DEL MITO A LA POESÍA

POR SILVIA TOMASA RIVERA

EL DILUVIO

No les bastó, ser los preferidos de Dios.

Los únicos que recibieron su apoyo

a la hora del desastre.

No les bastó talar un bosque entero

y construir la barca de la salvación; porque a decir verdad, nada le basta

al hombre.

Cuando al final han encontrado la luz

regresan al oscuro. Y es ahí donde pierden; donde son venadeados

por lámparas divinas en el pasillo estrecho de su vanidad.

Así eran ellos, los que estuvieron cerca

de nuestros litorales, a orillas de este mar, que un día se alzó sobre el horizonte de la noche sepultándolo todo.

Dejando un olor implacable de muerte transferida.

La grieta de humedad en la memoria de aquellos que los vieron alejarse

rumbo a un cielo nublado que prometía abrirse

como el mar en la tierra, tragándose de un sorbo

cualquier advenimiento de conciencia.

Fue una limpia de agua

pasada por el fuego y todo volvió a ser como la pureza del principio.

“En cada siglo la humanidad se muere” Atrás quedaron los cuerpos hundidos en el fango, atrás quedó la maldad multiplicada.

Al frente había un paisaje sin árboles quemados un ángel para cada hombre nuevo una mujer para cada hombre.

Pero había que vivir

sin la amenaza de la perfección, y ya estaban cansados

de los tiempos divinos.

Fueron ellos, los hombres nuevos que enturbiaron el cielo. Porque asaron sin permiso de Dios la carne podrida de los animales que murieron la noche del diluvio.

Es por eso que ahora

la estamos padeciendo

porque Dios ha perdido la confianza

y no quiere mirar hacia la tierra.

Ya no hace gente nueva, sólo nosotros quedamos como ejemplo.

Ustedes y yo.

Leyenda nahua del centro y sur de Veracruz donde se narra el castigo que recibieron los hombres por haberse comido los peces muertos del diluvio, que enterrados en la arena despedían un hedor que llegaba a los altos cielos y molestaba a los dioses.