¿Qué expectativas tiene con respecto a Internet como nuevo instrumento de comunicación?

Considerando mi insuficiente competencia técnica, no estoy en condiciones de formular expectativas precisas. Espero, de todos modos, un enriquecimiento en la comunicación, especialmente la de tipo científico, por ejemplo en el campo médico. Pienso que, tal vez por un periodo más largo del que se pueda creer, habrá una gran disparidad entre el incremento de las comunicaciones —con los cambios de mentalidad y de actitudes que éste siempre entraña— y la contemporánea permanencia, por más tiempo del que se pueda imaginar, de sistemas tradicionales de comunicación y de las actitudes ligadas a éstos.

Tales anacronismos, o mejor, estas co-presencias de tiempos distintos son una característica de nuestra época: el futuro probable convive con lo arcaico, se modifica el adn y nos seguimos desollando por odios tribales y sentimientos de venganza que se remontan muchos siglos atrás. La diferencia entre quienes usan —o usarán en el inmediato futuro— el Internet y quienes no lo usan, hará más grande durante cierto periodo esta heterogeneidad.

Un temor consiste en que la red acentúe el proceso de homogeneización del mundo y sobre todo de la cultura, imponiéndole al mundo entero los mismos modelos, haciendo hablar a todo el mundo de las mismas cosas, de los mismos libros, como quien dice imponiendo el mismo orden del día. Sé muy poco del asunto como para arriesgarme con alguna predicción, pero anhelaría que la red pudiera hacer circular gustos e intereses bien extraños, cosas remotas y olvidadas, que pueda ponernos en contacto con personas que transmiten conocimientos ajenos a las discusiones sobre los temas de moda, que pueda llevar a descubrir, en un diálogo antes imposible con personas desconocidas o lejanas, otros patrimonios culturales, o libros olvidados, como esos que a veces se descubren detrás de los estantes de las viejas librerías. Quizás Internet podría desempeñar esta función pluralista, alternativa, anárquica; no sé si será posible o si más bien el prevalecimiento de la homogeneización va a ser algo fatal. En todo caso pienso que Internet modificará con rapidez muchos aspectos de la existencia, cuando sea integrado, positiva y armoniosamente, en la existencia de cada día, incluso en esos sectores aparentemente más apartados de los tiempos acelerados de la transformación: me encanta que mi viejo Caffè San Marco, imagen por excelencia de la vieja Europa, ofrezca ya desde hace algún tiempo un servicio de Internet a quienes lo frecuentan, en medio de personas que juegan al ajedrez, jóvenes que coquetean, viejos que se lamentan por los tiempos que corren y escritores que escriben a mano.

¿Usted lo utiliza para su trabajo? Si es así, ¿de qué manera? ¿Cuáles son los lugares que usted visita con mayor frecuencia y por qué?

No, desgraciadamente, por incapacidad no lo utilizo; escribo mis cosas a mano. Pero no por hacerme el interesante, y sin ninguna patética tentación de considerar más “natural” o más cercano a Dios un bolígrafo que el Internet. Las costumbres, los tics, también la independencia en relación con lo que sucede a nuestro alrededor, son cosas legítimas, siempre y cuando sean vividas como gustos personales espontáneos, ni mejores ni peores que otros modos de ser, que otros tipos de relación con la técnica. Siento no poder participar mucho, directamente, en la revolución telemática y en sus aventuras intelectuales, perceptivas y sensoriales, sin tener por esto ningún complejo de inferioridad, porque aceptar los propios límites y los propios gustos sin ninguna pose creo que es la manera de conservar una real y no ficticia curiosidad con respecto al mundo y a las novedades.

¿Qué juicio le merecen, en general, las nuevas tecnologías aplicadas al mundo de la cultura literaria: amplían su uso o lo seleccionan en un sentido elitista?

