Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM

Ofrecemos un recorrido cronológicopor las eras del universo y un vistazo a las reformas educativas en Suecia.

T.S. Eliot lo dijo a su manera intraducible: el mundo se acabará not with a bang but a whimper (no de golpe y porrazo sino con un gemido). La cosmología ya ha confirmado que el universo comenzó con un big bang. ¿Cómo acabará? 

Una respuesta provisional a esta pregunta podrá encontrarse en el número de abril de la prestigiosa revista Reviews of Modern Physics. Los autores, Fred Adams y Gregory Laughton, astrofísicos de la Universidad de Michigan, afirman que en principio pueden predecir la evolución futura del universo, a pesar de que nos encontremos apenas en su etapa inicial. 

El problema es que les faltan palabras a estos autores para designar unos periodos de tiempo extraordinariamente largos. Pienso que les podemos ayudar con un vocablo sumamente útil, que en México ha sido vilipendiado injustamente, y que se emplea desde siempre para describir un periodo de tiempo muy largo. Así, propongo que diez años sea denominado “un chingo de años”, cien años dos chingos, 10 000 millones de años diez chingos, y así. En otras palabras, que 10X años (un uno seguido de x ceros) sea denominado “x chingos”. Vamos a abreviar con el símbolo Ch a la nueva unidad científica que acabamos de crear. Este novedoso sistema de medición del tiempo astronómico nos permitirá simplificar considerablemente nuestra tarea, y así podemos pasar sin mayores preliminares a analizar la forma como describen Adams y Laughlin el futuro de nuestro mundo. 

El universo según Adams y Laughlin

Para comenzar, es muy importante darse cuenta que nuestro universo tiene apenas 10 Ch de años. Es muy joven, y evidentemente inexperto. Tiene mucho que aprender. Adams y Laughlin proponen organizar este aprendizaje dividiendo la vida del universo en cinco etapas: 

1. La Era de la Radiación (más o menos hasta 4 Ch). Después del Big Bang se produce una expansión acelerada del universo, con fortísima radiación y con la creación de los primeros átomos (hidrógeno, helio y litio). 

2. La Era de las Estrellas (de 6 a 14 Ch). Después de 6 Ch de años se forman las primeras galaxias, y dentro de ellas las estrellas y los planetas. Hoy nos encontramos a la mitad de esta era, que se caracteriza por la evolución estelar como principal mecanismo energético del universo. 

Puesto que las formas de vida que conocemos en nuestro pequeño planeta dependen de enlaces químicos entre diversos elementos, como el carbono, el oxígeno, el hidrógeno y el nitrógeno, este tipo de vida no será posible sino en la actual etapa del universo. ¿Existirá otra forma de vida? Quién sabe. Adams y Laughlin nos aconsejan aprovechar bien el tiempo ya que más tarde no existirá vida, ni siquiera la poco satistactoria que conocemos actualmente. No habrá Procuraduría del Consumidor para quejarse. Más vale hacerse a la idea que acaso ni lleguemos a ver el final de la Era de las Estrellas, a menos de ser Superman -pues se calcula que dentro de poco (10.2 Ch) el Sol comenzará a hincharse y engullirá la Tierra. Apenas nos quedan mil seiscientos millones de años para que ello ocurra. 

Posteriormente a este desafortunado incidente, que nos dejará reducidos a unos cuantos billones de átomos flotando en el interior del Sol, éste se convertirá en una estrella enana blanca. No está claro si sobrevivirá hasta la próxima era; lo más probable es que nuestra galaxia choque con su vecina, la galaxia M31 de Andrómeda, alrededor de 11 ó 12 Ch y se forme un gran sistema estelar con toda la materia contenida en nuestro actual sistema de “galaxias locales”. 

3. La Era de la Degeneración (de 15 a 37 Ch). Tenía que suceder. Tanto relajo en el universo tenía que acabar de mala manera. En la Era Tres ya no hay evolución de estrellas ni de galaxias, sino que quedan solamente hoyos negros, estrellas enanas blancas y morenas (hay racismo en el cielo) y estrellas de neutrones. 

Adams y Laughlin suponen que durante esta era sobrarán también partículas masivas de interacción débil (wimp) que podrán ser capturadas por las estrellas enanas blancas. Algo de energía se podrá sacar de ahí. Pero los wimps se acabarán hacia 25 Ch, y lo que sobre de las estrellas, planetas y demás cuerpos se irá descomponiendo por decaimiento de protones. 

4. La Era de los Hoyos negros (de 30 a 100 Ch). Ni hablar. Ahora sí, lo único que quedó, como en el caso del presupuesto, son los hoyos negros. 

5. La Era de la Oscuridad. No contentos con el diagnóstico anterior, los simpáticos doctores Adams y Laughlin vaticinan que hasta 1os hoyos negros se van a evaporar, debido a la radiación de Hawking. ¿Qué nos queda? No nos exaltemos en demasía: nos queda un montón de positrones, fotones, electrones y neutrinos que, según nos aseguran los físicos, se la pasarán muy bien entre ellos en la oscuridad. 

