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Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mujeres de ojos grandes (Cal y arena).

Sucedía entonces, como todavía sucede muchas veces, que las cenas terminaban dividiendo a los grupos de matrimonios en hombres por un lado y mujeres por el otro.

Los hombres bebían mientras creaban negocios en el aire o esgrimían sus privadísimas conjeturas políticas. Las mujeres hacían un ruido menos arduo y más parejo recontando sus partos, quejándose con decoro de sus maridos, elogiando a sus hijos o turnándose la voz para narrar sus fantasías.

La noche que nos concierne, la palabra le había pertenecido por completo a una mujer de ojos pródigos y cintura bravía que, despacio pero en detalle, se dio a contar los sobresaltos de su corazón enhebrado, sin remedio y sin tregua, al de un hombre al que la ley no le concedía ningún derecho a compartir sus sábanas.

-íUn amante! -dijeron en un solo murmullo todas las mujeres que habían escuchado apretando los labios o abriendo la boca, imaginando cada una su propio desvarío, concediéndose de repente el derecho a un hallazgo como ese, ansiosas de encontrarse un día cualquiera con aquel paso por el júbilo adolescente que la costumbre del matrimonio termina por acallar.

-¿Un amante? -preguntó desde la profundidad de su asiento la voz de campana que hacía latir el cuerpo de una mujer hermosa y taciturna llamada Ofelia.

Tenía la boca redonda y pequeña, una barba que a la mitad se partía en dos, una nariz delgada y nerviosa, un par de ojos adormilados que despertaban la codicia de los hombres y el sosiego de las mujeres.

-¿Un amante? -volvió a preguntar para no correr el riesgo de haber oído mal.

-Sí, eso -le dijo desde una nube la mujer sentada a su lado.

-Ay oigan no. íQué flojera! -deletreó muy despacio con su voz repentinamente exhausta.

Las mujeres voltearon a verla para asegurarse de que no fuera una muñeca de pasta metida a opinar.

Y ahí estaba ella, con su gesto infantil y su barba respingada, con sus ojos holgazanes y su pálido cuello largo, sin amedrentarse un ápice con la mirada de ira que le dirigió aquel grupo de volátiles negándose a las mañanas iguales y las tardes sin prisa, aquel montón de ensueños colocados de pronto en la banqueta por culpa de su boca inclemente.

-Eres una bruja- sentenció su vecina de asiento- Mira nada más lo que hiciste -le dijo señalando las caras de aquellas mujeres como recién sacadas de un viaje lujoso y brillante.

La impávida Ofelia miró aquellos rostros ensombrecidos por la fuerza de su conjuro y sintió pena. Quiso decir algo que justificara la contundencia de sus palabras pero para entonces el volumen de la conversación que encendía a los señores subió de golpe como si alguien hubiera levantado el botón de una olla express:

-íMartínez Manatou! -gritó uno de ellos-. Ese va a ser el próximo, no cabe la menor duda.

-Sí, eso está clarísimo -dijo otro.

-Perfecto, a mí me va perfecto -presumieron dos más.

-Pues a darle por ahí -aconsejó un emprendedor.

-Eso -le contestaron otros-. Eso hay que hacer.

Luego volvieron a bajar el tono y se hundieron en las más oscuras y promisorias iniciativas.

-¿Cómo no hay alguien que ponga a estos pobres en la realidad? -dijo la voz de Ofelia mientras ella encogía los hombros y estiraba una sonrisa, ganándose de golpe todo el perdón de las mujeres y sus recién devastadas fantasías.