A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Cinna Lomnitz. Investigador de la UNAM. Ha colaborado en nexos anteriores

Las batallas en el desierto sexenal y la falta de tentaciones científicas, el insospechado fruto de las siglas -y el esperado de las ciencias sociales. con parada en el efecto Gore (más allá del género cinematográfico, del lado de la vicepresidencia estadunidense), y son los temas de esta bitácora,

RECUERDO A TERZAGHI

No sé si era de Transilvania pero definitivamente era húngaro, pese a su acento alemán exagerado. El hecho es que el profesor Karl von Terzaghi ejercía sobre nosotros los estudiantes una fascinación letal. Lunes, miércoles y viernes estábamos todos bien sentaditos en el auditorio semicircular de ingeniería de Harvard, esperando que apareciera cual malévolo vampiro. Y en efecto: a las diez en punto con un campanazo se abría la puerta a dos batientes y se introducía una sombra negra, arrastrando una capa del mismo color y seguida al trote por dos pálidos ayudantes: flotaba hacia el púlpito y sin preliminares adoptaba forma humana e iniciaba la clase.

He conocido a ingenieros más teatrales y de aspecto más macabro; muertos vivientes que penaban por los pasillos en busca de la estaca de plata que fuera a proporcionarles el merecido descanso final. He deambulado por los helados y laberínticos laboratorios de ingeniería, que retumbaban con gritos y chirridos como el mismísimo infierno. Premoniciones de horror: tras cada perfil de siniestro acero se antojaba descubrir a Lucifer o a Frankenstein. Terzaghi, por su parte, nos hablaba de otros horrores más insidiosos: errores de cálculo. Citaba cifras lúgubres que anunciaban un desenlace fatal. Y en efecto: la tensión iba creciendo en el salón al aproximarse el final de la clase, lo que podíamos intuir por la voz del maestro que bajaba de tono y se volvía cavernosa relatando la historia, inevitable y siempre la misma, de unos constructores irresponsables que habían tenido la temeridad de construir una presa ignorando las sagradas leyes de la mecánica de suelos. El desastre se acercaba a pasos dostoievskianos y nada podíamos hacer para impedir su fatídica aparición, que daría término a la clase.

Lo mismo suele suceder cada seis años en política: el descalabro es fruto amargo e inevitable del error. El científico no comete esta clase de errores: no maneja la realidad directamente, como el político o el ingeniero. Construye modelos. Equivocarse de modelo le es permitido hasta al mejor de los científicos Galileo se enfrentó porque quiso a un modelo del universo que había funcionado perfectamente: el de Claudio Ptolomeo. Las autoridades de la época lo metieron al bote por disolución social; hasta lograron que se desdijera públicamente (aquello de eppur si muove lo murmuró muy bajo para que nadie le oyera). Hoy se nos hace fácil cubrir de escarnio a esas honestas autoridades que sólo cumplían con su deber. íDizque la tierra se movía en torno al sol! íQué ocurrencia! Eso lo repetían todos los burros desde Pitágoras, y era una idea totalmente desacreditada por la ciencia moderna. Ptolomeo afirmaba que no solamente era falsa sino » totalmente ridícula». Su modelo (el de Ptolomeo) predecía las posiciones de los planetas con toda exactitud y sin contradecir las Sagradas Escrituras.

Los amigos y partidarios de Galileo estaban seguros de que éste tenía la razón; pero en rigor, eso se supo mucho después, cuando el modelo de Galileo sí produjo avances científicos notables mientras que el de Ptolomeo resultó estéril y caduco. Ningún modelo científico es eterno. Luego vino Einstein a hacer a un lado a Galileo.

Los científicos no tenemos fines de sexenio, como los políticos y los ingenieros. Pueden pasar siglos antes de que la ciencia se vengue cambiando de modelo. En cambio, los errores políticos o ingenieriles se cobran a lo chino, y acorto plazo. Por eso los científicos no queremos ser políticos o ingenieros: tememos las cornadas de la realidad.

