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Carlos Fuentes lee al autor de Pedro Páramo con los ojos de Jacques Derrida: viaje entre los vivos y los muertos, por la guerra sin fin entre el padre y el hijo, tras el botín del lenguaje.

rulfo


DERRIDA. JACQUES DERRIDA. DARE I DIE? ME ATREVO A MORIR, DERRIDA?

Me preguntó un profesor de economía de la Universidad de Cambridge qué novela mexicana le recomendaba.

Le dije: Empieza por la mejor, Pedro Páramo.

Me advirtió: Pero que no sea una de esas novelas latinoamericanas en las que no se sabe si los personajes están vivos o muertos.

Le pedí que mejor no la leyera. Que siguiera leyendo a Agatha Christie, donde los muertos están bien muertos, pero los vivos también.

Bueno, me dijo el profesor, leer novelas policiales es una manera de matar el tiempo.

Que te sirvan -le dije- tu tiempo bien muerto.

DERRIDA: DARE I DIE: ATREVETE A MORIR

Otro profesor de Cambridge, éste sí mencionable, Stephen Boldy, me cuenta Pedro Páramo como la historia del Tlatoani: el dueño de Comala lo es porque es el dueño de la voz, el amo del lenguaje.

El dueño del lenguaje es el padre de los demás.

Los desposeídos del lenguaje son los demás, los que carecen de la autoridad paterna.

“Es gente sin importancia”, le dice el cacique a su brazo armado Fulgor Sedano.

No son Nadie: incluye a sus hijos en la Nada de los que no tienen la Palabra.

Para ellos no debe llegar nunca el último día de la creación, el día del verbo.

Mudos, esperan la voz del Padre: Pedro Páramo.

Michel Foucault ha escrito que el padre es el elemento fundamental de la simbolización de la vida de cada individuo. 

Y su función más poderosa es pronunciar la ley y unir la ley al lenguaje.

Rezamos “En el Nombre del Padre”. Y lo que el Padre hace, en nuestros nombres y en el suyo, es separarnos de nuestra madre con el pretexto de que el incesto no ocurra.

La madre nos quiere a todos por igual.

Es su poder y es su peligro.

El padre nos separa de la madre y prefiere a ciertos hijos: Miguel sí, pero no Abundio ni Juan Preciado.

El padre hereda, otorga primogenituras, funda poderes con el pretexto de defender la hacienda y aumentar el patrimonio, de ahuyentar al demonio, a los dioses malos, al enemigo, a la muerte misma, vista siempre, en el principio, como crimen impune, como asesinato divino. Dios es impermeable al castigo.

El padre divide la tierra: es también el drama de las novelas de William Faulkner: su universo narrativo, Yoknapatawpha, significa “la tierra dividida”.

El padre separa, crea partidos, gobierna, dicta leyes.

“La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros”, le dice Pedro a Fulgor.

Padre nuestro que estás en Comala.

Santificado sea tu nombre.

Hágase tu voluntad, de Vilmayo a la Media Luna

Pedro Páramo es la historia de una tiranía de la palabra y de cómo sus hijos y su pueblo le arrebatan la palabra a Pedro Páramo el padre de la historia.

Tienen que esperar a la Muerte.

DERRIDA: DARE I DIE?

Y sólo en la Muerte escenifican el drama derridiano del lenguaje.

No hay principio ni fin, dice Derrida.

Nadie puede señalar un origen absoluto o un término final de las cosas.

La Lógica, el Pedro Páramo de lamente, requiere un centro -la hacienda verbal- y el centro quiere saber dónde está el principio y dónde el fin, dónde termina la Media Luna y comienzan los cerros Destagua.

La Muerte dice: No hay tal cosa. No hay linderos.

La Lógica contesta Entonces no puede haber Presencia.

La Muerte dice: Tienes razón. No hay centro, no hay presencia, sólo hay devenir.

La Lógica protesta: Si no hay centro, no hay poder.

La Muerte no tiene que decir nada: Derrida y Rulfo lo hacen por ella:

Principio y fin, presencia y poder, son sólo sustitutos de una ausencia: son el disfraz de un hoyo vacío.

