¿En dónde estamos?

David Ibarra. Economista. Fue secretario de hacienda entre 1977 y 1982.

Las ideas que David Ibarra expone en este ensayo surgen de una realidad recurrente y dramática:desde hace décadas, los ciclos depresivos agobian a la sociedad mexicana. ¿Cómo detener esta lógica del sube y baja? Acabando con el desequilibrio entre las estrategias públicas de desarrollo y los reclamos sociales o, como apunta el mismo Ibarra, humanizando a la economía.

Hechos y perspectivas

La economía mexicana vive tiempos anormales, se encuentra a mitad de camino entre dos patrones disímiles de desarrollo, situación que afecta a toda la organización social y a las estructuras políticas o de distribución del poder. No se trata de las oscilaciones cíclicas típicas, que ni siquiera podrían paliarse con alteraciones menores de los instrumentos macroeconómicos. La tarea cubre mucho más terreno, abarca desde la reconstrucción de las instituciones económicas y la remodelación del sistema político, hasta la consolidación de un pacto social nuevo que no sólo equilibre el juego de las diversas fuerzas políticas, sino recupere la capacidad nacional de progresar y de imprimir rostro civilizado a ese proceso.

En el ámbito restringido de la economía subsisten varios desequilibrios que al retroalimentarse mantienen postrada a la producción y al empleo o producen ciclos de recuperación y crisis. Uno es de orden estructural, y se caracteriza por un proceso incompleto de modernización institucional y de la planta productiva vernácula para insertarse exitosamente en la economía internacional y absorber por entero los acomodos asociados al cambio de modelo de desarrollo. El segundo problema es financiero: todavía hay rémoras y costos para satisfacer con recursos propios la inversión, el servicio de la deuda externa y la reestructuración de la banca. El tercero es de orden social y se refleja en la intensificación de la injusticia distributiva y en la aglomeración de perdedores en la justa de la competencia. El cuarto se relaciona con el predominio en enfoques segmentados o secuenciales de las estrategias públicas, cuyo horizonte, circunscrito a la estabilización macroeconómica, suele aplazar la reconstrucción equilibrada y modernizadora de estructuras e instituciones de las que depende en última instancia el crecimiento sostenido.

Los escollos del camino elegido se dan lo mismo a escala macro que microeconómica. Desde tiempo atrás, la tasa de crecimiento del mercado de trabajo,1 la apreciación sistemática del peso entre 1988 y 1994 (36-40%) y la que vivimos ahora contrarió y contraría la dirección básica de la estrategia hacia afuera y obliga a un endeudamiento insostenible a la larga; lo abrupto de la liberalización llevó a un sobreajuste microeconómico que fue acentuado por la ausencia de políticas industriales activas, facilitadoras de la reconversión de la planta productiva nacional. En el mismo sentido, influye la utilización del tipo de cambio como ancla antiinflacionaria y la política de tasas de interés dirigida a procurar el equilibrio externo -atrayendo capitales foráneos-, pero castigando los costos y la competitividad de los productores nacionales.2

Como es natural, el costo principal de la política postdevaluatoria y de la secuela de problemas subsiguientes consistió en contraer a la economía. En 1995 el producto cayó 7% (6.2% conforme a los cálculos a precios de 1993), y casi 9% el ingreso por habitante.3 La demanda interna global (absorción) se contrajo más de 14% en términos reales; el consumo privado lo hizo en 7% y la inversión se desplomó 29%. No sólo se colocó en difícil situación a las pequeñas y medianas empresas o a los productores de bienes comercializables, por igual, el descuido microeconómico tiene postrado por reflejo al sistema bancario nacional.

Los signos más alentadores se asocian a la espectacular expansión de las exportaciones y a la reconversión productiva de empresas, generalmente grandes, o a las maquiladoras vinculadas a los mercados extranjeros. Las ventas foráneas se acrecentaron a razón del 30% y del 20% en 1995 y 1996, respectivamente, abriendo un ancho campo a políticas potenciales de fortalecimiento de los encadenamientos industriales y del valor agregado nacional.

