La “segunda mentira existencial” de la flamante Alemania unificada quisiera hundir de una vez por todas su pasado histórico en el espejismo de una hegemonía germánica indispensable a la hora de la Europa multinacional. Mientras los debates acerca de inmigrantes y derecho de asilo falsifican las buenas intenciones precongeladas, los atentados y los asesinatos fermentan la vieja xenofobia y el antisemitismo.

La iglesia de San Pablo en Frankfurt viene siendo, desde el quincuagésimo aniversario de la noche del pogrom de 1938, lugar de una ceremonia conmemorativa. En esta ocasión Ignatz Bubis reportó experiencias de su visita a Rostock: con ello dio la entrada al principal orador de la velada, el filósofo de Tübingen Manfred Frank.

Hacía mucho tiempo que el odio a los judíos había vuelto a surgir de la xenofobia. Frank evitó todo falso paralelismo, pero una idea fue corriendo como hilo rojo por toda la reflexión histórica: el anhelo de unidad nacional y de afirmación propia se va abriendo paso cada vez más a un primer plano en Alemania desde las guerras de independencia en comparación con la lucha por conquistar las libertades democráticas. Y eso ha frenado hasta ahora la formación de una adecuada comprensión de la democracia: “La concepción dominante de la esencia de la democracia se expresa en la exigencia de que la política se incline ante la presión de la calle”.

Frank documentó su tesis con declaraciones actuales que recorren todo el espectro cromático de la política —declaraciones del tenor de que la Constitución debe adaptarse al ambiente del país. Y luego escogió la comparación que movió a irritados ciudadanos a abandonar el salón: “El populismo de Goebbels se sabía la tonada sobre las consecuencias de la adaptación al sentir popular no calificado: `Pensábamos con simplicidad porque el pueblo es simple. Pensábamos a lo primitivo porque el pueblo es primitivo’”. Frank de ninguna manera equipara con Goebbels a los políticos elegidos democráticamente, sino más bien critica la compresión del trasfondo de un debate sobre el asilo que se aproxima mas al existencialismo político de un Carl Schmitt que al consenso constitucional reinante en la antigua República Federal: “Como las mayorías reales son siempre falibles, no puede tener acción legitimadora la simple invocación del sano sentir popular revelado mayoritariamente. Su legitimación provisional obtiene una decisión democrática solo manteniéndose abierta a una revisión ilimitada por principio, en la cual pueda imponerse el mejor motivo”. En realidad el debate de los últimos meses sobre el asilo se había alejado en tal forma de la racionalidad de procedimiento de una creación seriamente democrática de voluntades que la impertérrita voz de Hans-Jochen Vogel debió parecer la del solitario que clama en el desierto.

El discurso de Frank fue esclarecedor… también por las escandalosas reacciones desatadas por el supuesto alboroto. Pues la agitación altamente oficial que se enseñoreó de la ciudad y del parlamento citadino a lo largo de dos semanas no se puede descartar como farsa local. El presuroso distanciamiento de todos los partidos (incluyendo el de los Verdes), el quebrantamiento del primer alcalde, la difamación contra el orador —esas emociones muestran que aun en una de las ciudades mas liberales de la República se había producido un brusco cambio de clima. Las columnas de la prensa local rebosaban resentimientos, que el Frankfurter Allgemeine Zeitung (del 11 de noviembre) resumió así “Lo que ofreció el orador de Schoeler fue bochornoso en forma parecida a la actuación de los extremistas en Berlín. Estos lanzaron piedras a los representantes de la democracia; aquel lanzó barro retórico al gobierno federal y a prominentes representantes de todos los grandes partidos democráticos. ¿De veras estará el primer alcalde en condiciones de reconocer su responsabilidad?”

