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Ryszard Kapuscinski. Escritor, periodista. Entre sus libros, El emperador y el sha.

Luego de El Imperio, su larga crónica de los pueblos que formaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el escritor y viajero polaco nos entrega esta breve viñeta sobre la aventura de viajar en tren en Bielorrusia.

Viajé en tren de Pinsk a Brest en la mañana. El tren recorrió los 180 kilómetros en tres horas y media: alrededor de 50 kilómetros por hora. La víspera de mi partida incluso me había alegrado de que el viaje fuera a durar tanto porque quería ver de nuevo la frontera, mi Polesia, lo cual, por desgracia, no fue posible: los cristales estaban tan tapados de lodo e inmundicia que no podía verse nada. Lo que estaba adherido a los cristales era una suciedad ancestral, hacía costra, distintas capas superpuestas como puede observarse en los cortes geológicos, casi podría decirse: suciedad eterna. Tampoco podían abrirse las ventanas, pues siempre están bien cerradas, para siempre. Debido a la capa de inmundicia en las ventanas, en el compartimento imperaba una luz mortecina, un oscurecimiento, aunque afuera brillaba el sol.

Tampoco se podía bajar del tren cuando paraba en una estación, donde sólo podían hacerlo aquellos que bajaban definitivamente, los que ahí terminaban su viaje. Quien seguía su camino, debía quedarse en su lugar. El sistema funcionaba de forma que la puerta del vagón sólo podía abrirse por un lado, el cual era vigilado por una revisora (hay tantas revisoras como vagones: 20 vagones-20 revisoras). La mayoría son jóvenes con una conciencia de poder fuertemente marcada. Saben que todo depende de ellas: cuando quieren, dejan subir a alguien, cuando no, debe quedarse afuera. Gritan a su alrededor, ladran órdenes, amenazan. Los pasajeros son obedientes y además incluso están contentos —felices ya sólo de poder viajar.

Sin embargo, poder dejar el tren sólo un momento, un minuto, parece una salvación, un alivio. En el vagón impera un tufo sofocante. Su consistencia asfixiante es difícil de describir. Olía a calcetines, camisas, vestidos y delantales, pies y axilas, era el olor de las bolsas de hule proveniente del piso y de las paredes, un vago hedor algo ácido, agridulce, omnipresente, adherente a todo, penetrante, paralizador. Imposible saber cómo respirar. Si uno apenas toma aire acaba por asfixiarse, pero también se asfixia cuando respira profundamente, sólo que la asfixia a causa de la falta de respiración es pulcra, de la que uno es responsable, ecológica-mente inofensiva, mientras que la de la respiración profunda va acompañada de un hedor pegajoso, sofocante, como si alguien le incrustara a uno el puño en la garganta.

En el trayecto entre las estaciones, mientras el tren corre a través de la vasta planicie de Bielorrusia, las revisoras se dedican a maquillarse. Cada una tiene su propio compartimento y en cada compartimento hay un espejo. Cuando llegamos a Brest, todas están finamente acicaladas, como si fuera a empezar un desfile de modas en la estación.

En la sala de taquillas de Brest, una masa compacta se apretuja contra las ventanillas. Se apretuja, pero calla. Cuando uno empieza a gritar sin estar autorizado para ello (un viajero normal, sin embargo, no está autorizado para nada en absoluto), aparecen milicianos y lo sacan de la cola. De forma que los empujones avanzan en silencio, a lo sumo se oye a aquellos que gimen y jadean, a los que no han conseguido un boleto.

Yo también me preparo para los empujones. Después de mucho preguntar, he descubierto la taquilla para los boletos internacionales. Ahí se apretujan aquellos que gozan de un permiso para viajar a Occidente. También empujan, por supuesto, pero esta masa de gente es de algún modo mejor. Son los nuevos bielorrusos, del mismo rango que los nuevos rusos. Aquí se ven trajes de moda, se siente la fragancia de los perfumes franceses. Incluso los empujones son de modales aparentemente finos, pues, por un lado, saben que sin empujar no conseguirán boleto; por otro lado, también entienden que ese comportamiento no es elegante, no es culto.