En ese último ejercicio se registran logros estabilizadores importantes con recuperación de la actividad productiva. El producto se eleva 5.1%; la inflación anual baja al 27-28% -y continúa descendiendo en el año en curso-; el tipo de cambio se aprecia y estabiliza alrededor de 7.70-7.90 pesos por dólar; el superávit público asciende a 4.3% del producto; las tasas de interés nominales (Cetes) se reducen del 48% al 27% entre diciembre de 1995 y el mismo mes del siguiente año; el desempleo abierto en áreas urbanas se abate del 5.5% a una cifra apenas superior al 4% en el mismo lapso.4 Asimismo, la inversión crece casi 18%, y en los mercados internacionales de capitales se desplegó con éxito una intensa actividad encaminada a mejorar el perfil temporal de los vencimientos de la deuda externa.5

Por lo que hace a las perspectivas de 1997, con las salvedades del caso, los pronósticos oficiales y privados sitúan el crecimiento del producto en cifras similares o algo inferiores a las alcanzadas en el ejercicio anterior; la inflación anual oscilará entre el 15% y el 18%; el tipo de cambio de 8.5 a 9.0 pesos por dólar; el déficit público primario entre 0.5% y 2.0% del producto; la balanza comercial registraría un superávit de 2 mil millones de dólares y la cuenta corriente un déficit de 8 mil millones de dólares. En otros términos, el énfasis seguirá puesto en combatir la inflación mediante políticas fiscales y monetarias de corte restrictivo que se complementan con acciones dirigidas al saneamiento de los portafolios de la banca y en sostener ritmos moderados de expansión productiva.

Estabilización y crecimiento sostenido

Con todo, la mejoría de la situación macroeconómica no es general: el consumo del grueso de la población sigue deprimido (subió 2.3% en 1995, después de una caída de casi el 8.5% el año anterior),6 y por tanto las ramas productivas que menos crecieron fueron las que se le asocian (alimentos, bebidas, productos de la madera, papel, cemento, muebles metálicos, comercio, servicios). El mayor dinamismo lo registran las actividades vinculadas a la exportación, pero ya inician la fase normal de desaceleración.7 La fabricación de bienes intermedios se reanimó, pero sigue en situación desventajosa con respecto a la competencia externa. La agricultura quedó prácticamente estancada y la construcción experimenta un repunte importante. En contraste, el sector bancario sigue reconociendo debilidades acusadas a pesar del enorme costo fiscal de su salvamento.8

En cierto modo, la continuidad del ciclo de recuperación económica encuentra escollos para recolocarnos en la trayectoria histórica de crecimiento del 6-8% anual, por cuanto los puentes entre las estrategias de corto y largo plazo han quedado a medio hacer. De un lado, la destrucción innecesaria de buena parte de la red de nexos interin-dustriales hace que las importaciones se disparen tan pronto la economía comienza a crecer. Ya desde 1996, la expansión de las compras externas amenazan con hacer desaparecer el superávit comercial.9 La brecha creciente entre el incremento de la productividad manufacturera y la evolución de los salarios es claramente indicativa de restricciones estructurales o institucionales al fortalecimiento del mercado interno.10 En otra vertiente, subsiste debilidad del ahorro nacional para facilitar el financiamiento de la inversión.

