estaciones de música clásica y de jazz, o crear formatos innovadores de pláticas radiofónicas podría restablecer una relación directa entre la poesía y el público en general.

In memoriam Andrés Iduarte

Bruno Estañol. Escritor. Entre sus libros, Fata Morgana y Ni el reino de este mundo.

Lo conocí ya viejo. Tenía un ojo exotrópico. Yo lo bromeaba diciéndole que todos los grandes hombres del siglo veinte tenían exotropia: Sanre, Borges, Buñuel. Tenía una esplendida imaginación: me dijo que cuando era chico, en San Juan Bautista, se asomó a una cámara fotográfica, de esas que estaban recubiertas por un trapo negro, y que una culebra escondida le picó el ojo y le produjo la exotropia.

Había escrito varios libros y tenía una gran capacidad para ser testigo de los acontecimientos. Casi toda su vida transcurió en el extranjero y aunque una vez volvió a la patria, nuevamente regresó al extranjero, por esa extraña capacidad que tenía de crearse problemas. A los diecinueve años, cuando empezaba la carrera de derecho se exilió por fuerza. Como mucha gente del trópico, andaba Siempre armado. Un día en una reyerta un compañero y coterráneo lo golpeó en la cara con la palma de la mano. Era entonces un joven delgado con poca fuerza física.

– Si me vuelves a pegar, te mato

– le dijo.

El otro le pegó nuevamente, ahora con el puño cerrado. Ofuscado, sacó la pistola y lo mató. Perseguido por la justicia se fue al extranjero. Exilio y trabajo. En el extranjero estudió letras y filosofía. Vivió la guerra de España y dio testimonio de ella. Escribió libros precisos y bellos. Llegó a ser profesor de literatura castellana en una gran universidad norteamericana. Fue más conocido en el extranjero que entre nosotros. Un día en el metro de Nueva York un gran político lo vio y le ofreció un puesto en México. Poco antes de venir le fue concedida una distinción. Al llegar, alguien en el congreso dijo que era inaceptable que a un asesino se le condecorara Después, siendo ministro de Bellas Artes fue despedido por permitir velar a una gran artista con una bandera extranjera sobre el féretro. Regresó nuevamente al exilio, aunque una oscura fuerza lo impelía a volver a la tierra. Cuando lo nombraron profesor emérito (eufemismo para quitarlo del poder) pasaba seis meses fuera y seis meses aquí En uno de esos viajes lo conocí. Eramos coterráneos y habíamos vivido en los mismos lugares aquí y en el extranjero y compartíamos la misma ambivalencia por nuestra tierra y por el extranjero. Nunca aceptó del todo nuestros defectos ni las supuestas virtudes de los anglosajones. Era más tabasqueño que mexicano y nunca abandonó su acento tropical. Lo imagino en Nueva York hablando de literatura castellana con el acento de Tabasco. El último día que lo vi fui a comer con él y con un amigo común a un restaurante español. Tomamos manzanilla y un vino de Rioja. El no quería comer mucho porque su mujer se lo había prohibido, dijo. Además, quería comer frijoles negros y carne de puerco. Pero al fin se contentó con un poco de pollo sancochado. Yo llegue un poco tarde y él me dijo:

– Disculpa que no me levante vertiginosamente pero es que ya me tomé dos manzanillas.

En la comida contó de la guerra de España, de Francia, de Nueva York. Nos relató su relación con Rómulo Gallegos, Neruda, Pellicer y otros. Nosotros le extendimos un certificado en una servilleta, que decía: “Los suscritos, médicos cirujanos legalmente autorizados para ejercer su profesión, declaramos que Andrés puede comer frijoles negros. Primero, porque nunca le han hecho daño. Segundo, porque le gustan mucho. Firmas”. A los dos días lo internamos en el hospital con pancreatitis aguda. Nos sentimos algo culpables. 

Ahora que lo recuerdo desde el lugar mismo de su exilio, me pregunto qué sintió en estos lugares y si aceptó ser ciudadano de ambos países, o si tuvo que rechazar a uno para aceptar al otro, como mecanismo vital de defensa o si, en realidad, disfrutó del exilio y alcanzó una visión del país que otros nunca logramos.

La cruda

Mi introducción a las crudas me llegó vicariamente por medio de un m estro de matemáticas. Se llamaba Mr. Tatum, pero le llamábamos el Principe de las Tinieblas porque al menos una vez a la semana entrábamos al salón de clases y lo encontrábamos sentado con las luces apagadas, las persianas bajadas y un aspecto lastimero en la cara. En esas mañanas Mr. Tatum hablaba con suavidad para que la cabeza no le vibrara de más. Tenía también sobre su escritorio una botella de algo llamado nux vomica, que era motivo de carcajadas. “No se metan con esto”, decía. “Algún día lo van a necesitar”. Nos caía muy bien. No porque hubiera sido un gran quarterback universitario o porque manejara un MG rojo y tuviera hermosas mujeres que lo seguían a donde fuera. Nos caía bien por sus crudas. Nos confirmaban que llevaba una vida privada glamorosa y movida.

Hay que recordar que en aquellos días -hablo de principios de los cincuentas- las crudas eran vistas como una prueba honorable, incluso heroica. Las mejores personas tenían crudas, particularmente en el cine. Etiqueta por la noche, cruda en la mañana. Así era la cosa. Hasta las mujeres tenían crudas: Katharine Hepburn en The Philadelphia Story, Mima Loy en The Thin Man, Greta Garbo en Ninotchka. Las crudas eran divertidas, y más con una bolsa de hielo sobre la cabeza; también era divertido beber y estar ebrio. Los borrachos tan comunes en el cine que dos actores (Arthur Housman y Jack Norton) hicieron carreras exitosas con tan sólo actuar de ebrios con las bocas pastosas.

El hecho es que después de la Revocación (de la Ley Seca) la bebida era una novedad para la mayoría de los norteamericanos. El consumo del alcohol había bajado a menos de la mitad de lo que fue antes de la prohibición (0.97 galones per cápita contra 2.6) y sólo hasta 1970 regresó a los niveles de la preprohibición. Así que durante muchas décadas fuimos inocentes en materia de licor. Y en esos años de relativa austeridad añorábamos a los adorables veintes, una época en la que, como lo describió F. Scott Fitzgerald, la cruda se volvió una parte del día tan admisible como la si esta española.

El consumo del licor llegó a su punto más alto en 1981, lo mismo que nuestra percepción de sus peligros. Desde entonces la bebida ha decaído firmemente, en parte por el clima de cuidar la salud que hay en todo el país pero también porque se ha aumentado la edad legal para beber; también por la campaña para erradicar a los conductores en estado de ebriedad, y la reciente adopción de leyes que hacen responsables a los cantineros y dueños de locales por las consecuencias de los tragos que sirven. Somos más sofisticados en nuestros hábitos de bebida Beber es todavía algo que puede ser refinado, pero emborracharse no lo es.

A veces nos vamos de bruces, como me pasó hace unos cuantos meses cuando me desperté sintiéndome como Mr. Tatum. Pensé en tomarme un trago fuerte -un “farolazo”- pero me urgía recobrar el equilibrio, y lo otro sólo habría prolongado el proceso.

Recordé que en el primer cuento de la serie de Jeeves (de P.G. Woodhouse), Jeeves le da a Bertie Wooster un remedio clásico para la cruda, así que consulté el texto. Jeeves se aparece con un bebistrajo café en un vaso. “La salsa Worcester-shire es lo que le da su color”, dice. “El huevo crudo lo vuelve alimenticio. La pimienta roja le da el piquete”. Esa pócima habría estado bien para 1925, pero en 1991 un huevo crudo puede causar una salmonela, para no mencionar la fuerte dosis de colesterol. Ni modo, Jeeves.

Luego pensé en los alkaseltzers, pero sólo por un momento. Alguna vez W.C. Fields rechazó los efervescentes sobre la base de que el burbujeo hacía demasiado ruido. Esa mañana en particular supe exactamente a qué se refería Fields.

Habría tomado aspirinas pero recordé haber leído que una prueba reciente en el Centro Médico de Veteranos de Bronx mostró que la aspirina inhibe una enzima que digiere el alcohol y por tanto lo mantiene a uno ebrio por más tiempo. La aspirina, descartada. Encontré un par de remedios para la cruda en la contraportada de un libro sobre combinación de bebidas, pero sólo llegué hasta “ponga al fuego una lata de puré de tomate con dos bolas de helado de vainilla…”

Finalmente me dirigí a la tienda de comida naturista que me queda más cerca. El gurú encargado me dijo, no sin cierto dejo de santurronería que por lo general sus clientes no requieren antídotos contra las crudas. Sin embargo tenía algunas sugerencias: beber agua para contrarrestar la deshidratación; comer una ciruela umeboshi para restaurar la alcalinidad en el aparato digestivo; tomar vitamina C para desintoxicar la sangre; tomar un complejo B para reponer la vitamina B destruida por el alcohol; tomar aceite de evening primrose para estimular la actividad de la próstata; beber un vaso de magma verde (un concentrado de jugo de cebada) para una limpia general de toxinas y un trancazo rápido de energía.

– No tendría de casualidad algo que se llama nux vomica?- pregunté como quien no quiere la cosa.

El hombre me extendió una botella. La etiqueta decía que nux vomica era un remedio homeopático hecho de “extracto de nuez”. Era para dolores de cabeza, vértigo, fotofobia y náusea. La compré, tomé un poco, y de inmediato me sentí mejor. Mentalmente le envíe una nota de agradecimiento a Mr. Tatum, y pensé que fue una buena cosa el hecho de que tuviera sus crudas en una época en que las crudas le daban estatura a un hombre. Hoy lo veríamos sólo como otro pobre baboso incapaz de controlar la bebida.

Tomado de Esquire, Julio de 1991.

Nuestro hermano Reis

José Saramago

El año de la muerte de

Ricardo Reis

Seix Barral,

Barcelona, 1987, 357 pp.

Cuando el escritor portugués José Saramago publicó El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), su idea de la Historia se había traducido por completo a su labor como novelista (él prefiere llamarse narrador, por cierto). Las omisiones de los historiadores abren las puertas a un tiempo que Saramago entiende como perdido, a la manera proustiana, que permite la entrada de la ficción. Es ahí donde nuestro escritor hace su agosto. La Historia, por así decirlo, cobra vida y, en un caprichoso juego, los inicios de la guerra civil española y el advenimiento del fascismo, percibidos desde Portugal, son el marco referencial en un momento de la existencia de un personaje dos veces ficticio y dos veces literario: Ricardo Reis, uno de los heterónimos del poeta luso Fernando Pessoa y protagonista de esta novela. Resulta interesante que Ricardo Reis sea quien legitime la situación histórica que recoge Saramago. La estadía en el Hotel Braganca -donde se ha hospedado Reis por un largo tiempo -de algunas familias españolas que no simpatizan con el régimen de la Segunda República, sus comentarios ultraderechistas, durante las conversaciones de sobremesa reviven un asunto muy importante para la Historia de los años treinta de este siglo.

En El año de la muerte de Ricardo Reis no hay enrarecimiento de los hechos, lo que generalmente ocurre en los textos de los historiadores, sino que, como lectores, asistimos al nacimiento, a la epifanía de la dimensión cotidiana pero cargada de contenido histórico. Ricardo Reis atiende a distancia el discurso casi falangista de sus vecinos ibéricos y, poco después, aunque el personaje es políticamente conservador (no así Saramago, hombre de izquierdas), se preocupará por la suerte que corra el hermano revolucionario de Lidia, una criada de servir que Reis ha convertido en su amante.

Sólo un narrador convincente como Saramago puede incluir en una novela que “registra” paso a paso las reflexiones de un médico mediocre de 47 años de edad, la amistad que el protagonista traba con el fantasma de Fernando Pessoa. De hecho, el paso de las juventudes hitlerianas por la Lisboa de 1935-36, la presencia constante de dos viejos en una banca, frente a la efigie de Adamastor, el anuncio de Bovril por todos los sitios, la intervención italiana en Abisinia, todo, en fin, se ofrece de forma tan auténtica que la extraña figura de Pessoa y sus visitas intempestivas en el cuarto de hotel, primero, y luego en el apartamiento que arrienda Reis, son tan naturales como la lluvia sobre la ciudad o como la galante entrada de los trasatlánticos al puerto.

El viaje de la ficción por el tiempo perdido de la Historia en El año de la muerte de Ricardo Reis se impone también como un viaje interior, el del doctor Reis, un hombre gris que escribe versos sin decírselo a nadie más que a Pessoa Reis padece con estoicismo su soledad, sus temores y lleva a cuestas las restricciones sociales de su clase: “El amor es difícil, querido Fernando, no se puede quejar, aún tiene a Lidia, Lidia es una camarera”. Y así, el médico tendrá que inventarse un amor platónico, el que le profesa a Marcenda, una joven que vive con su padre en Coimbra y que periódicamente va a Lisboa a atenderse de un brazo, el izquierdo, inerte. Sin embargo, con quien mantiene una relación real, hombre-mujer, es con Lidia, una mujer que pertenece al mundo que Ricardo Reis se ha organizado en Lisboa, luego de haber vivido 16 años en Brasil. Pero la ficción del amor por Marcenda resulta más fuerte que la presencia de Lidia Reis se apura a buscar a la chica del brazo inmóvil en una procesión religiosa rumbo a Fátima. Saramago, pues, hace énfasis en el sentido ficcional de la vida, y aunque ficcional, procede a modificaciones que establecen relaciones reales con los acontecimientos, y Reis, tan acicalado cuando acaba de llegar del Brasil, adopta hábitos de indolencia, porque desde luego nunca encontró a Marcenda en Fátima y le pesa la condición de camarera de Lidia. El lector podrá condolerse o no del doctor Reis, pero ya Saramago nos ha llevado en procesión a un universo casi medieval, en el que la fe y la venta de la fe van de la mano. Entretanto, se cuece la Guerra Civil en España y Hitler tiene, como Ricardo Reis, 47 años de edad.

Como en otras de sus novelas, Saramago no distingue entre autor y narrador (o narradores). Ha dicho que se imagina mucho más como alguien que está hablando que como alguien que está escribiendo. Los diálogos, que son muy frecuentes, no se señalan con guiones sino que se intercalan en la narración, y las voces se distinguen por medio de un inicio con mayúsculas. Lo narrado y lo, que hablan los personajes entre ellos parece Dialogar a su vez. Mientras los caracteres actúan y los observamos desenvolverse casi como si estuvieran dentro de un espacio teatral (dicho sea de paso, Saramago incursionó en el drama con A Noite y con Que Farei com Este livro), el autor/narrador se inmiscuye y opina largamente sobre los personajes: “En el fondo (Ricardo Reis) es un romántico, cree que el Día en que se enteren de su aventura con Lidia se va a venir abajo del escándalo el Braganca, y con este miedo vive, a no ser que lo que sienta sea el deseo morboso de que tal cosa ocurra, contradicción inesperada en un hombre que se dice tan despegado del mundo, ansioso al fin de que el mundo lo atropelle…”

Saramago acredita constantemente al “realismo”, la necesidad de que las cosas y los seres novelescos sean creíbles, aunque con el mismo trazo revele los caminos de la ficción, lo que ya había elaborado en Levantado do Chao (Alzado del suelo) en 1980, cuando rompe con el neorrealismo al contar la vida de los campesinos de Alentejo a lo largo de este siglo. Lo que el narrador piensa sobre Ricardo Reis conduce al mismo artificio de “hacer creer” que al de recordar que lo que sucede no es otra cosa que ficción.

Como sea, el tiempo perdido de Saramago y sus triquiñuelas sobre realidad y ficción resultan una entre decenas de ideas posibles sobre su obra, sin duda, una de las más interesantes de la literatura europea finisecular. El año de la muerte de Ricardo Reis relata el último año de la vida de un hombre común y corriente (a pesar de que escribió algunos poemas de Pessoa) que manifiesta sus íntimas preocupaciones y sus mayores miedos, sus manías y sus pequeños gustos, aunque despierta en el lector la propia medianía con sus destellos de originalidad.

Por otro lado, Saramago delínea el mapa de la ciudad de Lisboa, con el cuidado y la pasión narrativas de un Joyce por su Dublín. Suben y bajan las calles hasta los muelles, en lo que el novelista crea la densa atmósfera del puerto: “Llueve fuera, en el vasto mundo, con tan denso rumor es imposible que, a esta misma hora, no esté lloviendo por la tierra entera, va el globo vertiendo aguas por el espacio, como peonza zumbadora. Y el oscuro ruido de la lluvia es constante en mi pensamiento, mi ser es la invisible curva trazada por el son del viento, que sopla desaforado…”.

Y así como Raimundo Silva en la Historia del cerco de Lisboa (1989) modifica el texto histórico que corrige para una casa editora, y de oscuro personaje pasa a reinventar un episodio medieval, así Ricardo Reis, tan absolutamente ficticio, se transforma en nuestro reflejo, aunque no vivamos en 1936 y no seamos un médico casi cincuentón que escribe versos y que conversa con Fernando Pessoa.

No me iré sin ti

Estábamos todos muy contentos adquiriendo diversos artículos en un almacén de reconocido prestigio. La magnifica organización familiar descubrió este modo de hacer la compra tú la fruta y la verdura; yo, abarrotes, blancos y salchichonería. No era lo que se llama una propuesta democrática, pero la acepté como se aceptan las cosas que se vuelven costumbre y uno acaba queriéndolas por el simple hecho de que ocurran Siempre.

“Yo la fruta y la verdura”, repetí mentalmente, y me encaminé por un pasillo de galletas, panetones y Pan ideal -como le dice mi padre al Pan Bimbo- hacia los anaqueles del fondo. En los supermercados de los que hablo la fruta y la verdura. siempre están al fondo. Caminé inexplicablemente feliz, como si me hubieran premiado o hubiera ganado una cantidad interesante de dinero en la última semana. Esto es la vida, pensé, lo demás son trampas de los sueños que caducan, turbias diversiones de la voluntad.

Elegir el jitomate bola puede parecer a simple vista una operación no sólo sencilla sino humillante. Es todo lo contrario, muy complicada y, además, fortalece el espíritu. Se sabe: si el jitomate se consumirá en breve, su textura puede ser blanda; pero si se piensa en el almacenamiento, el jitomate debe estar duro para que el tiempo lo madure y apruebe la buena ejecución de, digamos, una ensalada.

Estaba en esto y otras cosas, como la lechuga romana, la zanahoria, el pepino, la sabiduría que implica diferenciar el cilantro del perejil -uno tiene raíz, el otro no-, cuando se oyó por el sonido local del almacén de reconocido prestigio una voz femenina llamando a la corrección de un precio, de un olvido involuntario:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. Junto a mí una mujer examinaba un melón y le daba golpecitos como si alguien viviera adentro. Se oyó de nuevo la voz:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. La misma mujer metía en una bolsa de plástico una cantidad de limones suficiente para darle limonada a unas sesenta personas con mucha sed. Una cinta reproducía los acordes orquestales de una canción de los Beatles: “Nothing’s gonna change my world”. Se interrumpió la música y se oyó la voz de la mujer

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. Estaba a punto de decirle a mi compañera de frutas y verduras que los empleados de abarrotes se caracterizan por su impuntualidad, cuando la voz regresó, pero ahora áspera, cercana a la agresión:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. No te escondas entre la muchedumbre -dijo la mujer-. Sé que estás aquí. Siempre supe que no tenías vergüenza. Vienes hasta aquí con tu mujer y tus mentiras como si no hubiera pasado nada entre nosotros. ¿Qué nueva mentira traes contigo? 

Un silencio de eternidad, como quería Baundelaire, invadió el almacén de reconocido prestigio. La señora del melón volteó al techo como si quisiera encontrar en él la cara dolida de la mujer que hablaba inopinadamente por el sonido local. Pero yo supe, por mi conocimiento de los almacenes de reconocido prestigio, que la voz venía del departamento de devoluciones, ni más ni menos. Un hombre que como yo compraba la verdura se pasó una mano por la cara No pudo disimular el miedo, la tensión dominó su mano derecha y despanzurró un jitomate -que yo había desechado- y que estaba listo para ser partido en rodajas.

El silencio se convirtió en desconcierto y éste en confusión. Una mujer dejó caer al piso la pasta Anti-Sarro con Fluoristat y los jabones Antibac -bac se refiere, supongo, a las bacterias que elimina el jabón- y un paquete de Panty Shields para una perfecta higiene femenina después de “esos” días. Por alguna razón que, creo, tiene que ver con la solidaridad, le dije al hombre que había triturado el jitomate:

– Un útil instrumento de persuasión, ¿no le parece? -señalé las bocinas del sonido local y vi su mano derecha enrojecida, húmeda.

– Y pensar que te quise como a nadie -se oyó la voz, ahora con dos puntos más de volumen-. Que pasé años de mi vida en la sombra del secreto, que me alejé de todos. Como pude ser tan ciega. “Somos descaradamente felices”, me dijiste una de las últimas noches que pasamos juntos hasta el amanecer lluvioso de un día de mayo. Eso fue lo que dijiste, ¿te olvidaste ya? Durante toda esa noche en que bebimos nuestro vino y nuestro sudor y nos quedamos dormidos, cansados de ser uno solo, convencidos de que aquello no era un sueño sino el momento más feliz de nuestras vidas, ¿te olvidaste ya? ¿Por eso regresas con tu mujer como si nada hubiera ocurrido entre nosotros?

Todos suspendieron sus necesidades compradoras, atentos a la voz. Un hombre rompió el pasmo:

– Me perdonan, pero un amor así debe ser una esclavitud espantosa.

Era un hombre de abrigo gris y lentes y una mirada perdida en el abismo y no frente al refrigerador de cervezas heladas. Supe de inmediato que se trataba de un profesor de filosofía de la Universidad de Berkeley que pasaba sus vacaciones en la ciudad de México. Las circunstancias me obligaron a responderle esto:

– Eso lo dice Spinoza; y me va a perdonar, pero Spinoza tiene más contradicciones que semillas esta sandía- alcé una sandia verde y madura para enseñársela.

– Piénselo, amigo -me dijo el profesor-. Un amor así es una esclavitud. Por detrás de nosotros se acercó una mujer hermosa, de unos treinta y tres años recién cumplidos, vestida para hacer el mercado: jeans deslavados, blusa de flores, zapatos bajos. Era muy bella y dijo:

– El asunto es si esta pobre mujer fue engañada o no. Por lo que dice creo que él mintió más de una vez. A cambio de las mentiras él recibió certezas diarias, cariño, actos de amor, más que palabras hermosas.

Una corriente eléctrica que emergió de una de mis zonas erróneas sacó una chispa que no pude controlar:

– Dios mío -le dije-. Parece usted candidata a diputada por el sexto distrito. ¿Como puede usted deducir todo eso? ¿Quién es usted, Aristóteles disfrazado de ama de casa joven y bella? ¿No se le ocurre pensar que las cosas fueron de un modo más complicado, menos simple? Además -le dije-, le aclaro que no es tan fácil distinguir la verdad de la mentira.