Aquí, en unos cuantos centímetros, en el vidrio divisorio de la taquilla, se desarrolla una emocionante confrontación, el choque continuo de dos civilizaciones. De un lado de la ventanilla, la fragancia del gran mundo —pasajeros distinguidos sueltan nombres: a Bruselas, París, Aquisgrán, Hamburgo, y sacan fajos de dólares, francos, marcos y florines—. Del otro lado, una mujer está sentada sola (sólo hay una taquillera para la masa de gente) y llena con un viejo bolígrafo muy activo las columnas interminables de los extensos boletos. Y luego empieza la lenta y precavida conversión de la moneda extanjera en rublos bielorrusos, la cual dura y dura y no tiene fin. No puede hacerse nada, nada para mejorar, nada puede agilizarse. Ambos mundos, divididos por la pequeña ventanilla, están frente a frente, dos culturas, dos formas de medir el tiempo.

En esta confrontación entre el mundo de Brest y el mundo de París y Bruselas triunfa siempre el mundo de Brest. Pues Brest no permite que se burlen de él o lo apresuren. Brest tiene su propio tiempo, y aquí todo debe transcurrir según él. Hay que agregar, además, que Brest se divierte con las arrogantes e ingenuas teorías de Occidente —que el dinero todo lo puede—. Incluso si le sostienes un fajo íntegro de dólares en la cara a la taquillera, no te venderá un boleto: «ya no hay lugar», dice y cierra de golpe la ventana.

Por suerte, tenía boleto de regreso, que sólo debía confirmarse. Entonces, empecé a buscar la oficina de aduanas, pues en Brest la inspección aduanal se hace en la estación y no en el tren. Cuando pregunto por la aduana, distintos hombres me dan diferente información, pero al final, desenredando la madeja, llego a mi destino. Un gran salón gélido. En medio, la oficina de aduanas: mesas con lámparas para revisar el equipaje —todo fuera de servicio porque no hay electricidad—. La estación de Brest fue construida en el estilo majestuoso de la arquitectura stalinista (la puerta de entrada a la Unión Soviética). Falso esplendor, boato, estuco dorado, mármol. Pero todo eso pertenece al pasado. El ornamento se cae, las puertas no cierran, las arañas están rotas, abolladas, deslustradas.

Al fondo de ese inmenso salón, un agente aduanal está sentado detrás de un escritorio y lee el periódico. Voy hacia allá para preguntar si pueden revisar mi equipaje. El aduanero sigue leyendo, no alza la vista, no responde. Junto a él hay otro agente aduanal, que tampoco se vuelve hacia mí, pero está sentado ahí, con la mirada perdida, inmóvil, irreal de alguna manera, petrificado, mirando perplejo hacia el frente. Me quedo de pie. La situación empieza a volverse incómoda, pues uno de los aduaneros sigue leyendo, aunque haya repetido mi pregunta, y el inerte sigue inmóvil mirando hacia el frente, los dos completamente autistas, presos en su mundo sordo, impenetrable. Por eso decido retirarme, pero no del todo, pues eso hubiera podido despertar sus sospechas —si ha entrado, por qué se ha ido de nuevo, seguramente cree que puede hacer regates de algún modo hasta llegar al tren, ¡así, sin más!—. Sabía que la cabeza de esos aduaneros trabaja de forma distinta a la mía, por eso, con trabajos, intento inferir el tortuoso sendero de su pensamiento receloso, ladino. Y como el fundamento de ese pensamiento es la suposición de que cada viajero guarda malas intenciones, delictuosas, me quedaba claro que veían en mí a alguien que quería llevarlos tras la luz, de qué manera quería hacerlo, oh, podría dar cien respuestas. Por eso me quedé de pie en medio del salón, a cierta distancia de los aduaneros, sin embargo, no me atrevía a salir, y el ambiente a mi alrededor se volvía cada vez más pesado, aunque afuera no pasara nada —un aduanero leía, el otro miraba inerte a lo lejos, todo estaba en completo silencio, no llegaba ningún ruido de la estación.

