BRUCE CHATWIN: LA CORRIENTE ANCESTRAL

POR ARTURO FONTAINE TALAVERA

Decir Bruce Chatwin es nombrar al último viajero decimonico del siglo XX. al gran nómada que convirtió a la literatura en desarraigo.

“Verlo era maravilloso”. Hay unas pocas personas en este mundo que tienen una facha que encanta y a la vez subyuga. “El estómago”, dice Susan Sontag. “simplemente se te cae hasta las rodillas, al corazón se le escapa un latido, uno no está preparada para esto. Lo vi en Jack Kennedy. Y Bruce lo tenía. No es sólo belleza, es un resplandor, algo en los ojos. Y funciona con ambos sexos”. Salman Rushdie ha dicho: “De mis contemporáneos era el más erudito y quizá quien tenía la mente más brillante”. Fue llamado un nomade de luxe, un “caballero medieval de leyenda”, “un ángel caído”.

El hombre que alcanzó fama mundial con su libro En la Patagonia (1977) era y no era un cronista de viajes; el autor de Utz (1988) era y no era un novelista; quien concibió Los trazos de la canción (1987) era y no era un ensayista, un antropólogo, un arqueólogo. Lo que sí, era un gran escritor. Y sin duda ninguna. Su prosa es limpia. directa, precisa; sugerente sin dejar de ser confiable.

Andrey Harvey afirmó en The New York Times que “prácticamente cualquier escritor de mi generación en Inglaterra ha querido, en algún momento, ser Bruce Chatwin; ha querido, como él, hablar de Fez y Firdausi, Nigeria y Nuristán, con igual autoridad; ha querido que se hable de él, como se habla de Chatwin, con agria envidia; ha querido, por sobre todo, haber escrito sus libros”. Fue elogiado, entre otros, por Alberto Moravia, Graham Greene, John Updike, V. S. Pritchett, Paul Theroux y V. S. Naipaul.

Era un lector ávido y selectivo. “Uno jamás lo pillaba hablando de Tolkien o de Iris Murdoch”, recuerda Peter Adam, un librero amigo suyo. Le interesaban autores de otra escala: Heniingway, Man- delstam, Borges, Mann, Flaubert, Canetti, Pascal… Sabía cultivar su imagen: “El autor no asistirá a la presentación”, decía el comunicado de la editorial que lanzaba uno de sus libros, “por encontrarse en Siberia”.

” Una de las dos personas más divertidas que he conocido”, asegura Salman Rushdie. Era un imitador inigualable y contando anécdotas se transformaba jugando con su voz y haciendo mímica. Dicen que se transfiguraba al punto de parecer “un caballo enloquecido, con enormes ojos llenos de blanco”.

Conversar con él parece haber sido una experiencia única. Werner Herzog, que filmó Cobra Verde a partir de su novela El virrey de Ouidah (1980), cuenta que cuando se conocieron se quedaron conversando 48 horas interrumpidas sólo para dormir un rato. “Un delirio, un torrente de historias. Cuando pienso ahora en Bruce Chatwin. pienso en el narrador sumo. Es la resonancia de su voz y la profundidad de su visión lo que lo hace uno de los escritores verdaderamente grandes de nuestro tiempo”. Chatwin, como Herzog, era un caminante infatigable. Al morir le dejó como recuerdo una mochila de cuero bien sobado que lo acompañó en todas sus expediciones.

Nin Dutton. que anduvo cuatro días en auto con él por Australia, recuerda que “nunca paró de hablar, y jamás resultó aburrido. nunca, nunca. La sobrexuberanciaera una de sus gracias, por eso tantas mujeres lo adoraban. Las hacía sentirse tres veces más grandes”. Pese a ser en el fondo un solitario, el círculo de sus amistades era muy amplio.

Trabajó desde muy joven en Sotheby’s, la casa de remates, donde hizo una carrera meteórica por su erudición, su infalible buen gusto, su ojo para distinguir un objeto o una pintura auténticos, sus relaciones, su sentido comercial.