La Unión Social Cristiana viene procediendo hace mucho según el principio de que si el tal Schönhuber tiene éxito, es preciso imitar al tal Schönhuber. El debate sobre el asilo no se puede entender sino suponiendo que esta máxima ha salido de las fronteras de Baviera y ha hecho escuela hasta en lo mas hondo de las filas del Partido Social Demócrata. Cuando la población simpatizadora levanta puestos de salchichas frente a hogares en llamas de los asilados, no se está anunciando para los gestionadores de mayoría una labor ofensiva de convencimiento, sino política simbólica una política de modificación a la Constitución, que ni cuesta nada ni modifica nada, pero que a los ánimos más apáticos les hace llegar este mensaje: el problema del odio a los extranjeros está en los extranjeros.

Tampoco llega a Rostock desde Bonn ningún indicio de indignación moral y de conmiseración, de cólera democrática por el retorno de pasiones que deben destruir toda comunidad. Con enojo reacciona el canciller federal solo contra los perturbadores que en la gran demostración de Berlin dañan el prestigio de Alemania en el mundo —ese es para él “el verdadero crimen”. Aun después de Mölln sólo le viene a las mientes a la Frankfurter Allgemeine Zeitung (del 24 de noviembre) “el amor al propio país, que no se debe exponer a la vergüenza”.

Tan solo las reacciones ante el terror de la derecha -las del centro político de la población y las de arriba del gobierno, del aparato del Estado y de la dirección de los partidos- hacen visible toda la extensión del abandono moral y político. No son las víctimas ni la pérdida de civilización de nuestra sociedad lo merecedor de la primera preocupación, sino el prestigio de Alemania como emplazamiento industrial. Aun después de los asesinatos de Möll, que suscitaron en la población horror y espontánea condolencia con las víctimas turcas, el portavoz del gobierno disculpa la ausencia del canciller federal debida a asuntos calificados como más importantes que el “turismo de condolencia”. El problema no son los skinheads sino los policías, que o bien no están en el lugar o bien se quedan mirando sin intervenir; son las autoridades de procesamiento penal que, si no se trata precisamente de contramanifestantes judíos venidos de Francia, proceden titubeantes; son los tribunales que dictan sentencias llenas de comprensión, son los oficiales del Ejército Federal, que lanzan contra los albergues de asilados sus granadas de mano para prácticas; son los partidos, que con su inefable debate sobre el asilo se desvían de los verdaderos problemas de un proceso de unificación erróneamente ensartado y se hacen cómplices de una parte obtusa y cargada de resentimiento dentro de su electorado. Tras la cortina de humo de este falaz debate sobre el asilo, la antigua República Federal se ha modificado mentalmente en los últimos meses con mayor profundidad y rapidez que en la precedente decena y media de años.

La insinceridad en el manejo público de la cuestión del asilo comienza por su errónea definición. Al hablar de “abuso” del derecho de asilo se encubre el hecho de que necesitamos una política de inmigración que abra a los inmigrantes otras opciones jurídicas. Las cuestiones del asilo político y de la inmigración constituyen un todo indisoluble. Pero nadie se atreve a impulsar la discusión sobre el orden de magnitud y la especificación de los contingentes de inmigrantes, los cuales, como justamente exigen las iglesias, no deben limitarse a “bienvenida, mano de obra especializada”. También los que tocan el tabú prefieren hablar de “limitación a la inmigración”; eso me recuerda la “leche fresca descremada” de mi juventud. El defecto congénito del compromiso del pasado fin de semana sobre el derecho de asilo consiste en que en el preámbulo se promete una política de inmigración, pero en el texto no se negocia. Un país de emigrantes realiza la dolorosa transformación en país de inmigrantes. Objetivamente hace tiempo que lo somos; pero hemos de reconocer este hecho antes de poder manejarlo en forma racional.

