No es una coincidencia que Tocqueville sea resucitado en las postrimerías del siglo XX. Hay, en las circunstancias que vieron nacer La democracia en América y el mundo de después del comunismo, una similitud. Ambas épocas —la tercera década del siglo XIX y las últimas dos del XX—comparten una pregunta: ¿es posible la democracia ahí donde no había existido? Tocqueville proporcionaba aliento y cautela a los que pensaban que sociedades libres eran posibles. Es precisamente esta esperanza cautelosa la que hace a Tocqueville vigente. No hay que olvidar que la gran obra tocquevilliana se escribió en el apogeo de la Restauración en Europa: un momento de hegemonía conservadora. Entendiblemente, La democracia en América no fue bien recibida ni por los conservadores ni por los demócratas radicales, para quienes resultaba demasiado tibia. La visión de la historia que ofrece Tocqueville no es ni teleológica ni organicista. No alberga utopías, pero tampoco es determinista. Alexis de Tocqueville no era un idealista, sabía diferenciar lo deseable de lo probable. Para él, la sociedad estaba compuesta por individuos, no por cuerpos estamentales. La psicología individual, no la mística o la autoridad, era el elemento que explicaba el comportamiento social. Por ello, estudió la forma en que se formaban las creencias de las personas. Deseaba entender la manera en que la política, la religión y la economía interactuaban entre sí para producir cierto tipo de fenómenos.

Resulta a primera vista paradójico que Tocqueville, aunque creyera en el poder de las costumbres y de lo que acertadamente llamó “hábitos del corazón”, no haya sido apropiado por la tradición conservadora. Las razones de ello son claras. Tocqueville no celebraba en abstracto la tradición ni los usos y costumbres. En el pasado de naciones como Inglaterra vio las semillas de una sociedad libre, las estructuras de los townships o cabildos, imprescindibles para una sociedad democrática, pues eran las “escuelas” de autogobierno. Sin embargo, descreía de las tradiciones, del aura de inmutabilidad y sacralidad del pasado que eran tan importantes para De Maistre, Burke y otros conservadores. En el imaginario conservador los órdenes políticos inmemoriales están imbuidos de una mística religiosa. Tocqueville, por el contrario, describió los mecanismos causales a través de los cuales se producían determinados fenómenos sociales. Y éstos no tenían nada de metafísicos. Por ello no es una casualidad que Jon Elster, uno de los marxistas analíticos y teórico destacado de la elección racional, haya sido fascinado por el pensamiento tocquevilliano (“cuando leí por primera vez La democracia en América daba saltitos de emoción”, afirmaba en clase). Dos ejemplos de estos mecanismos: los efectos “de contagio” y de “compensación” que se describen en La democracia en América. Lo que los ciudadanos hacen en un ámbito de la vida social tiene consecuencias no deliberadas e imprevistas en otro. Las asociaciones políticas producían un peculiar fermento y agitación, que luego se transmitía a otro tipo de asociaciones no políticas, como las comerciales. El efecto era que en estas últimas aumentaba la inventiva y la actividad. Así, la democracia y la libertad política podían conducir a la prosperidad económica. De la misma forma, aquello que era reprimido en una esfera de la vida social podía resurgir de manera aparentemente imprevista en otra.

La igualdad, la libertad política y el éxito no producen un solo efecto en la sociedad. Inicialmente pueden tener consecuencias benéficas o negativas, pero al paso del tiempo el efecto puede invertirse de manera paradójica. El peligro y el éxito son buenos ejemplos de lo anterior. A veces ocurre que uno se ve salvado por el peligro y perdido por el éxito. Si un peligro es muy pequeño no ocasiona la reacción necesaria para hacerle frente. En cambio, si el peligro es mayor el riesgo nos alerta, nos induce a buscar aliados, surgen líderes y la envidia se olvida. Por contra, el éxito en una empresa tiende a volvernos confiados y descuidados. Después de una victoria la vanidad se instala en nosotros y entonces los antiguos aliados se convierten en rivales. Estos mecanismos son útiles para explicar dinámicas sociales distintas a través del tiempo y el espacio.

Tocqueville no se resignó frente a sociedades sin ciudadanos, donde la lógica política era corporativa y clientelar. Después de todo, viajó a América en busca de esperanzas para Francia. En Estados Unidos la democracia no era una quimera, sino una realidad. El resultado del viaje a América fue una esperanza informada. Descubrió que las costumbres (moeurs) tenían una gran influencia en las leyes, pero no creía que éstas debían acomodarse a las costumbres. Los hábitos, además, no eran inmunes a los cambios en el contexto social y político. Las costumbres eran el resultado de las condiciones sociales —la igualdad— y de las organizaciones políticas —las asociaciones voluntarias—. La libertad —no la resignación— era el antídoto contra los excesos y peligros producidos por la igualdad de condiciones. No hay en Tocqueville fatalidad ni determinismo, sino un lúcido entendimiento de los mecanismos que producían la democracia o su ausencia. La Historia, como resumen de las condiciones sociales preexistentes, importaba, pero no dejaba inermes a los hombres. Para Tocqueville no había cajas negras: las cosas tenían su razón de ser. Era, después e todo, un hijo de la Ilustración que pensaba que la razón podía transformar la condición humana a través del progreso. El entendimiento racional era una herramienta que podía modificar el mundo, pero no de manera voluntarista. Esta visión, es cierto, está lejos de la utopía, pero está mucho más lejos de la resignación. La democracia para Francia y otras naciones era posible, pero su instauración sería lenta y dolorosa; sobrevendría no a consecuencia de un acto de fe sino como resultado de un cambio gradual en aquellas condiciones sociales que sustentan y reproducen los usos y las costumbres favorables a la práctica democrática. Tocqueville, a diferencia de los pensadores conservadores de ayer y hoy que se resignan a vivir en un país de ciudadanos imaginarios, creía en el poder transformador de la libertad, en él esta creencia no era un acto de fe sino una conclusión lógica. Tocqueville demostró que el realismo no es necesariamente conservador. Es, más bien, una condición necesaria de la libertad.

 

José Antonio Aguilar Rivera