Esta carta de Mark Twain a su editor fue publicada el 21 de septiembre de 1872 en el London Spectator. La carta forma parte del libro  Mark Twain’s Letters, volumen 5: 1872-1873  (University of California Press), y apareció en Harper’s (junio de 1997).

Señor: 

Sólo me atrevo a molestarlo porque lo hago, en cierto modo, por el interés de la moralidad pública, y esto hace respetable mi misión. Mr. John Camden Hotten, de Londres, ha reimpreso, por iniciativa propia, varios de mis libros en Inglaterra. No protesto en contra de esto pues no hay ley que pudiera darle efecto a la protesta; y, además, los editores no toman en cuenta las leyes del cielo y de la tierra en ningún país hasta donde yo entiendo. Pero mi pequeña queja es ésta: mis libros son lo suficientemente malos tal como están escritos; por tanto, ¿en qué se convertirán después de que Mr. John Camden Hotten ha compuesto media docena de capítulos y los ha incluido en mis libros? Creo que todos los corazones honestos sangrarán por un autor cuyos volúmenes han caído bajo un designio como éste. 

Si un amigo suyo, o inclusive usted mismo, escribiera un libro y lo dejara a la deriva en manos de la gente, con la más seria aprehensión de que no es intelectualmente lo que debería de ser, ¿qué le parecería ver a John Camden Hotten sentado y estimulando su inspiración, babear dos o tres capítulos en el final de ese libro? ¿No le parecería el mundo vacío y cruel? ¿No sentiría que se quiere morir y descansar en paz? Poco sabe el mundo del verdadero sufrimiento. Y supongan que él, con la fuerza de haber desplegado esas maravillas desde su propia conciencia, pudiera ir a registrar el copyright del libro entero. Y supongan además de todo esto, que él, continua y persistentemente, se olvidara de ofrecerles ni un solo centavo o inclusive de enviarles un ejemplar de su propio libro mutilado para siquiera quemarlo. Dejemos que uno suponga todo esto. Dejen que alguien suponga esto con la convicción suficiente y entonces sabrá algo de lo que es el dolor. A veces, cuando leo alguno de aquellos capítulos adicionales construidos por John Camden Hotten, siento que quisiera tomar una escoba de paja y barrerle el cerebro a ese hombre. No con ira, pues no siento alguna. ¡Oh!, no con ira, sino sólo para ver qué hay, eso es todo. Una simple curiosidad ociosa. 

Sí -a fin de regresar al tema, que es la pena que está minando lenta pero seguramente mi salud-, las ediciones no revisadas, no corregidas de Mr. Hotten, y sus libros, en ciertos aspectos, espúreos, con mi nombre en ellos como autor, amargan así a sus clientes en contra del más inocente de los hombres. Los señores George Routledge & Sons son los únicos editores ingleses que me pagan derechos de autor, y por tanto, si mis libros van a diseminar el crimen o el sufrimiento entre los lectores de nuestro idioma, preferiría mucho más que lo hicieran a través de esa casa, y entonces yo podría contemplar con calma el espectáculo al tiempo que me depositan los dividendos. 

Yo soy, Señor, & c., Samuel L. Clemens (“Mark Twain”).

Traducción de David Olguín