CULPAR AL ÁRBITRO

Quejarse del árbitro es parte del futbol. Como las patadas o los accidentes. Pero estas cosas no son el centro del futbol. En los últimos tiempos hemos visto en México que los jugadores, directivos y comentaristas tienen quejas semanales sobre los árbitros, y hemos visto cómo los árbitros se han vuelto más importantes que el fútbol. Ahora las principales cadenas televisivas, en sus programas de comentario y resumen futbolísticos, incluyen a silbantes retirados para que opinen sobre las jugadas y dictaminen sobre el arbitraje. Los “telearbitrajes” pueden ser entretenidos, pero no sirven para mejorar el futbol mexicano.

Los árbitros tampoco sirven para mejorar el fútbol mexicano. (Aunque, contra la opinión general, no son tan malos.) Lo que sirve para mejorar el futbol mexicano es jugar mejor fútbol cada vez. En México, desde el llano, padecemos esa proclividad a culpar al árbitro de todo. Desde el llano nuestros niños aprenden que el árbitro es un “vendido” si el propio equipo pierde. Ahora los comentaristas han inventado que la actuación de un árbitro es mala si sus pifias arbitrales “se reflejan en el marcador”. Se instaló ya una cultura de la queja arbitral. En cambio, habría que preguntarse menos por las veces en que el árbitro “se refleja en el marcador” y más por las veces en que los mismos jugadores lo hacen o dejan de hacerlo.

Desde el futbol profesional debe empezar a instalarse una cultura que atienda menos al árbitro y más al propio juego. Más atención al rival, incluso para engañarlo, y menos al árbitro, incluso para dejar de engañarlo con clavados y faules fingidos. No le pedimos al futbolista mexicano que no reclame alguna decisión; tampoco la rectitud hacia los árbitros que los jugadores tienen, por ejemplo, en la liga inglesa, donde se dio el caso de que el centrodelantero del Liverpool, Fowler. durante un partido le dijo al árbitro que diera marcha atrás: el penalty que había marcado a su favor no merecía marcarse, puesto que la defensa rival no había tocado a Fowler en su caída dentro del área. Si no se puede tanto —en México, y no sólo en México, habrían acusado a Fowler de imbécil por “honesto”—, por lo menos lograr que la participación del jugador “no cuente” con el árbitro. Por lo menos, que a la hora de perder los futbolistas dejen de culpar al árbitro. Una cultura futbolística que empezara por este ABC: para ganar, tienes que ganarle no sólo al rival sino al público (a veces, a tu propio público). Y muy especialmente: tienes que ganarle al árbitro. Y sobre todo: tienes que ganarte a ti mismo. Sin melindres ni excusas. A la hora de una derrota y de hacer las cuentas ante esa derrota, las propias fallas, las propias puñaladas futbolísticas —incluso por no estar concentrado en el juego, por ocuparse más de lo que hace o deja de hacer el árbitro— siempre habrán sido más abundantes que las puñaladas arbitrales.

—Johannes Burgos