20 Años de Prensa

por Raúl Trejo Delarbre

Desde el denominado “golpe a Excélsior” hasta los acontecimientos recientes en la prensa nacional, el autor explora los vicios y virtudes de nuestros medios, identifica hitos y cambios, y propone la urgencia de un camino simple: el respeto al lector.

Cuáles son los hitos y cuáles, entonces, los cambios sustanciales de la prensa mexicana en las dos décadas recientes? En este inicio de 1998. ¿en qué medida nuestro periodismo es distinto al que teníamos 20 años antes? Cualquier ojeada a las páginas de ahora y de aquel enero, nos confirmará que el panorama es distinto. La pluralidad de hoy. en 1978 era apenas insinuación o promesa. La agresividad que ahora se advierte en las primeras planas solía estar confinada a pocas y aisladas columnas. La dependencia política respecto del gobierno era casi generalizada y pocos actores en la sociedad civil se reconocían en las páginas de esa prensa. Los reporteros treintones que ahora nutren las redacciones, en aquellos tiempos más o menos estaban terminando la primaria.

Hay cambios, sí. Pero no tantos como para asegurar que la prensa de hoy es radicalmente distinta a la de hace dos décadas. Ahora los enfoques editoriales son más variados, si bien esa ha sido fundamentalmente, primero anticipación y luego mimetización a la diversidad de la sociedad e incluso de las élites políticas: la mayoría de los diarios mexicanos siguen siendo políticamente ambiguos, aunque de cuando en cuando asuman causas como si fueran hechos o desplieguen fobias como si fuesen causas. La prensa mexicana se ha sacudido las inhibiciones que se autoimponía y hasta los intocables de antes (el ejército, la virgen guadalupana y el Presidente de la República) son motivo de discusión en todos los tonos, o casi: no obstante ese desatascamiento, el rigor analítico, la seriedad informativa y hasta la cordura opinativa siguen dejando mucho qué desear. El gobierno ya no presiona a la prensa como era tan proverbial como impúdico que ocurriese, pero más por temor al escándalo denunciatorio que por carecer de recursos para ello: muy pocos diarios y prácticamente ninguna revista han conseguido que en sus finanzas la principal fuente de ingresos haya dejado de ser la publicidad de los gobiernos federal o estales. Una nueva generación de periodistas, para quienes algunos de los vicios de hace dos décadas son sólo mitos de los que han escuchado sin haberlos aprovechado o padecido, abruma hoy las salas de redacción; sin embargo, no por ello se han generalizado el periodismo de investigación, la capacidad autocrítica, ni la ética profesional.

Excélsior: Ruptura fundacional

Las dos décadas más recientes en la historia del periodismo mexicano, en realidad comenzaron hace casi 22 años. El episodio que ha sido denominado como el golpe a la casa editorial Excélsior marcó, fundamentalmente para bien pero además con una carga quimérica que posiblemente sea irremediable, no sólo los empeños para renovar al periodismo mexicano sino incluso la idea que de sí mismos tienen la mayoría de los periodistas empeñados en restaurar el profesionalismo en ese oficio.

El 8 de julio de 1976, un numeroso grupo de periodistas encabezados, como es ampliamente sabido, por don Julio Scherer García, tuvo que salir de ese diario después de romper con la asamblea de cooperativistas. La versión predominante y casi única sobre esa desavenencia es la que sostuvieron Scherer y sus compañeros de entonces. Dos décadas y casi dos años después no se conocen balances autocríticos de aquella crisis, que fue atribuida a la malquerencia del entonces presidente Luis Echeverría, pero que además fue posible por errores en la conducción administrativa y política de esa empresa editorial —es posible que en aquella asamblea de cooperativistas que expulsó a Scherer hubiese acarreados, pero ese director y su grupo de periodistas no lograron mantener la adhesión de los trabajadores de Excélsior—. Si acaso hay testimonios de quienes, como don Gastón García Cantú, tuvieron que alejarse de ese grupo para dejar una opinión distinta: “Echeverría no intervino en la caída de Scherer, sencillamente no actuó cuando se esperaba ante el asedio de los opositores a Scherer”.1

