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Cinna Lomnitz. Investigador de la UNAM. Ha colaborado en nexos anteriores.

Obituario de un científico joven que hizo de la irreverencia y el antiautoritarismo, los compañeros ideales de la libertad de la inteligencia.

Cuando muere un científico, el país está de duelo. Si muere en la flor de la edad, antes de alcanzar la plenitud que sus talentos nos prometían, hay consternación en el mundo de la ciencia. Jorge Lomnitz Adler era todo eso, y más.

Era mi hijo. Falleció el 17 de diciembre pasado, a los 39 años, víctima de las secuelas de un tratamiento para una enfermedad maligna. Cuando se muere antes de los cuarenta, suele ser difícil describir la contribución que se ha aportado al mundo. No fue el caso de Jorge, que hizo sus primeras armas en la ciencia a edad temprana y quien trabajó con éxito y con ahínco en las fronteras del conocimiento humano. Trataré brevemente de describir en qué consistió este aporte y cuál fue el sello originalísimo que este joven científico supo imprimir a todo lo que decía y hacía.

Jorge fue un generador de ideas. Leía y hacía su talacha cuando era necesario, pero en realidad prefería explorar nuevas comarcas de la ciencia y dejar a otros su eventual colonización. Por eso abandonó la física nuclear, terreno cultivado por miles de buenos especialistas, y se dedicó a la sismología. Aquí existía la oportunidad de aplicar conceptos físicos avanzados a problemas de interés real para México, como la predicción de los sismos. A partir de los años ochenta se ha operado una revolución en la física. El estudio de todo un grupo de fenómenos, llamados emergentes, se basó en principios nuevos de simetría y de organización. Jorge participó en esta revolución, que empezó con el descubrimiento de los nuevos superconductores y de los fractales, y que hoy abarca una enorme variedad de campos científicos, desde las ciencias fisicomatemáticas hasta las tecnologías de la comunicación.

La idea de Jorge era la siguiente. Si un temblor es el resultado de la fractura de una falla geológica, ¿qué pasaría si la falla, en vez de ser un plano, fuera una estructura compleja de millares de pequeños planos de fractura? En tal caso, existirían dos clases de sismos: los pequeños, que se debían a la ruptura de una o dos o tres fallitas, y los grandes que resultaban de la inestabilidad del conjunto, que se rompería catastróficamente en un gran terremoto. Al estudiar las regularidades de este sistema aparentemente caótico, utilizando técnicas avanzadas de modelación por computadora, Jorge descubrió que existían tamaños preferentes de ruptura y tiempos preferentes de repetición de las mismas. Con ello abrió una nueva perspectiva de investigación en sismología, que hoy constituye un campo activo y en pleno desarrollo.

Un colega del Instituto de Física de la UNAM (donde laboraba Jorge) me comentaba el otro día que estaba pensando en renunciar. «El Instituto ya no será lo mismo sin Jorge», me dijo, «estará muy aburrido». En efecto, Jorge se entregaba con pasión y sin restricciones al Instituto. Su conocimiento de la física sorprendía y deleitaba, tanto por su amplitud como por su profundidad. Su comprensión de los problemas fundamentales de la ciencia y de las múltiples estrategias que inventaron los grandes físicos del pasado para darles solución se basaba en una familiaridad con la vida y obra de Einstein, Fermi, Dirac, Wigner, Feynman, Bethe, como si hubieran sido sus maestros. Pasaba una buena parte de su tiempo en el salón de estar del Instituto. Allí, entre tazas de un café express negrísimo que él mismo molía y preparaba, ejercía su oficio socrático. Alternadamente riendo y despotricando contra las jugarretas del destino, cubría de fórmulas y garabatos el enorme pizarrón y disfrutaba con el combate intelectual al azar de los comensales. Pese a su franqueza en la discusión, o acaso por lo mismo, no tenía enemigos. Sin embargo, Jorge inspiraba recelo entre algunos físicos consagrados, por sus actitudes antiautoritarias y su tendencia a identificarse con los colegas jóvenes. Su rebeldía lo puso en más de un aprieto.

Una vez, siendo estudiante en la Facultad de Ciencias, se levantó en plena asamblea para denunciar el borreguismo político de sus compañeros. Era la época de los movimientos estudiantiles de 1973, y nadie se atrevía a disentir del «líder». Lo acusaron de derechista. Sin embargo, no era la política lo que interesaba a Jorge. Le aburría el conformismo, del color que fuera. En aquella época llevaba una cinta en la frente para controlar el pelo que le caía en cascada hasta los hombros. Traía una barba negrísima y una gabardina negra. No le gustaba ponerse zapatos. Nunca fue hippie, sin embargo, ya que no le convencían los «maestros» de la onda y sus sahumerios. Probó las drogas y no le cayeron bien. Por otra parte, era muy enamorado y salía con unas rubias lindísimas. Jorge era la envidia de los juniors y el terror de los papás.

Porque empezó a tener seguidores, los porros de cierto «líder» del 68 lo corrieron de la Facultad de Ciencias. En el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados lo recibieron con honores. Lo admitieron al nivel de maestría, de modo que no resultó perjudicado del trance. Al contrario, adelantó su carrera en varios años. Posteriormente, en la Universidad de Oxford, fue uno de los miembros más populares del Linacre College. Su perfecto dominio del inglés y su humor sardónico e irreprimible le valieron amistades para toda la vida. Sus cuates formaban un grupo heterogéneo y muy unido, amantes del cine, de la buena música, de la literatura y del arte. Era el «grupo zeta» – porque descubrieron que el casillero de la Z estaba vacante en la pichonera del College. Decidieron entonces cambiarse de apellido para poder compartir la misma inicial.

