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Antonio Saborit. Escritor. Entre sus libros, Los doblados de Tomochic.

Muchas lagunas voy dejando, adrede, en este Diario que ha sido por tantos años archivo, y hasta relicario a veces, de mis pensamientos y mis actos”, escribió el septuagenario Federico Gamboa el 7 de octubre de 1938. Desde los 30 años llevó un registro de cuanto le pareció. No obstante que la salud de nuestro diarista era más frágil que la entereza de sus personajes, su disgusto con el Estado posrevolucionario gozaba la formidable reciedumbre de su fe porfírica. A cuenta de esta fe, de hecho, corrió en buena medida el impulso de su diario.

La perfectibilidad de su tiempo animó a Gamboa a cubrir todo tipo de acontecimientos en las últimas dos décadas del gobierno de Porfirio Díaz, mientras que las diferencias con su tiempo le hicieron consignar las huellas de los primeros treinta años del desastre moral y político que en su idea se precipitó sobre el país después del adiós al Ipiranga. ¿Qué lugar ocupó el diario en la mente de su autor, en el clima cultural de la época y en el interior de una tradición literaria? ¿Qué recursos empleó el diarista para enfrentar las tareas de observación y registro? A veces fue la lasitud al plan de Gamboa y se le confundió el diario de efemérides sociales y artísticas que escribió hasta los 50 años, y que en buena medida se amoldaba a su manera literaria, con el diario histórico que el hubiera deseado reunir desde el instante en que Victoriano Huerta pidió su colaboración. Además por esas fechas se le convirtió en motivo de angustia saber que todo se le escapaba entre los dedos: su época y los motivos del desastre de sus tiempos. Así, en sus cuadernos de notas quedó la confusión entre el diario que llevo antes de la caída de Díaz y el otro que mantuvo después de 1911. “La situación reinante en un país como el nuestro es de tal modo desconsoladora que prefiero que la prensa diaria (que por su ministerio tiene que recoger todas las cosas, políticas, sociales, etcétera, que donde quiera se padecen) corresponda a la triste pero obligatoria misión de ser informadora de mañana”, escribió Gamboa en 1938. De aquí las lagunas en su registro. “Que a ella acudan las curiosidades de nuestros sucesores y herederos. Quiero ponerme al margen de todo ello”.

El diario, como ejercicio de registro, no se funda en la vocación marginalista de su autor. Lo contrario a la marginalidad fue lo que debieron preferir editores y lectores en el siglo pasado, fuertes promotores en la circulación de papeles de origen privado. La impersonalidad y el alejamiento son elementos prescindibles en la manías del diarista.

La pauta de esta clase de registro se la puede hallar en las primeras muestras de su existencia en obras como el Journal d’ un bourgeois de París, documento anónimo escrito por dos muy distintas manos en la primera mitad del siglo XV, o bien como el diario de John Evelyn que consigna setenta años de la vida en Londres en el siglo XVII obra de alguien que supo meterse a todos lados y girar en torno de sí mismo. Samuel Pepys, infatigable paseante urbano, escribió de 1660 a 1669 sin omitir palabra sobre su persona y su ciudad, Londres. De esta misma época es el Diario de Gregorio Martín de Guijo: recoge acontecimientos sucedidos entre 1648 y 1664 con tal frialdad que su autor creyó que tal manera nunca revelaría su íntima impasibilidad clerical. Antonio de Robles escribió bajo el mismo signo que Guijo su Diario de algunas cosas notables que han sucedido en esta Nueva España. Muy semejantes son el diario del marqués de Dangeau y el Journal historique de Charles Collé. James Boswell está entre los diaristas más notables del siglo XVIII. aunque tanto el hallazgo como la edición de sus ricos papeles personales apenas tiene unas décadas. Su visita a Jean-Jacques Rousseau es un pasaje tan singular como la entrevista de Federico Gamboa con Emile Zola.

