ARMIDA DE LA VARA (1926-1998)

POR MIGUEL MANRÍQUEZ DURÁN

Hace no mucho tiempo reflexionábamos acerca de la importancia de reeditar obras literarias de aquellos autores sonorenses que son fundamentales para la región. Por alguna extraña paradoja. la literatura regional sigue permaneciendo prácticamente desconocida para los sonorenses, toda vez que resulta significativo el evidente olvido no sólo de las autoridades oficiales de cultura sino de las instituciones educativas responsables de difundir la cultura regional. En ese mismo sentido, su aportación llega a unas cuantas manos de especialistas, estudiosos y simples lectores apasionados que siguen de cerca el fenómeno de la literatura regional. Más allá de estos lectores y seguidores no hay más, si acaso una materia en los programas de estudio que remiten a libros que ya no existen o se agotaron hace muchos años.

Entre esos escritores se encuentra Armida de la Vara y Robles (1926-1998), nativa de Opodepe. quien murió el 16 de septiembre próximo pasado en San José de Gracia, Michoacán. Fue maestra normalista desde 1946 y activa colaboradora del grupo “Cultura” (1947). En ese mismo año, 1947. ganó el IV Concurso del Libro Sonorense, organizado por el gobierno del estado, con la obra Canto rodado (poesía). En 1949 inició sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Para 1972, la SEP le invitó a participar en la redacción de los libros de texto gratuito y tres años después publicó La creciente (1979). También publicó Sonora. Vientos prósperos sobre el desierto (1982), edición monográfica experimental de la SEP: El tornaviaje (1982), cuento publicado por Fonapas; Itinerario (1985), antología de su obra publicada por el gobierno del estado de Sonora; Coco coco tero (1986), Rita y el Caracol (1987).

Fue la autora de una de las novelas más representativas de la narrativa sonorense posterior a 1970: La creciente (Imprenta Madero, México, 1979). El argumento de esta novela con prosa fina y suave es la historia de su pueblo, Opodepe, y la espera de sus habitantes por la venida del río. La sequía y la incertidumbre de sus habitantes que, ansiosos, esperan las primeras lluvias que traerán como consecuencia natural el desbordamiento del río San Miguel que, a pesar de su destrucción, lleva consigo el limo fertilizante necesario para la próxima cosecha. Las historias contadas en ese libro están amalgamadas por ese común referente: la creciente.

En Opodepe y la sequía convergen historias de amor, crónicas poetizadas del nacimiento del pueblo y el cacicazgo como forma de dominio. La historia termina con la llegada de las lluvias y. por supuesto, la creciente del río. Esta novela rebasa la idea de un cuadro descriptivo y costumbrista para dejarnos la narración de contrastes en las vidas sin tiempo de los pobladores de un pueblo mágico. Si vemos más allá de su historia, encontramos un texto muy acabado en su estructura: voces polifónicas y múltiples que cuentan ocho historias que. a lo largo del libro, convergen y se entrecruzan, mostrando así la evidente influencia rulfiana y construida a base de diálogos que dan vida e historia al pueblo mismo. En un excelente e ignorado estudio de Rosa María Ruiz Murrieta (Relación entre literatura y sociedad. Un estudio de caso: La creciente de Armida de la Vara. 1989) sobre la novela y su aportación a las letras sonorenses deja en claro las cualidades estructurales  y de estilo que esa narración contiene, así como un detallado análisis de la dimensión simbólica de sus personajes y situaciones sociales. Junto con ello, Ruiz Murrieta aporta quizá lo más importante: una valoración estética y social de una de las mejores novelas sonorenses ubicadas en su justa dimensión.

Armida de la Vara formó parte de una generación de escritores sonorenses que, en los cincuenta, mostraron la consistencia y tono característico de los autores regionales. Junto con otras escritoras (Alicia Muñoz, Aída Lerma, Enriqueta de Parodi, entre otras) tienen como rasgo característico su compromiso entrañable con la tierra que les vio nacer y su afán de rescatar tanto el lenguaje como las costumbres sonorenses a partir de su trabajo en la educación. En otras palabras, comparten su convicción de que tanto su labor educativa y su literatura no se encuentran desligadas, ni mucho menos pueden imaginarse sin esas dos tareas ya que generacionalmente, asumen que el autor literario es un maestro y cronista de su entorno, su tiempo y su gente.

Quizá por ello, en el trato personal con Armida de la Vara se tenía la impresión de que, irremediablemente, el interlocutor terminaba por aprender algo: su real compromiso social y estético como escritora. En los pocos encuentros que sostuve con Armida de la Vara llamó mi atención su excelente memoria, su buen humor, su amor por Sonora, su mirada brillante, su notable imaginación y, sobre todo, su parsimonia y disposición para los demás ya que, provista de una modestia y discreción admirable, enseñaba a quien quería escucharla en esa voz suave, transparente e inolvidable.  n

Miguel Manríquez Durán es poeta, escritor e investigador de El Colegio de Sonora.