Javier García Galiano. Escritor.

Abraham Stobschinski abrió ese paquete porque iba dirigido a él. Mantenía una pequeña oficina en el centro de la Ciudad de México, desde la que traficaba con café, té y especias, que le daban un olor peculiar al cuarto donde despachaba cartas y llamadas telefónicas de todo el mundo. El paquete carecía de remitente y estaba a punto de desbaratarse. Sin embargo, en su envoltura amarilla todavía podían distinguirse sellos de correos y aduanas de diferentes países. Stobschinski estaba acostumbrado a ese tipo de envíos porque los había recibido con frecuencia. Por eso lo abrió indolentemente, sin querer detenerse demasiado en él. Sólo contenía una nota escueta, que más bien era una súplica: Settimo Gaudino, uno de sus deudores, le pedía que aceptara aquello como pago, asegurándole que era de gran valor. Stobschinski, que desde hacía mucho daba esa mercancía por perdida, desdobló un inmenso pliego de papel viejo a punto de romperse. Lo extendió cubriendo su escritorio y sintió un ligero enojo al identificar su contenido: sólo se trataba de un mapa. 

Había olvidado el relato de aquel italiano que, en una larga sobremesa -para él muy aburrida porque no se había cerrado ningún trato-, le habló de una isla misteriosa en el norte del Atlántico, que existió en el siglo XVII y desapareció de la geografía en el XIX. Según Gaudino, no se sabía qué había pasado con ella. Suponerla devorada por el mar le parecía demasiado sencillo, y aseguraba que el hecho encerraba un misterio mayor. 

Mientras desembarcaba té de Ceilán en Rotterdam, Stobschinski quizá recordó el mapa y las conjeturas del italiano, cuando uno de los estibadores, a juzgar por su aspecto venido de las colonias, le refirió la historia de una isla que había perdido a muchos hombres. Algunos cartógrafos la localizaban en el norte del A-tlántico, y no eran pocos los marineros que habían intentado refugiarse en ella. Sin embargo, según los sobrevivientes, cuando uno creía haberla divisado y se le consideraba un refugio seguro, la isla se volvía inalcanzable. No faltaban los náufragos que se enorgullecían de haber encontrado la salvación en sus costas, pero sus informes resultaban vagos e inverosímiles. Muchos la tenían por una isla fantasma o una ilusión provocada por el mar. 

Aunque Abraham Stobschinski viajaba frecuentemente en barco, nunca había hablado con un capitán. En el trayecto de Hamburgo a Nueva York, cuando navegaban por aguas peligrosas, el capitán Moore le contó que algunos marineros aseguraban que en esas latitudes, durante las tormentas, solía aparecer una isla que no era visible en días claros. Para los más viejos se trataba de un milagro, pues pensaban que podría representar una salvación en caso de desastre. Los vigías, sin embargo, la creían de mal agüero, como el anuncio de un naufragio inevitable. Algunas cartas de navegación antiguas la mencionaban con el nombre de Santa Cecilia, recomendando no acercarse a ella pues no es fácil de divisar, lo cual la convierte en zona riesgosa, donde han sucedido accidentes fatales. 

Fue el rabino de Santa María La Ribera, a quien Stobschinski le confiaba incluso sus negocios secretos, el que se interesó por el mapa. Una mañana lo examinó a la luz polvosa que se colaba entre las viejas persianas de la oficina del comerciante de especias. Recorrió su extensión sobre el escritorio de madera pulida. Reconoció con precisión el oriente y las peligrosísimas islas del Mar de la China. Se regodeó en Tasmania y se aventuró hasta Australia para demorarse después en las costas de Africa, deteniéndose asombrado en cada uno de sus puertos. Miró las Islas Canarias. Corroboró pronto la abigarrada geografía europea. Se interesó poco por Escandinavia y menos por Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, rodeadas de islas innumerables y difíciles de identificar, que el mapa detallaba profusamente. Observó con detenimiento el norte del Atlántico y creyó recordar algunas historias apenas oídas acerca de una isla misteriosa, dibujada en el mapa con sospechoso esmero: Santa Cecilia. Exploró el abrupto continente americano e hizo un gesto de perplejidad. Mostró su desconcierto quedándose callado. Quizá regresó al mapa en busca de un indicio cualquiera para descubrir sólo un nombre, cifrado donde se suponía a la tierra austral: João Baptista Nunes de Ramahlo. 

