Benjamín Hill. Escritor. Es miembro de la Conferencia Mariano Otero.

La reelección indefinida de los diputados y senadores es un principio democrático universal, un derecho que nos ha sido negado y un tema que debe entrar en la discusión de futuras reformas constitucionales. 

La diputación dura tres años.

La vergüenza, toda la vida.

Teófilo Borunda

Las reformas electorales llevadas a cabo en los últimos años han estado dirigidas entre otros temas a asegurar la transparencia del proceso electoral, definir las reglas de competencia entre partidos y admitir, a través de los mecanismos de diputados de representación proporcional y senadores de primera minoría, la incorporación de más partidos políticos al Congreso de la Unión. Tal vez por lo riguroso de estos cambios, la atención de los partidos políticos y de la opinión pública a otros temas urgentes relacionados con el debate sobre la reforma electoral se ha demorado. Uno de estos temas pendientes es la reforma constitucional que permita la reelección inmediata e indefinida de los miembros del Poder Legislativo. 

El 14 de diciembre de 1932, el Bloque Nacional Revolucionario presentó a la Cámara de Diputados un proyecto de reformas a la Constitución que, entre otras, incluía la no-reelección de los senadores y diputados federales y locales para el periodo inmediato. Sin discusión en la Cámara de Senadores y sin oposición en la de Diputados, el artículo 59 constitucional, que antes permitía la reelección indefinida y para periodos inmediatos de diputados y senadores, fue reformado y posteriormente publicado en el Diario Oficial de 19331 quedando de la siguiente forma: 

Artículo 59. Los senadores y diputados al Congreso de la Unión no podrán ser reelectos para el periodo inmediato. Los senadores y diputados suplentes podrán ser electos para el periodo inmediato con el carácter de propietarios siempre que no hubieran estado en ejercicio: pero los senadores y diputados propietarios no podrán ser electos para el periodo inmediato con el carácter de suplentes. 

Las reformas a este artículo rompían con más de un siglo (1824-1933) de tradición y práctica parlamentaria mexicana de reelección irrestricta para los miembros del Poder Legislativo. Esta reforma fue, por supuesto, votada y aprobada por la mayoría de los miembros del Congreso, quienes se negaron a sí mismos y a quienes les han sucedido desde entonces la posibilidad de reelegirse. 

Las consecuencias de estas reformas se tradujeron en una permanente subordinación del poder legislativo ante el ejecutivo, en la falta de incentivos a los legisladores para desarrollar un buen trabajo, en la carencia de continuidad en los trabajos legislativos, y en la cancelación de la carrera parlamentaria para nuestros diputados y senadores. 

Las razones que se han argumentado para defender estas reformas han sido principalmente históricas, aludiendo a una supuesta intención revolucionaria de llevar el principio de no-reelección a los miembros del Congreso. El constitucionalista mexicano, doctor Antonio Martínez Báez, antiguo profesor de derecho constitucional de la Universidad Nacional Autónoma de México, desautoriza las “razones históricas”, muchas veces esgrimidas en favor de este absurdo: “la no-reelección de los senadores y diputados al H. Congreso Federal nunca fue postulada por los precursores de 1906, ni por los realizadores de la Revolución Mexicana, Madero en 1910 y Carranza en 1917”.2 

El presidente en 1933 del entonces Partido Nacional Revolucionario, el general Manuel Pérez Treviño, al justificar las reformas que prohiben la reelección en el Congreso en su discurso ante el Comité Directivo Nacional del PNR el 14 de enero de 1932, hace una interpretación a posteriori de lo que en realidad querían los constituyentes de 1917: “El asunto de la no-reelección fue tratado con toda amplitud en el Congreso Constituyente del 17 y, por la lectura del mismo Diario de los Debates de aquel Congreso, yo estoy convencido de que el espíritu3 del Congreso Constituyente fue estrictamente antireeleccionista”.4 

Los constituyentes de 1917, en realidad, aprobaron sin discusión los artículos 51 y 58, relativos a las elecciones de senadores y diputados que permitían su reelección inmediata e indefinida y solamente se pronunciaron por el principio de no-reeleccción para el caso del Presidente de la República. La creencia de que el principio de no-reelección de los miembros del Poder Legislativo es una tradición revolucionaria que debe mantenerse es equivocada. No hay tal tradición. La reforma se origina en 1933 sin ningún antecedente previo, con la inadmisible y anecdótica excepción de la Constitución de Apatzingán sancionada en 1814, que admitía la reelección de diputados mediando un periodo y que para efectos prácticos nunca entró en vigor. 

