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Alvaro Ruiz Abreu. Escritor. Su libro más reciente, José Revueltas: Los muros de la utopía (Cal y arena, 1992).

Héctor Aguilar Camín

Historias cooversadas 

Cal y arena 

México, 1992

212 pp.

“Leer Historias conversadas es como leernos a nosotros mismos”, apunta Alvaro Ruiz Abreu de este libro escrito con los elementos de la conversación y la sobremesa, la amistad y la noche, el amor y sus personajes, la literatura y las claves, los guiños de un tiempo que, como todos los tiempos, cifra su historia en la pasión de sus mitologías.

Sueños que se cumplen tarde

Cada vez que leo relatos de Héctor Aguilar Camín, y lo he hecho hace por lo menos veinticinco años, siento que el piso se me mueve porque me introducen a mi propio territorio de sueños incumplidos, deseos insatisfechos y tal vez gratificaciones a nuestra siempre amordazada adolescencia. Al mismo tiempo me remiten a una galería de personajes y lugares que en muchas ocasiones hemos compartido. Incluso algunas de las historias que ofrece en su último libro, Historias conversadas, las he escuchado en la misma casa de la avenida México 15 donde sitúa varias de ellas. Aguilar Camín se ha ido convirtiendo en un auténtico tramposo de la ficción; quiere insinuarle al lector que Luis Linares, el Cachorro Méndez, doña Luisa y doña Emma, su hermano Luis Miguel, Pedro Infante y otros sujetos que toma para sus historias, son seres no literarios, que están al alcance de la mano para tejerles o descoserles narraciones. De ahí que se tenía la impresión de que es una literatura fácil, lo que resulta creencia de bobos o convicción errónea. Con todo, el que lo considere así está en su derecho; para mí se trata de una manera de concebir la narración y cuanto se pone en juego con ella; es una técnica literaria puesta al servicio del mundo que le interesa mostrar. Es un recurso mediante el cual la realidad va cediendo su piel para así borrarse y pasar a formar parte del artificio literario, en primer lugar; y en segundo, esa realidad se mezcla de una manera tan sutil con la ficción que de repente no sabemos si estamos en una zona o en otra. El resultado es una obra de gran aliento narrativo que ha conquistado para la literatura mexicana actual arquetipos de la historia y la cultura del país.

En Historias conversadas no hay un solo relato que no sorprenda por su agudeza y porque el asunto tratado se desarrolla con pasión y maestría hasta que nos marca. El amor no correspondido, que abre zanjas oscuras en el alma y deja al hombre entre dos aguas es, por ejemplo, uno de los motivos recurrentes de Aguilar Camín. La fuerza de “Meseta en llamas” no se encuentra tanto en el odio cristero ni en la reflexión de Cosme Estrada según la cual somos soldaditos de plomo con los que Dios juega en la tierra, sino en la persistencia del amor infinito de Antonio Bugarín por Armida Miramontes. Asimismo, “Prehistoria de Ramona” parece zurcido sobre la imposibilidad de darle un rostro verdadero a la mujer amada y entonces hay sobreimpresiones de ella con varios nombres y varias historias, cuando en realidad se trata de la historia del amor adolescentes del narrador.

Pero además estas historias se encuentran inmersas en el tiempo y su paso incesante; el motivo no es nuevo pero sí lo es la forma en que va envuelto. Ilusiones perdidas, amores a contracorriente, crímenes de corte político, sentencias sobre el arte de la política como maldición en el mundo, narcotráfico, rumba, boleros, hombres bautizados con el arte de la narración, mujeres como salidas de las páginas de Emily Brontë, son algunos de los elementos que refiere Aguilar Camín en una prosa de contrarios y sobre todo de pausas y matices.

El papel que juega la memoria en estas historias es evidente: es el filtro que las sostiene, el nudo que las ata y las desata. Y el mismo lugar ocupa el recuerdo, esa forma efímera pero eficiente de recuperar el pasado, que crea atmósferas, inventa, se adelanta, retrocede, recrea hechos, vuelve sobre sí, regresa, se escabulle según las líneas de la anécdota y finalmente permanece. Esto otorga a estas historias un sello específico: el de la pasión y el decoro con que han sido concebidas, redactadas y por último sacadas a la luz.

Una vez metido en el mundo mágico de estas historias nuestro horizonte cotidiano se ensancha. Las vemos tan cerca de nuestra vida que casi las tocamos con la yema de los dedos. Aguilar Camín sabe construir esa sensación de autenticidad y ficción con un estilo preciso y transparente. De esa sensación se pasa a los momentos cismáticos; entonces aparece con precisión el espectro del drama que Aguilar Camín infunde en cada historia de apariencia sencilla. Entonces es posible escuchar el grito desgarrado y brutal del padre Felipe Alatorre, en el momento en que le reprocha a “su” Dios, desde Bangkok adonde ha sido confinado, lo que ha hecho de él. Y veo una vez más a la “chiquita” de Lobo, su amor imposible que le regaló sólo una noche tan intensa y misteriosa como su pasión, con la cual le pagó la vida que no pudo darle.

