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José Antonio Aguilar Rivera. Maestro en Ciencia Política en la Universidad de Chicago, 1992-1994, y estudiante del Doctorado en Ciencia Política, Universidad de Chicago, octubre de 1992. Este ensayo obtuvo Mención en el Premio Carlos Pereyra 1993.

El signo político de nuestro fin de siglo es el resurgimiento de los nacionalismos. Mexico no es ajena este impulso. Con las nuevas reglas del juego establecidas por el Tratado de Libre Comercio en la coexistencia y la colaboración norteamericana entre Canadá, Estados Unidos y Mexico, urge una revisión a fondo del patrimonio nacionalista mexicano acumulado a lo largo de su historia y desplegado en sus diferentes proyectos de nación.

Las naciones son comunidades imaginadas que carecen de fecha de nacimiento identificable y sus muertes, cuando suceden, nunca obedecen a causas naturales.(1) En el debate sobre el futuro de la identidad nacional mexicana a menudo se ha caracterizado al Tratado de Libre Comercio como el acta de defunción de la nación. Al mismo tiempo que se anuncia el fin de la nacionalidad, una parte de la población sale a las calles, como nunca antes, para ondear banderas y reunirse en un monumento nacional. ¿Cómo explicar estas manifestaciones aparentemente tan contradictorias del Mexico de fin de siglo? 

El debate parece empantanado: aquellos que protestan por la entrega del país y la perdida de la identidad nacional no saben bien a bien que es lo que se ha perdido. Los que prefieren imaginarse una nación abierta tampoco pueden decir cuales serán las características de la nueva cultura nacional. En el intento por intuir los posibles destinos de la nacionalidad se cuenta con pocos instrumentos de análisis. Es como si la nación fuera un barco al cual se le hubiera descompuesto la brújula, o en el que la tripulación descubrió de pronto que hacia tiempo estaba estropeada. La incertidumbre que sobrecoge a muchos ante la integración económica con Norteamérica y la globalización de la cultura del consumo es en buena medida resultado de la pobreza conceptual de nuestras ciencias sociales en un momento de cambio profundo. ¿Cuál será la suerte del nacionalismo mexicano?

Me parece que este momento es oportuno para abrir el abanico de las posibles respuestas. El reto analítico consiste en buscar nuevas explicaciones a este fenómeno: situar el debate en el marco general teórico del nacionalismo, que en el presente tiene una relevancia que no necesita mayor explicación. Este ensayo propone caracterizar al nacionalismo en México como un fenómeno político, que puede ser estudiado comparativamente. Me parece que esta perspectiva puede ser útil en la reflexión sobre el futuro del nacionalismo.

A diferencia de otros campos de la ciencia política (como el de las transiciones a la democracia), la literatura sobre el nacionalismo en México es prácticamente inexistente. Sin embargo, el futuro de la identidad nacional y de la «nación» es hoy motivo de profunda preocupación lo que, me parece, justifica su estudio. Cualquier reflexión actual sobre el nacionalismo en Mexico, para que no se de en el aire, requiere una línea argumentativa, que busque unir el pasado y el presente. Probablemente esa sea la única forma de formular algunas conjeturas que resulten medianamente plausibles sobre su futuro. El estudio del nacionalismo en México constituye un reto formidable para politólogos, sociólogos y antropólogos. El objetivo de este trabajo, necesariamente limitado, es contribuir a ese propósito.

1. Las trampas de la melancolía

«La locura de los intelectuales mexicanos -escribió Luis González y González- por el tema de su patria quizá jamás haya sido superada en otro país».(2) A pesar de ello, el resultado en el campo de las ciencias sociales ha sido más bien magro. Contamos con muy pocos estudios comprensivos sobre el tema. Contra lo que pudiera pensarse, el nacionalismo es un fenómeno que nos es profundamente desconocido.(3) ¿En que consistía el nacionalismo que fue «misión y destino» del Estado mexicano?

El nacionalismo, que había sido la ideología del Estado mexicano desde la Revolución se ha ido y no lo conocimos nunca.(4) El ensimismamiento intelectual que ha dominado la discusión sobre el nacionalismo ha sido, en buena medida, el responsable de ello. «Como México no hay dos» traducido a los estudios sociales ha querido decir que el nacionalismo mexicano es único, irrepetible y, aparentemente, inestudiable. La incapacidad de identificar rasgos comunes con otros nacionalismos en otras partes del mundo no sólo ha limitado nuestra comprensión de uno de los rasgos más importantes del sistema político mexicano posrevolucionario, sino que ahora, en un momento de encrucijada histórica, nos impide vislumbrar los posibles futuros de nuestra identidad nacional.

La irrupción de los nacionalismos en Estados aparentemente consolidados ha provocado una revisión radical de las teorías comúnmente aceptadas sobre el nacionalismo. La experiencia de la extinción soviética ha obligado a mirar con mayor detenimiento cómo fue que los movimientos nacionalistas se forjaron. ¿Se encontraban, como muchos piensan, latentes: «congelados» por la dominación burocrática? Los estudios más recientes sugieren que ni las naciones ni mucho menos los movimientos políticos nacionalistas tienen un origen inmemorial. Muchos de los nacionalismos de la ex URSS son relativamente nuevos: son, irónicamente, producto del Estado soviético.(5) Los nacionalismos pueden concebirse como artefactos culturales de un tipo peculiar. Para comprenderlos, debemos considerar cuidadosamente cómo se conformaron históricamente, cómo han mudado sus significados al paso del tiempo y por qué convocan hoy una legitimidad emotiva tan profunda.(6)

Uno de los principales problemas del estudio del nacionalismo es que el término es elusivo. Nacionalismo puede referirse lo mismo a una doctrina o ideología, a una cultura, a un proceso de modernización o a un tipo particular de identidad colectiva. Evidentemente todos estos elementos se encuentran vinculados entre sí, pero una definición demasiado amplia del nacionalismo puede correr el riesgo de explicarlo todo y no explicar nada. Un camino menos ambicioso, ciertamente más limitado, consiste en desagregar para fines analíticos cada uno de los posibles componentes del concepto, para después buscar los posibles nexos entre ellos.