La tercera rémora se sitúa en la incapacidad del sector bancario para cumplir funciones indispensables de intermediación crediticia.11 Por lo demás, la combinación de un tipo de cambio que se aprecia con la incertidumbre propia del ciclo electoral de 1997 -que pudiese alterar la fisonomía de la distribución del poder político entre los partidos-, está causando rezagos en el proceso de inversión y quizás provoque alguna desaceleración económica. Diversos fenómenos subrayan cierta pérdida de velocidad del crecimiento de la producción.12

A mayor abundamiento, la política económica de corto plazo ha buscado a fortiori la estabilidad de precios y el equilibrio de las cuentas públicas, cualesquiera que sean los costos a pagar u otras exigencias de la transición entre dos patrones de crecimiento. Paradójicamente, son los cambios estructurales los que determinan las secuencias recurrentes de recuperación y crisis. Quiérase o no esas transformaciones, iniciadas pero no finiquitadas, tuvieron una profundidad inusitada en cambiar las reglas y las instituciones económicas del sistema, en trastocar los grupos de ganadores y perdedores, en alterar los grupos de poder y en restar continuidad al desarrollo.

Al respecto cabe notar que muchos más recursos y, a veces con carácter más permanente, pasan de unas manos a otras por medios institucionales que a través del presupuesto. Durante los periodos de transición, la distribución de las rentas está menos influida por la productividad de los factores y mucho más por la naturaleza de los nuevos arreglos institucionales. De aquí que sea vital a la estabilidad política el reconstruir los consensos nacionales, establecer nuevas reglas de juego y hacerlas sustentables en el tiempo.

Piénsese, por ejemplo, en el desmantelamiento de los aranceles y permisos de importación. Ingresos y demanda se volcaron en favor de los oferentes extranjeros, mientras la alteración en los precios relativos benefició a los exportadores y dañó a muchos productores desprotegidos. Se trata de cambios a todas luces mayúsculos. En efecto, entre 1987 y 1996 la ponderación del comercio exterior en el producto se elevó alrededor de 25 puntos (del 30 al 55%), y las importaciones duplicaron su participación en la oferta global, tipificando un intenso proceso negativo de sustitución de compras en el exterior.

Mudanzas distributivas de magnitud semejante ocurren con la desincorporación de empresas estatales, el saneamiento de las finanzas públicas, la liberalización del sector financiero y el manejo de las tasas de interés,13 la transformación de la banca de desarrollo en banca de segundo piso, el rescate de la banca comercial, la desregulación de las actividades productivas, el régimen nuevo de inversión extranjera o el de protección a la propiedad intelectual y la erosión de facto de los derechos laborales.

Junto a esas alteraciones quizá necesarias, pero sin duda brutales en la dirección de los flujos de ingresos y poder entre actores económicos, se dieron otras no menos importantes en la distribución de las oportunidades de ascenso económico. Entre 1989 y 1996 (noviembre), los saldos del crédito de la banca comercial y de desarrollo a la agricultura, la industria y el sector energético bajan del 50% al 35% del total.14 La tendencia contraria se advierte en los préstamos a la vivienda, al consumo y al propio sector financiero. Asimismo se ha debilitado el crédito nacional a la formación de capital y ello no ha sido compensado por la inversión extranjera que se canaliza preferentemente a inversiones de cartera.

Así, son incontables los factores que polarizan la distribución de los impulsos al desarrollo. Piénsese para sólo mencionar otro caso, los costos diferenciales de financiamiento de un puñado de empresas grandes con acceso a fondeo del exterior, frente a las tasas de interés y restricciones al crédito de la gran masa de empresarios medianos o pequeños.

Vista la misma cuestión del lado del empleo, la situación alcanza proporciones alarmantes. La población económicamente activa creció 77% entre 1980 y 1996, esto es, a una tasa media anual del 3.6%. En contraste, el empleo en las manufacturas que podría tomarse con calificaciones como el segmento de la economía modernizada de mercado, vio declinar su participación en la población activa en casi 50%; esto es, sus puestos de trabajo bajaron 18% en números absolutos, con un ritmo promedio de contracción superior al 1% por año en aquel lapso.15

Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (oit),16 cerca del 60% de los empleos -incluyendo trabajadores independientes, servicio doméstico y empresas pequeñas- se ubica en el sector informal de la economía. En contraste, el 40% restante corresponde a empresas privadas grandes o al gobierno (18 y 22%, respectivamente). Según cálculos del Grupo de Economistas Asociados (gea) el empleo urbano ascendía a 21.6 millones de personas, de las cuales 12.7 corresponden a ocupaciones informales (61%). Por lo demás, entre 1992 y 1996, el empleo en el sector formal apenas se acrecentó en 26 mil trabajadores, mientras la economía informal absorbió más de 2.6 millones.17 La inferencia es preocupante: cuando las generaciones nuevas se incorporen al mercado de trabajo verán menguadas sus posibilidades de ingreso y ascenso social y, si algunos lo logran, será mayoritariamente en puestos mal remunerados.18

Como reflejo del poder diferencial de los distintos estratos sociales en el proceso de cambio y de jaloneos políticos intensos, el reparto del ingreso viene empeorando.19 En nuestra experiencia, la nueva política ha tendido a inclinar en beneficio de pocos las posiciones de poder y las ganancias del cambio estructural.

En cualquier caso, se vienen dando acomodos masivos y repetitivos en las estructuras distributivas y de la demanda provocados por la combinación de la secuela de reformas institucionales sesgadas y el ciclo económico que hacen imprecisos y riesgosos los cálculos de productores e inversionistas. El mercado interno, además de seguir cuasi-estancado, registra enormes fluctuaciones entre sus componentes. Y los empresarios sensibles al riesgo, en las decisiones toman en cuenta la varianza de los fenómenos que afectan la rentabilidad de las inversiones. Por consiguiente, no sólo secuencias inadecuadas o desequilibradas en la instrumentación de las reformas, sino que la multiplicidad de las mismas en la transición afectan la predictibilidad de los cálculos empresariales sobre los precios y la demanda.20 En todo esto, y no en la metafísica de la confianza ha de encontrarse la explicación de las incertidumbres que atenazan al empresario y entorpecen o aplazan las decisiones de inversión.

Los ingredientes básicos del desarrollo 

Otra cuestión de importancia medular en la evaluación de las posibilidades del crecimiento sostenido de largo plazo reside en el comportamiento a la productividad. Los movimientos agregados de dicha variable resultaron desfavorables en el periodo 1989-1996. En efecto, medido a precios constantes, el valor agregado por trabajador se reduce alrededor del 6-8% entre esos años. La razón principal obedece a que la absorción de la nueva oferta de mano de obra se concentra casi exclusivamente en sectores informales o de baja productividad comparativa. Un panorama distinto se ofrece de excluirse de los cálculos a la agricultura y al segmento de la economía informal. Ahí la productividad total de los factores se expandió a una tasa media del 2.75% entre 1988-1994 y seguramente ha seguido elevándose después del colapso de 1995.21 La dispersión sectorial e intrasectorial de la productividad es alta -sobre todo, en el caso del trabajo-, reflejando la polarización entre grandes y pequeñas empresas, entre productores de bienes comercializables y de productos distintos a esa categoría, entre capital y trabajo. En general, las empresas grandes han reconvertido producciones, elevando sus coeficientes de capitalización y racionalizando la plantilla de personal; en contraste, muchos servicios y los fabricantes medianos y pequeños que producen para el mercado interno han concentrado sus esfuerzos de ajuste en reducir la ocupación y los salarios reales.22

Las perspectivas de la evolución futura de la productividad son inciertas y desde luego auguran brechas crecientes entre regiones y entre los sectores de empresas modernas y el resto de la economía. El proceso de racionalización productiva no se ha completado y anticipa poco acrecentamiento del empleo en los segmentos económicos de mayor valor agregado.

Otro importante factor de incertidumbre se relaciona con el debilitamiento de la oferta de ingredientes o insumos básicos del desarrollo: capitales físico, humano y tecnológico. El proceso de formación de capital decayó en la década de los ochenta y la recuperación del siguiente decenio todavía está abajo entre dos y cuatro puntos de los coeficientes previos. Al propio tiempo, se ha contraído secularmente el gasto público en infraestructura básica, investigación y desarrollo o en la formación de capital humano.23 A ello se añade la renuncia casi completa a impulsar políticas industriales que por lo menos apoyen el acomodo de las empresas medianas y pequeñas a un régimen de competencia abierta con el exterior.