Vivió 48 años y publicó seis libros bastante diferentes entre sí. Pero esté el lector caminando acompañado sólo por el viento de la Patagonia, siguiendo los pasos de los aborígenes australianos que cantan sus caminos, conociendo a una pareja de hermanos solterones que no han salido de las montañas de Gales y siguen compartiendo la misma ropa, utensilios y hasta la misma cama que tuvieron de niños, se imagine a un brasileño que comerciando esclavos llega a ser virrey en Ouidah. Africa Occidental. o a un coleccionista de porcelana en la Praga comunista, la verdad es que el protagonista y, a la vez, el personaje más intrigante y misterioso de su obra es siempre Chatwin mismo. La exploración más ardua y compleja y fascinante es, en este caso, explorar al propio, incansable explorador.

Nicholas Shakespeare, con ojo de buen novelista, parece haberlo visto así. Por siete años se dedicó a rehacer los incontables viajes de Chatwin. entrevistando a las personas que él conoció, recogiendo las reacciones a sus escritos, y ha desmenuzado sus diarios y anotaciones. El resultado es una maciza biografía de casi seiscientas páginas (Bruce Chatwin, Han. il!. 1999). amistosa pero franca, y que se lee como una verdadera novela. Eché de menos una breve cronología. Cosa rara en las biografías, permite adentrarse de verdad en la vida y en la obra.

Recientemente la BBC. con motivo de cumplirse diez años de su muerte, le dedicó dos programas especiales, basados en gran parte en esta biografía. A su presentación acudieron personalidades como Salman Rushdie y MarioVargas Llosa.

Llevaba años viajando por la Patagonia sin moverse de Inglaterra. La travesía comienza cuando al niño le cuentan que ese trozo de cuero “con hebras de pelo áspero y rojizo” que hay en la vitrina de la abuela lo trajo su tío Charley, que naufragó en el estrecho de Magallanes y se quedó a vi vir en Punta Arenas. Es, le cuentan, un pedazo de piel de brontosaurio que el tío descubrió conservado en un glaciar. Fue una desilusión enterarse más tarde que ese cuero no pudo pertenecer a brontosaurio alguno, puesto que éstos carecían de pelaje. Pero, claro, quedaba la posibilidad de un milodonte.

El libro comienza con esa historia de la abuela, y termina con Chatwin caminando seis kilómetros desde Puerto Consuelo hasta la cueva del Milodón, recogiendo un cuero que atribuye, con ironía, al propio milodonte. Lo que da forma a este libro, que se asemeja a los apuntes de un viaje, es esta búsqueda. El viaje es una metáfora. El joven héroe sale, como Sigfrido. tras el tesoro que cuida un temible dragón.

Chatwin puso de moda la Patagonia. ¿Qué encontró en esas desolaciones? “El desierto patagónico no es un desierto de arena y pedregullo, sino una llanura cubierta de maleza espinosa y grisácea que emana un olor amargo cuando se la estruja entre los dedos. En contraste con los desiertos de Arabia, no ha inspirado grandes aventuras dramáticas del espíritu, pero tiene. en cambio, su lugar en los anales de la experiencia humana. Charles Darwin halló irresistibles sus cualidades negativas”.

Chatwin cree que Darwin nunca logró explicar por qué “estos desiertos áridos se apoderaron con tanta firmeza de su mente”. En 1870. otro viajero. W. H. Hudson. se hizo la misma pregunta. Concluyó que “quienes vagan por este desierto encuentran en su interior un estado ancestral de calma conocido asimismo por el salvaje más primitivo, equivalente a la Paz del Señor”.

No es esto lo que le sucede a Chatwin. Lo que descubre es, más bien, un mundo de restos y desechos europeos, conservado en esas lejanías como el trozo del animal prehistórico en su glaciar, y rumeando adoloridos sueños no realizados. “A Bruce”, afirma su biógrafo, “le emocionaban más los soñadores y aventureros a quienes sus sueños les habían fallado”.