La insinceridad prosigue en la política de información. Los datos pertinentes tienen divulgación incompleta e interpretación engañosa. Frente a los 400 mil solicitantes de asilo que se esperan para 1992 hasta fin de año, hay 200 mil evacuados que como “oriundos de Alemania” poseen el derecho a la ciudadanía alemana. Oskar Lafontaine ya se preguntó en 1990 si el proyecto del llamado alemán por status es realmente conciliable con principios de una Constitución liberal. Pero el argumento no revela ningún efecto. De los solicitantes de asilo, el contingente más numeroso es, con mucho, el procedente de Yugoslavia; estos 100 mil inmigrantes podrían ser separados del procedimiento de asilo en calidad de refugiados de guerra y de guerra civil, y obtener un derecho de permanencia temporal. También es poco conocida la circunstancia de que, con base en principios del derecho internacional, alrededor de la tercera parte de los solicitantes de asilo con cierto tiempo de residencia en el país, ya no pueden ser objeto de expulsión. Por lo tanto falta un desglose realista de las cifras globales. A ellas se debería contraponer la demanda de inmigrantes que la menguante población de la República Federal necesita, ya por su propio interés, si no queremos el derrumbe de los sistemas de seguridad social en un lapso de veinte años bajo el excesivo peso delantero de la pirámide de edades. Se toma poco en cuenta no sólo la contribución político-económica que los trabajadores extranjeros han aportado y aportan a la explotación de nuestro producto social, sino también la migración interna de la Alemania oriental a la occidental, no acreditada en forma estadística, que hoy como ayer abruman en forma considerable la capacidad de absorción de los antiguos estados federados.

El debate sobre el asilo se hunde en la zona gris entre el engaño y el autoengaño, ante todo con la sugerencia de que una modificación de la ley fundamental podría resolver el problema. La verdad es más bien que todo lo que pudiera hacerse con eficacia puede ocurrir de inmediato dentro de las leyes existentes, en todo caso sin cambios a la ley fundamental. El proceso de reconocimiento puede simplificarse a una instancia, y el tramite individual puede reducirse a menos de cuatro meses. Entonces, desde luego, deberían ocuparse efectivamente los 4 mil puestos de planta de ellos todavía siguen abiertos hoy 2,500. En cambio la abolición del derecho individual de asilo (artículos 16 y 19 de la ley fundamental) está excluida ya por razones de derecho constitucional. Mientras no haya una armonización europea de mayor alcance, sólo viene al caso adicionar la ley fundamental para aquellos solicitantes de asilo que han hecho una petición y han sido rechazados en países donde estén en vigor la Convención de Ginebra sobre Refugiados y la Convención Europea sobre Derechos Humanos. Las habladurías sobre el derecho de asilo como derecho de gracia o garantía institucional, sobre el rechazo de asilados en la frontera, sobre listas de países, comisiones sobre quejas y todo lo demás está rayando en puras engañifas. Por lo demás, esas opciones no servirían gran cosa. Si los señores Seiters y Stoiber tuvieran a la vista las experiencias de los Estados Unidos con la inmigración ilegal desde México, verían la impotencia de sus fantasías de Wagenburg. Es decir, no podrían controlar la migración ni siquiera teniendo la facultad de convertir la frontera oriental en una línea Maginot.

Estas son verdades triviales conocidas por los que están adentro, pero son desmentidas públicamente. A la luz de las velas de Munich han intentado ahora los participantes guardar la cara con un compromiso de fórmula que es sospechoso de punta a punta. Es preciso forzar conceptos del psicoanálisis para entender cuanto hay de pretexto en esta farsa política. Para el agobiante problema de los movimientos migratorios a escala mundial no existen, de una u otra manera, soluciones sencillas. Sus verdaderas dimensiones fueron investigadas hace mucho tiempo por políticos más reflexivos como Heiner Geissler o Daniel Cohn-Bendit (“La patria Babilonia”). Quien desplaza el verdadero problema a voz en cuello al plano de una modificación a la ley fundamental, promueve la mentalidad de una patriotería del bienestar que se opone a toda solución racional. El propio gobierno se enreda en un cambio de mentalidad que cree explotar con oportunismo de poder.

