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Rolando Cordera. Economista. Director del programa nexos TV.

La Sucesión con mayúsculas, la de entonces y la de ahora, es inseparable del olor a pólvora y a masas, y de la convicción de que esos ecos son algo más que reminiscencias. Se trata de hechos y disrupciones fundadores de una nueva realidad política dentro de la que todavía vivimos. Rolando Cordera Campos

1. En México, las palabras Sucesión Presidencial no remiten al proceso de relevo en el poder propio de todo sistema político. Ciertamente hablan de la transmisión y reconformación de la cumbre del poder político, pero no de mecanismos simples, conocidos y transparentes, sino de cargas históricas que cristalizan en conductas políticas reales y una mitología compleja. Por esta mitología activa hablamos todavía de La Sucesión Presidencial -con mayúsculas y con cautela-. Aquí termina toda pretensión de modernidad. El cambio político se ve obligado a transitar por senderos misteriosos y hasta inescrutables.

La Revolución Mexicana, mil y una veces declarada muerta, definió nuestro horizonte histórico. “Nuestra época, nuestro tiempo histórico”, escribió Arnaldo Córdova, “está marcado por ese fenómeno de trascendencia no sólo nacional sino también continental que es la Revolución mexicana… es nuestro referente, pensamos a partir de ella, nos movemos por ella o contra ella, en ella y por ella actuamos, sobre ella fincarnos nuestro desarrollo futuro, parecido o diferente a ella, por ella somos lo que somos; ella ha acabado identificándonos como un pueblo y una nación, estemos o no de acuerdo con ello, con lo que hemos llegado a ser” (Varios autores: Historia, ¿para que? Siglo XXI Editores, México, 1980, p. 133).

En especial, la Revolución definió la trayectoria y los alcances, la evolución y tal vez la caída, del Estado que surgió gracias a ella, y en el cual, conviene no olvidarlo, se ha dirimido hasta hoy La Sucesión.

La Sucesión con mayúsculas, la de entonces y la de ahora, es inseparable del olor a pólvora y a masas, y de la convicción de que esos ecos son algo más que reminiscencias. Se trata de hechos y disrupciones fundadores de una nueva realidad política dentro de la que todavía vivimos. “La revolución”, ha escrito Enrique Florescano, “no es una ilusión ideológica de cambio, es un cambio real que revoluciona el Estado, desplaza violentamente a la antigua oligarquía dominante, promueve el ascenso de nuevos actores políticos, e instaura un tiempo nuevo, el tiempo de la revolución… Este rasgo esencialmente político, es el que hace de la revolución no una continuación de procesos anteriores, sino el acto inaugural de un proyecto nuevo, y una fundación, el origen de un nuevo pacto social”. Este nuevo pacto social “es un proyecto nacional sustentado en una base antigua y moderna. Quizás el significado profundo de la Revolución de 1910-1917 sea haber descubierto y aceptado la presencia de esas dos partes divergentes de la nación y creado una propuesta política que en lugar de alimentar su antagonismo, discurrió el realismo de su aceptación, y la utopía de integrarlas en un proyecto nacional”. (Enrique Florescano: El nuevo pasado mexicano. Cal y arena, México, 1991, p. 151).

La Sucesión evoca también el texto que desató el gran remolino. En La Sucesión Presidencial en México, Francisco I. Madero postuló que el problema principal de Mexico era político, encarnado en la dictadura del general Porfirio Díaz. Para encararlo y resolverlo era preciso que hubiera sufragio efectivo y que, frente a la dictadura que se relevaba a sí misma invocando la Constitución, se eliminara la reelección. La democracia representativa sena la vía para superar las cuestiones ancestrales y abrir paso a la modernidad.

Un nuevo pacto social, incluyente de todas las clases y grupos y capaz de asimilar sin trastocar por lo menos dos grandes vertientes culturales profundas, por un lado; por otro, una democracia sin tacha, transparente, basada en la ley y comprometida con la legalidad: un Estado de derecho moderno, como se había empezado a soñar después de 1857 y de la derrota de los imperialistas: he ahí la gran pretensión original, convertida a lo largo del siglo XX en Gran Promesa. 

En los hechos y la historia que siguieron, la política se vio invadida por la cuestión social y la construcción del nuevo Estado reclamó prioridad indiscutible. Así, lo que tuvimos fue sufragio eficaz, en el mejor de los casos, y luego de la muerte de Obregón no reelección y sucesión dentro, desde y por la razón del Estado, pero sin el concurso abierto, democrático, de la sociedad.