Las teorías del nacionalismo que eran aceptadas hasta antes de que se produjera la ola de los «nacionalismos salvajes» a la caída del Muro de Berlín tampoco ayudaban a explicar el nacionalismo en México. Como Daniel Cosío Villegas señaló, la noción de Hans Kohn(7) de que el nacionalismo es inconcebible sin la idea de la soberanía popular, y por lo tanto, no puede ser anterior al Estado, claramente presenta problemas para el caso latinoamericano, donde «la noción de soberanía popular, o no existe, o es tan confusa que apenas podría tomársele como condición al Estado moderno».(8)

¿Cómo, entonces, es posible aprehender el fenómeno del nacionalismo mexicano? Me parece que concentrar el análisis en una clase, en el proceso de modernización,(9) en la cultura, en la ideología(10) en la identidad oscurece una característica central del nacionalismo, a saber: que este es, sobre todo, un fenómeno político. Y la política tiene que ver con el poder. En el mundo moderno, la lucha por el poder es la lucha por el control del Estado. Por ello, como afirma John Breuilly, el nacionalismo se refiere a movimientos políticos que buscan o que ejercen el poder estatal y que justifican sus acciones con argumentos nacionalistas.(11) A su vez, un argumento nacionalista se encuentra conformado por tres supuestos básicos: que existe una nación cuyo carácter singular es explícito, que los intereses y los valores de la nación son preponderantes sobre cualesquier otros y que la nación debe ser tan independiente como sea posible, lo que usualmente significa que la nación debe ser políticamente soberana.(12)

Si se acepta esta definición, propongo que el nacionalismo mexicano en general, pero particularmente en el siglo XX y a partir de la Revolución, sería una variante de lo que se ha bautizado como nacionalismo «gubernamental».(13) Paradójicamente, los nacionalismos son vistosos si no tienen éxito en su empeño de hacerse con el poder; una vez que los movimientos políticos se instauran en el Estado, el nacionalismo cesa de ser distintivo.(14) A partir de ese momento todas las acciones se justifican con la retórica del «interés nacional».

A este rasgo de los nacionalismos administrados desde el Estado, se debe la indudable dificultad analítica a la que se enfrentan los científicos sociales que desean estudiar el fenómeno. En el caso de México los obstáculos al estudio del nacionalismo pueden caracterizarse como «las trampas de la melancolía». La principal «trampa», a mi juicio, es la noción de que el nacionalismo -especialmente el que se llamaba «revolucionario»- es un «invento» del Estado; algo intrínsicamente falso, ideado por el gobierno para establecer la hegemonía política del grupo gobernante sobre la población.(15) Por lo tanto, el nacionalismo político carece de «legitimidad» como sujeto de estudio sociológico. La búsqueda, propugnan algunos estudiosos, debe dirigirse al «verdadero» nacionalismo popular, el de la sociedad civil, impoluta y ajena al «otro nacionalismo», el del gobierno.(16) La primera objeción a este argumento, es que todos los nacionalismos son inventados o imaginados, puesto que son complejas construcciones simbólicas.(17) Si el nacionalismo «revolucionario» es un invento del PRI ello debería hacer su estudio mucho más interesante. Constatar que el nacionalismo ha sido un instrumento a manos del Estado mexicano para mantener el autoritarismo e impedir el transito a la democracia es necesario, pero claramente insuficiente.(18) Este enfoque no resuelve, por ejemplo, las siguientes interrogantes: ¿existe una relación profunda entre nacionalismo y autoritarismo? ¿Cómo se construye simbólicamente el nacionalismo, de que manera el Estado ha sido capaz de «apropiarse» la representación de la comunidad política que imaginamos como México? La visión instrumentalista nos dice muy poco sobre el nacionalismo: lo reduce a un mero epifenómeno del sistema político mexicano.

Para que sea de alguna utilidad, el termino «nacionalismo gubernamental» debe restringirse a dos situaciones específicas: en el ámbito externo, se refiere a aquellas políticas expansionistas que son producto de los irredentismos. El irredentismo mexicano sobre los territorios perdidos en 1847 ha estado seriamente constreñido por el poderío norteamericano, aunque haya sido preservado en la memoria colectiva nacional.(19) Internamente las acciones nacionalistas son aquellas que el Estado emprende en contra de grupos o individuos por su pretendido carácter antinacional.(20) De esta forma, el proceso de construcción del Estado mexicano emprendido a partir de los años veinte por los revolucionarios en el poder, buscó redefinir la identidad nacional mexicana. La acción estatal, que pretendía crear una nueva nacionalidad política actuó contra todos aquellos actores internos que reclamaban identidades alternativas -notoriamente, la Iglesia católica- y otras formas de nacionalismo.(21) Estos rasgos no son exclusivos de la experiencia mexicana y caracterizan al nacionalismo gubernamental ahí donde ha existido. La ideología nacionalista mexicana, como las ideologías nacionalistas de otros Estados, no fue la expresión de la identidad nacional (al menos no existe forma de demostrar que lo haya sido), pero tampoco fue un artificio arbitrario para fines políticos.

El nacionalismo le dio sentido a complejas articulaciones políticas y sociales. Los revolucionarios en el poder partieron de un bagaje de suposiciones intelectuales sobre lo que la sociedad era y como se encontraba organizada. Vincularon esas suposiciones a sus propios proyectos políticos; de hecho se arrogaron la representación única de la nación. Las suposiciones nacionalistas sobre la identidad y las necesidades nacionales no eran completamente arbitrarias y encontraron eco en la sociedad, que pudo vincularlas a sus problemas, a los arreglos sociales imperantes y a sus agravios políticos más generales. Explotación, necesidad de desarrollo económico y rechazo a la hegemonía norteamericana fueron preocupaciones de la sociedad mexicana, que se encontraban en la ideología oficial de los gobiernos mexicanos. Estos elementos, por supuesto, no fueron solamente reflejados en el nacionalismo gubernamental, sino que al ser incorporados por el Estado, fueron recompuestos y reelaborados en una visión global que transformó su significado.

Me parece que la persistencia del tema nacionalista en los regímenes de la Revolución se debió a su debilidad.(22) Mientras el Estado tuvo enemigos internos -cristeros, pronunciados- y externos -compañías petroleras extranjeras y el gobierno norteamericano -que contendieran su poder soberano, el nacionalismo fue un instrumento político útil.(23) La crisis de identidad -si se le puede concebir de esa manera- que hoy vive México es compartida por otros países. Resulta muy interesante el hecho de que algunos de los países donde el nacionalismo gubernamental fue más exitoso -por ejemplo, Japón, Turquía y la República de Irlanda -en el proceso de construcción y consolidación de los Estados-nación son los que ahora, al final del siglo XX, enfrentan crisis de identidad nacional. El nacionalismo, que por tantos años sirvió para garantizar la estabilidad y la cohesión de los Estados, se encuentra hoy seriamente deteriorado.

