Un texto autobiográfico que celebra 50 años de recorrer el mundo

Hace ya medio siglo que Ryszard Kapuscinski comenzó sus viajes por el mundo. Estas páginas resumen su experiencia y van a dar a nuestra actualidad vital.

Volvamos la vista por un momento hacia los años veinte de este siglo nuestro que se acaba. Comienza la época de los aeroplanos, hombres valerosos llevan a cabo los primeros vuelos intercontinentales. Un joven piloto francés llamado Antoine de Saint-Exupéry recibe el encargo de volar de Toulouse a Dakar. Para los aeroplanos de entonces el vuelo, sobre todo por encima de las montañas españolas, representa un gran riesgo. El que después sería el autor de El príncipito intuye ese peligro y se siente atrapado por el miedo. Estudia en el mapa la ruta prevista, pero eso no le dice nada. Así que pide consejo a un colega mayor y más experimentado: Henri Guillaume. Ahora ambos se inclinan sobre el mapa. “¡Qué extraña clase de geografía!”, recordará después Saint- Exupéry.

Guillaume no me hizo empollarme España. sino que me familiarizó con el país… No me habló de Guadix, sino de los tres naranjos que había al borde de un campo antes de Guadix: “¡Cuidado con ellos! ¡Señálalos en tu mapa!”… Tampoco me dijo nada de Lorca, sino que me habló de una sencilla granja en las cercanías, de una granja llena de vida, de los campesinos y de las campesinas. “Se sentaban en la ladera de su montaña y estaban dispuestos a ayudar con sus luces, como fareros”. No habló del Ebro, sino de un arroyuelo, invisible en el mapa, que atraviesa un campo antes de Motril. “Ten cuidado con ese arroyo. Señálalo” (para el caso de que tuviera que aterrizar allí). Así sacamos de su oscuridad, de su inaprehensible lejanía, toda clase de conocimientos que los geógrafos del mundo entero desconocen, escribe Saint-Exupéry.

Cuando leí, hace años, esta historia en Tierra de hombres, pensé que de ella se podían sacar al menos dos lecciones. La primera, que la mejor forma de conocer el mundo es hacer amistad con el mundo. La segunda, que existe una conexión entre nuestro destino personal y la presencia de miles de personas y cosas de cuya existencia no sabíamos o no sabemos nada, y que pueden influir o de hecho influyen, del modo más asombroso, en nuestra vida y su desarrollo, de tal forma que, al menos por nuestro propio interés, debiéramos esforzarnos en conocer no sólo lo que está aquí, sino también lo que está allá, en algún lugar a gran distancia en nuestro planeta.

El mejor camino para conocer algo pasa por la amistad. Esa es la enseñanza de Saint-Exupéry cuya obra está penetrada de un profundo e íntimo humanismo. Pero no es fácil hacer amistad con el mundo, y además nunca es del todo posible. El mundo es de naturaleza compleja, contradictoria, paradójica, hay muchas cosas buenas en él, pero también muchas malas, y no todo el mundo se encuentra siempre en condiciones de abrirse paso hacia el heroísmo que exige de nosotros el reto de superar el mal con el bien.

Pronto hará medio siglo que comencé mis viajes por el mundo. Invertí en esos viajes, que me llevaron a través de los cinco continentes, más de veinte años. Casi todo el tiempo estuve en el llamado Tercer Mundo, en los países de Asia. Africa y América Latina. ¿Que por qué he convertido precisamente las cuestiones y problemas de esa parte del mundo en la más importante de mis preocupaciones? Hay al menos dos razones para ello, una emocional y una objetiva.

