A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mal de amores.

Eran las diez de la mañana de una mañana como tantas otras en que las patrullas de la Policía Judicial obstruían las entradas a los negocios y las casas de la calle Nezahualcóyotl en la colonia Obrera. José Guadalupe Ramírez Flores, encargado de una tienda frente a la cual estaba estorbando una patrulla, la pateó en la puerta izquierda y se fue a trabajar aligerado de la furia diaria que significa para el barrio soportar la presencia de sus vecinos de Arcos de Belén. Cinco minutos después entraron a la tienda cuatro agentes judiciales, y tras jalonear a Ramírez Flores lo tiraron al piso y lo golpearon en todo el cuerpo con los puños, con las rodillas y a puntapiés. No conformes con vengar de tal modo los dolores que debió sufrir la puerta de su infeliz patrulla, los agentes lo subieron en ella y mientras uno lo sujetaba del cuello y lo golpeaba, lo llevaron al edificio de Arcos de Belén número 23 en donde, ayudados por ocho individuos más, lo golpearon en la cabeza, en el tórax y en las espinillas. Uno de ellos le colocó una bolsa de plástico en la cabeza para asfixiarlo. Entre todos lo obligaron a permanecer hincado durante tres horas y después lo bajaron a un estacionamiento donde lo hicieron sostener unos objetos y le tomaron unas fotografías. Acto seguido los mismos policías lo llevaron a la 55 Agencia Investigadora y ahí declararon que el hombre se había robado una chamarra, unas esposas, un cargador y una funda. 

Ese mismo día un familiar de Ramírez Flores se presentó en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y puso una queja. Personal de la Comisión fue entonces a la 55 Agencia Investigadora donde el hombre que se atrevió a patear la insolencia de una patrulla estacionada a media calle, estaba detenido, acusado de robo. Un médico legista de la Comisión examinó ese mismo día a Ramírez Flores y certificó más de cincuenta lesiones. 

¿Qué sucedió después? El general Luis Roberto Gutiérrez, director de la Policía Judicial, informó a la Comisión que Ramírez había sido encontrado en flagrante robo, que en todo momento se respetaron sus garantías y que nadie le infirió lesiones o molestias. Agregó que por lo que hacía a la solicitud de la Comisión de que se dieran los nombres de los agentes que estaban en guardia ese 6 de septiembre de 1996, él consideraba oportuno no remitir dicha información pues de hacerlo de manera discrecional se atentaría contra los derechos humanos de los agentes y se conculcarían sus garantías individuales. 

Uno no quisiera creerlo, pero eso mandó decir el general. Ahora sí muy cuidadoso de los derechos que sus agentes no tienen, porque no es su derecho golpear y menos aún hacerlo y esconderse tras las piernas de sus superiores. Como se sabe es deber de toda institución gubernamental proporcionar cuanta información y datos le sean solicitados por las comisiones encargadas de la vigilancia y defensa de los derechos humanos.

Ha pasado un año desde entonces, en ese tiempo Ramírez Flores pudo reconocer a sus torturadores en las fichas por computadora que la propia Contraloría Interna de la PGJDF ha puesto a disposición del público. Los nombres de los tres principales golpeadores se saben, han sido denunciados y aunque aún no han sido castigados, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal ha enviado recientemente una recomendación muy cuidadosa y pormenorizada a la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal para que se haga justicia. Hay que esperar que ésta sea atendida. Pero el hecho de que tal recomendación exista y de que alguien que ha sido torturado por la policía pueda tener defensa amplia y justa, por poco que nos parezca ya es una ganancia que debemos valorar. Hace apenas cuatro años algo así de lógico y pertinente no era posible. 