Quizá la escena más conmovedora y representativa del libro ocurre en Gaimán, un pueblito de la Patagonia argentina. La maestra de escuela le presenta al pianista, “un muchacho delgado y nervioso de cara fatigada y ojos que lagrimeaban a causa del viento. Tenía manos fuertes y coloradas”. Anselmo, de madre alemana y padre italiano que detestaba el piano, quería partir a estudiar a Buenos Aires. Afuera el viento “levantaba nubes de polvo en la calle y doblaba los álamos”. Anselmo sacó del armario “un pequeño busto de Beethoven, lo colocó sobre el piano y empezó a tocar”. Terminada la Patética, que ejecutó de modo impecable, se ofreció para interpretar una mazurca de Chopin, “mi gran favorita”. Entonces guardó el busto de Beethoven y lo reemplazó por uno de Chopin. Y Chatwin dice que mientras tocaba “la mazurca que dictó Chopin sobre su lecho de muerte”, el viento “silbaba en la calle y la música flotaba como fantasma sobre el piano, como hojas sobre una lápida funeraria, y uno podía imaginarse en presencia de un genio”. Ahí está la Patagonia de Chatwin.

El resto son los animales prehistóricos, el cisne de cuello negro (“el mejor pájaro del mundo”, le escribe a su mujer. Elizabeth), la vasta soledad de los parajes.

Pero da también con otra Patagonia: la que nutre la imaginación literaria. Por ejemplo. Chatwin argumenta que Shakespeare construyó su personaje Calibán de La tempestad a partir del relato de los gigantes patagónicos que hizo Pigafetta, el cronista que viajaba con Magallanes. Más aún: propone que el nombre de “patagones”, que les dio Magallanes, proviene del monstruo “Gran Patagón”, a medias animal, a medias humano, de la novela de caballería Primaleón de Grecia. ¿Habrán creído que los tehuelches pertenecían a una especie no humana? “Los primeros viajeros”, dice en Patagonia revisitada, “definitivamente pensaron que la Patagonia era la Tierra del Demonio”.

La imaginación prefigura la experiencia. La realidad no se nos impone directamente. Se nos da siempre anticipada y teñida por la imaginación. Esto es así. Pero Chatwin, como se verá, llevó esta tesis demasiado lejos.

Trazos de la canción (Songlines) es quizás el libro más leído de Chatwin. Esta vez el tesoro está escondido en la Australia profunda, en los ritos de los aborígenes que creían que el canto daba origen a las cosas. Es una idea extraordinaria. Chatwin leyó esto en el libro Cantos de Australia Central, escrito por un ignorado antropólogo, Ted Strehlow, que murió en 1978. Le recordó a Heidegger. Strehlow, que era hijo de un pastor luterano alemán, tuvo una mamá de la tribu aranda. Aprendió la lengua y pasó cerca de treinta años recolectando estas canciones. Aparentemente los propios aborígenes querían que lo hiciera por temor a que se olvidaran o llegaran a cantarse mal. Eso equivaldría a “des-crear la creación”.

“Los patriarcas”, escribe Chatwin. “hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron: fueran donde fueren, sus pisadas dejaban un reguero de música”. Este mundo de caminantes, de nómades que se mueven siguiendo rutas en un mapa de canciones ancestrales, fascinó al andariego Chatwin al punto de que se convenció de que aquí se escondía un secreto existencial, una antiquísima sabiduría olvidada, válida también para los primeros hebreos, que viven una religión de caminantes del desierto.

“El salmón”, anota, “conoce el sabor de su río ancestral”. Para los aborígenes australianos la tierra está llena de lugares sagrados que no pueden alterarse y a los cuales vuelven. Naturalmente, esto congela los cambios. “Los blancos”, dice, “modificaban constantemente el mundo para acomodarlo a su dudosa visión del futuro. Los aborígenes consagraban todas sus energías mentales a conservar el mundo tal cual era”.

