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Luis González y González. Historiador. En este 1993 se cumplen veinticinco años de la publicación de su clásico Pueblo en vilo.

Emilio García Riera

Historia documental

del cine mexicano

Universidad de Guadalajara

1993

La Historia documental del cine mexicano ve al fin su reedición: 18 volúmenes (de los cuales tres ya están en circulación) con información y comentarios sobre las 3 500 películas que integran la casi totalidad de la producción cinematográfica nacional entre los años de 1929 y 1976, una obra de consulta indispensable, tal y como lo celebra Luis González y González en este texto leído durante la presentación del libro.

Agradezco la invitación a tomar parte en esta ceremonia de bienvenida a un libro que se la merece como pocos. Para no apartarme de una costumbre de los veteranos aprovecho la ocasión para introducir en mi discurso una cápsula egohistórica. No he podido aguantarme las ganas de decirles que vi por primera vez una película a los catorce años de edad. En mi pueblo no había sala de cine y en mi casa eran mal vistas las obras de ficción, incluso los cuentos para niños. Hambriento de historias fingidas, en cuanto salí de mi tierra y me instalé como estudiante de secundaria en una ciudad donde se exhibían unas seis o siete películas a la semana, adquirí la cine-adicción, la apetencia insaciable de películas de toda índole, aunque de manera especial las habladas en español que entonces eran, casi todas, hechas en México. Vi prácticamente todo lo producido en casa entre 1938 y 1947. Anotaba en libretas la ficha de cada film visto y leía un buen número de comentarios sobre cine. Ya metido en la carrera de historia, soñaba en llegar a ser historiador del cine mexicano, pero cuando dispuse de tiempo para cumplir gustos juveniles ya un titán ocupaba el lote cinematográfico. 

Emilio García, sólo por haber nacido en Ibiza en 1932, traído a México en 1939, economista por la UNAM, empezó a sobresalir como crítico de cine en un famoso suplemento de Novedades, México en la cultura, en 1957. Un lustro después perteneció a la banda de Nuevo Cine, la revista que reorientó el análisis fílmico, que propuso nuevas formas de ver y producir filmes buenos y justos. También ejerció la crítica desde el lado izquierdo en los diarios Unomásuno y La Jornada y la revista semanal Proceso. Fue coguionista y asistente del director Jomi García. Hizo el libreto de un par de películas memorables: En este pueblo no hay ladrones y Los días del amor. Ha sido jurado en los festivales de San Sebastián y de Cartagena. Fueron muy bien recibidos aquel par de volúmenes, uno dedicado a la industria fílmica y burguesa de México y el otro sobre El cine checoslovaco. Escribió una obra en seis volúmenes que lleva el título de México visto por el cine extranjero, pero la fama de gigante la adquirió con la Historia documental del cine mexicano. Los que saben de esfuerzos mayúsculos lo comparan con Corominas. Sus comentarios en televisión son la parte visible del iceberg.

Contra la opinión de algunos pesimistas, la tele no ha mandado a la basura al cine, ha contribuido a darle mayor difusión. Emilio García Riera introduce la nueva versión de su famosa Historia documental del cine mexicano con estas palabras: “La televisión por cable exhibe a la semana veinte y pico cintas mexicanas; en Guadalajara pueden verse por televisión más de quince… En los Estados Unidos, la gran población de lengua castellana dispone de unas 200 películas mexicanas”, transmitidas por tele al mes. “En 1948, la película Nosotros los pobres atiborró durante cinco semanas… el cine Colonial. Sin embargo, el público que la vio en la época fue incomparablemente menor en número al que la vería después en la televisión”. Los televisores de que disponemos en nuestras casas nos han alejado de los salones de cine, pero nos acercan cada vez más a las películas mexicanas.

Contra lo que se dice, la televisión tampoco ha matado a los libros ni ha hecho desaparecer a los lectores. Son cada vez menos los que se dan a la lectura de novelas, poemarios y mamotretos metafísicos y más los televidentes de telenovelas y de las emisiones mínimas de poesía de los cantantes contorsionistas. Como quiera, quienes acuden a libros científicos, periódicos, historias y obras de consulta siguen en alza. Quizás algunos libros de asunto histórico producen alergia, no por culpa de la televisión que sí de los asuntos que tocan y de la manera supercientífica o torpe de exponerlos. Las historias de héroes y traidores han dado por repugnarle al público lector. Tampoco tiene numerosos adictos la historia erudita de tijera y engrudo ni la ilegible historiometría, pero sí gozan de muy buena salud la historia tradicional, conformada por el trío de la biografía, el reportaje y la crónica; la historia académica sin demasiados humos filosóficos o de simple erudición. La autobiografía de García Riera, El cine es mejor que la vida, las biografías de Emilio Fernández y Julio Bracho, El cine y su público y Filmografía mexicana no tienen el riesgo de quedarse sin lectores.