La República de Irlanda es hoy un Estado independiente, pero como en México, los sueños de autarquía de los nacionalistas irlandeses resultaron un fracaso. Si hoy Irlanda no es menos dependiente económicamente de Gran Bretaña, en cambio si ha aumentado la hegemonía cultural que ejerce sobre ella el Reino Unido. El proyecto de revivir la lengua gaélica fue un completo fracaso, y es una ironía el que el país se encuentre unido culturalmente por la cultura angloamericana de masas. Celosos de su identidad nacional en crisis, paradójicamente los irlandeses ven con esperanza al exterior. En Irlanda el Tratado de Maastricht fue ratificado sin ningún problema, pues el país depende críticamente de los subsidios comunitarios.(24)

Turquía sufrió un intenso proceso de modernización y secularización que tuvo como propósito preservar la independencia y en consecuencia, la «identidad nacional» del país. El régimen nacionalista autoritario de Kemal Ataturk buscó mantener el orden y promover el desarrollo económico en el nuevo Estado-nación al alentar una identidad cultural basada en mitos étnicos (similar al del mestizo mexicano), memorias, valores y símbolos. Como la raza cósmica de México, el pueblo turco «encontró» sus orígenes en Asia central, de donde descendía directamente de Oghuz Khan. La nación turca y su lengua venían, pues, de muy atrás en el tiempo. Sin embargo, el ímpetu modernizador alcanzó solamente a algunos sectores urbanos y a las élites. Una parte de la sociedad turca resintió la secularización como una imposición autoritaria sobre sus lealtades islámicas. El resultado es que hoy la élite heredera de Ataturk concibe al país como un moderno Estado a la usanza occidental. Sin embargo, la identidad cultural de la mayor parte de la población sigue siendo islámica. Esto, según Huntington, hace a Turquía actualmente una nación «desgarrada».(25)

En Japón el nacionalismo logró conciliar y combinar la preocupación acerca de la identidad nacional japonesa con la necesidad de occidentalizar al país. Japón fue entonces concebido como una nación singular, más que como una civilización incomparable. Una nación cuya esencia sería conservada por medio de grandes cambios. Sin embargo la identidad nacional política japonesa forjada por los reformadores Meiji se encuentra en transición debido al cambiante papel del emperador en el sistema político. El resultado es que ha aflorado una vez más una cíclica preocupación por la peculiaridad nacional japonesa. Hoy, la literatura nihonjinron (sobre «lo japonés») debate cual es la identidad nacional de Japón.(26) Es significativo, que después de un periodo prolongado, Japón ha dejado de tener un sistema de partido único: ya no es una democracia «diferente».

México, Japón y Turquía siguieron el patrón de «incorporación burocrática» en la construcción de sus Estados nacionales. Todos ellos tuvieron una base aristocrática -el patriotismo criollo-, incluyeron a las minorías étnicas más importantes – indígenas-, sus Estados tuvieron un carácter burocrático-modernizador y emplearon el nacionalismo gubernamental para retener y consolidar su poder y promover las ideas e imágenes de la nación que fueron obligatorias y que impidieron el surgimiento de otras ideas, símbolos e imaginaciones nacionales.(27) Este es el modelo gracias al cual estos Estados establecieron sus Estados nacionales, pero que ahora se encuentra en crisis.

2. Los huérfanos del Estado nacionalista

Hace 46 años, Daniel Cosío Villegas escribió sobre la situación que vivía el país:

Parece indudable que, si la situación actual de México ha de juzgarse con cierta severidad, la conclusión no puede ser otra: el país esta en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce, y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos para remediarla, México caminara a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá, para no rehacerse quizás con una personalidad propia. Quiere decirse que si México no se orienta pronto y firmemente, puede no tener otro camino que confiar su porvenir a Estados Unidos. Muchos de sus problemas se resolverían así; llegada hasta a gozar de una prosperidad material antes desconocida; pero dejando de ser México en la justa medida en que su vida venga de fuera.(28)

En estas líneas se encuentra retratado nítidamente el sentimiento de desvalimiento ideológico que hoy sufre una parte importante de la clase política mexicana y de los intelectuales: los huérfanos del nacionalismo revolucionario. 

Las reformas a algunos de los artículos centrales de la Constitución política de 1917 alteraron lo que fue la carta de naturalización del nacionalismo revolucionario. En la Constitución de 1917 el Estado, en nombre de la nación, se encontró facultado para regular el interés de los estados federados y adquirió el derecho de intervenir y dirigir el bienestar general de la sociedad. Como afirma Alicia Hernández, «la mutación constitucional fue fundamental, del estatismo se pasó al Estado nacionalista».(29)

En 1993 los ejes de la política nacionalista se encuentran desarticulados. El gasto público ya no es un instrumento para la formación de capital, la política de expropiaciones ha sido abandonada y el reparto agrario se dio por terminado. La reforma al régimen de tenencia de la tierra, el reconocimiento jurídico de la Iglesia y la proyectada integración económica con Estados Unidos han desplazado prácticamente a todos los referentes históricos del nacionalismo mexicano. Lo que una vez fue deseable -el desarrollo por la sustitución de importaciones- hoy ya no lo es. De la misma forma, el que se consideraba como el enemigo principal de la nacionalidad mexicana -Estados Unidos- parece ser ahora el aliado gracias al cual México finalmente transitara a la modernidad. Por ello, «uno de los retos de la modernización del país se ubica precisamente en deslindar al Estado de su contenido nacionalista de las décadas precedentes y reformular un pacto político económico bajo nuevos parámetros internos e internacionales».(30) Aunque es evidente que el sistema político mexicano debe redefinirse ideológicamente, no es nada claro cuál será la entidad ideológica que ocupará el lugar vacante del nacionalismo.

¿Podrá -se pregunta Alan Knight- un Estado adelgazado mantener su papel histórico como árbitro de una sociedad heterogénea y profundamente desigual?(31) ¿Es el nacionalismo una ideología obsoleta en la lucha de los actores políticos por el poder del Estado? ¿Cuales son los aspectos de la cultura nacional que debemos cambiar, y cuales debemos conservar y fortalecer? Estas preguntas han sido formuladas en cada una de las encrucijadas históricas: en la Independencia, después de la intervención norteamericana y al final del porfiriato.(32) Lo que parecería peculiar en esta ocasión es que el Estado no ha reformulado aun una versión del nacionalismo gubernamental. Aparentemente, el gobierno ha abdicado de su pretendida identificación con la nación.

Sin embargo, la pregunta subsiste: ¿que ha sido del nacionalismo como fenómeno político? La importancia de esta interrogante no puede soslayarse y muestra de ello es que, como señala Claudio Lomnitz, una buena parte de la oposición política -notoriamente el Partido de la Revolución Democrática (PRD)- ha recuperado el nacionalismo revolucionario, que el gobierno ya no quiere.(33) Ello indica que el nacionalismo sigue siendo un factor político relevante en la sociedad mexicana del final del siglo XX.

Quienes crecieron a la sombra del proyecto nacional revolucionario experimentan una profunda aprensión. Y el fantasma de desposesión que sobrecoge a los huérfanos del Estado nacionalista en México es el mismo que en ciertas circunstancias le ha otorgado, en otras muchas partes del mundo, a la imaginación nacionalista un poder inusitado para convocar solidaridades colectivas.

La incertidumbre sobre el futuro se traduce en angustia política: en un temor a que la comunidad política imaginada pierda la posibilidad de crear, moldear y dirigir las instituciones de su propio Estado. Algunos temen que la nación sea dominada por élites extranjeras y que las clases sociales y los factores étnicos sean recompuestos en formas adversas.(34)

Como se ve, las principales preocupaciones sobre el futuro del nacionalismo son de carácter político. Ello no sorprende: a lo largo de la historia de los nacionalismos en el mundo ha sido así.