Las aborígenes de esas tribus ríen siempre mucho. Chatwin les pregunta por qué. “La carne”, le contesta una de ellas. “Mascamos carne y no podemos dejar de sonreir”. Y él: “llevo grabada la sonrisa de esa anciana. Esa sonrisa… era como un mensaje de la Edad de Oro. Me había enseñado a rechazar drásticamente todos los argumentos en favor de la perversidad intrínseca humana. La idea de retornar a la simplicidad original no me parecía ni anticientífica ni desconectada de la realidad. El renunciamiento puede dar resultados, incluso a esta altura de la historia”. Es lo que Vargas Llosa ha llamado, en su libro sobre Arguedas, la “utopía arcaica”. Si En la Patagonia Chatwin era irónico y escéptico, en Los trazos de la canción, en su búsqueda del buen salvaje, se vuelve más bien condescendiente.

Lo sorprendente es que la teoría de Strehlow, que Chatwin acoge, está sumamente cuestionada por los especialistas. Por otra parte, los antropólogos y activistas no recibieron de buen grado este énfasis en el nomadismo cuando su batalla política era obtener tierras. Todo indica que Chatwin recreó la tesis de las rutas como canciones y la atribuyó a los aborígenes como si fuera efectivamente su mito. De hecho, nunca queda claro cómo se conecta la música con la geografía concreta.

¿Qué ocurre cuando los caminos se cruzan?, le objeta Salman Rushdie, que lo acompañó parte del viaje por Australia. No hay respuesta. Chatwin, sostiene Rushdie, andaba a la caza de “las historias que el mundo pudiera darle y le daba un comino que fueran verdaderas o falsas; sólo le importaba que fueran buenas historias”. Su tesis “es una chifladura”, pero no importa porque tiene “verdad poética, una validación mística”.

Según su biógrafo el proyecto original era escribir una tesis sobre lo nómades, tomando a los aborígenes australianos como caso paradigmático. Al ver que esto no era factible, decidió escribir un reportaje ficticio. “No que su libro fuera a ser una novela. Todavía quería escribir un libro serio sobre los nómades pero, una vez más, lo que más quería se le escapó”.

Chatwin se encontró con que el tesoro era inalcanzable. Para llegar a penetrar sus misterios era necesaria una iniciación en la que, entre otras cosas, se circuncida a los adolescentes (sin anestesia, por cierto). El cuchillo representa los dientes de un ogro sediento de sangre ante el cual los jóvenes demuestran su virilidad.

El obstáculo que se interpone al héroe me parece sintomático. No sólo por el coraje y el riesgo del dolor y las enfermedades que presupone. La dificultad que encuentra Chatwin va más allá. En el fondo su procedimiento es el de un joven educado en un buen public school inglés: la pregunta. Su curiosidad pasa por ahí. Y ese procedimiento no es el de los aborígenes. El mundo primitivo no es abierto sino cerrado y secreto. La iniciación supone sumisión. El gurú sabe que el conocimiento es poder. Por eso lo oculta y lo traspasa a los fieles, evitando el libre examen. En una sociedad tradicional el diálogo socrático es profundamente subversivo. Se paga con la cicuta.

¿Se puede leer Los trazos de la canción propiamente como ficción? Se puede. Pero no tiene ni de cerca, creo, el interés que alcanza si uno se figura que está leyendo un relato verdadero. La gran mayoría de los lectores lo ha leído como la crónica de un viaje, no como ficción. Desde luego, el libro mismo, que fue un bestseller mundial, en ningún momento se presenta como ficción. ¿Por qué?

Hasta ahora ni a los intelectuales ni al público lector les ha preocupado mayormente este asunto de la veracidad. Sí, claro, a los expertos y a los afectados. Lo que no quita, por supuesto, que mucho del libro de Chatwin esté en el trasfondo de lo que plantean los intelectuales del indigenismo en los sitios más variados. Chatwin creó una ficción que tiene la belleza de los grandes mitos.

¿Importa la distinción entre ficción y no ficción? Pienso que sí. (No es políticamente correcto decir esto). Lanzarse a leer un libro es un contrato tácito. Lo que se pide a la novela no es lo que se pide a una crónica, a un diario de viaje. Chatwin no lo veía así.