De otro modo no cabe entender el descaro con que se maneja la Constitución. Quien hable de un “estado de emergencia” no previsto en lo absoluto por el derecho constitucional y quiera acorralar a la oposición con la proclama de una “ley de protección al asilo”, merece la acusación de un nuevo tipo de criminalidad gubernamental. Hasta dónde se han alejado los Kohl, Gerster y Stoiber del consenso constitucional y que poco arriesgan con ello, lo revela el que no se haya estigmatizado este indignante suceso. Periodistas aislados, como Robert Leicht y Gunter Hofmann, hablan en favor de una protección a la Constitución, que hoy ya sólo funciona desde abajo. Así también Heribert Prantl (en la Süddeutsche Zeitung del 6 de noviembre de 1992): “La mayor fracción de la Dieta Federal Alemana ha reflexionado en voz alta cuales son las premisas que le permitirían arriesgarse a violar la Constitución. El menosprecio consciente e intencionado, proyectado y exactamente calculado de las reglas básicas de la Constitución se ha convertido en un medio de confrontación política”. A esta sencilla comprobación no pudo animarse la oposición en la Dieta Federal. Evidentemente, cuando se trata de llegar a la sustancia normativa, ya no se puede confiar en gente que sólo quiere ser copartícipe del gobernar. La débil contradicción que permitió al ministro de la Cancillería salir del paso con evasivas, apenas crea la libertad de acción para hábitos mentales de criminalidad gubernamental. Operar con sencillas leyes pasando por alto la Constitución para “sondear” la Constitución —ese juego de pensamientos se lo han apropiado entre tanto, y aunque solo sea para intimidar a la oposición, los señores Rühe y Seiters. Hace poco reflexionaron ambos en voz alta sobre como podrían llevar a cabo la utilización militar del Ejército Federal en Yugoslavia (“ley de envío”) o para misiones de la Policía Federal de Fronteras en los límites con Polonia también sin mayorías que modifiquen la Constitución. Esos no son simples síntomas de un cambio de ambiente; temo que se esta abriendo paso una ruptura de mentalidad.

Al retorno de los viejos estereotipos en la antigua RDA se le encuentran con facilidad explicaciones plausibles. Que la unificación estatal no significaría precisamente un empellón liberalizador para la República Federal ampliada, es algo que se previó… y se predijo. Ese doloroso proceso de la “destrucción productora”, que devalúa viejos capitales y crea nuevas capacidades, se lleva a cabo desde luego normalmente en poblados limitados y en periodos prolongados; después del corte monetario hirió a la economía y con ello a la población de una RDA que había sido desenganchada del mercado mundial, y lo hizo cubriendo toda su área y de un solo golpe. La devaluación del capital industrial toma cuerpo simbólicamente en la administración fiduciaria que malbarata el patrimonio nacional; la devaluación del capital histórico de la vida de generaciones enteras encuentra su expresión en los destinos anónimos del desempleo masivo; la devaluación del capital intelectual es visible en la liquidación de academias y escuelas superiores, en la unificación de los medios, y se manifiesta no en último término en el enmudecimiento de los antaño dominadores del idioma, desacreditados adrede: la llamada polémica de la literatura ha cumplido su objetivo. Si se agrega que en el estuche del socialismo de Estado los rasgos de una mentalidad bastante “alemana” se pudieron conservar mejor que en occidente, entonces no son de sorprender los conflictos sociales, no son de sorprender las pandillas juveniles que destrozan automóviles y desatan batallas callejeras con bates beisboleros, no es de sorprender ni siquiera el radicalismo de derecha. Debemos confesarnos que el medio en el cual surge tal predisposición a la violencia sólo se puede modificar con “las circunstancias”, es decir, no de la noche a la mañana otra cosa es el occidente del país, en el que no se han modificado las circunstancias, sino que se han abierto las esclusas.

