PARABÓLICA

“INDICATE LEFT, TURN RIGHT”

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

¿Qué diablos anda haciendo el ya no tan nuevo primer ministro británico que al año de ejercer el cargo ha ganado para su partido cinco millones más de simpatizantes y para él un porcentaje de aprobación ciudadana cercano al 75%? La respuesta la da quizás una historieta que recientemente ha hecho las delicias de los laboristas ingleses y disgustado más allá del Canal de la Mancha a sus correligionarios —socialistas— franceses, cuyo jefe Lionel Jospin ejerce un cargo análogo al de Tony Blair. Se dice que los dos hombres viajaban en el mismo vehículo y que, al llegar a una glorieta, el galo se sintió perdido y preguntó al anglo: “¿qué rumbo tomamos?”. El interrogado contestó de inmediato: “pon la direccional izquierda y dobla a la derecha” (Indícate left, turn right).

Durante la campaña electoral que lo llevó al famoso número 10 de la londinense calle Downing, se dijo que el programa del “nuevo laborismo” encabezado por Blair (New Labour) podía ser calificado de “thatcherismo social” y que no era más que un truco publicitario para conseguir los votos que pusieran punto final a un largo y triste periodo —18 años— durante el cual resultó inútil e improductivo oponerse al “neoliberalismo” impuesto a la Gran Bretaña por doña Margaret Thatcher y sus huestes conservadoras. “Sin ella, Tony Blair no hubiese existido nunca”, acaba de reconocer Anthony Giddens, prestigiado historiador y sociólogo que dirige la conocida London School of Economics and Political Science. ¿Por qué? Porque la “dama de hierro” logró derrotar al viejo stablishment, a la empolvada clase política —tanto laborista cuanto conservadora— y “favoreció la eclosión de una sociedad más abierta, más atenta a los problemas económicos”, asegura Giddens.

Pero lo que pareció señuelo resultó pato. Blair sigue el camino iniciado por su predecesora, quizá con mucho más eficiencia y aplausos de los que obtendría un primer ministro conservador, epígono de aquélla. El nuevo laborismo aprieta el paso en materia de privatizaciones, como lo demuestran las más recientes: servicio de correos, Banco de Inglaterra y prisiones. Los impuestos a las empresas continúan en picada. El pago de inscripciones altas en las universidades es una realidad. La revista Prospect acaba de publicar un ensayo de David Marquand en el que este autor sostiene que Blair está decidido a liquidar el viejo socialismo ideológico y sus discursos paternalistas, a terminar con la cultura inglesa de los subsidios del Estado y a difundir y expander una “tercera vía” muy bien vista por los pontífices del liberalismo que tiene su basílica en el Instituto Adam Smith. El colmo: uno de los lemas o slogans que Blair ha hecho suyos es nada menos que “welfare to work” (bienestar para trabajar), que expresa exacta y textualmente una de las ideas clásicas de Kenneth Clark, ministro que fue de la señora Thatcher.

Fuerza es convenir en esto: Blair y sus direccionales hacia la izquierda tienen felices a los transeúntes que caminan por la acera derecha. Lo que, en buen romance y en virtud de los hechos, quiere decir que cuenta con el respaldo que en su tiempo sostuvo al gobierno thatcherista. La izquierda inglesa, antes petrificada en el lenguaje sindicalista más arcaico y en las tesis estatistas más clásicas, parece haber caído en la cuenta de que no iba a ganar ni a conservar el poder tratando de imponer su política a los electores, sino adaptando sus propuestas a los deseos de la sociedad. Y ésta, que conoció el naufragio económico y social durante los años del viejo laborismo, y vio resurgir a su país con las políticas de doña Margaret, sólo entiende una cosa: el mejor gobierno es el que ayuda a resolver más problemas de la vida cotidiana.

