en Francia

Ricardo Espinoza Toledo. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de París. Profesor titular de Ciencia Política en la UAM.

Luego de la histórica derrota sufrida por el Partido Socialista en las elecciones intermedias de 1993, que bajo la presidencia de François Mitterrand condujo a una comodísima mayoría de derecha (RPR-UDF) a la Asamblea Nacional y por tanto al gobierno, las elecciones presidenciales de 1995 dieron el triunfo al neogaullista Jacques Chirac, pero inician el proceso de recuperación de la izquierda socialista lidereada desde entonces por Lionel Jospin, coronada en las recientes elecciones legislativas francesas. 

1) La doble presidencia del estadista François Mitterrand (1981-1988 y 1988-1995) significó para Francia la consagración de la izquierda moderna y la inauguración de una era de estabilidad política lubricada por la alternancia permanente de partidos en los órganos del Estado. La cohabitación política entre fuerzas opositoras se instaló como el mecanismo institucional y político novedoso de balance y equilibrio entre programas y partidos políticos. En efecto, Mitterrand fue el garante de los derechos de las minorías y de su conversión en mayorías, pero bajo su égida se dio también la derrota más fuerte sufrida por los socialistas, en 1993. 

El triunfo del derechista Chirac en la presidencia de la República (1995), por su parte, se había preparado con mucha anticipación. Dos cohabitaciones políticas en las cuales las fuerzas de la coalición de derecha moderada -Reagrupación por la República (RPR) y Unión para la Democracia Francesa (UDF)- logran una mayoría cómoda (aplastante en la segunda ocasión), la primera de 1986 a 1988 y la segunda de 1993 a 1995, daban cuenta del descontento social que la gestión de la izquierda generaba. Pero no debe pasar desapercibido el hecho de que esas formas de premios y castigos también han sido expresión de una cultura política que ve en las elecciones intermedias la oportunidad de introducir correctivos y contrapesos a una gestión presidencial percibida como no muy satisfactoria. 

Así sucedió en las recientes elecciones legislativas. Como hemos anotado, hasta 1997 las cohabitaciones fueron entre un presidente de la República surgido del Partido Socialista y gobiernos surgidos de la derecha moderada. Con el triunfo de la izquierda en las elecciones anticipadas de 1997, los ciudadanos impusieron un veto a las políticas de ajuste y a los fracasos en la gestión de la derecha gobernante hasta entonces encabezada por la dupla Jacques Chirac (jefe de Estado)-Alain Juppé (jefe de Gobierno). 

2) El pasado 21 de abril el presidente Chirac anunció la disolución de la Asamblea Nacional y la celebración de elecciones legislativas anticipadas (que debían celebrarse en marzo de 1998). Su argumento central era que el cambio de gobierno garantizaría mejores condiciones ante los desafíos y restricciones) que supone la adopción de la moneda única europea. Lo cierto era que los índices de popularidad del gobierno habían descendido a niveles muy bajos. Las grandes movilizaciones y huelgas contra la reducción del sistema de seguridad social con que se inauguró la presidencia de Chirac habían empezado por debilitar la acción y el programa de su gobierno. La inconformidad social crecía y con ella aumentaban las posibilidades de éxito de la izquierda. Con el fin de no agotar el potencial de la coalición de derecha, la convocatoria a elecciones anticipadas constituyó un intento por detener la notoria pérdida de simpatía sufrida por el gobierno encabezado por el ex-primer ministro Alain Juppé.

La batalla electoral decisiva se dio en torno a la política social. Después de todo, el problema mayor a los ojos de los ciudadanos franceses sigue estando en esa dimensión. El desempleo, problema ya viejo, se había seguido disparando hasta llegar al 12.8% de la población económicamente activa, lo cual se tradujo en el indicador más contundente del fracaso de la política neoliberal de la derecha. Quizá por ello las medidas de austeridad y las reducciones de impuestos a las empresas para favorecer la creación de empleos, lanzadas por la derechista coalición RPR-UDF, carecieron de impacto y aceptación entre los electores. Antes de la segunda vuelta de las elecciones, Jacques Chirac llegó a decir que un voto en favor de la izquierda debilitaría al país y la construcción europea. Desde entonces, Juppé ofreció renunciar, ganara quien ganara. Los socialistas, por su parte, se comprometieron a reducir la semana laboral sin disminuir el salario, reintroducir el control estatal sobre los despidos, reducir impuestos sobre las ventas para estimular el consumo y la creación de empleos para jóvenes subsidiados por el gobierno. De nueva cuenta, la izquierda se perfilaba como la fuerza de la esperanza. 