Este septiembre cumple cuatro años de existencia la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. He tenido el privilegio y la honra de acompañar esos cuatro años como miembro de su Consejo Consultivo. Pocas experiencias tan gratas y al mismo tiempo tan aleccionadoras. Presidida por Luis de la Barreda, un hombre valeroso capaz de la prudencia, un hombre inteligente capaz de la generosidad, la Comisión agrupa los más distintos tipos humanos y los hace convivir no sólo con tolerancia sino con solidaridad. Los he visto unirse y trabajar en los casos más disímbolos, lo mismo en situaciones adversas que en días que ellos llaman normales, con una vocación de servicio y una destreza para entenderse y entender a otros que no se ven con frecuencia. Sé que reciben un salario por hacer un trabajo y hacen dos veces su trabajo. No los conozco negándose a un esfuerzo ni diciendo que algo no les concierne. 

Se sabe que las comisiones de derechos humanos están para defender a los ciudanos de cualquier acto arbitrario que contra ellos cometa la autoridad, pero yo he visto a quienes trabajan en la Comisión del Distrito Federal desvivirse por ayudar a cientos de personas que llegan hasta su sede en busca de consejo y solidaridad con asuntos que legalmente no le atañen. Ellos saben encauzar las necesidades y los temores ajenos, saben acompañar y ser valientes cuando la causa les concierne legalmente. 

Estamos habituados a mirar los logros con indiferencia y las catástrofes con escándalo. Contamos nuestras desgracias con más avaricia que nuestras bendiciones y cada día los periódicos y los noticiarios intentan con éxito convencernos de que vivimos en el peor de los mundos. Por eso no se considera la gran noticia que las comisiones de derechos humanos cumplan años de existir. Sin embargo es una gran noticia. Se nos olvida, pero hace muy poco tiempo uno no tenía con quién quejarse de los actos de mal gobierno. Y aunque siga habiendo autoridades arbitrarias, ruines al grado de permitirse la tortura, lo cierto es que las comisiones acotan a diario el despotismo y la impunidad de quienes consideran que ser autoridad les confiere el derecho a golpear, maltratar o maldecir a los gobernados, las comisiones evalúan y apoyan el comportamiento de quienes saben y quieren ejercer la autoridad con honradez y prudencia. 

A lo largo de los pasados cuatro años quienes formamos el Consejo Consultivo de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal hemos aprendido que se pueden cambiar las instituciones y moderar sus vicios haciendo uso diario, consistente y tenaz de la ley. Yo debo decir que cada mes, al escuchar el informe de trabajos y empeños de la Comisión vuelvo a sorprenderme y me alegro de que exista. 

Muchas cosas han cambiado en los modos de hacer justicia en nuestra ciudad desde que aparecieron las comisiones de derechos humanos. Tendemos a notarlo poco, pero empezando por el hecho de que se acepte su existencia, de que se aprenda a convivir y, si no a respetar, al menos a temer el juicio y la condena de las comisiones, y siguiendo por la diaria comprobación de que muchas autoridades escuchan y valoran lo que las comisiones tienen que decir, los modos ya no son los mismos. Los casos de tortura se han reducido y si hay quien la denuncie ya no es posible que ésta quede impune. Decirlo lastima todavía, porque la tortura tiene que desaparecer, no es suficiente con reducir los casos. Pero consuela saber que decenas de funcionarios, más aptos para la corrupción que para el servicio, han perdido su trabajo o han ido a la cárcel por actuar mal, que los jueces y los ministerios públicos se saben observados y, para bien de todos, se reconoce a quienes hacen su trabajo con dignidad y entereza y a quienes no lo hacen así. Por supuesto que no se han arreglado todas las cosas, estamos lejos de que así sea, pero es bueno saber que hay instituciones trabajando a diario y bien para que la ley rija el comportamiento de quienes ejercen la autoridad. Llevo cuatro años de ver resueltos los casos más insólitos, llevo cuatro años de escuchar cómo se encauzan y defienden asuntos que antes simplemente no tenían remedio. Hay que esperar que nuestra sociedad y quienes la gobiernen sigan teniendo el valor y la constancia necesarios para apoyar y respetar el trabajo de las comisiones. He dicho que me honra pertenecer al Consejo de la Comisión de Derechos Humanos de Distrito Federal, quiero decir también que me regocija acompañar el esfuerzo que quienes la integran saben hacer con audacia y generosidad.