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Lourdes Arizpe. Antropóloga. Directora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

En estos momentos resulta difícil la sucesión presidencial porque conviven todavía en el espacio político costumbres que corresponden a tiempos pasados y aspiraciones que buscan una nueva adecuación de las instituciones políticas a las corrientes sociales actuales. Lourdes Arizpe.

Lo que los mexicanos ya no queremos por un partido político es que las decisiones políticas fundamentales se tomen en sigilosos grupos que actúen como si el poder fuera una esencia que se posee por encima de la sociedad.

Como tampoco queremos persistir en las viejas consignas, bien intencionadas pero ingenuas, de no tomar en cuenta que los distintos niveles de complejidad de nuestra sociedad crean, en cada peldaño, razones adicionales de balances y contrapesos de poder, cuyo conocimiento y ponderación requieren muchos años de trabajo. Y para rescatarlo de sus posibles secuestros, habría que recalcar que el poder no lo puede seguir dictando la violencia, la corrupción y el grito desaforado sino la capacidad de trabajo, de iniciativa, de visión hacia el futuro, de calidad moral y de generosidad hacia los conciudadanos.

En estos momentos resulta difícil la sucesión presidencial porque conviven todavía en el espacio político costumbres que corresponden a tiempos pasados y aspiraciones que buscan una nueva adecuación de las instituciones políticas a las corrientes sociales actuales. De las primeras, culturalmente perviven todavía dos arraigadas tradiciones históricas caracterizadas por ser jerárquicas, patriarcales y autoritarias: el caudillismo y el patriarcalismo.

El caudillismo, de sobra conocido, se deriva de la figura del caudillo o cacique, dictador benigno que ata a sus seguidores mediante intrincadas redes de paternalismo y clientelismo. Es una herencia de la historia pero persiste esta figura porque, si al campesino no se le hacen llegar información y asesoría fidedignas, si al dueño de un pequeño negocio lo extorsiona constantemente la burocracia, si al empleado el sindicato no le cumple, la única manera de enderezar las cosas es acudir al caudillo o al líder, jugársela toda a la figura del salvador. Dicho de otra manera, a la arbitrariedad en la vida pública se debe que se elijan a líderes arbitrarios también, que a su vez tienen interés en perpetuar esas arbitrariedades de la vida pública, con lo que se cae en un círculo vicioso. Es decir, se aguanta la corrupción e ineptitud de estos líderes, a cambio de que su discurso le dé por su lado al “pueblo”. De hecho, la justificación de la forma de actuar de estos líderes es que “así lo pide el pueblo”, con lo que dejan al “pueblo” en su sometimiento tradicional, pero con una endeble -y falsa- sensación de seguridad.

Pero lo que quiere el “pueblo” hoy en día, vocablo que a estas alturas habría que acabar de sustituir por el de “ciudadanía”, a través de sus movilizaciones, está clarísimo: ya no quiere la corrupción que hizo que los mayores beneficios del desarrollo en las últimas décadas se acumularan en los infinitos peldaños de intermediación política y económica. Tampoco quiere ya los discursos floridos y las migajas económicas que se ofrecían a cambio de la participación, de la destrucción ecológica y de la imprevisión económica.

La otra pauta cultural que interviene en el proceso político es el patriarcalismo, derivado de la figura del jerarca dentro del catolicismo: es inapelable, infalible, y se le debe obediencia absoluta. Trasladada esta figura a la del padre y esposo en la familia, o al político o funcionario del Estado, provoca que se forme a su derredor un aura de poder absoluto que a ellos mismos los aprisiona y les impide avanzar hacia nuevas formas de relaciones.

Son tiempos viejos en tiempos nuevos. La gran semilla de democracia sembrada en los primeros tiempos de la Revolución Mexicana, por las características de la estructura social de la nación en aquellos tiempos, tuvo que resolverse en forma pragmática con la creación de un caudillaje político en que intervenían clientelismo, cooptación y coacción. En torno a esta figura se creó un partido dominante que hasta hace muy poco repetía estos mecanismos en el tiempo y en el espacio, porque nunca se atrevió a cambiar una cultura política que lo beneficiaba.

Mientras que la figura de este caudillo político dominaba el espacio público, la del jerarca eclesiástico ha seguido dominando el espacio privado. Lo que hace más difícil en este momento la sucesión presidencial es que existen sectores de la sociedad mexicana que todavía se aferran a estas figuras, para quienes el voto no es una elección, sino un refrendo.