En estos días de fin de sexenio es cuando recuerdo a von Terzaghi, y lo veo crecerse ante los ojos de mi mente despavorida. Como en los tiempos de Harvard, lo veo alzando sus negros brazos y extendiendo su capa sobre todos nosotros. Y me parece que lo oigo dar fin a su clase gritando a voz en cuello: «ANDD fifty- two PPEOPLE vere KILLED!!!»

LA HISTORIA DE GLORIA

En un artículo estadunidense encontramos la siguiente noticia científica que traduzco textualmente: «GLORIA, el sonar de largo alcance del IOS, fue utilizado en 1992 en un crucero del RV Livonia para mapear cambios en los patrones sedimentarios del margen continental de Groenlandia».

Cada vez que me encuentro con una frase incomprensible se me inflama la imaginación. No lo puedo evitar. Como un ocioso me pongo a construir historias. Es un juego de niños, pero la verdad suele ser instructivo. Además me permite vengarme modestamente de la gente que se dedica a construir siglas tontas como GLORIA e IOS. He aquí mi versión privada de la noticia susodicha:

En la tribu de los sonares, no lejos del reino de los Atlantes, vivía no hace mucho un travestista al que todos llamaban GLORIA. El rey de los sonares, llamado IOS, no gustaba de este individuo por razones obvias y o tras que no lo eran tanto; en todo caso, como al rey le caía mal el tal GLORIA éste se mantenía, en lo posible, fuera de líos y lejos del alcance del IOS. todo iba bien hasta que se le atravesó el destino: en 1992 se cruzó can un Livonia que tenía el breve y elegante apellido de RV. El resto de la historia es penoso y triste. ¿Fue GLORIA utilizado por el propio RV o más bien por sus patrones, los misteriosos sedimentarios, que vivían en continencia en la brumosa y marginal Groenlandia? Nunca lo sabremos a ciencia cierta. El hecho es que el pobre tuvo que mapear (que debe ser algo así como trapear) en la espera de unos cambios que no se iban a producir jamás. Porque los patrones, cómo no lo vamos a saber, siempre serán patrones. Una vez que te utilizan, es muy difícil que cambien.

DEL AMBIENTE Y DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Todo iba bien hasta que el TLC se desfondó. De repente los gringos y canadienses empezaron a cruzar miradas subrepticias por sobre la mesa verde, y se pusieron a evitar a los mexicanos como si fueran sidosos. ¿Qué había sucedido? Muy sencillo: nuestros negociadores, tan duchos en economía, nunca habían oído hablar de «ese rollo del ambiente». Es más: en todo el reino mexica no pudo encontrarse a más de uno que supiera lo que era la ecología. Y ese uno es taba muy ocupado repartiendo «pilones» a los universitarios mexicanos.

Hasta ese día fatídico, unas siglas o un buen logotipo habían podido reemplazar con ventaja cualquier aburrido discurso ecológico. El problema se presentaba cuando había que sentarse a una mesa de negociación. Era como enfrentarse a una Comisión Dictaminadora. ¿Qué les diremos? ¿Que hemos descubierto el significado recóndito de las siglas GLORIA? Es inútil: no estamos registrados en el Citation Index. Nuestros apellidos ni siquiera han sido sometidos a arbitraje internacional.

Hubo consternación en los pasillos del CONACYT. México, país «rollero» por excelencia, adolecía de graves fallas en la formación de abogados, de periodistas, de sociólogos, de historiadores, de ecólogos, de políticos. Si las ciencias sociales fueran la clave del éxito internacional, ¿no deberíamos estar ahí en el proscenio, entre los primeros lugares? Error craso. Resulta que en México las ciencias sociales se encuentran más atrasadas que las ciencias físicas y matemáticas. tenemos físicos y astrónomos de fama internacional, pero ¿cuáles científicos sociales?