Usamos el lenguaje como el emperador de Andersen su ropa nueva:

Para crear una ilusión de autoridad y poder.

La Muerte revela que el Emperador estaba desnudo.

Pedro Páramo es muchas cosas.

Su belleza es su interminable generación de signos.

Pero es también una operación de despojo en la muerte de quien todo lo tuvo en la vida: sobre todo el lenguaje.

Si Pedro Páramo era el dueño de las palabras, sus hijos y su pueblo eran apenas unos murmullos, larvas del lenguaje.

Juan Preciado es ante todo un silencio que dice.

Sus palabras no se escuchan: hablan sólo con él mismo, para que el significado de lo que dice sea idéntico a sí mismo, sin intermediarios, sin corrupción posible, sin padres pero también sin hermanos: palabra huérfana, solitaria, en el principio.

Pero apenas entra en contacto con el coro de las madres – Eduviges, Dorotea, Doloritas- Juan inicia un diálogo sobre Pedro que no le permite al padre hablar, sino ser dicho.

El monólogo de la llegada a Comala se convierte en el diálogo de las tumbas.

Excluido de ambos, el padre es sometido a la siguiente ausencia la de la escritura.

Lo vence primero el monólogo del hijo, enseguida el diálogo del hijo y el pueblo: lo vencerá también lo que, en principio, vence la autenticidad del monólogo y la concesión del diálogo: la rendición pública de la escritura

¿Se colará el padre, resurrecto y tiránico, por la ranura de lo escrito?

Este es el riesgo de escribir y Juan Rulfo, igual que Jacques Derrida, igual que Platón, lo sabe.

Si el cacique, en su vida, separó el sentido de las cosas, divorció el dicho del hecho, ahora sus hijos y sus mujeres lo escriben a él, sin consultarlo: le imponen la ley de la literatura, despojan de autoridad al autor y abren las bocas de las tumbas para que se escuchen otras palabras, palabras posibles, otras voces, otros murmullos, olvidados, potenciales, imprescindibles.

Si Pedro Páramo no quiso legitimar a su descendencia, ésta le devuelve el ultraje: ahora ellos lo escriben sin consultarlo a él.

Las palabras de los demás son los gusanos que devoran el cadáver del cacique.

Las novelas son hijos bastardos que han renunciado a sus padres, los autores.

El murmullo silencioso de la identidad hablada se convierte en el diálogo testimonial de la muerte que se convierte en el acto literario que existe con autonomía de sus dos padres: el ficticio -Pedro Páramo- y el real -Juan Preciado.

La novela salva al hijo de repetir la tiranía del padre.

Con razón dijo Platón: Escribir es un parricidio.

Con razón dice Derrida: La originalidad del habla requiere ser escrita para seguir siendo ausente, para volver a ampararse en la pureza que la escritura le arrebata.

Con razón lo dice Rulfo: yo vine a Comala en busca de mi padre, un tal Pedro Páramo. Y sólo me encontré a mí mismo.

PARAMO: PARAMOR: PEDRO PARA EL

AMOR:

PEDRO PARAMOOR, HEATHCLIFF DEL

BAJIO, AL FILO DEL AGUA, BARRANCA

DEL MUERTO:

DARE I DIE, DERRIDA?

DEAR I WRITE, DEARY DAD?

ATREVETE A ESCRIBIR

ATREVETE A LEER

ATREVETE A MORIR SIN HABER LEIDO

POR AMOR PAR AMOUR PARAMO.

Gracias, Juan, por unirnos al coro del mundo.

Gracias, Rulfo, por dejarnos entrar a tu universo de Orfeos en llamas y de Eurídices que pueden ver hacia atrás sin convertirse en estatuas.

¡Gracias, querido amigo!

México, DF, 6 de junio de 1993.

 

Carlos Fuentes.
Escritor. En nexos 185 apareció un fragmento de un relato de su último libro, El naranjo, o los círculos del tiempo (Alfaguara, 1993,) reseñado en la minimalia de este número por Julio Ortega.