La imagen de la comunidad nacional que los gobiernos mexicanos forjaron en décadas anteriores ha sido destruida. Los sectores de la vieja comunidad nacional: los campesinos, los trabajadores y los indígenas han desaparecido como «colectividades políticamente representadas».(35) Y si el futuro de México bien pudiera ser el capitalismo avanzado, la modernidad y la democracia tanto tiempo aguardada, los huérfanos del Estado nacionalista temen que el destino de México sea en cambio «la desaparición de la comunidad nacional mexicana y la transformación del país en una masa de individuos sin otra esperanza mejor que servir a los intereses económicos de los Estados Unidos».(36)

¿Cómo nos imaginaremos a la nueva comunidad nacional y cual sera su vinculación con el nuevo sistema político?

3. Más allá del laberinto

¿Es en realidad México tan distinto de otros países? Emplear los instrumentos de la política comparada no resulta tan descabellado si se piensa que serbios y croatas no son en el fondo tan diferentes entre sí.(37) Las desigualdades étnicas, económicas y regionales que existen en México bien podrían dar origen a varias «naciones», con sus propias historias, mitos y reivindicaciones políticas. Como se mencionó antes, millones de mexicanos viven al otro lado de la frontera: constituyen comunidades culturales vitales en busca de una identidad propia. Algunos norteamericanos temen que California se convierta en un Quebec fronterizo.

La idea de que México es un país con un pasado indígena, un presente mestizo y un futuro civilizado es parte de la imaginación nacional que ha caducado. El reconocimiento de que México es un país plural también ha despertado el viejo temor a la fragmentación política, a la incapacidad de concebir y gobernar un país que naturalmente tiende al regionalismo Si el nacionalismo, que servia como el aglutinador para que oaxaqueños y chihuahuenses se imaginaran como miembros de una misma comunidad política, ha desaparecido, ¿que le dará ahora coherencia a las múltiples matrias en una sola patria?

Si el Estado mexicano se ha despojado del nacionalismo revolucionario, no ha ocurrido lo mismo con otras de sus viejas características. Parecería que el gobierno suple al nacionalismo, como elemento cohesionador, con políticas tradicionales del Estado populista. Como señala Knight, mecanismos tradicionalmente clientelares se encuentran claramente presentes en algunos programas, como el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL).(38) Sin embargo, aunque tanto la idea nacional, como el presupuesto estatal, pueden vincular a los distintos actores de una comunidad política, los mecanismos por medio de los cuales operan, así como sus implicaciones sociales más profundas, son muy distintas.

Las articulaciones políticas populistas no proporcionan a los miembros de la comunidad política el sentimiento de solidaridad primordial que es característico de la imaginación nacional.

La ideología nacionalista puede desempeñar tres funciones en un movimiento político. La función de coordinación es el papel que desempeña la ideología en unir diversos intereses políticos en un solo movimiento, al proporcionarles una unidad de valores y propósito. Movilización es el papel que desempeña la ideología en atraer a nuevos grupos a la política al proporcionarles objetivos y justificaciones políticas. Finalmente, legitimación es el papel que desempeña la ideología en presentar a los extraños una imagen aceptable de un movimiento político.(39)

El PRONASOL y otros programas similares proporcionan a los grupos beneficiados en todo el país una lógica política clientelar, pero evidentemente no pueden desempeñar las funciones más complejas de coordinación y movilización de la ideología nacionalista. El PRONASOL bien puede ganar elecciones para el régimen, pero difícilmente podra proporcionarle a una diversidad de actores sociales y políticos el sentido de unidad, valor y destino propios de la idea nacional. La incapacidad del Estado para coordinar y movilizar a la sociedad podría ser evidente durante crisis políticas. Otros mecanismos políticos deberán ser empleados para crear la imagen de una comunidad política con intereses y objetivos similares, compuesta por entidades sociales discretas, que sin embargo, no sólo compartan un mismo territorio sino un mismo sentido de dirección histórica.

El reto es ir más allá del laberinto e imaginarnos sus posibles salidas. Al deambular por los pasadizos de nuestra identidad nacional cambiante debemos reconocer que la crisis del nacionalismo no tiene una, sino varias salidas posibles. Los probables futuros se encuentran acotados en parte por nuestra historia, pero también por los arreglos sociales y políticos de la sociedad mexicana contemporánea. La reformulación de una nueva identidad política pasaría primero por el reconocimiento de que México, como otros muchos Estados-nación del mundo, es un país relativamente nuevo. Su vida independiente no ha rebasado los doscientos años aun y su pasado más profundo no puede rastrearse más allá de la Colonia.

Optar por la introversión, por buscar en un pretendido pasado indígena mítico los orígenes civilizacionales, para de ahí reconstruir la nacionalidad de todos los mexicanos, como propugnan los partidarios del «México profundo», es no reconocer el hecho de que el «México imaginario» que crítica Bonfil es el único México que ha existido como Estado- nación.(40)

Se ha sugerido que otro de los posibles futuros de la nacionalidad mexicana es el de la norteamericanización. La aseveración del politólogo Samuel P. Huntington de que «los líderes mexicanos se encuentran inmersos en la gran tarea de redefinir la identidad mexicana» para convertir a México en un país «norteamericano» causó malestar en muchos sectores de la sociedad mexicana.(41) A tal conversión se oponen, como señala Lorenzo Meyer, las diferencias entre México y Estados Unidos, no solo de lengua, sino más importante, de tradiciones políticas.(42) Sobre este tema volveré más tarde. 

4. La nación en movimiento

En apariencia, la liberalización relativa del régimen político mexicano y las reformas económicas que el Estado ha llevado a cabo sugieren que el nacionalismo mexicano atraviesa por un período de transición. En el punto de partida se encontraría el nacionalismo gubernamental, que puede agruparse junto con otros nacionalismos del tipo «colectivista-autoritario».(43) Este nacionalismo tenía como entro ordenador el ser colectivo de la nación: su voluntad estaba por encima de los individuos. La Revolución hizo posible que México se convirtiera por fin, como apunta Aguilar Camín, en «una nación sin fisuras, una gran familia acogedora de todos, cuyos máximos representantes patriarcales formaban a su vez, la familia revolucionaria, la cual velaba, dentro de la Revolución, por el destino de la nación que era ya la gran familia mexicana».(44)

El primer momento de la transición del nacionalismo sería precisamente el de la desidentificación de los actores sociales y políticos con el Estado. Esta primera etapa comenzó en la segunda década de los años cuarenta y culmina en la última década del siglo, cuando México, nación y régimen dejan ya del todo de ser términos intercambiables.

