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Alejandra Moreno Toscano. Historiadora. Directora de la Secretaría de Desarrollo Social del DDF.

Del catálogo RLC Diseño Gráfico, una muestra del trabajo de Rafael López Castro, se han seleccionado los carteles que ilustran esta entrega de cabos sueltos. Alejandra Moreno Toscano nos habla de la personalidad, el talento y la amistad del artista jalisciense.

Entre domis, pruebas de color y “bomberazos”, en sobremesa de trabajo (con o sin café), como si no estuviéramos en el tercer piso del DDF sino en algún sitio tranquilo de los altos de Jalisco, a Rafael López Castro le gusta platicar.

A Eugenia Huerta (“con la familia Huerta comparto todas las aficiones, menos el Atlante” dice López Castro) le debo esta amistad.

Estábamos por hacer un libro que fuera especial, distinto, que se viera más que se leyera y llegó con López Castro. A partir de una idea -tan vaga como que el Zócalo era el espacio público por excelencia- había que hacerlo todo: precisar el concepto, reunir el material, organizarlo, tenerlo listo y esperar el momento de publicarlo. El libro se hizo poco a poco, “afinando cada plana, hasta que quedó” y mientras esperábamos el momento de publicarlo, tuvimos tantas oportunidades de platicar, que se nos quedó la costumbre.

La ciudad de México es un buen tema López Castro la conoce muy bien: Azcapotzalco, La Villa (él le dice la Villita, como todos los que son de por ahí), Peralvillo, Mixcoac, la colonia Roma, la Ermita en Iztapalapa, el sur, por Ciudad Universitaria y el Fondo. Siempre llega comentando que ha descubierto una nueva cantina, regresado a un viejo café de chinos o probado algo nuevo en alguna fonda increíble. Siempre anda descubriendo algo, a pie, con su cámara al hombro.

Cuando quiere explicar algo, Rafael López Castro empieza diciendo: “Mira” (como si todo se tuviera que mirar) y luego dice: “Eso, eso es una vieja historia, te la cuento…”

Con Flores Heras, su maestro, hacía de todo: lo mismo lavaba pinceles, que encementaba cartulinas y dibujaba carteles. También aprendió a manejar la cámara, a medir la luz, “lo básico”.

Tuvo temporadas largas de fotógrafo, incluyendo aquella en que hizo fotos de estudio para artistas, como las que tomó a Oscar Chávez y luego fueron portadas de sus discos. Así andaba, hasta que Vicente Rojo lo decidió, cuando le dijo: “tú, lo que haces, es diseño gráfico” y desde entonces así fue.

Aun así, López Castro sigue tomando fotos y, para hacerlo, pide los apoyos más extraños: como aquel permiso para subirse a la canastilla de un camión que repara luminarias y retratar algún águila, en algún tercer piso. Todas las águilas que deben existir en la ciudad, las ha fotografiado: en remates de cúpulas o monumentos, portadas, balcones, bancas, ventanales; de todas las épocas, estilos y materiales: aztecas, barrocas, imperiales, republicanas, clásicas, afrancesadas, modernistas; en fierro, cerámica, piedra, en fin, todas. Se me quedó grabada una: un águila que en lugar de apresar corazones (como en tiempos prehispánicos) o serpientes (como ahora), devora a un indio. Esa imagen, por inusual, revela el significado originario del símbolo: el triunfo guerrero, aunque su función esté invertida y sea la de glorificar la conquista, precisamente en San Hipólito.

¿Por qué tantos símbolos y héroes? ¿Tantos Zapatas, Maderos, Sor Juanas, López Velardes, banderas, águilas? No sólo por la herencia nacionalista y patriota del campo de Jalisco, como me lo explicó un día, sino porque quiere que la gente conozca el país, sus orígenes, como si los carteles adquirieran la misma función didáctica de los corridos que escuchó de sus abuelos y porque, además, le gusta la historia que se aprende en los “lugares de la memoria” como son los edificios, las calles, las plazas o las ciudades, las pirámides y ruinas antiguas, no la de los libros.

Tal vez, porque entiende la ciudad casi como si fuera un palimpsesto y busca leer esas superposiciones. Tal vez, porque él mismo, con su trabajo, contribuye a crearlas, con sus diseños tan contemporáneos pegados a muros tan antiguos.

Como mayor de una familia de 150 nietos, primero en llegar a la ciudad, Rafael López Castro fue atreviéndose a recorrerla, poco a poco, viendo sus detalles. La ciudad fue como un libro: galería de héroes, hallazgo de escaparates y luces, y fue también una forma de afirmación personal y de formación de carácter.

Encontró que la ciudad es ese lugar donde se teje lo más nuevo con lo más antiguo. El lugar donde combinar rayos láser con danzantes, tambores y chirimías, resulta lo normal.

Viéndolo bien, esto es lo que él hace con sus carteles. Este muchacho, que habló por teléfono por primera vez a los 16 años y se subió a un avión a los 21, es ahora el más urbano de los chilangos, porque le ha dado, a la ciudad, su imagen contemporánea. Pero al mismo tiempo, este diseñador, tan urbano y moderno que gusta combinar un saco blanco con camisa azul (pantone 293 o 300 C) usa los colores con el atrevimiento de los bordados de su tierra “sabiendo que con el tiempo, el sol se va a comer el color y entonces alcanzará el tono que quiero”.

Por eso su diseño es tan actual, porque sus raíces son tan profundas. Dibuja como si estuviera “contando una historia que contiene todas las historias, el paisaje, la gente, lo que piensan, lo que recuerdan, lo que dicen, porque hay veces que la historia importante pierde interés, y el detalle toma fuerza, pero al final, vuelve la historia a centrarse en un punto, hasta que queda”. Así, empieza trabajando con un diseño barroco, y a fuerza de exigencia, de rigor, de experimentación y de técnica, lo va simplificando, hasta dejar lo fundamental, “hasta que, de pronto, está”.

Es un gusto ver trabajar y oír platicar a Rafael López Castro. Por eso, celebrarnos la publicación del catálogo de la obra gráfica de nuestro amigo.

nexos

lamenta profundamente la muerte de MARGO SU

Amiga nuestra

México, D. F. Julio 1 de 1993