Y si la ruptura en Excélsior ha sido relatada casi exclusivamente con las voces de quienes salieron de ese diario, el periodismo que se practicaba bajo la dirección de Julio Scherer, que fue director del periódico durante ocho años, también ha sido un tanto mitificado. El Excélsior previo a julio de 1976 no era precisamente un espacio de democracia y pluralidad. Allí destacaban algunas valiosísimas plumas críticas y eventualmente el trabajo de unos cuantos reporteros con tal oficio e imaginación que descollaban delante de sus colegas de otros medios. Pero el contexto nacional y periodístico en el que se desempeñaba, a menudo se le imponía a ese importante diario; en ocasiones, la indiferencia e incluso la antipatía que mostraba respecto de movimientos sociales independientes o de las izquierdas no era distinta de las actitudes de otros diarios en la prensa establecida. Aunque baldado por la escisión de 1976, Excélsior siguió siendo un diario en buena medida similar al de Scherer, especialmente en su política informativa, y poco a poco fue integrando una nueva plantilla de colaboradores que ya no destacó tanto quizá, entre otros motivos, porque en los años inmediatos otros diarios comenzaron a experimentar renovaciones.

Acaso la mayor contribución de Scherer al periodismo mexicano se haya debido, fortuita pero afortunadamente, a su salida de Excélsior. En menos de cuatro meses logró organizar Proceso en donde, como apuntamos en otro sitio, el periodismo de investigación ha estado matizado (y también impulsado) por una intencionalidad que lo ha conducido a una suerte de ensimismamiento, o de visión política marcada por el catastrofismo más que por la explicación de los acontecimientos nacionales. Proceso es, con mucho, el semanario político de mayor circulación e influencia en todo el país. Los intentos para sustituirlo han devenido caricaturas lamentables o revistas con gana de escándalo pero sin el talento para documentarlo. Pero su mismo éxito confirma que no siempre la agudeza analítica, ni la investigación periodística de responsabilidad ética, son los elementos que más interesan a los lectores mexicanos. En el contexto de una cultura ciudadana aún insuficiente desarrollada, el afán contestatario de esa publicación llega a encontrar lectores numerosos que se regocijan con el amarillismo político de Proceso.2

En el otro lado de la balanza, el ímpetu denunciatorio de la revista de don Julio Scherer fue, durante largo tiempo, el contraste disruptor del adocenamiento de una prensa fundamentalmente ensimismada en la complacencia con un poder político que la dejaba hacer negocios en tanto no hiciera olas. Si hubiera que elegir, entre la mirada pesimista del Proceso empeñado en ver medio vacío el vaso de la realidad nacional y el enfoque interesadamente adulón de la mayor parte de la prensa que al final de los años setenta y durante los ochenta sólo presentaba un vaso colmado de tersuras y prosperidades, nos quedaríamos con el trabajo de Scherer y sus compañeros afanados en sostener, incluso por encima de reputaciones y respetos, una impertinencia que ha permitido develar excesos, corrupciones e inconsecuencias del poder político. Pero no se trata de seleccionar un estilo periodístico, sino de desbrozar entre los extremos reconocibles y no por ello compartibles en una prensa que, además de todo, ha estado en transición. Su puerto de llegada aún no se encuentra completamente definido.

Crisis, escisiones y nuevos espacios

La prensa en estas dos décadas y pico se desenvolvió entre inercias y tumbos. Las primeras aportaron pocas novedades. Los vaivenes, que incluyeron rupturas de las cuales surgieron nuevas preocupaciones y espacios periodísticos, dieron cuenta de dos tendencias simultáneas. Por un lado, la inestabilidad profesional y editorial de muchos diarios cuyos propietarios consideraban que sus negocios estaban en riesgo cuando las informaciones u opiniones que publicaban molestaban a personajes del poder político; igual que desde comienzos de los años cincuenta, el periodismo preponderante ha estado subordinado al interés empresarial y éste, a su vez, siguió limitado por las costumbres de la vieja política mexicana. No ha sido sino hasta ya entrados los años noventa, cuando la relativa pero sensible disminución en la publicidad del gobierno y sobre todo el surgimiento o la reorientación de periódicos que compiten para ganar lectores y no sólo gacetillas publicitarias ha propiciado una renovación de la prensa que todavía es incipiente. La otra constante que se advierte en este lapso es el afán de búsqueda que, pese al amago del despido, emprendieron algunos periodistas en diversos diarios de la Ciudad de México.

El Sol de México, cabeza de la corporación de diarios más grande del país, había experimentado a mediados de los setenta una modernización editorial, modesta pero perceptible, que acabó por disgustar a sus propietarios. Más tarde, un recuento en estas páginas reconocía: “La más importante cadena nacional de prensa escrita, la Organización

Editorial Mexicana que publica los Soles, incrementa en alrededor de 20 sus diarios de provincia, para llegar a 53. poco menos de la cuarta parte de los que existen en el país, después de realizar una ‘purga’ de cerca de dos decenas de articulistas, previa creación de férreas condiciones de censura.”3 El periodista que condujo esa malograda etapa de renovación en los “soles” y el autor de aquel comentario, Benjamín Wong y José Carreño Carlón, compartieron el intento para reanimar a otro gran diario, El Universal, durante varios meses en 1985, hasta que fueron despedidos.