La comunidad científica mexicana, mantenida durante muchos años a dieta de promesas, hoy luce en magnífica forma para la anual competencia del llenado de formas. Empieza en marzo, con una prueba llamada «Programa de Estímulos a la Productividad Académica», más conocido por las siglas «PEPRAC» o por el cariñoso apodo de «pilones». Inmediatamente después de estas eliminatorias comienza la prueba del Sistema Nacional de Investigadores («SNI»), y después de las vacaciones, el concurso de llenado de formas para ir a los congresos, sin mencionar las formas de propuestas para CONACYT y DGAPA (no vamos a explicar qué son estas siglas), y sin olvidar las de nuestro propio instituto, cuyos contadores inventan nuevas formas cada vez que cambia el secretario administrativo. Antes de la navidad hay que entregar el informe anual, para dejar constancia del número de formas que hemos llenado ese año.

México no está agarrando la onda. La educación superior no se consigue con base al llenado de formas. Recuérdese el ejemplo de lo que sucedió en la Unión Soviética. Una vez me encontré en París con un distinguido colega ruso, el profesor Volodia. Lo invité al cine, a ver La flauta mágica en la versión de Ingmar Bergman. A la salida le pregunté qué le había parecido y me asombró oírlo opinar que se trataba de «una bonita pero algo insulsa ípelícula para niños!» El hombre no sólo ignoraba quién era Bergman sino qué era una ópera, qué era La flauta mágica y quién era Mozart. Parece increíble pero es verdad. Fue elegido presidente de la Unión Geofísica y Geodésica Internacional; pero su país ha sido proscrito de la mesa verde de la comunidad internacional.

La Unión Soviética sucumbió, entre otras cosas, a consecuencia de una falla masiva en las ciencias sociales. Simplemente no existía una cultura activa de las humanidades y de las ciencias de la sociedad. Se llenaban formas y los principios básicos de la economía política eran ignorados. Una sociedad carente de la más mínima información cultural tenía que acabar así. Los tecnócratas siguen sin saber qué es La flauta mágica.

Japón logró convencer como la primera potencia tecnológica y económica del mundo gracias al incremento enorme de su número de egresados universitarios a partir de 1960. Hoy más de la mitad de los japoneses ha hecho estudios universitarios. Un 95% de éstos ha obtenido su título de licenciatura Su eficiencia terminal es de 95% y la nuestra, apenas de 27%. Bueno, dirá el lector, son japoneses. Con tanto ingeniero y tanto científico que egresa año tras año, ¿cómo podemos competir? Nuevamente, error craso. Los japoneses no estudian ingeniería sino ciencias sociales y humanidades. La fuerza del Japón se basa en su elevada cultura media. Los economistas japoneses pueden hablar de ecología y protección ambiental sin atorarse; y los sismólogos japoneses tienen hijas que tocan a Mozart en la orquesta sinfónica local. El número de egresados de las mal llamadas «ciencias blandas» se quintuplicó desde 1960. No existe un caso comparable en el mundo. En cambio, el número de egresados en las ciencias «duras» y las ingenierías se ha mantenido constante en Japón en los últimos treinta años.

Debemos concluir, por lo tanto, que las ciencias sociales han sido el arma secreta que ha utilizado el Japón en su victoriosa campaña por conquistar el mundo. Su superioridad no reside en su ciencia ni en su tecnología sino en su cultura, mal que nos pese a quienes cultivamos la ilusión de la superioridad de nuestra propia tradición intelectual. Por nuestra raza hablará el espíritu -muy bien, pero ¿cuándo? Frente al Ariel japonés, hacemos el papel de Calibán.