Pienso que las mismas determinan, y sobre todo determinarán, una ampliación y por lo tanto un enriquecimiento; la selección en sentido elitista —debida al hecho de que, al menos durante un tiempo, el enriquecimiento será accesible tan sólo a quienes sean capaces de manejar las nuevas tecnologías— no es distinta de la selección realizada, al menos inicialmente, por cualquier tecnología nueva (por ejemplo la capacidad de leer y escribir). Claro que la sofisticación y la potencia de Internet aumentan el tamaño de la desigualdad entre quienes tienen acceso a él y quienes se quedan fuera; por esto es necesario, como subraya Umberto Eco, intervenir en el fenómeno de manera que se pueda darle una función democrática. Pero, como pasa con las tecnologías del pasado, no se trata de rechazarlas, sino más bien, al decir del mismo Eco, de hacerlas accesibles y difundirlas.

Naturalmente, el crecimiento de la información no implica en absoluto, de manera automática, el crecimiento de la capacidad crítica y por tanto de la capacidad de utilizarla realmente; muchos insisten en que el exceso de información puede llevar a su neutralización, así como un bombardeo inclemente de mensajes puede producir un ruido indiferenciado, y así sucesivamente. Podría resultar peligrosa, sobre todo, la pérdida de la memoria histórica, pérdida que Negroponte celebra como un orgullo y cuya posibilidad Furio Colombo ha denunciado con gran precisión. La memoria histórica es conocimiento, es pietas, es búsqueda de significados y de su jerarquía, y su pérdida equivale a imbecilidad.

La literatura custodia la memoria, así custodia también ese mundo físico, sensual, concreto, corpóreo, que es la vida y que debe ser defendido contra cualquier abstracción. Estas son preocupaciones justificadas y, en general, frente a toda mutación tecnológica un jubiloso y arrogante entusiasmo como el de Negroponte es igual de estéril que la demonización regresiva. Todo individuo, toda realidad cultural y toda situación exigen un continuo, difícil equilibrio (nunca posible de definir a priori, de manera abstracta) entre lo que reciben y lo que realmente están en condiciones de recibir, entre los estímulos y las posibilidades de asimilarlos. Sin este equilibrio podríamos ser embestidos y trastornados por los estímulos, que terminarían por anularse recíprocamente.

El incremento de las comunicaciones contiene un potencial enriquecimiento de la persona, de sus posibilidades de intensificar sus relaciones afectivas y de desarrollar la propia fantasía. Más allá de cierto límite, todo esto puede convertirse en un delirio y destruir las posibilidades de la experiencia: el teléfono nos permite ponernos en contacto con personas amigas y amadas, pero treinta llamadas en media hora son una sustracción, no un enriquecimiento de relaciones, así como ocho encuentros eróticos en una tarde, incluso prescindiendo de la posibilidad de llevarlos a cabo o no, serían una recíproca elisión, una frenética cancelación de los mismos.

La red de comunicación se vuelve con facilidad, literalmente, una red que atrapa, envuelve y aprisiona, un casillero que controla al individuo como una verdadera policía totalitaria, un engranaje que alcanza y compromete a todos. Tal vez sea necesario elaborar técnicas de fuga, de guerrilla elástica contra la movilización general permanente, ejercitarse en el arte de sacar el cuerpo y decir que no_ Mejor dicho, la red es también una escuela y en cualquier escuela es necesario matar clase de vez en cuando. Literariamente lo más interesante será ver las repercusiones estilísticas de las nuevas tecnologías, que se harán también lenguaje poético, como sucedió con las tecnologías del pasado. Como es natural, todo paso de un lenguaje a otro, también de la literatura oral a la escrita, significa, al mismo tiempo y de maneras siempre distintas, un enriquecimiento y una pérdida.

En Un altro mare, el concepto de grandes espacios, de lejanía, de viaje, es muy importante. Hoy se habla mucho de “viaje virtual”. ¿Qué relación puede haber entre “viaje real” y “viaje virtual”? ¿La visita virtual a un lugar “lejano” inhibe de alguna manera la visita real?