Si la renovación de publicaciones ya establecidas se enfrentaba a poderosos letargos (el mismo Carreño dirigió el periódico del gobierno, El Nacional, entre 1989 y 1992), el surgimiento de nuevos diarios enriqueció el panorama de la prensa mexicana. De unomásuno a La Jornada, hubo una intencional propuesta para hacer periodismo de búsqueda, cuyos logros fueron matizados por rivalidades y concepciones distintas del trabajo editorial que acabaron en conocidos rompimientos y en menos estruendosos alejamientos. En otros casos el periodismo especializado, que en México se había circunscrito casi exclusivamente al diarismo deportivo, llevó a la creación de El Financiero y luego El Economista que, sin abandonar sus nichos originarios, llegaron a ser diarios competitivos en el terreno de la información general. Ya hacia la mitad de los noventa, el interés de diversos grupos empresariales llevó a la metamorfosis de algunos diarios y a la creación de otros, entre los cuales sobresale Reforma.

En la Ciudad de México, al comenzar 1998 tenemos 31 periódicos diarios; a fines de 1977 había 19. Entre diarios y periódicos semanales o de otra periodicidad, el Directorio de Medios Impresos registraba hace 20 años la existencia de 319 publicaciones en todo el país. Hoy, los impresos clasificados con el mismo criterio suman 307.4 Prácticamente, la misma cantidad. Pero de esos 307 diarios y similares. 152 surgieron a partir de 1978. Es decir, de los 319 periódicos incluidos en el recuento de hace dos décadas, desaparecieron 164.5

La tabla adjunta muestra los periódicos registrados por el mencionado directorio y de ninguna manera es exhaustiva. En cada capital estatal y en muchas otras poblaciones del país existen publicaciones que no aparecen en ese inventario. La utilidad de esos datos está en las tendencias que muestra. Durante estas dos décadas, se ha producido una intensa renovación de casas y proyectos editoriales. Más de la mitad de los periódicos que existían en 1978 desaparecieron en el transcurso de estos 20 años. Y también, prácticamente la mitad de los que tenemos ahora, surgieron en ese lapso. Ese intenso reemplazo de la planta periodística en el país, se ha dirigido fundamentalmente al mismo mercado. No tenemos datos confiables de tirajes y menos aún de circulación real de esos diarios, pero consideramos que la cantidad total de ejemplares impresos y leídos hace dos décadas, es muy similar a la de nuestros días.

Más acentuada ha sido la renovación del panorama editorial en el campo de las revistas. El mismo directorio registra 195 revistas, de diversos géneros, formatos y periodicidades, de las cuales 140 surgieron en las dos décadas recientes; sólo 55 de ellas existían al comenzar 1978.6

Esa proliferación de empresas periodísticas, tan contrastante con la limitada lectura que se mantiene en la sociedad mexicana, propicia comentarios como el siguiente:

La circulación conjunta de los diarios de la Ciudad de México, destinados a una población de 25 millones… es menor que la circulación del San Diego Tribune, un periódico destinado a una ciudad de unos 3 millones de personas. Eso no puede deberse al analfabetismo —México tiene aproximadamente una tasa de alfabetización del 88%—. De alguna manera, la sociedad mexicana, como algunas otras sociedades latinoamericanas, pasó directamente de una cultura oral a una cultura visual sin pasar por la fase de una cultura de la palabra escrita.7

No son escasos los asombros que la prensa mexicana despierta entre quienes la miran desde el extranjero.

Persecuciones y libertad de prensa

La cronología adjunta registra algunas de las novedades, traslaciones y rupturas en este lapso. Sin duda faltan muchos acontecimientos y, lo mismo que esta reseña, ese listado tiene entre otros el defecto de ser profundamente centralista. Excepto un par de asuntos, sólo nos ocupamos de la prensa de la Ciudad de México, aun cuando en provincia en algunas ocasiones se produjeron hechos relevantes.

Por desdicha lo más notable de la prensa fuera de la Ciudad de México, junto con un clientelismo aún mayor que en la capital, han sido las persecuciones a periodistas. Al contrario de la actitud de tolerancia con la prensa que la diversificación política de la sociedad y la modernización misma del país fueron imponiéndole al gobierno federal, en no pocos sitios del país pequeños pero en sus ámbitos influyentes cacicazgos —municipales, sindicales, policiacos, patronales o incluso narcodominantes— han combatido de manera violenta, a veces hasta con el asesinato, a algunos periodistas.

