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Parabólica

Cosas de un nuevo mundo

Por Carlos Castillo Peraza

Noam Chomsky planteó la cuestión en The New York Review of Books y Jean Daniel retomó las ideas del famoso lingüista en Le Nouvel Observateur. Se trata del asunto de Kosovo, de la «limpieza étnica» practicada allí —y en otros sitios—, de la decisión de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) que ha hecho llover metralla sobre territorio serbio, de derechos humanos, de soberanía nacional y de tantos otros temas que salieron a relucir por obra y desgracia de una guerra absurdamente anunciada como «sin muertos».

Chomsky advierte una dificultad radical en este problema: hay una contradicción o al menos una tensión entre las normas del orden mundial asentadas en la Carta de las Naciones Unidas y los derechos proclamados en la Declaración de los Derechos del Hombre. Aquella prohíbe cualquier vulneración por la fuerza de la soberanía de los Estados, en tanto que ésta garantiza los derechos de las personas y las minorías frente a los Estados opresores. Vaya bronca teórica y enredo práctico.

Y hay más: el cambio cultural que hace que hoy encontremos insoportable lo que antes tolerábamos, es decir, que en nombre del respeto a la «soberanía nacional» se permita a un tirano hacer y deshacer a su arbitrario antojo lo que se le venga en gana contra quienes habitan el territorio sobre el que impera. Los europeos tienen memoria de lo que permitieron hacer a Hitler y a Stalin por cobardía, pacifismo timorato o razón de Estado. Lo que desde hace algunos años ha venido siendo conocido en materia de atrocidades los empuja a no cometer los errores de ayer, ni a dejar que crezcan monstruos asesinos de minorías.

De cualquier modo, escribe Jean Daniel, estas discusiones «se han vuelto la pasión —y también tal vez el honor— de este fin de siglo por otra parte tan bárbaro».

Otros caminos

Pero no sólo se dan, en tales días postreros, casos como los que sacuden la conciencia en los Balcanes. Ahí está, por citar uno distinto y distante, el de Canadá, donde el 1 de abril nació un nuevo territorio autónomo que viene a sumarse a las diez provincias y a otros dos territorios ya existentes (Yukon y Northwest). Se trata de Nunavut.

¿Qué quiere decir esa palabra? Significa «nuestra tierra» en la lengua de los inuit, esto es, de aquellos hombres a los que solemos llamar «esquimales», entre los cuales realizó labores de evangelización un jesuita español de apellido Llorente, al parecer hermano de otro jesuita que, en Cuba, fue maestro de Fidel Castro. Nunavut mide la friolera de 10 millones de kilómetros cuadrados, lo que significa que ocupa una superficie cinco veces mayor que la de México y equivale a una quinta parte de Canadá. Viven allí únicamente 25 mil personas, de las cuales 21,250 son esquimales. También hay inuits —unos 130,000 en total— en Alaska (EU), en Groenlandia, en Rusia y en la península de Labrador.

La lucha por la autonomía comenzó en 1971. La encabezó John Amagoalik —según el semanario italiano Panorama —y pasó por tres referencia: uno en 1982, otro en 1992 y otro más en 1995. El primero separó a Nunavut de los territorios del Northwest, el segundo determinó las fronteras y el tercero hizo de Iqaluit la capital. Esta se encuentra a dos mil kilómetros de Ottawa y casi junto al Círculo Polar Artico, en la isla de Baffin. Cuenta con 4,500 habitantes. Creció en torno de una antigua base aérea norteamericana.

El problema que más preocupa al nuevo gobierno autónomo es el del alcoholismo de los inuit. Le sigue el del desempleo. Es evidente que Nunavut no tiene por qué preocuparse de la sobrepoblación: hay 80 kilómetros cuadrados para cada uno de sus habitantes. En México hay 0.02 km2 para cada uno de nosotros, es decir, cada esquimal se puede pasear solo por cuatro mil veces más tierra que un mexicano. El ingreso medio anual por familia esquimal es de 31,471 dólares, lo que equivale a 310 mil pesos, es decir, cada familia recibe unos 26 mil pesos mensuales.

¿Alguien quisiera, en México, volverse esquimal? Por dinero, tal vez muchos. Queda el frío: los esquimales no van a Montreal, gélida ciudad canadiense en la provincia francófona de Quebec, «porque hace demasiado calor». Y es que, en Nunavut, el mercurio del termómetro, en invierno, jamás va más allá de los 30 grados bajo cero. Claro, no hay Milosevics ni bombas inteligentes. Lo que, para los días que corren, no es cosa menor. Se aceptan voluntarios.