– No me gusta lo que me dice- dijo la mujer.

– Lo siento mucho- le contesté.

– Lo siente mucho, pero usted da a entender que la verdad y la mentira son la misma cosa. Una mentira siempre es una mentira.

Creo que el profesor de filosofía dijo en voz muy baja, mientras ponía en su carrito un paquete de cervezas:

– Ahí si, la joven señora se equivoca.

– ¿No se le ocurre pensar -le dije a la señora- que tal vez él estaba muy enfermo y tuvo que irse para evitarle mayor dolor?

El filósofo me miró con su mirada de abismo y tuvo conmigo un detalle que ninguno de mis amigos habría tenido, me señaló el carrito de la compra de la mujer joven y bella y, en él, un paquete de toallas femeninas. Entonces me dijo:

– En estos días el debate civilizado es imposible. Nada que hacer.

Como lo último que dije no me pareció lógicamente sólido, abandoné el lugar del jitomate y los limones. El filósofo y yo alcanzamos a oir que ella nos dijo:

– Son ustedes unos machistas detestables.

Otra vez el sonido que se emitía desde el departamento de devoluciones:

– De pronto un día, te lo confieso, me descubrí aterrada de estar sin ti. Lloraba por las noches y el sol traía la certeza de que ya no estabas conmigo, que ya no te esperaba a la siete, a las ocho, a las nueve, en una espera en la que se mezclaban el placer, la ansiedad y la rabia. Ya no llegarás otra vez a mi casa y yo ya no te esperaré. No volveré a oírte decir: “Es que tuve un día muy pesado”, ni te quitarás el saco y te aflojarás la corbata diciendo que aquel lugar, mi casa, era un refugio, una de esas cosas por las cuales la vida merece la pena vivirse. Sé muy bien, querido, que no volverás a llorar en mi almohada recordando a tu padre cuando era joven, ya no harás memorias de tu infancia en el campo de fútbol mientras fumas el noveno cigarro de la noche y del amor y del sexo. A cambio, yo no te contaré la primera vez que hice el amor con un hombre tan mayor que pudo ser mi padre. No voy a contarte nunca más de la noche en que besé a una amiga en la boca para saber qué se sentía y, tampoco, repetiré frente a ti el simple mecanismo de pararme al baño después del amor ni, por cierto, tú volverás a gritarme desde el cuarto: “¿Te ayudo?”. Y no irás nunca más a ese baño, un tiempo después de habernos querido hasta el llanto, húmedo de mi, y yo no diré: “Me lo cuidas”. Nada de esto volverá a ocurrir entre nosotros. Deja que yo no sea nada para ti. Cambiaré de nombre si es necesario, cambiaré de manera de ser y dejaré de usar el vestido azul que tanto te gustaba, me cambiaré de casa para borrar los rastros, no quiero seguir en el mismo lugar en donde fue verdad tanta mentira.

La voz del sonido local se interrumpió de golpe. El profesor de filosofía dijo:

– Esto empieza a ser verdaderamente desagradable. Compro mis servitoallas y me voy. Ahora bien- me dijo siguiéndome con su carrito repleto de mercancía-. Vea usted: si Walter Benjamin hubiera conocido estos grandes almacenes habría cambiado el tema de su gran proyecto inacabado. Los pasajes habrían sido Los almacenes: en ellos ocurre todo lo que compete al ser humano, ¿ya lo había pensado? Los grandes almacenes de autoservicio son el enigma por excelencia de la modernidad.

No pude decirle si lo había pensado o no porque el hombre que estranguló el jitomate bola estaba sentado, en cuclillas, bajo el anaquel de los pañales desechables llorando como un niño. Lo auxiliaba un empleado de salchichonería. Le decía que se tranquilizara, que todo lo curaba el tiempo y que, además, no era muy común que esto ocurriera en la tienda. Las mujeres, dijo, son impredecibles. Era un generoso empleado de salchichonería. Abrió un paquete nuevecito de servilletas y él mismo se encargó de limpiarle las lágrimas. El filósofo de Berkeley y yo nos acercamos. Nos llevó, es cierto, una curiosidad insana; le preguntamos si era él a quien le hablaban. El hombre del jitomate se incorporó, tomó otra servilleta que le ofreció el empleado de salchichonería y nos dijo:

– ¿Ustedes creen que si ella fuera la que no es, yo estaría llorando de este modo vergonzoso? No, señores, si yo fuera el hombre de quien esta mujer habla, ya estaría en el departamento de carnes, escondido entre los sirlones. No soy él, por desgracia. A mi lo que me pasa es que acabo de tener un hijo y estoy emocionalmente exhausto. Además, no sé qué pañal comprar: ¿Chicolastic o Kleen Bebé?

Fue hasta entonces que pudimos darnos cuenta de que el almacén se había convertido en un auténtico salón de discusiones. Ya no había silencio sino un murmullo intenso. Una mujer le reclamaba a su marido:

– Es el colmo, Arturo, inconcebible. Hasta en el mercado te siguen las mujerzuelas que dejas por la vida.

Un hombre sudoroso respondió detrás del anaquel de las sardinas:

– Tranquilízate, cariño, por favor. ¿Tú crees que si yo supiera que aquí hay una mujer con la que yo tuve que ver, te hubiera dicho que viniéramos a comprar aquí la carne molida y las almendras? Pues claro que no, mujer, te hubiera dicho que las compráramos en Satélite. No te pongas así, cariño, por Dios.

Yo no sabia que una carne molida con almendras pudiera ser un platillo, una comida, una cena. Me felicité por no ser amigo de esta pareja que da carne molida con almendras. En ese momento vi a Evelia que venía con el carrito lleno de mercancía Me dijo:

– Esta mujer ha sufrido horrores, vámonos de aquí. Por qué tenemos que saber las intimidades de estos amantes desdichados. Mejor vámonos.

El sonido local, otra vez:

– ¿Sigues ahí? Ahora sé que las geografías de nuestras vidas siempre fueron diferentes. Nuestros usos horarios nunca fueron los mismos. Mientras para ti las cosas anochecían, para mi empezaba la mañana. Cuando tú traías el mediodía a la casa, yo estaba de noche en otro país y en otro idioma.

Sobre el sonido que invadía hasta el último rincón del almacén de reconocido prestigio se oyeron voces de protesta:

– Basta ya, no lo torture de ese modo- se oyó uña voz indignada-: El también la quiso.

– No estoy dispuesto a seguir oyendo todas esas barbaridades, me quejaré con el gerente.

Evelia y yo decidimos enfilarnos hacia la caja tres del almacén. Los ánimos estaban muy caldeados y, además, los Rodríguez nos esperaban a cenar. Una mujer de edad se acercó y nos dijo:

– Miren, el asunto es así: ella, la de la voz, quería casarse con él, porque lo amaba. Y como no pudo ser, en parte porque él ya era casado cuando la conoció, ella está muy enojada. Nada más: los jóvenes pierden los estribos con mucha facilidad ¿no lo cree así, señora? -le preguntó a Evelia.

– Hay algo más, señora, si me permite: se quisieron como locos, digo, por lo que he oído.

De nuevo la voz:

-“No me iré sin ti”, me dijiste una noche, ¿ya lo olvidaste? Pero tiempo después entendí que no hacemos sino eso: irnos y nadie ni nada regresa nunca. ¿Cuántos amigos te quedan, querido? ¿Lo ves?, nada regresa. Entiendo que sea éste un medio inusual para comunicarme contigo, pero no contestaste el teléfono de tu oficina ni respondiste los recados y las cartas y, como tú mismo decías después de las peleas y los rencores, siempre hay una vez más para decir. Algo más: creo que usaré este medio las veces que sea necesario, en distintos momentos de infelicidad y duda profundas.

– Ella ha sido muy dura con él- le dije ya en la fila de la caja y enmedio de las muchas discusiones y aclaraciones que suscitó la mujer del micrófono.

En el pasillo que nos llevó a la caja tres, que nos llevaría, además, a la salida, oímos trece veces la frase “No te pongas así”; ocho veces la frase “Por favor, cariño, yo no sé quién llama a la casa y cuelga el teléfono”; cinco veces la frase “Te lo advierto, eso seria intolerable”, y una vez la frase “Nada qué ver y mejor cambiemos de teman. Esta última me pertenece y se la dije a Evelia cuando ella me reclamó que yo defendiera al hombre desconocido. Entonces me dijo:

– ¿O tienes tú algo qué ver en todo esto?

La vida, dice Bioy Casares, es un ajedrez y uno nunca sabe a ciencia cierta si va ganando o perdiendo. La discusión con Evelia fue absurdamente ríspida, tan áspera que la cajera que marcaba nuestras compras en una máquina flamante intervino y dijo:

– Sí señora, él señor tiene razón. Yo ya leí el libro de Bioy Casares que acaba de citar, en la página ciento y tantos alguien dice: “Para los que se quieren, no hay nada que no se arregle entre las sábanas”. Nunca se olvide de eso, señora. Yo lo tengo subrayado y releo la frase cada vez que salgo en las mañanas.

La cajera siguió marcando los diversos artículos que habíamos comprado. Sobra decir que llegamos tarde a la cena de los Rodríguez. A pesar del retraso la pasamos muy bien, bebimos whisky y vino blanco y vino tinto y algo de pernod.

No recuerdo con claridad cómo llegamos a la casa. Me acuerdo, eso si, del amanecer y de Evelia atrayéndome hacia su cuerpo y de que, algo insólito, no tuve cruda. No podía creerlo después de los tragos de la noche anterior, pero a veces ocurre lo inesperado.

El secreto y el estudio

Amores del joven Novo

Sergio González Rodríguez, narrador y ensayista. Su último libro es La noche oculta (Cal y Arena). Próximamente publicará Los amorosos, relatos eróticos mexicanos. También es profesor de literatura en el Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora y tiene a su cargo el Archivo de Salvador Novo. Este ensayo es parte de un estudio más amplio y en marcha sobre la vida y la obra de Novo. 

Para Gloria Pérez Jácome

Antonio López Mancera

Salvador López Antuñano 

Hacia 1920, la ciudad de México comienza a recibir a gran parte de los contingentes que dejan la provincia devastada por los estragos revolucionarios. Entonces, la población capitalina era cercana al millón de personas; veinte años después, se duplicará. Este crecimiento tuvo un eje: el nuevo orden industrial que se comienza a imponer a la economía del país, y hará que la capital concentre y centralice los mayores recursos. En la vida colectiva se inicia así algo que se insinuó en los últimos años del porfiriato: el llamado de una cultura urbana moderna, y sus pugnas con los arraigos de la sociedad tradicional, plena de vigencias. Sí los usos amorosos parten del fundamento que define la práctica de la sexualidad en un periodo, durante los años veintes y principios de los treintas, la ciudad de México vivirá un primer episodio entre los impulsos modernos, liberadores, y las normas morales de un Estado postrevolucionario que busca unir, reafirmarse nacionalmente, junto a la trama cerrada de los preceptos católicos; en suma, familia, monogamia, decencia, trabajo.

La cultura urbana moderna reconoce en el libre mercado, el sujeto individual y la formación de las esferas seculares de lo público y lo privado tres de sus elementos primordiales. La sexualidad se expresa a través de ellos. En la ciudad de México de los años veintes y principios de los treintas se comenzó así a perfilar una “identidad homosexual”, distinta de lo que pudo ser una “conducta homosexual” de tiempos previos, mediante un hecho que describe John D’Emilio en estos términos: “Sólo cuando los individuos comienzan a ganarse la vida con un salario, en lugar de ser parte de una unidad interdependiente de tipo familiar, fue posible para el deseo homosexual unirse en una identidad personal -una identidad basada en la habilidad de permanecer fuera de la familia heterosexual y de construir una vida personal basada en la atracción de alguien de su propio sexo”.

Los usos amorosos del joven Salvador Novo, Siempre a contracorriente de las normas morales que proliferaron en aquellos años, permiten acercarse a un aspecto formativo de tal identidad homosexual: la idea del secreto y sus espacios clandestinos.

Cuando el homosexual “aparece en el registro de la vida intelectual y social” del país, con poetas como Novo, Villaurrutia, Porfirio Barba Jacob, o pintores como Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro, Chuco Reyes Ferreira, Abraham Angel y Agustín Lazo, enfrenta persecuciones de otros artistas e intelectuales en nombre de campañas “moralizadoras”. Orozco caricaturizó a los homosexuales como “Los anales”, Antonio Ruiz el Corso pintó a Novo y Villaurrutia como enemigos del pueblo por su elitismo afeminado y Diego Rivera los ridiculizó en los murales de la Secretaria de Educación Pública. A finales de octubre de 1934, cincuenta intelectuales presentan una denuncia ante el Comité de Salud de la Cámara de Diputados, fundado en 1932, que exige la “eliminación completa de afeminados” de los puestos gubernamentales. A pesar de que el Comité recibía un promedio de cincuenta a ochenta cartas sobre diversas denuncias, la que fue dirigida contra los homosexuales causó un gran revuelo. Se fundamentaba en la idea de combatir a “los elementos que crean un clima de corrupción, hasta el extremo de impedir el arraigo de las virtudes viriles entre la juventud. Esta campaña la encabezaron Manuel Maples Arce, Jesús Silva Herzog, Mariano Silva y Aceves, Francisco González Guerrero, Juan O’Gorman, Héctor Pérez Martínez, Rafael F. Muñoz, Ermilo Abreu Gómez, Gustavo Ortiz Hernán, Arqueles Vela, Julio Jiménez Rueda, José Rubén Romero, Mauricio Magdaleno, Renato Leduc, Fernando Leal, Ramón Alva de la Canal, Julio Castellanos, Fermín Revueltas y Germán Cueto.

Si ese episodio se ha divulgado, ha sido como mero efecto de un clima de intolerancia de la época, pero se ha pasado por alto que obedeció a una causa específica la razzia policiaca que al parecer involucró a Novo o a Villaurrutia pocos días antes de aquella denuncia. Una nota de la revista Detectives que se publicó el 15 de octubre de 1934 -la denuncia de los intelectuales es del día 31- señala:

La gacetilla policiaca de las últimas semanas se refería a la captura de unos “niños bien” que habían sido sorprendidos en una casa de la Rinconada de San Diego cuando se entregaban a expansiones demasiado atrevidas. La gacetilla no citaba nombre de alguno de esos “niños bien” que provocara el escándalo de la época. Sin embargo, más tarde, en los mentideros teatrales, cafés y tertulias se citaban nombres de algunos que forman el cenáculo literario en boga, y se asociaban tales nombres a los de algunos reproducidos por Diego Rivera en uno de los frescos de la Secretaría de Educación Pública.

La nota y las declaraciones anexas de un agente policiaco ilustran sobre la homofobia vinculada a un antiintelectualismo, y los presuntos privilegios de homosexuales cercanos a funcionarios de alto nivel:

No deja de producir graves meditaciones tratar de resolver satisfactoriamente las causas del homosexualismo en los círculos intelectuales, decía el detective. Habría que aclarar que este distinguido policía se ha encontrado en las listas a individuos muy conocidos en determinados centros y círculos que están calificados como afeminados sorprendidos in fraganti. En el momento de resolver el castigo para esos individuos, aunque sólo sea por inmoralidad o faltas a la moral pública, se ha encontrado en situaciones muy embarazosas. Hay nombres que pesan mucho por su “respetabilidad” pública y por su “personalidad” literaria.

Las opiniones del policía sobre el caso concluyen con dos preguntas criminológicas sobre la causa del homosexualismo entre los intelectuales que tienen, a estas alturas, una ironía involuntaria: “¿Será por hastío del goce normal? ¿Influirá mucho la lectura de determinado género?”.

En esos años de atmósfera persecutoria, no resulta extraño que Salvador Novo haya desarrollado una furia satírica como no se ha visto igual en la cultura mexicana del siglo XX. Contra las moralizaciones del estalinista Bloque de Obreros Intelectuales, escribió:

De todo, como acervo de botica, en un crisol en forma de mortero, bazofia de escritor, caca de obrero, cuanto pueda caber en bacinica, al Comité de la Salud Pública que imparte un diputado reportero, al que no sea burro o manadero, denuncia porque daña y porque pica,

No temáis que la gente se equivoque, que sí aprenden a hablar los animales los denuncia la cola que les cuelga.

Quedaremos de acuerdo en lo de Bloque;

pero obreros, ¿seréis intelectuales si el seso os anda en permanente huelga?

En 1934 se dio también un episodio decisivo en la definición de una tendencia conservadora contra las incipientes reformas del sistema educativo, cuando el Secretario de Educación, Narciso Bassols -bajo cuyas órdenes trabajó Novo- intentó ampliar las nociones educativas en lo sexual a los alumnos de primaria. El Congreso Panamericano del Nilo y la Sociedad Eugenésica Mexicana habían recomendado instruir a la infancia como medida preventiva contra el número alarmante de casos de adolescentes y jóvenes con embarazos indeseados, abortos riesgosos, hijos “naturales”, relaciones premaritales, enfermedades venéreas y “perversiones sexuales. Bassols ordenó un informe técnico de un “tema prohibido por razones religiosas”. Antes de que llegara a publicarse, las asociaciones católicas de padres de familia desataron una campaña en contra que, a la postre, provocaría la renuncia de Bassols. Los católicos pensaban que la educación sexual era un “medio para violar niños inocentes”, un “complot comunista contra México”, una vía para dar entrada a “la pornografía” en las escuelas. Esta visión unitaria de la sociedad, donde un peligro conduce a otro, es típica del pensamiento católico y sus prescripciones de lectura. Desde el Primer Congreso Católico Mexicano de 1903, se propuso trabajar por los “grandes intereses nacionales”, sostener iglesias católicas y emprender cruzadas moralizadoras contra los vicios sociales. En la época postrevolucionaria, como puede verse, esto no sólo se había sostenido, sino se había incrementado.

Asimismo, desde el gobierno de Venustiano Carranza, el Estado mexicano habla buscado una mayor precisión y eficacia normativa en los asuntos de la vida urbana, las costumbres y la moral social. En 1917, Carranza procuró la Ley de Imprenta que reglamentaba los ataques a “la vida privada” y a “la moral”, y en su Informe de gobierno de 1919 afirmó: “Verdaderas campañas se han sostenido contra el juego y los demás vicios; contra la vagancia se han tomado enérgicos acuerdos y se ordenó la supresión de los bailes públicos y el cierre de los expendios de alcohol a horas convenientes de la noche. Este conjunto de medidas ha contribuido a mantener el orden. En su primer año de gobierno, Alvaro Obregón procuró reorganizar y profesionalizar el cuerpo de policíaca, erradicar inmoralidades y hacer más segura la ciudad, tarea que continuaron Calles y Portes Gil en áreas esenciales como control político, de diversiones públicas y de ordenamiento del tráfico urbano.

El escritor español Joaquín Belda, en su novela galante y poco conocida El fifí de Plateros, dejó una estampa de la ciudad de México de 1925, cerca del barrio de tolerancia de Cuauhtemotzín:

En cada cruce de calles había un gendarme con su rifle y su farol: para mantener el orden y también un poco la leyenda, porque al verlos tan aparatosamente armados, los papanatas que venían de fuera solían decir:

– ¿Eh? ¿Qué tal? Los simples policías tienen que ir armados como si  fueran a la guerra.

Conforme la ciudad crecía, también se multiplicaban los sitios de trato prostibulario, las cantinas o cabarets. si hacia principios de los veintes hubo registro de más de ciento cincuenta prostíbulos, hacia mediados de los cuarentas se estimó la existencia de más de ciento cincuenta “casas de mala notan, cuatro mil cantinas y cuatro mil cabarets. Pero el peso normativo se enfocó, más que a los Reglamentos de Policía y Buen Gobierno, a la legislación del Código Penal, expedido en 1931 por el gobierno de Ortiz Rubio, cuyo Título octavo tipifica los delitos contra “la moral pública y las buenas costumbres”, sostén jurídico desde entonces de toda campaña en nombre de la moral.

Dos años después, el Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos se abocó a normar lo referente a la prostitución y las enfermedades venéreas, que hacia finales de los veintes despertaron la alarma de algunos especialistas, como Bernardo J. Gastelum, que estimó en más de la mitad de los mexicanos el padecimiento de la sífilis. Sin este panorama normativo es difícil esclarecer el contorno de los usos amorosos de aquellos años y aproximarse a la identidad homosexual, que puede ejemplificar el joven Novo y su tránsito por dos etapas; el hallazgo y certeza de su diferencia; y la búsqueda de otros semejantes a él y sus espacios particulares.

En Torreón, a los doce años, Novo recibió un beso de un compañero escolar en un camerino furtivo, como cuenta en sus “Memorias”: “Aquel secreto que era al mismo tiempo una revelación vagamente esperada, me llenó de una intima felicidad. Era el triunfo de mi belleza, la realización de mi anhelo de tener un novio como las muchachas del Colegio Modelo, las posibilidades de penetrar en el misterio del cuarto vacío a que el hombre desconocido se había llevado a la sirvienta Epifanía”. El despertar sexual del niño Novo tuvo tres experiencias consecutivas: la lectura de La fisiología del matrimonio de Amancio Peratoner que le reveló las características de “la virginidad y de la desfloración”, además de los “misterios del otro sexo” con láminas y descripciones; los escarceos exploratorios, Siempre fallidos, con una joven sirvienta; y, por último, su entrega a un muchacho mayor con este resultado: “no experimenté el menor dolor- aunque tampoco el mínimo goce”

En 1917 Salvador Novo regresó a la ciudad de México, acompañaba a su familia que huía del desorden revolucionario. Poco después, su padre, que había permanecido en el Norte, murió y él, hijo único, reafirmó sus cercanías maternas; su madre era quince años mayor. Novo se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria y encontró en David Niño Arce su primer amigo y compañero de “pinta” a Chapultepec, la Alameda, El Museo, los escaparates del Centro. Y más que el apego a la lectura, Novo descubrió el cine Vicente Guerrero y el Briseño, pleno de danzones y putas, junto a las que “se inhibía y congelaba, no sabia de qué hablarles”, y que en la pantalla presentaban héroes que se convertían en su objeto de deseo: “Me humillaba no el pensamiento de ser un `anormal’; no el hecho de sentir por ese hombre un deseo y una pasión que yo no alcanzaba a sentenciar, a calificar de culpable; sino el hecho de que sin duda mi sentimiento era tan singular, que me hacia tan único, tan extraño en el mundo que si mi héroe lo conociera, lo probable es que me despreciara por ello, me humillara, me golpeara en vez de besarme”. Así, “iba manifestándose, y cristalizando mi carácter en formación: con su búsqueda del placer por el sufrimiento, de la exaltación por la humillación. En esa época, cuando Novo se entera de que un pariente, con quien compartía cuarto en la casa familiar, había roto su amistad con un amigo por ser éste “un puto, sintió que “aquella ruptura violenta de una vieja amistad, se originaba justificadamente en la misa culpa siniestra de que yo me sabia indefenso reo; y que ese destino de abyecta, súbita e irremediable segregación me aguardaba en la vida”.