La segunda etapa, en la que vivimos, estaría marcada por la incertidumbre y por la búsqueda de nuevos rumbos.(45) El reconocimiento fundamental ha sido que la heterogeneidad étnica, regional y cultural de México no acabaría por «cuajar» en una sola nación. Tal vez un futuro deseable del nacionalismo mexicano empieza a prefigurarse ya: la conversión del nacionalismo colectivista-autoritario en un nacionalismo del tipo «individual-liberal».(46) Este es un nacionalismo cívico, que enfatiza los derechos de los individuos y que concibe a la nación como una asociación horizontal de individuos libres. En este tipo de nacionalismo es la dignidad de los individuos que forman la comunidad nacional, la que dignifica al cuerpo colectivo.

El carácter ambivalente de la transición del nacionalismo mexicano se hace evidente en que, por un lado, los referentes étnicos han desaparecido. Los «mexicanos» hoy, ya no son caracterizados como mestizos. Los mexicanos pueden ser de muchos colores y credos religiosos -mestizos, indígenas, criollos, protestantes, católicos, etc.-. Así la etnicidad ha perdido su carácter de referente excluyente. Mexicanos son todos aquellos que hayan nacido en el territorio del Estado- nación que se llama México y que, ademas, deseen serlo. Por el otro, esta reformulación de la nacionalidad no ha concluido. Dejar de ser una sociedad de corporaciones, para convertirse en una de individuos no ha resultado sencillo. ¿Seremos capaces de imaginarnos como una sociedad de ciudadanos, de la misma manera en que un día nos imaginamos como una nación uniformemente mestiza? Otra muestra de la transición del nacionalismo es el debate actual sobre la reforma al artículo 82 de la Constitución. En esencia, lo que se debate es el origen de la nacionalidad: se propugna por dejar a un lado las genealogías imaginarias para asumir plenamente la nacionalidad territorial y política.

Dos consideraciones son relevantes para la transición del nacionalismo mexicano. La primera es que nada asegura que el final del camino sea el nacionalismo individual-liberal. No existe garantía alguna de que ese sea el destino del nacionalismo político mexicano. La transición, lejos de ser lineal, puede involucrar retrocesos y brotes xenófobos. Este fenómeno no es ajeno a la historia del país: los chinos que sufrieron la Revolución pueden constatarlo. En todo caso, la experiencia de otros Estados en los cuales la ideología dominante se colapsó no es alentadora.(47) El nacionalismo colectivista-autoritario lejos de transitar hacia la otra variante, se fragmentó en una miríada de nacionalismos étnicos, igualmente excluyentes y autoritarios, pero más violentos.

Esta reflexión me lleva a la segunda, y es que la transición de un modelo al otro no ocurre en el vacío. Una vez más, el nacionalismo es principalmente un fenómeno político, por lo cual las características del sistema político y de la sociedad influyen poderosamente en la forma que finalmente cobrará la nueva conciencia nacional. Analizar en tan poco espacio todos los aspectos relevantes de la interacción entre la dimensión del cambio ideológico del nacionalismo y las realidades políticas palpables sería imposible. Por lo tanto, me concentraré en uno de los más importantes cambios que el sistema político mexicano reciente ha sufrido y su impacto en la reformulación del nacionalismo. Me refiero a la transformación del Estado mexicano.

Mi hipótesis es que esta redefinición del papel que desempeña el Estado en la sociedad tiene una importancia central para entender cual puede ser el futuro del nacionalismo en México. 

En esencia, nos coloca en una posición nueva y antigua a la vez. El proceso de redefinición de la identidad nacional de México en el presente se asemeja notablemente a otra experiencia histórica: la de la formación de la conciencia nacional en otros países, donde la comunidad política ni era limitada, ni se desarrollo junto al Estado.

La revisión de las finanzas, propiedades, subsidios y prioridades políticas del Estado en México tiene un efecto similar al que tuvo en la sociedad de algunos países europeos la irrupción del mercado. El efecto más importante fue modificar las delimitaciones tradicionales entre lo público y lo privado. La economía de mercado ayudo a esclarecer la distinción público/privado, al proveer a la sociedad civil de nuevas energías y solidaridades que alimentaron el conflicto político. Fue entonces posible para la comunidad política ir más allá de las formas anteriores de oposición política, para reclamar la representación de las necesidades e intereses de «la sociedad» frente a un Estado indiferente y no-representativo. La ideología nacional empezó entonces a adquirir un papel coordinador y movilizador, al igual que un conjunto de objetivos políticos más radicales. Una vez que el reclamo de la soberanía(48) se hizo en nombre de una comunidad humana singular y territorialmente definida, fue natural relacionar ese reclamo a los atributos particulares de esa comunidad. Al principio, esos atributos fueron de carácter político únicamente. A mayor fortaleza de la posición política, menos atractivos eran los llamados a la identidad cultural.

En sociedades fragmentadas, para establecer una identidad política y justificar las acciones de un grupo, fue necesario ir más allá de criterios universales o únicamente políticos. Se requirió obtener el apoyo de los grupos excluidos de la vida política. Así, fue no solo posible, sino necesario apelar a la identidad cultural como elemento de cohesión.(49) 

Si es valido pensar que un proceso similar ocurre hoy en México, con la expansión de la sociedad civil, y la redefinición de los ámbitos público y privado, se puede aventurar la siguiente idea: el carácter, así como la expresión del nacionalismo en México en el futuro, estarán íntimamente relacionados a las formas específicas de organización de la sociedad civil. Si en su proceso de expansión la sociedad civil crea y encuentra estructuras políticas articuladas y vigorosas, encauzará el conflicto político por esas vías. La presencia de partidos políticos «nacionales» (en el sentido territorial-político) que puedan articular eficazmente a los diversos actores políticos – clases sociales, matrias movilizadas, empresarios, trabajadores, consumidores, etc.-así como la de grupos de interés en los cuales sectores de la población encuentren una representación política colectiva, es fundamental para la transición exitosa a un nacionalismo individual-liberal.

Por el contrario, mientras menos desarrolladas se encuentren las instituciones políticas de la sociedad civil, los partidos, organizaciones y asociaciones voluntarias menos serán el vehículo eficiente de los conflictos políticos en aumento. En ese caso, los actores sociales buscarán justificar sus reclamos apelando a las diversas identidades regionales, matrióticas o étnicas. La acción política para coordinar y movilizar a la población de un país cuyo signo distintivo es la desigualdad, sólo sería posible mediante la exaltación de aquellos rasgos más esenciales de la identidad compartida: el idioma, el color de la piel, la bandera y en general aquello que se ha llamado vagamente como «lo mexicano».