En ocasiones, es difícil distinguir entre los atentados originados en el trabajo profesional de los periodistas afectados y otras causas —en más de una ocasión, cuando un periodista es asaltado por ladrones vulgares se ha pretendido que fue víctima de un ataque a la libertad de prensa—. Pero hay ejemplos de agresiones que indiscutiblemente buscaron amedrentar, cuando no silenciar, a más de un informador. El caso más conocido, por la personalidad de la víctima y la alevosía en contra suya, fue el asesinato, en mayo de 1984, del columnista Manuel Buendía. En aquella ocasión, un editorial en esta revista se sumaba a las innumerables condenas que propició el crimen: “La muerte de Manuel Buendía se inscribe como una cifra lamentable de varias convergencias indignas que acabaron con algo opuesto a ellas: una vida que, con dignidad, contenía a muchas otras vidas y se atareaba por ellas, públicamente, desde los diarios oficios del periodismo”.8

La libertad de prensa se ejerce diaria, intensa, incluso agresivamente en el periodismo mexicano. Pero eso no implica que no haya periodistas que padecen hostigamientos e incluso violencia física. Las excepciones que son los amagos contra periodistas, no son la regla que predomina en el trato entre la prensa y otros grupos de poder. Pero existen.

Los periodistas en algunos sitios provincia han sido especialmente vulnerables a esas restricciones. Uno de los más grandes periodistas mexicanos, don Francisco Martínez de la Vega, decía en la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Periodismo en junio de 1982:

No son ya los tiempos en que el destino del critico era la persecución, la censura, la cárcel o el atentado contra su vida… Hoy disfrutamos y, a las veces, parece que abusamos de ese patrimonio heredado de nuestros mártires. Tenemos libertad para difundir opiniones, quejas y cargos. No es ahora el gobierno, en sus primeros niveles, el que intenta poner sordina o silenciar opiniones adversas, aunque aún se registran, en provincia, atentados contra la libertad de expresión del pensamiento.9

Y en efecto, es difícil saber con exactitud cuántos y quiénes han sido los periodistas que han padecido represalias debido a su trabajo profesional. Desde 1991, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos estableció un Programa de Agravios a Periodistas que tuvo como primera tarea el estudio de 55 casos de agresiones y asesinatos que le fueron presentados por la Unión de Periodistas Democráticos. Una escritora estadunidense que indagó el destino de ese Programa, ha dicho que: “Dos años después, la Comisión había completado las investigaciones en 40 de esos casos. Concluyó que muchos parecían no tener relación con el periodismo, pero exhortó a profundizar las investigaciones -lo cual nunca ocurrió—. La CNDH confirmó que 22 periodistas habían sido asesinados, todos excepto uno fuera de la Ciudad de México; no era posible o no se había intentado determinar quién era responsable de esas muertes o cuáles habrían sido sus motivos”.10 Esa investigación aparece en un volumen coordinado por el director del Commitee to Protect Journalists de los Estados Unidos; en el apéndice de ese libro, se presenta una lista de diez casos de periodistas mexicanos asesinados entre 1984 y 1995 y otros once, en el mismo lapso, sujetos a investigación. Respecto de algunos de ellos, las autoridades mexicanas han manifestado, o sugerido, que no se trató de muertes motivadas por el desempeño periodístico de las víctimas.

Con un solo periodista lastimado debido a su ejercicio profesional como tal, sería suficiente para que hubiera preocupación. Pero no deja de ser perturbadora la falta de datos del todo verosímiles, lo mismo para condenar cuando sea pertinente hacerlo, que para no agrandar con denuncias ficticias un asunto que es de suyo muy grave.

Rencores, cohechos y favores

De otro orden son las restricciones inherentes al trabajo mismo de los informadores, que a menudo son sólo proveedores de insumos para que los editores de cada periódico decidan qué noticias ofrecerán, y de qué manera, a sus lectores. La periodista Teresa Gurza ha considerado, al respecto: “Es difícil decir si existe en México la libertad de expresión. ¿Libertad para quién y para qué? Creo que los editores la tienen y los reporteros no siempre. A veces basta el telefonazo de un funcionario a un director de periódico para que tu nota vaya de la mesa de la redacción al cesto de la basura”.11 Entre la informalidad de los valores entendidos dentro de cada empresa periodística y la elasticidad de los valores periodísticos, no pocos reporteros padecen un estancamiento como el que describía un informe sobre la situación de nuestra prensa:

La cultura periodística en México ha desarrollado una auténtica identidad como un cuarto poder. El periodismo de carácter agresivo, combativo, la prensa con mentalidad como de perro de caza que ha caracterizado algunos de los mejores momentos del periodismo estadunidense, es relativamente escaso en México. Los periodistas de infantería detestan golpear la nave yendo tras los funcionarios públicos porque a menudo temen que sus patrones, los dueños de su periódico o su estación, puedan desaprobarlo y despedirlos.12

En el transcurso de estos 20 años, el lazo de subordinación que la mayor parte de la prensa mantenía con el poder político se tensó tanto o quizá estaba tan podrido que acabó por romperse. No hubo un momento específico, sino más bien un desgaste lento, gris, más abundante en rencores sordos que en empellones vistosos. Luego, en los años recientes, se ha iniciado una recomposición en el trato entre los periodistas y el poder. Ese trato es universalmente rispido pero en México experimenta dificultades adicionales, primero por la fuerte carga de rencores mutuos que se profieren periodistas y políticos, y también porque en conspicuas áreas de nuestra prensa se mantienen los viejos estilos, desprestigiados pero aún redituables.

La corrupción, para decirle con todas sus letras, va desde el soborno e incluso el chantaje directos, hasta la búsqueda de favores como costumbre con coartada periodística. Hace pocos meses un columnista relataba, con inquietante tranquilidad aunque desgraciadamente sin nombres y apellidos, casos como éste: “No hace mucho tiempo, un habilidoso reportero consiguió un expediente confidencial que consignaba pagos extraordinarios a asambleístas y periodistas. Hizo saber su hallazgo y a cambio de no publicarlo consiguió un costoso viaje al extranjero, junto con toda su familia. Otros reporteros han obtenido placas de taxis y concesiones”.13 Un testimonio distinto, si bien revelador, es el siguiente: “También sucede que de repente vas a algún estado del interior de la República a reportear equis problema y te quedas ahí varios días, y tienes que viajar a la sierra o a un sitio y no dispones de gastos para pagar tu avión: entonces recurres al gobernador y te manda en helicóptero y hasta te paga la cuenta del hotel”.14

En el gremio periodístico, suele considerarse que la corrupción prende como ascua en yerba seca porque los salarios son bajos. De todos modos, incluso funcionarios de nivel muy alto y aún acaudalados dueños de periódicos, son quienes reciben favores más costosos —y comprometedores—. En 1991, después de una tenaz insistencia de los grupos más escrupulosos dentro del diversificado gremio de los periodistas mexicanos, se creó el salario mínimo para reporteros y fotógrafos de prensa que sigue siendo bajo, pero que al menos establece un piso básico a partir del cual pueden negociar mejores remuneraciones con las empresas editoriales.

¿Debe la prensa ser plural?

Hay más prensa, más periodistas menos mal pagados, con relevancia pública superior a la de hace dos décadas. ¿Y para qué? A estas alturas de su transición, ya es momento de que la prensa mexicana se pregunte no sólo si las formas de su relación con el poder son pertinentes. Además, no habrá plena apertura en la prensa si quienes la hacen, pero también quienes la reciben que son sus lectores actuales y potenciales, no se afanan en un ejercicio crítico del periodismo que tenemos.

No es sencillo. Entre otros velos, la prensa mexicana tiene delante suyo la costumbre de pretender que representa a toda la sociedad, sin distinciones. Esa tradición viene en parte del periodismo anglosajón pero aquí ha sido coartada para, en infinidad de casos, disimular oficialismos o beligerancias de ocasión, al vaivén de los intereses mercantiles de cada empresa editorial. José Carreño Carlón explicaba esa suerte de síndrome de la imparcialidad fingida, en Nexos de hace 19 años:

Para no quedarse atrás de la concepción vigente del partido de clases, en 1978 se consolidó la tendencia editorial ecuménica de algunos de los principales diarios. La pluralidad impresa entendida como catálogo de ofertas ideológicas. La casa no pierde porque no juega. Periódicos que se leen de izquierda a derecha o al revés. No aspiran a la participación comprometida en una sociedad plural, sino a representarla toda, a su manera. En su seno caben las más contradictorias tendencias, la representación formal de los diversos partidos y las individualidades más disímbolas. Si en el aspecto informativo se satura al lector con una cantidad abrumadora de noticias en las que lo trivial tiene la misma jerarquía que lo importante, el comentario editorial firmado corre la misma suerte. El no firmado, el que “compromete” al periódico se limita generalmente a palabrería abstracta a veces moralizante sobre lo bueno y lo malo, en tomo a las noticias del día. Noticia y opinión resultan elementos complementarios de esparcimiento. Análisis y diatriba visceral, examen doctrinario y extravagancia ultramontana, se confunden en la tarea común de reproducir la confusión y el diversionismo. No obstante ello, puede verse en el experimento pluralista un ángulo positivo, particularmente en lo que atañe al pensamiento crítico y revolucionario, que en el riesgo de la degradación y a falta de instrumentos y clientelas propias, encuentra también la posibilidad del contraste a su favor. Además sus exponentes, al aprovechar las necesidades de mercadotecnia de los medios, logran compartir tribunas a las que de otra manera no tendrían acceso.15

En lo fundamental y salvo, acaso, dos o tres apuestas específicas, la prensa mexicana sigue siendo tan equívoca en sus posiciones editoriales y tan evasiva en sus búsquedas informativas como hace dos décadas. Los editoriales de la casa —el espacio en donde el periódico ofrece su propia posición ante los acontecimientos— no han dejado de ser (y nos afanamos por buscar una excepción) monótonos y previsibles: transitaron, igual que muchas primeras planas, del gobiernismo ordinario a la grandilocuencia inocua o el denuncismo estrepitoso y, en todo caso, siguen siendo farragosos inventarios de lugares comunes.

La oferta de lectura con la que buscan singularizarse los diarios más relevantes no suelen ser las noticias sino los comentarios a cargo de columnistas o articulistas, algunos de los cuales han logrado una reconocible especialización. Pero el hecho de que de ellos sean los grandes nombres en la prensa, indica que nuestro periodismo todavía no es de acontecimientos ni de búsqueda informativa: su emancipación respecto del poder ha estado en los planos de la crítica y la imputación, pero aún no en la investigación.

Poca investigación, muchos rumores

En los años setenta, las figuras principales de la prensa eran columnistas —Manuel Buendía, antes y mejor que ningún otro— que se distinguían por su sagacidad, ubicuidad e incluso arrojo, para averiguar y publicar asuntos distintos del aburrimiento que pululaba por el resto de los diarios. Veinte años después, el reportaje de investigación no es aún la pieza central de la prensa mexicana. Más aún. el papel del reportero sigue siendo, en muchas ocasiones, secundario. En palabras del director de un diario:

Sin generalizar, por supuesto, en nuestras publicaciones el papel primordial lo ostenta el columnista… Siempre es más fácil llenar cuartillas con verdades a medias, con datos sin investigar, con informaciones sin fuente y poder injuriar o deshonrar amparado en una libertad de comunicar que se tiene y que se debe tener en todo país, aunque no degradar… [Pero] el verdadero hombre de un periódico es el reportero. Hay que darles la oportunidad de escribir una nota con tiempo, con paciencia, darles tiempo a investigar. Eso no es común, porque no es rentable. Conozco periódicos con gran éxito editorial en el DF. que cuentan con reporteros que cualquier director los quema en su redacción, pero les dan para escribir únicamente tres párrafos.”

Cuando en los diarios principales el reportero sea la figura central, el periodismo mexicano habrá dado un paso al cual se han resistido, fundamentalmente, los intereses de las empresas editoras. Las inercias que de allí resultan y la falta de un contexto de exigencia en la sociedad lectora, siguen propiciando chismes por encima de noticias y especulaciones mucho más que análisis, en las páginas de nuestros diarios. Cuando, en los años más recientes, la prensa mexicana ha tenido momentos de éxito, se ha debido fundamentalmente a la publicación de versiones sin fuente clara.

En junio de 1996, se declaró desierto el galardón en el género noticia del Premio Nacional de Periodismo. Entonces la reportera Lourdes Galaz, en representación del jurado, explicaba:

Durante los últimos meses, en todo el país no pocos medios y periodistas han llegado a difundir, como si fueran noticias, versiones cosechadas del rumor u obtenidas como resultado de filtraciones. En algunas de esas ocasiones la prensa ha corrido el riesgo de convertirse en vocero de intereses que no han sido del todo claros, desfigurando así una de sus funciones cardinales que es la de dar voz a la sociedad… No negamos que en el transcurso del año no hayan ocurrido hechos relevantes para la sociedad y el país. Los hemos tenido y a menudo de gran trascendencia y dramatismo… Lo que no hemos encontrado, es un acontecimiento donde la cobertura del medio informativo y por supuesto del reportero. haya tenido méritos en términos de exclusividad, oportunidad, búsqueda, hallazgo, impacto y trascendencia suficientes para hacerse acreedor al premio.17