Dejando de lado los problemas de la inflación, o los equilibrios presupuestales, cabría concluir que las cuestiones medulares a la salud y al crecimiento de la economía reciben atención secundaria en el debate público, en la confección de las políticas gubernamentales o en las acciones del sector privado. Los rezagos en materia de formación de capitales, productividad, reconversión y modernización tecnológica, los desajustes ascendentes del mercado de trabajo, la polarización productiva y distributiva o la reconstrucción institucional equilibrada, constituyen hasta ahora temas relegados, posiblemente por los imperativos de emergencias repetitivas o por la fe excesiva en las reformas liberalizadoras del hombre económico.24 Acaso enmendar tales descuidos aporte la clave para evitar los ciclos depresivos recurrentes que agobian a la sociedad mexicana.

Reconstruir los mecanismos de formación de consensos, democratizando a la política económica; implantar acciones de empleo; propiciar la reconversión deliberada de la planta productiva nacional y la integración del sector exportador al resto de la economía; hacer uso de las cláusulas de escape del gatt o del Tratado de Libre Comercio de América del Norte cuando haya daño flagrante a los productores nacionales; establecer derechos sociales exigibles por los grupos beneficiarios en compensación a las propensiones concentradoras de ingreso o riqueza derivados del fortalecimiento de los derechos económicos; mejorar y reformar al sistema educativo y de investigación; restablecer el funcionamiento de la banca en general y de la banca de desarrollo, en particular; fijar metas económico-sociales mejor equilibradas de crecimiento y estabilización, evitar incongruencias (apreciación del tipo de cambio, por ejemplo), entre las estrategias de corto y largo plazos.

El listado incompleto y desordenado del párrafo anterior, muestra el amplísimo campo que podría y debiera desbrozarse con el propósito constructivo de abreviar y humanizar el tránsito entre dos patrones harto distintos de crecimiento.

1 No se trata de un fenómeno específico de México. Según la cepal, en el conjunto de América Latina, la tasa de crecimiento del producto entre 1990 y 1996 apenas ascendió al 3%, cifra inferior al 5.5% alcanzado entre 1945 y 1980.

2 La apreciación persistente del tipo de cambio refleja una inconsistencia entre las políticas monetarias y la de tipo de cambio. Usualmente ello se produce manteniendo altas tasas de interés que incluso reducen el ahorro interno al inducir la sustitución del consumo presente por consumo futuro. Véase Razm, F.: Current Account Sustainability, Princeton Studies in International Finance, Princeton, N. J., 1996.

3 Informe Anual 1995, Banco de México. México, 1996.

4 México, Informe de la Coyuntura Económica al Cuarto Trimestre de 1996 (lc.mex / R. 590), mimeo. cepal, 1997. 

5 En 1994, la deuda pública externa de corto plazo, representó el 31% del saldo total. Ya en 1996 no excedía del 5%.

6 El índice del total de los salarios, sueldos y prestaciones pagados en la industria manufacturera apenas registraba un aumento del 36% entre noviembre de 1994 y noviembre de 1996, mientras la inflación en ese lapso excedió del 90%; más específicamente, los salarios reales manufactureros y los contractuales cayeron 25% y 29% respectivamente en el bienio 1995-96. Según el Banco de México, las remuneraciones medias reales en el sector manufacturero bajaron casi 11% en 1996, mientras la productividad media por trabajador creció 8.5%. Aun así, la recuperación económica de 1996 es atribuible principalmente al ensanchamiento de la demanda interna. El ascenso de la inversión (18%) y del consumo (2.5%) explican más de las 3/4 partes de la recuperación del producto (5.1%), en tanto que el acrecentamiento de las exportaciones (20.6%) apenas contribuyó con el 24% restante. Desde este ángulo, también se constata la debilidad de los nexos del sector exportador con el resto de la economía. Véase Informe Anual 1996, Banco de México. México, 1997, p. 27.