Los partidos en México distan mucho de ser organizaciones políticas modernas. En el mejor de los casos se encuentran en desarrollo y sus respectivos procesos de consolidación y expansión han sido notoriamente complejos. Mientras el PRI siga siendo un apéndice del gobierno y los otros partidos no constituyan una opción moderna para la lucha política acotada por las reglas del juego democrático, existirá la amenaza de una regresión al nacionalismo que condenaba toda disidencia como una «doctrina exótica» o de explosiones matrióticas o regionales. Las multitudes que se congregan en un monumento nacional a festejar el triunfo de un equipo nacional y que exaltan los símbolos nacionalistas más primarios – notoriamente la bandera- son muestra de que una sociedad civil en expansión y sin posibilidades de encauzar sus demandas por medio de organizaciones políticas representativas puede, en cualquier momento, reconocerse como comunidad solamente gracias a los símbolos más básicos de la identidad nacional.(50)

Volver la vista al otro lado del río Bravo es útil para comprobar la fuerza de este argumento. Los inmigrantes mexicanos ofrecen un ejemplo interesante. Aquellas comunidades de mexicanos que se establecieron en Estados Unidos cuando los partidos políticos se encontraban articulados nacionalmente y extendidos a nivel regional, al paso del tiempo acabaron por canalizar sus demandas a través de las diferentes instituciones políticas que tuvieron a su alcance. Los inmigrantes estaban conscientes de su origen mexicano, pero sus reclamos fueron políticos y no convirtieron su identidad mexicana en una reivindicación étnica. En cambio, para cuando una buena parte de la inmigración mexicana se estableció en California, los partidos políticos norteamericanos habían perdido su dimensión regional y local. Es ahí donde las comunidades de inmigrantes han «recuperado» su mexicanidad como un reclamo ante el gobierno y el resto de la sociedad norteamericana, que ve con creciente desconfianza la afirmación de los mexicanos como un grupo distinto, que en ocasiones se comporta como una «minoría» y en otras quiere su lugar de pleno derecho en la sociedad estadunidense. Como Peter Skerry afirma: «Debido a la ausencia de las instituciones políticas que históricamente habían asistido a que los inmigrantes mexicanos se convirtieran en norteamericanos, las reivindicaciones políticas de los mexicano-norteamericanos hacen énfasis en su conciencia y resentimientos étnicos».(51) 

5. ¿El fin del nacionalismo?

En el pasado, la respuesta de los intelectuales al problema que representaba el exterior para México fue cerrar la nación y levantar un bastión de mexicanidad para contener la ola extranjerizante. Hoy, la pregunta ha regresado por sus fueros, ¿cuál debe ser la actitud ante el exterior? ¿Perderemos nuestra identidad nacional a causa del Tratado de Libre Comercio?

De todas las identidades colectivas que comparten hoy los seres humanos, la identidad nacional probablemente sea la más importante y la más inclusiva.(52) Ello no quiere decir que sea inmutable; por el contrario, las identidades nacionales al ser construcciones abstractas, se recomponen y combinan con mucha frecuencia. Y si algo es distintivo de la nación hoy en México, es que se encuentra en movimiento. Un mayor contacto con Estados Unidos ciertamente añadirá símbolos y lugares comunes a nuestra identidad, pero como ha señalado Aguilar Camín, eso no es nuevo, y nuestra historia esta conformada por diversas ideas norteamericanas. Sin embargo, el mayor contacto entre las dos sociedades también puede – como ha ocurrido en otros casos- reforzar las identidades nacionales existentes en ambos lados de la frontera. La experiencia de otras comunidades entrelazadas es que el contacto lejos de favorecer la integración, acentúa las diferencias.(53)

En términos generales, las dinámicas económicas y demográficas no han hecho sino acentuar las divisiones nacionales.(54) Es posible pensar que sea cual sea la forma que el nacionalismo tome en el futuro, seguirá haciendo énfasis en aquello que distingue a la comunidad nacional de otras comunidades. En un mundo de Estados-nación eso es lo que hacen todos los países. Estados Unidos no es la excepción a la regla.(55)

La razón por la cual algún tipo de nacionalismo no desaparecerá es que cumple una función que difícilmente será reemplazada por otra construcción simbólica. La idea de la nación salva del olvido personal al individuo al integrarlo a una posteridad común, restaura la dignidad colectiva con recuerdos de mejores eras y refuerza, a través de ceremonias y mitos, los lazos que unen a vivos y muertos en una sola comunidad en movimiento.

A estas razones se debe, como señala Anthony Smith, el que la identidad nacional y el nacionalismo hayan sorteado los temporales de la historia y se encuentren hoy, al final del milenio, en perfecta condición En una era de cambio acelerado es difícil decir cual sera la forma específica que tendrá la comunidad política que imaginamos como México. Lo único que puede asegurarse es que seguirá siendo la nación de Proteo.

(1) Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origins and Spread of Nationalism, New York, Verso, 1991, p. 205.

(2) Luis González «Patriotismo y matriotismo, cara y cruz de México», en Cecilia Noriega Elio (ed.), El nacionalismo en México, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1992, p. 477.

(3) El estudio más difundido sobre el tema se ocupa solamente de los orígenes -el patriotismo criollo- del nacionalismo mexicano. David A. Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, ERA, 1980. En general, lo que se ha estudiado es la idea del nacionalismo: la historia intelectual del concepto, y de los ensayistas, historiadores y escritores que lo han celebrado. Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana, la formación del nuevo régimen, México, ERA, 1973. A pesar de la importancia que los mexicanos le han otorgado, el nacionalismo en México solamente es mencionado de paso en los estudios generales sobre el nacionalismo. ¿Es, acaso, que lo que hemos llamado en Mexico «nacionalismo» constituye en realidad un fenómeno que no es reconocido por los especialistas como realmente nacionalista? Algunos de los escasos estudios sobre el tema son: Frederick Turner, The Dynamic of Mexican Nationalism, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 1968, y Josefina Zoraida Vázquez, Nacionalismo y educación en México, México, El Colegio de México, 1979.

(4) Mauricio Merino Huerta, «Adiós al proyecto nacional revolucionario», La Jornada julio 7, 1993.

(5) Sobre este tema, vease: David Laitin, «The national uprisings in the Soviet Union, World Politics vol. 44, núm. 1, octubre 1991, pp. 140-177; Robert Conquest (ed.), The Last Empire: Nationality and the Soviet Future Stanford, The Hoover Institution, 1986; Lubomyr Hajda y Mark Beissinger, The Nationalist Factor in Soviet Politics and Society Boulder, Westview Press, 1990, y Ronald Grigor Suny, The Making of the Georgian Nation Bloomington, Indiana University Press, 1988.

(6) Anderson, op. cit., p. 4.

(7) Hans Khon, The Age of Nationalism, New York, Harper, 1962, y Karl W. Deutsch, Nationalism and Social Communication, New York, MIT Press, 1966.

(8) «Si se tratara -afirmaba Cosío Villegas- tan sólo de su idea, la observación de Khon sería ya discutible, pero si se refiere a la realidad del Estado moderno, entonces habría que descartarla sin vacilar, pues en ninguno de los países latinoamericanos es posible señalar hasta la fecha la existencia de un verdadero Estado moderno». Daniel Cosío Villegas, «Nacionalismo y desarrollo», en Luis González y González, Daniel Cosío Villegas, México, CREA-Terra Nova, 1985, p. 53.

