Fernando Pessoa no fue sólo un poeta y ensayista excepcional. Fue también autor de varios relatos. El que aquí les ofrecemos constituye un ejercicio inmejorable de crueldad narrativa.


Señor Antonio:

Usted nunca ha de ver esta carta, ni yo he de verla por segunda vez porque estoy tuberculosa, pero quiero escribirle aunque usted no lo sepa porque si no escribo me ahogo.

Usted no sabe quién soy, quiero decir, sí lo sabe pero no habrá caído en la cuenta, me ha visto en la ventana cuando pasa para ir al taller. Yo me quedo contemplándolo porque sé a la hora que usted llega y lo espero todos los días. Nunca le habrá dado importancia a la jorobada del primer piso de la casa amarilla, pero yo no pienso más que en usted. Sé que tiene una amante, es aquella muchacha rubia, alta y bonita: la envidio pero no le tengo celos porque no tengo derecho a tener nada, ni siquiera celos. Usted me gusta porque me gusta y ya está, y me apena no ser otra mujer, con otro cuerpo y otra hechura, para poder bajar a la calle y hablar con usted, aunque no me diese nunca la razón, pero me hubiera gustado conocerlo aunque sólo fuera de hablar alguna vez con usted.

Usted es lo único que ha aliviado mi enfermedad y le estoy agradecida sin que usted lo sepa. Yo nunca podría tener a nadie que me quisiera como se quiere a las personas que tienen un cuerpo bien hecho, pero tengo derecho a querer sin que me quieran y también tengo derecho a llorar, que eso no se le niega a nadie.

Me hubiera gustado morir después de hablar una sola vez con usted pero nunca tendré el coraje ni la forma de hacerlo. También me hubiera gustado que usted supiese que yo lo quería mucho pero tengo miedo de que si usted se enterara no le importase en absoluto, y me apena saber que ésa es la única verdad por encima de cualquier otra cosa, que además no voy a procurar saber.

Soy jorobada de nacimiento y siempre se han reído de mí. Dicen que todas las jorobadas son malas pero yo nunca le he deseado mal a nadie. Además de esto estoy enferma y nunca tuve fuerzas, a causa de la enfermedad, para enojarme demasiado. Tengo diecinueve años y nunca he comprendido para qué he llegado a tener tanta edad, enferma y sin nadie que se apiadase de mí, a no ser porque soy jorobada, que es lo de menos porque es el alma lo que me duele y no el cuerpo, ya que la joroba no duele.

Hasta me hubiera gustado saber cómo es su vida con su amiga porque como es una vida que yo nunca podría tener —y ahora menos, que ni vida me queda— me hubiera gustado saberlo todo.

Perdone que le escriba tanto sin conocerlo, pero usted no va a leer esto y aunque lo leyese no sabría que era para usted o, en cualquier caso, no le iba a dar ninguna importancia, pero me gustaría que pensase que es triste ser jorobada, vivir siempre asomada a la ventana, tener madre y hermanas a quienes también les gusta la gente pero sin que le gustemos a nadie, porque todo eso es natural, eso es la familia, y lo que faltaba es que ni siquiera eso le estuviera permitido a una marioneta con los huesos al revés como yo, que ya lo he oído decir.

Recuerdo un día que usted venía para el taller y un gato empezó a pelearse con un perro aquí enfrente de la ventana. Todos salimos a verlo y usted se paró al lado de Manuel das Barbas, en la esquina del peluquero; después miró para mí, que estaba en la ventana, y me vio reír y usted también se rió para mí. Esa fue la única vez que usted estuvo a solas conmigo, por decirlo de alguna manera, ya que yo nunca podría esperar eso.

Usted no se imagina cuántas veces estuve a la espera de que ocurriese cualquier otra cosa en la calle, cuando usted pasase, para volver a verlo otra vez; tal vez usted mirara para mí de nuevo y yo me encontrara con sus ojos mirando directamente a los míos.

Pero no consigo nada de lo que quiero, nací así, y hasta tengo que subirme encima de un banquillo para poder estar a la altura de la ventana. Me paso todo el día viendo ilustraciones y revistas de moda que le prestan a mi madre, pero yo siempre estoy pensando en otra cosa, tanto que cuando me preguntan que cómo era aquella falda o quién aparecía en la foto donde está la reina de Inglaterra, muchas veces me avergüenzo de no saberlo porque estaba imaginándome cosas que no pueden ser y que no puedo dejar que me entren en la cabeza y me alegren, para que después, encima, me den ganas de llorar.

Después todos me perdonan y piensan que soy tonta, sin embargo nadie cree que yo sea pequeña. A mí llega a no apenarme la disculpa porque así no tengo que explicar por qué estaba distraída.