Al finalizar el curso escolar, tanto Novo como David Niño Arce tuvieron problemas por su ausentismo; a su debido tiempo Novo aprobará el primer año en exámenes extraordinarios, mientras Niño Arce se dedicará al teatro. “Fue en esa época cuando David y yo nos confiamos abiertamente nuestras idénticas inclinaciones”. Poco después, Novo tendrá un encuentro clandestino en el cuarto de la azotea con el chofer de la casa “La almohada, su cuerpo, su rostro áspero, sus manos duras, efundían un olor de gasolina que a partir de aquel acto, iba a condicionar durante mucho tiempo un placer que en aquel momento gustaba verdaderamente por la primera vez”.

Por Niño Arce tiene Novo un encuentro con un maestro de teatro y accede al cuarto “sombrío que él habitaban; poco después conoce a un pianista que será una especie de confidente, “capaz de ampliar el mundo de mis experiencias”, y que se hacía llamar Clarita Vidal: “me llevaba todos los días a presentar con gentes diversas y pintorescas, a conocer sus casas y sus medios bizarros”. Así pudo conocer vecindades y cuartos “pecaminosos”, “ocultos y sombríos”.

En la clase de literatura de Erasmo Castellanos Quintó, Novo conoció a Villaurrutia: “Dado su espíritu inquisitivo, tiene que haber sido él quien me abordara, interesado al descubrir que, como él, yo hacia versos”. Villaurrutia le descubrió a Novo la lectura de dos autores malditos: Gide y Huysmans, que con Al revés y El Inmoralista los “sacudían con sus revelaciones”. También leyeron, con “culpable fruición admirativa”, El retrato de Donan Gray de Wilde: “La conversación a propósito de Wilde fue acercándonos a la confidencia. Yo no disimulaba mis inclinaciones: Xavier no parecía haber descubierto las suyas, o bien se resistía a reconocerlas. Su entrega, o su definición, ocurrió como era lo propio en una vida suya ceñida Siempre por la más rígida contención literaria: en las cartas que nos cruzamos durante el último viaje emprendido por mi madre, conmigo, a Torreón”. 

El descubrimiento de su identidad homosexual, en Novo se entrelaza al del paisaje urbano, al de los primeros brillos modernos y sus símbolos: los escaparates los autos, el vértigo de las actividades en la calle, los anuncios, la multitud. Y la posibilidad de apropiarse la ciudad mediante una sensibilidad análoga a ella. De este aliento cosmopolita y espectacular, moderno y democrático está lleno su fragmento narrativo El joven, que publicará en 1928, y es la prehistoria de su Nueva grandeza mexicana. Ahí escribió: “Hay dos grandes muestras de la fuerza que crea dividiendo en nuestra sociedad. El aviso oportuno, en lo moral, y la casta de los choferes, en lo material”. Esto último no era gratuito: si no ocultaría luego un gusto preferente por los policías y los soldados, en los años veintes Novo se sintió atraído por los choferes, tanto que se acercó como colaborador a un periódico gremial llamado El Chafirete, y luego casi se hizo cargo de todas las secciones bajo el seudónimo de Radiador. Así practicó parodias y versos burlescos como este que tituló “Madregal” (Sonetos lubricantes de Sor Juana Inés del Cabuz):

Este que ves camión descolorido que arrastraba en “Las Artes” sus furores

y que vigilan hoy tres inspectores es un hijo de Ford arrepentido.

Este en quien los asientos se han podrido con la parte de atrás de los señores, que no pudo enfrentarse a los rigores de la vejez, del tiempo y del olvido,

es un pobre camión desvencijado que en un poste de luz hizo parada. Es un resguardo inútil para el Hado.

Es una vieja diligencia herrada, es un afán caduco, y bien mirado, es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Novo y Villaurrutia debutaron como poetas a finales de 1919 en El Universal Ilustrado, terminaron la preparatoria y se inscribieron en Leyes, pero, en testimonio de Novo, “en la escuela nos veíamos menos que en otras más agradables partes nocturnas”. Por razones de ocio y convencido de “la singularidad excepcional de mi carácter”, Novo empezó a escribir “una minuciosa y romántica autobiografía novelada que titularía ‘Yo”. Cuenta Novo que, a falta de un lugar propio, guardaba ese manuscrito en una gaveta del gimnasio de Leyes, de donde Villaurrutia lo sustrajo y “le alarmó su crudeza, su sinceridad, la mención de nombres auténticos”. Pero “como si al violarlo lo hubiese despojado para mí de toda virginidad y de todo valor: cuando después de una discusión me lo devolvió, destruí aquella primera Confesión escrita a los dieciséis años”.

Los usos amorosos de tal identidad homosexual se expresaban por una especie de economía afectiva y del deseo, que circulaba en espacios secretos o jugaba con ellos. Así como jugaba con los velos y las máscaras, los encubrimientos y las palabras como signos de apropiación íntima o grupal, donde la mirada era la contraseña de acceso. “Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada- escribe Novo-, yo encontraba aquellas miradas con sólo caminar por la calle: la avenida Madero, por la que entonces la gente paseaba lentamente todas las tardes:. Esa calle era el punto de encuentro de quienes tendrían la puerta abierta a “despachos” más o menos discretos de edificios oficinescos, como el existente junto a la pastelería El Globo. Por ahí transitaban compradores y vendedores amorosos, y también notorios intermediarios, como el cura conocido como “la madre Mezan, “a caza de clientela o de surtido”, y ocupaba uno de “los grandes cuartos habitados en ese edificio por sus congéneres”. Novo afirmaría que ahí conoció “a casi toda la fauna de la época”, en la que por cierto parecían abundar los clérigos. Novo describe la atmósfera de otra casa “antigua y lóbrega” que, junto al cine Olimpia, admitía un “estudio” en que destacaba “el típico olor a encierro, a perfume que se han vuelto rancios; los cortinajes pesados, las luces bajas”. Novo conoció también una “especie de casa de citas masculina” en la calle de Luis Moya, que atendía un mesero de oficio.

Un tanto harto de recurrir a lugares ajenos, Novo acordó con Villaurrutia y un amigo llamado “La Virgen de Estambul” instalar su propio estudio en las cercanías de la preparatoria, en Donceles y Argentina Elías Nandino dejó testimonio de otro estudio de Novo, al parecer posterior al de Donceles, que compartió con Villaurrutia “Fuimos a ver a Xavier y a Salvador a unos “estudios” que tenían, a un costado de la iglesia de Santo Domingo. Era un edificio delgado, así es que ellos no tenían más que sus habitaciones, una después de otra, hasta arriba, porque en la planta baja había negocios. Uno subía y se topaba con lo que parecían ser cuartos de hotel. Sólo había unos baños comunes al final del pasillo. Cobraban siete pesos de renta al mes por cada cuartito”. Nandino y su amigo de entonces se entusiasmaron tanto con los “estudios” que decidieron también rentar uno de aquellos cuartitos.

De Nandino es también este testimonio sobre otro de los estudios que después tuvo Novo: “En la Plaza de la Conchita llegó a rentar un cuarto de vecindad. Era una pieza que tenía puerta a la calle y otra entrada por el lado del patio de la casa Novo decoró esa habitación como si fuera el cuarto de una piruja de barrio: puso cortinas de caracolito en las ventanas, metió una cama de latón con su colcha floreada y a un lado del colchón puso un lavabo de mano con toalla, aguamanil y todo.”

Este gusto por la teatralidad amorosa es parte de la identidad homosexual, donde la importancia del secreto encierra la dinámica de un tránsito que irá, con el tiempo, del closet a la calle. En Novo, a pesar de que hizo todo lo posible por hacer conspicua su diferencia, Siempre persistió el placer por el secreto, quizá una forma de “exilio interior”, como lo hizo notar Octavio Paz en el caso de Villaurrutia, que terminaba por rebasar la práctica de la sexualidad: “Alguna vez -escribe Paz-, para recoger un manuscrito o un libro, pasé por el `estudio’ que tenía Xavier en el centro. Me sorprendió la atmósfera de aquella habitación: parecía el set de una película de Cocteau (La sangre del poeta). El se dio cuenta de mi sorpresa y me dijo: ‘Para soportar a México he tenido que construirme este refugio artificial”‘. Eso fue en los años treintas, y tal ánimo persistiría en Villaurrutia hasta su muerte, en 1950. También a lo largo de su vida Novo mantuvo los signos iniciales de su descubrimiento homosexual, que se expresó en el uso de una escritura ocasional encubierta en anónimos y seudónimos, en la fundación del “Buró fantasma” que proveía servicios periodísticos con un equipo de redactores bajo su dirección, en el sostén de otros “estudios”, como el que tuvo en la calle de Héroes del 47, en la afición por vestir prendas restallantes, o sortijas, bastones y peluquines notorios en sus últimos años. No sin cierta nostalgia, hizo construir en los años cincuentas un “estudio” en el fondo del jardín de su casa en Coyoacán, que por su estilo arquitectónico hacía llamar “La cabaña”. En los años veintes y treintas, Novo escribió buena parte de sus mejores libros de ensayo y poesía, afinó su perfil intelectual, colaboró a la renovación de la cultura mexicana en compañía dé otros escritores y amigos, el grupo Contemporáneos, e inició una fructífera carrera como funcionario cultural y profesional de la literatura, el periodismo, el cine, el teatro y la publicidad. Hacia finales de los cincuentas, era ya una figura pública, y lo seria hasta su muerte en 1974. Pero el espectro de aquellos “alegres veintes” no lo abandonó jamás. En 1967, en la cima de su éxito, ya cronista de la Ciudad, académico de la Lengua, consejero y amigo presidencial, autor consagrado y leído en sus colaboraciones semanales, justo antes de que la estrella del reconocimiento unánime dejara de brillar para él, se encontró de golpe con aquel espectro, bajo la forma de la muerte solitaria y en la miseria, de su primer amigo David Niño Arce. En su columna “Cartas a un amigo” no pudo evitar recordar a éste mediante una parábola deslumbrante y dolida de su propia vejez, que coincide con las atmósfera de miedo y clandestinaje de los mejores Nocturnos de Javier Villaurrutia:

Murió, me dijeron, a las dos de la mañana del viernes. Después he recordado que a esa precisa hora me despertaron mis propios gritos ahogados, del detallado sueño de angustia en que me veía en un banquete (había cenado esa noche en el que se dio a Edmundo O’Gorman por sus 60 años), y a un lado de la sala, yacía en una cama, enfermo, Celestino Gorostiza. Se incorporaba y forcejeaba conmigo para exigir que viniera a peinarlo. Más allá de su cama estaba un sillón de mi casa, que reconocí; pero ese sillón era el coche en que yo podría irme, como ya lo deseaba. La cama de Celestino, ahora calmado, iluminada por velas pequeñas al pie, me impedía llegar al sillón, y decidía irme a pie. Caminaba por calles solitarias, con luz de luna, cada vez más asustado al pensar que traía en la billetera demasiado dinero y que podrían asaltarme. Me arrepentía de no haber mandado al banco ese dinero, simplemente porque eran ocho billetes nuevos. Veía al paso una casa enorme, abierta y vacía, pintada de azul- y por fin, un vigilante en bicicleta aparecía como una esperanza de salvación; pero no hacia caso de mi llamado. Se esfumaba. Crecía mi angustia, cuando me percataba de que me seguían a muy corta distancia dos hombres siniestros. Trataba de gritar, pero no podía articular palabra Mis gritos me despertaron. Sudoroso. Vi el reloj. Eran las dos de la mañana. A esa hora moría- en el triste lecho de un hospital, mi primer amigo en la ciudad de México. Cerca de cincuenta años después de que, ambos niños, la recorríamos con asombrosa alegría”.

Desde la muerte de Salvador Novo se ha insistido, con más rencor que comprensión, en aquello de que él padeció una vejez “aborrecida”, plena de tratos corteses, claudicaciones y soledad íntima, pero se tiende a olvidar lo más importante: que conservó hasta el fin el don excepcional de una memoria clara, justo por lo que hoy podemos valorar sus mejores actos, sus mejores obras.

BIBLIOGRAFÍA

· Aranda Luna, Javier, “Nuevo Novo”, El Nacional, 10 de septiembre de 1990

· Belda, Joaquín, El fifí de Plateros, México, Imprenta de Manuel León Sánchez, 1925.

· Britton, John A., Educación y radicalismo en México, 1. Los años de Bassols, México, SEP, 1976.

· Ceballos Ramírez, Manuel, “Las lecturas católicas: cincuenta años de literatura paralela, 1867-1917”, en Historia de la lectura en México, México, Seminario de Estudios de la Educación en México/El Colegio de México/Ediciones de El Ermitaño, 1988.

· D’Emilio, John, “Capitalism and Gay Identity”, en Powers of Desire. The Politics of Sexuality, Ed. by Ann Snitow, Christine Stansell & Sharon Thompson, N.Y. New Feminist Library/Monthly Review Press, 1983.

· Detectives, “Los homosexuales por Armando Araujo”, México, D.F., 15 de octubre de 1934.

· Excélsior, México, D.F., 1o. de noviembre de 1934.

· Iñigo, Alejandro, Bitácora de un policía, 1500-1982, México, DDF, 1985.

· González Rodríguez, Sergio, Los bajos fondos, el antro, la bohemia y el café, México, Cal y Arena, 1988.

· Nandino, Elías/Enrique Aguilar, Una vida no velada, México, Grijalbo, 1986.

· Novo, Salvador, “Cartas a un amigo”, 2 de enero de 1967, volumen empastado.

El Joven, en Toda la prosa, México, Empresas Editoriales, 1964.

La estatua de sal. Memorias, inédito.

“Madregal, Sonetos lubricantes de Sor Juana Inés del Cabuz por Radiador”, en El Chafirete, México, D.F., 20 de mayo de 1923.

Sátira, México, Alberto Dallal Editor, 1970.

· Paz, Octavio, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, México, FCE, 1978.

· La Prensa, México, D.F., 6 de noviembre de 1943.

La investigación científica en México

Ni santas ni suripantas

José Warnan. Físico. Director del Centro de Tecnología Electrónica e Informática. 

La cantina El Platón es una de esas cantinas (Ladies Bar, perdón) sin edad, de las que están por el Centro. Se puede jugar dominó y la clientela es variada. Empleados del comercio de la zona, intelectuales y periodistas (enchufados o no), funcionarios, algunos con pedigree, de esos a los que les habla uno y la secretaria nos informa que “el doctor está en un acuerdo y no volverá en toda la tarde”. Mangos: están en El Platón; ahí los veo muy seguido. Estudiantes, parejas y algunos turistas. Ambiente de sacos fuera, corbatas aflojadas, barbas, jeans y humo.

En fin. Ahí me podrán encontrar casi siempre. El trago es barato, las botanas excelentes, los platillos razonables y los meseros no lo molestan a uno por horas enteras. Me gusta sentarme en una mesa cerca de la ventana. En la noche, las luces de la calle y los coches hacen juegos de sombras en la pared y se puede uno entretener viéndolas mientras llegan los cuates a platicar.

Una tarde, hace poco, tenla una cita en El Platón y me dejaron plantado. A solas en mi mesa, veía las sombras y me preguntaba qué hacer, cuando me puse a escuchar la plática en la mesa de junto. El diálogo se me hizo interesante y lo paso al costo. Mejor eso que contarles quién y por qué me dejó plantado, una historia muy triste.

Los que sostenían el diálogo se velan ambos como funcionarios (o ex-funcionarios, o próximos funcionarios, no importa); bien informados, inteligentes (lo siento, más bien feos). Parecían querer lo mismo pero pertenecer a iglesias distintas. Me pregunto si llegarán a ponerse de acuerdo. Espero que sí.

No pude oír sus nombres. Me pareció que eran tocayos y se llamaban pinche; si no, eran muy amigos. Estaban aniquilando una botella de buen brandy y el diálogo estuvo fuerte y apasionado, así que me permití traducir del vernacular al castellano, conservando solamente algunos tecnicismos donde no encontré traducción.

Sigue el diálogo de la cantina El Platón.

– ¿Supiste de la entrega de Premios Nacionales de la Academia de la Investigación Científica?

– Sí, hombre. íEstos científicos! No hacen más que pedir más dinero, y más dinero. Que se pongan a trabajar.

– No la amueles. ¿Cómo esperas que una gente con diez o veinte años de estudio y trabajo, muchas veces reconocido internacionalmente por la calidad de su obra, gane lo mismo que un jefe de oficina en el gobierno, o cuando mucho un subdirector de área, que muchas veces ni la carrera terminaron?

– Pues que produzcan. ¿Qué, te parece poco lo que el gobierno les da a las universidades? Sólo a la UNAM este año le están dando más de un billón de pesos. Estamos en crisis y hay muchas universidades que no les toca nada Hay muchas unidades, muchos jodidos(*) y estos científicos sólo saben pedir más.

– Espérate, espérate. Vamos a aclarar de qué estamos hablando. El presupuesto de las universidades no se va todo a la investigación científica ni mucho menos; calculo que ni el 10% se va a la investigación de la que estamos hablando. Si quieres, hablamos de los problemas de la educación media y superior en general, pero eso es otra discusión, mucho más amplia. Estamos ahora solamente en el problema de la investigación científica. Esta incluye, solamente en la UNAM, 23 institutos y centros especializados en diferentes áreas del conocimiento. De la Astronomía a la Zoología. Y no estoy contando a las Ciencias Sociales. Estoy hablando nada más de “hard sciences”.

– Peor aún. ¿Para que nos sirve tanto científico?

– íYa ni la amuelas! De veras que para ser moderno, me estás saliendo cavernícola. Hasta predinosáurico. ¿Me vas a hacer explicarte para qué sirve la Ciencia en una sociedad? ¿No has leído nada de los cientos de libros y artículos escritos sobre eso? En México, de menos cada seis años se revive este tema y siempre es lo mismo. Nada más te digo esto: si crees que la modernización se va a dar sin gente preparada estás mal. Y si crees que la preparación de calidad se puede dar sin grupos de primera en la investigación, estás aún peor. Tú mismo tienes un doctorado y viviste el proceso. Tus grandes maestros, los que verdaderamente te enseñaron algo, los que te mostraron ideas y caminos, estaban ahí porque ahí existen grupos de excelencia en investigación.

– Puede que si , pero yo saqué mi doctorado en el extranjero. Ahí si pude ver como la Ciencia servía a la sociedad. Cómo de las universidades salían ideas y productos ligados a las prioridades nacionales. Mira a Estados Unidos, la URSS, Francia o Japón. ¿Pero aquí? La gente se está muriendo de hambre y enfermedades, las empresas necesitan tecnología y estos científicos se la pasan viviendo del presupuesto y estudiando la mugre en las uñas de King-Kong. ¿Para qué me sirve eso?

– Estás perdido. Estás confundiendo la producción del conocimiento con la utilización del conocimiento por parte de la sociedad para resolver sus problemas. La primera es responsabilidad del investigador científico, pero la segunda no. Es de la sociedad en su conjunto y, muy especialmente, del gobierno y del sector productivo.

– No te entiendo.

– Es que inventamos un monstruo.

La CIENCIA Y TECNOLOGIA. De tanto mencionarlas juntas acabamos creyendo que eran lo mismo. También los científicos se fueron con la finta y creyeron que, en lugar de Ciencia, podían hacer CIENCIA Y TECNOLOGIA. Pero la Ciencia y la Tecnología tienen lógicas y dinámicas muy diferentes. La Ciencia tiene la lógica de la producción del conocimiento y una dinámica de decenas de años. Preparar un doctorado en Ingeniería toma diez años. si lo preparas en cinco, te sale medio güey. Por eso, formar un grupo sólido de investigación toma muchos años. La lógica de la Tecnología es la lógica del mercado y la producción. Su dinámica es mucho-más corta, de años en lugar de decenios. La Ciencia vive en las universidades; la Tecnología en las empresas. Hay que engranar las lógicas y las dinámicas, pero no hay que confundirlas.

– Pero entonces, lo que necesitamos en México es Tecnología, y no Ciencia, para resolver nuestros problemas.

– íNo seas bruto! Siempre, con la prisa de resolver problemas con una declaración y una firma, los reduces a simplismos que no concuerdan con la realidad. Claro que necesitamos tecnología; pero la tecnología no son libros ni máquinas. La tecnología es básicamente gente preparada. Y para preparar bien a esta gente necesitas del conocimiento y de la Ciencia. Son problemas diferentes que tienes que enfocar separadamente, aunque estén relacionados.

– No estoy de acuerdo. Si lo que dices es cierto, con tanto científico, al cabo de tantos años deberíamos tener mucha más tecnología.

– íNi máis! (*) Vas a tener tecnología solamente cuando la apoyes y fomentes en sus propios términos, y no como si fuera ciencia. ¿No me citabas los ejemplos de otros países? Pues mira Ahí mismo la diferencia entre los mecanismos de generación de la Ciencia y de la Tecnología. Pero no vas a tener los recursos humanos para hacer tecnología si no tienes grupos de investigación científica en su base para prepararlos.

– Pues que se preparen en otros países.

– ¿Y dónde carajos (**) crees que se preparan los científicos mexicanos? No sólo eso. Mientras que aquí se discute si sirven o no, los monos estos publican en el extranjero y muchos se van a trabajar, vivir y producir allá. ¿Te has puesto a calcular el costo de perder a los mejores científicos? ¿El desperdicio de recursos que implica? Los preparas desde primaria y, cuando finalmente están listos para producir, reproducir su conocimiento y pagar con creces la inversión, ízas!, los corres. íQué listo! Y cuando empiezas a buscar gente para hacer tecnología y aplicaciones, y resolver los problemas concretos de productividad y modernización, pues resulta que no hay suficientes, ni maestros que los preparen.

– Mira, tus argumentos son muy bonitos y convincentes en teoría. Pero en la realidad, cuando voy a visitar los centros científicos, me encuentro con una bola de engreídos, que creen que el país les debe todo, que nadie los comprende, que tienen la solución para todo, que ni siquiera se dan cuenta qué tan bajos viven de los problemas reales y, para acabarla de amolar, una bola de flojos que no saben lo que es trabajar, ni preparan bien a la gente, ni han producido nunca nada que valga un centavo.

