Ritual y democracia

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mal de amores.

El mes pasado, mientras la ciudad se ensuciaba de plásticos haciendo propaganda que para este momento andarán buscando su lugar en el basurero, tuve la audacia irresponsable y dichosa de volver al mar con mis hijos. Usé como pretexto para darme permiso de atrasar todo lo que de suyo ya llevo atrasado, el hecho de que ellos y sus primos hubieran terminado el año escolar sin tener que hacer exámenes extraordinarios ni caer en trifulcas de esa magnitud. En mis tiempos, mi madre hubiera dicho que eso era apenas lo debido y que ni una colección de dieces eran para aplaudirse demasiado, porque estudiar es el deber de los niños y si para algo está uno en este mundo es para cumplir con su deber. Pero en la era de la democracia las cosas se han puesto más difíciles para los padres y para cualquier otro al que la vida haya dejado en el difícil camino de hacerle a la autoridad. Así que para estar a tono con los derechos y prebendas de quienes detentan el poder del voto, hice la voluntad de mis hijos. Y para estar a tono con la complacencia democrática de toda autoridad que se respete en la era de la democracia, me di permiso de ir al mar sin culpas, ni remordimientos. Mucho menos sin descalabros futuristas, como el que seguro me habría llevado si hubiera puesto un pensamiento en lo que sería la semana siguiente a las vacaciones. No voy a decirles que tendré que ir al Monte de Piedad a subsanar los desórdenes de mi democratismo, pero quiero agradecerle eso en este Puerto a la generosidad de quien hizo posible que tal cosa no fuera necesaria. Del pago en especie a los trabajos abandonados, no habrá democracia que me salve.

Hacer que los hijos traten con el mar, los placeres y los descalabros con que éste puede sorprendernos, debía estar en los programas de estudio de toda buena academia para la vida. Al menos eso se piensa en mi familia, donde el rito de lidiar las olas es uno de los más respetados y serios entre nuestros rituales. Debo aclarar que entre tales ritos hay algunos de arraigo tan profundo como este de torear las olas, que resultan, sin embargo, menos respetables. Uno entre ellos es el de mirar a las personas de confianza con abuso de confianza y espetarles en mitad incluso de la más solemne de las conversaciones: “tienes un punto negro”. Tal cosa que podría resultar un agravio para cualquier persona sensata, recibe como respuesta entre los miembros de nuestra familia un correcto y urgente: “mil gracias, quítamelo”. Empeñarse en que el cónyuge acepte tal costumbre puede poner a las parejas al borde de la separación, sin embargo no sé de cónyuges que se hayan opuesto, aun estando en contra de que tal costumbre se practique en su persona, a que ésta sea heredada a los hijos junto con los otros tesoros del patrimonio familiar. Por lo demás debo decir que en todos los casos de los que tengo conocimiento los hijos han aprendido el ritual con más placer que sorpresa. En nuestro caso, Mateo que empezó cobrándome por cada intento de tocarle la cara, ahora se presenta en mi recámara a las horas más impropias con un índice sobre la frente y un autoritario “quítame esto”, y Catalina ha llegado al extremo de hacer proselitismo. Hace poco me honró descubrir a su íntima amiga aceptando con el mismo “gracias, quítamelo cuanto antes”, entrar en un ritual que al principio a ella y a su madre les parecía no sólo de mal gusto sino absolutamente bárbaro. Mi cónyuge se ha portado comprensivo con semejante manía, si bien no he conseguido que la considere plausible, al menos jamás se ha opuesto a ella calificándola de peligrosa. Por desgracia no ha sucedido lo mismo en el caso de las olas. Ese sí es un asunto que permanece abierto como un acantilado entre nosotros. Vivir la primera infancia junto a un mar que de la noche a la mañana pasó de ser manso como agua de laguna a devastar el desde entonces heroico pueblo de Chetumal, le dejó el corazón y la cabeza poblados de aversiones y prevenciones lógicas, pero no por eso menos refutables por una militante del rito de ir a las olas como quien va a un partido con la vida. Un rito aún más importante, movido por un deseo cien veces más decisivo que cualquiera de los otros ritos, incluso en el que nos enseñó a reverenciar la democracia. Cada quien crece donde le toca, yo crecí lejos del mar. Creo que por eso les temo a los volcanes y nunca intentaría escalarlos, pero en cambio voy al mar como a las tentaciones. De ahí que haya considerado crucial educar a mis hijos en tal vicio. Los primeros años fueron arduos, porque su padre se oponía con la misma vehemencia con que se opuso el mío. Pero yo tuve para eso la misma contumacia que mi madre tiene para todo. Con lo cual conseguí, como mi madre, que el padre de las criaturas opte por no ir al mar con nosotros. Vale aclarar que la familia heredadora de ritos es la de mi madre, por más que la familia de mi padre nos haya heredado la habilidad para mitificar tales herencias.

Yo no lo sabía de cierto, pero durante esta semana cerca del Caribe, caí en la cuenta de que con el rito y la voluntad mitificadora, he conseguido que mis hijos aten a su corazón el deseo del mar como juego, como reto, como parábola. Lo mismo si el día estaba nublado, que si llovía, que si el sol era pródigo hasta comernos, pasamos cinco días hundidos en el agua salada. Eramos seis, contando a los primos herederos de la tradición y a la amiga que ha terminado asumiendo nuestros rituales como propios. Seis adolescentes contándome a mí, pensé una noche exhausta tras un día de feria. Recordé a mi tía Alicia, eufórica y bronceada, gritando hace treinta años con la vehemencia que era su bandera: “¡Por arriba, por arriba!”, para luego soltar su risa como una canción cuando la ola pasaba jugando sin hacer daño. “¡Por abajo, por abajo!”, antes de perderse en el remolino que nos llevaría quién sabe a dónde.

-Las olas -dije esa tarde durante la puesta de sol, poniéndome filósofa frente a la ironía de mis adolescentes- son como los problemas, a veces uno los libra saltando, a veces hay que hundirse en ellos y tomarlos por abajo para salir bien librado y, a veces, es imposible evitarse la revolcada.

-Sí, mamá -dijo Mateo ladeando la sonrisa- y la vida es muy bonita y nosotros tenemos que estar muy agradecidos con nuestro destino por estas vacaciones de privilegio…

-…Y cuando tengamos cuarenta y siete años vamos a recordar esta tarde frente al sol anaranjado como una de las mejores de nuestra existencia -agregó Catalina imitando la voz que uso cuando me pongo profeta. Todos rieron prolongando el escarnio hasta que la media luna de los árabes se encaramó en el cielo junto a su estrella.

No éramos seis adolescentes, me corregí en la noche al recordarlos, hace ya rato que pertenezco a la camada de los que aleccionan. No está mal para tener cuarenta y siete años, estar segura de que vale todo el oro del mundo ver el oro del sol hundirse en la tarde bajo el inmenso mar, ambicionar ya que alguien recuerde alguna vez mi fiebre actual, con la misma fuerza con que yo atesoro la que vi en otros, y seguir dispuesta, empeñada, debo decir, en que me revuelquen las olas.