TOCQUEVILLE: LECTURAS MEXICANAS

POR RAFAEL ROJAS

Tocqueville fue, pues, lo rara combinación de un profeta y un arqueólogo. En los Estados Unidos, caso extremo de la modernidad política, no buscó (os orígenes, sino (os efectos de la democracia sobre las leyes, los sentimientos y las costumbres. En francia, país revolucionario por antonomasia, no persiguió las huellas del cambio, sino sus insinuaciones en el ancien regime.

Además de Rey Banquero y Rey Ciudadano, Luis Felipe de Orleans fue el Rey Romántico por excelencia de la Europa moderna. Ni Jorge IV ni Federico Guillermo III aplicaron en sus cortes tanto venero exótico como aquel príncipe que cambió el tricornio por un sombrero de copa y el cetro por un paraguas. Bajo aquella “aristocracia financiera” que, al decir de Marx, edificó la monarquía parlamentaria de julio de 1830, fueron escritas las tres grandes versiones del romanticismo francés: la liberal de Victor

Hugo, la conservadora de Chateaubriand y la socialista de Saint-Simon. Todavía un siglo después, algunos personajes de Proust evocaban el reinado de Luis Felipe como el último suspiro de una nobleza que sería el mejor testigo de su propia ruina durante el Segundo Imperio y la Tercera República.

Fueron años de viaje y dinero, de bolsa y laboratorio. Eugène Delacroix viaja a Marruecos en 1832 y de sus apuntes nacen cuadros exóticos como Las mujeres de Argel y Los fanáticos de Tánger que deslumhran al ministro Thiers, obsesionado desde entonces con la colonización del Norte de África. Según Baudelaire, Delacroix viajó a Marruecos en busca de “las características extremas del Oriente”: el desorden primigenio, la ilegalidad, el rito alucinante, la violencia. A un año de instaurada la monarquía de julio, otro viaje producía una de las pinturas más exactas e inquietantes de la modernidad política: el viaje de Alexis de Tocqueville a los Estados Unidos. Si el de Delacroix había sido un viaje al caos del pasado, el de Tocqueville era un viaje al orden del futuro.

No por trillado, ese areté de “Tocqueville el Profeta” —que difundiera J. P. Mayer en los años cuarenta— implica un sentido banal. Hay, por lo menos, una certidumbre providencial en la famosa frase de la introducción a De la démocratie enAmérique: “querer detener la democracia parecerá entonces luchar contra Dios mismo”. Pero hay algo más; si se quiere, algo que podríamos asociar a cierta metodología profética, a cierta ponderación de eso que John Stuart Mili llamó “lo irresistible”. En sus dos grandes obras, La democracia en América y El antiguo régimen y la revolución, Tocqueville construye hipérboles de un estado social que apenas si insinuaba a mediados del siglo XIX. Habla de un avance irreversible de la igualdad de derechos, que amenaza el refinamiento de las costumbres y el ejercicio de la libertad. Habla, también, de un orden revolucionario que consuma una tendencia a la centralización política y administrativa, cuyas raíces brotan del antiguo régimen. Estas dos ideas hacen de Tocqueville la antípoda de Marx: una revolución es más la muerte que el nacimiento de un mundo; la sociedad democrática, a diferencia del comunismo, no es el futuro perfecto.

Tocqueville fue, pues, la rara combinación de un profeta y un arqueólogo. En los Estados Unidos, caso extremo de la modernidad política, no buscó los orígenes, sino los efectos de la democracia sobre las leyes, los sentimientos y las costumbres. En Francia, país revolucionario por antonomasia, no persiguió las huellas del cambio, sino sus insinuaciones en el ancien régime. Estos desplazamientos condicionaron un estilo ambivalente, matizado, y, sobre todo, una mirada recelosa, aunque nunca cínica, hacia el futuro político de Occidente. En una carta a su amigo John Stuart Mili, del verano de 1835, en la que Tocqueville aceptaba colaborar en la London Review, dicha ambivalencia aparecía como una confesión: “sabéis que no exagero el resultado final de la gran Revolución Democrática que se opera en este momento en el mundo; no la veo con el mismo ojo que los israelitas veían la tierra prometida. Pero, en todo caso, la creo útil y necesaria y a ella marcho resueltamente sin duda, sin entusiasmo y, espero, sin debilidad”. En otra carta de ese mismo año, a su confidente Louis-Paul-Florent de Kergorlay, Tocqueville revelaba sus lecturas tutelares: “hay tres hombres con los cuales vivo: Pascal, Montesquieu, Rousseau”. El respeto por la igualdad era herencia de Rousseau; la pasión por la libertad, legado de Montesquieu; y la pesadumbre ante la vulgaridad del orden democrático, una huella de Pascal.

A Sainte Beuve, siempre implacable con sus contemporáneos, le irritaba que Tocqueville fuera percibido como un segundo Montesquieu. En las Cartas Persas, decía, hay “imaginación en el estilo, expresión por imágenes que ahonda sus rasgos y acuña medallas”; en La democracia en América, “un talento grande, juicioso y honesto, dotado de un alma ansiosa y escrupulosa y servida por un estilo sólido, firme, ingenioso, pero de poco brillo”. Curiosamente, es en el segundo volumen de ese libro, el dedicado a los efectos de la democracia sobre la cultura —que interesó menos a Sainte Beuve, Royer-Collard, Mili y otros liberales de la época— donde el estilo de Tocqueville se afina y destila, exhibiendo las delicadas molestias que abruman al verdadero aristócrata en una sociedad democrática. El materialismo, las pulsiones del bienestar, la búsqueda frenética de la satisfacción de cualquier deseo “corrompen las almas, destiemplan secretamente sus resortes morales” y, sobre todo, producen en la ciudadanía un entramado de “turbación, temor, pesar, trepidación, mediocridad, envidia, compasión, domesticidad, aislamiento”. Incapaz de concederle valor alguno al tejido moral de una república. Tocqueville pensaba que las democracias modernas trastornaban las jerarquías espirituales de Occidente.

