En agosto de 1926, Joseph Roth viajó a la Unión Soviética enviado por el periódico Frankfurter Zeitung, la cual recorrió hasta diciembre de ese mismo año. Pasó por Bielorrusia, estuvo en Moscú, fue a Astracán, a Bakú, al Cáucaso, a Tifilis, a Odessa; luego se dirigió a Ucrania, donde conoció Kiev y Cherkasy. Volvió a Moscú y, durante el regreso a Alemania, se detuvo en San Petersburgo, que entonces se llamaba Leningrado.

Aunque era un buen observador, pues creía que “sólo por medio de la observación puede llegarse al conocimiento de la realidad”, y no dejó de percibir algunas deficiencias del, en ese tiempo, prometedor sistema, el entusiasmo fue, desde el principio, el signo de su viaje, según lo demuestra la carta que le escribió a Benno Reifenberg el 30 de agosto de 1926: “en Rusia surge sin duda un nuevo mundo —considerado críticamente—. Estoy contento de poder verlo. No se puede vivir sin haber estado aquí, es como si uno se hubiera quedado en casa durante la guerra”.

Cuando regresó de la Unión Soviética, Roth quiso publicar un libro acerca de la situación de ese país, pero la Frankfurter Societäts-Drückerei, la editorial del Frankfurter Zeitung, lo rechazó. En 1995, Klaus Weistermann recopiló sus artículos, reportajes y las anotaciones de su diario al respecto, y los publicó en la editorial Kiepenheuer & Witsch con el título Reise nach Russland. Este artículo apareció en el Frankfurter Zeitung el 20 de febrero de 1927.


Dios Nuestro Señor camina de incógnito por las calles de la tierra rusa, libre de todas las pesadas obligaciones que la antigua religión oficial se había atrevido a imponerle, comprometido ante la ley a no inmiscuirse en política, considerado como Absolutamente inexistente, como un tipo de competencia inepta, por los hombres del Estado. Ya no se hacen pogroms en su nombre, ya no se toma juramento a los soldados en su nombre. Ya no necesita adoptar medidas policiacas de naturaleza terrenal. Dios tiene vacaciones.

No se le responsabiliza por rayos, truenos y centellas. Ya no necesita adaptarse a las ideas terrenales de justicia e injusticia. Ya no debe prestar su nombre para la protección de los grandes, apenas escucha las campanas de la iglesia, ya no celebra matrimonios en el cielo —para mayor seguridad, los hombres lo resuelven en el registro civil—. Dios Nuestro Señor vive todavía en los arcaísmos, en las exclamaciones sobresaltadas de naturaleza femenina, en las aseveraciones de los mentirosos hombres del NEP, en los distintos juramentos exagerados, irreflexivos, que no tienen validez en los juzgados, Dios es una invocación sin importancia.

El Partido Comunista se ha encargado de la mayor parte de sus funciones y las ha repartido entre diferentes dioses menores. Soberano, el hombre deambula sobre su tierra, todo le puede ocurrir, pero no le puede pasar nada. El poder verlo y saberlo todo lo ha heredado la policía secreta. Dios sólo puede dedicarse a sus decisiones inescrutables, ha sido limitado a la administración del infinito y a la conservación de la eternidad. Sin embargo, el gobierno de lo pasajero ya no está en sus manos. Cuando todavía tiene algo que decir en Rusia, reconoce con sinceridad que está contento.

