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Fátima Fernández Christlieb. Socióloga y comunicóloga. Su último libro es La radio mexicana: centro y regiones (Juan Pablos Editor). Actualmente es directora general de TV UNAM.

Para la navidad de 1994 el actual presidente tendrá 46 años de edad: ¿cuál de sus colaboradores le garantiza el escenario más propicio para los proyectos que entonces querrá echar a andar? Fátima Fernández Christlieb

Me cuento entre quienes aquella mañana del 4 de octubre de 1987 escucharon, boquiabiertos, Radio Mil. Era domingo, salí temprano con la certeza de que era el día del destape. Las filtraciones hacia columnistas y reporteros coincidían en la fecha, no había dudas.

Desde la cancha de tenis se escuchaba un radio. La gente peloteaba y de vez en cuando se acercaba a los que tenían la oreja en la bocina: ¿Ya? ¿Quién fue?

La cafetería del club, los vestidores y pasillos siempre han sido un termómetro político eficiente: la mayor parte de los que ahí opinan son representativos del grueso de la población. No tienen nada que ver con las esferas gubernamentales y sus comentarios son frescos y rotundos. Ese día los comentarios brotaron con mayor vehemencia y desde varios ángulos. No sabía cuáles atender. Por un lado, se abría ese espléndido laboratorio de opinión pública en el que igual se expresaba el recogebolas, que el empresario antipriísta o el ama de casa. Y por otro lado repiqueteaban las voces de conductores y reporteros de Radio Mil: habían ganado la nota. Fueron los primeros en anunciar que García Ramírez era el candidato del PRI. A las 9:15 del Mazo informó que iría a felicitarlo.

Ya se redactaban las crónicas que balconearían a quienes fueron al besamanos equivocado. Cuarenta minutos después vino el desmentido: ése no era el bueno. De la Vega anunciaba, como presidente del PRI, el nombre del realmente elegido.

Desconcierto en unos, complacencia en otros, indiferencia en la mayoría. Sorpresa, eso sí, por lo que aún no se sabe si fue un borrego, una metida de pata o un intento de madruguete. El caso es que desde ahí donde me tocó observar las secuelas del doble destape, emergió la gran obviedad del sistema político mexicano: el presidente toma la decisión él solito y la noche anterior únicamente pocos la conocen.

Cada presidente escoge según los resortes íntimos de su propia biografía y de acuerdo con su percepción del país. Sobre este mecanismo de transmisión del poder no se pueden hacer predicciones y a los politólogos les faltan categorías de análisis para explicar por qué la designación recae en una persona y no en otra.

Desde hace décadas la academia, tanto la vernácula como la de los mexicanólogos extranjeros, ha intentado describir los elementos que entran en juego en el momento de la decisión.

Se hacen listas de factores y variables que algo dicen sobre escenarios y coyunturas, pero no se acercan al ingrediente esencial: la conciencia de un hombre que habita un país con escasos contrapesos a la acción presidencial.

¿Qué podemos saber de lo que en el fondo, muy en el fondo, piensa Salinas acerca de Colosio? ¿Qué ventajas y desventajas le ve a Zedillo?

Para la navidad de 1994 el actual presidente tendrá 46 años de edad: ¿cuál de sus colaboradores le garantiza el escenario más propicio para los proyectos que entonces querrá echar a andar?

La respuesta sólo la tiene él. Por mucha información que se tenga acerca de la relación que tuvo con Emilio Lozoya en su etapa de estudiante o sobre los alcances de sus acuerdos de hoy, sólo Salinas sabe cómo lo percibe en el papel de futuro presidente.

El destape del 87 mostró la fragilidad de un mecanismo que nunca ha tenido reglas explícitas y que ahora tiene un precedente molesto para el sistema político: los presidenciables perdedores pueden provocar algo más que ruido.

Después de ese numerito que se montó en casa de un falso destapado, uno pensaría que la clase política disminuiría su afición por el futurismo y que en vez de apostarle todo a un probable precandidato, se dedicaría a trabajar en proyectos consistentes para el sexenio 1994-2000, de tal manera que quede quien quede, ese plan sea aprovechable.

Nada indica que en este terreno las cosas puedan cambiar. El quinto año de gobierno seguirá siendo de reflectores sobre los presidenciables y de integración de equipos por si acaso. 

No faltan las patadas debajo de la mesa. Si no se puede empujar al presidente en el momento de la decisión, sí se puede sacar de la jugada a un tapado con cola pisable. En los meses previos al destape, estos afanes por descalificar a los contendientes generan noticias que no lo son y la energía se invierte en una lucha estéril que impide redondear y dejar bien encauzados los programas del sexenio que agoniza.

Todo esto me genera algunas preguntas: ¿llegará el día en que el tapadismo termine? ¿Tiene alguna ventaja? ¿Podrá ser sustituido por un real juego de partidos? ¿No será que la actual rueda de la fortuna (este no saber si el que tengo al lado puede convertirse en poderoso) contiene un ingrediente regulador, un algo que además de sui generis convierte en sólido y discreto el ejercicio del poder en México? ¿No es un asunto de límites al presidencialismo lo que nos urge?

En cualquier caso, para los millones de mexicanos a los que los avatares sexenales no nos cambian la vida, se avecinan semanas en las que la frivolidad, las pasiones, las apuestas y las zancadillas estarán a la orden del día. Es un espectáculo que, mirado de Lejos, entretiene y genera la ilusión de que se participa en las cuestiones públicas.