Si Tocqueville fue un crítico de esa “separación social” que generaba el orden democrático en los Estados Unidos, ¿por qué su obra ejerció una influencia tan limitada en la historia intelectual de América Latina? Al parecer. otros liberales de la Restauración y la monarquía de julio, como Benjamin Constant y François Guizot. tuvieron más admiradores que el autor de El antiguo régimen y la revolución. La laguna se hace más contrastante aún cuando se piensa en la fuerza que ha tenido, en los dos últimos siglos, un discurso latinoamericanista que reprueba la democracia norteamericana por su raíz utilitaria. Ni Rodó, ni Lugones, ni Darío, ni Martí, ni algunos escritores de la generación siguiente, como Alfonso Reyes. Pedro Henríquez Ureña, Ezequiel Martínez Estrada o José Vasconcelos se inspiraron en Tocqueville para fundamentar su rechazo al pragmatismo puritano de los Estados Unidos. Una explicación posible, aunque arbitraria y mañosa, a dicho desencuentro es que, a diferencia de Tocqueville —aristócrata interesado en la democracia—, aquellos intelectuales, de cuna democrática, soñaban con presidir la aristocracia espiritual de la América española.

En México, por ejemplo, Tocqueville fue leído más como un expositor que como un crítico de la democracia norteamericana. Jesús Reyes Heroles y Charles Hale han destacado su impronta en la defensa del régimen centralista, que hiciera el Ministro de Guerra y Marina José María Tornel en el Constituyente de 1842. a partir del argumento de que el federalismo sólo era adecuado para las condiciones excepcionales de los Estados Unidos, en la sutil propuesta de un “sistema federal con nomenclatura central” de Mariano Otero en aquel mismo Congreso; luego, en la adopción del juicio de amparo, en 1847, que algunos liberales justificaron a través de la descripción del sistema judicial norteamericano de Tocqueville y, por último, en el Constituyente de 1856-57, donde el Dictamen de la Comisión constitucional catologaba de “preciosa” la obra de Tocqueville y la fijaba como referencia básica para concebir la Suprema Corte de Justicia como un poder que lubricara los roces inevitables entre las soberanías estatal y federal. Aquellas eran. pues, lecturas del Tocqueville tratadista. que emerge en el primer volumen de La democracia en América, traducido al español, en 1837, por el jurista cubano Antonio Sánchez de Bustamante. y no lecturas del Tocqueville viajero, observador moral y analista de los síntomas que manifestaba la igualdad en los sentimientos y las costumbres.

No es improbable que la primera lectura cabal de ese Tocqueville filósofo, historiador y sociólogo, en México, sea la de Octavio Paz. De la mano de François Furet, Paz se deslumhró con la idea de que la Revolución Francesa podía ser considerada una última vuelta de tuerca a la política centralista emprendida por Richelieu bajo el reinado de Luis XIII y encontró en los juicios de Tocqueville sobre la moral democrática de los Estados Unidos resonancias de su propia percepción ambivalente de la modernidad. Para el autor de El laberinto de la soledad debió ser impactante la lectura de pasajes como éste: “la democracia separa al hombre de sus contemporáneos, lo arroja para siempre en sí mismo, y, al final, lo encierra enteramente en la soledad de su propia alma”. Aunque mostró interés por algunas observaciones puntuales de La democracia en América, como aquella sobre la torpeza infantil de la política exterior norteamericana, Paz vio en Tocqueville un semblante, una mirada, un rasgo que le resultó familiar y que creyó percibir también Chateaubriand. Ortega y Gasset. Henry Adams y Donoso Cortés: “el don profético del pensamiento reaccionario”.

La frontera con Estados Unidos, la experiencia de una revolución, también precedida por un antiguo régimen con elementos centralistas y corporativos, y una dilatada transición a la democracia hacen de México un país propicio para la lectura de Tocqueville. En este último año del siglo XX. dos jóvenes ensayistas así lo confirman: José Antonio Aguilar Rivera con Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville y Jesús Silva Herzog-Márquez con El antiguo régimen y la transición en México. En una suerte de historia-ficción, Aguilar concibe una escapada imaginaria de Alexis de Tocqueville a México, similar a eso que André Jardin llamó el “interludio canadiense”, en la que los testimonios posibles son reconstruidos dentro de un libro apócrifo. Pero ese volumen virtual de La democracia en México resulta una aventura filosófica en sentido opuesto a La democracia en América: el estudio de los efectos, ya no de la igualdad. sino de la desigualdad sobre las costumbres, los sentimientos, las leyes y las instituciones. Así como Aguilar relee La democracia en América en busca de oblicuas alusiones a México, Silva Herzog-Márquez relee El antiguo régimen y la revolución en busca de una clave narrativa que lo ayude a describir el atrabiliario paso de México a la democracia. Al parecer, una vez más. la clave se halla en esa mirada que fascinó a Paz. que capta el flechazo y no el blanco, el transcurso del cambio y no su principio o su fin; una mirada, en suma, donde se perfilan esos “rasgos confusos que forman la fisonomía indecisa” de nuestro tiempo.     n