Por ejemplo, en Río Pico, Patagonia argentina, encuentra a una doctora rusa que ha perdido ambas piernas. Lee a Man- delstam, a Ajmatova. La verdad es que, según comprobó su biógrafo, la doctora jamás había oído hablar de Mandelstam y Ajmatova. Lee a Conan Doyle y a Agatha Christie. La historia pierde, se destiñe. ¿Y qué si los bustos de Beethoven y Chopin que Anselmo colocaba sobre el piano tampoco existieron?

Un inglés amigo mío, Patrick Vyvyan, leyó en Inglaterra, en la revista Granta, un artículo de Chatwin sobre Chiloé. En una de las islitas un viejísimo pescador le contaba una serie de historias míticas maravillosas. Se las traducía una señora chilena que tenía una casa en la isla. Patrick Vyvyan se fue a Chiloé. Esperaba dar con otros pescadores y recoger otras historias como ésas. Pero se encontró con que en el museo de Ancud había unas estatuillas de concreto que representaban algunas de estas figuras: Trauco, Pincoya. En unas tablillas se leían las mismas y conocidas historias. Vyvyan se fue pensando: “Este tipo nunca habló con un pescador. Leyó estas historias en el museo; y después se fue a su pieza del hotel y las escribió tomándose un whisky”.

Más serio es lo que ocurre con Ernest Hobbes, un estanciero de Tierra del Fuego. Chatwin, alterando un relato de su tío Charley, hace decir a Hobbes que él organizó una cacería de indios. Gente como él ha de haber hecho cosas así. Pero, claro, no es aceptable dañar la reputación de un hombre sin prueba alguna y sin otra excusa que hacer más llevadera la historia.

Cuando una crónica no respeta los hechos, no interesa. Salvo que el lector sea engañado. En ese caso hay fraude. La gracia del reportaje es entretener sin faltar a la verdad. Lo contrario es jugar tenis sin red.

En 1984, Chatwin estaba junto al paleontólogo Bob Brain, que excavaba una cueva cerca de Johanesburgo, Sudáfrica, cuando se produjo un hallazgo de importancia: apareció un pedazo de hueso de antílope quemado, la evidencia más antigua que se conoce del uso del fuego. Esto quiere decir que el hombre usaba el fuego antes de que se extinguiera una fiera, parecida al tigre, llamada dinofelis. El descubrimiento hacía muy plausible la tesis de Brain y que Chatwin admiraba: el hombre, antes que cazador, fue presa. El caso ilustra la intuición de Chatwin para dar, una vez más, con una historia fascinante.

En su interesantísimo artículo “Invasiones nómades” (1972) Chatwin había planteado que “el conflicto entre el nómade y el colono es, por cierto, el mismo que el de Abel, el pastor, y Caín, el agricultor que funda la primera ciudad. Como correspondía a un pueblo beduino, los hebreos se inclinaron por Abel”. El nómade se desplaza con sus rebaños de pastizal en pastizal, según las temporadas. Ese camino circular es su territorio.

Chatwin cree que la agresividad es una consecuencia del encierro, del hogar fijo. No es verdad que la civilización doma la agresividad del salvaje. A pesar de que reconoce que “la guerra… es endémica al nomadismo”, en su mente el nómade es libre, pacífico y mercantil. La guerra es una respuesta defensiva. Sostiene que las “grandes

religiones —judía, cristiana, musulmana. zoroástrica y budista— fueron predicadas por pueblos sedentarios que habían sido nómades”. Más tarde, en Los trazos de la canción, dirá que “los pueblos indolentes y sedentarios, como los antiguos egipcios —con su concepto del viaje de ultratumba— proyectan sobre el otro mundo los viajes que no hicieron en éste”.