Lo que se ha modificado aquí son los reguladores y los valores de umbral insertos en los movimientos circulatorios de un público democrático. Hoy se sale de madre lo indecible, lo que una quinta parte de la población haya podido pensar hasta la fecha pero no manifestaba en forma abierta. Este fenómeno del abatimiento del umbral no puede explicarse con el fracaso de la familia y de la escuela. No son los adolescentes el problema, sino los adultos: no el corazón de la violencia, sino la piel en la cual medra la violencia. En los antiguos estados federados se ha modificado menos la situación social que la percepción de la misma. Como sólo existen percepciones interpretadas, es preciso examinar las interpretaciones. ¿Qué se ha modificado en ellas desde 1989? No sólo se han acrecentado las angustias por el futuro, sino también la colectividad que uno quisiera tomar por modelo y a la que quisiera dedicarse por completo.

Enzensberger opina que la República Federal esta siendo atacada por una mentira existencial: naturalmente conoce el fenómeno del que esta hablando. Mentiras existenciales son patologías que se estabilizan más allá de su utilidad para la vida. La mentira existencial de la época de Adenauer, lanzada desde arriba y a la cual nos enfrentamos entonces, rezaba: Todos somos demócratas. Ese hueso tardó mucho en roerlo la República Federal; se requirió una revuelta de la juventud para liberarla de las devastadoras consecuencias socio-psicológicas de ese autoengaño. Si a partir de 1989 se hallase en proceso de creación una segunda mentira existencial, ésta sería no tanto la ilusión de que siempre quisimos la reunificación, sino más bien el convencimiento de que “por fin hemos vuelto a ser normales”. Se esconde una sensación de alivio tras la equívoca fórmula de la “despedida de la vieja República Federal”. A ese “adiós” se le cargan interpretaciones curiosamente irracionales. La afirmación de triunfal respiro de que “Por fin somos de nuevo un Estado nacional” nos da la injustificada pretensión de una perspectiva desde la cual parece que la “historia de éxitos” de la República Federal, festejada casi ayer, es el verdadero “camino particular”: debemos salir de nuestra existencia en hornacina ya no necesitamos esforzarnos de más como modelo de alumnos morales, no tenemos derecho a agacharnos ante las duras realidades, ya no debemos hacer más remilgos para aceptar un papel rector en Europa y así por el estilo.

Arnulf Baring se hace elocuente abogado de esta picante reversión de la tesis del camino particular. En una conferencia ante la Fundación Martín Schleyer (tomo 36, Stuttgart 1992) investiga la nueva situación de los intereses alemanes que, según dice, desde la reunificación vuelve a ser la antigua: “Seguimos viviendo, desde 1990 volvemos a vivir en la Alemania de Bismarck”. Dice que Alemania ya no es un país puramente europeo occidental, sino de nuevo se halla en el centro de Europa. Con ello, dice, vuelve a caernos en el regazo una posición que a principios de siglo por dos veces intentamos alcanzar con la violencia: establecer a Alemania como supremacía relativa de Europa. Antes de 1945 hicimos el intento de obligar a Europa a aceptar nuestra voluntad -con bastante falta de talento, lo admito, y en su resultado con consecuencias catastróficas-. Ahora corremos el peligro de cometer el error inverso, negarnos a la tarea que la situación nos plantea: la de una mayor responsabilidad. Tenemos que aprender de nuevo a percibir los intereses propios, hacer que nuestros conciudadanos encuentren razonables las exigencias, desarrollar un saludable sentimiento nacional, debemos “alcanzar una comprensión más profunda, una relación distinta hacia nuestra historia…. yendo más atrás de 1945”. La normalidad del Estado nacional alemán no significa solo expansión en el espacio social, sino restablecimiento de una continuidad en el tiempo interrumpida por momentos. Retrospectivamente la antigua República Federal se antoja como la “Alianza renana de Adenauer”, que a lo sumo podría enriquecer el imperio de Bismarck con sus rasgos republicanos abiertos al mundo. “Con falta de talento”, como en los dos primeros impulsos, no debe volver a portarse la Nueva Alemania. Debe ponerse a la cabeza de una federación de estados europeos con veinte, treinta o cuarenta miembros, pero de ser posible aferrarse a la propia moneda, “porque el DM (marco alemán) no solo es un medio de pago, sino además símbolo de nuestra confianza en nosotros mismos”.

