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Umberto Eco. Ensayista y escritor. Entre sus libros, El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault. Este texto es una adaptación de la entrevista que Eco sostuvo con su traductor y amigo, el escritor Jean-Noël Schifano.

“Europa ha de convertirse en una tierra de traductores  -personas que tienen un profundo respeto por el texto original y un profundo amor por su lengua de origen, pero que también tratan deformar un equivalente-. Ese es el concepto de Europa.” ¿Una inmodesta proposición para la Comunidad Europea en este fin de siglo?

La Búsqueda de una Lengua Perfecta en La historia de la cultura europea es un tema que contiene una utopía gargantuesca sumada a una búsqueda del Grial. Es gargantuesca y rabelaisiana -una idea inalcanzable y extraordinaria para un proyecto. Para abarcarlo en su totalidad, tendrían que trabajar diez hombres de letras durante veinte años y producir cuarenta volúmenes. Tal como está, a medida que me adentro en mi tercer año de ese proyecto -hasta yo, que colecciono libros antiguos-, descubro textos completamente desconocidos o que mencionó, pongamos por caso, Leibniz una vez, y otra vez alguien más.

¿Qué significa esto para Europa, que no ha dejado de despedazarse en tanto sueña con llegar a ser? Significa que la historia de Europa, atravesada por rupturas, guerras, divisiones e intentos de restablecer un solo gobierno, va acompañada siempre de esa búsqueda, puntuada por posibles trastornos políticos. Pongamos por caso a Postel, por ejemplo, un hombre que soñó con redescubrir el hebreo original perfecto que haría posible la religión universal y la armonía política bajo el régimen del rey de Francia.

O los rosacruces, por ejemplo, que aspiraban a un lenguaje mágico que se fundiera con el lenguaje de las aves, la lengua natural de Jacob Bohme. Pero tras esa búsqueda estaba también la de la paz universal, que para ellos era la paz entre católicos y protestantes.

Y en tiempos de la Convención, estaba el lenguaje republicano perfecto de Delormel para la armonía laica de la Ilustración. 

Este tema que siempre atravesó la historia europea es utópico -la búsqueda del Grial- y, por lo tanto, está condenado al fracaso. Pero -y esta es la idea que me interesa-, aunque es una búsqueda que fracasa en cada intento, produce lo que los ingleses llaman “efectos colaterales”: el lenguaje de Lulle fracasó como lenguaje de la armonía religiosa pero dio origen a todas las combinatorias, incluso al término “computadora”. El lenguaje de Wilkins fracasó como lengua universal, pero produjo todas las nuevas clasificaciones de las ciencias naturales. El lenguaje de Leibniz fracasó, pero produjo la lógica formal moderna. Así pues, cada intento fallido de formular la lengua perfecta deja una pequeña herencia.

Hoy, hagamos álgebra o juguemos con la computadora, nos beneficiamos de alguna de las herencias de la búsqueda de una lengua perfecta. Esto es todavía más fascinante para un lingüista o para un especialista en semántica porque, cuando estudiamos por qué las lenguas perfectas no funcionaron, descubrimos por que las lenguas naturales son lo que son.

LA BUSQUEDA Y SUS TESOROS

Toda búsqueda de la lengua perfecta comenzó por describir los defectos de la lengua natural. Para tener un ejemplo no hay más que dirigir la mirada a Italia, donde la lengua de Dante nació en respuesta a la búsqueda de una lengua perfecta. Al principio, Dante sólo se debatió con la lengua de Adán y sus características. Después tomó una decisión verdaderamente maravillosa: su propia lengua sería la lengua perfecta -la lengua que él inventó para el uso poético-, que más tarde se convirtió en el italiano y en artificialmente nacional.

En tanto que el inglés nació imperfecto y fue evolucionando a medida que la gente razonaba por su cuenta, la lengua italiana sufrió de haber nacido del proyecto de una lengua perfecta. Hoy Italia sobrelleva su lengua, que fue y sigue siendo un lenguaje de laboratorio. Como Italia no es una nación unificada, el italiano nunca llegó a ser la lengua que hablaban todos, aunque sigue siendo la lengua de los escritores -y de la televisión.

En efecto, la lengua italiana llegó a su unificación estándar hace relativamente poco, con la televisión. No olvidemos que no hace más de 100 años, Victor-Emmanuel, que unificó Italia después de la batalla de San Martino, dijo a sus oficiales: “Hoy hemos dado una buena paliza a los austriacos”. Lo dijo en francés, porque hablaba francés con su esposa y sus oficiales, en dialecto con sus soldados y tal vez en italiano con Garibaldi.

LA DEGENERACION DEL LENGUAJE

Comparto el parecer de los que piensan que la lengua, como organismo vivo, siempre se las arregla para enriquecerse y sobrevivir, para resistir a toda “barbarización”, para Producir poemas, etcétera. Es obvio que en Nueva York, donde hay puertorriqueños, indios, pakistanos, etcétera, la mezcla de gente impone un lenguaje simple al resto de la comunidad: 2 mil ó 3 mil palabras, con construcciones fáciles. Pero yo no soy de los que se sorprenden cuando las nuevas generaciones hablan su jerga La lengua es fuerte, siempre lleva la voz cantante.

Sin embargo, queda lo que los sociolingüistas han denominado la división social de las lenguas. Es obvio que un profesor universitario tiene un lenguaje más rico que un taxista Richelieu tenía una lengua más rica que sus campesinos.

La división social del lenguaje siempre ha existido, pero esta constatación no implica la idea de degeneración- enriquecimiento. El inglés es sin lugar a dudas la lengua con el léxico más rico, y en virtud de la división social de las lenguas, el taxista conoce únicamente una pequeña parte de ese vocabulario. Sin embargo, la riqueza de la lengua inglesa no se pone en duda: sobrevive a través de la literatura. Por lo tanto, yo no creo que una revolución tecnológica pueda silenciar una lengua.