Provengo de Polesia, entonces la región más pobre de Polonia y quizá incluso de Europa. Perdí muy pronto ese “país de mi infancia” y durante cuarenta años no pude volver a él. Creo que la nostalgia de esa región sencilla y —como diríamos hoy— subdesarrollada ha marcado mi relación con el mundo: me he encontrado a gusto en los países pobres porque tenían algo de mi Polesia. Como reportero, nunca dudaba al optar entre Suiza y el Congo, entre París o Mogadiscio. Elegía el Congo y Mogadiscio… allí estaba mi sitio, porque allí encontraba mis temas. Y esa es ya la segunda razón. Cuando terminé mis estudios de Historia en la Universidad de Varsovia. me encontré ante la disyuntiva de seguir dando curso a mis intereses, pasando mi tiempo en los archivos, o más bien seguir la historia en el momento en que se produce, observarla en los momentos en los que la creamos y nos marca. Fue esa segunda posibilidad la que me atrajo, y ello porque en aquel entonces, en los años cincuenta de nuestro siglo, se vivía un momento extraordinario. Fuimos testigos del surgimiento del Tercer Mundo. Cuando hablamos hoy de este siglo XX que se acaba, lo describimos como la época espantosa de las dos grandes guerras mundiales, de los dos totalitarismos destructores, de Auschwitz y Workuta. Hiroshima y Chernobil.

Pero en el siglo XX también hubo un acontecimiento sin precedentes en la historia anterior: el nacimiento del Tercer Mundo. Continentes enteros, docenas de países, miles de millones de personas alcanzaron su independencia y construyeron sus propios Estados. Jamás en la historia había ocurrido antes un acontecimiento de tal alcance, y no volverá a haberlo. Y a mí se me había otorgado la posibilidad de ser testigo y cronista de ese acontecimiento.

Aquel movimiento de independencia y libertad de los pueblos colonizados estuvo acompañado de otro más: la gigantesca migración de la población rural a las ciudades. Al comienzo de nuestro siglo, la Tierra estaba habitada en su mayoría por campesinos, que representaban el 95% de la población mundial: hoy sin embargo, al final del mismo, más de la mitad de la humanidad vive ya en ciudades. Este hecho ha cambiado no sólo la forma de vida de cientos de millones de personas, sino también su cultura y mentalidad. Personas que ayer aún vivían en el silencio de apartadas unidades rurales se convirtieron de pronto en participantes en una cultura de masas, abierta, atractiva y más relajada, típica de la sociedad global que hoy estamos creando entre todos.

Paz, democracia, dinamismo

¿Qué es hoy, en los últimos años del siglo XX, lo más característico de la situación de nuestro mundo?

En primer lugar, el hecho de que vivimos en paz. En cuanto lo digo, se alzan voces de protesta. ¡Cómo! ¿Y Ruanda? ¿Y Bosnia? ¿Y Belfast? Y esa protesta es justificada. Cada muerte es una tragedia, cada guerra una desgracia y una catástrofe. Pero hablamos aquí de todo el planeta, y en este caso las proporciones son importantes. Hay en nuestros días unos treinta conflictos armados en todo el mundo, pero el número de personas directamente afectadas por esos conflictos representa menos del 1% de la población mundial. Sin duda es trágico que el 1 % sufra estas guerras, pero aun así no deja de ser grato que el 99% viva en paz. La Guerra Fría, que nos amenazó a todos con la aniquilación, ha quedado superada. Desde hace algunos años, ha dejado de haber guerras entre Estados concretos. Los conflictos actuales son guerras civiles, enfrentamientos internos. Más aún, mientras antes todo conflicto local llevaba en sí la imagen de una guerra mundial, hoy ocurre más bien a la inversa: siempre que estalla un conflicto, la comunidad internacional trata de aislarlo y de ponerle fin.

