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Luis Miguel Aguilar. Escritor. Su último libro es Suerte con las mujeres.

LOS MILLONARIOS

Ya no hay millonarios. Los millonarios son, eran siempre, norteamericanos. Ross Perot es norteamericano pero no es, en realidad, un millonario. Nadie que haga esos infomerciales puede ser, en realidad, un millonario norteamericano.

La primera vez que el millonario norteamericano Jay Gould oyó hablar de la lucha de clases, dijo: “Yo puedo contratar a la mitad de la clase obrera para que luche contra la otra mitad”.

Un día el millonario norteamericano J. P. Morgan entraba a uno de los grandes edificios de Nueva York para tomar posesión de su compra reciente. Un hombre rompió los círculos de prensa y policías y se acercó a él para decirle mientras le extendía la mano:

-Sr. Morgan, necesito que me haga un favor.

J. P. Morgan le estrechó la mano y le dijo:

-Ya se lo hice.

Ya no hay millonarios.

TAE KWAN DO

Según esto un alumno de artes marciales debe aprender que ese modo oriental de combate va dirigido, sobre todo, a la defensa.

Luego, en un embotellamiento en la Ciudad de México un experto en Tae Kwan Do usa las manos como pistolas y manda al hospital al chofer de taxi que se bajó al pleito con una barreta.

Es que el Tae Kwan Do no incluye un proverbio celta que dice: “Nunca le des una espada a alguien que no sabe bailar”.

EL MEJOR POEMA DEL MUNDO

Poesía es la que se tiene en la memoria. Lo cual resulta un pequeño problema, porque de la página interna en cualquier momento se pueden caer o borrar una estrofa o un pasaje de la poesía más frecuentada. En cambio, nunca se olvidan cosas como los versos para jugar Burro 16:

Uno:

para el desayuno.

Dos:

patada y coz.

Tres:

hilito de San Andrés.

Cuatro:

jamón te saco.

Cinco: desde aquí te brinco.

Seis:

bat de beis.

Siete:

te pongo mi chulo bonete

y el que te lo tire

será burro-flete.

Etcétera. Estos versos salieron de la cultura carcelaria para llegar a varias infancias en los barrios mexicanos. Durante el tiempo en que me los aprendí, la escuela también me dio a aprender compulsivamente, lo mismo que a todos los de mi generación, el poema de Nervo a los Niños Héroes porque hubo un concurso nacional en las primarias. Como todos, ya sólo recuerdo el estribillo y una que otra parte de ese poema. Burro 16 sigue ahí.

El mejor poema del mundo es el primer poema de memoria el que uno se aprendió en las vagancias o en el campus del barrio. Incluso sin saber que se trataba de un poema. El mío dice:

Calmantes montes.

Alicantes pintos.

Pájaros cantantes.

Leones rugientes.

Moscas en las frentes.

Arboles volantes.

Poesía es la que se tiene en la memoria, pero nada conserva tanto la memoria como la poesía que uno se come por la calle. 

EL YO

Señoras y señores:

Muy buenas noches. Créanme que no sé por qué me han invitado aquí, a dar esta conferencia, siendo que mi especialidad es el silencio. Estoy muy apenado y muy sorprendido de que los organizadores hayan pensado en mí al planear este evento. (Por cierto que evento es una palabra mal empleada.) Trataré sin embargo de no ser el negro en el arroz de esta serie de charlas, aunque mi trabajo ha sido, finalmente, hacerle el arroz al negro -sin connotaciones raciales-, que así ocurre con quienes nos dedicamos a esta actividad y padecemos esclavitud profesional por un trabajo muy mal remunerado. No sé si por eso pensaron en distraerme invitándome aquí. Sólo expuse, muy de pasada, algunas ideas que alguien más calificado que yo podría ahondar y llevar a conclusiones más precisas.

Muchas gracias.

EL INSOMNIO

El insomnio es la patria de los desconfiados. Dormir es la única salida a la cueva de Platón pero, puesto que estamos en la cueva de Platón, ¿cómo daremos con la salida si nos dormimos?

El primer pájaro aún no es de confiar. Las cosas mejoran cuando se oye el carro prehistórico del barrendero y, poco después, su rasposa escoba de brujas sobre el pavimento.

