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Cinna Lomnitz. Geofísico.

Investigador de la UNAM.

El pasado 16 de julio el presidente de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la H. Cámara de Diputados, el diputado Manuel Fuentes Alcocer (PAN), presentó públicamente a tres expertos, dos de ellos del Tecnológico de Jarkov (Ucrania), con el objeto de buscar soluciones a la problemática ambiental del Distrito Federal. Los expertos propusieron soluciones técnicas un tanto exóticas para acabar con el esmog y los temblores en nuestra capital. 

Según uno de ellos, mediante una inversión de dos mil dólares se podrá instalar unos equipos capaces de predecir los temblores «si los cálculos técnicos no fallan» —con dos o tres días de anticipación—. Además, se podrán extraer los gases tóxicos del aire defeño mediante «túneles de absorción», siempre que logremos vencer nuestro natural escepticismo ante tan portentoso invento. 

El distinguido antecesor del diputado Fuentes en el Senado, el lamentado ingeniero Heberto Castillo, tenía ideas igual de ingeniosas e incluso más sensatas para resolver los problemas que aquejan nuestra capital. Cuando falleció recientemente, no se recordó este simpático aspecto de su obra, y estuvo mal. El ingeniero Castillo, ante la indiferencia general, proponía instalar unos grandes ventiladores en túneles excavados en los cerros que circundan al Valle de México, con el objeto de extraer el aire viciado del DF y expulsarlo en dirección a Querétaro y Cuernavaca. Luego ya se vería qué hacer con el esmog capitalino que afectaría esas ciudades. En cuanto a predecir los sismos, nunca se quiso aventar el ingeniero, lo que era prueba de su sensatez pues nunca faltaron ni en México ni en otras comarcas propuestas ingeniosas e inoperantes como la de los simpáticos visitantes de Jarkov, ciudad apacible y provinciana que para fortuna de sus habitantes no conoce el esmog ni los temblores. 

En un reciente libro, Fundamentals of Earthquake Prediction (John Wiley, 1994), me he permitido reseñar algunos ejemplos de sistemas de pronóstico sísmico fallido. A partir de 1966, cuando el gobierno maoísta de China emprendió su campaña en pos de la predicción de los sismos, ha habido numerosos fracasos, a cual más pintorescos. Los principales países que han participado en esta aventura han sido China, Japón, Estados Unidos y la ex-Unión Soviética. Si Ucrania ahora desea sumarse a la lista, en momentos en que los demás se retiran o aminoran su apoyo oficial a esos programas por razones que no viene al caso analizar, debería hacer las pruebas correspondientes en su propio país y no a costa del nuestro. 

El hecho de que a México pueda interesarle la predicción de los sismos, desde un punto de vista de investigación científica, no debe cegarnos a la gran dificultad de la empresa ni a la diferencia que pueda existir entre ciencia y pseudociencia o diletantismo. La credulidad humana no tiene límites y hasta los políticos, cuyo oficio debería inducirlos a ser escépticos, suelen caer con facilidad en tales embustes. ¿Por qué no consultar primero con algún científico acreditado y responsable? Los tenemos en abundancia —tantos, diría yo, que hasta podríamos exportar a más de cuatro a Ucrania. 

El que quiere, no sabe… 

y el que sabe, no puede

Wolfgang Mozart, un joven compositor austriaco, tuvo la fortuna de encontrar un colaborador ideal en Lorenzo da Ponte, un veneciano de 38 años. Juntos escribieron Le nozze di Figaro (Las bodas de Fígaro), ópera estrenada en 1786 y que representa indiscutiblemente una de las cumbres del ingenio humano. Esta obra arrasa con cuanto se había hecho hasta ese momento en materia musical. La mancuerna de Mozart con el libretista Da Ponte produjo además el imponente y sombrío Don Giovanni (Don Juan), monumento postrero al barroco, y la deleitosa comedia Cosí fan tutte (Así lo hacen todas). 

El tema de Le nozze di Figaro era atrevido para la época. Se trata de una adaptación escénica y musical de una conocida obra de Beaumarchais. Una pareja de criados de Sevilla, el barbero Fígaro y la mucama Susana, logran desbaratar los designios de su patrón, el Conde de Almaviva, quien se siente con derecho de poseer a Susana en su noche de bodas con Fígaro. Por lo visto, la costumbre de la pernada se continuaba practicando inoficialmente en la nobleza, y la actitud de los jóvenes enamorados prefiguraba la Revolución Francesa al sentirse plenamente justificados para burlar las intenciones de su amo —aunque fuera con las solas armas de su ingenio. 

Podemos describir Le nozze di Figaro como una indagación irónica y picaresca sobre la idea del amor en la cultura occidental. Por una parte está la sólida relación amorosa de Fígaro y Susana, una de las parejas más entrañables de la literatura mundial precisamente porque el binomio Mozart-da Ponte no hace ningún intento de disimular sus debilidades humanas: celos, coquetería. En cambio, se empeñan en destacar la calidad humana que ejemplifican los seres normales, frente a la del paje Cherubino, un adolescente ingenuo y chapado a la antigua que está lleno de ideas ridículas y románticas acerca del amor. 