En el otro extremo de la gama política, como riesgo del proceso actual, se encuentra la subasta de la presidencia al mejor postor. Este sería el punto final del proceso de mercado en el que la economía subordina por completo a la política, para entrar en un círculo vicioso en el que el poder acaba fundido con la riqueza De muchos imperios y naciones históricas puede dar cuenta la antropología cuyo desenvolvimiento muestra hasta qué punto el inicio de su desplome es el momento de esa fusión.

Visto de cierta manera, viene a ser la consecuencia previsible del proceso que privilegia la teoría económica neoclásica: si los individuos producen más por su interés egoísta de obtener mayores beneficios personales, lo que, según esta teoría, tiene un efecto dinamizador del mercado, ¿qué ocurre cuando estos mismos intereses se encuentran ya en la cúspide de la riqueza y del poder? No podría pedírseles una actitud generosa o de redistribución, puesto que ésta no cabe en la teoría neoclásica. Sólo pueden continuar acrecentando su acumulación egoísta y el resultado histórico tiene que ser, inevitablemente, la concentración absoluta e insostenible de la actividad económica, la polarización y el desplome político de sus sociedades.

¿Hay alguna diferencia entre quien vota por un candidato porque lo apantalla el despliegue de riqueza de su campaña, o porque sabe que el candidato le pagará su voto en contratos o concesiones? Lo que habría que destacar es que esta mercantilización de la presidencia ya sea vía el mercado o vía la corrupción se acentúa cuando no existen plataformas políticas claras, matizadas y contrastadas entre los partidos políticos. Dicho de otra forma, si todos los partidos políticos dicen lo mismo, plantean los mismos objetivos -la democracia, la justicia social y la libertad-, la elección entre uno y otro se hará con base en la oferta de beneficio personal o en la trivialización de los elementos de su oferta -ese candidato habla mejor, o es más apuesto, o no voto.

La sucesión presidencial actual se juega en los espacios intermedios entre los dos extremos expuestos. Pero teniéndolos en mente pueden entenderse mejor las diferencias entre los precandidatos de los distintos partidos. La singularidad de esta sucesión es que han aflorado y se están marcando mucho más la pluralidad de culturas, modos de vida, expectativas sociales y formas de participación política de los mexicanos. Por tanto, un regreso a un caudillaje monolítico es imposible: pero para muchos políticos está resultando difícil el paso de los clientelismos a las alianzas, y el paso del discurcurso monolítico al debate con distintas posiciones relativas.

Como tampoco está siendo fácil para una nueva ciudadanía ya no votar por la figura de la certidumbre, el padre, el cacique protector o el Papa, ni ceder su capacidad de elección a cambio de beneficios personales inmediatos, en especial cuando éstos últimos pueden significar la sobrevivencia a corto plazo de una familia.

Cuando se dice, por tanto, que se requiere oficio político entre los políticos habría que aclarar que no es que no haya sino que el que hoy se necesita tiene características distintas al que imperaba antes. Hoy ese oficio político tiene que expresarse en una plataforma política no sólo de enunciados sobre los grandes objetivos -democracia, justicia social- sino de cómo lograrlos; en una práctica de alianzas y no de clientelismos o cooptaciones; en una apertura al debate directo frente a otras ofertas políticas en el que se discutan verdaderas teorías e ideas políticas y no descalificaciones o apelaciones a la historia mexicana; en una capacidad personal de relacionarse con la diversidad de ciudadanos; y en una voluntad de persistir en la búsqueda de soluciones dentro del nuevo marco de participación ciudadana y de competencia internacional.

¿Por qué exigir ese nuevo oficio político únicamente a los políticos, con lo que se perpetuaría la centralización política? Hay que pedírselo también a la ciudadanía, que conozca y practique el discernir, ponderar y asumir la responsabilidad de su elección en términos conscientes.

Mantener estos delicados equilibrios; respetar tradiciones y costumbres pero al mismo tiempo avanzar; saber esperar, ponderar, encontrar el momento preciso. Todo esto requiere de una gran oficio político de nuevo tipo, de una habilidad comprobada y de un gran corazón. Espero, con todos los mexicanos, que todos los candidatos a la presidencia los tengan.