Suman 72 los distinguidos mexicanos que en medio siglo han formado parte del Colegio Nacional. Entre ellos hay 34 humanistas: poetas, novelistas ensayistas, filósofos, historiadores, arqueólogos, juristas, filólogos, estudiosos de los clásicos, arquitectos, economistas y un demógrafo. Ningún sociólogo industrial o especialista en organización de sociedades modernas; ningún experto en educación superior. En cuanto al Sistema Nacional de Investigadores, que es el compendio de nuestro mundo académico, posee actualmente un total de 1,413 miembros y candidatos a miembros en las Ciencias Sociales, incluyendo a 71 en Educación, 73 en Ciencias Políticas y Administrativas, 149 en Economía, 162 en Sociología, 186 en Antropología y 269 en Historia. Es todo. Veamos el número de miembros de verdad, con un nivel superior al Nivel 1 que es realmente el personal docente calificado para hacerse cargo de una cátedra en una universidad. Los números son más alarmantes aún. Hay un total de 56 investigadores nacionales de nivel superior al primero de la especialidad que sea, en todas las universidades públicas de los estados. Viene a ser 1.7 investigador por universidad. Ahora, en todo el país no hay más de 289 científicos sociales o humanistas de ese nivel: su edad promedio es de 56 años. Entre ellos hay 15 economistas y 8 educadores, mucho menos de uno por cada universidad. ¿Es adecuado, para un país de casi 90 millones de habitantes?

GORE

En un número anterior de nexos vaticiné que el vicepresidente Al Gore iba a dar de qué hablar en relación al programa de ciencia y tecnología del vecino país. El vaticinio se cumplió antes de lo que se pensaba, y el chisme es sabroso e interesante.

Apenas Clinton se había terciado la banda, cuando aparecieron los primeros recortes presupuestarios en el firmamento del Congreso. El dispendioso y disparatado programa Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan había cumplido con su objetivo de desbarrancar a la Unión Soviética. tal como se esperaba, los jerarcas comunistas se tragaron el anzuelo y gastaron lo que no tenían en un vano esfuerzo por construir su propia Guerra de las Galaxias. El objetivo aparente del programa de Reagan había sido el de destruir las ojivas nucleares del enemigo en el espacio exterior; pero los científicos de ambos bandos sabían que se trataba de una ilusión. En realidad la otra finalidad de Reagan fue enriquecer a ciertas empresas californianas tales como Martín Marietta y TRW. Ahora era el momento de darle callo al programa, y de eso se encargaron los demócratas.

Clinton vio la rogación y no se hincó. Parecía haberse olvidado de sus lecciones de historia Años antes, en el invierno del año 44 a C., durante una audiencia pública en el foro romano, se acercó un desconocido y le susurró a Julio César: Cuídate del 15 de marzo.

-¿Que qué?- replicó el interfecto-. íQué estás diciendo, hombre!

-Cuídate del 15 de marzo -repitió el adivino. Y desapareció para siempre.

César fue asesinado el 15 de marzo. Clinton olvidó la advertencia del adivino y firmó, el 15 de marzo pasado, su proyecto de ley para aumentar los recursos en ciencia y tecnología El presupuesto nacional para 1994 fue publicado el 8 de abril e inmediatamente fue enviado al Congreso. Con ello el Presidente pretendía cumplir una promesa electoral hecha a los científicos que había sido muy aplaudida hace un año. Pero el ánimo del país había cambiado. Los republicanos olfatearon sangre y adoptaron la táctica del filibuster. Cuando la propuesta llegó al Senado se anotaron en la lista de oradores, y uno tras otro se turnaron para recitar interminablemente el Diario Oficial y la Biblia ante una sala vacía. Nada pudieron los demócratas. El Parlamento estaba paralizado.

Clinton se rindió. El 20 de abril se dio por vencido y retiró su iniciativa. Los recortes abarcaron todo el espectro de las instituciones científicas del país: la Fundación Nacional de Ciencias, la Secretaría de Energía, la Secretaría de Defensa, la NASA y todo. Los presupuestos se quedaron por debajo del nivel de la inflación. Finalmente, el 26 de mayo el Congreso aprobó un paquete de «estímulos» a la ciencia y a la tecnología por el monto de 931.5 millones de dólares en vez de los 16,300 millones solicitados por Clinton.