– Espérate, espérate. Ni santas, ni suripantas. Hay de todo. El medio científicos en México es muy variado. Hay centros de primera y otros de quinta. Dentro de cada uno de ellos, hay fregones de primera y también tarados de la cabeza. Tienen problemas laborales, de grillas, de mafias internas, de incompetencia, etcétera. Tiene que ser así; comparten los mismos problemas que todos nosotros. ¿A poco en el gobierno todos son genios, honestos y trabajadores? Y además. agárrate cualquier actividad, pegale hasta con la cubeta por más de diez años y luego ve y dile que se ve muy dañada. íPues si!

– Lo que me estás diciendo es que requieren de un mecanismo de evaluación para deshacerse de los que no funcionan y apoyar a los que si.

– Claro que requieren de un mecanismo de evaluación. Sólo que ícuidado! ¿Quién va a evaluar? Dudo mucho que un burócrata pueda evaluar o siquiera sugerir criterios para evaluar a un investigador en Ingeniería Genética, por burro que éste fuera. A menos que, como de costumbre, quieran usar como criterio la temperatura Diaria promedio de la silla. La UNAM ha estado discutiendo y trabajando continuamente sobre sus criterios y mecanismos de evaluación ya por muchos años. Es un área continua de conflictos y debates internos.

– Pues no la han hecho muy bien. O por lo menos no es claro para los que estamos fuera, que seguimos viendo un promedio muy bajo. Cada que producen una evaluación, todos salen siendo la mamá de Tarzán. Parecería que nada más conjugan el verbo evaluar yo te evalúo, tú me evalúas…

– Mira, claro que la comunidad científica tiene su ración (y más) de problemas, mafias y grillas. Pero también tiene estándares y prácticas de evaluación más estrictos que casi nadie. Claro que hay incompetentes y brutos que se cuelan. Pero si ves a aquellos que sobresalen en las evaluaciones, no son lo uno ni lo otro. Son gente cuyo trabajo se reconoce dentro y fuera del país; que sus alumnos y colaboradores respetan y que se han ganado este respeto a pulso, por su trabajo y no por decreto.

– Pero a mí, la evaluación que me interesa es una más objetiva, que mida su contribución a los problemas de prioridad nacional.

– Eso si va a estar más duro. (***) ¿Cuales prioridades nacionales? Estas no han cambiado mucho desde Hidalgo. Lo que cambia cada par de años (máximo seis) es la definición de su importancia relativa en relación a un entorno socioe-conómico político-culturalinternacionalcoyuntural(***) cambiante. -Que los alimentos… -Que siempre no… -Que la salud… -Que Siempre no… -Que el desarrollo industrial… -Que Siempre no… -Que la democratización… La Ciencia no puede seguir esa dinámica, ni le corresponde. Cuando ha tratado, le va como al cohetero. Quien puede seguir esta dinámica son los mecanismos a través de los cuales la sociedad explota el conocimiento para resolver sus problemas.

– No te entiendo. ¿Cuáles mecanismos?

– Ahí está el punto. Aquí no existen, a diferencia de los países que mencionabas antes. Al irnos con la finta de la CIENCIA Y TECNOLOGIA, confundimos conocimiento con soluciones. Le dimos callo a la Tecnología y ahora le queremos cobrar los platos rotos a la Ciencia.

– Ya deja de beber, porque te entiendo menos cada vez. Además, tú tienes que manejar y luego tu mujer cree que…

– Mira. Te lo explico despacio. Tú puedes saber muy bien Como y por qué funciona tu coche; la Termodinámica del motor, la Mecánica del diferencial, etcétera; de ahí a que construyas uno, o pongas una fábrica de automóviles, te falta mucho, pero mucho: financiamiento, estilo, ingeniería, mercado, ventas… Y al revés: si quieres poner una fábrica de autos, más te vale contar con alguien que sepa Como y por qué funcionan para que te entrene a tu gente, porque si no, nomás no puedes.

– Ya deja la botella. Pareces corcholata

– O piensa en Salud. Estar al día en Cómo funciona el cuerpo humano no te capacita para operar un hospital o instalar un sistema de salud pública. Pero, si quieres poner un sistema de salud, más te vale contar con gente que esté al día en el funcionamiento del cuerpo. Ahora, si no se te dio la gana, o no pudiste, o no se te ocurrió poner un sistema de salud o una fábrica de autos, no le eches la culpa al que sabe de motores o de medicina. El cumplió.

– Dame la botella. Pero ¿por qué diablos el gobierno tiene que estar pagando todo eso? Te digo que hay muchas necesidades y no hay para todo.

– ¿Qué te pasa? En todos los países del mundo es el gobierno el que paga la Investigación Científica. Incluso las universidades privadas más grandes del mundo dependen de subsidios gubernamentales para hacer investigación. Y los gobiernos no lo financian por dadivosos o porque les sobra el dinero. Lo hacen porque reconocen que, dentro de las muchas prioridades que deben atender, la Investigación Científica es una más, que debe verse como una inversión con un impacto fundamental en el futuro de la sociedad. Además, cuesta menos que, por ejemplo, muchas campañas publicitarias.

– Pero esto se vuelve un pozo sin fondo de recursos y tú sabes que no hay tanto. Cómo harías que esto rindiera? ¿Tú qué hadas si fueras el gobierno?

– Antes, devuélveme la botella, ya que invitaste del bueno y con mi salario. Ahora, lo primero que hay que hacer es tomar el problema con la seriedad que amerita y entender sus complejidades, sin reducirlo a simplismos. Esto, en si , ya serla innovador. Pensarla seriamente qué es lo que espero de la investigación científica. Luego, me reuniría con los científicos y…

– Espérate. Ahí si te agarré. Esto ya se hizo, y ¿adivina qué dijeron los científicos? Que querían más presupuesto. Te digo, parece ser lo único en que se ponen de acuerdo. Eso, y en que su trabajo e interés personal es lo más importante del universo.

– Tienes razón. Pero recuerda varias cosas. Primero, los científicos aquí y en China tienden a ser malos políticos; segundo, muchos de ellos están hasta el gorro del rito sexenal en que se les convoca, se ponen a trabajar como locos y luego pura…(*) Tercero, normalmente les piden cosas para las que no están preparados (CIENCIA Y TECNOLOGIA) y que deben estar listas para mañana por aquello de “las prioridades. Es como si te doliera mucho una muela y llamas a un proctólogo a que te cure, porque “es doctor. Como no te da respuesta (sí tienes suerte y es honesto), agarras un avión, te vas a Houston, ves al dentista y de regreso declaras a la proctología una disciplina inútil porque no cura muelas.

– Puede que sí, pero la comunidad científica también tendrá que hacer un esfuerzo mucho mayor, además de quejarse, si quiere que la sociedad los tome más en serio. Tienen que salir de su burbuja, y con un poco de humildad reconocer que no lo saben todo, que tienen mucho que aprender fuera de la burbuja Tienen que aprender el lenguaje de los demás y no esperar que todos hablen el suyo. Tienen también que proponer algo más que el aumento presupuestal.

– Pero los científicos no viven en una burbuja y muchos se mueren de ganas por proyectar lo que saben fuera de su medio. 

– ¿Sí? Pues te creo nomás porque eres cuate y estás a medios chiles. Porque mucha gente los ve en una burbuja y como si la proyección les valiera wilson. (**)

– Pero entiende. La cosa va para los dos lados. No se vale preguntar y luego no pelar la respuesta, que ha sido el proceso histórico, aunque he de reconocer que no sólo para los científicos. Hemos tratado a la Ciencia como adorno, y luego criticamos porque está de adorno. Ahora si que como diría Sor Juana: “Queredlos cual los hacéis, o hacedlos cual los queréis”.

– íYa párale! Hasta la guitarra vas a agarrar. Mejor síguele donde te interrumpí, antes de que te pongas a cantar.

– ¿Dónde iba? La botella. A ver… sí. Pues me reuniría con los científicos, les diría qué se espera de ellos, ESCUCHARLA lo que me dicen y abriría un espacio serio de concertación, en lugar de la imposición tradicional. A partir de esta concertación obtendría metas y estrategias para dos cosas: primero, la manera de que, con los recursos que se tienen y en la realidad que nos rodea, la Ciencia en México se haga cada vez mejor y rinda cada vez más; segundo, la manera de engranar los conocimientos a la solución de mis problemas, es decir, aquellos mecanismos intermedios que no tenemos. Y cuidado con las diferencias entre la odontología y la proctología.(***)

– ¿Sabes qué? Ahora si creo que se te pasaron las cucharadas. Estás borracho. De lo que me estás hablando es de una solución concertada y razonada. De que funcionarios y científicos se sienten a Dialogar, olvidando uno su poder y el otro su prestigio. Sólo aquí, en El Platón. Mejor ya deja el pomo; ya alucinas. Además, ¿Como está esto de los mecanismos intermedios que no tenemos y todas esas fregaderas?

– íAja! Ahora quieres que hablemos de Tecnología, no de Ciencia. Como no. Nomás que te va a costar otra botella.

Llegando a este punto, me distraje. Me di cuenta de que podía renovar una prometedora amistad con una vieja amiga que acababa de entrar y, como dentro de las prioridades hay prioridades, dejé a estos tipos a que acabaran su discusión y su botella. si me los vuelvo a encontrar, pasaré las conclusiones. si no, perdón, y sáquelas el lector mismo.

(*) Dícese de la gente sin doctorado (N. del T).

(*) Del francés mére (N. del T.).

(**) Lugar geográfico (N. del T.).

(*) El investigador (N. del T.).

(**) Al menos casi siempre (N. del T.).

(***) Dícese del macho cabrío (N. del T.).

(****) íBravo por la palabra! (N. del T.)

(*****) Lo que sigue queda fuera por razones de confidencialidad (N.del T.)

(*) Del náhuatl “atole con el dedo” (N. del T.).

(**) Del inglés wilson (N. del T.).

(***) Suponemos que (salvo por el brandy) el señor se refería a las diferencias entre la Ciencia y la Tecnología (N. del T.).

Una niña eterna

Almudena Grandes

Las ededes de Lulú

Tusquets

España, 1991.

Las edades de Lulú, XI premio de la Sonrisa vertical, ha sido retratada 18 veces entre marzo de 1989 y enero de 1991. Su autora suele retratarse desnuda, de espaldas, enseñando la otra sonrisa, reiterando en esa fotografía una decisión y una identidad, una escritura del cuerpo, detenida en el bajo vientre y en el trasero, una literatura del destape, literatura que en un brevísimo periodo hace parecer arcaica a la literatura y a la critica publicadas en España, al final del periodo franquista. Consúltese, por ejemplo, El mito de la inmaculada concepción de Luis M. de Miguel (Anagrama, 1979) donde se revela el papel opresor de los ginecólogos españoles y el peso de la censura sobre la sexualidad; o revisese la ingenua visión de H. J. Eysenk que en Usos y abusos de la pornografía, traducida en 1979 por Alianza Editorial, aún mostraba preocupación por conformar una estadística de la sexualidad y subrayar cuantitativamente sus “perversiones”.

2. La Historia de O fue escrita por un hombre con un seudónimo de mujer, Pauline Réage. El relato es indirecto, pero revela (o pretende revelar) algunos procesos que, a través del sexo, permiten a una mujer llegar a la total abyección y a la pérdida absoluta de la libertad. Fascinada, O acepta una minuciosa degradación, pide, casi exige, como diría Pasolini, ser devorada, desaparecer. Novela clásica, punto de partida de la literatura erótica de este siglo, esta novela servirá de paradigma a la que analizo: ¿logra Lulú ser un sujeto erótico? ¿Al escribir literatura erótica, Almudena Grandes altera la posición tradicional en que este tipo de escritura situaba a la mujer?

3. Lulú comienza su aventura donde termina O: con el pubis depilado. Despojar el sexo femenino de su vello es para el autor de O la desnudez absoluta. Para Almudena Grandes la preservación de una sexualidad infantil. Hablar de esto no nos remite a una extraña peluquería sino a la organización de un ritual. Obviamente no digo nada nuevo: toda literatura erótica (ya lo mostraba Sade, que ahora podemos comprar en los supermercados) organiza un riguroso espacio sagrado y una distribución de funciones implacable. La sexualidad se ejerce en lugares especiales y su éxito depende de la ejecución inmaculada de las ceremonias. Exige además varios actores con su público, una escenografía, una vestimenta especial, algunos instrumentos de la pasión.

4. Un marco definido, rígido, aterrador y, sin embargo, tranquilizante, pues dentro de él no se ejerce el albedrío. O se deja encadenar, azotar, vendar, profanar, para sentirse segura, es decir, para no estar librada a si misma; por ello acepta el sacrificio, se convierte en víctima-prostituta-sagrada y asume los cuidadosos rituales que la llevan a su destrucción: en O no hay ninguna ambigüedad. Lulú Almudena teme crecer, otra de las formas de ejercer el albedrío. Cuando intenta liberarse elige una “perversión” a la moda, la consume, como esa moda consume a las gentes que la adoptan. A su disposición el voyeurismo enriquecido por todo tipo de técnicas modernas, por ejemplo los videos. En ellos, una orgía sexual, un triángulo, una mujer que participa en una relación homosexual, o mejor dicho, cree poder explorar la transexualidad, cuya economía libidinal utiliza todos los orificios corporales para su satisfacción, poniendo en entredicho los tabúes y permitiendo el exceso y la exploración de los márgenes de la sexualidad, expandería, o quizá borrarla.

5. En Poderes de la perversión (Siglo XXI, 1989) Julia Kristeva teoriza sobre los caminos y el sentido de la abyección: “Siempre en relación con los orificios corporales en tanto puntos de referencia que cortan-constituyen el territorio del cuerpo, los objetos contaminantes son esquemáticamente de dos tipos: excrementicio y menstrual”. Ninguno de esos objetos hace su aparición en las novelas que he tomado como referencia; en cambio, los orificios que los producen son utilizados indistintamente como vías alternas de la sexualidad; se asume así como un absoluto la llamada perversión sexual; se viola la rígida demarcación religiosa del franquismo; se pretende anular la diferencia sexual detenida como un imperativo de separación

6. La tradición de la novela erótica exige que los rituales se cumplan dentro de espacios específicos. Se representa una sacralización en sentido inverso, en el espacio ad hoc para ejercerla se inicia la profanación del espacio sagrado: es la extensión de la novela pastoril Siempre contenida en una escenografía de eternos y verdes prados; en la novela erótica se edifican los palacio-fortaleza: los castillos de Sade, el de O en Roissy, los yates de lujo en Bataille. Se configura una sociedad ideal, ociosa, cuya única ocupación sería el juego sexual, arte combinatorio por excelencia.

7. íUn juego erótico! Se juega a la perversión. Lulú inicia ese juego dentro del fascismo, pero carece de un cuarto propio, condición sine qua non de la escritura (según Virginia Woolf). Le quedan los espacios abiertos, lo público, los conciertos de protesta en época de la dictadura, luego, la calle, el gigantesco burdel de la época del destape. El espectáculo de la calle es múltiple, variado; su plato fuerte son los travestis: cumplen una función semejante a la que en el pasado cumplían los monstruos, los bufones de los cuadros de Velázquez o de Goya. Son el pararrayos de la sociedad, sus chivos expiatorios, el paradigma de su incompletez y su transitoriedad, la metáfora de la indiferenciación. Almudena Grandes se acerca a Almodóvar.

8. No se puede definir el lugar exacto de las correrías eróticas de Lulú. Ni basta con catalogarlas como “perversiones”. La circulación de los cuerpos, el tráfico sexual, la orgía compuesta no han variado mucho desde Sade, pero las combinatorias parecen renovarse en nuestra época: a los travestis se unen los homosexuales “decididos”, muy machos, las lesbianas grotescas, amazónicas (con los senos perforados), las prostitutas tímidas, los voyeurs y, para complementar, los drogadictos indecisos preparan el gran final; sórdido, obviamente. A su lado, la orgía sadiana parece un ballet, una escenografía de muñecos mecánicos, revivida por Pasolini.

9. Como ya lo había mencionado, la novela transcurre históricamente en un lapso significativo de la historia reciente de España, se pasa de la época de la represión franquista al llamado periodo del destape, de la hipocresía absoluta y la conducta solapada, a la pública exhibición de los “pecados” y a la abierta teatralización de la sexualidad, convertida en transexualidad. Los actores son intercambiables, las diferencias de los sexos parecen no importar, la promiscuidad se vuelve requisito indispensable de la actividad sexual y las mujeres revisten nuevos roles, participan de manera abierta en una prostitución generalizada, en una abyección infinita cuya máxima obsesión es la publicidad. De un sexo soslayado, escandaloso pero íntimo, se pasa al sexo de la calle, al sexo colectivo, al sexo simbolizado por el travestismo, el sexo que no tiene sexo, el sexo artificial, sospechoso, pero fascinante de los transexuales, que tanto nos preocupa ¿no es también el argumento de una película reciente que está causando furor, El silencio de los inocentes?

10. Lulú quiere ser una niña eterna Almudena juega ahora con el tradicional personaje de Wedekind. Su vitalidad, su libido son inagotables, intercambiables. Lulú se deja llevar por sus pulsiones y las teatraliza. Busca ser al mismo tiempo sujeto y objeto de ellas. Está ligada sin embargo al “objeto de su deseo”, según la expresión ya vulgarizada, y este objeto es un padre sustituto que la pervierte cuando tiene quince años y la inicia en los “misterios” de la sexualidad. Pablo reúne en su persona varios estereotipos sexuales: es el maestro de ceremonias, el violador, el padre incestuoso, el amante, el esposo, el padre de su hija, el protector y a la vez su Límite. La avidez y la curiosidad sexual de Lulú se desbordan cuando decide separarse de él, para “crecer”. Y en sus excesos sobrepasa los permitidos por una sociedad que se ha lanzado de lleno en el furor. Aun en ese marco pulverizado es un personaje raro, sospechoso, en suma, abyecto.

11. Su abyección tiene un signo. Quiere integrarse a la naturaleza del travesti pero su disfraz es mental. Quiere mirar a los otros, divertirse con ella, y ser a la vez actriz de esa sexualidad. Pretende convertir a los homosexuales en machos y volverse ella misma su partenaire. Es entonces abominable, degradada, ineficaz. Está en el filo de la navaja 

12. A punto de ser inmolada, de sucumbir a su curiosidad, de pagar por su pecado de abyección, Lulú es salvada por su principe azul. Aparece Pablo, sirenas amenazadoras en la calle y los maleantes huyen dejando, un poco maltrecha, a la doncella encadenada a su roca. ¿Película de James Bond? ¿Una versión renovada del mito de Andrómeda y Perseo? ¿Actuación decidida del auto invencible conducido por un moderno caballero andante? ¿Novela rosa? Dejémoslo en suspenso: Lulú está a salvo, viste otra vez sus camisitas de nena y su amante-padre-incestuoso-amigo-de-la-familia la mima y le lleva a la cama el equivalente madrileño de chocolate con churros, café con leche y porras recién hechas.

13. ¿De dónde nos viene esta perversión? Quizá de la mercantilización de la cultura de la que ya hablaba Benjamin y que subrayaba Pasolini, antes de que fuera asesinado ¿por haber revivido los 100 días de Sodoma de Sade? Podría quizá replantearse su pregunta, y también dejarla así, como pregunta, totalmente abierta: “¿En qué medida, en la inquieta dialéctica entre los productores de la cultura (aquí sustituiríamos por productoras, en cuanto bien de consumo) y los mass media, se sirven los primeros de los canales de la industria cultural, y en qué medida son objeto de goce por parte de éstos, y lo perciben?”

El metal imaginario

Alvaro Mutis

Amirbar

Editorial Norma

Bogotá, 1990.

Los relatos de Alvaro Mutis pueden ser recorridos como un socavón sorprendente: en cuanto los ojos se orientan en las sombras, distinguen el filón secreto, el dibujo de otra historia. En “El último rostro” Gabriel García Márquez encontró la veta para El general en su laberinto; en “Cocora”, el propio Mutis descubrió la trama de su última novela, Amirbar.

Mutis recupera el tema del marino a cargo de una mina abandonada, las galerías son descritas como el inescrutable castillo de un barco, hay el mismo vértigo de olores, la atracción casi sexual de esas paredes que prometen un tesoro que no entregarán nunca.

¿Qué justifica este segundo naufragio en la mina? El proceso de ampliación del relato en novela hace pensar en los dos naufragios necesarios para que existiera Robinson Crusoe. Daniel Defoe conocía la historia de Alexander Selrik, quien durante cuatro años y cuatro meses sobrevivió en una isla desierta. La anécdota daba para el relato que -Richard Steel escribió en The Englishman, pero no para una novela El principal logro de Defoe fue crear otro personaje: un día, con una emoción muy parecida al espanto, Robinson descubre una huella en la playa; el drama de la soledad se transforma en el drama, aún mayor, de la soledad compartida. El destino de Crusoe es más intrigante y terrible que el de Selrik. Lo mismo ocurre con el segundo encierro de Maqroll: esta vez no está solo en la mina; al cabo de un tiempo aparece Antonia y la búsqueda del oro prosigue en la mujer sodomizada.

Una isla curiosa entre Robinson Crusoe y Amirbar es Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier, donde la tierra es fecundada por el náufrago: “por primera vez, en la ladera rosada, mi sexo ha reencontrado su elemento original, la tierra”. De Mutis a Tournier, una travesía por la soledad extrema: la mujer se confunde con la arena que se confunde con la mujer.

Hacia el final de Amirbar, el Gaviero cree que sus fatigas se deben a que traicionó al mar, y eleva una memorable elegía. Los dioses marinos lo perdonan pero sólo para enfrentarlo a una prueba superior Antonia, al fin, decide entregarse por completo; aceptar a la mujer significaría renunciar para siempre a la vida solitaria. La brújula del Gaviero se detiene, magnetizada Sin embargo, conocemos su elección, anunciada muchos años atrás en los muros desleídos de la taberna de un paso de montana que nadie sabe por qué lleva el nombre de “La nieve del almirante”: “Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el mas humilde fondeadero (…) Niega toda orilla”. El marino huye antes de que la mujer convierta su amor en un incendio bastante literal.

Esta es, en síntesis, la trama de la nueva escala maestra del Gaviero. Pero la novela extrae buena parte de su fuerza de una escena previa a la aventura Alvaro Mutis se entera de que su protagonista se encuentra en Los Angeles y lo visita en un motel que parece administrado por Philip Marlowe. El marino está enfermo, tiene que dejar la puerta abierta para que le lleven la comida; unos entran a robar, otras, a pasar con él la noche. En la miseria de aquel cuarto, el Gaviero no puede alzar la voz; ha caído en un pozo de angustia semejante al del maquinista “que sólo sabe del mar por su ciega embestida contra los costados que crujen tristemente”. Este preludio es esencial para la historia que vendrá después: de esas paredes pobres, llenas de sombras intrusas, saldrá la vana epopeya de Maqroll. Una vez curado, hablará con el fuego del sobreviviente.