¿De dónde proviene pues la convicción de que vivimos en un mundo dominado actualmente por matanzas, masacres, misiles y ruinas? Deberíamos ser conscientes de la situación en la que viven los hombres en las últimas dos o tres décadas. Antes el hombre extraía su conocimiento del mundo de la propia experiencia, de las narraciones del prójimo o de la letra impresa. Sin embargo, a esta realidad tradicional, casi comprobable con las manos, se ha sumado ahora, en la era de la información electrónica, una segunda realidad, paralela, creada por los medios. Se ha producido una duplicación de la historia. Una ocurre en algún lugar, ahí fuera, y la segunda la tenemos aquí, delante de los ojos. Y esa realidad creada por los medios se convierte —debido a su más fácil accesibilidad— en la única que conocemos. Sin embargo, esa realidad creada es el engañoso fruto de una selección, una manipulación, una embaucadora reducción. Tenemos que mostrar en unos segundos un acontecimiento que ha durado horas. Y todos somos víctimas de la decisión que depende de los criterios con la que se ha hecho la selección.

La tendencia hacia la paz antes mencionada es tan importante no sólo porque ayuda a reducir el número de las víctimas, de las destrucciones y otras catástrofes: también porque el pleno desarrollo del ser humano, su libertad y su bienestar, su existencia pacífica y creativa, sólo son posibles en condiciones de paz.

Una segunda tendencia, hoy dominante, es la aspiración del mundo entero a la democratización. La democracia se ha convertido en la solución del momento, el anhelo que todo lo domina, el modelo general. Hoy, incluso los partidos reaccionarios y chovinistas como el de Vladimir Zirinovski se llaman a sí mismos liberal-democráticos. Cuando yo viajaba por el mundo, hace veinte o treinta años, había dictaduras por doquier: dictaduras militares, dictaduras policiales, dictaduras de partido único gobernaban en América Latina, África, Asia y también en gran parte de Europa. Hoy este tipo de dictadura se ha vuelto ya extraño, una excepción, un anacronismo. Nadie aspira hoy a instaurar una dictadura semejante. Vemos y sentimos que su tiempo ha pasado. Pero donde la democracia se ha convertido en hecho, en forma dominante del sistema político, pronto se hace visible una importante circunstancia: la conexión entre democracia y cultura. La democracia es tanto más frágil, insuficiente y superficial cuanto más bajo es el nivel cultural de la sociedad. Un alto nivel cultural de la sociedad es condición para una democracia fuerte. Por eso, cuando alguien dice ser un defensor de la democracia, pero al mismo tiempo recorta los gastos en educación, ciencia y cultura, nos encontramos ante un absurdo que en lógica recibe el nombre de contradictio in adiecto, una contradicción en sí misma. Más aún, la ciencia y la cultura seguirán adquiriendo importancia, porque con el desarrollo general aumentará también la dependencia del hombre —y la calidad de su civilización— de la técnica, y por tanto también del estado de la ciencia y de las posibilidades intelectuales de la sociedad. Los criterios conforme a los cuales dividimos hoy a las sociedades en desarrolladas y subdesarrolladas ya no son las cantidades de acero producidas, sino el número de estudiantes y universidades.

Por último, la tercera tendencia de la actualidad es el progreso incesante, el ensanchamiento del mundo, la ley imperante según la cual todo se multiplica. Porque hay cada vez más personas, pero también cada vez más cosas —televisores, coches, aviones y teléfonos, relojes, discos compactos, medicinas y zapatos—. de todo hay cada vez más. Hay cada vez más inventos y descubrimientos, penetramos cada vez más hondo en el cosmos, investigamos con creciente precisión las estructuras del quark. “No veo el final de este proceso de desarrollo y diferenciación”, escribía hace poco el gran físico americano Freeman Dyson en su libro titulado, significativamente, Infinite in all Directions (“Infinito en todas las direcciones”), “y sería incluso totalmente ocioso querer imaginar lo infinitamente variadas que serán las experiencias físicas, psíquicas y religiosas que esperan a la humanidad”. Porque en el mundo reina, dice Dyson, “el principio de la maximalización de la diferenciación, que abarca todos los campos”. Por desgracia, concluye Dyson, “el principio de la maximalización de la diferenciación conduce a menudo a una maximalización del estrés”. Y en verdad, seamos cautelosos y escuchemos la advertencia de T. S. Eliot. que escribió hace ya mucho tiempo: “Este giro sin fin de la idea y el hecho / Este infinito inventar, infinito intentar / nos lleva a conocer el movimiento, pero no la quietud / (…) / ¿Dónde quedó la sabiduría, que nos degeneró en conocimientos? / ¿Dónde los conocimientos. que nos degeneraron en noticias?” (T. S. Eliot. “Coros desde The Rock”).