7 Las exportaciones durante 1996 -tasa de crecimiento del 20.6%- casi se desaceleran un tercio con respecto a la cifra extraordinaria de 1995. Y en el primer bimeste de 1997, apenas repuntan 13.5% con relación al mismo lapso del año anterior.

8 El valor presente de los recursos comprometidos en el rescate bancario fluctúa entre el 9 y el 12% del producto, según cálculos de diversas fuentes (Banco de México y Standard & Poor’s).

9 La apreciación deliberada del tipo de cambio ha hecho que se pierdan por entero los efectos de la devaluación de 1994. Conforme al gea, el índice del tipo de cambio real (ajustado por la sobrevaluación acumulada hasta 1994) entre marzo de 1994 y marzo de 1997 se ha movido de 1.39 a 0.964.

10 La participación del consumo privado en el producto a fines de 1996 se encontraba más de cuatro puntos abajo de la alcanzada en 1994. Y las ventas al menudeo y en las tiendas de servicios en el primer bimestre de 1997, cayeron 4.5 y 3.8% respectivamente.

11 El financiamiento total de la banca comercial en 1996 cayó 12.1% en términos reales y el dirigido a los sectores privados no bancarios lo hizo en la cifra extraordinaria del 35%. En contraste, subieron los recursos canalizados a Fobaproa (99.5) y a los fideicomisos udis (68.8%). La captación real se redujo en 11.9%, al estancarse los depósitos recibidos del público y tornarse negativos los flujos de otras fuentes de recursos.

12 Ya se apuntó que la expansión extraordinaria de las exportaciones ha descendido a ritmos más normales y sostenibles a largo plazo. El índice del volumen de la producción industrial señala descensos entre los meses de octubre de 1996 y enero de 1997. Si se hace la corrección eliminatoria de la estacionalidad hay cuasiestancamiento desde el primero de los meses señalados. La industria de la construcción alcanzó su punto máximo en el mes de octubre pasado para luego descender paulatinamente. El valor de la obra construida y el empleo han caído 36% y 10%, respectivamente, de compararse el mes de diciembre de 1996 con febrero del año en curso. Hay descensos de significación en las utilidades de las empresas registradas en la Bolsa en el primer trimestre de 1997. Por último, la tasa de crecimiento de la economía en ese trimestre (5%), aun descontando factores estacionales, resulta apreciablemente inferior a la de los tres trimestres precedentes (7.6%, 7.0% y 6.4%, respectivamente).

13 A título ilustrativo, durante la crisis de 1995, las tasas reales de interés oscilaron de modo más que impresionante: en marzo de ese año alcanzaron el -17% para ascender ininterrumpidamente hasta llegar a +27% real en el mes de octubre. (Véase David Ibarra: ¿Transición o crisis?, Editorial Aguilar, México, 1996.) Más recientemente, las tasas reales de interés pasaron de -10.1% a 8.7% entre diciembre de 1996 y abril del año en curso. Por lo que hace a las ventas de cartera vencida de la banca comercial a Fobaproa ya ascendían a 164 mil millones de pesos en 1996, una parte importante de las cuales habrán de ser sufragadas por los contribuyentes.

14 Véase Indicadores Económicos, Banco de México (varios números), México.

15 El índice de empleos remunerados en la industria manufacturera (excluida la maquila) arroja una contracción del 15% de compararse 1985 con 1995. Incluyendo a las maquiladoras, esa cifra de ocupación muestra estancamiento.

