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TIERRA SONÁMBULA

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Como las relaciones de vecindad son siempre difíciles, muchas veces se opta por la indiferencia, y así en España se tiene un gran desconocimiento sobre la literatura portuguesa, lo cual es verdaderamente lamentable, porque es una de las más ricas, tanto en el pasado como en el presente.

El redescubrimiento de Fernando Pessoa, que se hizo tarde, parecía que iba a remediar el desinterés histórico por la producción literaria de nuestros vecinos, pero incluso la repentina afición que se hizo notar por la impresionante obra del poeta, se ha ido desvaneciendo y, aunque Pessoa sea citado en el ambiente literario español como un poeta mayor, uno de los grandes poetas que ha dado el mundo, su obra no acaba de divulgarse o de editarse ordenadamente.

Pero, con la excepción de Fernando Pessoa y la de José Saramago —escritor que. por cierto, vive en España, en la isla de Lanzarote, y que está casado con una española—, la literatura portuguesa sigue siendo una gran desconocida entre nosotros. Yo creo que los lectores responderíamos muy bien, pero las editoriales son muy renuentes, por lo que sé por los traductores del portugués al castellano, a fijar su atención en los textos literarios escritos en portugués.

De Mía Couto, el gran escritor mozambiqueño, sólo se ha traducido al castellano una novela, Tierra sonámbula (Alfaguara, 1998. traducción de Eduardo Naval), aunque parece que en el futuro aparecerá otra. Debo de reconocer que, si no me hubiera surgido la oportunidad de viajar a Maputo, capital de Mozambique, es muy posible que nunca me hubiera asomado a las páginas de este maravilloso libro que me lleva a desear más y más traducciones de Mia Couto.

Yo leía la novela de Couto por las noches y su lectura iba iluminando el rincón donde se acumulaban las variadas y contradictorias impresiones que la ciudad de Maputo y sus alrededores iban produciendo en mí. Uno de mis compañeros de viaje, el periodista Igor Reyes-Ortiz, que consiguió el número de teléfono del escritor, nos sorprendió a todos por su audacia al llamar a Mia Couto y más aún por su logro: al día siguiente teníamos una cita con el escritor mozambiqueño. A las doce, en el Hotel Polana.

Acudimos un poco nerviosos. Yo. aunque tengo el título de periodista, he hecho muy pocas entrevistas en mi vida porque enseguida descubrí que para ser periodista hace falta vocación, una gran curiosidad por el presente y todos sus detalles, lo cual no se ajustaba a mi personalidad, más bien significaba, como pude comprobar durante el corto periodo de tiempo en que ejercí de periodista, un gran esfuerzo para mí.

¿Cómo se iba a iniciar la conversación con Mia Couto?, ¿qué podía preguntarle yo? No faltaban temas de conversación, desde luego, pero ¡qué difícil es hablar con naturalidad con alguien a quien no conoces! Más aún. cuando, como en este caso, conoces a ese alguien bajo un aspecto específico y distinto. Yo conocía al narrador de Tierra sonámbula y lo admiraba, lo que no me ayudaba en absoluto para hacer frente al escritor en carne y hueso, incluso me paralizaba.

Llegamos al impoluto y acogedor Hotel Polana unos minutos antes de la hora de la cita. Paseamos por el jardín que llega hasta el acantilado desde el que se contempla el Océano Indico. Miré la piscina de agua azul y transparente como se mira el fruto prohibido y deseado, como miro siempre todas las piscinas que no están a mi alcance y como miro el mar cuando no soy dueña de mi tiempo y desearía sumergirme en él. Nos sentamos finalmente alrededor de una de las mesas del agradable bar del hotel, impregnado de sabor colonial.

Mia Couto hizo su aparición con puntualidad. Sabíamos, por la solapa del libro, que había nacido en 1955, es decir, que era un hombre de 45 años. Mientras se acercaba hacia nosotros, con una media sonrisa en el rostro, vimos que parecía más joven que en la fotografía de la solapa, a pesar de que ahora su pelo blanqueaba y, sin duda, era mucho más atractivo. Nos conquistó a todos mientras avanzaba entre las mesas del bar y nosotros nos  levantábamos, y nos reconquistó en cuanto empezó a hablar.

Pasados los primeros momentos de tensión, la entrevista transcurría suave, mansamente. Yo recordaba una frase recién leída en Tierra sonámbula: «Quiero poner los tiempos en su manso orden, conforme a esperas y sufrencias». Eso fue lo que, mágicamente, hizo Mia Couto: puso todas mis sensaciones acumuladas desde mi llegada a Maputo en su manso orden. De la mano de la ONG Médicos del Mundo, habíamos visitado el hospital de Chowke y el reasentamiento de Kongolote, lugares en los que Médicos del Mundo estaban colaborando activamente. El escritor mozambiqueño asintió. Estaba al tanto de los asuntos de salud pública, le interesaban extraordinariamente. Su mujer trabajaba en ese campo.

Nos habló de la enfermedad y de cómo se interpreta en Mozambique la medicina occidental, de la importancia de las tradiciones, de los poderes invisibles que están en la raíz de las creencias y el comportamiento de los mozambiqueños. Nos habló de la muerte, de los difuntos que acompañan siempre a los vivos, de la dificultad del mozambiqueño de pensar en el futuro, que es un territorio sagrado e inaccesible. Del concepto del «yo», que es inaprehensible. del concepto de «pobreza», que es entendida como orfandad. El pobre es un huérfano, no tiene un padre que se ocupe de él. En lo colectivo está la identidad, en el clan.

Sus palabras se desgranaban mansamente, su portugués era perfectamente comprensible para nosotros. Durante el rato que pasamos con él, el universo entero se hizo comprensible. Los ojos claros de Mia Couto irradiaban la luz cálida que atraviesa los colores vibrantes de los batiks, esas telas maravillosas pintadas con colores naturales y ceras que se exponen en puestos callejeros. Mirando ahora la luz que ilumina mis batiks. recuerdo las palabras de Mia Couto, las historias que nos contó, el rato de conversación que nos regaló.

Por fortuna, tengo su libro, pero quisiera tener todos sus libros. Mia Couto juega con las palabras, las acomoda a sus propósitos, las rehace, las inventa. Hablé con su traductor, Eduardo Naval, un apasionado de la literatura portuguesa, un verdadero militante que no deja de espolear a las editoriales españolas para que publiquen las obras portuguesas. Me comentó lo difícil que era traducir la prosa de Mia Couto. Difícil y apasionante, concluyó.

Para animar a posibles lectores futuros, les transcribo una historia que Mia Couto nos relató en el bar del Hotel Polana de Maputo.

Una tarde de verano, un mono, paseando, llega a la orilla de un río y se asoma, curioso, a las aguas. Ve a un animal casi inmóvil que respira con dificultad. El mono, compasivo, hunde su largo brazo en la corriente y saca, para salvarlo, el pobre animal jadeante. El pez se agita en la mano del mono y el mono se dice, contento: la vida vuelve a él. Pero de repente, el pez deja de moverse. Está muerto. ¡Qué desgracia!, suspira el mono, ¡no llegué a tiempo de salvarle!    n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda