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Esther Martínez Luna. Asistente editorial de nexos.

Jorge López Páez

Los cerros azules

Joaquín Mortiz

México, 1993

366 pp.

La novela más reciente de Jorge López Páez es un retorno singular, tanto en estilo como en su tema, al México rural, a un país de horizontes que parecieran querer realzar sus diferencias con los saldos del país que sueña con la modernidad. A decir de Esther Martínez Luna, este libro es como el reflejo inverso de la prosa de Ibargüengoitia.

La novela mexicana de nuestro tiempo es mucho más urbana que rural. Sus temas abarcan la corrupción, la infidelidad, el erotismo, vocaciones artísticas, el feminismo, el abuso del poder y la intriga política, entre otros muchos. Su narrador, cuando tiene alguna importancia, suele ser uno de los personajes, casi siempre el protagonista. El lenguaje busca ser fluido y no representar obstáculo para el lector, tanto en vocabulario como en sintaxis. Las excepciones no suelen serlo sino en uno o dos de los aspectos mencionados. Tal vez por esto parece que Los cerros azules hubieran descansado setenta si no cien años dentro de un cajón. No diremos que Jorge López Páez, a fuerza de anacronismo estílistico, es innovador, pero tampoco basta la extrañeza que nos causa este libro para descartar con ligereza la propuesta que representa escribir una novela tradicional, costumbrista y rural el día de hoy. Valdría recordar que Jorge López Páez publicó a fines de los cincuenta El solitario Atlántico, novela que le dio prestigio y auguraba el nacimiento de una de las mejores plumas mexicanas. Con los años, muchos se han preguntado en qué quedó la promesa. Fiel a una íntima vocación, López Páez no ha dejado de escribir y lo hace con una voz singular.

Situada en las tierras altas del estado de Veracruz y en la época cristera, la historia lleva a un joven médico, Celestino Amozorrutia, que está a punto de poner su consultorio en la capital, donde estudió, de regreso a su pueblo, Villa Niebla, para esperar la muerte de su padre, abandonando así con indolencia a su novia y su futuro promisorio. La mirada desinteresada y ligeramente huraña de este protagonista parece marcar el tono con que se suceden los innumerables episodios de la historia, muchos de los cuales podrían ser relatos independientes. Todos encaminan, sin embargo, a dibujar la estampa de este pueblo plagado de hechos intrascendentes y flaquezas morales, mal disimuladas por sus notables, el cura y el presidente municipal, cobardes, o por sus médicos homosexuales. Esto, la relación amorosa que se da entre Celestino y el doctor Tijerina, tal vez el clímax de la novela, no se dibuja sino más allá de la mitad del libro, por la página 240.

La historia del joven que regresa a su “pinche pueblo” después de estudiar en la capital ya había sido modernizada, humorizada y agotada, nos parecía, por Jorge Ibargüengoitia. Si ahora vemos que los pasos de López Páez regresan sobre sí mismos hacia el pueblo, hacia el México rural, podemos interpretarlo como un síntoma. Alguien habría de volver la mirada hacia los cerros azules (los mismos cerros o montañas que ya no se alcanzan a ver desde nuestra nebulosa metrópoli), alguien tendría que hacerlo hoy en que la distancia es más que nunca abismal entre el empobrecido y olvidado campo mexicano y nuestras ciudades que viven el sueño de la inminente riqueza y modernidad. Un sueño y unos caminos que no eran muy diferentes hace un siglo y que también ignoraban la fuerza y la violencia con que el campo se puede levantar cuando se despierta de su marasmo.

La demorada visión que el escritor busca presentarnos de este pueblo y estos personajes, con sus ánimos inciertos, no carece de ambición. Un estilo descriptivo con frases irónicas, elaboradas y en constante contrapunto nos recuerda algo de la mejor literatura decimonónica. La voluntad de narrar en un estilo individual, y no de supeditarlo a las limitaciones de la ignorancia o la flojera del lector (vamos, sin ganas de competir hoy con la televisión), también es encomiable.

Los cerros azules, sin embargo, está lejos de ser una gran novela. El estilo, aunque personal, es un poco exagerado e irregular; los personajes, luego de mucho trabajarlos, se desdibujan; la historia es una espiral que no asciende ni baja, es una especie de noria, y llegamos al final del libro sin lamentar que se acabe y sin festejarlo, con un sabor de boca de pan serenado. Nos sucede como a Celestino y a Tules (la prostituta del pueblo con la que termina casado) quienes al visitar finalmente los cerros azules descubren que no tienen la vista esperada, pues la obstruyen unas densas matas amarillentas.