16 Véase “Indicadores de Empleo y Desempleo en México”, El Universal, México, 31 de marzo de 1997.

17 Véase “Empleo y Economía Informal”, Este País, no. 74, gea 1997, pp. 60-61.

18 Otros indicadores señalan que la desocupación abierta (el cálculo se basa en sumar a las personas que al momento de la encuesta y en los dos meses previos han buscado trabajo sin éxito y que no han laborado más de una hora en la última semana) es comparativamente baja (4-5 a 6%), pero la “tasa de ocupación parcial y desocupación” (que comprende a desocupados y a quienes trabajan menos de 15 horas por semana) sube al 9.6% (enero de 1997) y la “tasa de condiciones críticas de ocupación” (población que labora menos de 35 horas a la semana o que, excediendo esa cifra, percibe remuneración inferior al salario mínimo) registró niveles mayores al 16% en diciembre del año anterior.

19 Sin incluir el año crítico de 1995, el coeficiente de Gini (según el inegi) en las zonas urbanas subió de 0.32 a 0.41 entre 1984 y 1994. En ese último año, el 40% de la población más pobre recibía menos del 17% del ingreso y el 10% más rico, más del 34%. El índice correspondiente a las zonas rurales lo hizo en menor escala de 0.32 a 0.33. (Véase La Brecha de la Equidad. Doc. lc/g. 1954 Conf. 86/, cepal, Sao Paulo, Brasil, 1977.) Otros cálculos arrojan datos aún más preocupante. Véase, por ejemplo, Fuji, G. y Aguilar G.: “La Distribución del Ingreso en México”, Revista de Comercio Exterior, vol. 45, no. 8, México, 1995.

20 Dixit, A.: “Investment and Hysteresis”, Journal of Economic Perspectives, vol. 6, 1992, y Solimano: “How Investment Reacts to Changing Macroeconomic Conditions: The Case of Chile in the 1980’s, Policy, Planning and Research”, Working Papers, no. 212, Banco Mundial, Washington, 1989.

21 Véase Alberro, J.: Productivity, Trade Liberalization and Productive Restructuring: The Unequal Performance of the Mexican Economy During the 1970-76 Period, mimeo, México, 1997.

22 Entre 1988 y 1994, la productividad total de factores de las ramas de alimentos y electricidad, agua y gas quedó prácticamente estancada y con cifras negativas en los servicios financieros y gubernamentales. En cambio, las ramas vinculadas con la exportación y procesamiento de productos primarios (textiles, industrias metálicas básicas, minerales no metálicos y madera), alcanzan ritmos de ascenso de la productividad considerables, perfilando la nueva constelación de ventajas comparativas a la que cabría añadir la fabricación de componentes automotrices (Alberro, 1997).

23 El gasto en educación y salud redujo su participación en el producto entre 1982 y 1994 del 7.5% al 2.6%. Además, a todos los niveles, los sistemas de enseñanza se polarizan en escuelas caras de excelencia y centros empobrecidos que atienden al grueso de la población, mientras la cobertura de lo servicios de salud deja desprotegidos a grupos cada vez más numerosos. Desde comienzos de la década de los ochenta, hay una clara pérdida de dinamismo en la formación de capital. En 1994, el índice de volumen de la inversión fija bruta del Banco de México (base 1980 = 100), había subido apenas 4% con respecto a 1981. En ese mismo lapso de diez y siete años, el subíndice de maquinaria y equipo importado era inferior en 21%. La inversión pública también contrajo apreciablemente su peso en el producto del 11.0% alcanzado en 1982 al 4.5% en 1994 y al 3.8% para 1996. Esta última caída está influida por cambios estructurales, relacionados con el redimensionamiento del sector público. Con todo, es indicativa de que una parte importante de los sucesivos ajustes fiscales ha tenido impacto negativo en la formación pública de capital; y como ésta, en vez de ser sustitutiva, es complementaria de la inversión privada, su involución afecta a todo el proceso de expansión de la base productiva y de mejoramiento de la productividad.

24 Un análisis análogo para los Estados Unidos se encuentra en Krugman P.: The Age of Diminished Expectations, The mit Press, Cambridge, Mass, 1990.