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La Revolución Moral

Por Gilberto Guevara Niebla

El nuevo programa Formación Cívica y Ética lanzado por la SEP al inicio de este año representa una revolución pedagógica. Su propósito es formar ciudadanos con una auténtica formación ética.

Muchas personas coinciden en señalar que el verdadero sustrato de nuestros males se encuentra en la moral y que el deterioro de la moralidad, aunque se origina por la acción de muchos factores, se relaciona fundamentalmente con deficiencias educativas: en concreto, con una prolongada negligencia de la escuela frente a la formación ética y cívica de los alumnos.

Sorprende descubrir que a través del siglo nuestro sistema educativo eliminó la moral del curriculum de la educación básica y que, incluso por largos periodos, se descuidó el civismo. Es verdad que la escuela de la Revolución mexicana siempre procuró afirmar en los niños el patriotismo y un compromiso moral con las clases desposeídas, pero nunca a lo largo del siglo la pedagogía oficial se propuso objetivos explícitos y concretos en el plano de la formación de la personalidad moral.

Durante décadas la escuela mexicana se desarrolló sobre una doble y contradictoria vertiente: a) concebía el curriculum como una estructura meramente cognoscitiva y b) se proponía metas vagas, imprecisas, en materia de formación ética. La fe en que el conocimiento, por sí mismo, era suficiente para educar a los niños, provenía del positivismo.

Desde Augusto Comte hasta Gabino Barreda los positivistas pregonaron a la ciencia como única guía de la vida del hombre, único conocimiento, única moral y única religión posibles. Este concepto fue heredado, a veces soterradamente y, otras no tanto, por los pedagogos revolucionarios que defendieron el principio de la «educación científica» como norma educativa suficiente.

La herencia positivista perduró y jugó un papel decisivo para afirmar un curriculum rigurosamente intelectual. Incluso el civismo, cuyo fin explícito era «formar» al ciudadano, perdió toda articulación con la formación ética de la persona y se redujo, a veces, a cargas informativas irrelevantes y tediosas que se acompañaban con rituales patrióticos que, aunque tenían el propósito de afianzar la identidad nacional, contaban con una eficacia pedagógica que era y sigue siendo dudosa.

Hoy sabemos, gracias a investigaciones como las de Jean Piaget y Lawrence Kohlberg, que los métodos heterónomos, que se proponen desarrollar valores en los alumnos mediante la coacción externa, es decir, a través de inculcar o adoctrinar, son los menos eficaces y, con frecuencia, generan efectos contraproducentes. Hechos como el súbito fracaso de los setenta años de adoctrinamiento comunista en la URSS confirman fehacientemente esta tesis (¿Pero acaso no le ha ocurrido a México algo semejante al revelarse recientemente, tras muchas décadas de rituales nacionalistas revolucionarios, una sociedad embobada por el mercantilismo, el consumo y admiradora del patrón cultural estadunidense?).

Formar la personalidad moral con base en la autonomía del alumno y en valores como la responsabilidad, la libertad, la justicia, la igualdad, la tolerancia, el respeto a los derechos humanos, el respeto a las leyes, el amor a la Patria y la democracia es el fin que se propone el nuevo programa «Formación Cívica y Etica» lanzado por la SEP al inicio de este año.

Se trata, auténticamente, de una revolución en el plano de la educación nacional pues, por primera vez, las autoridades se proponen formar a los nuevos ciudadanos con una base pedagógica que ancla en la ética. Es decir, por primera vez, de forma abierta, el tema de los valores se incluye en el curriculum. Este hecho no es insignificante y, por el contrario, constituye una de las acciones más sobresalientes en materia de educación del actual gobierno.

El programa «Formación Cívica y Etica» se aplicará en los tres grados de secundaria y buscará promover activamente los valores de la democracia. Su enfoque es esencialmente formativo; en otras palabras, se propone superar la tradición discursiva y retórica que hasta hoy ha caracterizado la enseñanza del civismo. Los contenidos son modernos: en primer grado se aborda el análisis de la naturaleza humana y la identidad personal; en segundo, se plantea acercar al alumno a la solución de problemas sociales mediante la participación y hacerlos reflexionar sobre las formas de convivencia y organización social; finalmente, en el tercer grado se busca que los jóvenes conozcan las leyes y las consecuencias concretas que trae consigo su transgresión pero, además, el curso habrá de centrarse en los valores de la democracia.

Es sumamente interesante, por otro lado, el sentido práctico que se le quiere imprimir a la materia. En las pautas pedagógicas y didácticas se contempla, por ejemplo, relacionar los temas tratados con la vida de los propios estudiantes; desarrollar investigaciones; vincular, cuando sea pertinente, los contenidos con la legislación y con las instituciones; promover en el aula actitudes de apertura y respeto; impulsar la equidad de género; desarrollar en el alumnado las capacidades de comunicación, diálogo, expresión y crítica, etc.

Temas como el análisis del efecto de los medios de comunicación de masas serán tratados en clase. Este repertorio de elementos pedagógicos constituye un auténtico desafío a la pedagogía tradicional y convoca a los actores de la vida escolar a revisar, en profundidad, sus ideas y prácticas. De hecho, estamos ante una revolución, una revolución escolar que nace de un cambio de paradigmas pedagógicos; es verdad que este cambio, apenas se ha anunciado (con el lanzamiento del programa), pero creo que todos debemos pugnar para que esta revolución llegue a sus últimas consecuencias.   n

Gilberto Guevara Niebla. Director de la revista Educación 2001.