Arnaldo Córdova. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Entre sus libros, La revolución en crisis. La aventura del maximato (Cal y arena).

Cuando un régimen político es de verdad democrático y los ciudadanos pueden decidir por sí solos quiénes los van a gobernar, el voto resulta ser un arma poderosísima que puede, lo mismo, derrumbar poderes que instaurar otros. En México, con nuestra anémica y lentísima reforma política, las transformaciones han sido, a pesar de todo, notables. Hace veinte años, nadie se podía imaginar hasta dónde íbamos a llegar. No hemos llegado muy lejos desde entonces, pero es evidente que el país es, política y socialmente, muy otro del que teníamos en 1977. La cada vez más impresionante pluralidad de la ciudadanía mexicana es un fenómeno que a veces espanta a quienes hasta hoy han detentado el poder (y también a otros a quienes el cambio siempre asusta). El voto, que es el acto en el que el ciudadano decide, es lo más valioso de la democracia. Y lo es más en la medida en que se vuelve un acto cada vez más consciente.

Las elecciones generales que tuvieron lugar en Gran Bretaña el pasado primero de mayo fueron de veras impresionantes, vistas desde el ángulo del poder del voto. El ciudadano puede dar el poder, pero también puede castigar duramente a quienes no hacen buen uso del mismo. Los conservadores británicos, que llegaron al gobierno con la señora Thatcher hace dieciocho años, tuvieron una gran suerte en 1992, cuando los laboristas, después de tantas oportunidades todavía no podían darse una imagen nueva, de partido moderno, y, a pesar de ir adelante en las encuestas de opinión por unos cuantos puntos, perdieron las elecciones. Los ciudadanos no creían ya en los conservadores, que los habían golpeado con su política económica, salvajemente privatizadora y reconvertidora, pero no encontraron en los laboristas nada que fuera nuevo, nada que los convenciera de tomar otra decisión que no fuera la de dar de nuevo el poder a los conservadores.

El Labour, como llaman en Gran Bretaña simplemente al Partido Laborista, seguía siendo un viejo partido, con vetustas banderas y, lo que es peor, con una imagen anticuadísima. Los clasemedieros ingleses detestaban a los conservadores por todo lo que su proyecto económico los había hecho pagar; pero más detestaban a unos laboristas que les parecían piezas de museo de fines del siglo XIX. El tercer partido en este país, el Liberal Democrático (hasta hace unos treinta años, simplemente, Liberal y de añeja tradición), no es precisamente un pigmeo en las lides políticas, pero ya no representa una opción mayoritaria. Desde el fin de la Segunda Guerra mundial, en que los laboristas conquistaron el gobierno, la lucha es entre ellos y los conservadores. El Labour tuvo que cambiar. Y tuvo que hacerlo a fondo. Hay una gran semejanza histórica entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el nuevo Partido Laborista británico. La vieja guardia anticuada e incapaz de cualquier cambio fue removida del poder por una nueva generación que encabezó un joven de apenas 39 años de edad, Tony Blair. Hasta en el origen se parecen. En España fueron los jóvenes andaluces. En Gran Bretaña muchos de ellos son escoceses.

En todo caso, la renovación tuvo éxito. Los laboristas, antes que nada, no es que rompieran con los sindicatos (las Trade Unions), que eran la base y la clientela principal del partido, pero les pusieron un hasta aquí en su dominio del partido y los obligaron a reconocer como superior la autoridad política del propio partido. Tony Blair dio una larga batalla con los caciques sindicales y la ganó. La dirección del partido fue reconstituida, ya sin la obligada presencia de aquéllos y con la manos libres para reelaborar el programa partidista y para entablar un debate público sistemático con los conservadores en el que los laboristas llevaron siempre la ventaja, no por lo que decían, que no era mucho, sino por los errores y las deficiencias en su conducción del país que obligaban a aceptar a los conservadores. El “muchacho (the young chap) laborista” comenzó a ganar una batalla tras otra, fascinando a los ingleses por su agresiva y atractiva juventud, pero también por su gran capacidad de debate y por el cambio impresionante del Partido Laborista en tan sólo dos años que él y los suyos lograron. El Labour Party comenzó a llamarse New Labour, una expresión desde luego acuñada por Blair. Y fue tan nuevo, que los conservadores comenzaron a verse como verdaderos dinosaurios, sobre todo después de dieciocho años de ejercer el poder. Todo mundo sabía que estaban a punto de perderlo.