(9) Evidentemente en el siglo XX el nacionalismo en México ha estado vinculado a la modernización económica del país. Sin embargo, los análisis que hacen énfasis en esta dimensión generalmente reducen el nacionalismo a un mero instrumento de los gobiernos revolucionarios para llevar a cabo sus proyectos modernizadores. Nos dicen muy poco sobre el nacionalismo en si. No son capaces de explicar ni la fuerza legitimadora del nacionalismo ni tampoco por que ha logrado grandes movilizaciones populares en algunos momentos del periodo posrevolucionario. México no es el único caso en el cual el nacionalismo ha tenido, entre otros, un contenido modernizador. Establecer la vinculación entre ambos procesos, lejos de ser novedoso, constituye un viejo lugar común en la historia de los nacionalismos. Para un ejemplo reciente de este argumento véase Mauricio Tenorio, «México: modernización y nacionalismo», La Jornada Semanal, núm. 213, 11 de julio de 1993, pp. 3-16. 

(10) Córdova, op. cit.

(11) John Breuilly, Nationalism and the State, Chicago, The University of Chicago Press, 1985, p. 1-2.

(12) Ibid. p. 3.

(13) El antecedente del concepto es el «nacionalismo oficial». La rusificación zarista en el siglo XIX, como una forma de control del Estado sobre sus dominios políglotas, es el mejor ejemplo del «nacionalismo oficial». Hugh Seton-Watson, Nations and States. An Enquiry into the Origins of Nations and the Politics of Nationalism, Boulder, Colorado, Westview Press, 1977, p. 148. El término «nacionalismo gubernamental» es empleado por Breuilly, op. cit., p. 10.

(14) Ibid, p. 374.

(15) Esta noción sigue a Gramsci en su concepción de «hegemonía». Antonio Gramsci, Selection from the Prison Notebooks, New York, International Publishers, 1971.

(16) «En los años de la riqueza petrolera, el ‘nacionalismo revolucionario’ estaba ya instituido como doctrina oficial del régimen, sin importar cual fuese su contenido. Este, según se reconocía vagamente, implicaba el régimen mixto de producción, una serie de garantías sociales, una política exterior independiente y, desde luego, la aceptación de que el partido de Estado era el ‘legitimo heredero de la Revolución'». Luis Javier Garrido, «El nacionalismo priísta», en Cecilia Noriega Elio, El nacionalismo en México, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1992, p. 273.

(17) Los nacionalistas en la India, por ejemplo, echaron mano de los símbolos que los británicos «inventaron» durante el periodo de dominación colonial, para legitimar su nuevo Estado-nación independiente. Véase: Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), The Invention of Tradition, Cambridge, Cambridge University Press, 1983, y Eric Hobsbawm, Nations and Nationalism since 1870, Cambridge, Cambridge University Press, 1990.

(18) Véase al respecto: Roger Bartra, La jaula de la melancolía, México, Grijalbo, 1987 y Roger Bartra, «Changes in political culture: The crisis of nationalism», en Wayne Cornelius y Peter Smith (eds.), México’s Alternative Political Futures, San Diego, University of California Press, 1989.

(19) La memoria del despojo, y su invalidez jurídica, había sido hasta hace poco tiempo uno de los motivos principales de la historia oficial y tradicionalmente ha formado parte del repertorio de símbolos del nacionalismo mexicano. Véase, por ejemplo, Julio Chavezmontes, Heridas que no cierran, México, Grijalbo, 1988.

(20) John Breuilly, op. cit., p. 10.

(21) La imaginación nacional derrotada fue la de los mexicanos conservadores, que propugnaban por una identidad nacional distinta a la de los revolucionarios triunfantes. Véase: Manuel Rodríguez Lapuente, «La Iglesia y el Estado: La disputa por la soberanía», y Jaime del Arenal Fenochio, «El nacionalismo conservador mexicano del siglo XX», en Cecilia Noriega Elio (ed.), El nacionalismo mexicano, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1992, pp. 387-413 y 329-355.

(22) Al respecto véase, por ejemplo, Daniel Nugent, «Rural revolt in México, Mexican nationalism and the State, and forms of U.S. intervention», John Mason Hart, «U.S. economic hegemony, nationalism, and violence in Mexican countryside, 1876-1920», y Ana María Alonso, «Villismo: Nationalism and Popular Mobilization in Northern México» en Daniel Nugent (ed.), Rural Revolt in México and US. Intervention, San Diego, Center for U.S.- Mexican Studies, 1988.

(23) Véase Alan Knight, «The Mexican Revolution: Bourgeois?, Nationalist? or just a ‘Great Rebellion’?», Bulletin of Latin American Research, vol. 4, núm. 2, pp. 1-37, 1985. Córdova sostenía en 1984 que: «La nación como concepto sociológico es sólo un conjunto de grupos sociales sin voluntad propia. Eso es un hecho y no una invención metafísica. Sólo el Estado puede hablar por la nación». Arnaldo Córdova, «Nación y nacionalismo en México», Nexos, vol. 7, núm. 83, p. 33. Para una visión más reciente de las ideas de Córdova sobre el nacionalismo en México véase, Arnaldo Córdova, La Revolución y el Estado en México, México, Era, 1989.

(24) La semejanza entre los dos países resulta todavía más notable cuando se piensa que el partido político que ha ocupado el poder por más tiempo en Irlanda, Fianna Fáil (Soldados del Destino) y que ha gobernado el país en distintos periodos, por un total de 27 años no tiene, en este siglo, rival alguno en ningún otro país europeo. Durante casi toda su existencia como estado independiente, la República de Irlanda ha tenido algo muy parecido a un sistema de partido único. «El único rival de Fianna Fáil», escribe Geoffrey Wheatcroft, «es el Partido Revolucionario Institucional de México». Geoffrey Wheatcroft, «The disenchantment of Ireland», The Atlantic Monthly, vol. 272, núm. 1, julio 1993, pp. 65-84.

(25) David Landau, Pan-turkism in Turkey, London, C. Hurst & Co., 1985, y Samuel P. Huntington, «The clash of civilizations?», Foreign Affairs, vol. 72, núm. 3, p. 42.

(26) Kosaku Yoshino, Cultural Nacionalism in Contemporary Japan, tesis doctoral, The London School of Economics and Political Science, 1989.

(27) El modelo de incorporación burocrática es de Anthony D. Smith, National Identity, Reno, Nevada, University of Nevada Press, 1991, pp. 100-104.

(28) Daniel Cosío Villegas. «La crisis de México», Cuadernos Americanos, vol. 32, marzo-abril 1947, p. 48.

(29) Alicia Hernández Chávez, «El Estado nacionalista, su referente histórico», en Jaime E. Rodríguez (ed.), The Evolution of the Mexican Political System, Wilmington, Delaware, Scholary Resource Books, 1993, p. 207.

(30) Ibid., p. 203.