Otro de los argumentos en favor de la no-reelección en el Poder Legislativo es que ésta permite la circulación y la renovación de los miembros del Congreso. Sobre esto, Manuel Pérez Treviño dijo en 1932 que “la posibilidad de reelegirse es un derecho ciudadano: la necesidad de renovarse es un principio de la Revolución. El derecho de los individuos por debajo del derecho de las multitudes”.5 

Pérez Treviño pone por encima del derecho a reelegirse la necesidad (¿?) de renovar constantemente a los miembros de las Cámaras. No toma en cuenta que el derecho de los electores de reelegir a sus representantes, también es un derecho de las multitudes que quedaba eliminado con esa reforma. La circulación constante y continua de diputados y senadores no es algo deseable por sí misma. La representación política no es una canonjía que deba repartirse entre los más posibles. Un Congreso en constante circulación sólo sirve de mecanismo de reclutamiento político o como aparato de reparto y distribución de cuotas de poder, sobre todo si las prerrogativas de elección son de un solo partido. El presidente del PAN en 1965, Adolfo Christlieb Ibarrola, decía sobre las reformas de 1933-34: “La no-reelección de diputados y senadores, que nunca se había tratado en México, prestaba al régimen la oportunidad de borrar del mapa de la política, sin hacer distingos personales, a los miembros del Congreso no sumisos al maximato… La reforma también permitiría realizar, desde el partido oficial manejado por el Ejecutivo, el control selectivo y total de los miembros del Congreso”.6 

El 13 de octubre de 1964, la fracción parlamentaria del Partido Popular Socialista presidida por Vicente Lombardo Toledano presentó en la Cámara de Diputados un proyecto de ley que permitiría, en caso de ser aprobada, la reelección indefinida de diputados en periodos inmediatos. Esta iniciativa inició la única discusión importante sobre el tema que se ha hecho en las Cámaras desde las reformas de 1933-34. 

La propuesta de Lombardo se limitaba a la reelección indefinida de los diputados. La Comisión de Asuntos Constitucionales y la Comisión de Gobernación prepararon un proyecto de decreto que aceptaba la reelección únicamente para los diputados y sólo para dos periodos consecutivos de tres años. A pesar de su timidez y limitaciones, esta iniciativa no próspero. La Constitución Política recoge actualmente la redacción del artículo 59 en que fue hecha para las reformas de 1933-34. 

La prohibición de reelección inmediata priva a nuestros legisladores de un periodo mayor de preparación que les permita cumplir su tarea de legisladores y vigilantes de la administración pública. La no-reelección en el Congreso inclina definitivamente la balanza del poder hacia el Ejecutivo, violando el equilibrio que debe existir entre ambos poderes. Este obstáculo también niega al voto ciudadano su carácter de elemento evaluador de la actuación del legislador y la posibilidad a los electores de premiar con la reelección a quienes hayan cumplido la representación legislativa con eficacia; al mismo tiempo anula la facultad de negarle el voto a quien, por su ineptitud, no merece ser reelecto. Quienes no asumen su representación en el Congreso con espíritu de servicio y eficacia, simplemente huyen hacia otras responsabilidades. 

México es la única democracia en el continente que no permite la reelección de los miembros de su Poder Legislativo.

1 Constitución Política Mexicana. Con Reformas Adiciones. Ediciones Andrade, México, 1950. 

2 Antonio Martínez Báez: Los diputados frente a la Constitución. Excélsior, enero 8, 1965, p.7 

3 El énfasis es del autor. 

4 Manuel Pérez Treviño: Discurso pronunciado el 14 de enero de 1932 en la Reunión del Comité Directivo Nacional del PNR. 

5 Discurso pronunciado el 31 de octubre de 1932 en la sesión de la Convención Nacional Extraordinaria celebrada en la ciudad de Aguasca-lientes. 

6 Adolfo Christlieb Ibarrola: Crónicas de la no-reelección, Ediciones de Acción Nacional, México, 1965.