FOLIO DE NEXOS

MEMORIA DEL PAUPERISMO ALEXIS DE TOCQUEVILLE

POR José Antonio Aguilar Rivera

Al regreso de un viaje por la Gran Bretaña, donde otros se asombraron por la prosperidad, Tocqueville registrò la intraquilidad de los ciudadanos por la miseria oculta bajo esa prosperidad . Memoria del pauperismo es resultado de aquel viaje. En el debate sobre la política social para enfrentar los desafíos de la pobreza, este ensayo tiene actualidad y pertinencia. Ofrecemos también dos textos de José Antonio Aguilar Rivera y Rafael Rojas sobre la actualidad del pensamiento de Tocqueville.

Introducción: Crítica de la caridad

La Memoria del pauperismo es uno de los textos menos conocidos de Alexis de Tocqueville. En 1835. después de la publicación del primer volumen de La democracia en América, y poco antes de su segundo viaje a Inglaterra. Tocqueville dictó una conferencia sobre el pauperismo en la Real Sociedad Académica de Cherburgo. En ella criticaba abiertamente a las políticas emprendidas por el gobierno inglés para aliviar la pobreza. En el debate actual sobre las políticas asistenciales que se libra en Estados Unidos la Memoria de Tocqueville tiene una importancia obvia. Los intelectuales neoconservadores han recurrido a ella para fundamentar sus críticas al Estado de bienestar.1 El uso instrumental en este caso es mañoso, porque saca de su contexto histórico el escrito. El propósito implícito de los conservadores es alistar a Tocqueville en sus filas. Muchos de ellos creen que las políticas asistenciales son antitéticas a la tradición liberal que Tocqueville representa.

De cualquier forma, la utilidad práctica de la exéresis en el pensamiento político no siempre es obvia. Los historiadores intelectuales nos preocupamos por establecer la filiación, y el origen de las ideas. Sin embargo, a menudo se supone que la legitimidad de una propuesta depende de la pureza de su linaje ideológico. Y este es un supuesto muy debatible. Como afirma Stephen Holmes, si bien la perpetuación de orientaciones y compromisos tradicionales puede ser una señal de tenacidad heroica, la “fidelidad a las fuentes” también puede ser un síntoma de esclerosis moral.2 Las discusiones sobre políticas públicas no deben convertirse en juicios testamentarios. ¿Cuál es la importancia actual de la Memoria del pauperismo de Alexis de Tocqueville? ¿Se trata solamente de una curiosidad intelectual?

Este texto fue el resultado del primer viaje de Tocqueville a Inglaterra en 1833 y de su lectura del Curso de economía política (1828) de J.B. Say. El fuerte de Tocqueville, hay que decirlo claramente, no era la economía. Sus dotes visionarias no lograron predecir el futuro desarrollo industrial en Estados Unidos ni otros fenómenos económicos que ya eran evidentes en la primera mitad del siglo XIX. Tal vez este escrito no sea el más afortunado del autor de La democracia en América. Sin embargo, aun en un texto problemático y difícil como éste, el genio tocquevilliano está presente. La Memoria está dividida en dos partes. En la primera Tocqueville sigue el análisis de Rousseau sobre el origen de la sociedad moderna. Según él, la pobreza, al igual que la desigualdad, es una de las consecuencias de la civilización. “Entre los pueblos muy civilizados”, afirmaba, “la falta de muchas cosas provoca la pobreza; en el estado salvaje la pobreza consiste sólo en no hallar qué comer”. El progreso de la civilización no sólo expone a los seres humanos a nuevos infortunios, también lleva a la sociedad a intentar satisfacer necesidades y deseos que ni siquiera son imaginados en sociedades menos avanzadas. Puesto que en las naciones ricas las necesidades aumentan de manera exponencial, es inevitable que el pauperismo, la carencia de satisfactores materiales, también crezca aceleradamente.

Mientras más próspera sea una nación, mayor será —proponía Tocqueville— el número de quienes soliciten la caridad pública. Aquí presentamos la segunda parte de la Memoria, donde el autor plantea y argumenta su tesis central.

