Robert Alter. Crítico literario. Publica en varias revistas y periódicos norteamericanos.

En el dilatado epistolario del autor de las Iluminaciones, el lector puede hallar numerosas entradas para abordar de otra manera la espesa materia de su trabajo. “Las cartas de Benjamin nos dan un vívido sentido de cómo era la vida en esa cueva y nos muestran con insistencia su capacidad para producir luminosidad intelectual, a pesar de su terror personal e histórico ante la oscuridad que acechaba en el entornó”.

Hace ya más de 25 años que el gran crítico alemán Walter Benjamin fue presentado a los lectores de lengua inglesa a través de la publicación de una selección de sus ensayos, Iluminaciones. Hasta entonces, apenas se había oído hablar de él en Estados Unidos fuera de un pequeño círculo de germanistas. Benjamin no tardó mucho en convertirse en el foco de una prolífica industria académica y su obra se citaba regular y devotamente en estudios literarios e históricos, en el mismo rango que la nueva generación de intelectuales europeos, figuras como Michel Foucault, Roland Barthes y Jacques Derrida.

Las razones del atractivo de Benjamin en las últimas dos décadas son varias. No cabe duda de que la fuerza y originalidad de sus agudas reflexiones sobre el malestar de la modernidad ejercen una atracción intrínseca. Pero desafortunadamente, su inclinación a las formulaciones gnómicas ha alimentado una predisposición académica actual a equiparar la oscuridad con lo profundo. Para muchos, Benjamín mantuvo firme la promesa de un modo marxista diferente, sin la mutilante ortodoxia de las líneas de partido. Y cada vez con más frecuencia en los últimos años, críticos con inclinaciones metafísicas tienden a invocar, como Benjamin, conceptos místicos y teológicos desde una perspectiva postradicional.

Acaban de publicarse en inglés varios volúmenes de los escritos críticos y autobiográficos de Benjamin. La correspondencia, que apareció primero en alemán en 1978 y hace mucho que se publicó en francés, es un grato añadido al Benjamin accesible a los lectores de lengua inglesa. Manfred y Eveleyn Jacobson han realizado un meticuloso trabajo con la traducción y su versión es más completa que la edición en alemán porque los traductores al inglés incorporan una serie de cartas de Benjamin a Gershom Scholem, de 1932 en adelante, que se publicaron en un volumen aparte de la correspondencia entre ambos, en 1980 en alemán y en 1989 en inglés. El lapso de tres décadas que cubren las cartas empieza en los años en que Benjamin era estudiante, cuando estaba muy involucrado en el movimiento de la juventud alemana de la época previa a la Primera Guerra mundial, y termina en agosto de 1940 en Francia, donde vivió desde que Hitler subió al poder, unas cuantas semanas antes de quitarse la vida al verse forzado a retroceder en su intento de cruzar la frontera con España.

La prodigiosa producción de Benjamin como autor de cartas es en su gran mayoría de carácter intelectual más que personal o confesional. Muchas de ellas las dedica a un concienzudo análisis de ideas (las notas festivas son escasas), discutiendo con detalle una amplia gama de pensadores, libros y artículos que ha leído, conceptos que elabora en sus ensayos y que en ocasiones, amigos, editores y críticos le impugnan en su correspondencia. Benjamin muestra una marcada inclinación, también visible en sus ensayos, a chispas de “brillo” paradójico y aforístico. Por ejemplo, a un amigo de la escuela: “La prostituta representa la voluntad consumada de la cultura… ella saca a la naturaleza de su último santuario, la sexualidad”. En otra carta, en un estilo más condensado aún, escribe: “Toda obra perfecta es la máscara mortuoria de su intuición”. En una carta al poeta y dramaturgo Hugo von Hofmannsthal sobre Proust, Benjamin comenta: “El aspecto más problemático de su genio es la total eliminación de lo moral junto con la sutileza más suprema en sus observaciones de todo lo físico y espiritual”. Suena impresionante, pero en mi opinión, la primera cláusula es espectacular y errónea. En un segundo intento, Benjamin continúa la última frase y da con una imagen atinada de la novela de Proust, bella y precisa: “ese inmenso laboratorio donde se hace del tiempo el tema de experimentos con miles de reflectores, reflexiones cóncavas y convexas”.

El hilo personal y mordaz que entreteje la densa textura de argumentación intelectual es la soledad de Benjamin. Ya a la edad de 21 años, en 1913, se pregunta dirigiéndose a una amiga: “¿Logrará una nueva juventud (la meta del movimiento juvenil alemán) como la que nosotros queremos, hacer del individuo alguien menos solitario?”. Unos años después, Benjamin destaca que “el aislamiento forzoso de las personas pensantes se está difundiendo vorazmente”. Su ambición confesada era ser el crítico alemán más influyente de su época, pero lo que él anhelaba era rehacer la crítica y convertirla en una nueva amalgama de especulación filosófica, arqueología cultural e interpretación textual, y la tenaz singularidad de su proyecto le impidió gozar de seguidores, del mismo modo que su existencia de trabajador independiente con magras ganancias le impidió gozar del respaldo de cualquier estructura institucional o social. “Siento que en Alemania”, escribe en 1927, “estoy completamente aislado entre los de mi generación”.

El único con quien Benjamin sintió tal vez una profunda intimidad fue Gershom Scholem, pero este emigró a Palestina en 1923 y gran parte de su amistad tuvo que reducirse al plano epistolar. En una carta a Scholem en 1931, Benjamin compara su trabajo a un SOS desesperado enviado desde el mástil de un navío que ya se está hundiendo. Lo más revelador tal vez, sea que, en el transcurso del vehemente debate epistolar con Scholem a mediados de los años treinta sobre su adhesión al marxismo (Scholem pensaba que de este modo Benjamin traicionaba su propio genio), Benjamin llega a admitir que la acusación de Scholem era correcta y que lo que lo impulsaba era su sensación atormentada de aislamiento: “Mi comunismo es la expresión drástica y nada infértil del hecho de que la industria intelectual de ahora cree que no es posible dar cabida a mi pensamiento, así como el orden económico actual considera imposible dar holgura a mi vida”

En sus últimos años, Benjamin emprendió el trabajo de Sísifo de una crítica histórica comprehensiva, a la que a veces llamó “París, capital del siglo XIX” y otras “Pasajes parisinos”. El libro habría sido una fusión o collage surrealista de materiales documentales, análisis histórico de idiosincrasia marxista y reflexión filosófica sobre la modernidad, con un tinte impredecible de misticismo y mesianismo judío.

Todo lo que Benjamin produjo fueron fragmentos incitantes y supongo que el proyecto, que el esperaba que fuera su logro culminante, fue inviable, una estrategia intrincada para encerrarse en lo profundo de las contradicciones de su aislamiento espiritual e intelectual Theodor W. Adorno, en una carta a Benjamin en 1938, cita a su esposa (con la que Benjamin mantuvo una afectuosa correspondencia) precisamente en este sentido: “Gretel dijo en broma alguna vez que vivías en las profundidades cavernícolas de tus Pasajes y que, encogido de horror, evadías terminar la obra por el temor de tener que abandonar lo que habías construido” Las cartas de Benjamin nos dan un vívido sentido de cómo era la vida en esa cueva y nos muestran con insistencia su capacidad para producir luminosidad intelectual, a pesar de su terror personal e histórico ante la oscuridad que acechaba en el entorno.

The Washington Post

Traducción de Andrea Becerra