Este nacionalismo del marco alemán, rico en facetas, acondicionado con histórico refinamiento, que trae a la memoria al primado de la política exterior y vuelve a dar lustre al sentido de política realista de Treitschke, estaba infiltrado (hasta hace poco) en la prosa, de musculosa jactancia, de nuestro ministro de Relaciones Exteriores; ya enseno la oreja en el afán de normalización de quienes propugnaron una participación militar en la guerra del Golfo; y se vuelve a manifestar en la resistencia contra Maastricht y contra una unión europea anclada en el oeste.

Desde luego no es muy convincente la premisa de que por fin nos hemos vuelto a convertir en un Estado nacional normal: como si acaso siguiera existiendo hoy la clase de estados nacionales en la que pudo descansar el destello ideológico del siglo XIX, y como si a la vetustamente nueva República Federal, enredada más profundamente que ningún otro Estado en la red de interdependencias políticas y económicas, jamás se la pudiera podar para devolverla al anticuado modelo.

En los pisos superiores se ha extinguido, no sin ser oída, la “llamada al retorno a la historia” (Karlheinz Weissmann). En el Teatro de Wuppertal, canciones y poemas de Heinrich Heine sirven de aderezo a textos Schlageter1 del poeta nacionalsocialista Hans Johst. Los chicos del suplemento literario, desparramados entre tanto desde Frankfurt por todo el territorio federal, hace mucho tiempo que se ocupan de la demolición de la literatura de la antigua República Federal; se abastecen de ideas con sonar de sables, sacadas del apolillamiento de los jóvenes conservadores, y les dicen cuatro verdades a los del 68. En el piso intermedio ya se hacen comentarios algo más groseros. El alarmado editorialista de la Frankfurter Allgemeine Zeitung observa en el mundo de sombras de la “Democracia de los Delegados”, donde los camaradas se atreven a llevar la contraria a la cúpula del partido de Petersberg, “un delirio de ética de sentimientos”, y explica este antidemocrático estado de cosas con la estupenda tesis del camino particular “A la sombra de la gran contradicción mundial floreció en Alemania occidental la cultura de un utopismo cotidiano… como la influencia de la política alemana en el curso del mundo era de una imaginable pequeñez, era posible atraer sobre si la responsabilidad global sin preocupaciones en el rinconcito resguardado”. En los pisos más bajos, que naturalmente espantan a los pisos superiores, el rock de la derecha proporciona el ingenuo mensaje: “Nuestro derecho esta hace mucho en duda / nos liberamos de ese feo azote… Debemos luchar por nuestra raza / pueblo alemán, demuestra tu clase”.

En las calles de las grandes ciudades alemanas se menea, desde luego, la resistencia. No son los proponentes de un engañoso debate para modificar el derecho de asilo quienes se enfrentan en forma decidida y fidedigna a la xenofobia y al antisemitismo; no es la élite política la que muestra compasión y democrática indignación; no son los servidores del Estado quienes se ejercitan en el patriotismo constitucional. Es, como observa Klaus Hartung, la base de la masa izquierdista y liberal, la que desde la gran manifestación de Berlín, vergonzosamente tergiversada, y mucho más tras los asesinatos de Mölln, les pone punto final a las tibias y ambiguas reacciones de arriba. Como revela la manifestación de Munich, la cultura de protesta que vino madurando en los años ochenta ya está atrayendo círculos más amplios. La pasión política que la impulsa es inconfundible: defendían juntos las normas de un trato civil ejercitado en la antigua República Federal y que se había vuelto medianamente sobreentendido. La población es mejor que sus políticos y sus portavoces. Su polifónica protesta esta en la continuidad de aquellas mejores tradiciones de la antigua República Federal que sólo pudieron crecer del meditado abandono de una “normalidad” invocada hoy de nuevo como ejemplar.