En su mayor parte estos papeles empezaron a circular durante el siglo pasado; por ejemplo, el de Pepys salió en 1825, en 1853 el de Robles. La publicación mermó la promesa de confidencialidad de los diarios o bien levantó los bonos de la sinceridad como atributo literario: como haya sido, la posibilidad de publicar un diario en forma de libro incorporó a los hábitos de sus autores un personaje que no figuraba: la idea del público lector. Esta conciencia, tal vez añadida, fue aportación del siglo: y se diría que en esto operó un juego doble: los lectores transformaron al diario en género literario, la circulación hizo al autor. Ahí se dio la tensión fundamental entre lo público y lo privado que las páginas del diario convocan. Después nada parecería más sencillo y humanizado que encerrarse a escribir. El diario, en cierto sentido, era un ejercicio de ilustrado. Por otra parte, ofrecía un recurso expositivo distinto al de la prosa histórica y la prosa narrativa. En sus páginas cabían toda clase de intimidades, charlas, augurios, réplicas, intuiciones. Por esto el diario interesó de inmediato a la actividad política y sus protagonistas lo explotaron más que los hombres de letras. He aquí el nexo entre personajes tan distintos como Thomas Creevy, Carlos María de Bustamante y Charles Greville: usaron la riqueza del diario histórico. El lector que llegara a él -lo supieron- no iría en busca de una versión alternativa de la historia, sino de la verdad. De la historia en su intimidad diaria, en su minucia cotidiana. La historia era nada más una, pero imprevisible el número de sus partes.

Los hermanos Goncourt, Jules y Edmond, vivieron esta actitud historicista y la llevaron a su diario. Este fue tal vez el primer diario colectivo y familiar. En él quedó el detalle de la vida artística y literaria francesa en los años de su mayor influencia: la segunda mitad del siglo XIX. “Nunca, jamás impúsose Francia al mundo con su literatura como en estos últimos tiempos”, dijo Edmond de Goncourt a Gamboa en octubre de 1893. (Edmond, no sin arrogancia petulante, le especificó a su visitante mexicano: “del 70 acá”.) ‘Nunca viéronse ediciones de cientos de miles de ejemplares distribuidos en el universo entero, proclamando, por nobilísimo modo, que Francia piensa, que Francia es grande, que Francia es poderosamente artista”. El desafío del diario de los Goncourt, un triste diario para muchos lectores, iba en grande. Más que un diario de historia literaria, quiso ser el diario del gran momento de la historia de las letras francesas.

Gamboa empezó a escribir su diario sabiendo a los Goncourt, en el conocimiento de semejante celo por lo real, y así se hizo para sí de un salvoconducto artístico sellado en Francia. Su obra entera, de hecho, es gusto por el naturalismo. En la prosa narrativa Gamboa resolvió su vocación de historiador de la gente sin historia. En el espacio del diario, Gamboa dejó sus señas de autor: su mundo es su estudio y su estudio es el mundo.

Federico Gamboa publicó fragmentos de sus diarios en la revista que hacía su amigo y contemporáneo Luis G. Urbina, El Mundo Ilustrado. Esta fue la publicación más lujosa entre las empresas periodísticas de Rafael Reyes Spíndola. La crème editorial del porfiriato.

En este dato asoman dos novedades.

La primera tuvo que ver con lo insólito de los diarios en las letras mexicanas. Juan Nepomuceno Almonte se tomó el cuidado de escribir un diario. La misma apetencia tuvo el músico Melesio Morales. Ignacio Manuel Altamirano llevó el suyo y, además, un antojadizo livre de raison en el que quiso controlar las deudas de su dulcero paladar. Gamboa también asumió el carácter defigura -esa otra singularidad pública que los hombres de letras se inventaron desde el romanticismo-, y dejó testimonio escrito de los ecos de sus actos. Hay que insistir: aplicarse en el diario resultó insólito, aunque no extraordinario ni nuevo. Gamboa, a diferencia de Almonte y Altamirano, escribió su diario para que le leyeran. Esta era la diferencia entre dos ejemplos de la escritura privada del final del siglo XIX mexicano. La característica la compartió con otros diarios, o con escritos de naturaleza semejante. “No habría habido Memorias de Saint‑Simon ni Diario de Dangeau sin Luis XIV”, escribió Madeleine Foisil. Aquí sucede lo mismo. El diario de Gamboa no habría existido sin Porfirio Díaz. Pero después de 1911, el diario existió como a contracorriente: para ofrecer testimonio de la ausencia de Díaz.

El diario de Gamboa, una vez publicado, abrió un espacio literario y aún social para los suyos. José Juan Tablada tal vez fue el primero en seguir el ejemplo de Gamboa, al incluir en sus memorias fragmentos de sus papeles personales, primero, y al darlos a conocer por entregas bajo el título de “Diario, horario y minutero”. El diario apareció como una variante de la crónica en trabajos de Heriberto Frías y Jesús Martínez Carrión. Luego se le encontraría en crónicas de Salvador Novo, Rubén Salazar Mallén, José Revueltas, Rodolfo Usigli, Renato Leduc, Elena Poniatowska. En otras prosas narrativas el diario fue un recurso que se empleó con mucha más frecuencia. La segunda novedad consistió en que Gamboa hizo público su diario. Gamboa tuvo en mente, sin lugar a dudas, el Journal de los Goncourt:

Edmond entregó a la imprenta los tres primeros volúmenes -de veintidós que fueron- en 1887. El primer volumen de Gamboa salió en 1908 y los otro cuatro a lo largo de los  siguientes treinta años(1910,1920,1934, 1938). Vendió muy poco, contra lo que él esperaba: y más bien no vendió nada si se compara el movimiento comercial de una sola de sus novelas Santa, con el de su diario. En estos cinco volúmenes quedaron exclusivamente sus apuntes porfiristas: 1892‑1911. El siguiente, Iargo tramo de 1912 hasta su muerte en 1939 se conoció gracias al hijo, Miguel Gamboa, quien lo entregó a Excélsior, donde se publicó en dos épocas muy distintas. Primero, entre 1940 y 1941, con la intención de aprovechar la bulla de su muerte. (Por estos días, también en las páginas de Excélsior, Tablada inició las muy irregulares entregas de su “Diario, horario, minutero”.) La segunda tanda de los papeles de Gamboa fue entre 1960 y 1961.

Gamboa se asomó a la vida pública a través de su vocación literaria, sus letras tuvieron a Europa en el horizonte. Entendió muy bien, con sus contemporáneos, que París era la capital del siglo XIX. Es más fácil decir que aclarar lo que los escritores y artistas mexicanos hicieron para rodearse de la atmósfera más propicia para respirar algo de los aires literarios de Francia. El perfil biográfico de Gamboa reúne los elementos que Luis González distinguió al tipificar a su generación como la Centuria Azul. El también nació en un “quindenio rojo”, durante las batallas de Intervención, “en urbe, dentro de una familia de idioma español y en un grupo sin acosos de hambre”. Más adelante gozó de muy buena educación, en y fuera del país. En Nueva York hizo algunos estudios; y como José Martí allá empezó a documentar sus diferencias con Estados Unidos. Es inexacto llamar a Gamboa imitador de lo francés. Además de inexacto es reproche socorridísimo que se hace a todos los escritores mexicanos de su época y señal de aturdimiento en quien tal dice pues las simpatías morales de esa generación más tienen que ver con un temperamento que con una bandera en particular. Creo que al terminar el siglo XIX se observa algo inusitado en la escena cultural de Occidente: la homogeneidad de las maneras artísticas burguesas. Al llamarlas burguesas quise distinguirlas de las maneras de la corte, éstas en gran medida religiosas. A esto se le dice modernidad.

Gamboa fue parte de la rareza finisecular que todavía no se agota del todo. Al revés. Entre sus más íntimos propósitos, al igual que sus contemporáneos, estaba lograr cierta originalidad con sus escritos. Tampoco quiso ser muy solemne ni del montón. Algo logró, pues murió con el prestigio de ser el mejor novelista mexicano: en cambio, si de joven no alcanzó a evadir la solemnidad mucho menos con la edad. Fue un crítico agudo de los hábitos vitales y las atmósferas de su sociedad, pero no conozco una página en la que se atreviera a atacar -o a insinuar un ataque- a Díaz o bien al sistema.

Después, sin caudillo, Gamboa distrajo su tiempo en una ardua investigación histórica: la edición de su largo diario porfírico. Sólo Gamboa habría podido enfrentarse con la riqueza de sus sueltos papeles personales. Es de suponer que Gamboa -al igual que Tablada al tratar la Decena Trágica en el suyo- no escribiera muchas páginas de su diario en el momento. Que a veces, además, leemos recreaciones mediadas por los recuerdos y la inteligencia. Es posible. Conviene recordar una advertencia de José Emilio Pacheco: “Si un diario se publica resulta un género narrativo como cualquier otro y la sinceridad tiene que ser por fuerza una estrategia literaria”. Por lo mismo no debió ser efímero el juego del deseo en estas reconstrucciones. Ojalá el diarista hubiera ahondado en las voces nocturnas de ese México. No obstante, se intuye que nadie más que él podía organizar este desenvuelto, anecdótico, personal relato de historia. Esto emparentó a Gamboa con Luis González Obregón y Nicolás Rangel, José Juan Tablada y Gregorio Torres Quintero, Jesús Galindo y Villa y Toribio Esquivel Obregón, Ciro B. Ceballos y Carlos Pereyra. Las preguntas de la historia deben ser comedidas al interrogar esta presencia escrita de lo real, tejido de enigmas.