Sí, en mucho de lo que escribo, pero sobre todo en Un altro mare, los grandes espacios, la lejanía, el viaje, son elementos centrales, fundamentales. Entre viaje real y viaje virtual hay siempre una relación muy estrecha, aun cuando no seamos del todo conscientes de ello: en cualquier realidad, incluso en la más concretamente física y sensual, se percibe siempre su virtualidad, todo lo que ella tiene de simulado (no necesariamente, o para nada, en sentido negativo), el artificio visible o invisible que se halla en el lugar de muchas cosas que creemos tocar y coger con la mano, las múltiples posibilidades o virtualidades que se suceden detrás de la fachada de lo real. Y en todo viaje virtual existe la promesa, la nostalgia, la exigencia de la realidad, de esa realidad que es siempre, un poco, Tierra Prometida. Incluso la misma lejanía es el llamado de las lejanías, que se abren sobre el océano y a veces también en dimensiones materialmente mínimas, en un cuarto o entre dos cosas puestas cerca sobre una mesa.

En muchas de las cosas que he escrito queda la sensación de que la odisea ocurre en mares lejanos, pero también entre las paredes de la casa y en la cabeza; diría que el llamado recíproco entre viaje real y viaje virtual se encuentra presente con mucha fuerza en lo que escribo. La visita virtual a un lugar lejano no inhibe en absoluto la visita real, sino que la evoca, acentúa el deseo de emprenderla, así como la foto de un rostro no inhibe el deseo de conocer ese rostro.

Naturalmente hay momentos, experiencias, en las que la virtualidad, el papel (y también, hoy en día, otros modos más refinados e inmateriales de virtualidad), se vuelven una barricada contra lo que llamamos realidad, una barrera a veces de protección y a veces de destrucción; es el gran tema de las relaciones entre deseo y alejamiento del mundo, entre cabeza y mundo, que tanta gran literatura, especialmente —aunque no sólo— del centro de Europa (Kafka, Canetti), ha afrontado con tanta fuerza.

El mismo concepto de lejanía espacio-temporal se está modificando. ¿Qué puede significar esto para un escritor? Y si “las palabras pueden evocar otras palabras, no la vida”, ¿no cree que “la vida” se vuelva aún más indescriptible con estas nuevas técnicas de comunicación?

Creo haber contestado al menos en parte a esta pregunta con la respuesta anterior. El concepto de lejanía espacio-temporal se modifica sin cesar en nuestra existencia, incluso desde antes de esa modificación sin lugar a dudas muy vistosa que está presentándose con la revolución telemática. Un escritor tiene que vérselas de seguido con el corto circuito entre cercano y lejano, con distancias que en la mente y en el corazón se contraen o se dilatan, con cosas cercanas que se vuelven lejanísimas y viceversa, con tiempos que se alejan y regresan, con una coexistencia de tiempos distintos. Toda vida y toda reflexión sobre la vida, pero sobre todo la escritura, son una continua modificación de la linealidad espacio-temporal. Ya el uso del pretérito indefinido es una virtualidad que pone en crisis un primitivo concepto de realidad, aun más que la telemática… Además, el acortamiento de las distancias, que nos permite almorzar y cenar en distintos continentes, para no hablar de lo que Internet significa desde este punto de vista, no excluye en absoluto el significado y las diferencias que existen entre distancias incluso muy pequeñas: en una misma ciudad, en ocasiones los pocos centenares de metros que separan un vecindario de otro significan una gran distancia, grandes diferencias de mundos y de modos de vida; invisibles pero ásperas fronteras separan, bajo nuestros pies, mundos que siguen siendo lejanos.