Esta reflexión crítica nos parece tanto más adecuada cuanto que muestra la imagen clara de un mundo con numerosas manchas, grietas y sombras. A quien viaja por el mundo le llaman la atención, sobre todo, sus profundas injusticias. Los unos viven bien y los otros mal.

Y a menudo los unos viven desde generaciones en el bienestar y los otros en la pobreza. Esto no sólo vale para los individuos, sino para sociedades enteras, naciones, continentes.

El abismo de la miseria

Y no hay ninguna salida de esta situación, ninguna salvación a la vista. Cuando empecé a trabajar en los países del Tercer Mundo, predominaban las teorías alentadoras y optimistas sobre este tema. Las teorías de Dumont, Rostov o Galtung. Decían que sólo era cuestión de tiempo eliminar la desigualdad del mundo, que en breve (se pensaba en el fin del siglo) esas desigualdades desaparecerían y los hombres vivirían en todas partes como en Holanda o Suecia. Sin embargo, pronto se produjo la desilusión. La desigualdad entre el Norte desarrollado y el subdesarrollado Sur no desapareció; al contrario, aumentó. Esta desigualdad se hace visible a dos niveles: a escala mundial, se ahonda el abismo entre el rico Oeste y la parte restante del mundo, mucho más grande, en la que viven dos tercios de la humanidad. Y al mismo tiempo crecen las desigualdades dentro de los países y regiones. Los unos se vuelven cada vez más ricos y los otros cada vez más pobres… y también eso es una tendencia mundial. Entre tanto, ese abismo ha adoptado monstruosas dimensiones: las 386 personas más ricas del mundo disponen de un patrimonio que corresponde a los ingresos de casi la mitad de toda la población mundial.

Ricos y pobres viven en distintos mundos. Los ricos opinan que pueden resolver los problemas de ios pobres dándoles un cuenco de arroz. El mundo rico ve en el Tercer Mundo pobre un problema exclusivamente biológico: ¿cómo se puede alimentar a esa gente? No cómo se les puede enseñar a pensar, cómo se les puede formar y darles trabajo, sino sólo cómo se les puede alimentar. Pero un cuenco de arroz no cambia el destino de los pobres. La pobreza no es sólo un estómago vacío. La pobreza es una situación y una cultura. El hombre pobre es un hombre humillado, degradado. No ve salida ni futuro. Orwell estudió en una ocasión las consecuencias del hambre. Vivió en albergues para mendigos y no comió nada durante algunos días. Después describió cómo a consecuencia del hambre perdió la capacidad de pensar, era incapaz de planear nada, de adoptar ninguna iniciativa. Su debilitado intelecto no estaba en condiciones de comprender nada más allá del horizonte de su plato vacío, todo su pensamiento terminaba en la pregunta de qué comería dentro de una hora. En África estuve a menudo en campos de refugiados, vagué con masas de personas hambrientas. Una masa humana semejante está indefensa, es pasiva. No pide nada. No se queja. Se retira en silencio, con apática indiferencia. He visto tribus enteras que morían de hambre aunque los mercados estaban llenos de alimentos. Pero un hombre que padece hambre crónica no plantea exigencias y jamás luchará por nada.

