Don DeLillo. Escritor estadunidense. Entre sus novelas. Los nombres.

La gran capacidad metafóricade este texto sirve para subrayar la condición del escritor disidente, no importa que viva en Oriente o en Occidente.

El mes pasado, en el SoHO, había un hombre en una jaula, un artista del performance, ruso, personificando a un perro. Sus manos y rodillas estaban protegidas por una tela acolchada; desnudo a no ser por un grueso collar, ladraba de vez en cuando, tomaba agua de un cazo y olisqueaba su chuleta de cordero de plástico. Es posible no pensar nunca en los perros hasta que uno ve a un hombre que cree ser un perro. La jaula tenía una pequeña abertura por donde los visitantes a la galería entraban en grupos de cuatro, mientras un número de gente se inclinaba con el propósito de hacer hablar o hacer llorar al perro, lo que fuera, o de mostrarle fotografías de su propio perro, hablándole despacio y con claridad, como si en verdad se tratara de un extranjero o de un perro.

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En un cuento de Kafka, “Un artista del hambre”, un hombre vive en una pequeña jaula, sin alimento, durante cuarenta días y cuarenta noches. La gente paga boleto por verlo morir de hambre, por verle hacer al pendejo, con sus brazos flacuchos y sus costillas al aire. El hombre tiene un entrenador y el entrenador ha concedido que el performance tenga un límite de cuarenta días, no porque el artista pueda morir de hambre sino porque calcula que sólo así esta figura representaría el extremo opuesto de la veleidad del público.

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En algún lugar de China, un escritor vive en un pequeño recinto, quizás un cuarto, o un agujero oscuro con una ranura por donde entra la comida. Podemos imaginar que el escritor ha concebido y formado su propia suerte. Tiene un nombre, Wei Jingsheng, y una historia al margen de los derechos y los documentos que otorga el Estado, y quizá tiene un arte al margen de los límites estrechos de la palabra escrita. En este sentido, su presión alta, su artritis y depresión, sus mareos y sus encías podridas se verían como los síntomas obstinados del esfuerzo perdurable del artista por cumplir su tarea: oponerse al Estado.

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En una cultura como la nuestra, que trata de absorber y neutralizar el conocimiento de cada consumidor, el espectáculo de un hombre viviendo como un perro tiene una especie de artificial elocuencia. Un golpe incisivo y pequeño en mitad de todas las tiendas y los restaurantes del Soho ofrece un ejemplo genuino de lo que significa la libertad de expresión. Pero también sugiere la terrible idea de que el artista del performance, liberado ya del control estatal soviético, el pelo a rape, con un collar de perro, carga consigo sus propios atavismos culturales, que anhelan el orden y la represión.

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El arte del escritor chino consiste en permanecer quieto -no silencioso, pero quieto-. La clásica condición del escritor, la de estar solo en un cuarto, aquí se ha extendido cruelmente. Wei es una figura quieta, que trabaja al margen de su destino en un espacio confinado, y que por largos periodos vive con apenas una cucharada diaria de azúcar disuelta en agua. Girando alrededor de esta quietud, hay algo continuo, pesado y vasto: el delirio permanente del Estado.

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Un auténtico perro, un bóxer, bien entrenado, ingresa a la galería y el artista del performance comienza a ladrar. Ha desarrollado un agudo y sonoro ladrido, semejante a una advertencia. Cuando un crítico de arte ingresó a su jaula en Suecia, el artista del performance lo hizo pedazos.

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El Estado totalitario quiere anular toda convicción en el escritor. Quiere absorber al escritor disidente. En el Occidente todo escritor es asimilado, transformado en comida para el desayuno o en risa enlatada. Pero entre más cerca se encuentre del Estado totalitario, más fuerte y vivo estará el artista. El artista es tan fuerte y singular, tan resistente a ser asimilado por el Estado, que el Estado debe encontrar la manera de hacerlo desaparecer.

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De hecho, el artista del hambre en Kafka cree que puede ayunar por más de cuarenta días. Ha llevado su arte hasta un límite extremo. Como la tragedia de su vida consiste en que no puede matar el hambre, es obligado a dejar su jaula y a comer, en una ceremonia pública, con banda de música y médicos atentos. 

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El escritor chino es atendido por médicos de la policía. Su celda es tan fría que hay figuras de ecarcha en la puerta. Sufre dolores en el pecho y no puede dormir. Los doctores estiman los síntomas de una manera tradicional y deciden que son falsos. El artista deja de comer otra vez. Una huelga de hambre es un acto libre, que no ha sido dictado por las autoridades, y Wei se deja morir de hambre para protestar por las condiciones locales y, por supuesto, para quedarse aún más quieto -el centro constante y quieto de este delirio giratorio.

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Cuando el artista del hambre muere, ellos deciden poner un animal en su jaula, una criatura fuerte y joven, equipada con unos dientes puntiagudos capaces de rasgar la carne adherida a un hueso. La gente llega a mirar al animal -una audiencia más numerosa que la que el artista del hambre pudo desear.

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Entre más lo oculten -entre más remota esté la celda, entre más pequeña y fría y en penumbra-, más fuerte y vivo estará el artista. 

Traducción de Isaac Martínez