Y aquí estamos. Con la historia y sus ecos indeclinables, pero también con una política del poder y para el poder hecha cultura y conducta, rito y rutina, aparato y verbo. No se trata de una imposición sino de una construcción (impositiva, autoritaria, ciertamente). No hablamos de un mito recóndito, flagelado a diario por la demagogia, sino más bien, de “la revolución como autoconocimiento, el legado más perdurable de esos años creadores” (Carlos Fuentes, citado por Florescano, op. cit., p. 151). No se trata de un pastiche, sino tal vez de “un fetiche”, pero “aglutinador de significados diversos y adaptaciones retóricas, un fantasma continuamente catalogado y continuamente inexacto, que genera su propia confusión y su inagotable hermenéutica”. (Aguilar Camín, en Florescano, op. cit., p. 152).

2. Viviremos, en este tiempo de cambio acelerado y agotamiento implacable de formas de hacer política y de pensar y construir el desarrollo, todavía dentro de aquel arco histórico que abrió la Revolución. La sucesión será todavía La Sucesión.

Sin embargo, nuevas figuras del discurso social, creaturas auténticas y legítimas de la revolución y los arreglos políticos y económicos que le dieron continuidad, nos hablan de la posibilidad de que aquel arco histórico esté por concluir. El hecho de que estas voces se den hoy sobre todo como un “reclamo democrático”, nos habla del éxito esencial de aquel proyecto. Al mismo tiempo, nos permite pensar que el arco abierto por los revolucionarios al calor de la guerra civil puede dar lugar a nuevas visiones, realistas y esperanzadas, que reediten el sueño democrático maderista actualizando la “utopía realista” de la Revolución mexicana: un proyecto nacional que sea a la vez cultura propia y opción universal.

Con esta perspectiva optimista, quisiera apostar contra la dictadura de la historia con una lista de dilemas políticos que podrían servir para una “agenda” de déficits y superávits, a encarar después de La Sucesión y para las sucesiones por venir.

1. El ajuste. Si el superávit fiscal y la apertura comercial se vuelven cruzada o dogma esperanzado, pueden terminar siendo déficits imaginativos, que son peores que los comerciales o financieros. Se trata de gastar mucho y bien, y de construir por nosotros y para nosotros una competitividad que nadie otorga ni regala. Así lo exige la situación económica y social del país y lo reclama la estabilidad política para una democracia habitable.

2. La ciudadanía. Hay un superávit en el reclamo ciudadano, que ya cuenta hasta con sus propios empresarios y brokers, pero hay también un déficit democrático porque nadie quiere actuar en concordancia con las exigencias que trae consigo la invención de un nuevo tipo de intercambio político. El déficit adquiere proporciones magnas no tanto en las elecciones cuanto en las instituciones que deberían dar cauce y sustento a la democratización: la justicia y la ley como orden básico de y para todos; el Congreso de la Unión y los congresos, junto con los municipios, donde debería deliberarse y resolverse sobre el fisco y volverse vida cotidiana y corpus político esa gran pretensión de ser un Estado federal, además de democrático y representativo; los medios de comunicación de masas, pioneros de la apertura de los años setenta, pero a punto de volverse un lastre de la democracia extensa que hoy se requiere.

3. Las masas. Hay un superávit de movilización social, de pobres, muy pobres y menos pobres: auge de la solidaridad horizontal y del contacto Presidente-comunidades populares. Pero hay un déficit en la solidaridad vertical, que debería involucrar a otros contingentes de la sociedad. La solidaridad y su soledad: la peor de las perspectivas.

4. Los asuntos del porvenir. Hay un superávit en la identificación de temas que “hacen” futuro. Por ejemplo, el reconocimiento de la centralidad de la educación y la cultura. Pero hay déficit en la comunicación entre los actores primordiales de esos procesos, y en el compromiso real, tangible, de la sociedad y de sus élites con esa centralidad que todos postulan y dicen aceptar.

5. Lo fuerza de la cultura. Hay un superávit en el orgullo y la satisfacción con nuestra milenaria y poderosa cultura, punto de apoyo para asumir y buscar confiados un lugar nacional en la globalización que está en curso. Pero hay un déficit en la producción en serio, de más y nueva cultura que le dé vida y vigor a lo acumulado y en efecto nos “ponga” en el mundo. Pienso en la televisión y el cine, por supuesto, pero también en la letra impresa: nunca hemos sido buenos lectores, ahora corremos el peligro de simplemente no serlo más.

6. Nuevas y nefastas adicciones. Hay un superávit en la polarización verbal y en su rechazo fariseo; junto a los apocalípticos, proliferan los bomberos de todo tipo que a diario advierten de una y mil bombas de tiempo que sólo ellos pueden desactivar. Pero hay un déficit en la voluntad deliberativa y de diálogo. “La polarización”, dice Robert Hughes, “es adictiva. Es el crack de la política -un acelere breve e intenso que el sistema busca una y otra vez hasta que se inicia su colapso”. (Culture of Complaint. The Fraying of America. Oxford University Press, New York, 1993, p. 28).