Pero Maqroll tarda en soltar prenda; pasa unos días en casa de Leopoldo Mutis sin decidirse a hablar. Entonces el autor recurre a uno de sus remedios favoritos: le prepara un estupendo coctel. Mutis pertenece a la estirpe de los narradores res épicos que creen en las contraseñas; se necesita un acuerdo para contar la hazaña; la otra mitad de la moneda, el anillo exacto, la mano capaz de templar el arco o la espada Ciertos ritos anteceden a los mejores aventuras. Si la mujer tiene ojos violáceos y pide un vodka gimlet, la novela es de Raymond Chandler, si un marino trabajado por las fiebres recupera el habla con un coctel preciso, el autor se llama Alvaro Mutis. El elíxir hace su efecto, empiezan los prodigios.

Borges se quejaba de que la épica hubiera desaparecido de la novela para refugiarse en el cine. Esto fue cierto hasta que Maqroll empezó a respirar el aire salino en las novelas de Alvaro Mutis. A la fecha ya ha vivido más aventuras que Indiana Jones, y aunque sus plurales fracasos lo distancien del héroe de Spielberg, es innegable que ha recuperado para la literatura las anécdotas trepidantes que parecían monopolio de los expertos en efectos especiales.

Maqroll es una curiosa mezcla de perfiles aventureros; un héroe de Salgari que sigue un destino de Conrad, un hombre lleno de pasado pero no de infancia en algún momento dice que, casi niño, ya estaba en las arboladuras de un navío. Como todo héroe épico carece de origen preciso, ignoramos que sangre decidió su extraño nombre; su aparición es un advenimiento, llega ya nacido, con sus atributos finales. Algo lo marcó en su pasado mítico, nunca sabremos qué, ni hace falta. Maqroll carece de infancia porque, a su manera, la ha incorporado a sus avatares, incluso sus encuentros con mujeres lo transportan a una sensualidad primera: cada vez que abraza un cuerpo entra a una tierra borrosa, húmeda, de turbadoras fragancias vegetales, un fruto a la vez recóndito y extrañable, una exacta maravilla del olfato. Su erotismo no está atravesado por las biografías ni sus exigencias. El marino ha recorrido suficiente mundo para descreer de las empresas de los hombres, pero las mujeres lo atrapan con una fuerza telúrica y le ofrecen el aroma de esa flor indescriptible que seguramente respiró en su primera patria. Las combinaciones de esta psicología bastarían para justificar el asombro que despiertan los libros de Alvaro Mutis. Sin embargo, su apuesta definitiva está en la voz del narrador.

Maqroll tiene un tono a medio camino entre la espumosa retórica del Capitán Ahab y el relato seco, de galleta marina, de Joshua Slocum, quien recorrió el mundo en un velero sin vanagloriarse de su hazaña. En Moby Dick Ahab suelta el trueno del profeta; en A bordo del “Spray” Slocum desdramatiza sus calamidades (en la página 58, después de padecer tempestades y turbonadas, comenta con toda naturalidad íque no sabe nadar!).

La vida del mar se divide en sus tres guardias. De 8 a 12 de la mañana y de la noche -el barco decide su derrota; es la guardia de los grandes proyectos y los mapas atravesados de rutas. Ahí habla Ahab, el catalejo en busca de la bestia blanca. De 12 a 4, cuando el aburrimiento es peor que el escorbuto, se realizan maniobras menores, constantes. Ahí, Slocum, insiste en su paciente hazaña. A las 4 de la tarde y a las 4 de la madrugada se inician los dos turnos de la guardia que algunos llaman “del persoro”. El Día del barco ya se ha jugado, pero aún es preciso navegar; horas sin proezas ni rutinas, casi suspendidas en el tiempo. Desde ahí habla Maqroll; tiene la voz más levantada que el solitario Slocum pero no dispone del público de Ahab. Son otros los momentos en los que Hatteras decide su impertinente ruta al norte o en que Cook revisa con diligencia de tendero su bastimento de col. Equidistante de la inflamada elocuencia y de la ruda bitácora, Maqroll guarda las horas difíciles. Si algo define el estilo de Mutis es esta voz única en las historias del mar la castigada vigilancia de la tercera guardia.

Cada vez que Mutis toca puerto alguien le pregunta si ha visto a Joseph Conrad. Más allá de la estética de la fatalidad y la exuberancia marina, los une un vinculo decisivo: la noción de soledad. V.S. Pritchett definió a Conrad como un eterno emigrado: “la condena Diaria del emigrado es el aislamiento”. Los héroes corandianos pueden convivir con una abigarrada marinería pero se enfrentan solos al destino. Hubo un momento, primero y definitivo, en que fueron expulsados. Maqroll vive la misma tragedia su libertad no es otra cosa que la maldición de los solitarios. En El agente secreto Conrad resume el drama “su sentido de la soledad, esa libertad maligna”. En Amirbar Mutis somete a su protagonista a los sucesivos aislamientos del motel, la mina, la mujer nunca conocida del todo, el mar final.

Una paradójica condición de ciertos solitarios consiste en tener muchos amigos dispersos. Maqroll nunca se olvida de sus amigos, sobre todo de los que están lejos. Su mente está poblada de una cofradía de hombres que se encuentran entre los huracanes. En los mapas del Gaviero los países se han perdido para Siempre: sólo hay puertos. Las naciones se mezclan con un entusiasmo de contrabandista y resulta natural que un centroeuropeo aparezca haciendo extraños negocios en el Caribe. Metáfora de la soledad y su sombra luminosa -la compañía de los que no están ahí-, Amirbar explora la vertiente narrativa de Mutis como un ancla profunda.

En el relato “La nieve del almirante” Mutis había escrito: “Dos metales hay que alargan la vida y conceden, a veces, la felicidad. No son el oro, ni la plata, ni cosa que se le parezca. Sólo sé que existen”.

Lo mismo puede decirse de Amirbar. Imposible encontrar el metal que se esconde en esta mina. Sólo sabemos que existe; también, que alarga la vida.

El año de la muerte de Alvaro de Campos

En ese año leía los poemas de Fernando Pessoa inspirados en la vida de su heterónimo Alvaro de Campos. Es un decir. Otro decir más exacto es que en ese año mi vida se inspiraba sin que yo pudiera controlarlo en los poemas de Alvaro de Campos sobre el ridículo.

En ese año, por ejemplo, mi mejor enemigo El Spóiler iba a visitarme a mi casa todos los sábados por la noche. El Spóiler, así apodado por el copete que le bajaba como un cometa reacio sobre su oreja derecha, tenía penas de amores que me asestaba a la quinta cuba. Yo tenía penas de amores que El Spóiler nunca me dejó asestarle. Cada sábado, al cabo de sus penas de amores terminábamos llorando y así llegué a pensar que mi vida se inspiraba en Alberto Caeiro, otro heterónimo de Fernando Pessoa. Yo pensaba entonces en ese poema de Caeiro donde los hambres de una taberna que miran llorar al poeta creen que él llora por los ideales humanos y puros de esos mismos hombres cuando en realidad llora porque lamenta esos ideales y la situación abatible que conforman. El Spóiler creía que llorábamos por sus amores y yo sólo lloraba por los míos.

Entre nosotros todo iba a la Caeiro hasta que un día sentí que El Spóiler estaba especialmente receptivo, y yo particularmente descriptivo, y le abrí lo que se decía mi corazón. Durante una pequeña pausa en sus monólogos -es decir, mientras El Spóiler daba a su cuba un sorbo más largo de lo habitual-, aproveché para inferir en voz alta que yo también tenía penas de amores.

La octava cuba no me contuvo y me seguí de frente. Le abrí mi pasado al Spóiler y le confesé las peores humillaciones que me habían inflingido en la infancia, incluidas las sexuales: las que en algún verso Alvaro de Campos lamenta como omitidas por los hombres. Le hablé al Spóiler de mis inseguridades, mis vergüenzas, mis cobardías. La vez en que literalmente metí la cara en la falda de mi madre por temor a que otros niños me pegaran. La vez en que a los seis años de edad no aguanté el mareo diesel y me vomité sobre una persona que iba adelante de mí en el camión y resultó ser mi profesor de la primaria que esa misma mañana abría sus cursos. Desemboqué en la última parte de mi vida diciéndole al Spóiler que mi amor por la Inaccesible tenía que ver con sus nalgas incólumes pero también con mi detestable esnobismo clasemediero resuelto en acceder a una niña rica. Le dije otras cosas que sólo podrían pasar en el horario de adultos.

Mientras con el dorso de la mano derecha me limpiaba las lágrimas de los ojos, vi su mirada y entendí que El Spóiler estaba en otra parte, o en la misma parte de Siempre. El Spóiler volvió de su vacío y retomó su monólogo interrumpido por mis confesiones.

-Es que no me quiere- recomenzó El Spóiler para indicar que no había oído nada de lo que yo le dije. No lo agarré a patadas. No pensé tampoco en una lección filosófica. Aproveche mi turno para no oírlo y construir mentalmente una parodia de Alvaro de Campos que dijera más o menos:

Le he cantado al Spóiler la canción de José en el pozo de la infancia,

La canción de Noé en el gallinero,

Y descubrí que El Spóiler era un pozo tapiado,

Un notorio gallinero. (Menos mal que no le hablé de mis ilusiones).

A la hora en que El Spóiler se calló para solicitar como era costumbre mis lágrimas por sus cuitas y mis comentarios consoladores, me desquité diciéndole que ya no fuera cobarde ni pusilánime, que si no podía resistir la indiferencia de una mujer quería decir que ya tenía otra: él mismo, una señorita chillona y clorótica. Le dije además que se dejara de esnobismos -él quería también a su Daisy Buchanan- y que sin remilgos se consiguiera una de su tamaño y su clase social.

No sé si El Spóiler oyó esto último pero yo lo recibí como si otra persona me lo hubiera dicho. El rencor momentáneo hacia otros es la forma más efímera de la autocrítica. Entonces me imaginé que daba un puñetazo mental sobre la mesa. Me propuse matar a Alvaro de Campos, omitir de pasada al paradójico Alberto Caeiro y concentrarme para bien en otro heterónimo de Pessoa: Ricardo Reis, el horaciano y “estoico sin dureza” (en la versión de Octavio Paz).

“La suerte niégueme todo, menos verían, decía Reis. Así resuelto e inspirado, y como la Inaccesible -que por eso lo era- no quería saber nada de mí una tarde subí la cuesta hacia el Pedregal de San Angel donde ella, vivía, dispuesto a perorarla para Siempre. Entre la acción y la intención, cayó la sombra quiere decir que yo era un clasemediero que debió tomar el transporte público llamado Bellas Artes-San Angel Inn que, por así decirlo, sólo llegaba públicamente hasta el entronque del Periférico y San Jerónimo. Tuve entonces que caminar unas cuadras gigantescas, dejarme sombrear por unas bardas ominosas, hasta llegar a la dirección precisa.

Así sudado, cambie de táctica. decidí que ahora se trataba de “vagar” por ahí, ya no de tocar a su puerta y perorarla hasta la gloria. Ahora “la suerte” nos daría un encuentro aunque luego -estaba asumido- me lo negara todo. Con este propósito, di cincuenta vueltas a la manzana. Al dar la vuelta cincuentaiuno la noche me sobrecogió fundada en varias cosas: la tremenda sensación de ridículo, el cansancio de rehacer el camino por varias cuadras inhóspitas hasta llegar a la posibilidad de tomar un camión, y las autorrecriminaciones: las ganas inauditas audibles sólo por mi de ser alguien menos idiota.

No sólo ocurrió eso. A la mitad de una cuadra interminable por la cual yo remontaba mi vergüenza, una combi se detuvo junto a mi y alguien me llamó. Era el Patrocles, así apodado desde los años de la preparatoria porque en una clase sobre La Iliada le tocó exponer, y como no tenía la menor idea dijo que sobre todo lo había impresionado el personaje de Patrocles con su talón mortal.

Mientras me daba el aventón, El Patrocles me preguntó qué hacía yo por Ahí.

– Vine a ver a un tío- le dije.

– Yo también. ¿Dónde vive tu tío?

– No me acuerdo de la calle. Sólo sé llegar. Vive aquí atrás. – Es que hace dos horas -dijo El Patrocles- pasé por la calle de Agua y te vi caminando.

– La verdad es que me perdí.

– ¿Qué no vive por aquí (la Innombrable)? -preguntó El Patrocles, sonriendo irónicamente.

– ¿Quién? No sabía. -¿Pero está fuera de México, no?

– dije para acabar de hundirme en el ridículo. El Patrocles dijo “mh ju ju” y yo me apuré a decirle que me bajaba en la avenida Insurgentes para tomar el camión. El Patrocles insistió en acercarme más pero yo me bajé incluso antes de Insurgentes.

Al bajarme oí sobre mi alma la rechifla de las esferas universales. Era el equivalente de un titular de la revista Proceso:

DIO CINCUENTA VUELTAS A LA MANZANA CREYENDO QUE VERIA A LA

INACCESIBLE

Y de lieder periodístico:

Sólo un imbécil haría eso, comenta El Patrocles, testigo audiovisual.

Aparte de lo que publicara el Proceso del Patrocles, yo supe que era un capítulo más de mi vida inspirada en Alvaro de Campos:

Yo, que he sido ridículo a todo lo largo de las calles del Pedregal,

a todo lo alto de las bardas del Pedregal;

yo, que fui sorprendido por El Patrocles- que ignoraba,

como yo, a los héroes de La Iliada-

y yo, que fui escarnecido por la revista Proceso. ¿Ya qué más?

Pues algo más. Lo que faltaba para redondear el año de la muerte de Alvaro de Campos. Nuestra mejor enemiga La Extra, así apodada desde los tiempos preparatorianos por sus dotes para la información a la velocidad de la luz, nos habla invitado a su casa al Spóiler y a ml para asistir al ensayo de un grupo de rock que querían formar los exalumnos de nuestra preparatoria.

La Extra vivía sobre la avenida Ejército Nacional. El Spóiler y yo nos bajamos del camión idóneo, viniendo de la colonia Condesa, a la mitad del Sanatorio Español. La avenida Ejército Nacional se dividía en varios tramos, divididos a su vez por varios simulacros de jardineras constreñidas por bardas enanas. Para no caminar hasta el lejano semáforo de la siguiente cuadra peatonal, El Spóiler y yo decidimos pegar la carrera, saltando las bardas enanas como si fueran obstáculos hasta el otro lado de Ejército Nacional donde estaba la casa de La Extra.

Pasamos bien los primeros obstáculos. En el último de ellos los coches venían a menor velocidad. Por lo mismo, el trance atlético parecía más fácil. El Spóiler apuró la trancada y yo traté de hacer lo mismo pero mis zapatos de suela lisa me lo impidieron. Las jardineras estaban llenas de lodo y el paso de cada obstáculo significaba, como en la prueba stee- plechase, una acumulación ascendente de torpeza Extra Al saltar el último obstáculo y pegar la carrera, el lodo acumulado en mis zapatos convirtió la calle en una pista de hielo y sobre esa pista me fui de boca. Un coche se frenó rechinando llantas para no llevarme al Sanatorio Español que estaba al otro lado de los obstáculos; freno un camión que por poco se lleva a ese coche, y otro coche que venía por la izquierda de la calle tuvo que frenar también para no estrellarse contra la barda jardinera, porque otro coche que venía atrás había desviado el volante hacia la izquierda para no chocar contra el camión.

Vi Como salla volando hasta la otra acera el libro que llevaba la edición de siglo XXI, con pastas negras y el Modigliani en la portada, de La pérdida del reino de José Bianco. Arrastrándome lo más rápido que la situación y el dolor me permitían, fui por el libro mientras el dueño del coche que me habría mandado al Sanatorio Español -ese eufemismo de la muerte- se mediobajaba a mentarme la madre y el chofer del camión hacía bufar su máquina en una mentada al conductor de adelante, una mentada que, por extensión y ruido, me incluia. Pero ni mi vida ni la vida del libro de Bianco, así tan queridas, era el problema en ese momento.

La Extra y su novio El Fármax, indisputable baterista del grupo de rock y así apodado por su afición a los paraísos artificiales, llegaban en ese momento de la tienda de abarrotes con una bolsa de cocacolas y papas fritas para el ensayo del grupo de rock. Ese tampoco era el problema. Este era el problema mientras El Spóiler me ayudaba a levantarme de mi cruento aterrizaje; mientras a lo lejos quedaban los comprensibles ecos de los diversos conductores mentándome la madre, de la desfrondada edición de La pérdida del reino salió a flote, hasta llegar a la tranquila orilla en la que ya procuraban mi ayuda los exactos La Extra y el Fármax, una carta de amor. Una inolvidable carta de amor. Una carta de amor ridícula de las ridículas de las que hablaba Alvaro de Campos. Una carta de amor tan, pero tan ridícula que sólo un álvaro-campesino pudo dejar ahí, entre las páginas de un libro, como una violeta oxidada, cuando ya el Siglo XX cumplía en las páginas del libro de Bianco de Siglo XXI sus setentaicinco años de edad. Este hecho era parte del problema. El problema se completaba con el hecho de que mi accidente y un poco de brisa urbana habían puesto la carta en manos del Fármax.

Con el pantalón roto y el hombro izquierdo reventado por el dolor, sobándome la rodilla derecha y sobando con la mano sobrante el libro maltrecho y recobrado de Bianco, me arrastré como un inválido hacia El Fármax, que en lugar de devolverme la carta apenas recordada por mi, como una antiepifanía, vio de inmediato sobre ese papel adverso el nombre de la Innombrable y sintió que su tarde estaba hecha. El Fármax leyó las primeras Líneas de la carta, la agitó como una banderita y se la enseñó a La Extra, quien le echó un vistazo rápidamente antes de regresársela al Fármax y antes de que yo llegara hasta ellos con todas mis baldades físicas, para no hablar -porque ya se habían instalado en un cuarto de minuto, a esas alturas- de las espirituales.

– Dame eso, cabrón le dije al Fármax.

– Así que (la Innombrable), ¿no? -dijo El Fármax y remató capoteando la hoja de pape-: Ole. Orele.

– Dámela

Se lo repetí mientras buscaba el papel como un basquetbolista que aletea los brazos para marcar a otro. El Fármax se puso la carta atrás esquivando mis brazadas, pasándosela de una mano a otra mientras La Extra decía:

– Déjanosla ver. Empieza muy bonito.

– Si lo sabe Dios que lo sepa el mundo -remató, al uso, El Fármax.

– Dios y tu pinche madre -le dije yo, al uso, ya forcejeando. 

– Cálmate, güey -dijo El Fármax-. Mira, vamos a hacer un trato. Te la doy pero con la condición de que se la enseñes a (la Innombrable) y a Pedro, que están ahí dentro (en la casa de La Extra). Que ella elija con quién se queda, ¿no? Capaz que te conviene.

Yo no sabia que Pedro, El Mandril, indisputado bajista del inminente grupo de rock, andaba ya con la Innombrable. Sobre todo: no sabia que la Innombrable iría a esa reunión. Desde el procesazo que yo juraba me había dado El Patrocles, preferí no aparecerme -un cambio de táctica en el “estoicismo sin dureza”- en ningún lugar en el que sospechara que ella también podría aparecerse.

Entre los dolores causados por mi aterrizaje sobre la calle y la rabia por el ridículo que hacia, las lágrimas se me empezaron a salir y ultimaté al Fármax:

– O me la das o te rompo la madre.

– Yaaa. Qué gruexo -dijo El Fármax.

– No te pongas así -dijo La Extra.

– Teeen tu piiinche caaarta -dijo El Fármax, extendiéndome la misma.

Tomé la carta, la metí en el libro de Bianco y me eché a andar sobre Ejército Nacional. Con los pantalones rotos y la camisa desecha en el hombro izquierdo; y sobre todo con los ojos siempre al borde del vidrio, no podía tomar un camión. Así que caminé hasta mi casa, adolorido por dentro y por fuera. En todo el trayecto tuve encima de mí la famosa nube de rabia que, en mi caso, en vez de famosamente cegarme, solo dejaba caer sobre mí un aguacero mayor de ridículo.

Le pedí disculpas al Spóiler cuando me habló por teléfono. Me dijo que en el ensayo del grupo de rock no se había hablado del asunto.

– Qué bueno -le dije al Spóiler mientras pensaba decirle en realidad “Solo porque estabas tú”. En efecto, al minuto de retirado El Spóiler La Extra se encargaría de compartir el incidente con el México a su alcance.

Luego de colgar con El Spóiler saqué la carta del libro de Bianco y la rompí como si quisiera romper un folio idiota de mi alma. Me juré que nunca más. De hecho, no volví a ver a ninguno de los integrantes del grupo de rock El Block Azul ni a su reciente, Innombrable e Ignorada, groupie.

Tres días después, buscando qué leer tomé el libro específico del librero y me fui a tirar a la cama decidido a matar a Alvaro de Campos leyéndolo por última vez, como quien se practica una terapia implosiva. No pude terminar el poema sobre las cartas de amor ridículas. El espejo estaba muy lejos como para levantarme y darle un puñetazo. Así que del otro poema de Alvaro de Campos -buscado a sabiendas- sólo aguanté los versos:

Estoy harto de los semidioses.

¿Qué ya no hay seres humanos en el mundo?

¿Soy acaso el único ser vil y equivocado de la tierra?

Podrán no haberlos amado las mujeres,

podrán haberlos traicionado, pero ridículos, ínunca!

Cerré el libro, me levanté de la cama y del ridículo y metí a Alvaro de Campos en el librero como quien coloca en el muro un indignado nicho de cenizas.

Hace poco me invitaron a un bar de Coyoacán, y fui. Esto era sin embargo como plantearse un asunto similar a las construcciones de Alberto Caeiro.

Como no conozco Coyoacán, Coyoacán es, para mí, Querétaro. Pero Coyoacán no es Querétaro porque algo conozco de Coyoacán. Por eso, fui a conocer más a Coyoacán. Y como no conozco, en realidad, a Coyoacán, y como no puedo decirle a nadie que no conozco Coyoacán, diremos que fui, en realidad, a Querétaro. ¿Quién lo puede evitar? No yo, que iba en taxi, por supuesto. No el taxi, que me llevaba a Coyoacán porque se lo pedí sin el taxista saber que me llevaba a Querétaro. Después del taxista, Coyoacán es un hecho. Después del taxista que me dejó en Coyoacán, Querétaro es un hecho que conozco menos. Entre Coyoacán y Querétaro, el taxi era la medida de lo que no conocía. Y de conocer esa medida, ¿qué conocería? Conocería Coyoacán, no Querétaro. Hasta aquí, muy bien Alberto Caeiro.