Poco pudo hallar el rabino Peres en los libros acerca de ese hombre. En las enciclopedias sólo consignaban datos elementales: 

cartógrafo portugués nacido en Viana do Castelo. Ingresó de joven al convento de San Blas en Evora, del que escapó para embarcarse rumbo a América. Sin que se pueda precisar la época y el modo, lo cierto es que adquirió una sólida preparación cosmográfica. Perteneció a la Royal Society de Londres, de la que fue expulsado por falsificar mapas. 

Un diccionario belga sostenía que había nacido en el puerto de Ribadeo, en Galicia, y que trabajó como cartógrafo en la Compañía Holandesa de Indias. El capitán Nunes de Ramahlo aparecía también en un folletín portugués del siglo XIX como un pérfido vendedor de rutas secretas, que había sido raptado por piratas para que trazara el mapa de sus tesoros ocultos. 

“Era un canalla”, le dijo al rabino Peres el almirante Antonio Oliveira, que había adquirido ese grado a fuerza de hurgar en los archivos navales y de ordenar datos imprescindibles destinados al olvido. 

No era, como se dice, un falso converso. Era un desgraciado, una rata. Fue un conocido intrigante de barco. Se le atribuyen varios motines y quizá haya cometido algún asesinato en altamar. Traficaba con cualquier cosa, sobre todo alcohol. Solía embriagar a las tripulación para someterla a sus órdenes. Cometía saqueos menores y seducía hábilmente mujeres de una belleza exótica, de las que se enorgullecía hasta el aburrimiento o la fecha de un nuevo viaje. Entonces las vendía en los prostíbulos de Oporto. Se enamoró de muchas de ellas, pero siempre podían más sus deudas. Sin embargo, era un magnífico dibujante y un cartógrafo infalible. Incluso se le atribuyen varias de las mejores falsificaciones de Martin Waltzenmüller, al cual odiaba por haber sugerido que se bautizara al Nuevo Mundo con el nombre de Americo Vespuci. 

El anticuario Thomas Strunz llegó una mañana a un café de la calle Jesús María para comprar un mapa. Tenía el bigote pulcramente recortado y usaba un sombrero verde. Algunos lo creían húngaro; otros, checo. Muy pocos sabían que había nacido en Timisoara. Reconoció al comerciante de especias Abraham Stobschinski por el paquete que tenía en la mesa. Se presentó y saludó con parquedad. Examinó la mercancía detenidamente, quedó pensativo un momento y propuso un precio. Stobschinski aceptó de inmediato, convencido de que hacía un buen negocio. Strunz pagó sabiendo que el mapa valía mucho más y salió casi sin despedirse. Nunca contó la verdadera historia -quizá la ignoraba- de João Baptista Nunes de Ramahlo, un cartógrafo discreto que gastaba sus días y muchas de sus noches en la Casa da India y en la Casa da Mina, copiando mapas, cifrando secretos navales, haciendo conjeturas cosmográficas. Practicó una vida sosegada, cuya única anécdota consistió en la cotidianidad en mar y tierra. Sin embargo, una pequeña desgracia marcaría su vida; en Mozambique se enamoró de una mulata. Trató de seducirla con cartas y otros artificios, que la mulata no rechazó, pero tampoco entendió. Ignorante de las artes amatorias, Nunes de Ramahlo se resignó entonces a quererla desesperanzadamente, a cultivar su imagen en el recuerdo, a preservar el deseo de volver a verla, a pronunciar su nombre con veneración, como si se tratara de un talismán. 

En el oscuro silencio de la Casa da India, en la inmensa soledad de un mapa, João Baptista Nunes de Ramahlo concibió un homenaje íntimo a la mujer que amaba; una prueba de su amor. Dibujó con destreza una isla de la que no se tenía noticia, y que nadie podría ver jamás, en el norte del Atlántico, donde la niebla confunde a los navegantes, y la bautizó con el nombre venerado: Santa Cecilia. Inscribió luego el suyo en alguna parte de aquella teoría gráfica del universo para poder estar junto a ella, y escondió el mapa entre muchos otros. Nunes de Ramahlo nunca sospechó que esa invención sería repetida con frecuencia, y que algunos supondrían esa isla como un secreto de la Corona. Tampoco supo que en Mozam-bique había una mulata que, a veces, se acordaba, enamorada, de él.