Esto no lo debieran malinterpretar los amigos en Wittenberg y en el Este de Berlín: no tienen motivo para sentimientos variados. De lo contrario se forman esos frentes de través que en el debate capitalino —molesto debate de lugartenientes para impedir la discusión sobre la naturalidad de la República ampliada- ya han encubierto una vez la verdadera alternativa. La lucha por seguir civilizando a la República Federal no es sostenida, desde luego, por aquellos que se aferran a sus bienes, se vuelven locos por la suerte en el rinconcito y son impávidos espectadores mientras los mundos vitales de sus compatriotas en el Este son brutalmente desarraigados. Esta lucha se ha hecho más bien necesaria porque necesitamos, si no recuperar, por lo menos compensar aquella nueva fundación republicana omitida sobre la cual pasaron las ruedas de un proceso de unificación caracterizado por la miopía económica y un concienzudo macheteado administrativo. Hoy se vengan los déficit normativos del atropellado comienzo. El deplorable símbolo del contrato que el señor Schäuble ha concertado consigo mismo en la figura del señor Krause no es sucedáneo de un contrato social que se hubiera debido negociar públicamente en un debate constitucional. En su oportunidad los gobernantes confiaron en la subordinación de la difusa decencia de una nación de camaradas y escurrieron el bulto a la voluntad consciente de una nación de ciudadanos. Pero una esperanza realista de nivelación de las condiciones de vida no esta tan bien guardada en los sentimientos de homogeneidad étnica y ligadura histórica de destinos como en la conciencia republicana de un precepto constitucional discutido abiertamente en sus consecuencias.

Detrás de los féretros de las víctimas de la violencia derechista parece despertar de nuevo la conciencia republicana. Aquí se aclaran tal vez las alternativas que los portavoces y los políticos no llevan al concepto, porque se obstinan en antiguas posturas frontales. Basta observar la acrobacia con que mantienen la simetría entre la violencia izquierdista y la derechista. También las discusiones sostenidas en los periódicos de la intelectualidad son fantasmales. Los artículos necrológicos sobre la izquierda, como cartas marcadas, en el mejor de los casos se alimentan de sus propios argumentos. La izquierda no comunista tuvo suficiente vitalidad para quitar a tiempo de su desván los trastos viejos consistentes en los muebles de familia histórico-filosóficos y proteger las energías utópicas contra la maliciosa sorna de los demás. La pregunta sobre que ha quedado de la izquierda revela una notable debilidad de percepción. De la izquierda es, por ejemplo, la capacidad de discriminación que separa a Rita Süssmuth y a Heiner Geissler de los antiguos compañeros de viaje.

Es que la escena política realmente se esta formando de nuevo, pero no porque se desintegre la izquierda, retrospectivamente orgullosa de haber ayudado a acuñar la mentalidad de la vieja República Federal mediante su fructífero “alarmismo”, sino porque los conservadores liberales se escinden.

Una vez deshecho el vínculo unificador del anticomunismo, los republicanos se separan de los republicanos de rutina, que parten hacia nuevas playas. Ahora los liberales deben separarse de aquellos que prefieren entusiasmarse por las imágenes de la autoafirmación colectiva de una nación, desgastadas en forma social-darwinista, en vez de pensar en los ásperos conceptos de los procesos garantizadores de libertad en una comunidad de derecho. Ahora deben divorciarse los espíritus. Alarmismo para allá o para acá: me temo que ningún segundo 68 despertaría a la República Federal de una segunda mentira existencial.

 

Jürgen Habermas
Filósofo alemán miembro de la Escuela de Frankfurt. Entre sus libros, Teoría de la acción comunicativa y El discurso filosófico de la modernidad.

Traducción de Julio Colón Gómez


1 Referido a Albert Leo Schlageter (1894-1923) patriota alemán que estudió teología católica, se presentó como voluntario en la guerra de 1914, ascendió a oficial en 1915, participó en combates tras el derrumbe del Báltico, ayudó a defender la frontera alemana en 1921 durante los alzamientos polacos en Silesia, y estimuló el ardor combativo en la guerra del Ruhr, donde los franceses le formaron consejo de guerra por supuesto espionaje, lo condenaron a muerte y lo fusilaron. (N. del T.)