“Dígame”, me preguntó un hombre, “¿cómo puede creer en Dios un hombre ilustrado?”. “Somos orgullosa e intencionadamente ateos”, me dijo un alto funcionario público. “Este tipo todavía cree en Dios”, así me presentó una madre a su hijo de doce años. Tenía un gramófono y en las noches apacibles oía con atención los compases de un vals de Strauss. “El cielo es aire azul”, dijo el niño, “¿dónde puede estar sentado Dios?”. “Dios está de rodillas ante nosotros cuando nos implora un Java (una marca de cigarrillos)”, escribió un poeta moderno que hace el elogio de los cigarrillos. “Cuando Lenin murió”, me contaba un comunista mojigato, “no fui a ver el cadáver. No honro a los muertos, eso se lo dejo a los feligreses”. “Educamos al hombre para la autosuficiencia”, dice un trabajador, “por eso hemos desterrado a Dios”. “Nosotros construimos un ferrocarril eléctrico. Usted puede verlo”, me dijo un ingeniero en Bakú, “¿Dios nos ha construido alguna vez un ferrocarril?”. El hombre cree en lo que ve, oye y huele. Cuando aparece en la literatura, Dios es una licencia poética, en Dostoyevski, por ejemplo, es una consecuencia directa de su epilepsia.

“¿Qué hace Dios?”. Sale a pasear como un desconocido, un viejo vestido de extranjero. Un reportero se lo encuentra en una calle silenciosa después de la lluvia; el pavimento deteriorado está húmedo y lleno de charcos. Un arcoiris vespertino se arquea en el oriente. El sol cae en el poniente.

“Hoy estuve en el Instituto para el intercambio Cultural con el Extranjero”, dijo Dios. “Me dieron una visita guiada. Tenía que ver el Kremlin; me enseñaron iglesias vacías. Un intérprete inglés me lo tradujo todo. No me interesan los estilos arquitectónicos ni los sarcófagos de los zares muertos. Una mosca zumbaba, una mosca verde española zumbaba en una habitación. ‘Tradúzcame’, le dije al intérprete, ‘lo que dice la mosca’. ‘Estúpido yanqui’, dijo el intérprete en ruso dirigiéndose al guía, y hacia mí: ‘la ciencia no está tan adelantada entre nosotros. No conocemos el idioma de las moscas’. Una migaja de pan colgaba del bigote del guía. ‘Acaba de desayunar’, dije. El intérprete le tradujo. Sabe, a mí siempre me han interesado las cosas muy pequeñitas. Me mostraron el mausoleo de Lenin. Tirado en la entrada había un clavo tirado. Lo levanté y pregunté: ‘¿De dónde cree que proviene este clavo?’ y no sabían qué decirme. Entré a una iglesia, di una limosna a los mendigos para no llamar la atención. Los feligreses no cantaban mal. El Pope es un magnífico bajo profundo. Vi el pie de un hombre arrodillado y un hoyo en la suela de un zapato. ‘¿Dónde se hizo ese hoyo?’ pregunté a mi acompañante. No lo sabía.

“Sabe cómo se forma el rayo, pero Yo nunca lo he ocultado. Mire, los hombres, sin embargo, siguen sin saber nada de las cosas nimias, aunque ya no crean en Mí. En cuanto a Mí, apenas puede creer lo contento que Yo estoy de haber sido relegado de este complejo de Estado, gobierno, industria, política. Y no me exigen que me preocupe por la salud de los altos mandos, por la moral de los niños, por la coalición de los generales y la química. No bendigo máscaras antigás, hasta los guardias blancos han entendido que ya no los ayudaré. Vivo en el Savoy, pago veinte rublos al día y dejo que se Me niegue. Ahora voy al teatro de Meyerhold, donde representan una obra en la cual hacen escarnio de Mí. Ya no necesito castigar a nadie. ¡No puede creer qué noche tan agradable voy a pasar!”.

Se hizo de noche. Dios llamó un Iswoschtschik y regateó mucho tiempo. “¿Cuántos nudos tiene tu látigo?”, preguntó Dios. “Señor, no puedo contar tales pequeñeces”, dijo el cochero, “sólo Dios lo sabe, señor”. El reportero fue y escribió en su diario: “Hoy hablé con Dios Nuestro Señor. Vive en Rusia como Dios en Francia”.

 

Joseph Roth

Nota y traducción de Javier García Galiano