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No tocar tierra

Isaac Martínez

Alessandro Baricco escribió Novecento sin atender a ningún límite. Quiero decir que su sentido original provenía de las convenciones escénicas del monólogo teatral pero que ese sentido estalló también en la forma de la novela corta o el relato largo. Esta ambigüedad, esta soltura de movimientos, le permite desenvolverse en dos planos distintos.

Mar y tierra: no se habla de más en Novecento. Se habla de uno y de otra como lugares por verse, como lugares donde encarna el deseo. Pero, sobre todo, se habla del mar. Y no como referencia geográfica sino como símbolo de la libertad que inspira y encarna la música. El mar era la casa de Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, huérfano, sin patria ni existencia documemental. Novecento jamás había tocado tierra. Nació en el Virginian, un transatlántico que recorría las rutas entre Europa y América, y desde entonces había permanecido ahí. Pero Novecento era más que un hombre que no había pisado tierra: era un pianista de otro mundo que tocaba una música inexistente. «Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer a la gente. Los signos que la gente lleva encima: lugares, ruidos, olores, su tierra, su historia… Toda escrita encima. Leía y, con infinita atención, catalogaba, clasificaba, ordenaba… Cada día añadía un pequeño retazo a aquel inmenso mapa que estaba dibujándose en la cabeza, inmenso, el mapa del mundo, del mundo entero, de una punta a la otra, ciudades enormes y esquinas de barco, largos ríos, charcos, aviones, leones, un mapa fantástico. Después viajaba por su superficie de maravilla, mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas, acariciando las curvas de un ragtime».

Modesto, apenas interesado en contar una buena historia —la de un pariente lejano del Cósimo de Italo Calvino—, Novecento debe leerse y escucharse en voz alta. Es un libro musical, tenue, de ritmos melancólicos, y eso lo sitúa a varios centímetros del suelo.

—Isaac Martínez