Voi che sapete Cosa é l’amor …

implora cómicamente Cherubino a sus amigos: «Vosotros que sabéis qué cosa es el amor, decidme: ¿no estaré yo enamorado?». Y acto seguido se pone a recitar los consabidos y desabridos síntomas del amor cortesano: insomnio, bochornos, pérdida del apetito… La burla es sangrienta, puesto que el papel de Cherubino (soprano) era desempeñado por un castrato en esa época. Actualmente se le asigna una voz femenina en el reparto. Así, el espectador se daba cuenta de que tal personaje jamás podría llegar a saber lo que es el amor, en el sentido que lo estaba experimentando un hombre normal como Fígaro, por encontrarse físicamente incapacitado para ello. Es uno de los toques burlescos y sexualmente equívocos de una ópera llena de personajes travesti. 

Han pasado doscientos años y la comedia se repite, esta vez en México y en el dominio de la ciencia. Los científicos, al igual que Fígaro, somos los barberos de nuestro amo, llámese Conacyt, SNI o algún instituto cuyo director fue científico alguna vez o pretende serlo. Cortejamos a una Susana que es nuestra vocación científica, cuyas incomparables cualidades excitan la concupiscencia momentánea de nuestro amo. El derecho de pernada lo estamos pagando cada día, bajo la forma de mil requisitos y gabelas. No me refiero al consabido 40% de los derechos de importación al equipo científico, que se acaba de imponer nuevamente en la UNAM, después de que nos fiaban dicha cantidad con la idea de animarnos a dedicar nuestras energías a la investigación; luego se hallaba siempre el modo de cobrarnos el derecho de pernada. Hoy esto ya no es suficiente, y nuestros amos prefieren cobrarse su tajada por anticipado. 

Además se nos exige la pleitesía periódica de los informes. La recolección sistemática de constancias para los pilones académicos, y ese besamanos ritual que es el acatamiento a los requisitos del SNI, del PRIDE y de cuantas humillaciones se hayan inventado para evaluarnos. Estos sistemas son inoperantes, ya que no saben distinguir entre un Fígaro con vigor intelectual y un Cherubino impotente; pero controlan nuestros ingresos más celosamente que la Corte imperial vienesa lo hacía con los 800 florines de Mozart. 

A mi modo de ver, poco importa que se cuelen algunos de los que quieren y no pueden; al fin, el mundo académico es una constelación de universos diferentes y cada cabeza es un mundo. Como su nombre lo indica, todo cabe en una universidad. El peligro es otro. Con tantas restricciones y cortapisas, algunos talentos auténticos pueden desanimarse y perder de vista a la Susana de sus ensueños, su primordial vocación científica. Sólo les quedan dos caminos: el de Fígaro, imponerse por la astucia —camino singularmente arduo y difícil—. El sistema no es imbatible pero los Condes de Almaviva se están volviendo más aviesos. El ingenio suele triunfar sobre la fuerza bruta pero es más difícil que resista los embates de una burocracia gris e insidiosa que se cuela por todos los resquicios del alma. El otro camino es hacerse el Cherubino y optar por un cargo administrativo con todo lo que ello conlleva en nuestro sistema académico: fama, dinero, secretarios particulares, secretarias privadas, coches oficiales, honores y viajes a todas partes del mundo: 

Cherubino, alla victoria!

Clavadistas en alberca seca

Está que arde la discusión acerca de si la ciencia forma parte de la cultura, o que si existen las «dos culturas» (la científica y la humanística) de que hablaba C. P. Snow. Los dos bandos son cada vez más irreconciliables. Hace unos meses hubo un escándalo en la comunidad científica de Estados Unidos, que se conoce como «el caso Sokal». Un investigador envió un manuscrito a una conocida revista sociológica de tendencia de izquierda. El artículo resultó ser una broma escrita en un galimatías impenetrable lleno de jerga sociológica de moda; sin embargo fue publicado, porque los editores consideraron un deber propiciar la «libre expresión de las ideas».

Muchos colegas se indignaron con el bromista, alegando que había actuado de mala fe infringiendo las reglas de la convivencia académica. Otros lo defendieron, afirmando que estaba en su derecho al desenmascarar las imposturas intelectuales de quienes se hacían pasar por «científicos» sociales. Los más conciliadores resultaron a la postre quienes quedaron peor. 

Entre los científicos fisico-matemáticos suele aceptarse que existe una dicotomía total entre ciencia (digamos, la física) y cultura (por ejemplo, la psicología). Podría pensarse que todo es cuestión de definiciones y que los físicos no saben lo que es la cultura. Pero la cosa va más allá. En un reciente intercambio de notas, dos físicos se pelean por lo que uno de ellos supuestamente dijo o no dijo. La frase en discusión es la siguiente: 

El producto de nuestra labor es una visión del mundo que logró poner fin a la quema de las brujas… o por lo menos, a la creencia de que vivimos en un mundo donde cada arroyo tiene su ninfa y cada árbol su duende tutelar (Steven Weinberg, premio Nobel de Física, Universidad de Texas en Austin.) 

Samuel Schweber sugirió, en un artículo publicado en Physics Today (marzo de este año) que esta frase reconoce que existe una interacción entre ciencia y cultura, de modo que no es posible que la dicotomía entre ambas sea tan estricta como el propio Weinberg ha pretendido. Este afirma que se le malinterpretó. En realidad, dice, la investigación científica «posee nulas implicaciones para la cultura, la política o la filosofía» con una excepción importante: 

El profundo efecto cultural del descubrimiento que se remonta a Newton, de que la naturaleza está estrictamente regida por leyes matemáticas impersonales (respuesta de Steven Weinberg en Physics Today de junio de 1997). 

Bueno, una dicotomía ya no es estricta cuando tiene importantes excepciones, ¿o no? Esta nueva intervención de Weinberg no hará sino agregar leña a la hoguera. Lo importante es saber a qué brujas se pretende quemar…