Tocqueville presenta un alegato contra la caridad pública entendida como un derecho. Critica los efectos en la vida real de las buenas intenciones de los samaritanos. Sus juicios morales son sumarios: la caridad pública produce más males de los que cura, degrada a los pobres, fomenta la holganza y hace el trabajo menos apetecible. Miel sobre hojuelas para los lectores conservadores contemporáneos. El problema de este análisis es que no es del todo representativo de la posición liberal. Hablar de la “posición” liberal, es cierto, siempre es un asunto espinoso, porque bajo un mismo paraguas ideológico se cobija un espectro muy amplio de opiniones. Lo que sí puede decirse, es que en Locke, Montesquieu, Kant y Mill pueden encontrarse referencias a favor de la caridad pública. Si bien estos argumentos son controversiales, no es descabellado pensar que los liberales no se han opuesto sistemáticamente a ciertas políticas redistributivas para aliviar la pobreza.3

Tocqueville era más sociólogo que teórico: no deducía principios generales de proposiciones abstractas. Lo suyo no era la filosofía analítica. Era, por el contrario, un virtuoso de la observación empírica. Era capaz de encontrar los resortes ocultos que vinculaban a los deseos y los hábitos con la conducta de las personas. Podía leer con pasmosa certeza la lógica causal detrás de los fenómenos sociales. Sin embargo, en el caso del pauperismo la imagen que se le presentaba era borrosa. La incertidumbre aparece en las últimas líneas del ensayo: “En este punto mi horizonte se expande por todos lados. Mi objeto de estudio crece. Veo abrirse un sendero que no puedo seguir en este momento”. Si, como concluía, la caridad privada no era adecuada para las naciones industriales y la pública producía efectos perversos, entonces, ¿qué hacer? Y ahí el ensayo termina de manera abrupta. Tocqueville no tenía respuestas a estas interrogantes. Decidió dejar para después la solución al problema. El texto es, como apunta Himmelfarb, un recuento de paradojas. Aunque Tocqueville prometió abordar el tema de las medidas para prevenir la pobreza en un trabajo posterior, nunca lo publicó.4 Ello tal vez es un indicio de lo insatisfecho que se encontraba con sus propias reflexiones. En el manuscrito inédito que debía ser la segunda parte de la Memoria, Tocqueville trataba de hallar la forma para infundirle a los trabajadores el espíritu y los hábitos del trabajo. Todas las opciones que consideró eran insatisfactorias. La redistribución, las cooperativas, los esquemas para incentivar el ahorro, etc. El texto concluía sin resolver el problema. En realidad, el acertijo que representaba el pauperismo industrial dejó a Tocqueville perplejo. De ahí su renuencia a siquiera terminar este segundo texto.

Las complejas dinámicas de la sociedad industrial escaparon a su ojo avizor Por ejemplo, no logró imaginar la capacidad del industrialismo para mejorar las condiciones de los pobres sin recurrir a la caridad, privada o pública, o a medidas improbables, tales como los montes píos. Tampoco previo la magnitud y las consecuencias de la miseria en sociedades no meramente atrasadas, sino subdesarrolladas. La sociedad de masas, el subempleo, la economía informal, entre otros, son fenómenos modernos. Posiblemente Tocqueville ni en sus peores pesadillas imaginara una ciudad perdida. Inglaterra era, en todo caso, el interludio a la miseria en medio de la afluencia. (Dickens publicó en 1838 OliverTwistJ. La de Tocqueville era, finalmente, una mente del siglo XIX. Como buen aristócrata desconfiaba, o era abiertamente hostil, al industrialismo, al capitalismo, al urbanismo y a la tecnología. Existen también otras razones que tal vez pudieron haber contribuido a que Tocqueville decidiera no abundar en el tema del pauperismo. En 1835, poco después de que dictara la conferencia en Cherburgo, se embarcó en un segundo viaje a Inglaterra e Irlanda. Es posible que lo que viera en este último país le hiciera reconsiderar algunos de los juicios expuestos en la Memoria. “Te reto”, le escribió a su prima desde Dublin, “a imaginarte la miseria de la población de este país. Cada día entramos a casas de lodo cubiertas de paja, que no contienen una sola pieza de mobiliario, a excepción de una olla para cocinar papas”:5 El 11 de julio de 1835 Tocqueville se entrevistó con Thomas Kelly, un abogado irlandés. En su diario consignó la siguiente pregunta: “¿Cree que una Ley de Pobres sería una cosa buena para Irlanda?”. “Así lo creo”, le respondió Kelly. “