Veamos Europa hace sólo veinte años, la gente se inclinaba a pensar que bastaba con cuatro o cinco lenguas básicas para el pueblo europeo. Lo que hemos visto, después del derrumbe del imperio soviético, es una multiplicación de lenguas regionales: en la exYugoslavia, en la exUnión Soviética. Y esas tendencias confieren fuerza a otras lenguas de minorías, como el vasco, el catalán, el bretón.

Europa no se “funden como los Estados Unidos, y por lo tanto ha de encontrar una unidad política por encima de la gran línea divisoria lingüística. El reto que enfrenta Europa es que va hacia el multilingüismo, y hemos de poner nuestra esperanza en una Europa políglota. El reto que enfrenta Europa consiste en encontrar la unidad política a través del poliglotismo.

Aun cuando se tome la decisión de hablar esperanto en el Parlamento europeo y en los aeropuertos, el poliglotismo será la verdadera unidad de Europa.

Europa ha de tomar de modelo a Suiza, y no a Italia, con su diversidad de dialectos y tradiciones, pero con una lengua nacional. Europa ha de seguir siendo una comunidad multilinguística.

¿POLIGLOTA O REVUELTA?

Si se piensa en lo que sucede en las universidades norteamericanas, donde se aconseja no estudiar a Shakespeare y estudiar en cambio la cultura africana o de la India, se vislumbra un futuro de ciencia ficción en el que Hemingway podría ser Menandro. Pero yo insisto en que en Europa hay una calidad, una fuerza que nos impide caer en esa ingenuidad. En París se puede estudiar la civilización occidental, y se está construyendo un Instituto del mundo árabe en el que también se podrán estudiar las civilizaciones orientales.

Es concebible una escuela secundaria en la que la historia de Francia se estudie al mismo tiempo que la historia del pueblo africano. Europa no es lo bastante ingenua como para decir: expulsemos a Shakespeare para poder dedicarnos de lleno a las religiones hindúes. Por eso la posibilidad de que un Valéry se convierta en un Menandro es menor en Europa que en Estados Unidos. Para que Menandro se hubiera convertido en Menandro, en un momento preciso su lengua tenía que morir. Por lo tanto, antes de que las lenguas europeas vivas se conviertan en lenguas muertas, con la capacidad que tienen de rejuvenecerse, tendría que haber una tragedia a escala planetaria que hundiera a los países occidentales en la ruina total. Y esto es poco probable. La circulación de información a nivel mundial hace mucho más difícil que exista el peligro de que un día se contemple Notre Dame como las estatuas de Easter Island.

SEPARADA PERO UNITARIA

En 1943, Alberto Savinio escribió, “El concepto de nación originalmente fue un concepto expansivo y, por lo tanto, activo y fértil. En calidad de tal, inspiro y formó las naciones de Europa, en medio de las que nacimos y hemos vivido hasta ahora. Este concepto ha perdido desde entonces sus cualidades expansivas y en la actualidad ha asumido cualidades restrictivas”.

Comparto con Savinio esa visión unitaria y europea. Es muy improbable que en la Francia de hoy alguien como Richelieu se propusiera que toda Europa hablara francés o que un Kaiser, alguien como Federico II, quisiera que toda Europa hablara alemán.

Por desgracia, los franceses del norte temen que la unidad europea borarrá la identidad nacional y no se dan cuenta de que Richelieu formó la nación francesa, pero no impidió que el que fuera de Marsella se sintiera profundamente marsellés, con todas sus tradiciones meridionales, su cultura y hasta su pronunciación y su dialecto.

En Italia, la idea de nación puede coexistir con la tradición. Por ejemplo, yo me siento íntimamente piamontés, y creo que alguien que vive en Sicilia se siente profundamente napolitano. No hay que pensar que se puede concebir Europa sin el concepto expansivo de nación. La Unión Europea precisamente existe para que nos abstengamos de pensar en una Europa alemana o en una Europa francesa. No obstante, la nación sigue siendo un profundo elemento de identidad. El problema con ese elemento de identidad es que debe fundirse con la perspectiva multilingüística, con una Europa de políglotas.

Europa ha de convertirse en una tierra de traductores – personas que tienen un profundo respeto por el texto original y un profundo amor por su lengua de origen, pero que también tratan de formar un equivalente. Ese es el concepto de Europa. Mediante la traducción, nuestra lengua se enriquece para entenderse mejor a sí misma.

No tengo nada en contra de una Europa en la que ya no existan el franco y el marco pero el ecu sí. Aunque ha de ser también una Europa en la que cuando se está en París, se está en París; y cuando se está en Berlín, se está en Berlín. En esas ciudades hemos de poder sentir dos civilizaciones profundamente diferentes que se dan a entender y a querer.

UNA CASA MODERNA PARA LA TORRE DE BABEL

Entre los siglos XVIII y XIX, el mito de la torre de Babel se convirtió en un símbolo de progreso, de anuncio del mañana. Ya no existe el miedo a una torre que llegue tan alto como Dios, por provocación u orgullo. Al principio, Babel fue un pecado, pero en el mundo moderno se ha convertido en una virtud. De hecho, se proyecta construir una “torre sin fin” – una torre de Babel en el barrio de La Défense de París-. Pero el mundo moderno ya tomó la decisión de construir una torre de Babel: el lanzamiento al espacio. El mundo moderno ha construido la torre de Babel con la llegada a la luna y con la aspiración de entender qué sucede en los confines más remotos del universo. En esas circunstancias, el deseo parisino actual de una torre no es más que una metáfora arcaica.

Traducción de Ricardo Mondragón

c New Perspectives Quarterly.