Todavía me acuerdo de aquel día que usted pasó por aquí para ir a lo de Domingo, iba con el traje azul claro. No era azul claro pero era de una tela más clara que el azul oscuro que acostumbra llevar. Iba usted que parecía el mismísimo día, que estaba lindo; yo nunca tuve tanta envidia de la gente como aquel día. Sin embargo no tuve envidia de su amiga, a no ser que no fuera ella con la que iba usted a acostarse sino con otra cualquiera, porque yo no tuve ojos sino para usted, y fue por eso que envidié a todo el mundo. No lo comprendo pero lo cierto es que es verdad.

No es por ser jorobada por lo que siempre estoy en la ventana, es que además tengo una especie de reumatismo en las piernas y no me puedo mover; y así estoy, como si fuese paralítica, lo que es una molestia para todos aquí en casa. Usted no se imagina cómo siento que todo el mundo tenga que soportarme y aceptarme. A veces me desespero y quisiera poder tirarme de la ventana abajo, pero ¿qué figura tendría al caer? Hasta el que me viese caer se reiría de mí; la ventana está tan baja que ni siquiera podría matarme sino que sería una molestia aún mayor para los otros. Ya me estoy viendo en la calle como una mona, con las piernas al aire y la joroba saliéndose de la blusa, y todo el mundo queriendo apiadarse de mí pero sintiendo repugnancia al mismo tiempo, o riéndose si les viniera en gana, porque la gente es como es, no como tendría que ser.

Y, en fin, ¿por qué le estoy escribiendo esto si no le voy a mandar esta carta? Usted que anda de un lado para otro no sabe qué duro es no ser nadie. Me paso el día en la ventana y cuando veo a todo el mundo ir de un lado a otro, llevar un modo de vida, disfrutar y hablar con ésta y con aquélla, me da la impresión de que soy un vaso con una planta marchita que dejaron aquí en la ventana para quitársela de en medio.

Usted no se puede imaginar, porque es lindo y tiene salud, lo que es haber nacido y no ser nadie, y ver en los periódicos lo que hacen las personas de verdad. Unos son ministros y andan de un lado para otro visitando todos los países, otros hacen vida de sociedad, se casan, celebran los bautizos, y cuando están enfermos los operan los mismos médicos, otros se van a las casas que tienen aquí y allá, unos roban y otros se quejan, unos cometen crímenes enormes, hay artículos firmados con nombres falsos, fotos y declaraciones de la gente que se va a comprar la última moda al extranjero… y usted no se imagina lo que significa todo eso para un trapo como yo, que se quedó en el parapeto de la ventana para limpiar la marca redonda que dejan los vasos cuando la pintura está fresca a causa del agua.

Si usted supiese todo esto a lo mejor sería capaz de decirme adiós desde la calle de vez en cuando, me hubiera gustado poder pedírselo porque yo, usted ni se imagina, quizás no viva mucho más, qué poco es lo que me queda de vida, pero me iría más feliz para allá donde se vaya si supiese que usted a lo mejor me daba los buenos días.

Margarida la costurera dice que habló con usted una vez, que le contestó mal porque usted se metió con ella en la calle de aquí al lado, cuando me lo dijo sí que sentí envidia de verdad, lo confieso porque no le quiero mentir; sentí envidia porque cuando alguien se mete con nosotras significa que, al menos, somos mujeres y yo no soy ni mujer ni hombre porque nadie cree que yo sea nada, a no ser una especie de engendro que está aquí para rellenar el hueco de la ventana y para causarle repugnancia a todo el que me ve, válgame Dios.

El António (es el mismo nombre que el suyo pero ¡qué diferencia!), el António, el del taller de automóviles, le dijo una vez a mi padre que todo el mundo debe producir algo, que si no no tiene derecho a vivir, que quien no trabaja no come y que no hay derecho a que haya gente que no trabaje. Y yo pensé: qué pinto yo en el mundo que no hago nada más que estar sentada en la ventana mientras la gente va de un lado a otro, sin ser paralítica y pudiendo encontrarse con las personas que quieren. Si yo fuera como la gente normal también produciría a voluntad lo que fuese preciso, y con mucho gusto.

Adiós señor Antonio, no me quedan sino días de vida y escribo esta carta sólo para guardarla en mi pecho como si fuese una carta que usted me hubiera escrito, en vez de habérsela escrito yo a usted. Le deseo toda la felicidad del mundo y ojalá que nunca sepa de mí para que no se ría, porque sé que no puedo esperar nada más. Ahí lo tiene, voy a llorar.

 

Fernando Pessoa (1888-1935). Escritor. Uno de los grandes nombres de las letras portuguesas.

Este texto fue tomado de la revista Página (No. 23, Santa Cruz de Tenerife, España).
Traducción de P. E. Cuadrado

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