Resultado de las elecciones en las 577 circunscripciones, el Partido Socialista (PS) se convirtió en el primer partido con 240 escaños; el Partido Radical Socialista (PRS) obtuvo 12; otras formaciones de izquierda 21; los ecologistas 7. Con el apoyo de los 38 diputados del Partido Comunista (PC), la izquierda rebasó ampliamente la mayoría absoluta (que es de 289 lugares), pues cuenta con 318 escaños. La coalición de derecha, que disponía de una mayoría aplastante en la Asamblea Nacional, se quedó con 257 lugares: los neogaullistas de Reagrupación por la República (RPR) alcanzaron 135 y la Unión para la Democracia en Francia (UDF) 108, mientras otras formaciones de derecha 14 escaños. Completan el cuadro la extrema derecha, el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen, que obtuvo una curul, más un diputado independiente, según información del Ministerio del Interior. 

3) La victoria de la izquierda es un reflejo de las dudas y rechazos generados por los ajustes económicos que preconiza la presidencia derechista. Desde el punto de vista cultural, Francia es un país de fuerte tradición estatista y apegado al progreso social. Lejos de verse como un progreso, ahora la Unión Económica Europea es percibida por los franceses como una amenaza a los logros sociales conquistados históricamente. La inmensa mayoría de ciudadanos franceses no es favorable al libre mercado y sigue siendo partidaria de un gobierno activo e intervencionista. No otra cosa mantiene una eficaz y funcional red de ferrocarriles, un sistema moderno de telecomunicaciones, un sistema educativo gratuito y un salario mínimo suficiente para una vida digna, para no hablar del amplio sistema de seguridad social. El Estado y su tradición les han dado buenos resultados. 

De ahí el castigo propinado al gobierno derechista de Jacques Chirac. La izquierda obtuvo una aplastante victoria en la segunda ronda de las elecciones legislativas, con lo cual el electorado obliga al presidente a una cohabitación con el líder socialista Lionel Jospin como primer ministro. La propuesta de “cambio real” hecha por Juppé y su compromiso de dar respuestas positivas al desempleo, la seguridad social, la educación o el control de la inmigración, fue arrasada por la oferta de “un pacto para una nueva democracia”, de Jospin. El Jefe de Gobierno recientemente electo propuso además “una política económica más audaz y más humana, que volverá a poner a Francia en marcha para todos y con todos”.

Lo que la convocatoria anticipada a las elecciones del gobierno derechista pretendía era retener la mayoría en la Asamblea Nacional antes de los recortes presupuestales planeados para este año con el fin de reducir el déficit público, medida de austeridad necesaria para preparar a Francia para su ingreso al sistema de moneda europea única, que deberá entrar en vigor en 1999. Sin embargo, la derrota prevista para 1998 se convirtió en la derrota anticipada. Chirac está obligado a terminar su mandato en cohabitación con un Parlamento opuesto a su partido. 

Uno de los mensajes básicos de los electores franceses a sus gobernantes es que ya no quieren seguir padeciendo políticas de austeridad. A ese costo, tampoco están dispuestos a integrar la Unión Monetaria Europea (UME). El gran compromiso del gobierno encabezado por Jospin es crear una agenda europea en la que tengan mayor peso las cuestiones sociales como el empleo y la seguridad social, entre otros factores, pero sin poder desentenderse de los compromisos anteriores adquiridos por Francia hacia la Unión Monetaria. Primero el empleo y después la UME, es la divisa de Lionel Jospin, primer ministro francés surgido de la izquierda socialista.