El problema fue que de regreso de Coyoacán a las dos de la mañana, no había taxis. Y de regreso me puse a caminar buscando, según yo, la calle de Miguel Angel de Quevedo. No di con ella. Luego busqué, según yo, la avenida Tasqueña. Tampoco di con ella. Una hora y media después, eran las tres y media de la mañana y yo llevaba hora y media caminando en rectas que llevaban a círculos; y luego mis pasos me llevaban a intentos de círculos -volver al lugar inicial- que en línea recta sólo me Llevaban a una increíble estación eléctrica Y yo pasaba por ella varias veces.

Así que me había perdido en Querétaro. Empecé a sentir miedo. En esos casos el miedo se resume en una sensación inextirpable de ridículo más las ganas de sentarme a llorar en la banqueta, antes de llamar a Locatel -pero no recordaba el teléfono- y ya muy próximo a las lágrimas -porque no quería acumular más ridículo, de modo que no me atrevía a hablarle a algún amigo para que me diera el teléfono de Locatel-, pasó una pesera y se detuvo. Me levanté de la banqueta Por la ventanilla derecha, casi acostándose, el chofer de la pesera me preguntó -sin averiguaciones previas- a dónde iba. Le dije. Me dijo entonces que ya no tenía pasaje y que podía operar como taxi. Así salí de Querétaro, después de la muerte, esa misma noche, de Alberto Caeiro.

Al día siguiente me senté al escritorio y le escribí un breve y humilde recado a Alvaro de Campos. Decía:

“Maestro muy querido:

“Durante un tiempo traté de apartarme de usted, sobre todo a raíz de aquel año en que la influencia de su obra en mi involuntaria vida era tan abrumadora que quise buscar otros caminos para que nadie dijera que yo deseaba medrar en su maestría.

“Ahora veo que seré siempre un discípulo de usted. Me atrevo por eso a solicitarle unas líneas que hablen sobre mi obra más reciente, cumplida a involuntarias expensas suyas. El cordero come al león.

“Le pido, no sin miedo, este prologuillo. Espero que algunas de mis obras cotidianas no desmerezcan los versos suyos en que se inspiran. Créame que todo se debe a la Naturalidad del Arte.

Recurro a usted porque los dictados de sus contemporáneos Alberto Caeiro y Ricardo Reis, ocurren cada vez menos en mi vida; y mi vida, como le digo, si ente llegar su fuerza inspiradora con una persistencia casi mayor a la de antaño.

“Le pido a usted un humilde prólogo a estas recientes obrillas. Mucho me sentiré halagado si se digna hacer tres líneas al respecto. Lo saluda, humildemente,

SU DISCÍPULO FIEL.

“P.D. Tengo en preparación otro papelillo que viví, quizá no del todo indigno de su poema sobre el Chevrolet y la carretera sin sentido, basado en el modo en que me perdí manejando un Volkswagen hace dos semanas en el circuito periférico de la ciudad de México, al salir por la noche, hace dos meses, de una casa de San Jerónimo, y por poco llego a Cuernavaca sin saber y sin querer. Ya mi vida se encarga de perfeccionar este ridículo. No lo importuno más”.

El ABC del TLC

Enrique Hernández Laos. Profesor e investigador del Programar de Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Suelen distinguirse tres etapas en los procesos de integración económica. La primera es el establecimiento de alguna forma de Area de Libre Comercio (ALC) mediante la cual se reducen o eliminan los aranceles y otras barreras comerciales. La segunda, denominada Unión Aduanera (UA), implica además medidas de armonización tributaria entre los países miembros, aunadas a una acción común en el establecimiento de aranceles frente a los demás países. La tercera etapa es la formación de un Mercado Común (MC), en el cual, además de lo anterior, se agregan flujos libres de factores y recursos entre los países que lo conforman.(1)

En estos momentos México se encuentra en el inicio de las negociaciones de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Canadá y los Estados Unidos, es decir, en el proceso de concertación de un Area de Libre Comercio. Pese a su trascendencia es escasa la información sobre la naturaleza misma del proceso de concertación, y aun mas escasa la referida a las repercusiones que podría tener tal acuerdo, de llevarse a cabo, sobre la economía y la sociedad mexicanas.

Evidentemente es muy difícil preveer lo que podría suceder de firmarse el TLC a nivel de cada país involucrado en el acuerdo y en relación con el resto del mundo. Sin embargo, una breve revisión a lo establecido por la teoría, un poco de sentido común, pueden darnos una idea, aunque muy general, de la dirección que podrían tomar los acontecimientos en materia económica derivados del establecimiento del TLC.

BREVE REPASO DE LA TEORÍA (2)

Desde el inicio de los cincuenta comenzó a desarrollarse con significativa rapidez la Teoría de las Uniones Aduaneras, a partir de la contribución pionera de J. Viner.(3) En esencia, Viner sostiene que la Unión Aduanera aumenta siempre el comercio y la especialización entre los países miembros, y en conjunto es benéfica para sus economías y sus relaciones recíprocas. Este efecto suele conocerse como el efecto creación de comercio.

Sin embargo, argumenta Viner, la integración puede también tena un efecto desfavorable sobre el comercio (y la especialización) de la unión vis a vis del resto del mundo. Ello sucede cuando la integración desvía parte del comercio de los países miembros con el resto del mundo hacia otros países miembros, lo que generará una pérdida de bienestar desde el punto de vista del mundo en su conjunto. Este segundo efecto suele denominarse efecto desviación de comercio.

Así cualquier proceso de integración podrá juzgarse, desde el punto de vista del bienestar económico mundial, comparando la magnitud de ambos efectos: el de creación de comercio vis a vis y el de desviación de comercio.

Una ampliación de esas conclusiones se debe a J.E. Meade, quien afirma que resulta imposible juzgar la UA en general. Todo depende de las circunstancias particulares de cada caso. Sin embargo, Meade destaca algunos criterios de orden general.(4)

a) Se puede, en principio, esperar que la reducción de las barreras comerciales, en la mayoría de los casos, provocará una expansión del comercio internacional, y de esta expansión derivará casi siempre una ganancia importante para los países que conforman el Acuerdo de Libre Comercio o UA.

b) La formación de una UA tendrá mayores probabilidades de incrementar el bienestar económico neto si las economías de los países asociados son en realidad muy competitivas o similares, pero en potencia muy complementarias y distintas. En ese caso existe la posibilidad de una gran expansión en su comercio mutuo sin gran desviación de sus importaciones o exportaciones de otros mercados.

c) La formación de la UA tendrá mayores probabilidades de aumentar el bienestar económico mientras más altas sean las tasas iniciales del arancel sobre las importaciones de los países asociados.

d) Una UA tendrá mayores probabilidades de aumentar el bienestar económico si cada país es el abastecedor principal del otro en los productos que le exporta, y si cada uno de ellos es el mercado principal del otro en los productos que le importa.

e) Mayor será el bienestar económico mundial mientras mayor sea la proporción de la producción, el consumo y el comercio mundiales representada por los miembros de la UA.

f) Mayor será el bienestar económico mundial mientras menor sea la tasa arancelaria en el resto del mundo, pero mayor el número de áreas aduaneras independientes en que se divida el resto del mundo.

g) Mayores serán los efectos positivos sobre el bienestar económico, mientras mayor sea el margen para las economías de escala en aquellas industrias de la unión que puedan expandirse a consecuencia del mayor comercio.

h) El mejor principio para la reducción de las barreras comerciales es un acuerdo global, que abarque a todos los países de la unión y a todos los productos, para reducir todos los aranceles en forma no discriminatoria por debajo de cierto nivel dado.

Otros autores han enriquecido la teoría. H.G. Johnson señala, por ejemplo, que en la evaluación de las UA deberán tenerse presentes, además de las cuestiones anteriores, los efectos sobre las economías de los países miembros derivados de la mayor eficiencia e ingresos, producto de las mayores corrientes comerciales.

Tales efectos, según Johnson, pueden lograrse en tres formas: mediante economías de escala en la producción, permitidas por el ensanchamiento del mercado; mediante economías de especialización y división del trabajo, resultantes de la mayor libertad de comercio, y mediante el mejoramiento de los términos de intercambio de los países de la UA con el resto del mundo.

W.M. Corden, por su parte, apunta la necesidad de analizar la distribución de las ganancias (y de las pérdidas) entre el gobierno, los productores y los consumidores de cada país, ya que como consecuencia de un tratado de libre comercio se afecta generalmente la distribución de las ganancias y de las pérdidas dentro de cada país y entre los países asociados.(6) 

La existencia de oligopolios en los países antes de la creación de la UA puede llevar, una vez establecida ésta, a reducir las ganancias de la expansión del comercio, ya que los productores oligopolistas pueden mantenerse en el mercado sólo diferenciando sus productos, lo que no necesariamente implica reducir costos por las mayores economías de escala.

Además, señala Corden, la magnitud (y la distribución) de las ganancias entre los países, derivadas del establecimiento del acuerdo de libre comercio, dependerán de las tasas de inversión bruta: mayores beneficios recibirá el (los) país(es) con mayores tasas de inversión bruta, por las mayores posibilidades de incorporar progreso tecnológico en sus procesos productivos, lo que les permitirá incrementar su escala, reducir costos y aumentar su participación en las exportaciones.(7)

Cabe referir, por último, las observaciones de Wonnacott y Wonnacott. Estos autores apuntan que el libre comercio, al expandir la industria, puede provocar un alza de equilibrio en los salarios de uno (o más) de los países si el incremento de la demanda de mano de obra, tras la reducción arancelaria, fuera suficiente para aumentar los salarios de todos los sectores de sus respectivas economías. Cuando gran parte de las industrias opera con economías de escala, esta modificación de los salarios de equilibrio general se convierte en un criterio fundamental de evaluación de las ventajas derivadas del acuerdo.(8)

REPERCUSÍONES SOBRE LA DISTRIBUCIÓN DEL INGRESO

De acuerdo a los principios teóricos esbozados arriba, acerca del TLC entre Canadá, México y los Estados Unidos podría esperarse, en principio, un considerable incremento del comercio entre los tres países, con todos los efectos favorables que ello podría acarrear en términos de mayores ingresos, empleo y bienestar para la población de los mismos. 

Más aún, dado que las economías de estos países-en especial las de México y EU- son en la actualidad de alguna manera competitivas, son precisamente sus posibilidades de complementariedad lo que las hace, de acuerdo con la teoría, susceptibles de generar una mayor expansión de su comercio mutuo, sin necesidad de desviar mayormente las importaciones y exportaciones que ambos países realizan en la actualidad con otros mercados.

Desde ese punto de vista, y en abstracto, el efecto creación de comercio excedería el efecto desviación de comercio postulado por Viner, por lo que, desde el punto de vista del bienestar mundial, el establecimiento del TLC sería benéfico, sobre todo en un horizonte de largo plazo.

También desde el punto de vista de la teoría, la existencia de barreras al comercio y las elevadas tasas arancelarias en algunos productos, dada la relación de abastecedores de exportaciones e importaciones entre México y Estados Unidos, cabría esperar un mayor incremento de su bienestar económico. Además, la existencia de amplios márgenes para la realización de economías de escala, especialmente en la industria manufacturera mexicana,(9) garantizaría una mayor repercusión sobre nuestra economía, en la medida en que tales márgenes se tradujesen en menores costos unitarios en algunas industrias, lo que les permitiría incrementar su participación en los mercados de los Estados Unidos y Canadá a la firma del TLC.

La negociación de un acuerdo global de los tres países, que abarque el mayor número posible de productos para la reducción de sus respectivos aranceles en forma no discriminatoria, favorecerá, en principio también, un mayor incremento del bienestar económico de los tres países.

Todo lo anterior, cabe insistir, se derivaría del TLC en términos generales, de acuerdo con lo postulado por la teoría reseñada. Sin embargo, tales efectos podrían esperarse sólo si todos los países aceptan incondicionalmente la nueva especialización productiva que reclamaría la complementariedad de sus respectivas economías, de acuerdo con sus propias ventajas comparativas. Y obviamente, en ese proceso habrá modificaciones a la estructura productiva, radicales en algunos casos, en el que habrá “ganadores” y “perdedores” en cada uno de los países.(10)

Es precisamente este aspecto el que más suspicacias genera. Se argumenta que, dado el notable contraste en los niveles de desarrollo entre México y Estados Unidos, el acuerdo podría llevar a México a una posición productiva que sólo fuera funcional a aquel país, pero en la cual estuvieran ausentes las actividades industriales más dinámicas y de mayor impacto sobre el crecimiento económico, en especial las que están al inicio del ciclo de nuevos productos, como la electrónica, la biotecnología y los servicios altamente especializados.

Por otro lado, también se señala, el país se especializará en industrias altamente contaminantes, dadas las diferencias en las reglamentaciones ecológicas existentes entre los tres países.

No es viable señalar a priori cual seria el perfil de la estructura productiva que se derivaría para México en el mediano plazo como producto del TLC, entre otras cosas porque dependerá de la manera en que se lleven a cabo las negociaciones correspondientes. Sin embargo, algunos analistas apuntan que en actividades como la producción de rapa, de vidrio barato, partes y refacciones, México tiene ya en estos momentos una posición competitiva frente a los Estados Unidos. Por el contrario, en la producción de textiles y equipo electrónico -entre otras actividades- resulta evidente la supremacía de los Estados Unidos frente a los productores nacionales. En algunos ramos México podría ser competitivo en precio, pero no lo es todavía por la poca calidad de sus productos.(11)

Desde una perspectiva más amplia, la poca evidencia disponible señala un patrón muy complejo del rumbo que podría tomar la especialización productiva en presencia del TLC. En el sector primario, la experiencia sugiere que en algunos productos frutales, hortalizas, leguminosas y flores, por ejemplo, México podría incrementar sustancialmente sus exportaciones a los Estados Unidos. La misma experiencia muestra que en la producción de oleaginosas, por el contrario, nuestro país se favorecería con mayores importaciones procedentes de ese país.

En el sector primario mexicano, el relativo a la producción de granos básicos como el maíz, el país presenta una notable desventaja comparativa (en términos de costos) frente a los Estados Unidos. Sin embargo, parece improbable que se acepte en las negociaciones la importación indiscriminada de estos productos, por la sencilla razón de que su cultivo constituye el sustento básico de la mayor parte de la población agrícola mexicana.(12)

Dentro del sector servicios, por otra parte, cabria esperar que algunas actividades, como las dedicadas a la intermediación financiera, paulatinamente fueran dominadas por consorcios extranjeros, al igual que otros servicios altamente especializados como los relativos a consultoria tecnológica, económica y contable.

En el sector industrial la situación no es tan evidente. Estudios recientes ponen de manifiesto, por ejemplo, que las manufacturas mexicanas registran un rezago considerable en materia de productividad, pese al acelerado crecimiento registrado en los últimos años.(13) En promedio, las manufacturas mexicanas registran un valor agregado por hombre ocupado de sólo el 33% del registrado en las manufacturas estadunidenses, y esa diferencia es similar en la mayor parte de las ramas manufactureras analizadas.(14)

La experiencia reciente sugiere que en algunos rubros México ha ganado márgenes de competitividad relativamente significativos, a juzgar por el notable crecimiento de sus exportaciones, como en el caso de los productos automotrices, elaboración de cerveza y otros más.(15)

Sin embargo, la mayor ventaja comparativa que presenta actualmente el país quizá sea el reducido costo de su mano de obra Un estudio reciente de la OIT señala, por ejemplo, que para mediados de 1988 el salario industrial promedio en los Estados Unidos era cerca de 9 veces mayor que el registrado por las manufacturas mexicanas, y el de Canadá 9.4 veces mayor.(16)

No obstante, el salario por sí sólo no es representativo del grado de competitividad de la mano de obra en los mercados internacionales, dados los bajos niveles de la productividad laboral de nuestras manufacturas. Considerando conjuntamente ambos indicadores, otros estudio muestra que la mano de obra mexicana tiene una ventaja comparativa cercana al 60% respecto a una serie de países, entre ellos los Estados Unidos.(17)

Así, México podrá apoyarse, en el corto y en el mediano plazos, en el bajo costo de su mano de obra para mantener su competitividad en el mercado externo, en tanto se verifica el proceso de especialización manufacturera en aquellas ramas en las que se incorporen más aceleradamente nuevas tecnologías que permitan aprovechar las economías de escala, reduzcan costos unitarios y aumenten la competitividad productiva en el mediano y largo plazos.(18)

De ahí lo relevante que resultara para México la atracción de inversión extranjera directa en las ramas estratégicas que se orienten al mercado externo, como acertadamente señala Corden. A ello contribuirán de manera decidida la política de privatización de empresas públicas y la flexibilización de las reglamentaciones para el establecimiento de inversiones extranjeras en el país.

Una vez puesto en marcha el proceso de especialización, y dependiendo de la naturaleza de las negociaciones respectivas en materia de liberalización sectorial y sus plazos, es posible preveer que se modifique paulatinamente la distribución del ingreso en el país, aunque la dirección de tales modificaciones no sea fácil de predecir.

En la media en que se expanda el empleo doméstico -producto no sólo de las mayores exportaciones sino también de los efectos multiplicadores de las crecientes inversiones brutas que se esperan- los hogares ubicados en los estratos medios de la distribución aumentarán su participación en el ingreso, lo que podría atemperar las desigualdades en la distribución del ingreso. La elevación de los niveles medios de productividad laboral en el sector primario apoyaría ese proceso redistributivo, especialmente en el sector exportador del mismo.

No es previsible, sin embargo, que este proceso sea generalizado, cuando menos en el mediano plazo, en la medida en que las actividades exportadoras continúen siendo altamente intensivas en capital y tengan limitadas repercusiones sobre el empleo no clasificado, lo que retardará la elevación del salario de equilibrio.

En ese caso, más bien podríamos presenciar una etapa de transición en la cual se presente una dicotomización de la distribución. Por una parte, se tendría un sector exportador altamente capitalizado y con salarios reales crecientes para la mano de obra mejor calificada, sector que ocuparía los estratos de mayores ingresos. Por la otra, estaría el sector no exportador, sujeto al crecimiento del mercado interno, con menor dinamismo en la generación de empleo y en d aumento de sus remuneraciones reales, que ocuparía los estratos medios y bajos de ha distribución. Papel relevante en estos últimos estratos continuarán teniendo los sectores campesinos, cuyos intereses deberán cuidarse en extremo en el proceso de las negociaciones en marcha.

En el largo plazo el proceso de dicotomización podrá eliminarse gradualmente, a medida que el salario real de equilibrio aumente conforme aumenta la productividad media de la economía, y se acerque a los niveles existentes en los Estados Unidos y Canadá. Este proceso, sin embargo, será de muy lenta maduración y no cabría espetar que se presente de manera generalizada en lo que resta de la actual centuria.

(1) Véase G. Schwarzenberger, A Manual of International Law, Stevens & Son, LTD, Londres, 1963, pág 353.

(2) La teoría económica de las Uniones Aduaneras es aplicable, en lo general, a las áreas de libre comercio, excepto en lo referido a la fijación de aranceles respecto a terceros países. La bibliografía consultada en las siguientes páginas se encuentra compendiada en el volumen Integración Económica, editado por S. Andic y S. Teitel, de la Serie Lecturas del Fondo de Cultura Económica no 19, México 1977.

(3) J. Viner, The Customs Union Issue, Camegie Endowment for International Peace, Nueva York, 1950. 

(4) J. E. Meade, The Theory of Custom Unions, North Holland Publishing Company, Amsterdam, 1955.

(5) H.G. Johnson, “The Gains from Freer Trade with Europe: An Estimaate”, Manchester School, vol. 26, 1958, pp. 247-255.

(6) W.M. Corden, “Economies of Scale an the Theory of Customs Union”, en Journal of Political Economy, marzo de 1972. 

(7) Ibid., pág, 287.

(8) R.J. Wonnacott y P. Wonnacott, Free Trade Between the U.S. and Canada, Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1967, capítulo XV. 

(9) Véase: E. Hernández Laos, La productividad y el desarrollo industrial México, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, capítulo VIII.

(10) A la firma del TLC cada país podrá vender sus productos en el mercado de los otros dos países con menores aranceles, de acuerdo con lo pactado en el Tratado. De esa manera, cada país colocará los productos en los que esté en condiciones favorables tanto de precio como de calidad. A la inversa, los consumidores de los tres países se inclinarán por importar aquellos productos en los cuales la calidad y el precio sean más favorables que los producidos localmente. Los “ganadores” serán los productores que aumenten sus exportaciones; los “perdedores” serán los productores que reduzcan sus ventas locales como consecuencia de las mayores importaciones competitivas. En el mediano plazo lo anterior tenderá a modificar la estructura productiva y la distribución del ingreso en los tres países para adecuarlas a su función de complementariedad.

(11) Rudiger Dorbusch, “El libre comercio con México es indispensable para EU”. Excélsior, 12 de abril de 1991, Sección financiera, pág. 1.

(12) Por ello cabría esperar que se establezca en el TLC una serie de condiciones muy específicas respecto a los plazos para la apertura a las importaciones de estos productos, a la vez que se implementen los mecanismos que conduzcan a la elevación de la productividad doméstica en su cultivo, quizá mediante la reforma radical de las bases sobre las que opera el ejido en México.

(13) Véase: E. Hernández Laos, Política de desarrollo industrial y evolución de la productividad total de los factores en la industria manufacturera mexicana, informe presentado, al Fondo de Estudios e Investigación Ricardo J. Zevada, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, México, octubre de 1990. 

(14) En industrias específicas como la madera y sus productos, y en productos de hule y plástico, la productividad en México no llega al 20% de la alcanzada en los EU. En otros rubros como la producción de ropa, zapatos y productos de cuero, y en industrias de minerales no metálicos como el cemento y similares, y en maquinaria eléctrica, los niveles medios de productividad de nuestras manufacturas son relativamente mayores, en la medida que representan poco más del 40% de los niveles alcanzados en los Estados Unidos. Estas diferencias podrían dar quizá una idea del tipo de especialización que cabría esperar de la firma del TLC con Canadá y los Estados Unidos. Véase: A. Maddison y B. van Ark, Comparisons of Real Output in Manufacturing, Working Papers, The World Bank, april 1988 (wps 5).

(15) En este caso cabe aclarar, sin embargo, que buena parte de la presunta competitividad de los últimos años se derivó del notable margen de subvaluación del peso mexicano frente al dólar, margen que ha ido reduciéndose paulatinamente a partir de 1988, con los programas de ajuste puestos en marcha recientemente.

(16) OIT, Boletín de Estadísticas del Trabajo, Génova, 1989. Esa misma fuente señala que para ese año el salario promedio en países de industrialización reciente como Corea es 2.7 veces mayor que en México sólo era mayor, en promedio, que el registrado en Hungría.

(17) Sólo en 4 de 18 industrias (alimentos, bebidas, química y maquinaria) los salarios en México -corregidos por la productividad-son relativamente menores en México que en los demás países: en 6 industrias la diferencia es de hasta 50%; en 7 de entre 50 y 100% y en un caso (productos de minerales no metálicos) la diferencia es mayor del 100%. Véase: E. Hernández Laos y J. Aboites Aguilar, La flexibilidad laboral en las manufactureras mexicanas, inédito, México 1990.