¿No se puede resolver el problema del hambre y la pobreza, de la necesidad y la miseria masivas, la mayor vergüenza y oprobio del mundo, que asedia a más de la mitad de los hermanos y hermanas de nuestra familia humana? Naturalmente, sería posible en teoría. En primer lugar, el mundo produce hoy una cantidad suficiente de alimentos como para satisfacer las necesidades de todos nosotros: seis mil millones de personas. Cuando estoy en Nueva York, el teléfono suena ya desde la mañana y mis amigos preguntan dónde y qué quiero comer —la lista de posibilidades es infinita—; unos días después, en un pueblo de Uganda, andamos hambrientos y debilitados desde por la mañana, sabiendo que no hay nada de comer. En segundo lugar, se podrían mejorar muchas cosas si se aumentaran los gastos en tecnología de desalinización del agua, el desarrollo de especies de arroz y maíz más productivas, mejores medicamentos contra la malaria y docenas de medidas similares. Pero, ¿de dónde sacar el dinero para ello? El gran capital busca grandes y rápidos beneficios, pero en estos campos los beneficios no son ni grandes ni a corto plazo.

Visiones del futuro

Pero la miseria de este mundo no se debe sólo a la escasez crónica que asedia a la mayoría de sus habitantes. La miseria de este mundo también se debe a que muchas personas viven simplemente mal. Hay muchas enfermedades, mucho padecimiento y dolor. Muchas personas están solas. Muchas sufren de depresiones, son asediadas por miedos. Cada vez con más frecuencia las personas se sienten amenazadas, tienen miedo de que alguien les aceche. De que ocurra algo malo. Buscan salvación, van de un lado para otro. Con frecuencia son su propio impedimento. El mayor obstáculo en su propio camino. Querrían sentirse mejor, pero no saben cómo conseguirlo. Así que le echan la culpa a otros, maldicen al mundo entero.

Pero el mundo es tal como lo hacemos. Es significativo que en mis encuentros con los lectores haya personas que una y otra vez planteen preguntas sobre el futuro, manifiesten sus miedos. Esa ansia de saber es comprensible. Porque detrás de esas preguntas no sólo se esconden intenciones prácticas. El futuro tiene en sí algo mágico. Y el hombre siempre ha aspirado a comprender esa magia, a aprehenderla y apoderarse de ella.

En los últimos años han surgido dos grandes visiones del futuro. Son muy diferentes, incluso opuestas, porque expresan las ambiciones y aspiraciones de dos círculos culturales distintos. El creador de la primera visión es el profesor Samuel P. Huntington. En el verano de 1993 publicó en la revista Foreign Affairs un ensayo con el título “The Clash of Civilizations” (“El choque de las civilizaciones”). El autor critica en él la ignorancia y arrogancia de los americanos, que están convencidos de que el mundo entero aspira al american way of life, que asume alegremente los modelos, instituciones y valores americanos. Considera esa idea errónea y arrogante. Al contrario: las modernas civilizaciones no occidentales se distinguen por una gran fuerza vital. “Tienen un mayor dinamismo demográfico, sus sociedades son más coherentes y están sostenidas por unas exigencias éticas mayores que las del decadente Occidente”, escribe Huntington. Quien opine que el desarrollo técnico y la explosiva difusión de los productos de la cultura de masas conllevan automáticamente una occidentalización de los principios y cosmovisiones está en un error. Muchos terroristas llevan pantalones vaqueros, beben Coca-Cola y matan a personas inocentes con las armas más modernas en nombre de sus siniestros ideales. La civilización occidental es única e irrepetible, escribe Huntington. Su concepción pone de manifiesto, sobre todo, los temores americanos: para América las dos mayores amenazas las representan China, desde el punto de vista demográfico el país más poderoso de la Tierra, y el Islam, que posee el petróleo sin el que América no puede existir. En ambos casos, las sociedades de estas regiones se muestran enormemente resistentes a la influencia de la cultura americana. Huntington opina que para Occidente la escapatoria sería fortificarse, cavar trincheras, levantar una línea de defensa como el limes de tiempos del Imperio Romano. De otro modo, tendrán que producirse guerras entre civilizaciones, cuyos precedentes son —en su opinión— los conflictos de Bosnia o Afganistán. Los críticos acusaron enseguida a Huntington de tener una “mentalidad de bunker”, típica hoy en día de Occidente, que se esfuerza cada vez más en apartarse del resto del mundo.