Al club de los libros que han dejado con vida y saludables los medios de comunicación hoy en boga pertenecen los escritos por García Riera, y en especial el que en este momento se ofrece renovado, pese a no ser de bolsillo, ni chismoso ni de poco peso. Se trata de una historia en 18 tomos de 25 por 19 centímetros y con más de trescientas páginas cada uno. Es una historia que aspira a ofrecer la información en breve de las tres mil quinientas películas mexicanas que ha producido el cine doméstico de 1929 a 1976. De cada film recoge el título y los nombres de quienes asumieron la responsabilidad de su producción, dirección, argumento, fotografía, música, sonido e interpretación. Es admirable la sinopsis que hace de los argumentos y son valiosísimos los comentarios y las notas que cierran cada una de las fichas.

El libro que tengo el placer de presentar aquí y ahora pertenece a la especie documental; aporta un material básico para hacer la crónica, para definir cada uno de los periodos y para ubicar en el mundo fingido de más nota en nuestra centuria: la cinematografía mexicana. Emilio García Riera es muy consciente de las diversas estaciones por las que ha de pasar una historia verídica, académica, respetable de nuestro principal recreo en el siglo XX: el cine. Primero hay que entender lo que conviene y cabe seleccionar de la vida tumultuosa de los cineastas con frecuencia metidos en deportes y dramas de alcoba. García Riera sabe separar el grano del chisme. En segundo término, es necesario soplarse todas las películas de corto y largo metraje que ha producido la industria cinematográfica de México en el periodo escogido por el historiador. García Riera tiene la visión casi cabal de las tres mil quinientas películas del periodo 29-76. Sólo le faltó ver y analizar directamente algunos filmes por la avaricia de sus dueños o por haberse perdido o chamuscado. ¿Quién no recuerda el incendio de la Cineteca Nacional en 1982? En tercer lugar, había que reunir en un solo cuerpo la documentación pertinente al tema y el periodo de estudio. Esta etapa de las historias, por ser la más penosa del camino se deja a grupos de investigadores novatos. García Riera, aunque ha recibido diversas ayudas de gambusinos y capturistas, lo ha hecho casi todo, tanto en la primera como en la segunda edición de esta obra monumental.

Las diferencias entre la primera edición de esta obra y la actual son grandes y no puramente cuantitativas. Esta se ocupa de mayor número de películas y con información más confiable que aquella que gozó de la fama de ser poco menos que exhaustiva y de un alto grado de credibilidad. En la nueva edición, según nos dice, le “ha ayudado a documentarlo por fuerza no visto una reciente abundancia de testimonios… sobre el cine mexicano”. También afirma que ahora “el propósito documentador ha sido en [él] mucho más fuerte que la manía opinadora… El lector encontrará ahora mucho menos denuncias indignadas de incompetencia o ilegitimidad, menos sarcasmos con tufo de pedantería…”. También, en esta segunda edición, don Emilio elude lo por él llamado “el vicio ideológico que tendía en la primera edición a afligir a la burguesía… con culpas sólo atribuibles, en muchos casos, a la mera falta de talento…”.

A las muchas novedades aportadas por esta segunda edición de una obra colosal deben añadirse las prometidas que irán en los tomos subsiguientes. En “un décimoctavo tomo incluirá correcciones que quepa hacer, índices acumulativos que permitan saber en qué volumen se ha dado noticia de películas y personas, y en qué páginas cabe encontrarlas. En el caso de las personas que han tenido que ver con el cine mexicano, el índice del tomo 18 ofrecerá, además, en la medida de lo posible, las fechas y lugares de sus nacimientos” y muertes. Si la primera versión ya fue tenida como una obra de referencia, a esta segunda nadie le negará tal carácter. El presente y multivoluminoso libro está condenado a convertirse en obra de consulta. En muy poco tiempo lo encontraremos, en las salas de consulta de las bibliotecas, sucio y maltratado, víctima del manoseo de las muchas personas que acudirán a él del mismo modo que acuden a las pilas de agua bendita las beatas.

Al aceptar como obra de consulta este libro hecho con tanto rigor y grandes dosis de objetividad, sin prédicas y exaltaciones inútiles, le deseamos una vida luenga y manoseada en los depósitos públicos de libros y en las colecciones particulares. La pobreza proverbial de casi todos los estudiantes impedirá la compra por ellos de esta vastísima obra, pero su consulta en las tres mil bibliotecas públicas de este país donde debe estar presente y a la mano. Por lo que toca a todos los que hemos pasado por la adicción al cine tan rico y frondoso de este país y ya hemos trascendido la edad de la extrema brujería, debemos adquirir para el estante de los libros o para nuestra biblioteca privada una obra de la que hemos venido hablando pero que ya dejaremos de comentar. El libro comentado, por su carácter documental y de consulta puede disponer de los 18 tomos que lo componen sin que nadie proteste, pero el comentarista sería muy criticado si usa para el elogio de esta obra de dimensiones colosales más de dieciocho minutos.