(18) Es improbable, sin embargo, que en los próximos cuatro o cinco años se reduzca significativamente la ventaja comparativa que representa el bajo costo de la mano de obra mexicana, en virtud del relativamente poco empleo que generan las exportaciones manufactureras mexicanas (Ibid.)

Novedad de la repetición

Alicia Hernández Chávez 

Anenecuilco. Memoria 

y vida de un pueblo 

El Colegio de México 

México, 1991, 261 pp.

Durante los últimos 6,000 años la mayor parte del género humano ha vivido en pueblos. Los pueblos no han sido menos históricos y cambiantes que cualquier otra institución humana: a lo largo de seis milenios resulta imposible decir cuántos de ellos han cambiado y desaparecido. Y ningún pueblo ha sido nunca exactamente igual a otro. Pero las historias de los pueblos donde ha vivido la mayoría de la gente son lar- gas, algunas muy largas. Y a pesar de lo diferentes que pue- den ser, una historia Siempre nos remite a otras. Ello es inevitable, cuando menos, porque nunca ha existido, como es evidente, un pueblo totalmente aislado; la más microscópica historia siempre es en realidad la historia de poblados vecinos. El caso más significativo, una historia que evoca otras muy distantes en el tiempo y el espacio, resulta inevitable sobre todo porque de una u otra forma la mayoría de los pueblos han existido por las mismas razones: trabajo, seguridad e intercambio.

Lo significativo radica en la repetición. Durante 200 generaciones la mayor parte de los hombres y mujeres del planeta han trabajado en un momento dado en algún tipo de pueblo en forma colectiva, cooperativa o individual, en agricultura, horticultura, pastoreo, pesca, caza, crianza de animales, construcción, manufactura, transporte, preparación y conservación de alimentos. En los pueblos han criado a sus hijos en el afecto, la confianza, el deber y la dignidad, así como en la voluntad y habilidades necesarias para trabajar con otras personas o por su cuenta. Ahí han cuidado a sus mayores, les han hecho funerales y honrado su memoria. Ahí han celebrado periódicamente los lazos que los unen con parientes y compañeros, y confirmado sus mutuos compromisos. Ahí han expresado en común y de manera individual su sensación de que el mundo significa más de lo que pueden explicar, pero no mucho más; que cualquiera que haya sido el gran significado de la vida y de la muerte siempre es bueno trabajar, hacer el bien a los niños, a los mayores y al prójimo, y rogar por las recompensas del bien contra las condenas del mal. En resumen, durante 200 generaciones fue en los pueblos donde la mayoría de la gente produjo sus bienes y reprodujo su capacidad de producción, la base de la civilización sobre la tierra hasta hace 150 años. Y en sus pueblos se han organizado y reorganizado continuamente para intercambiar algunas de las cosas que producen por otras que producen sus vecinos o grupos distantes, para facilitar el trabajo y aumentar su seguridad.

Existe, por supuesto, otra cara de la moneda. Durante 200 generaciones, dentro de un mismo pueblo y con otros pueblos, la gente se ha traicionado y peleado por el trabajo, la seguridad y el comercio. Lo que es aún más impresionante, para el desarrollo y conformación de la civilización, tal vez 199 generaciones de pobladores rurales han sufrido tentaciones, disputas, exigencias, amenazas y violencia por parte de mercaderes y sus guardias, y de gobernantes y sus esbirros para persuadirlos u obligarlos a trabajar no el uno para el otro o para si mismos sino para los mercaderes o los señores. Generación tras otra, muchos han trabajado en tales términos: perpetuamente endeudados, pagando constante tributo, en calidad de siervos formales o informarles, convirtiendo a los comerciantes en mercaderes y a los gobernantes en señores, reyes y emperadores, para conformar la larga historia de despojo, explotación y opresión en el mundo; otros se han negado y resistido, conformando la larga historia de lucha agria en el mundo. Lo que es mas impresionante y perturbador es que durante las últimas cinco generaciones los pueblos de todas partes han tenido que lidiar con capitalistas y proletarios belicosos, y diferentes tipos de agitadores y organizadores partidistas, republicanos, monarquistas, liberales, demócratas, conservadores, socialistas, fascistas, comunistas. En estas nuevas contiendas los pueblos que iniciaron luchas agrarias Siempre se han visto involucrados tarde o temprano en otro tipo de luchas, con aliados y enemigos más poderosos cuyos intereses fundamentales abarcan cuestiones más amplias, de clase y estado.

Debido a los conflictos al interior de los pueblos, entre pueblos, con mercaderes, señores, reyes y emperadores, y entre clases y estados, los campesinos han tenido que comportarse, aunque a disgusto, de manera política, para mantener entre si el suficiente grado de acuerdo o condescendencia para que su pueblo dé la impresión de estar unido, de hecho para lograr el máximo de independencia posible, para autorizar representantes que negocien colectivamente con aliados, rivales, protectores y enemigos, para tomar decisiones comunes en lo relativo a negocios y amenazas, y para buscar constantemente la forma de obtener mejores tratos, menores pérdidas de producción y reproducción.

De este modo han vivido durante los últimos 4,500 años hasta hace alrededor de 50, la mayor parte de los habitantes del continente llamado América Cuando los europeos encontraron estas tierras hace 500 años, se inició aquí otra institución que afectó profundamente a muchas personas, la plantación establecida por los europeos en los pueblos del Caribe y de Norte y Sudamérica que destruyeron. Aunque después de la esclavitud algunos asentamientos se convirtieron en comuni- dades, nunca se convirtieron en pueblos. Pero en el Virreinato de la Nueva España y después en la República Mexicana, generación tras generación hasta hace apenas una, la mayoría de la gente vivía en pueblos, trabajando, criando a sus hijos, enterrando a sus mayores, siendo compadres y comadres, rezando, comerciando, peleando entre si, y luchando y haciendo política contra mercaderes, señores, funcionarios virreinales y después republicanos, y finalmente contra capitalistas que querían obtener de ellos sus últimos medios de producción y su fuerza de trabajo al más bajo precio humanamente tolerable. Quizá durante los últimos 3,500 años, y casi con certeza durante los últimos 1,000, al suroeste del Popocatépetl en una hermosa región llamada, desde hace mucho tiempo Amilpanecapan, a ambos lados de un pequeño río y justo antes del recodo donde éste se une al río Cuautla, ha existido un pueblo llamado “donde el agua corre turbulenta”, en náhuatl, hispanizado, Anenecuilco. Hasta 1911 no había sucedido ahí nada demasiado extraordinario para un pueblo, sólo los habituales ciclos de despojo, explotación, opresión, lucha y actividad política, en términos capitalistas durante los últimos veinte años. Como en muchos otros pueblos del México de aquel entonces, Anenecuilco era un pequeño lugar donde la mayor parte del trabajo se realizaba en la propiedad y para beneficio de grandes empresas, mientras el pueblo desfallecía sobre los escasos medios y productos restantes. Pero súbitamente su historia se volvió notable. Para recuperar su tierra, agua, bosques y fuerza perdidos, Anenecuilco y su vecina Villa de Ayala se unieron a una insurrección contra los gobiernos estatal y federal. Y cuando éstos cayeron, y los pueblos no recibieron sino falsas promesas de los nuevos gobiernos, los pobladores de Anenecuilco y Ayala se unieron en torno a su propio liderazgo, sobre todo a Emiliano Zapata, de Anenecuilco, y en noviembre de 1911 iniciaron su propia revolución para todos los pueblos del país de acuerdo con su Plan de Ayala. La revolución que ellos hicieron en medio de otras revoluciones durante los años siguientes repercutió de manera crucial en el significado de la “Revolución Mexicana”, la estructura del México moderno.

Muerto Zapata en 1919, el gobierno revolucionario a partir de 1920 se apropió del movimiento zapatista y el nombre de Zapata se convirtió en un símbolo internacional del heroísmo agrario. Sin embargo, Anenecuilco siguió siendo tan sólo un pequeño pueblo entre las decenas de miles que hay en México, hasta que Jesús Sotelo Inclán publicó en 1943 su ingenioso, valiente y perfectamente intitulado libro sobre su historia, Raíz y razón de Zapata. Desde entonces, y más aún desde la publicación en 1970, de una segunda edición corregida y aumentada, los rasgos principales de la historia del pueblo y los propósitos zapatistas están al alcance de cualquier persona que lea español.

Ahora gracias a la inteligencia y valor de todos los honorables líderes de Anenecuilco desde 1853 hasta 1947, de Jesús Sotelo Inclán de 1947 a 1990 y de su hermano Guillermo Sotelo Inclán en 1990 y 1991, contamos con documentos que nos permiten aprender aún más sobre las razones que Llevaron a un grupo de campesinos comunes y corrientes a arriesgar su vida con el fin de salvar a su pueblo j a convertirse en notables revolucionarios. Se trata de documentos cuya obtención, resguardo y empleo en la defensa legal de su pueblo, costó la vida a muchos anenecuilquenses. Son los documentos utiliza dos por Jesús Sotelo Inclán como base para su libro; los que su hermano ha devuelto noblemente a la nación por ser un elemento vital de su pasado y presente, y que ahora la doctora Alicia Hernández Chávez ha estudiado a conciencia y escrupulosamente para dar cuerpo a este libro.

Su trabajo es, en una palabra, excelente. Sus méritos particulares son numerosos y en muchos sentidos innovadores dentro de la literatura sobre la historia agraria de México. Estos son algunos de sus puntos relevantes y argumentaciones que más me han impresionado: 1) no porque ahora sepamos todo lo que sabemos sobre la historia de Anenecuilco ni porque Ahí se haya iniciado una revolución importante debemos considerar a sus habitantes de 1911 como algo único o incluso fuera de lo común entre los habitantes del México rural; 2) los pobladores de Anenecuilco de aquella época sabían mucho de la historia de su pueblo y tenían un sentido muy profundo, agudo y práctico de lo que significaba para ellos; 3) conocían la importancia fundamental del Archivo General de la Nación como depósito general y oficial de los registros existentes sobre el pasado de México para el esclarecimiento de la verdad y la justicia; 4) conocían a políticos y abogados locales y nacionales, y sabían cómo tratar con ellos; 5) habían heredado y desarrollado una visión propia y especial de la Constitución Política y Social para México: una confederación liberal de estados integrada por municipios libres; o daban por sentado que cuando todos hablan a la vez no se llega a nada, que la voz de la experiencia merece consideración especial, que más vale brindar la confianza repetidamente a un compañero que con probidad los ha representado para que los vuelva a representar y que los puestos más importantes de confianza y representación radican en el ámbito interior del pueblo y no en los cargos públicos.

Dado que Anenecuilco es tan antiguo, ha sobrevivido a tanto y no es un caso único, el estudio de la doctora Hernández Chávez sobre su historia y los documentos aquí publicados contienen importantes lecciones para los académicos y el público en general sobre amplios aspectos de las relaciones sociales y políticas en México, no sólo en el pasado, sino también ahora y en el futuro previsible.

La elasticidad de las cifras

La polémica que suscitó el reportaje de Frabrizio Mejía (“Frontera norte: La línea de tu mano”, nexos 161) tiene ahora un interlocutor más. En nexos 163, el doctor Jorge Bustamante definió su postura ante una visión que disfruta con “la confirmación de sus estereotipos”. Ahora, José Manuel Valenzuela, sociólogo, director del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte, precisa la naturaleza de las cifras y discrepa de la interpretación que les dio Fabrizio Mejía. 

En nexos 163 de julio de 1991, aparece una carta crítica de Jorge A. Bustamante al artículo de Fabrizio Mejía Madrid “Frontera Norte: la Línea de tu mano” (nexos 161), donde cuestiona la posición estereotipada que prevalece en el articulo de Mejía. En el mismo número se publica la respuesta de Mejía, quien me señala como responsable de la información que utiliza sobre el desempleo actual.

Coincido con Bustamante cuando cuestiona la afinación de Mejía en el sentido de que la tasa de desempleo en Tijuana es de 28%, pues la información generada por la Encuesta Socioeconómica Anual de El Colegio de la Frontera Norte (1987-1989), indica una situación de desempleo mínimo para la ciudad de Tijuana; Mejía afirma que ese dato lo obtuvo de un cuaderno de trabajo que publiqué a inicios de 1987: “La estadística que cito se encuentra en la página 13 de una publicación del propio Colegio de la Frontera Norte suscrita por José Manuel Valenzuela Arce: “El Movimiento Urbano Popular en Tijuana. Reconstrucción Testimonial”; a pesar de que esta afirmación es correcta, creo que Mejía debería ser más sincero en su respuesta y no ocultar información que aparece en el citado trabajo, omisión que me obliga a precisar la posición que ahí se presenta.

Entre 1984 y 1985 realice un trabajo de investigación sobre el movimiento urbano popular, donde hice una recuperación de la historia de los movimientos Urbano Popular de la ciudad de Tijuana durante los años setenta, e inicios de los ochenta; periodo que comprende la etapa de canalización de la Zona Río Tijuana, y durante el cual se formó el Comité Unión de Colonos Urbanos de Tijuana A.C. (CUCUTAC), y que enmarca situaciones verdaderamente dramáticas, principalmente en relación con los desalojos de 1978 y 1980, cuando las inundaciones derivadas de la apertura de las compuertas de la Presa Rodríguez provocaron la muerte de varias personas, entre quienes se encontraba la familia de Rosa Maria Flores; su mamá Maria Luisa Ruelas, su hermano Hilario, dos hijas (Maria Luisa y Erika Violeta) y dos sobrinos (Oscar y Caritina). Para contextualizar este trabajo (que incluye los testimonios de los principales actores de esos movimientos), utilicé de manera central información “oficial; es por ello que en el título del capítulo “Problemas Urbanos de Tijuana” (de donde Mejía utiliza la información sobre desempleo), aparece una aclaración que señala: Toda la información estadística utilizada en este capitulo corresponde al Plan de Desarrollo Urbano de Tijuana, 1984″, y el primer párrafo del capítulo señala: Al analizar la información oficial sobre los problemas urbanos de la ciudad de Tijuana…”, y en la misma “cita” aludida por Mejía se lee que la información corresponde a esta fuente.(1) Lo que sorprende es que Mejía extienda la información que aparece en mi trabajo y señale, al referirse a Tijuana, que “actualmente el 28% de su población está desempleada”, lo cual no aparece en mi trabajo, que si bien es cierto, fue publicado hasta 1987, la información citada remite de manera explícita al PDUT de 1984, por lo cual me parece injustificable que en 1991, siete años después, se me considere responsable de las afirmaciones que sobre el desempleo actual cita Fabrizio Mejía. Creo que su trabajo padece la falta de contextualización de las imágenes que presenta sobre la frontera lo cual se ilustra en el ejemplo señalado, donde a pesar de que afirma que el cuaderno de trabajo se publicó en 1987, y la información lo remite a 1984, no vacila en otorgarles actualidad, lo cual puede tener cierto efecto polémico, ya que muestra poca responsabilidad del autor con su trabajo. Me parece que la imprecisión se deriva de la falta de contextualización, además de una lectura descuidada, que también presenta Mejía cuando cita el caso de Cartolandia, pues en mi trabajo señalo que la gente que habitaba en este lugar fue reubicada en 1973 por el gobernador Milton Castellanos: “Posteriormente, en el año de 1973, se da el desalojo de las familias que se encontraban concentradas en el área cercana a la Línea Internacional. A esta área se le conocía como Cartolandía, debido a que las ‘casas’ que ahí se encontraban estaban construidas con cartón…”; sin embargo, cuando Mejía hace referencia a los desalojos de 1978 continúa hablando de Cartolandía: “En 1978 se desalojó a más del 50% de las familias con el argumento de la peligrosidad de las lluvias que podrían desbordar la Presa Rodríguez que enmarcaba a Cartolandia”.

Más allá de las imprecisiones en la información, me parece que el punto cuestionable del artículo de Mejía es su visión prejuiciada sobre la frontera. En años anteriores, al igual que otros colegas, escribí cuestionando la campaña que mediante posiciones estereotipadas configuraron una posición antichilanga en la ciudad de Tijuana, con la cual frecuen- temente se aludía al residente del Distrito Federal. El estereotipo consiste en la unilateralización e hipóstasis de los fenómenos; un proceso que consiste en la ponderación exagerada de alguno o algunos rasgos de la realidad como si constituyeran la totalidad del fenómeno que se analiza, lo cual generalmente se presenta apoyado en la fuerza de alguna anécdota. Creo que este es el punto del cual se derivan algunas de las afirmaciones más desafortunadas de Mejía, cuando generaliza planteamientos como los siguientes: “Aún así, la imagen de la tijuanense es la dama de la noche que ñasquea (ficha, talonea, burdelea) al oscurecer, y trabaja en bancos, tiendas y maquilas durante el día. Moscú, cerca de Cananea, es una zona roja, en más de un sentido. Las maestras de las primarias van ahí los fines de semana porque sus salarios no son suficientes. Y así, mientras se desnudan, pueden informarle a su cliente Como va su hijo en Matemáticas o Anatomía”. La ligereza de estos comentarios ha despertado justificada indignación entre aquellos que de manera directa, o a través de las tribunas públicas de la ciudad de Tijuana, han conocido el artículo de Mejía.

Me parece cuestionable recurrir a simplificaciones que se montan sobre prejuicios y estereotipos, sean de norteños contra chilangos, o de defeños frente a los bárbaros del norte; queremos evitar la propalación de prejuicios que luego nos empujan, nos evaden, nos condenan al ostracismo de nuestros propios fantasmas y generan el resentimiento que se expresa en el párrafo final del artículo de Frabrizio Mejía: “Vamos de regreso al sur, pero no hay nada qué decir si cierro la boca es para destruir esa frontera, la última, para nombrar el caos que explota atrás de mi, mientras cierro la puerta del auto y desaparezco para siempre”.

(1) En la página 68 del Plan de Desarrollo Urbano de Tijuana 1984, publicado por el Gobierno del Estado de Baja California, a través de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas, se lee: “por otra parte, las tasas de desempleo y subempleo estimadas en 1984 para la ciudad de Tijuana, ascienden a 28.7% y 4.5% respectivamente”.

El alud democratizador

En su artículo “El límite neoliberal” ( nexos 163, julio de 1991) Lorenzo Meyer divide a las miradas sobre la transición democrática en optimistas y pesimistas. José Woldenberg encuentra las debilidades de esta tipología y defiende la idea de que en los últimos 20 años México ha tenido cambios realmente democratizadores.

Comparto algunas de las conclusiones centrales a las que Lorenzo Meyer llega en su artículo “El límite neoliberal”, publicado en nexos 163 de junio pasado. Destaco las siguientes: 1) “la transición mexicana a la democracia aún se mantiene como una posibilidad…”, 2) “será gradual” (yo diría viene siendo gradual, si se quiere demasiado gradual), y 3) “no debe descartarse el hecho de que México se estacione en el semiautoritarismo”.

No obstante quisiera hacer cuatro comentarios, que quizá sirvan para aclarar algunas diferencias de perspectiva.

1. No creo que la mejor manera de catalogar a las diferentes apreciaciones que se tienen sobre las dificultades de la transición democrática mexicana, sea la de dividir a la gente en optimistas y pesimistas. (A lo mejor mi reacción resulta exagerada, pero es que fui colocado en el grupo de los optimistas).

En relación a la transición, si se la observa en términos históricos, el optimismo y el pesimismo carecen de valor. Nadie puede ser optimista o pesimista con respecto al pasado. Dado que la historia ya fue, se puede realizar una recons- trucción cierta o falsa, coherente o incoherente. Se trata de pensar a los hechos del pasado, para observar las modifica- ciones que el sistema político mexicano ha sufrido en los últimos años y evaluar su sentido y orientación. En esa dimensión, se puede evaluar la veracidad de las aseveraciones, la relevancia o no de los hechos que se destacan, el rigor en la reconstrucción, pero escasa utilidad tiene desentrañar los estados de ánimo de los analistas.

En mi caso, he señalado que en los últimos veinte años México ha vivido cambios fundamentales en su vida política, que vistos en retrospectiva tienen un sentido claramente democratizador.

Ubiquémonos, por ejemplo, y sólo como un ejercicio, en 1971. Recordemos el clima ominoso de aquellos años, las secuelas opresivas de la represión al movimiento estudiantil de 1968, refrendada el 10 de junio. Pensemos en la impermiabilidad de la prensa para hacerse cargo de la pluralidad política que existía en el país, en los grupos de estudiantes que, desesperados por la asfixia política, empezaban a discutir la pertinencia de optar por la vía armada como fórmula para el cambio social, o en la rutina en que se encontraba atrapado nuestro sistema electoral, partidista y de representación. Puede tomarse también como indicador, el número de marchas convocadas cuya realización impidieron los cercos policiacos que las coartaban, o los discursos integristas de matriz revolucionaria tanto del gobierno como de la inmensa mayoría de las corrientes de izquierda

Veinte años después, muchas cosas han cambiado para bien. El derecho a manifestarse se ejerce sin mayores complicaciones, no existe corriente política relevante que no se encuentre medianamente representada por nuestro germinal sistema de partidos, y éstos gozan de un status legal que les permite realizar su trabajo a la luz pública; la prensa y la radio reproducen -aunque de manera desigual- la pluralidad que coexiste en el país; la Cámara de Diputados se ha vigorizado con la presencia de nuevos y renovados partidos; las elecciones son revaloradas (por lo menos en el discurso) por todas las fuerzas políticas importantes del país; palabras como tolerancia, convivencia, pluralidad, empiezan a desplazar -aunque muy lentamente- a nociones propias de los códigos excluyentes y autoritarios.

Creo entonces que a lo largo de veinte años el país ha sufrido importantes cambios democráticos. Sin embargo, estos han sido lentos, erráticos, contradictorios y, al final, falta aún mucho por transitar para contar con un escenario cabalmente democrático. Se trata de cambios que exigen, por su propia dinámica, nuevos cambios.

Me parece pertinente subrayar lo errático del proceso porque ilustra los grados de dificultad del mismo. Pensemos que la “apertura democrática” finalizó con el golpe a Excélsior, que el grado de tolerancia en el que se desarrolló el sindicalismo universitario tuvo uno de sus puntos culminantes en la entrada de 12 mil policías para romper la huelga que se desarrollaba en la UNAM en 1977, y se observa no sólo la conducta gubernamental sino la expresión de la ciudadanía, pude documentarse Como a olas de participación siguen replie- gues de apatía. Creo que hasta aquí no existen demasiadas diferencias entre lo que escribe Lorenzo Meyer y mis opiniones.