¿Pero no cree”, insistió Tocqueville, “en que este sería un remedio peligroso?”. “Sí”, respondió su interlocutor, “pero Irlanda se encuentra en una situación tan excepcional que uno no puede aplicar a este caso teorías generales”.6 Tal vez Tocqueville no había considerado todas las situaciones posibles, como lo demostraba el caso irlandés.

A pesar de sus posibles yerros, la Memoria sobre el pauperismo sigue siendo un texto notable. En él Tocqueville observó y explicó los efectos psicológicos de la beneficencia. Detrás de algunas de sus observaciones hay un realismo sobrio, pero devastador. Tocqueville, es necesario repetirlo, apoyaba sus ideas en observaciones. Estaba en desacuerdo con John Stuart Mili, quien dudaba que la pobreza fuera un acicate para trabajar. Para Mili, la pobreza implicaba inseguridad y la inseguridad tenía un efecto psicológico paralizante y debilitador. No era la penuria, sino el crecimiento económico, lo que estimulaba el esfuerzo. ¿Quién tenía razón? La Memoria no deja este asunto claro. Lo cierto es que la caridad no puede ser un sustituto de la justicia. Tocqueville lo reconocía explícitamente: “es necesario hacer lo que sea más útil para el que recibe, no lo que le plazca al dador; hacer lo que mejor sirva al bienestar de la mayoría, no lo que rescate a unos cuantos”. Tocqueville no se oponía a los programas de ayuda a los huérfanos o discapacitados, ni a la asistencia del Estado en casos de emergencia. Criticaba el subsidio a una clase ociosa que medraba de la caridad pública. En un país como México, donde el seguro de desempleo simplemente no existe, son las familias extendidas las que usualmente se encargan de velar por sus miembros en apuros. El principio que opera aquí no es el de la caridad sino el de la solidaridad familiar. La Memoria sobre el pauperismo es un texto actual, controvertido, enjundioso y, por todo ello, indispensable.     n

—José Antonio Aguilar Rivera

1 Por ejemplo, véase la introducción de una prominente crítica conservadora, Gertrude Himmelfarb, a una traducción al inglés de la Memoria. Alexis de Tocqueville: Memoir on Pauperism, traducida por Seymour Drescher y con una introducción de Gertrude Himmelfarb (Ivan R. Dee. Chicago. 1997).

2 Stephen Holmes: Passions and Constraint. On the Theory of Liberal Democracy. University of Chicago Press, Chicago, 1995.

p. 236.

3 Holmes presenta de manera persuasiva este argumento, véase: “Welfare and the Liberal Conscience”, en Ibid. pp. 236-267.

4 El texto, sin embargo, sí fue escrito. En los archivos de Tocqueville se encuentra un ensayo inédito: “Segundo trabajo sobre el pauperismo. 1837” . El manuscrito de veintiún páginas fue publicado en las Obras completas. Alexis de Tocqueville: “Second mémoire sur le pauperisme”, en Oeuvres complétes, J.P. Mayer, ed. Gallimard, París,1989. XVI. pp. 140-157.

5 Tocqueville citado por Emmet Larkin, “Introduction”, en Emmet Larkin, traductor y editor: Alexis de Tocqueville’s Journey in Ireland. July-August. 1835. The Catholic University

of America, Washington, 1990, p. 7.

6 Dublin. July 11. 1835. Ibid. 34.