Es menos inseguro predecir que recordar, escribió Luis Cardoza y Aragón. Pero ¿se dirá realmente en las páginas de un diario lo que alguna vez ocurrió, cuanto fue en la jornada? Una convención es la que nos invita a leer el diario bajo el ensueño de la confianza en la voz que narra el paso de las horas. No obstante la ayuda de la convención, Federico Gamboa se esmeró en todas sus páginas por aumentar la credibilidad de su prosa.

En el quehacer literario de Gamboa es visible una apuesta destinada a aumentar la credibilidad del texto. Esto lo ilustra lo que va de un autor que ofrece sus narraciones primeras Del natural (1889) y luego se prueba en un libro de memorias, Impresiones y recuerdos ( 1893). Antes de cumplir 30 años, en una decisión que se antoja ahora absolutamente magistral no sólo por lo que ella produjo sino porque nos permite leer el fondo contra el que se rebelaba el joven memorioso; a los 30 años, entonces, Gamboa se propuso acceder a la ficción retrospectiva de la biografía. La única ruta que se aprecia aquí es la que va del naturalismo al arte de intentar hacer con nada algo. Sin embargo, pienso más bien que el interés de Gamboa en la credibilidad del texto asomó en lo que va de una novela como Suprema ley (1896) al primer volumen de Mi diario (1908).

Hay en las páginas del diario de Gamboa una pasión de ver. Las devoraciones de ese sentimiento le llevaron a mojar su pluma en el tintero de la crítica, a compensar en la página la obligación de servicio que le demandaban sus tareas como funcionario del Estado. Por momentos se distingue ahí cierto disgusto por las representaciones. Las mismas páginas adolecen por fortuna del candor circunstancial que a ratos asomó más adelante, en su vejez, Por el contrario: considérese lo siguiente. El propio arreglo de la sociedad mexicana al final del siglo XIX no era fuente de seguridad y pertenencia para aquellos sectores que en efecto apreciaban los dones de la seguridad y las ventajas de la pertenencia: y el desarraigo de la vida ciudadana para nuestros escritores y artistas en sus propias ciudades, o bien la grisura de sus pasos en las capitales culturales relevantes, Ies llevó, como miembros de las ilustradas minorías activas de la Ciudad de México -Gamboa entre ellos-, a tratar de crear su propio orden y reducir su misma sensación de vulnerabilidad. ¿No dedicaron parte de su obra a iluminar con la luz de la literatura tanto las zonas hasta entonces ocultas del desperezamiento finisecular así como de los productos inmediatos del culto al progreso? En este sentido, a través de los juegos de la palabra en las páginas de su diario Gamboa definió un espacio deseable, estableció las fronteras de los lugares en los que él y sus letrados cofrades sí encontraban cabal acomodo y en los que las relaciones sociales sí disfrutaban la trascendencia del orden y del tiempo, y le confirieron cierta distinción al diarista. El diarista, entonces, se metía por todas partes. Arriba y abajo. A la cantina y al Congreso. Era un artista que a la vez actuaba como un hombre de ciencia. Tal se lee en los primeros cinco tomos. En ellos se lee su propósito de convertir el simple hecho de vivir, la vida que la circunstancia y el azar le entregaba, en experiencia. Más aún, con ayuda de María Zambrano, entiendo que la pasión de ver en Gamboa comportó, primero, “la resistencia más valedera ante la realidad implacable”, y en seguida “la salvación de ese primario sentirse mirado, al descubierto, sin que se sepa por quién, quién es el que nos mira”. Luego, perdón por la brevedad, Gamboa se convirtió paulatinamente en otro autor. Poco a poco dejó de hablar exclusivamente como “naturalista” y la verdad es que al parecer con el tiempo él le daba menos momentos a la reflexión y a las definiciones. Era un novelista, punto. O mejor dicho, era un escritor de tiempo completo que en horas hábiles trabajaba para el servicio exterior de su país: lo cual, entre otras cosas además de lo notable de su obra narrativa, comportó un interés particular por la realidad inmediata. En el diario postporfiriano a veces deja la impresión de que las cosas ocurrían al revés: un diplomático de tiempo completo que escribía en horas hábiles.

Al naturalismo de Gamboa lo completaba el determinismo que la ciencia positiva confería a la época. Sin embargo, su responsabilidad más clara estaba en el sordo clamor del fuero moral del relicario en el que convirtió a su diario.

Traducción de Javier García‑Galiano

Federico Gamboa

Mi diario

CNCA

México 199

Los cinco volúmenes que conforman el diario de Gamboa tiene, entre muchas otras, la virtud de haber sido escritos no para la intimidad sino para un público. Este ensayo da muy buena cuenta de esa empresa.