Una visión del futuro completamente distinta es la que dibuja el destacado intelectual malasio Anwar Ibrahim, autor del libro, publicado en 1997, The Asian Renaissance. En Asia ve el autor el centro de gravedad del acontecer mundial en el siglo XXI. Aquí se unen antiquísimas tradiciones estatales con profundos y vivos valores éticos, con una cultura del trabajo a largo plazo, respeto a la autoridad, fuertes lazos familiares y confianza mutua, condiciones todas ellas para una evolución y progreso generales. La nueva Asia es postnacionalista, busca vínculos mutuos e intereses comunes. Ibrahim desarrolla una concepción optimista de un mundo futuro: las civilizaciones no se enfrentarán en guerras. El lugar de los conflictos lo ocupará el intercambio, el lugar de las fricciones el diálogo. (Simmel y Mauss ya habían anunciado antes una concepción así del contacto entre las civilizaciones: el contacto como intercambio.)

Cuando se habla hoy de la visión del mundo moderno y de sus visiones del futuro, hay que saber siempre quién escribe o habla. Si topamos con una voz pesimista, una voz de amargura y decepción, seguro que se trata de una voz procedente de Europa. Es sencillamente imposible liberarse de las trágicas experiencias de Europa. Sin embargo, si oímos pronósticos favorables, se nos muestran imágenes dinámicas, osadas y fiables, si los tonos y colores son claros y optimistas, seguro que el autor de esa obra procede de Asia o de América Latina.

No es fácil tomar conciencia de que no estamos solos en el mundo y de que la presencia de otros, que habitan amplios continentes, influirá en nosotros y en nuestro destino. Al pensamiento que ignora este hecho le falta algo esencial: una perspectiva global. “Nuestro cambio se basa en que por primera vez desde hace siglos dejamos de mirar a Europa, a Occidente. Empezamos a vernos y a descubrirnos a nosotros mismos”, escribe el citado Anwar Ibrahim.

¿Qué se puede decir de importancia sobre este mundo? Quizá que es muy estable en sus fundamentos, en sus estructuras, en la composición de sus fuerzas y las direcciones de su evolución, hoy, al final del siglo XX. Quizás en los próximos años no ocurra nada realmente importante. No se avecina ninguna guerra, ninguna revolución, ninguna tragedia global. Las grandes agencias de prensa se quejan de la falta de auténticas sensaciones. Sin embargo, no podemos olvidar que todo esto es enormemente frágil, porque la vida misma es frágil, y sus débiles estructuras están sobrecargadas por males de todo tipo. Por el mal del nacionalismo y el chovinismo, el odio y la agresividad, por la falta de amabilidad y por la indiferencia, por el mal de la maldad y la necedad.

La dificultad de hablar de nuestra Tierra es también atribuible a que el mundo tiene un aspecto distinto desde todos los lugares, y el número de esos puntos de vista es ingente. De ahí que tengamos que buscar denominadores comunes para nuestros destinos. Uno de ellos, enseguida salta a la vista cuando se viaja por el mundo, es el aumento, que se ve por doquier, y antes no era tan visible, de toda clase de iniciativas, un crecimiento y animación, una actividad, un incremento de las energías humanas en el mundo. Por doquier se actúa más, se piensa, se quiere, se ambiciona y se aspira a más. Se planea y se sueña más. A ello ha contribuido la liquidación de los imperios que paralizaban todos esos movimientos, el fin del terror ideológico totalitario, la paz duradera, la aspiración a la democracia, la rápida evolución de las comunicaciones. La humanidad empieza a organizarse conforme a nuevas estructuras e ideales, todavía difíciles de definir. Si se mira con atención, hay algo que se hace visible: por todas partes hay más sociedad y menos Estado. Y por todas partes este infinito se desarrolla en todas direcciones, como dijo Dyson.

 

Ryszard Kapuscinski
Escritor. Es autor, entre otros libros, de El Sha y El imperio.