(31) Alan Knight, «Sobre nacionalismo mexicano», ponencia presentada en el seminario «Libertad y Justicia en las sociedades modernas», junio 1993.

(32) Héctor Aguilar Camín, «La invención de México; notas sobre nacionalismo e identidad nacional», Nexos, vol. 16, núm. 187, julio 1993, p. 56.

(33) Claudio Lomnitz Adler, Exits from the Laberynth; Culture and Ideology in the Mexican National Space, Berkeley, University of California Press, 1992, p. 10. El cardenismo ha recuperado al nacionalismo como la expresión de un «México profundo». El restablecimiento de los tiempos nacionales pasaría por la vuelta atrás, que «significaría la recuperación de un nacionalismo verdaderamente arraigado». Guillermo Bonfil Batalla, México profundo, México, CONACULTA/Grijalbo, 1989, p. III.

(34) Lomnitz, op cit., p. 10

(35) Ibid., p. 280.

(36) Ibid.

(37) La guerra étnica en Yugoslavia es entre tres comunidades que no difieren entre sí físicamente y que tampoco poseen orígenes antropológicos o raciales distintos. Como afirma William Pfaff: «Son la misma gente». William Pfaff, «Invitation to war», Foreign Affairs, vol. 72, núm. 3, p. 101.

(38) El empleo del PRONASOL de un emblema que asemeja la bandera mexicana muestra que el gobierno ha querido identificar aquel programa con las solidaridades propias de la nación. Sobre el PRONASOL véase Denise Dresser, Neopopulist Solutions to Neoliberal Problems: México’s National Solidarity Program, San Diego, Center for U.S.- México Studies, University of California Press, 1991.

(39) John Breuilly, op. cit., p. 62.

(40) La idea de un «México profundo» real, pero subordinado a un México imaginario» y dominante es parte de los mitos fundacionales de la Revolución Mexicana. Sin embargo, Bonfil no es capaz de explicar por que ese México imaginario es, hoy en día, tan real. Claudio Lomnitz, op. cit., p. 248. La pérdida de las tradiciones indígenas en América Latina impide la reconstrucción de imaginaciones nacionales alternativas. Sobre ese tema véase A. P. Whitaker y D. C. Jordan, Nationalism in Contemporary Latin America, New York, The Free Press, 1966.

(41) Samuel P. Huntington, «The clash of civilizations?», Foreign Affairs, vol. 72, núm. 3, pp. 4243.

(42) Lorenzo Meyer, «Nuestro futuro, desde Harvard», Excélsior, 15 de julio, 1993.

(43) La tipología que empleo aquí fue desarrollada por Liah Greenfeld, en un reciente estudio comparativo sobre el desarrollo del nacionalismo en Francia, Rusia, Alemania, Estados Unidos e Inglaterra. Liah Greenfeld, Nationalism: Five Roads to Modernity, Cambridge, Harvard University Press, 1993.

(44) Héctor Aguilar Camín, art. cit. Al respecto véase también: Rafael Segovia, «El nacionalismo mexicano: Los programas revolucionarios», Foro Internacional, Vol. 8, núm. 4, pp. 349-359; Rafael Segovia, «Nacionalismo e imagen del mundo exterior de los niños mexicanos, Foro Internacional, Vol. 2, núm. 2, pp. 272-292. La asociación entre identidad nacional y estructura política ha sido explorada por Soledad Loaeza, Clases medias y política en México; la querella escolar, 1959-1963, México, El Colegio de México, 198 pp. 58-64.

(45) Carlos Monsiváis ha caracterizado esta etapa como «posnacionalismo». Carlos Monsiváis, «Apuntes sobre nacionalismo», ponencia presentada en el seminario «Libertad y Justicia en las sociedades, modernas», junio 1993. Sobre el cambio en el discurso oficial de nacionalismo mexicano véase: Beatriz Zepeda Rivera, «Elementos del nacionalismo oficial mexicano en los informes presidenciales (1970-1992)», El Colegio de México, 1994, tesis de licenciatura sin publicar.

(46) Liah Greenfeld, op. cit.

(47) En este caso, la afirmación de Juan Linz de que los regímenes autoritarios no cuentan con una ideología coherente -rígida-, sino con un vaga mentalidad -la ideología de la Revolución Mexicana- puede servir de consuelo. El mismo hecho de que no sepamos con claridad que fue lo que perdimos con esa «mentalidad» puede facilitar el tránsito de un tipo de nacionalismo al otro, al flexibilizar el marco de referencia ideológico. Juan J. Linz, «Totalitarian and authoritarian regimes», en Fred Greenstein y Nelson Polsy (eds.), Handbook of Political Science, Addison Wesley, 1975.

(48) Sólo con el consentimiento de la comunidad, a la que se le conceden ciertos derechos y libertades, es que el gobernante fue capaz de establecer y conducir el poder soberano. Una razón para otorgar ese consentimiento fue la amenaza que representaban otros Estados similares.

(49) Para el desarrollo de este argumento sobre el surgimiento de la conciencia nacional, como una norma de oposición entre la sociedad y el Estado, véase el capítulo 16 de la obra mencionada de John Breuilly.

(50) El fenómeno ha sido ampliamente descrito por Carlos Monsiváis. Véase: Carlos Monsiváis, «Las tribulaciones del nuevo nacionalismo», Nexos, núm. 50, febrero 1982; Carlos Monsiváis, «Muerte y resurrección del nacionalismo mexicano», en Cecilia Noriega Elio, op. cit. pp. 447-469; Carlos Monsiváis, Entrada libre; crónicas de la sociedad que se organiza, México, ERA, 1987, pp. 202-237; Carlos Monsiváis, «Notas sobre la historia del término ‘cultura nacional’ en México», en En torno a la cultura nacional, México, SEP/ Fondo de Cultura Económica, 1982.

(51) Peter Skerry, Mexican-Americans. The Ambivalent Minorify, New York, The Free Press, 1993, p. 378.

(52) Anthony Smith, op. cit, p. 143.

(53) Los efectos de la comunicación sobre el nacionalismo han sido explorados por Walker Connor, «Nation-building or nation-destroying?», World Politics, vol. 24, 1972, pp. 319-355. El caso soviético es particularmente ilustrativo aquí: los esfuerzos por «integrar» a las distintas comunidades nacionales no hizo sino acrecentar las identidades previas, y a la larga, ocasionó más fricciones. Ronald Grigor Suny, Revenge from the Past: Nationalism, Revolution and the Collapse of the Soviet Union, Stanford, California, Stanford University Press, 1993.

(54) Véase al respecto: Anthony Richmond, «Ethnic nationalism and postindustrialism», Ethnic and Racial Studies, vol. 7, núm. 4, pp. 418 y Alberto Melucci, Nomads of the Present: Social Movements and Individual Needs in Contemporary Society, London, Hutchinson Radius, 1989.

(55) Los Estados Unidos fueron el primer país que demostró la fuerza que poseía el nacionalismo territorial.