Ese drama levantado sobre las historias avasalladoras de Aguilar Camín va y viene, fluye como el río de la apariencia humana. Y es capaz de crear siluetas, por no decir espejos, que revelan un conocimiento a fondo de la psicología femenina. Ana Martiano es para el narrador de esa historia una promesa incumplida, un deseo y una apuesta, también un destino, su sueño adolescente, su paraíso perdido. Cuando la encuentra y le invita un trago “caro”, el sueño se cumple. En ese instante, él recupera o cree recuperar su frustración adolescente: “Recordé o inventé una cita de Proust, según la cual nuestros sueños se cumplen, pero se cumplen demasiado tarde, cuando se ha ido de nosotros la pasión que nos hizo engendrarlos y la ingenuidad que nos hizo confundirlos con el sentido mismo de nuestra vida”.

Otro elemento clave de estas Historias conversadas es que están esparcidas por una geografía variada, de varios registros, en donde se advierte la mirada puntillosa de Aguilar Camín. La meseta de Atolinga, en Jalisco; el mar y los corales de Chetumal; la glorieta Mariscal Sucre, “verde, casi negra, de tantos árboles y jardineras” en la Ciudad de México; la descripción de Tlacotalpan con sus barcos, su gente festiva; la sierra occidental de Sinaloa. El escenario es diverso y en la diversidad está su encanto literario, su desgarramiento.

Si es cierto lo que dice Borges de que los miembros de una misma generación suelen escribir el mismo libro, entonces se explica que leer Historias conversadas es como leernos a nosotros mismos. Es decir, parece que leemos a nuestro tiempo en el rostro de un vecino, y que vamos escalando por las paredes sucias o irremediables de nuestro ser.

En el tiempo que llevo de leer a Aguilar Camín he visto con claridad la destreza que su prosa, que yo llamo de la demencia, ha adquirido en su estilo, su amplio registro de vocablos, su sintaxis serpenteante, y en la estructura de lo narrado.

La solidez de esa prosa es ya una conquista ineludible en La guerra de Galio, obra todavía pendiente para la crítica, y ahora se torna sorpresiva, susurrante y brutal en estas Historias conversadas que remiten al lector a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob; hay el mismo deseo no confesado de invitarnos a hacer un viaje por personajes y cosas tomadas de los bajos fondos, o de seres de carne y hueso, pero no hay que olvidar que es una propuesta que desemboca en la ficción, su principio y su fin. En ese viaje a los hechos hay sólo un pretexto para urdir historias que se vuelven violentas o típicas manifestaciones de la condición humana.

El universo de la prensa y sus vicisitudes parece un ciclo que Aguilar Camín cerró en La guerra de Galio; no creo que escriba con más profundidad un relato bajo esa huella. Ahora le toca explorar nuevas zonas de nuestra realidad. Veo un indicio en Historias conversadas: el tema del jesuita Alatorre, enamorado de una discípula de la Ibero, desgarrado por la culpa y la negativa a no obedecer un llamado del corazón. El motivo religioso también aparece en “Meseta en llamas”, bajo el grito cristero, un motivo que fue desarrollado como un género literario en los años treinta y cuarenta y que parecía clausurado; Aguilar Camín retoma el gesto o el capricho de los beligerantes. Y en el centro coloca a un Dios sordo, como lo hizo Revueltas, mediante una avasalladora historia que mezcla el reto amoroso y la caridad cristiana.

Otro indicio deslumbrante que ya había usado pero no con la destreza de ahora es el de introducir pasajes de eso que Margit Frenk ha estudiado con pasión, la lírica popular. En “Los motivos de Lobo”, título que nos recuerda el poema que recitamos en la secundaria, las coplas de los boleros no son un adorno sino parte estructural de la narración. Cuando Lobo canta en la noche, después de haber recobrado a la única mujer, Amalia, que ha amado, estamos frente a un poema dulce y tibio que simula su propio destino:

Turbio fondeadero donde van a

recalar

barcos que en los muelles

para siempre han de quedar.

Cito solamente un indicio más del camino que va tomando la literatura de Aguilar Camín. Se trata de su deseo por profanar con su prosa el frágil mundo de los hombres. Darío había llamado “prosas profanas” a un libro de poemas de 1896,1o que fue casi una herejía, ya que muchos eran poemas eróticos, narraciones en verso nuevas por su ritmo y por su orientación. En este sentido, llamo historias profanas a las que nos entrega Aguilar Camín en su más reciente libro. Alterar el sentido de la narrativa mexicana de hoy es profanar su propia tumba donde podría descansar eternamente. Es una prosa viva que nos recuerda nuestra ínfima porción de paraíso o de infierno. Lo dice explícitamente la copla de Lobo:

Torvo cementerio de las naves

que al morir,

piensan, sin embargo, que hacia

el mar han de partir.

Un lector inocente me preguntaba hace poco que si eran ciertas las historias de Aguilar Camín y le dije que por supuesto. “Ah, entonces, ha vivido intensamente”, me respondió. Y yo preferí callar porque al decirle que eran ciertas sus historias estaba pensando en la idea de Vargas Llosa según la cual la verdadera literatura dice la verdad y la mala, miente. Así son los relatos de Historias conversadas.