Voy a ser incómodo para morir.

EL 68

Yo también estuve en el 68.

Y luego (diría Borges), Emerson y la nieve y tantas cosas.

Dos huéspedes de la casa-pensión de mi madre doña Emma me llevaron al Grito de los estudiantes en CU la noche del 15 de septiembre de 1968, días antes de que yo cumpliera doce años de edad. Doña Emma, que hoy nos acompaña entre el público, se está enterando hasta este momento. Espero que haya muchas preguntas después de mi plática, para posponer el careo con ella.

Estos huéspedes eran Alvaro López Miramontes, gran jaliscience e historiador, y Roberto Cabrera Noriega, nicaragüense estudiante de química tan fanático de Sandino que a su póster de Bob Dylan le había puesto el (entonces sólo para iniciados) FSLN sobre la chamarra del cantante. Un Insurgentes-Bellas Artes-San Angel nos llevó como siempre a CU.

Habían puesto un templete en la explanada, llena de jóvenes, junto a la Facultad de Filosofía.

Antes del Grito, Margarita Bauche cantó El Coyote.

Antes, Oscar Chávez cantó tres o cuatro de la herencia lírica mexicana.

Antes, otro cantante cantó una canción dedicada a Mendiolea, Cueto y “al heroico cuerpo de granaderos”: una canción de onomatopeyas, gruñidos, pujidos y eructos que sugerían la prosodia de un gorila.

Luego vino un señor, que luego supe que había sido Heberto Castillo, a dar el Grito con todo y bandera.

Luego vino un líder estudiantil a informar que en el Zócalo había llovido a cántaros y que el tradicional Grito del Presidente Mexicano había sido tan silbado que sólo la lluvia había impedido que sonara más fuerte la rechifla, porque los chiflidos estaban ya pasados por agua.

En CU no llovía y me la pasé muy bien esa noche.

Luego la esforzada atleta mexicana Enriqueta “Queta” Basilio subió con la antorcha las escalinatas del estadio de CU rumbo al pebetero para inaugurar las Olimpiadas de México 68 el sábado 12 de octubre.

Y luego el sargento Pedraza ganó la medalla de plata para México en la caminata de los 20 kilómetros.

Y luego Robert Beamont saltó ocho metros y noventa centímetros en el salto de longitud.

Y luego un ruso llamado Sabotinsky levantó sobre su cabeza un toro de 504 kilos en forma de pesas.

Y luego Robert Smith y otro velocista negro alzaron sus respectivos puños izquierdos, envueltos en guantes negros, para revelarse como Black Panthers al escuchar el himno norteamericano en la ceremonia de premiación.

Y luego Dick Forsbury inventó para siempre el salto de altura “hacia atrás”, impulsándose de espaldas sobre la vara, y creó una revolución copernicana en el hasta entonces llamado “salto del tigre”.

Y luego el gran maratonista etíope Mamo Golde pasó al frente del pelotón sobre la avenida Sonora de la Condesa rumbo a Insurgentes y el estadio para ganar la medalla de oro. (Aunque yo deseaba el triunfo de otro etíope, que no pudo en México 68 y abandonó la prueba; un corredor descalzo que cuatro años atrás había ganado el oro en las Olimpiadas de Tokio. Un etíope con un nombre mágico: Abebe Bikila.)

Y luego la “hermandad y la hospitalidad del mexicano”: es decir, la aburridísima clausura. Las clausuras sólo son para turistas. Y para que algunas mujeres digan “Estuvo preciosa”. 

No fui con Alvaro y Roberto el 2 de octubre del 68 a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, porque no habrían sopes ni garnachas ni canciones, sino meros discursos.

Ahora veo que doña Emma reprende, entre el público, sus ganas de reprender a su vez al conferencista. No de reprenderme, quizá, por mi participación en el 68, sino porque el día en que el Tibio Muñoz ganó para Mexico la primera medalla de oro en natación, a las ocho de la noche, yo me perdí el triunfo por andar jugando futbol en el Parque México.

Y luego Emerson (al que no he leído) y la nieve (a la que no conozco) y tantas cosas (que no sé). Todo, en fin, lo que llegamos a vivir quienes estuvimos en el 68.