A sólo dieciocho meses de haberse convertido en el nuevo líder del partido, Blair ya llevaba apabullantes ventajas en encuestas de opinión de más de veinte puntos porcentuales sobre los conservadores. Como las encuestas fallaron en 1992, todos se sentían escépticos. Cuando la batalla electoral empezó (la llamaron “long campaign” y duró sólo poco más de un mes), sus porcentajes bajaron un poco. Pero cuando se conocieron los resultados en las urnas se supo que, esta vez, mejor hechas y mejor proyectadas, las encuestas habían tenido todo el tiempo la razón. Blair no sólo comenzó a echarse en el bolsillo derecho a los electores. También lo hizo con los medios de comunicación y, en particular, con un tabloide horroroso, The Sun, que en el Metro de Londres uno ve a todo mundo leer y que, no tiene remedio, dicta opinión. Tira nada menos que cerca de cuatro millones de ejemplares. En 1992, The Sun apoyó a los conservadores. En 1997 a los laboristas. Los resultados, en ambas ocasiones, estuvieron a la vista.

El New Labour, por supuesto, tenía su programa (“Manifesto” le llaman aquí). Pero no difería en casi nada del de los conservadores. Tony Blair, durante la campaña, que fue una de las más largas que se recuerden y que duró sólo seis semanas, apareció casi cada día ante las cámaras de la televisión diciendo que, en materia programática, no había ninguna diferencia con los conservadores. Su bandera fue que los conservadores no habían sabido cumplirlo, después de dieciocho años de estar en el poder, que estaban divididos en torno a la cuestión de la Unión Europea, y que no eran ya capaces de gobernar al país. Con eso ganó y ganó con una mayoría que jamás el Partido Laborista había logrado en toda su historia. La victoria laborista rompió casi todos los records. Blair, hoy a sus 41 años de edad, se convierte en el ministro más joven de la historia desde que en 1812 Lord Liverpool ganó el puesto. El Partido Conservador sufrió la peor derrota desde que el duque de Wellington fue humillado por los whigs en 1832. Con 418 bancas de 659 de que se compone la Cámara de los Comunes, los laboristas por sí solos podrían incluso abolir la monarquía, aunque no son tan tontos para hacerlo. Las mujeres, de 63 que eran en la anterior Cámara, ahora son 120. Los conservadores ahora son sólo 165, de 321 que llegaron a ser. Seis de los antiguos miembros del gabinete perdieron las elecciones en sus distritos. Una victoria y una derrota en toda la línea. Un conservador, perdedor en su distrito, llegó a decir: “Deberán pasar dos o tres Parlamentos antes de que regresemos; pero puede darse que jamás volvamos a lograrlo”. En dos de las cuatro partes integrantes del Reino Unido, Escocia y Gales, los conservadores no ganaron un solo distrito. ¡El poder del voto!

En la semana que siguió a las elecciones me dediqué casi por entero a recorrer todos los lugares públicos de Londres preguntando a la gente en torno a su voto. Casi todos me dijeron por quién habían votado y había de todo. Lo curioso fue que casi todos coincidían en una extraña alegría por la derrota de los conservadores, incluidos los mismos conservadores. Uno de ellos me dijo: “Ya estaba cansado de sentirme responsable por los destinos de la nación”. Nadie me dijo una palabra amable sobre los laboristas, ni siquiera los laboristas. “A ver qué hacen. Ahora tienen la oportunidad. Les dimos el poder. Si lo desperdician, querrá decir que este país no tiene remedio”, me dijo un votante laborista. Como es bien sabido, en Gran Bretaña no hay representación proporcional. Ello explica el abrumador dominio de los laboristas con sólo el 43.1% de la votación. Los laboristas quieren cambiar el sistema. Ya veremos cómo se comportan en el poder. Lo que me llamó la atención fue la beligerancia del ciudadano que va a votar y nunca dejé de pensar en el desarrollo del voto en México. Tampoco en las encuestas de opinión, que en el Distrito Federal son de borrachera. El ciudadano otorga el poder con su voto, pero, con su voto, puede destruir totalmente un poder que se sentía seguro. En México, aunque lentamente, comenzamos a experimentar esa sensación. Tal vez un día, no muy lejano, podamos dar el poder y también castigar duramente a quienes han fallado en la encomienda que les dimos a través de nuestro voto. Eso es la democracia representativa moderna y sólo eso podemos esperar de ella. La lección inglesa del primero de mayo es una magnífica lección y de ella ya todos los europeos están tomando nota. Ojalá nosotros pudiéramos hacer lo mismo.