Deslices de ética

Etica y profesionalismo, información sustentada en la investigación, análisis que entonces pueda apoyarse en hechos y no en suposiciones: he allí algunas de las exigencias del periodismo mexicano dos décadas después de que inició una transición que todavía no acaba. Volvemos al entrañable don Francisco Martínez de la Vega, ahora en palabras a fines de 1980, cuando recibió un homenaje multitudinario al cumplir medio siglo como periodista:

Sé muy bien que nuestro gremio ha sido atacado, a veces por nuestras propias deficiencias o deslices de ética. En otras injustamente, pues se olvidan ciertas realidades evidentes. Cuando hay un periodista sobornado hay un sobornador. Y sería absurdo exigir que en una sociedad presidida por la corrupción, como cáncer generalizado, pudiera existir, en plenitud, un periodismo que mantenga la pureza, la capacidad y el civismo desinteresado de Francisco Zarco. Por eso son más notorias y relevantes las tareas de los compañeros que unen a su capacidad profesional el respeto a los lectores, lo que viene a ser, en síntesis, respeto a su misión y a sí mismos.18

Respeto a los lectores: así de simple. Así de urgente.                        n

20 años de prensa: Cronología mínima

1976

8 de julio: Julio Scherer y varias docenas de periodistas, colaboradores y funcionarios, salen de Excélsior.

6 de noviembre: Aparece el semanario Proceso.

1977

10 de mayo: 26 colaboradores de El Sol de México renuncian a las páginas editoriales de ese diario, en inconformidad por la censura que padecen desde que fue destituido como director —dos meses antes— Benjamín Wong Castañeda. 14de noviembre: Aparece unomásuno, dirigido por Manuel Becerra Acosta.

1981

15de octubre: Aparece El Financiero, dirigido por Rogelio Cárdenas.

1982

8 de noviembre: Comienza a publicarse el semanario Punto, de Benjamín Wong.

1983

28 de noviembre: Tres subdirectores y otros funcionarios del diario renuncian a unomásuno; más tarde, medio centenar de colaboradores hace lo mismo.

1984

30 de mayo: Es asesinado el periodista Manuel Buendía.

19de septiembre: Aparece La Jornada, dirigida por Carlos Payán Velver.

1985

18 de febrero: Muere don Francisco Martínez de la Vega. 1 de octubre: Benjamín Wong y José Carreño Carlón son destituidos como subdirector general y subdirector de El Universal. 35 escritores que ellos habían invitado a colaborar, renuncian a ese diario.

1988

5 de diciembre: Aparece El Economista, dirigido por Luis Enrique Mercado.

5 de diciembre: José Carreño Carlón es designado director de El Nacional.

1989

3 de marzo: Luis Gutiérrez Rodríguez asume la dirección de unomásuno.

7 de junio: Carlos Salinas de Gortari propone a los editores de diarios la desaparición de Pipsa y la creación de un mecanismo para medir audiencias y circulación de los medios. Ninguna de esas propuestas es admitida. 20de diciembre: Muere José Pagés Llergo, director de Siempre!

1991

10 de junio: Aparece la revista Epoca, de Abraham Zabludovsky.

8 de noviembre: Aparece Siglo 21, en Guadalajara. dirigido por Jorge Zepeda Patterson.

3 de diciembre: La Comisión Nacional de los Salarios Mínimos establece el salario mínimo para reporteros y fotógrafos de prensa, equivalente al triple de un salario mínimo general.

1992

22 de diciembre: El gobierno federal establece lincamientos para el gasto en publicidad, que sin embargo serán aplicados de forma discrecional.

1993

18 febrero: La Presidencia de la República anuncia que cada medio informativo deberá pagar los gastos de sus enviados a las giras del Presidente.

7 de junio: La Presidencia de la República deja de patrocinar el banquete con motivo del Día de la Libertad de Prensa,

que se celebra desde 1951. En su lugar, se realizan un desayuno en Los Pinos y luego una comida de los editores de periódicos. 31 de julio: El empresario Carlos Abedrop compra el 51 % de las acciones de La Prensa. El Grupo Santillana, propiedad del grupo español Prisa, adquiere el otro 49%. 20 de noviembre: Aparece Reforma, dirigido por Alejandro Junco.

28 de noviembre: unomásuno anuncia su asociación con un grupo de empresarios encabezados por Jacobo Zaidenweber. Esa alianza financiera terminará quince meses después.