Se hicieron llamar Zomnitz, Zckinley y así en seguida. De ahí en adelante, su correspondencia les llegaba al mismo casillero.

Inglaterra posee una enorme tolerancia hacia la excentricidad. En cierto modo, era el país ideal para Jorge si no hubiera sido por su añoranza del «desmadre» mexicano y porque no soportaba la cocina inglesa. Como las mexicanas no sabían guisar, aprendió a ser su propio chef por necesidad. En aquella época no se conseguían por Oxford los ingredientes frescos necesarios para la buena cocina mexicana. Jorge descubrió la cocina indonesia, que tiene cierto parecido con la nuestra, y se puso a guisar deliciosos platillos exóticos para él y para los amigos doctorales en física teórica en la Universidad de Illinois, en Urbana. Allá conoció a su esposa, la pintora y fotógrafa Gale («Ventarrón») Lynn, originaria del centro del estado de Illinois. Gale, la indómita, nació durante una tormenta -de ahí su nombre. Fue la compañera ideal para Jorge y le dio dos hermosos varones.

A su regreso a México, Jorge se integró al Instituto de Física pero Gale se rehusó a compartir nuestro producto más famoso, el smog capitalino. La nueva pareja se estableció en las montañas del Ajusco, a cuarenta kilómetros de la UNAM y a 3 mil metros de altura. Compraron una casita prefabricada de madera que fue creciendo con los años. Además de hijos, se dedicaron a criar perros, gatos, aves de corral, y dos pericos. Poco a poco se fueron rodeando de amistades, a quienes también atraía la vida del campo. Esto era necesario ya que Jorge no había aprendido a manejar, debido a su aversión por los automóviles. Le desesperaba el tránsito de la Ciudad de México. Lo he visto ponerse a patear carros en la vía pública. Jamás fue un incomprendido, ya que nadie podía abrigar la menor duda acerca de lo que pensaba y sentía. Por higiene mental, no se guardaba opiniones ni mucho menos rencores. El amor que sentía por México no le hacía cegarse a nuestros principales defectos: la mansedumbre, la tolerancia ante la injusticia, el gusto por soñar.

Como maestro, Jorge dejó un recuerdo imperecedero. Para empezar, se despojaba de sus zapatos, echándolos a volar hasta el otro extremo del salón. Los alumnos reían felices. Era un gesto retador, que simbolizaba la fraternidad y la libertad intelectual irrestricta que debía reinar durante la clase. Se valía interrumpir o hacer preguntas, pero también era necesario soportar la crítica aguda, a veces despiadada, de los compañeros o del maestro.

Jorge Lomnitz era miembro del Consejo Directivo de la Asociación Internacional de Sismología y Física del Interior de la Tierra, editor del Journal of Geophysical Research y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. En noviembre pasado recibió de manos del rector José Sarukhán el Premio para Jóvenes Investigadores de la UNAM.

AGENDA CIENTÍFICA

El Congreso de Estados Unidos resolvió desbarrancar el proyecto científico más ambicioso de la historia de ese país, el super acelerador de partículas llamado Superconducting Super Collider (SSC), cuyo costo estimativo ascendía a 11 mil millones de dólares. Se asignaron 640 millones de dólares para asegurar la «finalización ordenada» del proyecto, para el cual ya se habían gastado muchos millones de dólares y se había contratado a 200 físicos y a 2 mil técnicos y administrativos. La cancelación del SSC fue interpretada unánimemente como golpe mortal a la investigación en física de altas energías en Estados Unidos.

En México, se suspendió el sistema de alarma sísmica para el Distrito Federal. El sistema tuvo dos fallas importantes, una el 23 de octubre de 1993 a las 2 de la madrugada, cuando se produjo un sismo de magnitud 6.4 frente a Punta Maldonado, costa de Guerrero, que no accionó la alarma; y otra el 16 de noviembre a las 7:15 p.m. cuando la alarma se produjo sin que mediara evento sísmico alguno. El costo del sistema no fue dado a conocer.

La NASA sigue con problemas de fondos y credibilidad. Uno de los proyectos que el Congreso de Estados Unidos retachó fue un programa llamado pomposamente Hacia otros sistemas planetarios, que no era otro que el añejo Programa de inteligencia extraterrestre con distinto bitoque. Un periodista comentó: «No se trata de conocer si existen inteligencias extraterrestres sino de saber si las hay sobre este planeta».

POQUITA FE

Un cable de EFE (enero 19 de 1994) nos informa del siguiente fiasco:

La primera demostración pública realizada en Francia de la llamada «sexualidad virtual» resultó poco gratificante para los dos jóvenes que trataron de simular a distancia y a través de un complejo sistema cibernético los placeres de una relación carnal.

La demostración, que hoy relatan algunos diarios parisienses, se celebró en una sala de congresos y fue organizada por una empresa alemana que ha fabricado un programa de sexualidad virtual bautizado como cybersex.

Se trataba de demostrar a los presentes que los dos jóvenes que se sometieron a la prueba, podían estimularse a distancia con la ayuda de un ordenador y de unos aparatos eléctricos adosados a las zonas del cuerpo más sensibles al placer sexual. Pero al terminar la experiencia, se declararon «decepcionados» y afirmaron que el simulador cibernético dista mucho de ser un buen amante.

O sea que aún no hay nada como the real thing. ¿Y si le llevan un trío al «complejo sistema cibernético»: «Comprende que mi amor burlado fue tantas veces, que se ha quedado al fin mi corazón con tan poquita fe…»?