IZQUIERDA EUROPEA

EL MURO COMO PRETEXTO

POR LUDOLFO PARAMIO

Este mes de octubre se cumplen diez años de la caída del Muro de Berlín. ¿La caída explica la pérdida de identidad de la izquierda europea?

Diez años después, la caída del Muro de Berlín es más una fórmula ritual que un auténtico recuerdo: no es fácil reproducir en los textos políticos o en los análisis de los politólogos el torrente de emociones que entonces se desencadenaron, la sensación de que allí se estaba acabando un mundo y comenzaba otro. De hecho, cuando la caída del Muro aparece en los textos de la izquierda lo hace para explicar problemas políticos actuales, y puede que los jóvenes que se aventuren a leer esos textos (si los hay) entiendan que para los sobrevivientes de aquellos acontecimientos se trató de una gran desgracia.

Y es que en parte fue así. Incluso quienes se alegraron sinceramente ante el derrumbe de aquel mundo ignominioso que el Muro representaba lo hicieron a menudo en nombre de unas esperanzas claramente ilusorias, confiando en que sería posible el nacimiento de verdaderas democracias socialistas: la combinación de la protección social y los derechos colectivos del socialismo real con las libertades y derechos individuales considerados normales por los ciudadanos de Europa occidental. No fue así, y sería sorprendente que hubiera sido así: se trataba de regímenes en quiebra técnica, con industrias obsoletas y economías incapaces de financiar sus propios sistemas públicos.

Pero resultaba muy duro aceptar que la caída del Muro no significaba la superación de las deformaciones del socialismo real, sino el final del espejismo. Reconocer que el intento abierto con la revolución de Octubre era desde su nacimiento un intento fallido significaba renunciar a una lógica que daba sentido a casi toda la izquierda de la época, a los esquemas que han marcado no sólo a las viejas guardias, sino también a sus sucesores, la que fuera orgullosa generación del 68. Había dos principios fundamentales: la izquierda no podía limitarse a gestionar el capitalismo ni podía pactar con el imperialismo. Ambos principios los había transgredido la socialdemocracia, y por ello debía ser repudiada. Cuando los herederos del 68 se fueron incorporando a la corriente principal de la izquierda europea, a través de partidos socialdemócratas, su primera apuesta fue endurecer el lenguaje y la ideología de éstos: había llegado la hora de romper con el capitalismo.

Este endurecimiento, en algunos casos, aseguró la impotencia política de la socialdemocracia durante años: el caso del laborismo británico es ejemplar, aunque también fueran grandes sus particularidades, la decadencia de su industria y la personalidad de una inesperada adversaria a la que los viejos conservadores habían decidido dar una oportunidad de quemarse mientras buscaban con calma un liderazgo más sensato, más pragmático (muchos no tuvieron posibilidad de arrepentirse, y fueron jubilados, junto con el partido que habían conocido, por la implacable dama). Pero en otros tuvo oportunidad de chocar, desde las responsabilidades del gobierno, con las realidades del mercado, y de un mercado particularmente hostil a causa de la crisis y de la globalización financiera.

Pero en la medida en que el pragmatismo se imponía el lenguaje se deterioraba, perdía su contenido. A menudo se culpa a la caída del Muro de haber provocado un desarme ideológico en la izquierda, de haberle privado de puntos de referencia. En Europa simplemente no es cierto: sólo algunos partidos comunistas muy cerriles defendían el modelo soviético, aunque fuera en la versión más eficiente que representaba la República Democrática de Alemania, y el resto de la izquierda estaba de acuerdo en que aquellos regímenes debían cambiar profundamente. El problema es que la caída del Muro se produjo en un momento en que la izquierda democrática, tras haber pasado un sarampión ideológico más o menos grave, estaba entregada a gestionar el capitalismo con el que había prometido romper.

Dicho de otra forma: la caída del Muro es el pretexto en el que se refugia a menudo la izquierda europea para explicar una pérdida de identidad que venía de antes, del fracaso de las recetas keynesianas frente a la crisis de los setenta y del giro de 180° que los nuevos socialdemócratas radicales (y en especial los franceses) debieron imprimir a sus políticas tan sólo un año después de haber llegado al gobierno. Si la caída del Muro se hubiera producido durante la primera guerra fría, en los años cincuenta o a comienzos de los sesenta, los viejos socialdemócratas no habrían sufrido crisis alguna. El problema es que se produjo veinticinco años después, cuando el modelo socialdemócrata tenía crecientes problemas, y tras una euforia ideológica que había hecho pensar que ese modelo era poca cosa. La caída del Muro tuvo menos impacto negativo sobre la izquierda democrática europea que llevar una década a la defensiva tratando de proteger un Estado de bienestar que, sólo unos pocos años antes, había denunciado como instrumento de la burguesía para controlar los conflictos sociales, integrar a los trabajadores en el consumismo y arrebatarles la conciencia de clase.