De esa cantidad, nada o muy poco irá a apoyar la ciencia básica El anterior asesor de la Casa Blanca de Bush, Dr. Allan Bromley, había creado seis «programas estratégicos» de ciencia y tecnología: tecnología de materiales, cómputo avanzado y comunicaciones, cambio climático global, tecnología manufacturera, biotecnología y educación en ingeniería y matemáticas. Estos seis programas absorberán gran parte del presupuesto en ciencias básicas. Muchos científicos se sintieron defraudados pero no se atrevieron a atacar el sistema de programas estratégicos, por temor a que los legisladores les quitaran lo poco que tenían.

Fue el preciso momento que eligió el vicepresidente para saldar una deuda con el director de investigación científica en la Secretaría de Energía Al Gore había escrito un libro popular sobre ecología llamado La tierra en la balanza, en el que esbozaba una visión apocalíptica de un mundo que se iba a acabar a través del suicidio ecológico. Bill Happer, el científico a cargo de la Secretaría de Energía, tuvo la franqueza no admirarlo. Happer es joven como Gore; carismático como Gore; impaciente y hablador como Gore.

El 26 de abril, cuando los emisarios del vicepresidente presionaron a la Legislatura para que adoptara acciones contra el «efecto de invernadero» y el «agujero de ozono», Bill Happer dijo ante el Congreso que no existía evidencia ni del uno ni del otro. Señaló que no había suficientes datos y que en todo caso la radiación ultravioleta parecía haber decrecido y no aumentado desde que se descubrieron los «hoyos de ozono». Mencionó que el efecto de invernadero había sido mucho mayor hace 200 millones de años que en la actualidad, y que sin embargo «la Tierra no era entonces un sitio tan malo para vivir». En conclusión, Happer afirmó que la actitud alarmista de Gore no era científica sino política, y que urgía poner más y mejores instrumentos para salir de dudas.

Gore fue a hablar con Clinton y le señaló que el Dr. Happer, pese a ser un distinguido profesor de física de la Universidad de Princeton, no era más que un republicano infiltrado en su régimen; que había sido reconfirmado a pesar de ser de la camada de Bush y que estaba metiendo ruido en el Congreso. Happer, mientras tanto, no se quedaba callado. En una entrevista de prensa, dijo con cierta vehemencia «Aparentemente, se considera un acto de traición a la patria el decir con franqueza que hay muchas cosas interesantes y útiles por investigar acerca del origen, la importancia y el efecto de los gases de invernadero». Finalmente Happer fue despedido a fines de mayo. Posteriormente dio una larga conferencia de prensa y comentó, entre otras cosas, que existían personas en Washington «que creían que entendían de política tecnológica» y que sin embargo no alcanzaban a ver la necesidad de la investigación científica ni tampoco de la educación.

Con su principal enemigo fuera del campo, Al Gore se ha dedicado a promover iniciativas ambientales que algunos miembros del gabinete consideran extremistas, tales como reducir y mantener las emisiones de gases de invernadero al nivel de 1990 en Estados Unidos. Esta meta ya fue anunciada por el Presidente y su efecto sobre la recuperación económica se desconoce. Entre los físicos, el affaire Happer ha causado recelo, ya que se le ha considerado una víctima de la censura científica a manos de los políticos. En el fondo, lo que pedía el Dr. Happer era que el gobierno admitiera con franqueza que las decisiones ambientales son exclusivamente políticas. El tratar de revestirlas con un ropaje científico del que todavía no se dispone es, según él, una falta de ética. Seguiremos informando.

PONCHADO

El diario El Nacional publicó en sucesivas entregas durante el mes de julio un reportaje de Gail Sheehy sobre la impotencia masculina en la mediana edad. Así comienza lo que es una larga lista de causas de la impotencia masculina:

· El alcohol

· El tabaco

· El stress

Strike three

COMPARACIONES

Las agencias informativas recogieron durante la pasada cumbre de presidentes en Brasil, estas declaraciones de Fidel Castro:

Nunca nadie estuvo tan aislado como Cristo en la cruz, y hoy existen millones de cristianos por el mundo… Robinson Crusoe también estaba solito y sobrevivió, y nadie lo molestaba

¿Fidel Cristo o Robinson Castroe?