Carlos Fuentes. Escritor. Entre sus libros, Nuevo tiempo mexicano y La frontera de cristal.

Este texto forma parte del libro Retratos en el tiempo, que la editorial Alfaguara lanzará próximamente. ¿Qué imagen ofrece? La de un hombre representando los sueños Maniqueos de Estados Unidos.

Yo no conocí a Robert Mitchum, pero una amiga común, actriz norteamericana, me confió un día lo siguiente: “No hay mejor amante en el mundo que él. De veras sabe cómo hacer feliz a una mujer”.

Me encanta tener este dato sobre las capacidades amatorias de Mitchum, porque me sirve para confirmar y disolver, simultáneamente, mi persistente temor hacia su persona.

Siempre he sentido que existe una gran pérdida en el corazón del mundo moderno y es precisamente la ausencia del generoso latido en el pecho mismo del mundo antiguo: el sentido trágico, la conciencia del conflicto inevitable, la certeza del fracaso de toda empresa humana pero también de la capacidad para recuperarse y cerrar las heridas. La ciudad, la polis, era el escenario de la vida trágica. Sostenida sobre el abismo, rodeada del caos, como escribe María Zambrano, la ciudad es, también, el teatro donde transcurre el tiempo necesario para transformar la experiencia en conocimiento y reanudar, así, la vida individual y colectiva herida, pero iluminada, por la tragedia.

El teatro antiguo es, por ello, lo contrario del melodrama moderno, apresuradamente construido sobre la lucha maniquea entre el bien y el mal y no, como la Antígona de Sófocles, sobre la ambigüedad de dos valores en pugna, el de la familia (Antígona) y el de la ley (Creón). En la tragedia, ambas partes tienen una razón. Se trata de un conflicto de valores. En el melodrama, sólo una parte tiene razón. Se trata de un conflicto de virtudes.

La persona melodramática de Robert Mitchum aparece como negadora de la tragedia. Los Estados Unidos se conciben a sí mismos como el héroe bueno de la lucha simplista entre el bien y el mal. Ambos, bien y mal, deben ser claros, evidentes, visibles, gráficos. Hollywood es el Vaticano del melodrama porque exige, casi dogmáticamente, esta visibilidad gráfica del Bien y del Mal, empezando por los sombreros que usan los protagonistas. El sombrero negro es el malo (Lee Marvin, Jack Palance). El sombrero blanco es el bueno (John Wayne, Gene Autry).

En la gran película de Charles Laughton, La noche del cazador, Mitchum usa un sombrero negro. Pero éste es el sombrero de la iglesia protestante. Mitchum es un predicador. También es un criminal. Trae inscritas en los nudillos de las manos las palabras AMOR en la derecha y ODIO en la izquierda.

El cine no ha dado un personaje maniqueo superior al clérigo de Mitchum. La decisión no admite dudas; Bien o Mal, Amor u Odio. Sin embargo, la compulsión misma de esta forma de elegir la hace, en todo caso, odiosa; en todo caso, maligna. Se borra la ambigüedad de la existencia humana. En vez, la necesidad de escoger entre el Negro y el Blanco nos ciega: si tú eres malo y yo soy bueno, yo tengo el derecho de exterminarte.

Al sonar las doce del día en la calle polvosa del Lejano Oeste, todo esto puede sonar fácil y hasta divertido. ¿Quién no está a favor del héroe solitario, Gary Cooper, cuando sale a enfrentarse a sol de plomo con el malo vestido de negro a la hora fatal del encuentro, High Noon? Pero cuando el objeto del exterminio y el odio es el otro, el judío, el negro, la mujer violada que exige el aborto, el homosexual, el árabe, el mexicano, el asunto deja de ser divertido. Se vuelve, en vez de entretenimiento, historia. Nuestra historia. La historia del siglo XX.

El Predicador de Mitchum está situado en el centro de esta terrible historia, desterrando el corazón humano a favor de su helado aliento: el castigo, el infierno. El maniqueísmo, en la película de Laughton y Mitchum, es derrotado por las cosas que no puede controlar: el sueño, la poesía, el coraje, incluso la muerte. La infancia.

La maldad patológica de Mitchum en Cape Fear, su vulnerable búsqueda de la individualidad y la justicia en Out of the Past, jamás expulsan de mi recuerdo su actuación en Night of the Hunter, una de las más grandes películas de la historia del cine. Lástima, sin embargo, que en esta película que parece soñada por el poeta William Blake, no tenga cupo uno de los aspectos más atractivos de su personalidad. Cierto cinismo fatal:

Jane Greer: -No quiero morirme.

Robert Mitchum: -Yo tampoco, nena. Pero voy a morirme después de ti.

Cierta grosería popular y escatológica:

-Cásate conmigo, nena, y tus pedos pasarán por seda.

Ahora lo veo desde lejos, en el Festival de Cannes, parecido a un buen abuelo, con anteojos de fondo de botella, un poco barrigón, rodeado, cálidamente, no por las nenas que se le adelantaron a la muerte después de emitir gases en sábanas de seda, sino por sus hijos. Recuerdo entonces al fantásticamente bien parecido actor con ojos de sueño, o de ensoñación, que salió de la Segunda Guerra mundial, soldado sin ilusiones, hasta que la intolerancia se cruzó en su camino. Mitchum se hizo estrella con una poderosa condena del antisemitismo, Crossfire. Mi hijo Carlos, en su fotografía, ha visto que, al fin, triunfó el Mitchum amoroso. Pero también que en las sombras se esconde la criatura -la creación- de esos nudillos tatuados.