Pero si la crisis del discurso de izquierda, en el socialismo democrático europeo, tiene poco que ver con la caída del Muro y sus secuelas, no se puede decir otro tanto de la crisis personal de muchas personas de izquierda. Porque esos dos principios (contra la burguesía y el imperialismo), que habían estructurado el mundo de sentido de la izquierda, podían no estar presentes ya en el discurso, pero eran los ejes que definían la identidad política de muchos dirigentes (y gentes sencillas) de la izquierda. Significaban que la burguesía era la culpable de los males de un país, y que atacarla era necesario para resolverlos, que Estados Unidos era responsable del mal en el mundo, y que apoyar a sus enemigos era optar por la justicia.

Los socialdemócratas tradicionales habían aprendido pronto que lo que era malo para la burguesía no era necesariamente bueno para el propio país, pero los nuevos, incluso tras los descalabros de los socialistas franceses en 1981, podían aceptar la relación de fuerzas que imponían los mercados, pero seguían sintiendo que había un más allá, una utopía en la que era necesario creer aunque nadie fuera capaz, a diferencia del escrupuloso detallismo de los utopistas clásicos, de concretarla o siquiera esbozarla. La Unión Soviética y los países del Este eran para muchos la referencia (deformada, naturalmente) para pensar esa utopía.

Tras la caída del Muro, los problemas del socialismo democrático siguieron siendo los mismos, pero esa referencia sentimental o ideal que daba sentido a la actividad política de muchas gentes de izquierda, de pronto, dejó de existir. En América Latina, además, el gran referente del socialismo no democrático (suponiendo que semejante entidad pueda existir) comenzó a hacer agua aparatosamente al desaparecer los subsidios (el comercio, en teoría) con la Unión Soviética. Quienes habían señalado gozosos la derrota histórica de la socialdemocracia frente a la ofensiva neoconservadora. descubrieron ahora que el socialismo revolucionario en un solo país estaba en bancarrota.

Demasiadas quiebras sucesivas, pero. hay que subrayarlo, sin relación real con los problemas políticos de la izquierda. Thatcher, desde luego, utilizó los acontecimientos como metáfora del final del socialismo como propuesta política, y, en plena ofensiva ideológica neoliberal, tuvo cierto éxito a corto plazo. Pero ya casi nadie se acuerda de ella, excepto cuando va a visitar a su viejo amigo el general chileno. El neoliberalismo comienza a ser la moda de una década pasada, y los problemas siguen siendo los mismos: cómo volver a crear empleo y financiar los sistemas públicos en economías expuestas a los embates desestabilizadores de los mercados financieros globales.

El problema es que ahora ya no es posible seguir creyendo que esos problemas tienen relación con enemigos externos o internos perfectamente identificares. De vez en cuando se oyen voces que denuncian que la situación actual (en el mundo o en el propio país) es insostenible, que la humanidad, los excluidos o los pobres reclaman un cambio. ¿A quién? El Fondo Monetario Internacional no había recibido nunca tantas críticas como las que le han caído encima tras su patente ineptitud en el manejo de la crisis asiática, y casi todo el mundo cree que es preciso reformarlo, aunque a menudo en sentidos contradictorios. Sin embargo, nadie cree ni por asomo que el Fondo sea el responsable de los males del sistema económico mundial, mucho menos que pudiera resolverlos.

Muchos quieren (querríamos) regular los movimientos de capital a corto plazo mediante algo parecido al impuesto Tobin, pero sólo almas muy simples creen que quien se opone a ello sea el Capital con mayúscula. Se oponen los gobiernos y los burócratas, quizá por excesiva cautela, por las dificultades técnicas, quizá pensando algunos que sus países se pueden beneficiar más de la situación actual, pero no existe ya el enemigo que lo explique todo. El mundo se ha vuelto muy complejo, y los políticos de izquierda con más de cuarenta años tienen dificultades para articular un discurso creíble y movilizador a falta de grandes abstracciones a las que responsabilizar de los problemas inmediatos.

Se ha dicho que el comunismo pasó, pero que siguen vigentes las grandes preguntas que intentaba contestar. Sería más exacto decir que sigue vigente el sentimiento social de injusticia, frustración e impotencia frente a un mundo que no conseguimos dominar racionalmente, que excluye a las mayorías y destroza las vidas de millones de personas. La lógica del chivo expiatorio sigue ahí, respondiendo a una necesidad primordial de sentido frente a unos males que nadie sabe cómo impedir o resolver. Así, con el final de los bloques han pasado a primer plano los enfrentamiento étnicos y religiosos, y, sobre todo, los dirigentes políticos menos escrupulosos han descubierto una verdadera mina en las denuncias contra la vieja clase política. Ahora es posible buscar el apoyo de los grandes empresarios y el reconocimiento de Washington a la vez que se practica la misma demagógica retórica contra los políticos tradicionales. La liberación que para nuestra generación supuso la caída del Muro no es una experiencia que se pueda transmitir, una vacuna frente a la lógica de la frustración y el odio. n

Ludolfo Paramio. Politólogo. Ha colaborado en nexos anteriores.