¿Y qué si Lorenz tiene razón y hay en el hombre un instinto agresivo primigenio? No sé bien por qué Chatwin. que por cierto vivió en algún momento entre los beduinos del Sahara, vincula este problema con su amor a los nómades. La cosa es que para él es de la mayor significación poder demostrar que la agresividad es esencialmente defensiva. De esto depende la posibilidad de la paz. Y es aquí donde entra a tallar el paleontólogo Bob Brain y el terrible dinofelis.

Se trata de imaginar lo que pudo haber sido la vida humana antes del fuego. Los hombres, cuyos antepasados bajaron de los árboles, se cobijan del frío y de la lluvia en cavernas. Pero adentro el peligro es encontrarse con los ojos de una fiera. Hay que pensar en “seres migratorios que deambulaban en verano hacia las tierras altas y que en invierno se replegaban a los valles, desprovistos de toda defensa que no fuera la que les suministraba su propia fuerza bruta; sin fuego; sin más calor que el de sus cuerpos apretujados entre sí; ciegos por la noche. pero obligados a compartir su vivienda con un felino de ojos brillantes que, de cuando en cuando, debía de salir a cazar a un descarriado”. Este es uno de los mejores momentos de Los trazos de canción.

Se sabe que el leopardo, “una vez que se acostumbra al sabor de la carne humana, no prueba otra”. Entonces viene la pregunta de Brain: ¿y si el dinofelis era un animal de presa especializado en primates? La estructura de su mandíbula y los dientes le permitían comer “todas las partes del esqueleto del primate, excepto el cráneo”. Si es así, es concebible que. de presa, el hombre se haya vuelto cazador de este “carnicero especializado”. Y su arma principal ha de haber sido el fuego. Por eso importaba demostrar que hubo uso del fuego antes de que se extinguiera el dinofelis.

La victoria del hombre sobre el dinofelis es para Chatwin la victoria sobre “Nuestra Bestia”. El dinofelis. sugiere, fue nuestro “archienemigo que nos acechaba, sigilosa y astutamente, en todos los lugares adonde íbamos”. Pero, sobre todo, en la oscuridad en la que él podía ver. El dinofelis era “el Príncipe de las Tinieblas”.

Chatwin escribió este libro en Grecia, cerca del mar. Visitó el Monte Athos, “una ambición que tenía desde niño”. Antes, en Java, donde había estado enfermo, escribió: “La búsqueda de los nómades es una búsqueda de Dios”. Pero en 1972 había anotado: “La religión es una guía de viaje para los sedentarios”.

Elizabeth, una mujer católica de misa semanal, de la que se separó y con quien se reconcilió después, decía que sólo le interesaba la religión “por consideraciones estéticas”. “Toda mi vida”, dijo Bruce, “ha sido una búsqueda de lo milagroso: sin embargo, ante el más leve gustillo por lo sobrenatural, tiendo a ponerme racional y científico”. No obstante, una tarde en que había salido a caminar cerca de un monasterio griego vio entre las rocas, casi en el mar. una cruz de hierro. Escribió: “Tiene que haber un Dios”.

Cuando su enfermedad empezó a consumirlo decía haber contraído un extraño hongo en algún lugar de la China. Chatwin nunca admitió que tenía sida. Tampoco admitió abiertamente su homosexualismo, pese a que su mujer lo sabía. “No quería decepcionar a su padre”, explicaría después su hermano Hugh. Un padre que tenía, según escribió Bruce, “los ojos del hombre que nunca ha conocido el significado de la deshonestidad”, ojos azules que “nunca lo tentaron a nada bajo o falso”.

Se mantuvo joven y atlético hasta que la enfermedad hizo de él un anciano súbito. En Australia, mientras estudiaba a los nómades, todavía tenía tiempo para ir a surfear. Como era su voluntad, su funeral se ciñó al rito ortodoxo y sus cenizas se enterraron al pie de una capilla bizantina del siglo X, en el Peloponeso. El nómade

Bruce Chatwin, después de recorrer los lugares más remotos de los cinco continentes, volvía al viejo cristianismo y a Grecia. “El salmón conoce el sabor de su río ancestral”.   n

Arturo Fontaine. Escritor. Su más reciente libro es Cuando éramos inmortales.