A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

CUADERNO NEXOS

Soledad Loaeza. Politóloga. Entre sus últimos libros ha coordinado, en colaboración, Auge, crisis y ajuste, 1982-1988 (FCE).

Desde los sismos de 1985 el lenguaje de la política cotidiana adoptó el concepto de “sociedad civil” de la ciencia política y en unos cuantos años de mucho uso a diestra y siniestra, el concepto ha adquirido cualidades antropomórficas y se ha convertido en un protagonista clave de las noticias diarias. La sociedad civil expresa apoyos y repudios, marcha, protesta, defiende, es agredida, lee, opina, planea, proyecta. La forma en que hablan de ella quienes incesantemente la invocan es una invitación a que la imaginemos como una señora que entiende muy bien las cosas, sabe lo que quiere y lo que tiene que hacer, es buena, buena y, desde luego, la única adversaria posible de la perversidad estatal.

Es tan virtuosa y tiene tanta seguridad en sí misma, que da miedo. Sobre todo en estos tiempos en que la realidad política está más que nunca poblada de luces y sombras, las certezas tienen un regusto autoritario que no deja espacio para las dudas que naturalmente plantea una situación de conflicto como la chiapaneca.

La “sociedad civil” ocupa hoy el lugar que en su momento le tocó al “pueblo”, al “proletariado”, a las “mayorías”, conceptos totalizadores que si bien pueden tener alguna utilidad analítica se convierten en peligrosos instrumentos de descalificación en el terreno de la lucha política, porque niegan la diversidad característica de una sociedad plural y heterogénea, integrada por muchos grupos diferentes que son inasimilables a una sola corriente de opinión. En última instancia tan sociedad civil son los grupos que han expresado sus simpatías por el EZLN como los que han desempolvado su anticomunismo. Quien se erige en intérprete de la sociedad civil para expresar una opinión o para identificar a quienes le son afines peca, por lo menos, de arrogante.

La caracterización más reciente de la sociedad civil en México da miedo porque nuestra historia no es precisamente una de tolerancia frente a las diferencias o a las minorías. El Congreso de la República restaurada de Juárez, que es recordado con nostalgia como una experiencia única de ejercicio democrático, estaba integrado exclusivamente por liberales; es cierto, divididos en corrientes distintas: puros, moderados, radicales, pero liberales todos. Ni un solo conservador, ya no digamos un católico o un socialista que se identificara abiertamente como tal, pudo participar en política antes de 1911. El Congreso Constituyente de 1917 fue también monocolor, como lo fueron las Cámaras, por lo menos hasta 1943 cuando fueron elegidos los primeros diputados panistas. Había divisiones, pero todos se reconocían como miembros de la misma familia revolucionaria y no había espacio para quien no se identificara con los ideales de 1910, peor todavía, con los líderes de 1917.

La obsesión por la homogeneidad política es uno de los rasgos sobresalientes de la historia mexicana del siglo XX, como si con ella se hubiera querido disfrazar la heterogeneidad social que en sí misma desmentía la validez del monopolio del poder en manos de un pequeño grupo y de un solo partido. Pero el PRI no es el único que no se resigna a aceptar que representa solamente a una parte de la opinión, otros partidos también, negando su condición misma de parcialidad – como su nombre lo indica- insisten en hablar en nombre de la nación toda, o de la sociedad civil.

La pretensión de la homogeneidad política siempre ha sido fuente de conflictos y es una de las manifestaciones más claras de la sangre autoritaria que, pese a todo, aún corre por nuestras venas; pero ahora, esta pretensión es más altisonante porque la diversidad social que está tratando de abrirse paso en nuestra vida política a través de diferentes partidos, también se refleja en la heterogeneidad de los formadores de opinión y de los miembros del personal político, es decir, de los integrantes de los partidos -en el poder y en la oposición.

Siempre se habían dado diferencias entre periodistas, editorialistas, universitarios, artistas, pero todos ellos se reconocían en un tronco común al que se referían vagamente como el nacionalismo mexicano, como si la preferencia política fuera cosa de pasaporte; los extremistas eran pocos o se callaban sus disonancias. Hoy en cambio, el mercado de la opinión, como el del vestido, está abierto, con todos sus riesgos y sus virtudes. De éstas la que hay que rescatar es la legitimidad de la diferencia política, el reconocimiento de que una sociedad plural tiene muchas voces; unas nos gustarán, otras no, pero todas son válidas mientras no atenten contra el derecho del otro a expresarse libremente.

La diversidad que ha enriquecido nuestra vida política en los últimos diez años, ya no puede ser ni desmentida ni disfrazada. Mucho menos puede ser descalificada desde la bondad absoluta de una sociedad civil que al parecer tolera sólo a sus amigos.