En cuanto a las “palabras que pueden evocar otras palabras, no la vida”, no se trata de una frase con la que intentara expresar una verdad o algo que yo sintiera como una verdad; se trata de una frase ajena, pero de mi protagonista, Enrico, el personaje principal de Un altro mare, y de su sensación —que marca su destino— de que la vida es algo inefable, que rehuye a una definición con las palabras. Se trata de una actitud muy viva en la cultura europea entre finales del siglo XIX y primeros decenios del siglo xx; una actitud que, con seguridad, como toda expresión histórica, atrapa una verdad de esa estación histórica que es al mismo tiempo, en parte, una verdad de la vida en sí, pero que no se puede absolutizar, porque es una verdad parcial, un aspecto de la vida sentido en ese momento con una particular intensidad, como si fuera absoluto. Esta sensación de que la vida escapa a las palabras o de que por lo menos no se deja capturar del todo por las palabras, encierra, creo, un aspecto constante de la vida misma, que en ciertos momentos de la existencia individual e histórica se percibe con particular intensidad e incluso es absolutizado. No creo que las nuevas técnicas de comunicación hagan aún más indescriptible la vida, no más de lo que ya sentía Leopardi cuando escribía “lengua mortal no dice lo que sentía en mí” —aunque Leopardi lo dice muy bien, y precisamente en este verso que se enfrenta con la dificultad o la imposibilidad de decirlo.

Con relación al tema de este año en la Feria del Libro [de Turín], ¿cuál es su relación con la escritura femenina?

Como crítico, naturalmente, he seguido con interés en los últimos años la problemática de una explícita, consciente y autoconsciente escritura femenina. Como lector tiendo a menudo a olvidar, sobre todo en los textos que más me tocan, su componente más explícitamente ideológico. He tenido y tengo, de tal modo, una relación muy intensa con textos literarios no sólo escritos por mujeres, sino también expresiones de una escritura “a la femenina” (con todo lo que esto significa, desde la visión del mundo hasta el estilo, en términos impensables para una escritura masculina) que tendía a resolverse en el relato, en la narración de sucesos y en el modo de vivirlos, sin explícitos o sin demasiados explícitos postulados ideológicos. Así, por ejemplo —pero es sólo un ejemplo—, un libro como Maria Zef, de Paola Drigo (libro extraordinario, al cual no se le ha dado el lugar que merece en la literatura italiana de este siglo), es un gran libro femenino, que con seguridad no podría haber sido escrito por un hombre, y que afirma con tanta más fuerza su feminidad (en un sentido fuerte y arrasador, sin ninguna indulgencia con la feminidad tradicional vista y/o creada por los hombres) cuanto menos la exhibe.

Por lo demás, creo que esto sucede siempre; poéticamente, una imagen del mundo —política, religiosa, moral— se transmite con mucha más fuerza mientras menos se la predique. Por supuesto que hay momentos de lucha en los cuales la reivindicación, la especificación ideológicas son necesarias y esto ocurrió, en los últimos años, también con la escritura femenina. Pero creo que la escritura “a la femenina” —es decir la vida, el mundo y la historia vividos y dichos a través del ser mujer— ha implicado y sigue implicando una gran contribución a la comprensión y a la liberación de la vida. Hoy no es posible ilusionarse con que se pueda entender y representar el mundo sin saber, sin sentir y percibir concretamente, me atrevería a decir, físicamente, de qué manera es vivido el mundo, padecido o superado y transformado por las mujeres. En Un altro mare traté de representar la aridez, la violencia a veces inconsciente, la mutilación de la vida que tiene lugar en un mundo ultramasculino como el de Enrico, incapaz de escuchar y de aprender de las presencias femeninas. A Enrico le falta —consciente y dolorosamente— la capacidad de oír a la mujer o de hablar y vivir con ella. Por esto su mundo termina siendo árido, no obstante su potencial exigencia de sentimiento, y Enrico es, de ese mundo, al mismo tiempo, el tirano y la víctima.

Quizá por todas estas razones el papel de las escritoras, en nuestra literatura reciente, es tan significativo. También los escritores, para ser grandes, deben ser de alguna manera capaces de vivir esta perspectiva “a la femenina”: Sófocles necesita a Antígona.

 

Claudio Magris
Escritor. Es autor de El Danubio, un libro que mezcla crónica de viaje con el ensayo histórico y literario.

Traducción de Héctor Abad Faciolince