Lo que sucede, y aquí la discusión seria con otras interpretaciones, es que no pocos analistas niegan relevancia democratizadora a lo que ha venido sucediendo en el país en los últimos años, existiendo incluso quienes hablan de in- volución o de la incapacidad de cambiar del sistema político mexicano.

Ahora bien, si hablamos de las perspectivas del proceso, en efecto, se puede hablar de optimistas y pesimistas. Pero se trata, insisto, de estados de ánimo que suelen decirnos más de sus portadores que de un asunto que nadie puede preveer. Por mi parte, en ocasiones soy “optimista” y en otras “pesimista”.

El optimismo se alimenta de un marco constitucional y normativo que no deja de ser republicano, federal, democrático y representativo, de la emergencia y consolidación de un sistema de partidos cada vez más competitivo, de la evidencia de que la complejidad y diversificación del país no cabe más en un sólo referente partidista, de la revaloración de las elecciones y de la extensión del reclamo democratizador, de nuestro pasado inmediato, en fin…

Pero el pesimismo no tiene nutrientes menos fuertes: la articulación especial entre el PRI y el aparato estatal que coarta la consolidación de un auténtico sistema de partidos, las irregularidades y fraudes electorales, la persistencia en el gobierno y en la oposición de no pocos resortes integristas, la superficialidad de las convicciones democráticas en dos de nuestros tres principales partidos políticos (el PRI y el PRD), las dificultades para que la izquierda asuman un auténtico perfil y compromiso democráticos, otra vez, en fin…

Lo que deseo señalar es que no se deben mezclar dos discusiones distintas aunque éstas se encuentren conectadas: una es la evaluación del proceso de cambio de los últimos veinte años, y otra las perspectivas del proceso. En la primera yo sostengo que se puede fundamentar y probar que el sentido general de los cambios ha sido democratizador, pero en relación al futuro carezco de certezas acabadas. Sobre todo, por el comportamiento de las élites políticas, asunto sobre el cual Lorenzo Meyer se ocupa de manera incompleta, y al que me refiero en el punto siguiente.

2. En el ensayo de Lorenzo Meyer hay una ausencia notable que no permite evaluar con suficiencia el momento político que vive el país: la actuación de los partidos políticos. Todo acontece como si el único actor sobre el escenario fuera el gobierno, y de él dependiera todo el futuro.

Hace bien Lorenzo Meyer en situar al gobierno y al presidente en el centro, pero al no evaluar la acción de los partidos no es posible completar el cuadro. Porque a fin de cuentas, en el proceso democratizad juegan un papel fundamental aquellos que quieren impulsarlo y hacerlo calidad, y seria bueno y pertinente crear un contexto de exigencia no solamente a uno de los actores sino a todos.

Lorenzo Meyer constata, por ejemplo, que “la tradicional apatía ciudadana está retornando a México:, y que sin ese combustible la transición puede frenarse. Estoy de acuerdo, pero creo que no todo puede atribuirse a la “acción estatal”, como si los partidos no tuviesen una responsabilidad en ese fenómeno.

Una explicación de la desmovilización y el desánimo de la gente que no toma en cuenta a las organizaciones encargadas de la mediación política me parece incompleta y sesgada. Más, cuando el propio Lorenzo Meyer constata que el PAN ha logrado no sólo movilizar sino organizar a la gente en defensa del voto, y con ello ha obtenido victorias relevantes: Baja California y Mérida. En ese sentido, en la enorme abstención en Morelos y el Estado de México ¿no tiene ninguna responsabilidad el PRD?

Si como pienso, en los procesos de tránsito democrático las élites políticas suelen jugar un papel central, ya que se trata de construir nuevas instituciones, normas, prácticas, relaciones, entonces las acciones u omisiones de un grupo no justifican de por si las acciones u omisiones del otro. Y creo que uno de los problemas mayores del contexto intelectual en el que se da la discusión, es que los analistas parecen seguir la lógica de los partidos en conflicto. Así, quienes realizan un análisis critico de las acciones gubernamentales tienden a no desarrollar el mismo rigor cuando juzgan al partido de sus preferencias; y a la inversa, los apologistas del gobierno, son inclementes con la oposición, pero incapaces de ver la “viga propia”. Esa dinámica, que tiene su “explicación” en el terreno de la contienda política propiamente dicha, parece inundar todo el debate, incluso el académico, impidiendo la creación de un necesario contexto político-cultural exigente con todos los actores.

3. El “Factor americano”. Lorenzo Meyer señala que el reconocimiento externo al gobierno mexicano resulta un elemento que no contribuye a la transición. Y compara el caso mexicano con las transiciones española, chilena y nicaragüense.

Primero. Creo que las comparaciones no arrojan demasiada luz, precisamente porque el caso mexicano no puede equipararse a los anteriores, y porque el tratamiento que el gobierno mexicano ha recibido de otros países, más que llevarnos a clamar por otro comportamiento de aquellos gobiernos, nos debería obligar a pensar nuestra situación con otros ojos, y no seguir alimentando modelos que no resultan pertinentes para nuestra realidad. Las transiciones chilena, española, nicaragüense, u otras (argentina, uruguaya, turca), pueden servir como referentes, para ampliar nuestro horizonte y evitar las discusiones aldeanas. Pero (creo) siempre hay que tomar en cuenta que los modelos de transición modelos son, y que las diferentes realidades suelen ser irreductibles a aquéllos.

Segundo. A diferencia de lo que puede desprenderse del texto de Lorenzo Meyer, no deseo que el “factor externo” sea una fuerza decisiva del tránsito democrático en nuestro país. Estoy convencido, por lo que ha pasado en los últimos años (y a lo que me referí en el punto 1), que es posible seguir caminando hacia la democracia sin presiones externas, apuntalando el proceso en las corrientes políticas internas.

Tengo la impresión de que el país tiene las reservas institucionales, el marco constitucional, y los partidos necesarios, para que sin intervenciones, que acaban resultando muy costosas, pueda desatar por si mismo los nudos antidemocráticos. Cuando el “factor externo” se convierte en determinante, lo que realmente se constata es la incapacidad de las fuerzas internas (todas, no sólo las gubernamentales) para dirigir el proceso de cambio interno. Eso no lo deseo, aunque sé que puede suceder, porque ciertamente el “factor americano” suele actuar siguiendo la lógica de sus propios intereses.

4. Un último punto para hacer algunas precisiones menores.

a) La expropiación o la nacionalización de la banca no se realizó “a fines de agosto de 1982”, sino el primero de septiembre de ese año.

b) El PAN no ganó las elecciones en la capital de Guanajuato en 1983. Es más, ese año no hubo si quiera elecciones en aquel estado. Quizá Lorenzo Meyer se refiera a las de 1982, pero entonces el ganador fue el PDM y no el PAN.

c) Haciéndose eco de una aseveración que se encuentra en el artículo de Alberto Azis y Juan Molinar, “Los resultados electorales” (Pablo González Casanova -cordinador-: Segundo Informe sobre la Democracia. siglo XXI, 1990), Lorenzo Meyer dice que “de haberse anulado los 58 distritos bajo sospecha (en 1988), el PRI hubiera sido minoría en esa institución” (la Cámara de Diputados). No, puesto que al anularse esos distritos, y sus respectivas votaciones, por ser el PRI el partido con mayor número de constancias de mayoría y también el de mayor porcentaje de votos, se hubiera beneficiado de la cláusula de gobernabilidad.

Tiempo de rompecabezas

DEL ROSA AL AMARILLO

Japón preocupa a todo el mundo. No hay publicación europea que soslaye los problemas que la corrupción genera en los ámbitos político-financieros nipones, ni menos que deje de poner el dedo en el renglón de la “invasión” económico-industrial que se ve venir del país del Sol Naciente. Para muestra del cambio de color que se advierte en el kimono -hasta hace poco se vela rosa; ahora se sabe amarillo- esta la fotografía, con amplio pie, que publica el semanario italiano Epoca: un estadio lleno de cultivadores japoneses de arroz -todos con visera gualda-, congregados para protestar contra la liberalización comercial de su producto.

Eran 50 mil, y no mostraban cariño alguno por George Bush. Su rabia comenzó en febrero, cuando en la feria de productos alimenticios de Tokio -conocida como Foodex -un grupo agroindustrial californiano tuvo la osadía de exponer un pequeño paquete de un kilo de arroz. Y es que los japoneses pagan por su alimento ancestral diez veces mas que cualquier otro consumidor del mundo -dos dolares por kilo, contra el promedio mundial de 29 centavos de dolar-, pero no quieren importarlo. Epoca se pregunta si en la raíz de esta opción esta una especie de nacionalismo exacerbado, y responde que no hay tal, que las cosas son menos épicas: sencillamente, el partido en e poder (el íliberal democrático!) garantiza a los siete millones de cultivadores, que constituyen el “lobby del arroz”, subsidios fantásticos; cambio de sus votos. Y habría que añadir que este grupo arrocero es también dueño de banco japonés mas importante, el Norinchukin. Lo que también cuenta y suena.

BALCANES EN EL FUTURO

Yugoslavia, alguna vez considerada la federación ejemplar y única, la pionera del socialismo de rostro humano viable, pasa tal vez por las mas graves jornadas de su historia moderna. Enzo Bettiza, en Panorama, describe as el cambio histórico: “permaneció mas unida que nunca frente a la agresión ideológica de un comunismo externo, ahora se despedaza bajo lo golpes militares de lo que queda del comunismo interno” El otro tiempo unidos frente a enemigo común -Stalin-, serbios, croatas, eslovenos macedonios, montenegrinos no encuentran hoy aglutinante.

Lo peor -comenta Pierre Blanchet en Le Nouvel observateur- es que “los intelectuales han dejado de dialogar. Cada periodista y cada escrita ya escogieron bando”. Blanchet transcribe unas declaraciones de Aliya Hadzic, un intelectual de origen musulmán que vive en Zagreb: “Sera la guerra de todos contra todos. Solo Europa puede salvar la situación”.

Por su parte, Kosta Christitch, en Le Point, trata de ir a las causas del conflicto: las líneas fronterizas trazadas por el poder comunista se hicieron sin consulta popular y hasta hoy no se sabe ni siquiera con que criterios. Cita un ejemplo: el confín entre Croacia y Bosnia-Herzegovina es el mismo que fijaron Austria y Turquía en 1699 por el tratado de Carlowitz; “coma si la línea de demarcación dibujada de acuerdo con la correlación de fuerzas entre los dos imperios ya desaparecidos, fuese mejor y mas legitima referencia que el mapa étnico actual del país”.

Pero la apuesta por una solución promovida desde la Europa occidental no parece tena muchos postores. Dominique Wolton, en Le Nouvel Observateur, afirma que ese occidente “esta demasiado seguro de si mismo” y decepcionado de su propia ilusión, es decir, del retardo de la Europa del Este que durante tantos años no pudo, no supo o no quiso ver, y le cuesta imaginar como hacer de este retraso y de su propio adelanto relativo una unidad.

“Bastaría una chispa -escribe Sandro ottolenghi en Panorama- para que también se despedazaran la antigua URSS, Rumania e incluso Checoslovaquia”. La revista italiana ilustra el artículo de ottolenghi con dos mapas. Uno de los paciese todavía existentes y otro de los que resultarían si cada lucha nacionalista en curso se tradujera en nuevas fronteras: de 8 países se pasaría a 21, pues hasta Chipre quedaría cercenado entre turcos y griegos. El problema, asegura el autor, es que la historia enseña que todos los dramas de los europeos nacieron en esta “Europa de en medio”, la Mitteleurope. De allí la pregunta de si habrá pronto “Balcanes hasta los Urales”, en lugar de la “Casa Grande” de la que han hablado Mijail Gorbachov y Juan Pablo II. El segundo mapa, para colmo, no incluye a España ni a Francia con sus vascos y similares.

En tanto, las publicaciones europeas reportan un signo ominoso: el piloto del Mig yugoslavo que dejo caer hace unas semanas el primer cohete sobre Lubliana quizá no supo que perpetraba un acto de “brutalidad” pues desde 1945 ninguna ciudad del viejo continente había sufrido un bombardeo aéreo. 

ACTORES DE UN DRAMA

De Le Point, L’Express, Epoca, Panorama y Le Nouvel observateur, extraemos algunos datos de los actores del drama yugoslavo: 1) Milan Kucan, presidente de Eslovenia, 50 años, profesional de la política desde los 17, cuando entro a la Liga de Comunistas eslovenos; 2) Franjo Tudjman, presidente de Croacia, 68 años, fundador del Partido Independentista, lo que en 1967 le costo cinco años de prisión y cinco mas de impedimento para ejercer funciones publicas; 3) Slobodan Milosevic, presidente de Serbia, 50 años de edad, apodado “Slobito” (para que rime con “Benito”, en referencia a Mussolini) por eslovenos, croatas, albaneses y montenegrinos, que rechazan su intransigente nacionalismo, a la par que le imputan imaginar a Yugoslavia como una “gran Serbia” con capital en Belgrado; 4) Blagoje Adzic, jefe del Estado Mayor yugoslavo, serbio de 59 años, militar desde 1948 y, desde la muerte de Tito, aspirante al puesto de guardián de la unidad; fue quien tomo la decisión de aplastar militarmente a los insurgentes de Lubiana y Zagreb; 5) Stjepan Mesic, presidente de la Federación Yugoslava, 57 años de edad, esloveno casado con una serbia, comunista desde los 15, procesado por haber participada en 1971 en la llamada “Primavera de Zagreb”, núcleo originario de democracia y pluralismo en Croacia; 6) Ante Markovic, primer ministro federal, 67 años, exdirector de la empresa Rade Koncar, croata, exprimer ministro del gobierno de Croacia (1982 1986)

LARGA MARCHA

Enzo Bettiza, en Panorama, cuenta una anécdota para mostrar el camino recorrido por Yugoslavia. En 1946, Frane Barbieri, periodista yugoslavo que en 1972 tuvo que irse al exilio, preparaba la salida al publico de un diario en Zagreb. Acudió entonces a Milovan Djilas -a la sazón comunista ortodoxo -a mostrarle las primeras pruebas de la publicación. Djilas le dijo: “Nunca podra salir así este diario”. Barbieri le pregunto por que. Djilas respondió: “Tu proyecto prevee un diario de ocho columnas, Pravda solo tiene siete”. De tal estalinismo se paso a la ruptura con Stalin. Y de allá para acá, la marcha ha sida larga.

ROMPECABEZAS MÚLTIPLE

El reciente congreso internacional sobre el SIDA efectuado en Florencia, Italia, no deja de hacer sonar sus ecos. Mas allá de los pleitos un tanto mezquinos en torno a la paternidad del descubrimiento. miento del virus, se multiplican informes, cifras y encuestas. Panorama da los números siguientes: Oceanía 30 mil infectados; Europa Occidental, 500 mil; Asia y Sudeste asiático, 500 mil; América Latina, un millón; Europa del Este y URSS, 20,000; América del Norte (EU y Canadá), un millón; Africa del Norte y Medio oriente, 30 mil; Africa sudsahariana (excluida Sudáfrica) seis millones.

Hay más de sesenta laboratorios en busca del sistema eficaz de protección contra el virus. Todavía las esperanzas son pocas, afirma Gianna Milano, y añade que, a pesar de que la información al respecto es cada día mas abundante, no deja de aumentar el número de partners por persona; se utiliza muy poco mas que antes el preservativo y no crece la prudencia. Una encuesta de Epoca, realizada en Italia, muestra que, en la hipótesis de contagio, el 71% de los consultados “diría de su enfermedad solo a sus mas íntimos” y el 24.3% opina que, desde que se descubrió el virus, “el amor es menos bello”. El 32% asegura que, a partir de entonces, ya -no es posible el “amor a primera vista”.

Por su parte, Michel de Pracontal, en Le Nouvel observateur, señala que los recientes ensayos de vacunación dan cierto animo, pero queda por verificar si los efectos positivos de las nuevas vacunas sobre el sistema inmunológico son suficientes para lograr la destrucción del virus. Las dificultades son grandes, pues se trata de fabricar -dice-una “llave maestra a capaz de abrir siempre una caja fuerte cuya combinación se modifica incesantemente”.

Pero hay algo mas. Según el periodista francés: “En los países pobres, la rubeola produce dos millones de muertes por año, a pesar de que la vacuna existe. Y es que las redes sanitarias en operación no permiten el acceso a la cura a quienes mas lo necesitan. Es en estos países pobres donde el SIDA produce mayor numero de víctimas. Lo que equivale a decir que el rompecabezas científico es solo una parte del problema”.

El nuevo padrón

Jorge Orlando Espíritu Hernández Investigador del Centro de Estudios para un Proyecto Nacional (CEPNA) Entre 1979 y 1987 fue representante une la Comisión Nacional de Vigilancia del Registro Nacional de Electores.

Este trabajo es producto del apoyo brindado por el Centro de Estudios para un Proyecto Nacional (CEPNA), gracias al seminario de prospectiva electoral que organizó con motivo del proceso de renovación del Congreso de la Unión en 1991. 

Padrón quiere decir listado. Desde tiempos ancestrales, en la antigua Grecia o en Roma, al condicionar el voto sólo a los esclavistas, se enlistaban aquellos que cumplían con los requisitos establecidos. De hecho, conformaban un padrón electoral.

En tiempos más recientes, en los países de democracia representativa, la elaboración del listado de quienes tienen derecho a emitir el voto ofrece diferentes métodos. En aquellas naciones donde se requiere de un documento de identidad este es la base del padrón electoral; en otros, donde no se acostumbra tal medida, la elaboración del listado de ciudadanos es mucho más compleja y difícil. En México tenemos esta última situación.

Los orígenes del padrón en México pueden ubicarse en la elección del Constituyente de 1917, cuando los padrones electorales se elaboraban a nivel municipal. Después de la Segunda Guerra Mundial se creó la oficina central encargada de confeccionar el padrón.

Eso probablemente se debió, por una parte, al surgimiento de una candidatura independiente a la de Manuel Avila Camacho, la de Juan Andrew Almazán, surgida en el mismo Partido Nacional Revolucionario (PRN), y por otra, a la designación como secretario de Gobernación de Miguel Alemán Valdés, a la postre el sucesor presidencial, y que al “corregir” el sexenio cardenista enfrentaron una fuerte oposición al interior del propio partido gobernante.

El golpe maestro lo asestó Avila Camacho en 1946 cuando anula los Consejos Municipales como actores centrales de la estructuración de las listas electorales y en su lugar se establece el Consejo del Padrón Electoral, trasladando las tareas de elaboración de este documento a la Federación, y en 1951 se consagra la centralización estatal en la ley de ese año con la creación del Registro Nacional de Electores bajo la dirección y mando de la Comisión Federal Electoral.(1)

Esta situación marcó una dependencia acendrada de los organismos electorales hacia la Secretaría de Gobernación, la más codiciada porque de ahí surgían los sucesores de la silla presidencial. Con respecto al padrón se ideó la credencial única, que se expedía al solicitante en su misma presencia en el momento en que la pedía, y que fue origen de una fuerte manipulación, ya que se enlistaba a quienes tenían un ejemplar o más de ella, lo que es fácil de conseguir: bastaba dar el nombre y el domicilio, aunque fuera falso, en virtud de que no se demostraba ninguna de las dos cosas.

A finales de 1979, después de las elecciones federales y con la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LFOPPE), los partidos políticos opositores demandaron la elaboración de un padrón nuevo, en virtud de que el existente mostraba las huellas claras de su desactualización.

Con las elecciones municipales y de diputados locales de Chiapas, en noviembre de 1979, el gobierno lopezportillista, a través del subsecretario de Gobernación Rodolfo González Guevara, inició una serie de consultas con los representantes de los partidos políticos en la Comisión Federal Electoral para conocer su opinión y así elaborar un nuevo padrón electoral.

La respuesta de los consultados fue un si unánime; el padrón tenía más de 30 años sin un ajuste de fondo. Así nació la Gran Acción Ciudadana, que durante 25 meses, desde marzo de 1980 hasta abril de 1982, se desarrolló para ofrecer un padrón actualizado a los ciudadanos.

Dos fueron los enfoques que se confrontaron durante las consultas: elaborar un nuevo padrón o actualizar el existente, utilizando la técnica censal. El argumento empleado en aquel entonces para no hacer un nuevo listado era que el tiempo resultaba insuficiente.

Por una parte, al ser utilizado el padrón federal en comicios locales y tener 29 de 31 entidades de la República en su Constitución Política la figura de un Registro Estatal Electoral, los gobernadores tenían manera de ajustar el listado a sus necesidades políticas, lo que representó una fuente de desactualización. Por otra, los movimientos demográficos configuraban una geografía electoral que ya no correspondía a las proyecciones de 1979, cuando se diseñaron los 300 distritos actuales y que, desde que la técnica censal dejó de aplicarse (1982), han contribuido a la falta de veracidad total del listado electoral.

Estos dos aspectos llevaron a una elaboración basada en técnicas estadísticas más que censales. En términos globales el padrón utilizado en los comicios presidenciales de 1988 tiene una diferencia muy pequeña con respecto al actual, sin embargo, cuando se analizan a niveles estatales y distritales, los cambios son más evidentes.

En el mantenimiento dado al padrón entre 1982 y 1990 no se utilizó la técnica censal. Sólo en las campañas de empadronamiento federales y locales; entonces, cabe preguntar por que las diferencias de electorado que se dieron en tan sólo dos años en varias entidades del país, como lo muestra el Cuadro 1; porque se proyectaba la población en edad de votar en cada entidad y se confrontaba con el número total de registrados, quizá se “cuadraban” las cifras, a fin de que el listado se presentara como actualizado.

Este aspecto no podía comprobarse aunque los partidos lo intuían; por ello se presentó como uno de los escollos fuertes a remover para hablar ya de comicios más transparentes.

A casi diez años de la Gran Acción Ciudadana, los partidos políticos señalan que el padrón electoral sigue presentando problemas para caracterizar la imparcialidad de los comicios, y demandan uno nuevo.

Se desarrolló una nueva consulta sobre reforma política, la tercera en 13 años, convocada por la Comisión Federal Electoral. Los temas para analizar incluyen una nueva legislación, organismos electorales, lo contencioso electoral y el listado de electores, entre los más relevantes.

En la sesión dedicada al padrón los partidos políticos insistieron en modificar la forma de inscripción y la credencial, proponiendo en lo fundamental que contenga fotografía.

El Partido de Acción Nacional definió como central la creación de un Registro Nacional Ciudadano que emitiera la Cédula de Identidad Ciudadana, con lo cual se podrían generar los listados electorales. Implícitamente se propuso la elaboración de un padrón electoral nuevo basado en un documento oficial y obligatorio. En el mismo sentido se pronuncian los partidos Popular Socialista (PPS), Mexicano Socialista (PMS), Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN) y el Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), aunque con ciertos matices menores.(2)

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) también se inclina por un nuevo padrón, aunque, a diferencia de los otros, sugiere que se desarrolle por medio de la