Sólo después de un tiempo apareció otro viajero y de inmediato me sentí mejor. Ahora, la proporción era de dos a dos: dos guardianes de la ley contra dos posibles infractores de la misma. El otro pasajero empezó a llenar una declaración de aduana. Seguí su ejemplo. Llegaron más pasajeros. Nos quedamos de pie esperando a ver qué pasaba. Luego de una hora aproximadamente, desaparecieron mis dos aduaneros y aparecieron otros dos. Se sentaron en el escritorio y empezó la inspección. Yo miraba fascinado, pues algo así ya no se puede ver hoy con frecuencia en el mundo. El hombre delante de mí en la cola iba a Berlín. El agente aduanal le pidió poner todo su dinero sobre la mesa y dividirlo en montoncitos: aquí los dólares, allá las liras, las pesetas, los marcos. Empezó a contar. Algo no andaba bien. Contó desde el principio. Algo no andaba bien otra vez. Le ordenó al pasajero que le enseñara su cartera. La cartera estaba desgastada y tenía muchas divisiones. Y eso precisamente despertó sus sospechas: ¿para qué tantas divisiones, separaciones. Comenzó una inspección de la cartera. En esta bolsita —nada—. ¿Y aquí? Tampoco nada. Hmm. Pero algo no está bien. ¡Contemos desde el principio! Dólares, liras, pesetas, marcos. Finalmente, regañado y advertido, el pasajero puede seguir su camino. El que sigue. Otra vez, algo no está bien. Contar de nuevo. Volver a contar, hurgar en el portamonedas. En realidad en todos hay algún error, anomalía, equivocación, inexactitud, contradicción, descuido, negligencia. A todos hay que hacerles preguntas, descubrir las contradicciones en sus respuestas, volver a preguntar, mover la cabeza con escepticismo.

Pero ése no es todavía el final. Interrogados, recontados, debidamente inspeccionados, aún debemos pasar el control del pasaporte. Para ello somos enviados a otra sala. Una nueva sala, una nueva espera. El poder necesita la distancia del tiempo para poder demostrar toda su autoridad. Mientras mayor sea el poder, más larga es la espera. Y además, la espera ablanda, como dicen los jueces de instrucción. Esperé un cuarto, quizá media hora. ¡Ya vienen! Los guardias fronterizos se meten en sus cobertores y examinan los pasaportes. Volver a preguntar, otra vez: y dónde, y qué, movimientos con la cabeza, no como señal de escepticismo ni de aprobación. Sin embargo, finalmente tenemos el sello en el pasaporte y podemos correr al tren, que espera en el andén desde hace mucho.

¿Podemos? ¡No podemos! Un soldado nos detiene y nos ordena que esperemos. Así no, que cada uno se pare y espere donde él quiere. No. Uno debe esperar en un grupo cerrado. Si uno quiere hacerse a un lado, es regañado: «¡Quédese en el grupo!». Debemos ayudar al soldado. Le ordenaron mantener a todos a la vista, contar una y otra vez. A la gente le urge subir al tren, estacionado a un lado. Empieza a farfullar, pero no. Esperar, permanecer en el grupo hasta que llegue la orden. Todos están aparentemente tranquilos, pero inquietos en el interior. Todos saben que el otro mundo está al alcance de la mano, pero que todo el viaje puede ser mandado de regreso al punto de partida. El sello no fue puesto en el lugar correcto, quizás hay que volver a contar el dinero. Por eso crece el nerviosismo de la gente, por la cual corre una tensión eléctrica, que le impone un temblor secreto.

Finalmente, el soldado retrocede —¡el camino está libre!—. La gente se precipita hacia el tren.

Pasamos por el puente, abajo de nosotros, el río lleva bancos de arena, un alto juncal. En el compartimento contiguo, un grupo de jóvenes rusos va a Praga a un festival de canto. Uno toca el acordeón, todos cantan. Cantan Jablotschko y Kalina, cantan Tschornuju notsch y Wissialby ja banduru, cantan Dnypr ty Dnipr schyrokij y Nie abudsch mjena. Finalmente uno empieza Artileristi Stalin dal prikaz. Estallan las risas, luego silencio en el compartimento.

Artileristi.

Traducción de la versión alemana de Martin Pollack: Javier García-Galiano