Líos chilenos

En el país de Gabriela Mistral, en cambio, los mapuches andan en pie de guerra. Su batalla es contra las empresas madereras que intentan sentar sus reales en las regiones VII, VIII y IX de aquel país hermano. Mapuche, dice Giorgio Oldrini también en Panorama, quiere decir «pueblo de la tierra» y es precisamente la tierra el nudo de la cuestión. La lucha es contra la industria del papel que se ha hecho de miles de hectáreas para la siembra, cuidado y tala de pinos y chopos, sustitutos de las tradicionales araucarias.

Está, además, el incómodo caso de Pinochet, detenido en Inglaterra por obra y gracia de un juez español, que ha hecho correr tinta, furor y lágrimas a lo largo y lo ancho de aquel país andino, y de los otros dos, europeos. Otro hecho que enfrenta derechos humanos y soberanías nacionales. Como el de Serbia.

Y, para que el fin de siglo no llegue sólo con problemas como los mencionados, he aquí el caso del famoso grupo folklórico chileno de los Inti Illimani, viejo emblema musical de los fervorosos, izquierdosos, tercermundosos y guerrillerosos años setenta. He aquí que, después de 15 años de exilio en Europa, donde lucharon a punta de melodías pero a distancia contra la dictadura de Pinochet, los Inti Illimani regresaron en 1988 a Chile. Los ingresos no compensaron la euforia del retorno triunfal a la patria redemocratizada. Así que, erques, charangos, bombos, ruanas, años y canas a cuestas, los músicos volvieron a Europa, donde los cantos revolucionarios siguen siendo de lo más neoliberalmente productivos. L’Unitá —diario del que fuera Partido Comunista Italiano— no vio con buenos ojos el regreso:

«ya no son los clásicos de aquella época», dijo.

Pero los revolucionarios tercer- mundistas de antaño ya entendieron lo bien que viven los revolucionarios primermundistas hogaño. Y también tienen derecho a que la revolución enriquecida les haga justicia. ¿O no? ¿Por qué sólo los comunistas europeos tendrían derecho a buenos ingresos? Y, ¿por qué la riqueza europea no iba a mojar las guitarras de la pobre América Latina y los bolsillos de los cantores de su desgracia? ¿No es fascinante que en la misma Europa traten mal a Pinochet y bien a los Inti Illimani? ¿O que el general quiera volver a su país reconvertido a la democracia y quienes lucharon por ésta prefieran salir de allí?

¡Ah, el viejo topo de la historia y las astucias de la razón! ¿Habrá nacido Hegel en Santiago de Chile?

Obras de Simone Weil

En Le Nouvel Observateur, Jacques Julliard da cuenta de la aparición de las Obras de Simone Weil, editadas por Gallimard. Seis volúmenes, de los 17 que formarán el todo final, ya vieron la luz. Y es notable que esa enorme producción haya sido la de una mujer que murió a los 34 años de edad. El libro al que se refiere Julliard es una selección de textos de la llamada «virgen roja», filósofa, obrera, católica, pacifista, socialista, miliciana anarquista en España, sindicalista que asumió las penalidades de los trabajadores más cruelmente explotados en su Francia natal. Su miopía descomunal, que la llevó a quemarse un pie, la salvó de morir aniquilada junto con la columna Durruti, en plena guerra civil española. Ni este compromiso radical la hizo sentirse eximida de señalar los crímenes de los republicanos, junto a quienes combatía fusil en mano.

Julliard termina su recensión con estas frases: «Todos los espíritus tranquilos de su época verían en ella a una histérica y a una loca. Seguramente por aquello de ‘escándalo para los judíos y demencia para los paganos’ de que hablara el Apóstol». Pero fue ella—en 1933— quien formuló la más lúcida crítica al troskismo, al estalinismo y al nazismo, en los años en que nadie había visto el huevo de la serpiente totalitaria que se incubaba en aquellos nidos. Además, anticipó los excesos de la tecnocracia y su futuro de «pilar de la opresión moderna», junto con la fuerza pura y el dinero.

Simone, de sangre judía y convicción cristiana, profeta de una imposible carta «de los deberes para con el ser humano», murió en 1943.   n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.