El comentario del Observer al respecto señala que han quedado atrás los días en que los políticos tenían que dar satisfacción a “los dramas que obsesionan a periodistas y políticos”, porque estas élites son minorías que imponen —por su capacidad de hacer escándalo— sus propias exigencias a la mayoría, a través de gobiernos a los que someten a presión y chantaje. En Francia, por citar otro caso, Jacques Julliard ha demostrado que, en relación con la pena de muerte, aquellas minorías la rechazan en tanto que la mayoría la aprueba en virtud de que las tesis de la élite acerca de la regeneración de los delincuentes han sido desmentidas por crímenes que padece la mayoría y no la minoría. Algo análogo puede afirmarse para el caso de muchos de los estados de la Unión Americana, lo que explica que las autoridades sigan manteniendo en operación sillas eléctricas, cámaras de gases, pelotones de fusilamiento y jeringas letales: para ganar elecciones no cuentan los ruidosos menos, sino los silenciosos más. Puede ser hasta triste y lamentable, pero es tercamente cierto.

Blair se quiere “postsocialista”. Y ha explicado qué es eso. Para el popular político, un gobierno así es el que no reduce sus políticas sociales a las que auxilian a los sectores representados por los sindicatos, por los gremios de empleados del Estado (maestros y médicos, principalmente). Su concepto clave tiene que ver, sobre todo, con la reforma de la educación. Esta, para el new labour, debe producir personas empleables y generar las condiciones para que quienes pueden y quieran crear empleos productivos lo hagan. Y para lograr tales fines plantea un método: el del contrato entre padres de familia y maestros de primaria, cuya sustancia es el conjunto de conocimientos fundamentales que aquéllos quieren que sus hijos reciban de éstos. Contrato incumplido, maestro despedido.

Para las universidades, inscripciones pagadas para todos y colegiaturas altas para los ricos y bajas para los pobres. En caso de desempleo, derecho a una formación intensiva pagada, pero destinada a la reconversión del trabajador, de manera que sea otra vez empleable: welfare to work. El nuevo laborismo no quiere prometer nada de lo que ya sabe y quedó demostrado que un Estado no puede cumplir sin quebrar y pasarle la cuenta de la quiebra a la sociedad a través de impuestos cada vez más altos y de servicios públicos cada vez más malos. En marzo, Blair dijo en Francia. ante una atónita audiencia de socialistas, que la única gestión pública buena es la que no pierde dinero.

Con este conjunto de ideas seguido por las consecuentes políticas públicas, Blair navega viento en popa. Tan velozmente, que ya comenzó a dar pasos para acabar con otras de las míticas tradiciones británicas, tanto de la derecha como de la izquierda. En efecto, se lanzó con buen éxito contra el añoso centralismo y descentralizó la administración de Escocia y del País de Gales. Si este proceso culmina con la pacificación y descentralización de Irlanda del Norte, el carismático primer ministro habrá orientado la proa británica hacia las playas de un régimen federal. Además, pretende acabar con los poderes legislativos de la rancia Cámara de los Lores, poblada mayoritariamente por los propietarios de millones de hectáreas y los consejeros de las empresas más ricas de su país. La tesis es sencilla: no pueden coincidir en tan alto grado el poder económico y el poder político, sobre todo el de hacer las leyes. Y ya logró lo que se antojaba imposible: que el alcalde de Londres sea electo por sufragio universal. ¿Qué hará con la costosa y cabizbajeada realeza después de haber declarado post mortem a Diana “princesa del pueblo”? ¿Una monarquía federalista? ¿Y qué destino le asignará a esa Iglesia de Estado que es la anglicana, cuyo jefe o jefa es el rey o la reina, para que el Estado inglés, por fin, sea un Estado laico y la Iglesia deje de ser una de las joyas de la corona? Ya se verá.

¿Neoliberalismo? ¿Neothatcherismo? ¿Neoconservadurismo? ¿Neodemocristianismo? ¿Neolaborismo? ¿Neosocialismo? Que se peleen por las etiquetas los periodistas y los políticos, parece decir con hechos Tony Blair. Aunque, como lo ha escrito Jean Gabriel Fredet. más bien se trata de un “neorrealismo que funciona”. Y que, como lo muestran encuestas y ausencia de rechazo, coincide con el common sense que ha sido marca de fábrica de los británicos de la calle. Los que trabajan. Los que producen. Los que pagan impuestos. Los que votan. Los que lo mandarán a su casa si no los sirve como ellos quieren. n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.