Evaluación de la evaluación

No es ciencia ni es política: ¿qué es? La respuesta es: la evaluación de la ciencia. Hace un par de años comenzamos, en esta misma columna, a hablar del tema. Dijimos que los criterios que suelen emplearse para evaluar nuestra investigación científica, a base del número de publicaciones en revistas científicas arbitradas de circulación internacional, podrían ser inadecuados. Muchos países ya no emplean tales criterios, si es que alguna vez los usaron. Pero es difícil pensar en algún sistema diferente que sí sirva. 

El descontento de la comunidad científica mexicana es palpable y real. El método actual de evaluación no es justo ni lo parece. A muchos colegas se les han cerrado las puertas del Sistema Nacional de Investigadores, con la pérdida económica consiguiente. Bastaría que publicasen en revistas arbitradas de circulación internacional; pero eso se dice fácilmente. No todos los investigadores poseen una gran facilidad para publicar. Algunos se dedican a publicar refritos de sus trabajos anteriores; otros, frustrados, se han acostumbrado a vivir en los pasillos, alimentándose de la grilla, y con tantos agravios que les ha planteado su existencia de científicos mexicanos, apenas recuerdan la disciplina de los laboratorios.

En días recientes, la política ha intentado apropiarse de este semillero de descontento, y es buena señal. Hubo una reunión sobre la evaluación de la evaluación donde casi todos estuvieron de acuerdo en que el actual sistema numerológico se ha excedido y tiene que cambiar. Por otra parte, pocos se han dado cuenta que este caudal reformista no aporta agua a los molinos de la izquierda. Por el contrario, la alternativa más probable para evaluar al científico no será el trato justo de sus congéneres, sino la fuerza ciega del mercado. 

En Estados Unidos esto se practica desde hace mucho tiempo. Claro, hay un mercado para la investigación científica. Pero ¿en México? 

Pues sí, México podrá ser un país comparativamente pequeño, pero no lo es más que Suecia, nación cuya población representa menos de la sexta parte de la nuestra. Por muchos años, Suecia fue gobernada por una especie de pri, el Partido Social-Demócrata. En 1991 ganó las elecciones una coalición de centro-derecha que desplazó a la social-democracia e inmediatamente introdujo una reforma educativa radical, llamada la “revolución de las opciones.” Los padres de familia recibieron “edu-bonos”, para que inscribieran a cada uno de sus hijos en la escuela pública o privada de su preferencia. La responsabilidad por la educación fue transferida a los municipios. Se creó el Sistema Nacional de Educación, que supervisa a todas las escuelas y universidades, tanto públicas como privadas, con lo que se volvió a quitar a los municipios el control que habían logrado sobre las escuelas de su jurisdicción, dejándoles solamente la obligación de financiarlas. 

Estas reformas fueron conocidas oficialmente como “neo-liberalismo”, y se justificaron a base de la crisis económica. La derecha atribuía dicha crisis a la falta de competitividad. La educación pública, según ellos, desde la primaria hasta la universitaria, habría causado un atraso en las aptitudes de los jóvenes suecos para competir, que era necesario revertir mediante políticas basadas en la descentralización, la privatización y la apertura a las fuerzas del mercado. 

Cuando la social-democracia regresó al poder en 1994, no abolió estos cambios a pesar de sus promesas electorales en este sentido, porque la crisis económica seguía y resultaba más barato mantener los recortes introducidos por los conservadores. Además, la privatización no había tenido éxito. Por ejemplo, la proporción de alumnos en las escuelas privadas subió de 1% a apenas 2% y la de los alumnos en las escuelas religiosas más bien bajó. En otras palabras, los padres de familia, ejerciendo las nuevas opciones que se les brindaban, continuaron apoyando mayoritariamente al sistema de educación pública. 

El resultado de la reforma aún no se vislumbra con claridad pero parece que su principal víctima ha sido el consenso popular que anteriormente existía en torno a la educación en Suecia. La politización de la educación tiende a paralizar todo progreso real, porque cada nuevo gobierno pretende anular las reformas del gobierno anterior. A fin de cuentas, el sistema educativo sueco es ahora menos competente o competitivo, menos transparente e igual de burocrático que antes. 

Muchos ciudadanos suecos piensan que la mayor flexibilidad del nuevo sistema educativo valió la pena, y fue positiva. Pero los maestros, que estaban acostumbrados a discutir y a ensayar las propuestas educativas y curriculares con gran cuidado y parsimonia ahora se enfrentan a una situación confusa. Las reformas fueron diseñadas e implementadas sobre las rodillas. La ley de la oferta y la demanda que ahora rige su carrera significa para los maestros que, como hay menos dinero que antes, ya no existe el incentivo para perfeccionarse. Por primera vez hay maestros con auténtica vocación que buscan trabajo en otras ramas de la economía.

En resumen, tanto las escuelas rurales como las grandes universidades de Suecia se encuentran en un estado de desasosiego, y se sospecha que la calidad de la docencia está bajando en vez de subir. El único efecto incuestionable que ha tenido la privatización es acentuar las diferencias sociales, especialmente en las zonas urbanas, donde los blancos ya no van a las mismas escuelas que los inmigrantes morenos. 

El ejemplo de Suecia sí es relevante para nosotros. En México, al igual que en Suecia, las propuestas de reformas neoliberales a la educación suelen fundarse en críticas valederas, tales como la falta de competitividad y el problema de la “evaluación de la evaluación”. Pero atención: el remedio puede ser peor que la enfermedad. No nos hagamos los suecos.