1994

16de junio: El diario español El País comienza a publicarse en México.

1995

1°. de septiembre: Aparece México City Times, diario en inglés dirigido por Fernando González Parra.

1996

31 de mayo: Organización Editorial Mexicana, del empresario Mario Vázquez Raña, adquiere el periódico La Prensa.

17de junio: Aparece La Crónica de Hoy, dirigida por Pablo Hiriart.

12 de septiembre: Medio centenar de agentes policiacos intentan detener al director y propietario de El Universal. Juan Francisco Ealy Ortiz, acusado de evasión fiscal. 3 de noviembre: Julio Scherer. Vicente Leñero y Enrique Maza se retiran de la conducción de Proceso, en el 20 aniversario de esa revista.

1997

8 de septiembre: En Guadalajara aparece el diario Público, dirigido por Jorge Zepeda a la cabeza de un grupo de periodistas y colaboradores que renunciaron a Siglo 21.

Raúl Trejo Delarbre. Periodista. Director del Semanario ele Política y Cultura Etcétera. Entre sus libros. La sociedad ausente y Volver a los medios.

1 Gastón García Cantú: “Memoria Personal. Cofradía de Hipócritas”, en Excélsior. 22 de abril de 1994.

2 Raúl Trejo Delarbre: “Democracia por escrito. La prensa mexicana entre 1970 y 1994. Un vistazo inevitablemente parcial”, en Aurora Cano Andaluz, coordinadora: Las publicaciones periódicas y la historia de México, Hemeroteca Nacional, UNAM, 1995, p. 193.

3 José Carreño Carlón: “Hechos, contrahechos y derechos informativos. La prensa mexicana en 1978”, en Nexos 13, enero de 1979.

4 Estos datos resultan de sumar las publicaciones inventariadas en las

ediciones 4-77 de noviembre de 1977 a enero de 1978, y 3-97 de agosto de 1997, de Medios impresos, publicado por Medios Publicitarios Mexicanos.

5 Las cifras completas de periódicos mexicanos es mucho mayor, porque en estos datos sólo se contabilizan aquellos que se anuncian o que son incluidos por los editores del mencionado directorio. Esa limitación debe advertirse en las cifras de la tabla adjunta, que son solamente indicativos de tendencias en la prensa de cada entidad.

6 Datos a partir de la edición 3-97 de Medios impresos.

7 Jon Van den Heuvel y Everette E. Dennis: Changing Patterns. Latin America’s Vital Media. The Freedom Forum Media Studies Center, Columbia University. Nueva York. 1995. p. 22.

8 Nexos 79, julio de 1984.

9 “Palabras pronunciadas por Francisco Martínez de la Vega el 7 de junio de 1982 en Los Pinos”, en Leopoldo Borrás: Historia del periodismo mexicano. Del ocaso porfirista al derecho a la información. Dirección General de Información de la UNAM, México, 1983, pp. 174-175.

10 Lucy Conger: “From Intimidation to Assassination: Silencing the Press”, en William A. Orme. Jr., editor: A Culture of Collusion: An Inside Look at the Mexican Press. North-South Press Center. University of Miami, 1997, p. 100.

11 Teresa Gurza. entonces reportera de La Jornada, entrevistada por Leticia Singer en Mordaza de papel. El Caballito. México. 1993. p. 61.

12 Van den Heuvel y Dennis: op. cit.. p. 23

13 Ricardo Alemán Alemán: “Itinerario Político. Con el PRI. corrupción y comunicación social manipulada”, en El Universal, 25 de septiembre de 1997. Ese columnista se refería a “ayudas económicas” y otros apoyos financieros y materiales que, según asegura, se entregaban en la Asamblea de Representantes del Distrito Federal.

14 Miguel Reyes Razo, entonces reportero de Excélsior, entrevistado por

Leticia Singer en Mordaza de papel, op. cit., p. 198.

15 José Carreño Carlón: “Hechos, contrahechos y derechos”, op. cit.

16 Pablo Hiriart, director de La Crónica de Hoy, entrevistado por Santiago F. Fuertes. “Cierta prensa ha proliferado sin la necesidad de ser leída”, en El País, México. 24 de junio de 1996.

17 Lourdes Galaz Rodríguez, palabras en la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Periodismo y de Información 1996 en la residencia oficial de Los Pinos, 7 de junio de 1996. mimeo.

18 Francisco Martínez de la Vega, palabras en el homenaje que se le ofreció el 4 de diciembre de 1980 en el Hotel del Prado, en Siempre!,18 de diciembre de 1980.